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13.6.19

Phábula de Esquilo y Quelonio | canto segundo (y penúltimo): El caso del dramaturgo acéfalo.

Gela, 456 a.C.

            Un jinete amazón de rumiante rocín y coraza bronceada se llega a la aldea de Gela, en Sikelia, con cara de llevar varios días sin probar ni gota de vino. Calza un casco de latón incomodísimo con una cresta de crines azules muy chula, y sobre el lomo carga con un aspis koilè bien redondo como la cáscara de un quelonio, pero con una cabeza de Medusa seccionada muy grotesca pintada en el centro. En el mismo sendero aguarda un aldeano robusto y bien hermoso, que prefiere mantener el anonimato.

            “¡Kalimera!”, dice el forastero. “Será más bien kalispera”, responde, agrio, el agricultor. “Sí, eso, como se diga. Yo es que soy de fuera y estoy exhausto y sediento. ¿Por casualidad no tendrás un poco de vino?”. El aldeano le alcanza una vejiga rebosante y dice: “Menuda yegua guapa que te gastas, colega”, y, tras un largo trago, contesta el otro: “Ya te digo, pero no veas lo que consume”. Y añadió: “Por cierto, ¿no será usted Abel?”. “No, ese es mi hermano, ¿por?”. “Soy Hipólito Papadopoulos, hoplita del cuerpo de perípolos de Siracusa, sección Krypteia, y vengo a investigar un crimen”. El campesino, algo inquieto, responde: “¿Qué me dices? ¿De la secreta? Pero si yo no sé nada de nada acerca de ningún crimen”. Hipólito no se deja amilanar y continúa: “Eso es lo que trato de averiguar. Un tal Abel envió a un mensajero a pierna para informar de que un cadáver célebre había aparecido en los confines de la aldea de Gela, y heme aquí, vengo a encontrar al culpable y a ejecutarlo”. El campesino agarra la vejiga de las manos de Hipólito, bebe, bebe, bebe y dice: “¡Ah, te refieres a Esquilo! Sí, lo encontramos muerto la semana pasada, ahí en el campo con la cabeza rota”. “¿Y qué habéis hecho con el cuerpo?”, inquirió Hipólito. “Pues es que a Abel le da mucho asco la sangre y se desmaya nada más verla, y no iba a cargar con el fiambre yo solo, así que ni lo tocamos, por lo que ahí seguirá”. “Muy bien, pues llévame a la skene del crimen”.     

            El campesino anónimo condujo a Hipólito Papadopoulos hasta un descampado yermo sembrado de colillas. “Ahí mismo lo tiene, señor agente, justo detrás de ese matojo”, dijo el aldeano, “Yo no me acerco más, que ya apesta bastante por aquí”.

            Hipólito se acercó y estudió el panorama puesto en cuclillas y apoyado en su lanza: Cuerpo de varón adulto, complexión vieja, estatura tumbada en el suelo, más bien tirada de cualquier manera, y en fecundo estado de descomposición. Cráneo parcialmente destrozado, pero parcialmente del todo, al parecer a causa de un objeto muy contundente. Se adivina la mandíbula inferior, con algunos incisivos color ocre y el resto de un tono más bien mostaza. Lo demás es un amasijo de cartílago y seso y trazas de cráneo esparcidas alrededor. El encéfalo está como del revés y al hipotálamo medio deshecho le ha brotado un cultivo de moho, por lo que se puede determinar que la víctima lleva muerta, por lo menos, un par de horas. Las extremidades están llenas de mordiscos y arañazos, pero parecen ser post mortem, debido las alimañas del campo, que se han cobrado también la lengua del sujeto y sus globos ópticos y oculares. Además, enarbola una amenazante erección, pero que probablemente sea también post mortem. Un asco. “¡Por Zeus, qué desagradable!”, exclamó Hipólito, tragándose el vómito, “¡Jamás, en diecisiete años de servicio, diecisiete digo, había visto algo tan repugnante, coño! ¿Cómo no lo habéis tapado con una manta o algo? ¿Hola?”. Pero nadie respondió; el aldeano anónimo se había esfumado.

CORO:             Sucede ahora que el agente Papadopoulos acordona el perímetro y enseguida se aúpa a los lomos de su yegua equina y cabalga de regreso a la parsimoniosa aldea de Gela a trote manido y regurgitante. Lo primero que se encuentra, llegado a la semipólis, es una tosca taberna de licores que también hace las veces de carnecería, un buen sitio, se dice el hoplita Hipólito, para empezar con las pesquisas. Allí se tropieza, por designio de los dioses o casualidades de la vida, con la parroquia al completo del asentamiento: El campesino anónimo acompañado del que resultará ser su hermano, Abel, además de un viejo troglodita que regenta el emporio que responde al antropónimo de Tú, y más nadie.

            Dice Hipólito: “¡Kalimera a todo el mundo! Me presento: soy el agente Papadopoulos, de la Krypteia de Siracusa, y vengo a hacerles unas preguntas acerca del célebre cadáver que ha aparecido en las inmediaciones de su aldea”. Abel es el primero en intervenir: “Kalispera, señor agente. Yo soy Abel, hijo de Adán, y he sido quien ha dado el aviso. Mi hermano Caín justo me contaba ahorita que le estuvo enseñando la skene del crimen”. Y Caín: “¡Idiota! ¡Te dije que prefería mantener el anonimato, pedazo de imbécil!”. Abel replica: “¡Pero cómo no le vas a decir tu nombre! ¿Y cómo te llamaría entonces? Tú ya está cogido”. E interrumpe Hipólito: “Vamos a ver, calma chicha todo el mundo. Aquí cada uno me va a contar lo que sabe de este asunto y me lo va a contar ahora. A ver, tú, empieza”. “Pues yo lo que sé es que Esquilo era tan bueno haciendo amigos como ganándose enemigos…”. “No Tú, tú”, y señala a Abel.

            Abel, cándido, comienza su relato: “Yo casi no sé nada de nada, de veras. Apenas sé leer hasta la beta y me dedico a mis ovejas, que son tan, pero tan suaves, y a poco más. Conocía a Esquilo de vista, pues solía pasear por los campos donde pastoreo, pero jamás cruzamos palabra alguna, si acaso un gesto desde lejos, como quien dice kalispera. Sé que viene de Atenas, y que vive un par de colinas más para allá, al raso, y que dedica sus horas a la contemplación, cuando no a la dramaturgia. Que fue bien celebrado en sus tiempos y gozó de tener tirón, pero Sófocles le tumbó en el certamen del 68 y a partir de entonces no afina. Oí que la Orestíada está bien, pero aún no la he visto. La verdad es que apenas tengo tiempo de ir al teatro, con el rebaño y tal. Y eso, que el otro día, el martes pasado, si no recuerdo mal, pasaba por el campo con mis ovejitas y me topé con aquello, ya lo has visto, y me desmayé del todo por completo. Cuando me repuse corrí a la mensajería y envié a Nikopolidis para que os diera la noticia. Por cierto, aún no ha vuelto, ¿sabe algo de él?”. “Murió de agotamiento nada más llegar a Siracusa”, respondió Hipólito. “Vaya… lo amaba”, musitó Abel, entre sollozos. “Sí, tenía cara de buen chaval, pero ya te digo, le dio un asma neumática súbita y murió inmediatamente sin despedirse siquiera”, sentenció Papadopoulos.

                Abel rompió a llorar, agarró su jarra y bebió sin consuelo hasta que la leche se le derramó por el pecho. Hipólito rompió la tensión: “Vale, tú, ¿qué más sabes?”. Y Tú prosiguió: “Es bien conocida la encarnizada rivalidad que mantenía Esquilo con sus coetáneos en los agones anuales de dramaturgia como fueran Eurípides y Sófocl…”. Pero Papadopoulos le cortó enseguida: “No Tú, tú”, esta vez señalando a Caín.

            Y Caín, limpiándose la bocaza de vino, inicia su testimonio tal que así: “A mí de Esquilo lo que más me gustaba eran las tragedias belicosas. Los siete contra Tebas, Los Persas y tal. Sobre todo las primeras, cuando le daban filo de bronce a esos medos de mierda. Un auténtico héroe de guerra: Maratón, Salamina, Platea... y conservando todos los miembros. Una vez lo vi recitando en voz alta por los cultivos de gramíneas, pero estaba lejos y no lo oí. También tengo entendido que hizo buenas migas con el tirano Hierón en Siracusa, quien le permitió habitar esta ínsula. No tengo ni idea de por qué le condenaron al ostracismo en Atenas, ni mucho menos quién lo mató, puede creerme, señor agente, pero una cosa le digo: esto con Hierón no pasaba”. 

            Hipólito meditó unos instantes, tratando de encajar las piezas de algún modo para establecer, por lo menos, una suerte de hipótesis. Se rascó la cocorota bajo el casco y resolvió: “Vale, Tú”.

            Y dijo Tú: “Todos sabemos que Esquilo era un poco facha y racista con el tema de los aqueménidas, pero no hay que olvidar…”, y Caín interrumpió: “¿Aqueménidas? ¿Te refieres a los medos?”. Sigue Tú: “Sí. Decía que, aunque reciente, en su contexto histórico…”. Y Abel: “¿No eran acadios? Me he perdido”. “El temor a una invasión de suelo griego…”. Ahora Hipólito: “Creo que os referís a los persas”. “Por el cromatismo de la piel…”. Y, de nuevo, Caín: “¡Me da igual como se llamen, son unos morenos de mierda!”. Prosigue Tú: “Y se vio expulsado de Atenas cuando descubrieron que había plagiado Luz de Agosto de Faulkner”. Y Papadopoulos, despapadopoulizado: “¡Cómo se le ocurre plagiar a Faulkner! ¡Con la devoción que hay en Atenas por Faulkner! ¡Faulkner!”. Y saca su revólver reglamentario del cinto y pega dos tiros al techo. Abel se tira al suelo hecho un ovillo. Alguien grita: “¿¡Qué daimones es semejante hechicería!?”. Pero Tú continúa: “Y vivía a la intemperie debido a un vaticinio que recibió en Delfos en el que le decían explícitamente que…”. Y Caín, a Abel: “¡Oye, tu, espabila!”, y le suelta un garrotazo en el cráneo que lo deja muerto.

CORO:            Y así ocurrió que el hoplita Hipólito Papadopoulos tuvo que interrumpir el interrogatorio por defunción de uno de los testigos y abandonar toda investigación. De este homicidio poco pudo investigar, por hallarse presente en la más pura evidencia, y como la legislación vigente en aquella época remota determinaba que el dueño del establecimiento es el encargado último de impartir justicia, el asesinato de Abel estaba fuera de su jurisdicción y ajeno a sus competencias. Pero resultó que a Tú le dio un infarto esa misma noche, usando las letrinas todo lleno de caca, y Caín salió impune y libre de todo cargo. Nadie sabe qué más fue de él. Hipólito, en cambio, volvió a Siracusa, donde le reprocharon su incompetencia inoperante con respecto al caso del dramaturgo acéfalo y fue degradado a agente de tráfico, cuyas funciones, en aquellos tiempos, eran más bien escasas y las tareas de Papadopoulos se vieron reducidas, pragmáticamente, a recoger los excrementos y las inmundicias de las bestias de tiro, escoltando las carretas de los mercaderes por las cochinas calles de Siracusa.

22.9.18

Phábula de Esquilo y Quelonio | canto primero: El oráculo de Delfos.


Delfos, julio de 490 a.C.

                Un joven eleusino de reluciente cocorota llega a las faldas del monte Parnaso, morada por antonomasia de Apolo y su harem de nueve musas, tras seis, qué digo seis; dieciséis días de periplo, nada menos, y con toda la calor.

                Este joven de treinta y cinco años responde al antropónimo de Esquilo, y viene a pierna desde el Ática para consultar al oráculo acerca de su alopecia incipiente, también por su futuro y el de su familia; una añeja estirpe de terratenientes afincados en un bonito chalé adosado en los no poco acomodados y pudientes suburbios de Eleusis.

                Lo cierto era que, en aquel verano, caluroso, pero no tanto, la prensa de medio Egeo alertaba sobre el pneuma revanchista de Darío Palito, rey de los aqueménidas, y difundía rumores de lo más propagandísticos acerca de las ganas que éste le tenía a Atenas por el apoyo que ofreció a las polis jonias durante las revueltas del lustro pasado. Y claro, imperaba un temor generalizado hacia una inminente invasión de suelo griego por parte de esos medos morenos.

                Así que también por ello Esquilo viajó hasta Delfos para entrevistarse con la Pitia. Para saber dónde y cuándo atacarían; pues se había dejado una musaca en el horno y temía que justo llegaran los persas y se echara a perder.

                Total, que se llega a las taquillas del santuario y, una vez allí, un hombrecillo tras un cristal perforado le hace pagar dos dracmas y cuatro óbolos a cambio de dejarle entrar. “¡Dos dracmas y cuatro óbolos!”, exclamó Esquilo entonces, “Cuando era chico, con apenas diez calcos tenías tu futuro hasta solucionado”.

                Una vez dentro del complejo, se colocó al final de una larga cola de gente, que resultó ser la entrada a la tienda de regalos. “¿Suvenires?”, preguntó a otro tipo, “Pero si yo buscaba el templo de Apolo, daimones”. Le indicaron otra fila, si bien no tan larga, desde luego que más gorda, y le recomendaron que, si no traía un sacrificio de casa, pasara primero por el emporio de mascotas y pillara algo, no sé, cualquier cosa. “Aquí te sacan los dineros hasta por cagar”, vehemencionó Esquilo, y añadió: “¿Y por dónde?”. Y un índice erecto y dáctilo señaló: “Por ahí”.

CORO:                  Sucede ahora que Esquilo transpirado accede al emporio de mascotas, y ahí mismo se encuentra con una mujercilla con aires de Artemisa y suelo pélvico. El eleusino pregunta en prosa por alguna bestia que mortificar, a lo cual ella responde recitando las tarifas: ¡Liebres y felinos a seis óbolos el cuarto de kilo, lo que viene siendo un dracma, vaya! ¡Cinocéfalos enteros a dracma y medio, y los gansos por nueve óbolos, que es lo mismo! ¡Aries por cincuenta dracmas! ¡Sólo media mina! ¡Ternera a noventa! ¡Vaca ciento tres! ¡Buey por mina con cuarenta! ¡Uros a dos con diez! ¡Y justo nos queda un hipo semialado cual Pegaso que está de oferta por un talento o sesenta minas! ¡Por todos es bien sabido que cuanto más gordo y costoso sea el sacrificio, más precisas serán las predicciones de la Pitia!

                Esquilo pregunta ahora si no tendrán, por casualidad, algo más pequeño y económico, como un roedor, tal vez, o alguna suerte de lagarto, y la dependienta le responde: “Por un ratón, que por cierto son seis calcos, te predice, como mucho, el clima que hará a la tarde; y por un lagarto, a lo sumo, la hora que será en un rato… el lagarto te lo regalo”. Esquilo miró alrededor, dubitativo, meditabundo, indeciso, vacilante. Se rascó la coronilla y se mordió la uña del dedo flaco. Y, tal que así, dijo: “Ponme perro”.

                Finiquitada la transacción, nuestro joven protagonista de treinta y cinco años se presentó de nuevo al final de una larga cola de gente. “¿Suvenires?” “No, por ahí” “¡Ah!” Y, para cuando quiso darse cuenta, había pisado una elipsis y se encontró de bruces con la mismísima Mega Pitia de Delfos.

                Que pase el siguiente”, dijo la Pitia. “Ya estoy aquí”, confirmó Esquilo. “Vienes a hacerme una pregunta”, dijo la Pitia. “De hecho, vengo a hacerte tres”Tres preguntas son tres dracmas, las respuestas, como imaginarás, serán acorde al sacrificio ofrecido al dios que a usted mismo le venga en gana”, informó la Pitia. Esquilo aflojó la plata y dijo: “Traigo perro” “¿De qué raza?” “No sé, un chucho cinocéfalo, un mil leches” “¿Y cómo se llama?” “Creo que Juan” “Está bien, puso a Juan sobre el ónfalo, Consulta pues”.

                Volvió Esquilo a llevarse la garra a la coronilla, vacilante y dubitativo, indeciso y meditabundo, pestañeó varias veces y dijo: “¿Seré calvo?”. La Pitia agarró un cuchillo terrible, susurró unas palabras en griego antiguo, pero antiguo antiguo, y apuñaló a Juan en la garganta. A continuación, recogió la sangre en una crátera de bronce, se la llevó a los labios y bebió y bebió y luego escupió un chorro rojo a la cara de Esquilo estupefacto, se limpió después la boca con el himatión, sonrió, y dijo, con voz ronca y profunda: “Guau”. Esquilo se enjugó los párpados y preguntó, confuso: “¿Eso es que sí?”, a lo que la Pitia, acariciando el cadáver, contestó: “En el pelo pone eso: más calvo que un arenque”, y, mientras examinaba las entrañas de Juan, añadió: “Ya has formulado dos preguntas, ¿Cuál será última?” “No lo sé, dímelo tú” “La cuestión que habita tus adentros y que mora tus humores es mucho más sencilla y tanto más primaria, pues es la más muy antiquísima que se recuerda y que inquieta a la raza humana, y esta es cómo y cuándo moriré, y qué me espera cuando me vaya. Y a ti en verdad te digo, joven de treinta y cinco años, que hay unas alas de plumas oropeladas haciendo círculos sobre tu cocorota pelada, pero no temas por la amenaza de los medos, pues serás maratonómaco y sobrevivirás a Salamina y a Platea, aunque no te sé decir qué fecha, y te crecerá la barba y se blanquearán tus cejas, y un buen día irás derechito al Hades, con el céfalo hecho salsiki, aplastado por un oikos en un pliki”.