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30.1.13

Los rezos de los árboles.


Quisiera escribirte una carta, a ti, pequeño lémur; que te quedabas enroscado en una rama muy alta viendo la fruta crecer y las moscas revolotear.

Quisiera escribirte una carta, pero no sabrías leerla; tú, que bostezas enseñando los blancos colmillos y sacando una rosada lengua y entrecierras tus ambarinos ojos con plácido aburrimiento mientras el sol te calienta el cogote.

Quisiera escribirte una carta, pero supongo que no te haría mucho bien comprenderla.

Es bueno tener un cálido cubil de hojarasca allá arriba, en las ramas.

Pues todos quieren dormir bajo las estrellas acariciados por los rezos de los árboles.


Que ningún árbol tiene boca
ni ojos.
Que sólo perciben levemente los pasos
y el viento.
Que sus recuerdos son viejos
y están olvidados.
Enterrados bien profundo
bajo las raíces
de los años.

21.3.12

Del Rey de las Ramas.


Debajo de la nuca estaban las raíces y, subiendo por dentro del cráneo, un árbol lleno de nudos retorcidos donde descansaba el Rey de las Ramas. A veces me susurra cuentos mientras se atusa los bigotes, siempre vigilando alrededor con sus grandes ojos, pues se asusta con facilidad y cuando ve que hay alguien por ahí se esconde en un agujero en el tronco, dejando a la vista únicamente su larga cola anillada.
         
Es habitual en mí escribir los cuentos que él me narra, aunque últimamente se saben complicados, difíciles de moldear con palabras, y es extraño y angustioso, como  el no saber pintar los colores de un atardecer. Yo, que sólo quisiera viajar en mi alfombra voladora y acariciar las crestas de las nubes dibujando formas para que la gente que esté paseando o tumbada en cualquier prado de ahí abajo señale con el dedo al zoológico sideral mientras sus ojos se iluminan, porque algo me han enseñado, y es que a veces es mejor ser todo y nada que ser algo.
         
Me acuerdo ahora de un cuento que me contó la otra noche el Rey de las Ramas, trataba de Nemo, un joven que se sentía orgulloso de ser el único en su pueblo que nunca se había enamorado, ostentando tal título con la cabeza tan alta como sólo los ignorantes y los necios saben llevarla, huelga decir que no lo conservó por mucho tiempo.

El caso es que el tal Nemo se enamoró tan perdidamente de una muchacha que apenas podía soportarlo. Se marchó sin más, no recuerdo mucho de la historia… algo así de que si no podía tenerla a ella no querría tener a nadie y se convertiría en un anacoreta perdido en las montañas.
         
Otra de las historias que me contó, hace ya un año o así, trata de un par de náufragos en una isla, algo digno de Julio Verne o de Morris West o de William Golding o incluso de… ¿sabéis? algo así. Esta historia era un tanto más oscura, y no seré yo el que revele su final, al menos no por ahora… ésta es otra de mis grandes ambiciones.
         
¿Y cuál más? ¡Ah, sí! ésta alguno la conocerá… fue un error por mi parte empezar a publicarla con sólo un capítulo redactado, me refiero a aquella en la que un tipo visita a su psicólogo y se encuentran con un cadáver que, por razones desconocidas, se ven obligados a ocultar. Es gracioso, pues hace pocas semanas disfrutaba de unas cervezas con mi psicólogo y otro compadre en un local de Gijón, y el Rey de las Ramas apareció entre las botellas vacías que yacían en la mesa para recordarme esa historia y animarme a terminarla.
         
Es por eso que me gusta esa suerte de lémur con el culo al aire.