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8.8.21

Pareidolia (o De cómo mirar las nubes).

La siguiente secuencia transcurre tal que así: Dos figuras antropomórficas se acuestan en un verde prado verde sin intención alguna y, ya por echar el rato, hacer o deshacer el tiempo o por lo que sea, resuelven aprovechar la incipiente tarde para observar las nubes.

Se disponen de la siguiente manera: el uno en sortes de baño y con inaugural quemazo veraniego y la otra con la sonrisa de quien viaja y se mueve como viajan y se mueven las corrientes marinas o incluso los vientos vespertinos cuando ya no les queda otra cosa mejor que hacer que soplar y hacerse patentes con el fresco de la tarde que nos mata de la risa.

Yacen encajados como un puzle de dos piezas; cabeza con hombro, por un lado, y lo mismo, pero al revés, por el otro. Ambos vista al cielo, al cénit mismo, sobre unas frentes despejadas, inmaculadas, y bañadas en sal. Un lujo, un paraíso cercano e inmediato sin alrededores.

Hay quien dice:

—¿Ves esa nube? Tiene forma de pareidolia.

Y quien contesta:

—Sí. También tiene forma de estropajo seminuevo.

—Tiene forma de uve doble torcida escrita del revés.

—Tiene forma de banco de krill.

—Tiene forma de los dos cojones de un burdégano cimarrón pardo.

—Tiene forma de medio corazón partido en ocho mitades, pero elástico y a prueba de incendios.

—Tiene forma de forma.

—Tiene forma de helado de extraña tela recalentado y a medio derretir.

—Tiene forma de cosa.

—Tiene la misma forma que una piedra aleatoria perdida.

—Tiene la forma de una diéresis escrita con tinta líquida.

—Tiene forma de antílope.

—Tiene forma de llama en llamas. Digo una llama de los Andes.

—Tiene forma de grifo que gotea por la noche cuando nadie lo está mirando.

—Tiene forma de rúbrica inventada ad hoc.

—Tiene una forma nefasta y obscura.

—Tiene forma de cubo octogonal parcialmente curvilíneo.

—Tiene forma de jornada laboral.

—Tiene forma de sexagenario que nunca se ha planteado nada en su vida y, llegado el momento climático después de comprar el pan y con los calcetines agrietados, se da cuenta de pronto de que tal vez y quizás hubiera sido un tanto más feliz con un par de críos revoloteando alrededor y con alguien al lado que le aguante y le replique sus repunancias.

—Tiene forma de chorro.

—Más bien tiene forma de charco.

—Tiene forma de ballesta compuesta.

—Tiene forma de cacofonía reiterada.

—Tiene forma de entimema.

—Tiene forma de parénklesis congénita.

—No tiene forma de nada en absoluto.

—Tiene forma de alguien que se enamora por fin, después de mucho tiempo sintiendo nada, y descubre así que tiene pelo en la cabeza.

—Tiene forma de pelo en la cabeza.

—Tiene forma de uña cortada mal.

—Tiene forma de accidente costero.

—Tiene la forma de un galimatías obtuso.

—Tiene forma de materia sólida y pringosa.

—Tiene la forma que tiene alguien cualquiera cuando finge que duerme.

—Tiene forma de u.

—Tiene forma de basura salada.

—Tiene forma nube.

—Tiene forma de cuchara doblada en parte a propósito.

—Tiene forma cartesiana.

—Tiene forma de diagonal paralela.

—Tiene forma de rombo desencadenado.

—Tiene la misma, pero la misma forma digo, que la media cucharada de cacao de más que uno le tira a la leche cuando tiene un día estupendo.

—O nefasto, que es lo mismo.

—Tiene forma de reflejo.

—Tiene la forma que tiene el cagar con hambre en el píloro, y también de la que tiene una calada fatal mal dada de las que te hacen toser y llorar y arrojar el cigarro lejos, bien bien lejos.

—¿Cómo estás?

—¿Yo? Contento y furioso, como esa nube.

—Tiene forma de cabra.

—Tiene forma de hielo.

—Tiene forma de cangrejo.

—Tiene forma de haber estudiado la cuadratura del círculo hasta el isósceles para acabar reptando entre catetos sin oler siquiera la hipotenusa.

—Huele a petricor.

—Tiene forma de mancha amarilla entre los dedos.

—Tiene forma de ente que espera mientras cantan las sirenas de la estación sin vehículo que salga.

—Tiene forma de hongo atómico.

—Tiene la forma de un ñu.

—Tiene forma de sinalefa.

—Tiene la misma forma que aquella otra.

—Tal cual.

—Tiene forma de que te acabo de ver y ya te echo de menos.

—Tiene forma de galerna.

—Tiene forma de rata ahogada en un canal que, aún con todo, conserva su belleza.

—Huele a mierda.

—Tiene la misma forma que las arrugas en torno a tus ojos cuando sonríes detrás de esa máscara.

—Tiene forma de miedo.

—Tiene forma de sombra.

—Tiene forma de llegar a casa y que te reciba un silencio.

—Tiene forma de cráter.

—Tiene forma de bol.

—Tiene forma de mirarse al espejo por la mañana después de cuánto y reconocerse por primera vez y, aun así, verse extraño y como raro.

—Tiene forma de páncreas.

—Tiene forma de Ud. no está aquí, está AHORA.

—Tiene forma de perro verde.

—Tiene forma de no.

—Tiene forma de cardumen.

—Tiene forma de sumidero de sueños frustrados.

—Tiene forma de cráneo.

—Tiene forma de espiral torcida y logarítmica.

—Tiene forma de nada.

—Tiene forma de un gas.

—Tiene forma de que va a llover.

—Tiene forma de pálpito.

—Tiene forma de molécula indivisible.

—Tiene forma de decirse las cosas usando solo las yemas de los dedos.

—Tiene forma de cirro.

—Tiene forma de final, incluso antes siquiera de haber empezado.

—Tiene gracia.

—Tiene su aquel.


11.4.15

La ninfa.

Cansado de estar cansado me decidí por acostarme temprano y mirarlo todo después, cuando fuera ya de día. No sé cómo llegué a tales derroteros, pero pronto me vi pensando en ella y, maldita sea, hacía una eternidad que no lo hacía. Pienso que nunca estuve realmente enamorado de María, que fue cosa de unos días, la alegría de las pequeñas cosas, ociosos al sol, y un puñado de no tan pequeñas bolsas, más bien copiosas, repletas de maría. Qué época tan feliz aquella, de veras. Ojalá me hubieras conocido entonces. Llevaba un par de meses trabajando en la librería y no podía sentirme más en mi sitio que colocando libros en sus respectivos. Los jueves, al mediodía, subía desde nuestro piso en la calle larga hasta el mercado de la plaza y compraba frutas y verduras, para después refrescarme con tantas cervezas a la sombra disfrutando de la compañía de los que gozan charlando acerca de cuán lejos quedó el invierno. Con la luna llena de marzo habían llegado los seis de Wanda, y a menudo nos acercábamos a La Albuera para visitarlos en su diminuto palacio, que era una carpa púrpura con travesaños de madera y ahí mismo, con mi pez rebosando naranja, aprendí a hacer barcos de papel. Había pasado los últimos meses viajando, de Lisboa a Ámsterdam pasando por Jerez, y, sin apenas tiempo para haber deshecho la mochila, ya se encargaba un picoleto de registrarla buscando escoria justo a dos kilómetros de Coria. De aquella noche recuerdo bien poco y se trata de una sonrisa que me colgaba de las orejas mientras se me enredaban en el pelo unas polillas como leviatanes. Joder, si nos reímos. Ella llegó sin que yo quisiera percatarme demasiado, enfrascado como estaba en Cien años de soledad y los submundos de Alonzo Testa. Había fabricado con mis propias manos una pompa enorme y cómoda donde cabían un montón de cosas y donde me lo pasaba fenómeno. Y ella, ay, ella, reina de las pompas, bruja de las burbujas, ninfa entre los nenúfares; ella fue la libélula que con los ojos morochos y achinados fue a posarse en mi fina película, mi animula vagula blandula, y ésta se fundió, confundida. Hubiera sido un crimen no haber besado aquellos labios esa noche. Fuimos felices y después me fui y ella se fue. Y ella se fue. Y ella se fue. Y en todo este tiempo no ha hecho más que crecerme la barba y mientras tanto me he ido desconociendo tantas veces… Y hoy… hoy sólo quiero volver a mi puesto de libros en el ágora y charlar con aquella chica risueña de mejillas sonrosadas con la que compartí un pacto secreto, oculto en una vieja maleta. Hoy sólo quiero que el latido del teléfono me pueda devolver su voz, aunque sea por un rato, y así yo saber que todo va bien, que es así, que es el tiempo. El día en que me di cuenta de que no quería seguir, nos vimos todos en la viña y bebimos cerveza en lata al sol descalzo, durante toda la mañana. Fui a trabajar por la tarde, y al salir, me hicieron una entrevista. Después entramos en un concierto de Latin Jazz con botellas de cerveza en las perneras del pantalón y, cuando terminó, nos dimos de bruces con la inauguración de un bar en la calle de los ídem, y ahí ya fue cuando nos rendimos a los efluvios de la birra que fluía, que corría por cortesía de una barra libre que repartía a rebosar. De todas formas no tardamos en regresar, a eso de la medianoche y cargados de provisiones, dispuestos a degustar el insólito menú que el azaroso yoquesé nos había preparado: sendas raciones de hongos psilocibios con una mijita de fenetilamina de iodo. El viaje a partir de ahí fue de cada uno y ya se ha escrito mucha psiconáutica; lo que quiero decir es que aquella noche vi un aguará guazú que ansiaba de lejanas praderas por donde pulular mientras yo prefería ponerme a ulular sentado bajo un árbol y entonces la luna se hizo grande entre las ramas —esto fue la segunda entrevista— y yo, qué más, pues me puse a temblar con el crujir de una bujía y de la risa se me olvidó todo, y por detrás de los pájaros amaneció en el cielo. Y yo quise beber de la botella de vodka, pero ella no quería que lo hiciera. Y yo sentí que hacía años que no la veía y que de todas formas quién era ella para culparme de hacerle daño. Ella masculló que el alcohol era el demonio y yo me declaré abrazador de Abraxas y cambié sus labios por los otros, los de cristal. Unos días antes había nevado en pleno mayo. Lo que pienso ahora que esto significa es que, a veces, hay un resplandor, un chasquido, como en un cambio de rollo en un proyector; y dura apenas un instante, un parpadeo. Ese parpadeo fue lo que ella y yo tuvimos, y al volver a abrir los ojos, ya no estaba. Me volví más distante y, al poco, ella terminó de impartir un curso de creatividad en la facultad y puso un pie en el oeste. Unos meses después yo volvía de Irlanda con una espada de madera y ella se tocaba los mechones del cabello con plumas de cóndor y sudaba en temazcales con San Pedro. No digamos ya ahora, un par de años después. Y es que es así, yo lo he visto: los caminos que se cruzan no son por ello convergentes, que en un pispás te ves al otro lado del globo y vete tú a saber quién carajo esconde la chincheta. Pero algo ocurre y es lo que trato de escribir; María ya no está. No es que haya muerto, ni esté desaparecida. Ni siquiera sé si está, pero para mí, no está. Como si con ella se hubiera ido la alegría de aquellos días. No es que no haya vuelto a ser feliz desde entonces, simplemente se trata de una felicidad distinta, tal vez más madura, más curtida, más sencilla. Más relajada. Creo que aquel día, aquel día en que me fui, en que se fue, en que nos fuimos, algo se fue en mí, como si la infancia se tratara de una naranja que se fuera desgajando con los años y cuyas porciones hay que cuidar como tesoros para poder más tarde disfrutar de la jubilación. No fui justo con ella, pues la culpé en secreto de ocupar mi tiempo y de impedir con su presencia que yo pudiera sentarme a escribir en mi trono de mimbre; cuando lo único que ella pretendía era ser musa, quizá con cierta insistencia, todo hay que decirlo. Ahora lo comprendo desde otro cerebro, que es el mismo, pero más viejo, y lo veo todo con cariño. Todo aquel capítulo en mi vida, en el que disfruté y sufrí, a partes no iguales, por no saber sacarle un provecho creativo a todos los acontecimientos y las tantísimas nuevas experiencias que decidieron darse cita en mi vida en un tiempo tan reducido y pleno. Ahora ya sé que las ideas son semillas que han de arraigar y crecer con la calma, que los temibles bloqueos de escritor no son más que temporadas de barbecho, y que son los propios escritores los que se arrancan las canas de la cabeza en vez de distraerse con la vida y decirse: Ya llegará, ya llegará. Y mientras tanto, yo guardo una  maleta bajo la cama, por si acaso, y esa ballena de plastilina,  y este cuello bien largo y joroschó que navega por las nubes que me salen al paso y, de fracaso en fracaso, veo como las barrigas crecen, las espaldas se encorvan y sin embargo alguno de estos cuervos traerá algo nuevo y bueno y pensando eso estoy tranquilo, no me descuido, voy dando pasos.

5.4.15

Hebras de lana.

Joder, ya no podía más. Gota a gota me había ido derramando por el suelo y, agotado, me entró el sueño y me quedé tendido, rendido, tumbado sobre el colchón que había sido mi propia tumba y mi mismo palacio. Así, bien despacio, accioné el botón de cierre que hay entre mi seso y los párpados. Y al fin, con todo oscuro de nuevo, me atreví a sonreír, pero no pude dormir por el jaleo de un puñado de ovejas que, entre jadeos, se habían puesto a contarme a mí.

De la cuenca del cenicero brotó entonces una serpiente bailando, y yo, aun sin flauta mágica, había de ser encantador. Aunque fuera yo mismo el hechizado.

Las ovejas siguieron balando y las cabezas se nos colmaron de alquitrán y una suerte de ser de dedos largos removía con un tenedor mientras nos frotábamos los ojos.

¿Cuántos somos ahora? —intenté decir con la boca llena y escupiendo gargajos— ¿Por qué carajo peleábamos?

Me distraje, y esto también me lo contó una oveja. Me dijo: vete de viaje, olvídate. Que un mono en su pecera piensa que sapiens, mas solo araña la corteza. Que sólo con arrastrarse sobre dos patas para dejar libre la barriga no se logra ahogar el hambre de ser hombre, ni la vergüenza que trae el verse despojado.

¿Y qué soy? —musité con la lengua partida— Si tratando de ser alguien me pierdo en el camino y me sudan las palmas de las manos y no sé ni lo que digo. Si me descubro animal de sangre fría, más de lo que temía, más de símil y algo de lagarto. Si saliendo al sol se me alargan hasta los huesos y cuando me oculto en mi agujero, cojo y me largo.

Si algo sé —susurró— es que hay que ser lo que se sea, lo que se tenga, en este injusto momento. Que no hace falta más que una nariz para oler las flores y que a solas se está bien, pero sólo si las olas siguen siguiéndose unas a otras.

¿Y de qué me sirve tanta flor y tanto aroma si ninguna se detiene para olerme a mí?

La oveja explotó entonces, empezó por las orejas, y salpicó mi blanca frente de emplastos de cera y manchas rojas. Traté de limpiarme con la manga, pero estaba desnudo y manché también mis brazos. Busqué el río, busqué un lago, y no encontré más que sucios charcos y algunos sorbos en esos vasos.

Así, de esa guisa, me zambullí en los ladrillos de la pared y me sentí como sospecho que somos: una suerte de fuego sólido, un juego complicado, un truco descubierto, un temblor en cada mano… Una verdad dicha mil veces convertida así en mentira, una mitad sin apariencia, y el resto anomalía.

No supe más del tema, ni tampoco investigué. Si acaso miré mi reflejo en la ventana y le sonreí, y me sonrió, y así me quedé. Los animales se durmieron y ¿sabes qué? Desde entonces ya respiro, y apenas lo recuerdo, como si fuera el mal sueño de otro. Hoy sólo estoy yo, y con eso me conformo.

¿Y ahora qué? Si parece que no hacemos otra cosa que empezar de nuevo. Y es que es así, no queda otra: Cada día es el primero.


29.11.14

Howard se va de gaupasa.

         El día que llegó la carta, salí a celebrarlo. Estaba cansado ya de los lunáticos de Oakriver y alrededores y el viejo asunto del señor Dood aún me tenía de los nervios. Mi vida no se dirigía verdaderamente a ningún sitio y mi rojiza barba seguía creciendo; necesitaba alejarme de todo aquello.

         Había tratado de conseguir un puesto en la Cruz Roja, pero mis antecedentes profesionales me lo impidieron. Decidí probar suerte en un extraño lugar; una granja cerca de Killarney donde se hacía terapia con caballos autistas o algo así y, para mi sorpresa, me aceptaron.

         Al bajar del autobús, me até los cordones. Y así, como fruto de una invocación al rozarse los herretes entre sí como una suerte de baquetas mágicas, surgió el viejo Paul de entre los charcos.

         Llevaba una cazadora polar granate y una caracola colgando del cuello. Sus botas se veían nuevas y al caminar se notaba que le hacían daño, pero lo que no había cambiado en él era esa expresión autocomplaciente, esa mirada callada, esa sonrisa perdida.

         Tomamos unas pintas de Murphy’s en el Paco’s y nos pusimos al día tras el otoño. Él me habló de sus escritos entre comillas y yo le hice un bosquejo de mi ensayo sobre cómo el kétchup cambió el devenir de los tiempos. Pagó Paul la cuenta y maldijo: —Desde que no está Paco aquí ponen unos precios de locos.

         Subimos por las humedecidas calles mientras recordaba aquella vez, no hacía demasiado, que Paul me llamó para una consulta. Estaba él en un pueblecito cerca del mar pasando unos días con Szyslak, un misterioso agente al que ya conocía de otros episodios. Aquel día lo pasé bordeando la costa desde Greenbay en mi vieja moto bajo el sol, y por la noche nos fuimos a la playa a beber cerveza y a contar historias. Pasamos las horas obnubilados y subió la marea. Y del vapor de nuestros alientos se formó tal niebla que ya no recuerdo cómo conseguimos volver.

         Paramos en otro mar donde Paul se pidió la cerveza del urogallo y yo una copa, nos sirvieron pipas y las masticamos mientras elucubrábamos acerca del propósito de la noche.

         —Como en los viejos tiempos, Howie-ho —dijo él, y me lo pintarrajeó en la cartera. Rompió una servilleta en pedazos y se fabricó un puzzle mientras yo iba a mear y, después, anotó algo en su cuaderno y se fue al baño. Volvió con la cara empapada.
         —Cómo pasa el tiempo —dijo, o le dije. Yo qué sé.
         —Vamos a tomarnos un chupito de los del ciervo y con hierbas —respondió el otro.

         Bebimos sendos tragos y entonces Paul me habló de un sueño que se le repetía en el que compartía un jacuzzi con los ángeles de Charlie y la rubia era cuentacuentos, la oriental era fotógrafa y la pelirroja era poetisa.

         —Y tú —dijo cuando terminó— ¿psicoligas?
         —Sólo las mentes —respondí—. Rollo Platón.

         Paul defendió el uso recreativo de la marihuana como dos veces creativo y nos quedamos mirando a la gente con cara de pantera y nos sentimos zorros y chacales.

         Tuve hace tiempo un paciente, un tal Apolo Slondo, que ingresó con un ataque de risa al oír el pedo de un niño en Vondelpark. Le escaneamos cientos de veces el cerebro y en todos salía con una Venus de Willendorf alojada en la glándula pineal.

         Por la pantalla de la televisión apareció Pepe Colubi afirmando que le daba asco su propio semen y decidimos que aún teníamos trece pecados por cometer aquella noche y cambiamos de bar para empezar el via crucis.

         Bebimos más cerveza y yo, tomando asiento en el diván, confesé mi problema. Y es que cuando voy borracho veo el tocar culos demasiado gratificante y, no sé, no puedo contenerme. Lo malo que pueda salir de tal situación merece la pena en comparación con lo bueno, que es, de hecho, palpar nalga. Me puede. Es más que un hobbie. Soy adicto. Lo admito. De lo peor. Pero me gusta.

         Una noche, por aquí cerca, nos encontramos a Marla bailando con su vestido de novia hecho retales y el rimmel corrido por sus mejillas. Village tenía la sonrisa del joker pintada y se movía sin tocar el suelo. Marla y yo nos besamos aquella noche, y ahora ella está lejos.

         Estuvimos callados un buen rato mientras bebíamos nuestras botellas. Paul me enseñó entonces una foto en la pared en la que salía el mismo bar y nosotros aparecíamos en ella con cerveza en la mano mirando una foto en la pared que era la misma foto que mirábamos en ese momento en la realidad y todo aquello formó un bucle y un montón de etcéteras y nos mareamos y cambiamos de bar.

         —Howard Gilliam —comenzó a narrar Paul mientras el fresco viento de la noche nos mecía— natural de Langostinas, La Pola. Un poquitín más pa’ allá, metido pa’ las montañas. Se doctoró en psicología por la Univerza v Ljubljani con dudosas calificaciones. Desde entonces ha protagonizado varios de los más descabellados capítulos de la historia de la perversión médica en el presente siglo. Llegando incluso a ser cómplice del ocultamiento de un cadáver a espaldas de las autoridades. Dicen que se comió su propia mano mientras esperaba en la cola para un kebab. Otros dicen que nació con cola.

         Me entró un hipo cósmico y nos fuimos por donde los gatos negros y la calle oscura. Paul me enseñó una foto de dos rubias. Una era yo, la otra un tipo que conocía.

         En la puerta del Rocket me encontré con una colega psicóloga y me sentí enamorado, pero nos quedamos Paul y yo bebiendo sentados junto a un barril y por los altavoces Robert Plant cantaba Babe, I’m gonna leave you. Y Paul decía que se lo iba a pasar teta, aunque fuera a morir pobre y yo tiré sin querer mi cerveza y me di cuenta de que ya no me atrevía a enamorarme.

         Seguimos trasegando en bares y recordé a otro paciente, un hombre topo que se había tirado desde un puente entre Buda y Pest y había aterrizado en un árbol. Cuando lo rescataron los bomberos estaba colgando de una rama como un koala y haciendo ruidos de mapache con seis cuerdas vocales.

         Hay un asunto que me mosquea y es que todos estos casos en los que me he visto envuelto guardan una misteriosa relación. No sabría decir qué es, pero sé que está ahí. Necesito verlo todo desde otra perspectiva, alejarme por un tiempo. Por eso me voy con los caballos autistas.

         —¿Qué hora ye?
         —Las cuatro y veinte.
         —Eso explica esta humareda.
         —Ya… bueno, me marcho.

         —Vale. Si fuera tú y estuviera aquí conmigo, yo también me marcharía.

20.3.14

Una espiral áurea.



(…) tratábase de una espiral áurea.


Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo.
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


tenía más sed que hambre y bebí unos cuantos tragos de cerveza mientras miraba de reojo la pizza de espinacas popeye esperando a que olivia mordiese su pedazo primero.


antes venía por aquí un tipo que ciertamente era un vago redomado. un día se despertó con el sol de mediodía entrando por una diminuta rendija en la persiana y dándole de lleno en el ojo izquierdo y decidió dormir un rato más. así pasaron tres años. cuando al fin se levantó, la barba le había crecido.  le daba pereza pasarse la gillette, así que se metió en la ducha y pensó en sus cosas bajo la alcachofa. con esas pasaron otros siete meses, y la factura del agua fue terrible.


Mi ser se encuentra un poco más leve, solo de conocerle. Cuando nuestras miradas se encontraron, rodó entre nosotros una infancia de juegos inventados, barcos de vapor y papel periódico y canicas llenas de polvo de hadas. Que ojos, que ojos tiene este inventor de palabras, tetete teletrasportan al mundo de más allá desde el más acá. Nunca me cansaré de jugar contigo hermano lemur, allá donde quiera que nuestro culo se encuentre, tendremos un hogar y una pecera llena de carpas naranjas. Con espacio para muchos más, mucho espacio, un espacio entero.


la conocí la conocí una luna nueva y nazarí con estrellas de ocho puntas joroschó sobre la nevada veleta por una bonita y despreocupada jugarreta del destino o serendipia. algo así. que fluye y fluye como la forma de escribirlo.


no fue chica la algarabía mientras yo fregaba platos con las yemas de los dedos arrugadas y las oreyas satisfechas. me dio un pálpito justo aquí en el pecho y quizás, quizás, quizás.


     WELT-SCHMERZ // del alemán; dolor que siente una persona cuerda al ver el mundo físico real tal y como es y descubrir que no es como debería ser.


La primera vez que probé una de esas naranjas urbanas fue en Lisboa. Habíamos llegado a eso de las nueve de la mañana, hora local, y después de haber caminado durante horas siguiendo el curso del Tejo y comer en un bar de Beato todos estos decidieron coger un autobús para llegar al hostal. Tiger Lily y yo preferimos en cambio seguir caminando bajo el sol para conocer un poco la ciudad y gastar algo de suela. Descubrimos que Castilho no significa lo mismo que Castelo, y que las seudo frutas que brotan de los naranjos en esas rúas son tan ácidas que la cara se te arruga hacia adentro. Aún puedo sentir el peso entre las manos de cuando ayudé a Tiger Lily a subir a uno de esos árboles para alcanzar una de esas naranjas cabronas. Se hizo heridas en las piernas y en los brazos con las ramas espinosas, pero esa sonrisa y esos ojos y cómo brillaba todo aquello no creo que vaya a olvidarlo nunca.


pensé en eso de los movimientos brownoideos y de cómo vamos pululando por la vida sin apenas darnos cuenta de que todo gira como en estagira. he visto cómo esa mosca que se parece a mí pasaba justo por aquí y al mismo tiempo aquella más bonita también y ahora me pregunto cuándo carajo volverán a cruzarse. ché, cebá el mate y a la ventana asomate


(…) y bien se piensa con descalzos pieseses.


      —Ninguna importancia —dijo Morelli—. Mi libro se puede leer como a uno le dé la gana. Liber Fulguralis, hojas mánticas, y así va. Lo más que hago es ponerlo como a mí me gustaría releerlo. Y en el peor de los casos, si se equivocan, a lo mejor queda perfecto. Una broma de Hermes Pakú, alado hacedor de triquiñuelas y añagazas. ¿Le gustan esas palabras?
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


1.   No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?
2.   Todo el mundo crece. Usted mismo está creciendo ahora mismo.
Oh niña de frente pura
y mirada soñadora,
aunque media vida ahora
se interpone entre tú y yo,
sé que tu tierna sonrisa
acogerá con contento
y recibirá este cuento
como regalo de amor.
(…) Aún suenan en mi memoria
los ecos de su cadencia,
y ni el tiempo ni la ausencia
me los harán olvidar.
LEWIS CARROLL


un viejo sueño. la vieja idea de la que estoy enamorado. no se daba cuenta de mi presencia y yo intentaba llamar su atención y sus ojos nunca se cruzaban con los míos quelabuscabanconvehemencia y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle. tatatarareaba una canción distraído: lililí lululú. viejo y destartalado como un volkswagen escarabajo amarillo que en realidad era rojo.  algo así y una mimosa.


Todo se mueve despacio en el mundo de las flores, eso es todo.


Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y-a-otra-cosa-mariposa. Escribí: “estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.


¡Qué maravilloso es poder huir, convertirse en  un ser libre!
HERMANN HESSE, Siddhartha


No necesito hacer frases. Escribo, para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras.
JEAN-PAUL SARTRE, La náusea


Quiero decir que cuando el ojo está embelesado, se ven cosas de lado que luego, al mirarlas de frente, ya no se ven. Un poder del rabillo del ojo. O quién sabe.
ERMANNO CAVAZZONI, El poema de los lunáticos


—Me parece —murmuró con una escafandra invertida justo en el estómago— que madurar es ir escondiendo bien poco a poco el niño que cada uno es bajo un montón de preocupaciones y responsabilidades. Llámalo niño o llámalo pez. Me pone triste todo eso, pero contigo aquí apenas me doy cuenta y siento las burbujas en la tripa de algo que coletea por dentro. Algo vivo. Eso me encanta. Me encanta quien soy cuando estoy cerca de ti. Y hombres con peceras por barriga.


Y todo comenzó con un problema de cría de conejos.

Me gusta este sitio porque llegué un día, porque lo descubrí bien poco a poco. Puedo pararme en cualquier rincón y recordar la primera vez que estuve acá o allá y a toda la gente que he conocido por el camino que, de hecho, ye prácticamente toda la gente que he conocido. Me he criado aquí de igual manera que me he criado en otros sitios más al norte y también cerca del mar donde roncan y bostezan los cuélebres y los busgosus fuman en pipa mientras los diañus burlones aconsejan falsas rutas a los que pasan por ahí y no-me-des-pistas-que-me-despistas.


1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…


         Hay veces que tengo tanto sueño y tengo tantos sueños que no sé ni cómo me llamo ni dónde meterme ni por qué hay asuntos sin resolver tantos años después de haber perdido el pelaje. Hay veces que alguien duerme justo en mi ventana como reflejado y pienso en si ese de verdad soy yo o es lo que quiero imaginarme que soy o es lo que quiero ser o es lo que fui o etcétera tres veces y después de una pausa, otra. Así funciona casi todo; con prisa y casi sin tiempo para respirar, pero por esta parte de aquí jugamos otro deporte, no sé si más sano como tampoco sé un ciento de cosas, o como los aguacates que al parecer engordan igual que el arequipe. Dice así: Por mucho que vivas y alto que vueles, sonrisas que regales y lágrimas que llores, todo lo que toques y todo lo que veas es todo lo que tu vida será.


cuando era chico me robaron la nariz y al rato me la sacaron de detrás de la oreja. sigo estupefacto desde entonces y a menudo pienso en ello cuando agarro el autobús. las noches en las que me cuesta dormir me gusta imaginar que desato el cordel aquí en la nuca y me quito la nariz que enseguida enrojece por la gangrena metafísica cuando la cuelgo del pomo de la puerta —que es su sitio—, así se hace algo de silencio en el ático y descanso aunque siga con una pupila encendida y puesta en la luna. otras veces discuto con la blanca y blanca página por quedarse ahí desnuda y yo sin acertar a enhebrar los ovillos hemisféricos en esta aguja doblada y obtusa que recogí un día del suelo y guardé en mi bolsillo para pincharme el dedo cuando estoy distraído. la otra tarde, sin ir más lejos, escuché tantas palabras que tuve ganas de levantarme y tirarlas por la ventana a la puta noche para que dejasen de revolverme las tonterías y hacerme parecer un saco de calcetines arrugados cuando me miro a oscuras desde el techo. ¡ay de esta loca ánfora colmada de jugos y cavilaciones, henchida de amapolas y semillas de baobab! ay de este pobre sísifo en la ladera, del atlas en mi cuello, de las amistades que son cariátides, de la eva primigenia preguntándose qué demonios había hecho.


con miviejamochilarosafabulosayjoroschó.


No supe cómo escribirlo porque fue real y apenas estoy acostumbrado a eso. Era un puzzle descomunal, un fresco renacentista, y yo me di cuenta de que cuando sea mayor quiero ser hacedor de puzzles o mimo escapista o, si eso falla, tal vez un instrumento de cuerda o un reloj. De todas formas me contentaría con ser una de esas piezas.


Santo Déjà vu. Santa espiral áurea. Santo Escher. Santo Fibonacci. Santos los girasoles. Santo. Santo. Santo. Santas coincidencias. Santas sincronías. Santos los martillos que derriban muros en Noviembre. Santos los güeyos que, estrábicos y estrambólicos, se aíslan y olvidan el contexto de la testa. Y Santa también la testa.


conocí conocí a un tipo que ye de yecla que hizo cumbre en un volcán en chile; y luego dicen que la vida no es literatura.


El programa arrancará después de la publicidad.

9.1.14

Trilogía de La Rueda —3.

Tuve otro sueño extraño, creo que sólo está en mi cabeza. Caminaba como un pato borracho por el alcantarillado durante toda la noche con unas cuantas cervezas y cuando me asomé por una de las tuberías encontré una antigua amante preguntándose quién había encendido las luces. Era un día normal y yo encendí un cigarrillo mientras caminaba y le decía sin mover los labios que jugásemos a ser Adán y Eva para empezarlo todo de nuevo, pero me dijo que estaba loco.

Pues me siento un poco triste y azul, tal vez sólo necesite a alguien con quien hablar, escuchar alguna voz. Porque van a ser las tres durante toda una hora y no me gusta ese tono del teléfono. Así que cuelgo.

Era un viejo sueño en el que después de la Guerra sólo quedaba yo, y el médico me dijo que también él había soñado con eso, pero que era él el último que quedaba, que no me había visto por ningún lado.

Creo que ahora todo el mundo está teniendo sueños. Todo el mundo se ve así. Caminando solo sin nadie alrededor. Y es difícil estar todos de acuerdo en algo. Yo le dije: Te dejaré estar en mis sueños si puedo estar yo en los tuyos.

Tengo un pájaro que silba y canta y aún así la vida no significa nada //
Gira la rueda bien deprisa y vuela desnuda por la ventana //
Hay una chica a mi lado que no me conoce y eso me encanta.

17.12.13

Trilogía de La Rueda —1.

Silbando por un camino mi silbido se confundía con el aleteo de las palomas y los cañones en el viento. Recordé los largos cabellos que daban vueltas fluyendo por su pecho. Caminando pensé en cada montaña y en cada mar mientras seguía silbando. A menudo los recuerdos que comparto con ella me parecen de una época muy lejana, de otra vida libre, de cuando éramos personas. Y ahora ya no sé qué soy. Pero siempre giramos nuestras cabezas y nos retorcemos los pescuezos para ver justamente lo que no se puede ver. Y yo miro al cielo.

Caminando y viajando llegué sin darme cuenta a la Feria del País del Norte, donde las tormentas de nieve congelan el río y entonces el verano se acaba y te tienes que volver a volver a poner el abrigo. Recuerdo a la chica que vivía ahí, y a veces pienso en ella como la que tal vez fue mi verdadero amor; pero está la tormenta de nieve y este viento helado, y casi que prefiero abrigarme un rato.

Seguí caminando y después también, con una maleta en la mano llena de yo-qué-sé y la echo de menos. No sé si es que el mundo gira a cada paso que doy, pero ella siempre está lejos, por la Tierra. Y las calles vacías por la noche van a hacer que me maten. Caminé y silbé, siempre lejos y apostando, tal vez demasiado, pues ya no tengo nada que decir; tal vez esté en problemas, pero, por favor, no me quites mis zapatos de autopista con los que camino mientras silbo; creo que me dan algo de suerte y quisiera gastar suela intentándolo. Acordamos vernos en medio del Océano una vez dejáramos atrás estas viejas y polvorientas carreteras, pero me temo que hasta el mismo Océano quiera llevársela algún día y con ella mi corazón en una maleta.

Sin embargo, sigo caminando y silbando con mis zapatos de autopista por una solitaria llanura como un tonto. Ofrecen por ahí mujeres de quince centavos con nada en la cabeza, pero creo que tengo en algún sitio una chica de verdad que de verdad me encanta. Ofrecen coches deportivos también, pero yo puedo dar una vuelta por el barrio en cualquier momento y no quiero nada de eso. Caminando y silbando el viento sigue soplando en la calle y yo llevo el sombrero en la mano y mis zapatos de autopista en los pies, por si me acuerdo de ella y tropiezo, no me haga mucho daño. 

13.11.13

Oso hormiguero.

         —Conocí conocí a un tipo —dijo García desde el taburete frente a la barra—, creo que se llamaba Baum o algo así, era astromecánico, se dedicaba a arreglar estaciones espaciales y esas cosas. Me contó —dio un largo trago a su vaso de vino— que una vez estaba ajustando unos paneles y toqueteando unos manguitos a gravedad cero, con su traje de astronauta y todo, cuando vio pasar a un oso hormiguero con escafandra flotando por ahí. Eso me ha hecho pensar… ¿Cuántos osos hormigueros estarán en órbita en este mismo momento? o sin ir más lejos ¿Quién será el que les pone todas esas escafandras adaptadas? Hay tantas preguntas y tantas respuestas que no existen… Es como aquello de si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie para oírlo, pero así con todo —apuró los últimos sorbos de vino y pidió otro— ¿Qué me importan a mí, después de todo, los osos hormigueros estén donde estén? ¿Sabes? Tal vez para un biólogo amazónico pueda resultar un tema de una trascendencia terrible, pero para mí, que sólo soy un humano que está aquí, ahora, contigo, hablándote de todo esto, no deja de ser más que una mera anécdota curiosa que no cambiará tu vida lo más mínimo, si acaso en que a partir de ahora podrás decir que conociste conociste a un tipo que conoció conoció a un tipo que era astromecánico y no sólo eso, sino que además vio a un oso hormiguero flotando a cuatrocientos kilómetros sobre la Tierra que, por si fuera poco, llevaba escafandra. Es tan difícil y al mismo tiempo tan sencillo explicar todo esto… Quiero decir que nada importa de veras, si acaso unas cuantas cosas como el amor y la felicidad y el poder llevarse algo a la boca de vez en cuando. Incluso se podría prescindir de las dos primeras si uno se conforma con la supervivencia neta. El caso es: ¿Por qué preocuparse entonces? Si puede haber osos hormigueros en el Espacio, quién te dice que no puede haber uno justo detrás de ti justo ahora, o tal vez uno muy pequeño alojado en tu cerebro o en tu menisco, quizá cientos ¿Pero sabes qué? Si uno ha de preocuparse por los osos hormigueros también tendría que hacerlo por la recogida de basura y a nadie le gusta tratar con todo eso. Y no les culpo, a mí también me gusta pensar que soy hijo del viento y los ríos criado por árboles y ovejas y lobos, con el mismo fuego aquí en el pecho que el que hace arder el Sol, y cuando pienso estas cosas me olvido de todos los osos hormigueros o baobabs que puedan estar flotando o creciendo por ahí y se me pone una sonrisa joroschó.

15.10.13

Poesía subterránea.

A veces, cuando me siento contento de veras, me gusta mirar a la izquierda y saludar al tipo del espejo, que me devuelve la sonrisa con los ojos morochos y joroschó, tras sendas rendijas.

Cada reloj en mi cuarto, que no son pocos, marca una hora distinta. Pero no son de ningún sitio concreto, no sé.

Oí un grito de mariposa, o tal vez no era más que un aleteo estridente. Todo alrededor, como siempre, esperando en el suelo a su manera. También en el aire, o incluso cayendo con claridad cada día. Cayendo bien abajo. O tan arriba que los señores con corbata han de quitarse el sombrero para mirarlo. Cegados por el sol, como siempre, con esa luz tan radiante a su manera. Entonces, todo acaba. Y vuelve a empezar. Y así. Y se apaga la luz. Y se vuelve a encender. Como el único amigo al que hay que contarle todo hasta el final. Y otro chirrido.

Mamá mató al pollo. Y ahora tenemos algo que cenar.

Pero se fue. Y yo lloré. Mas lamentarme no puedo, porque amé. Y amo. Y eres tú. Y tú. Y tú.

Sonaban ecos de disparos bajo esos puentes. Como un bum. Bum. Bum. Pero adormecido sobre el río. ¿Qué llevará? Me preguntan ¿Qué llevará? Mucho fango, contesto así. Pero en verdad tampoco sé.

¿Y qué me decís de esa costa con el contorno de una mujer preciosa de las que no se ven por el camino? Siempre en mi mente. Siempre en tu mente. La sonrisa que se ve sólo a través. La sonrisa robada y esas cosas. Esos colores en el cielo que el mismo arcoíris envidia. Esos. Esos que se ven y se van. Todo el tiempo, sí, a todas horas, hace unos días y también mañana. Y aún más, son los que quedan.

Aleteando y aleteando se llega a cualquier sitio, dicen. Pero no sabemos a dónde volar. El viento se levanta y no tiene buen despertar. Y sopla. Y sopla. Y sus consejos no siempre son buenos. Como todos, pero ¿qué sé yo? Porque a veces llueve y no sabemos si mojarnos. O resguardarnos de la lluvia. Pero siempre suena igual cuando llueve y todo cae. Y todo cae. Y si te fijas va flotando. Hacia abajo, pero muy despacio. Y, como siempre, el momento de tocar el suelo es muy lejano. Y se acerca. Y no sabemos qué pasa entonces. Yo, por lo menos, no lo sé.

Todo en este mundo tiene su frecuencia. Sólo hay que dar con el acorde adecuado.


Ahora suena el tren. Ya sabes, ¡chúuu-chúuu! Y hay que irse otra vez. Pero yo lo sé. Me lo dijeron. Mi hogar está donde está mi trasero.

18.4.13

Capítulo XXII (Parte II).


Se trataba de un viejo edificio cuadrado de ladrillos sucios, con una pequeña puerta de madera oscurecida por un caldo de lluvia y años de la que colgaba una oxidada argolla, y dos ventanucos en la segunda planta. Junto a la puerta, en un corroído letrero de bronce se podía leer “TEATRO MÁGICO” y debajo una breve e ilegible frase.

         Entré sin llamar, es una mala costumbre que he cogido no sé dónde. Todo aquel teatro era una gran sala diáfana, con unos cuantos bancos apostados junto a las paredes y un gran espacio central donde bailoteaban un puñado de actores y artistas de circo, y las paredes estaban pintadas a rayas rojas y azules, como en mi sueño, digo en mi suelo, lo que me hizo pensar que quizás estuviese frente a una sincronía del Universo que se había manifestado a través de mí pero al revés, o tal vez algo del Destino o algo así, pero supongo que no fue más que una bonita coincidencia.

         Definitivamente, aquí no vendían lámparas, por lo que decidí dar descanso al traqueteo de mis zapatos y sentarme un rato para disfrutar del ensayo o lo que quiera que fuera aquello que hacían los artistas.

         Me quedé asombrado con el equilibrio del pequeño Phillipe allá arriba, sobre una cuerda de guitarra tocando la nota Mi, muda, con la mirada estrábica, absorta, ignorante de la gravedad. Me deleité con los malabares de Éloi el chile, que se atrevía hasta con sables en llamas, incluso sobre un monociclo chirriante. Más allá un coro canturreaba una extraña canción que jamás había oído, el tipo de canción que susurra el viento cuando, después del fulminante ronquido de un viejo volcán escupe fuegos, una brizna de hierba brota de entre el tiznado hollín como una verde lengua de vida que escapa de su prisión de azabache. En otro rincón, unos cuantos actores ensayaban una obra inspirada en Don Quijote, lo que más me gustó fue Rocinante, reducido a un calcetín lleno de paja con dos grandes botones negros por ojos, una crin de lana y un palo de escoba por cuerpo, aunque visto así quizá sea un poco triste; y un poco más a la izquierda, un forzudo levantaba con una mano una escalera sobre la que se sostenía una muchacha mientras que con la otra hacía pasar a un perro pintado de tigre por un aro luminoso que apenas parecía estar caliente.

         Pero lo que más me llamó la atención de todo aquello, lo que atrapó con un anzuelo invisible a mi pupila, fue aquella muchacha, su corta melena del color del melocotón y sus infinitos ojos verdes, su piel dorada sembrada de delicadas pecas que se iluminaban con cada sonrisa de sus labios, toda ella despedía una especie de electricidad o algo parecido que hacía que me temblase todo el cuerpo, mis orejas enrojecieran y el pelo del cogote se me erizase. Como si una tierna voz aquí dentro o tal vez de fuera me tararease la pacífica melodía de la calma ancestral.

         —Esa sensación llámase rubor que, como el atún, es más viejo que el fuego —dijo un viejo que había aparecido junto a mí como por arte de magia— ¿Cómo te llamas? —preguntó
         —Alonzo —respondí automáticamente, sin tiempo para sorprenderme.
         —Bien, bien —hablaba con una voz paulatina y leve, casi como si las palabras le salieran en una acompasada exhalación de algún sitio dentro del pecho— ¿Y qué haces aquí? —continuó— La función no empieza hasta las ocho.
         —Son ya las ocho y veintidós —contesté tras mirar mi reloj de pulsera con correa de piel de llama. El viejo se rió, enseñando una dentadura toda de madera.
         —¡Pero si la actuación es por la noche y apenas acabamos de desayunarnos las tostadas con café! —consiguió decir finalmente entre carcajadas.
         —Ah —suspiré yo—, pues entonces me marcho, hasta luego.
         —¡No, no, no! —gritó el viejo— ¡Espera un momento! ¿Tú no estarás buscando empleo, verdad?
         —En realidad yo sólo buscaba una lámpara —dije—, pero…
         —Pero te has enamorado ¿verdad?
         —Puede que un poquitín —solté con una risita y haciendo un ademán con la mano como sosteniendo un pelo imaginario entre el índice y el pulgar.
         —Pues vamos, te enseñaré tus tareas —sentenció mientras señalaba con el cuello hacia unas cortinas que había en la esquina al tiempo que guiñaba un ojo con expresión cómplice.

         Aquel viejo llamábase Melquíades Quismondo, aunque todo el mundo le llamaba Melquíades, y era el director del Teatro Mágico. De él se decía que tenía más de cien años, cosa que concordaba con su arrugada piel del color de las aceitunas y con sus pálidos ojos tan profundos como el gran saco de sabiduría envuelto en mantas de colores que era él mismo.

         Me condujo hasta las cortinas coloradas de terciopelo de imitación y, tras ellas, di con una descomunal estantería que llegaba hasta el techo, toda llena de cajas de todos los tamaños, cajas y más cajas de cartón y de madera, incluso cajas hechas con terrones de azúcar y pesados baúles forrados de piel de cebra. Había tantas cajas que fácilmente podían contener entre todas al menos una muestra de cada cosa que hubiera sobre la tierra y parte de sus adentros, hasta una pequeña muestra de nube y otra pequeña muestra de arcoíris y esas cosas.

         Pero lo que contenían esas cajas, me dijo Melquíades, eran cientos de cachivaches y artilugios científicos y ropas extrañas como disfraces y baratijas y amuletos que había ido recopilando en sus viajes por las dos caras de la moneda terráquea y que, según me indicó, yo debía ordenar.

         —¿Cómo lo hago? —titubeé.
         —Como tú veas —respondió afablemente— Hay tantas cosas fabulosas aquí amontonadas que ya apenas las recuerdo todas. Por ahí debe de haber una pareja de espejos que le compré a un árabe que los había fabricado para, puestos uno frente al otro, poder ver el reflejo de Dios entre ellos.
         —¿Y qué vio? —pregunté entonces, intrigado.
         —Nada. Bueno, y todo. Vio de todo menos a Dios. Vio cosas pequeñísimas que parecían esferas eléctricas zumbando todo el rato, pero no a Dios.
         —Vaya.
         —¿Y qué me dices de este catalejo mágico? —siguió diciendo animadamente mientras me tendía un rollo de cartón.
         —Pues parece un rollo de cartón —contesté decepcionado.
         —¡Pero no lo sostengas así! —exclamó— ¡Mira a través de él!

         Y al mirar por aquel cilindro acartonado no pude ver más que a la muchacha al otro lado de la estancia.

         —¿Has visto, Alonzo? ¡Es un catalejo mágico! ¡Tiene la cualidad de centrar nuestra despistada mirada únicamente en aquello que queramos ver!
         —¡Es cierto, increíble! —proferí entusiasmado, aún con ese tal rubor tras las orejas— ¿Y qué hay de todos estos libros? —pregunté mientras sacaba una caja de su estante.
         —¡Ay, Alonzo! —suspiró Melquíades— Has de tener especial cariño y cuidado con los libros, pues albergan antiguas historias que no deben ser olvidadas. Ricardo Corazón de León, que se llama igual que el rey pero no es el mismo, dijo una vez con su profunda voz que los libros le enseñaron a pensar, y el pensamiento le hizo libre ¡Se encuentran cosas maravillosas en estos manojos de páginas encuadernadas!
         —Está bien —asentí— ¿Sabe, señor Melquíades? —continué— Yo antes vivía en otro lugar, y mi vida era comer, dormir y trabajar. No es que me sintiera triste con todo aquello, tal vez sí, pero el problema es que no sentía absolutamente nada. Toda mi vida se reducía a las volteretas de las agujas del reloj, que son volteretas harto tediosas cuando no tienes tiempo ni para subirte un poco los calcetines entre escalón y escalón. Ahora —proseguí— he dejado todo eso para vivir y pensar, y, cuanto más observo el mundo y más pienso sobre él, más loco me parece, todo lleno de serpentinas y desorden y galimatías y cosas feas y malas y también gente buena que se asusta en todo ese caos de la anarquía de las pompas de jabón.
         —Ay, Alonzo —me dijo Melquíades mientras apoyaba su tibia mano sobre mi hombro—, el mundo no puede dejar de sorprendernos nunca porque está en su naturaleza. Cada uno ha de ser lo que es, y el mundo no es coherente. La gente toma decisiones distintas y los rayos caen donde menos te los esperas.
         —Hablando de rayos —dije, al ver la densa y oscura nube que dejaba ver uno de los ventanucos de arriba—, se avecina tormenta.

         Y, aunque no lo crean, justo en ese mismo instante, hubo un fugaz destello seguido de un ensordecedor estallido que se perpetuó aquí en mi sesera durante un rato vestido de silbido átono. Supongo que había sido otra inesperada coincidencia.

1.4.13

Dominós.


         Necesito algo para empezar… es una idea, algún día, en mis lágrimas, mis sueños... la descubrí bien poco a poco, como esos detalles de cualquier cosa que aprecias cuando la has estado observando durante un tiempo. Una cáscara de huevo perfectamente esférica, como una pelota de ping pong y tan blanca, me entró por la pupila un día que ya no recuerdo y se me enganchó aquí detrás, entre los ojos y el pelo, justo encima de la campanilla, y por eso no podía tragar bien —y ni con gárgaras se me pasaba—. Ya sólo hicieron falta un par de susurros brillantes con olor a terciopelo y musgo verde musgo para que eclosionase sin dolor, como el parto de una pompa de jabón, como el alumbramiento de las motas de polvo. Así empecé a jugar al dominó en silencio, cuando todos dormían y yo cerraba los ojos para disimular. Y así pasé los días, tan oscuros como cálidos, curando un corazón demasiado blando para haberse roto.

         Y ese mamífero enmarañado me pone contento ahora. Ver cómo intenta hacer equilibrios por ramas invisibles para intentar cruzarse en tu camino y que parezca una inesperada coincidencia, cómo imagina fuegos artificiales y espirales fabulosas y joroschó con un tibio rubor detrás de las orejas, cómo pierde la mente escuchando el eco de las alondras y los tímidos aleteos que se confunden con los latidos aparentes de las cosas.
        
         Es una idea, algún día…

17.7.12

Louie, Louie.


Kingston, Jamaica; 1955.

La luna se eleva sobre el pub de Louie, junto al puerto, apenas quedan unos cuantos bebedores en torno a la única mesa repleta de naipes y conchas. Cada centímetro de pared está cubierto de fotografías de los hermanos perdidos en la mar, redes, aparejos y, sobre la barra del diminuto local, la mandíbula de un galano con sus afilados colmillos brillando con la anaranjada luz de las lámparas de aceite.

El ambiente está cargado de humo y ron y cálido salitre. Los comensales se despiden entre ebrias carcajadas camino de los catres que les esperan en la planta de arriba, mañana será un largo día en el azul espejo caribeño.

El más joven de ellos, Pigeon, se acerca al tabernero, Louie, un viejo lobo de mar que había renunciado a navegar por razones que nadie conocía. Louie era un tipo robusto, con una espesa barba dorada y el ojo derecho siempre entrecerrado. Se mostraba siempre reservado y pocas veces hablaba con la escasa clientela, aun así era respetado entre los pescadores de la zona debido a extrañas leyendas y rumores que envolvían su figura. Nadie sabía si todas aquellas historias eran ciertas, pero si algo sabe un hombre de mar es que si un viejo mareante calla sobre sus aventuras es porque tiene demasiadas que contar.

Pigeon era huérfano, y desde que tenía memoria había estado embarcado en una chalana tirando de redes con callos en los dedos y sudor frío por la frente y la espalda a cambio de una parte de la pesca diaria. A pesar de su semblante alto y desgarbado, sus brazos eran fuertes y fibrosos. Pigeon era también un muchacho bastante tímido.

—Louie —dijo Pigeon, apoyado ya en la barra con la mirada perdida.
—Es tarde —contestó Louie con su voz ronca y cansada—, vete a dormir, chico, no quedan muchas horas antes de que zarpéis y en la mar hay que tener la quijotera bien despejada.
—Sí… esto… —titubeó Pigeon— Quería preguntarte una cosa.
—Está bien —cedió el viejo—, ¿Qué te trae de mollera?
—Verás… como sabes yo no soy de aquí, de Kingston.
—Ya, ya… ¿Cómo se llamaba aquella isla?
—Santa Clara, vengo de Santa Clara.
—Bien, bien. La conozco. Siempre se me dieron mal los nombres.
—El caso es —continuó Pigeon— que quiero volver. Quiero volver ahora.
—Conozco ese tono, muchacho —se burló Louie—, tú estás enamorado de alguna moza.
—Sí, y no.
—Tal vez ya soy viejo y no me funciona la sesera, hermanito, pero no entiendo a dónde quieres llegar.
—Louie, Louie… me tengo que ir. Llevo semanas soñando con ella, pero no sé si existe. Siento aquí dentro que ella está ahí, sentada en la blanca arena con una flor en el pelo, esperándome. Esperándome a mí. Como si nos hubiéramos separado en otra vida y ahora nuestro destino fuera volver a estar juntos.
—Pequeño Pigeon —le interrumpió Louie—, eres joven y no sabes de lo que hablas. Tu infantil espíritu está hechizado por los antiguos poetas. Pero no eres un poeta. Maldita sea, no somos poetas.
—Louie, por favor —imploró Pigeon con los ojos vidriosos—, préstame tu bote para volver a Santa Clara, tengo que ir.
—Ay, pobre niño. ¡Hay tres días de travesía hasta esa isla tuya! Deja de soñar con princesas de cuento y vete a dormir, mañana tendrás una dura jornada. Olvídate de esas fabulaciones que te absorben el seso.

Pigeon accedió con decepción, y se encaminó escalera arriba para acostarse en su litera. Pero no durmió, esperó y esperó hasta que la luz del pub se deshiciese en la noche y no reinase más que el ruido de las olas y algún ronquido. Se deslizó entonces con cuidado de que la madera roída por la humedad no crujiese y en unos pocos minutos ya surcaba las oscuras olas bajo la tibia noche.

No supieron más del joven Pigeon. Algunos creen que se perdió en el océano, víctima de su insensatez. 

Unos pocos, sin embargo, los de espíritu poeta, aún cuentan que llegó a la blanquecina orilla de Santa Clara tras tres días y tres noches en la mar, y que una muchacha con flores en el pelo estaba esperándole.

14.5.12

Los lejanos silencios en el mar.


—Hace mucho que no soy feliz… ni triste, hace mucho que tengo sueño y no puedo dormir —se movió un poco para estar más cómoda y su silla crujió en un susurro—.
—Puede que tu conciencia esté cargando con un peso que no puede soportar… —dijo mientras exhalaba el humo de un cigarro— ¿entiendes lo que quiero decir?
—El único peso que soporta mi cabeza tal vez sea el mío propio.


Y apuré mi último trago de scotch  bajo la blanca noche. Llevábamos atracados en aquella isla unas dos semanas; a ella la conocí en la tercera noche y en seguida nos entendimos bien. No vi en ella a la típica camarera de bar isleño que se impresiona con tatuajes, cicatrices y músculos endurecidos al sol; sino más bien a una muchacha inteligente con la que valía la pena intercambiar algunas palabras, mi propia Sabina sin sombrero ni Praga.

Aquella noche hablamos durante horas acerca de Orwell y Huxley, de Freud, del cielo y del mar, aunque lo que más recuerdo ahora son los silencios. Siempre es el silencio.

Desde entonces pasábamos las noches en el mismo porche que hacía de terraza del bar hasta que despuntaba el día y yo me tenía que ir en el remolcador  hasta la hora de comer, de todas formas no podía dormir con aquel calor a pesar de la fresca brisa marina y me bastaban un par de horas de siesta tras el almuerzo.

Han pasado ya muchos años y muchas olas desde aquella conversación, y me arrepiento de haberle dicho eso, pues ahora me doy cuenta de que no era cierto. Sí que era feliz. Cargaba con mi propio peso pero era feliz, ella me hacía serlo.

Parece ser que los que no sabemos vivir estamos condenados a dejarnos nuestro amor olvidado en la otra orilla del mar y no hay forma de regresar.

Recuerdo un lunar, pero no dónde estaba. Han pasado ya muchos años y muchas olas y mis ojos se han vuelto grises y mis manos viejas y curtidas, ya no sabré encontrar todo aquello, a mi joven Sabina de ojos castaños tras una Kodak desechable intentando capturar mi rostro para el recuerdo… lamento no haber dejado que lo hiciera, lamento no haber tenido una dirección que darle para poder escribirnos… lamento no haber tenido valor para escribirle desde Singapur o Melbourne o Ciudad del Cabo o Nueva Orleans o cualquier otro puerto en el que me haya apostado.

Lamento que nuestros silencios no hubiesen durado más tiempo.

6.5.12

Bobby "Blue".


Sé que es muy tarde ahora, que tras la llama y su exhalar sólo quedará ceniza. Sé que sólo en la distancia encuentro las miradas que se van y yo aquí sentado en una esquina esperando y no sé a qué.

Los grandes enamorados al final gritan en sus camas por no saber no estar solos. Y aquel ruido blanco.

Una taza con café reseco en el fondo, eso queda. Los pegajosos posos de una ventana inclinada calentada por el sol de un día ocioso.

Papiroflexia con mis poemas entre sus dedos. Mi cabeza se aleja aunque la intente atar arañando mis costillas y olvidando los aplausos. El que sigue aquí en mi frente es el culo de Picasso y el que quiere ser un sucio Hank en un palacio borracho de sexo. Y la resaca con las sábanas empapadas en sudor y ginebra de la Victoria. Hojas secas. Tatuaré mi piel con cada palabra que escribo en vano. Me cortaré las uñas y afeitaré mis barbas y seguiré pareciéndome al tío del espejo.

No tengo una azotea en lo más alto de la ciudad nocturna ni estrellas que regalarte. No tengo sitio al que ir. No tengo sitio al que llevarte. Quizás sólo este estribillo y la verde alfombra. Ya sabes cómo somos, sólo sabemos cantarle a nuestras guitarras así que perdóname.

Tomos de Freud en su bolso y no consigo soñar nada. Y me despierto. La música de piedras corriendo ladera abajo. Y el olor de la vereda. Y lo a gusto que entre ensoñaciones descanso en el suave vergel para huir corriendo por si alguien me ve. Es tarde ya, pero procuro mantener la luz encendida. Mis manos no están gastadas aún pero ya han sabido hacer daño sin querer. También al corazón que les da de beber. No dejes de usarnos, me dicen cuando dudo, pero saben que no podría. Prestad atención, digo yo entonces, no me falléis vosotras, o tendré que escupir sobre mi muro por ser de nada y no como yo pensaba. Ahora, cierra la puerta, te hago un sitio, ven, mejor mira las paredes, haz como que no estoy, guarda silencio, déjame que piense… así esta no será mi última línea.

24.4.12

La página vacía.


Me senté frente al ordenador y escribí un par de palabras mientras distraía mi mirada con cada objeto que participaba del caos de mi escritorio. Afuera llovía, y el sol se ocultaba tras una cortina gris.

—¿Escribes? —me preguntó Claire desde el sofá, llevaba el pelo recogido y las gafas de leer, entre sus manos tenía un desgastado ejemplar de La hojarasca de García Márquez que yo mismo le había regalado un par de años atrás. Me encantaba verla ahí, con aquella luz, su forma de pasar las páginas, su forma de preguntarme sobre qué escribo, su forma de sonreírme.
—Pues hace mucho que no —contesté tras una pausa—, creo que estoy tan cómodo aquí en casa contigo que no necesito imaginar nada… como si la desdicha fuese mi verdadera inspiración.

Vi la decepción en su rostro, no por el hecho de que no estuviera escribiendo, sino por sentirse culpable por mi sequía creativa. No era mi intención, todo lo contrario, pero no encontré palabras para arreglarlo. Pensé en que quizás debía tumbarme con la cabeza en su regazo y disculparme con una mirada vidriosa… no sé por qué no lo hice. En su lugar me quedé sentado con la mirada perdida.

¿Y no será que quizás deba estar solo? ¿Y si toda una vida llena de relatos y fantasía no resulta tan grata como la que me aguarda en aquel sofá junto a la ventana?

Fue entonces cuando apagué el ordenador y suspiré aliviado. —Espera —me dije en silencio—, no pienses en los extremos, recuerda eso que ponía en aquel libro… ¿cómo era? —busqué en el primer cajón mi cuaderno de citas.
«Los extremos son frontera tras la cual termina la vida, y la pasión por el extremismo en el arte y en la vida es una velada ansia de muerte».
Así que me acurruqué junto a Claire y me olvidé de las palabras que no llegaban… ya lo harían mañana quizá.

23.4.12

El viajero sentado.


«La mejor soma es la distancia voluntaria», con esa frase empezaba mi libro, quizá no sea el más conocido de los que me han publicado, pero sí de los que más orgulloso me siento. Se trata de una recopilación de los viajes que hice cuando era joven.

Yo era entonces un muchacho tranquilo, acostumbrado a imaginar para tener y cauteloso con la llave de su amistad, pero vayamos al grano, mi historia comienza en aquel día en que, sin saber cómo, me levanté adulto. Fue como mirarse en el espejo de lo que quieres ser y ver ahí a otra persona, y que en el mismo reflejo ella te coja de la mano y te susurre secretos al oído.

Llega quizás un momento en la vida de todo hombre en la que la felicidad está lejos de aquello que amamos.

Un solo gramo de soma —o una sola unidad básica de distancia— cura diez sentimientos melancólicos.

16.4.12

Lluvia y mirar por la ventana.


Llovía purga y catarsis, la fina lluvia de Bohemia en las tardes de café y mirar por la ventana mientras el suave vapor calentaba su rostro oculto en sombra de ojos y la vista perdida. El inquieto latido profetizaba la llegada inesperada de viejos abrigos empapados por las lágrimas de la añoranza amnésica.

La clara luz de la estación cercana empañaba el blanco alicatado de los servicios. Llovía en amor viejo y enfermo y resignado. Y cargó con su raída maleta de cartón, esa que tenía una pegatina del lado oscuro de la luna y el prisma que fracciona el haz de luz en un geométrico arcoíris, la que le acompañaría por los charcos de las calles aún pasadas estas páginas.

El interfono graznó vehemente, y sus dedos se estremecieron contra la taza humeante.

-Ho… hola.
-Pasa anda, estas empapado.

*Continúa en el siguiente vídeo:



Tengo un pequeño libro negro con mis poemas escritos. Tengo una bolsa con un cepillo de dientes y un peine dentro. Cuando soy un buen perro, algunas veces, me echan un hueso dentro. Tengo gomas elásticas sujetándome los zapatos. Tengo tristeza por esas manos hinchadas. Tengo trece canales de mierda para escoger en el televisor. Tengo luz eléctrica. Tengo sorprendentes poderes de observación y así es cómo sé, cuando trato de contactar contigo por teléfono, que no habrá nadie en casa. Tengo la obligación permanente de Hendrix y el inevitable ojo de aguja arde delante de mi camisa de satén favorita. Tengo manchas de nicotina en mis dedos. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un soberbio piano para colocar mis restos mortales. Tengo salvajes ojos penetrantes. Tengo un fuerte deseo de volar, pero no tengo a dónde volar. Ooooh pequeña, cuando cojo el teléfono sigue sin haber nadie en casa. Tengo un par de botas Gohills y tengo mis raices marchitas.
Roger Waters.

7.4.12

Los charcos sucios.


Tanto quiso nevar el cielo… y sólo para dejar charcos sucios en el frío asfalto. Como el cable que no me atrevo a cortar, se le ve distraído, ajeno al resto del mundo, aunque quizás porque es éste mundo el que ignora los globos de colores que apenas son manchas en la blanca cúpula de abril. El hielo se derrite, sube la marea y todo desaparece; pues hay que darse prisa entonces, prisa por conocer, por ver, por amar. Y son más fáciles de amar todas esas ilusiones que alumbran el techo de un cuarto vacío cuando aún no ha despuntado el día. Creo haber vivido tantas vidas… que sonrío complacido cuando pienso en que aún estoy en la primera, además de bien temprana. No te preocupes -me digo a menudo- todo llega con las cinco letras de un Sorri y con seguir caminando.

Me imagino ahora como un astronauta en órbita, desde arriba se ve todo, aunque con menos detalle; en esencia observo que no estoy solo, pero aún así… ¿sabes? como si en vez de oxígeno mi bombona estuviese llena de dudas e incertidumbre.

Pero de momento todo va bien, supongo, sí, me gusta pensar eso… lo cierto es que sólo pienso en que va a ir mejor, así me quito las legañas cada mañana en calcetines.

-Olvidaste el tercer acuerdo -me dijo el techo sobre mi cama-, te has dejado llevar por mareas siniestras que ni siquiera son de agua, sino de polvo, basta tan sólo un pequeño soplo para deshacerlas y tú ahí abajo, lamentándote bajo las sábanas.

Tal vez la nieve ha empañado mis ventanas y apenas alcanzo a ver lo que mi peor enemigo, yo mismo, se inventa y escupe como pestilentes fangos en mis oídos… pero bueno, cada mañana, en calcetines, me los limpio con sendos bastoncillos y se van con las legañas. Es por eso que pienso que habita un feo monstruo bajo mi cama. Aún no me he asomado para cerciorarme. No me atrevo.

Pues al final me olvidé el libro abierto sobre la mesilla durante toda la noche y crecieron toda clase de líquenes y trepadoras, como después de un largo verano colmado de días de sol y tormentas. Llenaré mi maleta de lo que sea y me iré descalzo a cualquier lugar, y tal vez así encuentre Paz.

21.3.12

Del Rey de las Ramas.


Debajo de la nuca estaban las raíces y, subiendo por dentro del cráneo, un árbol lleno de nudos retorcidos donde descansaba el Rey de las Ramas. A veces me susurra cuentos mientras se atusa los bigotes, siempre vigilando alrededor con sus grandes ojos, pues se asusta con facilidad y cuando ve que hay alguien por ahí se esconde en un agujero en el tronco, dejando a la vista únicamente su larga cola anillada.
         
Es habitual en mí escribir los cuentos que él me narra, aunque últimamente se saben complicados, difíciles de moldear con palabras, y es extraño y angustioso, como  el no saber pintar los colores de un atardecer. Yo, que sólo quisiera viajar en mi alfombra voladora y acariciar las crestas de las nubes dibujando formas para que la gente que esté paseando o tumbada en cualquier prado de ahí abajo señale con el dedo al zoológico sideral mientras sus ojos se iluminan, porque algo me han enseñado, y es que a veces es mejor ser todo y nada que ser algo.
         
Me acuerdo ahora de un cuento que me contó la otra noche el Rey de las Ramas, trataba de Nemo, un joven que se sentía orgulloso de ser el único en su pueblo que nunca se había enamorado, ostentando tal título con la cabeza tan alta como sólo los ignorantes y los necios saben llevarla, huelga decir que no lo conservó por mucho tiempo.

El caso es que el tal Nemo se enamoró tan perdidamente de una muchacha que apenas podía soportarlo. Se marchó sin más, no recuerdo mucho de la historia… algo así de que si no podía tenerla a ella no querría tener a nadie y se convertiría en un anacoreta perdido en las montañas.
         
Otra de las historias que me contó, hace ya un año o así, trata de un par de náufragos en una isla, algo digno de Julio Verne o de Morris West o de William Golding o incluso de… ¿sabéis? algo así. Esta historia era un tanto más oscura, y no seré yo el que revele su final, al menos no por ahora… ésta es otra de mis grandes ambiciones.
         
¿Y cuál más? ¡Ah, sí! ésta alguno la conocerá… fue un error por mi parte empezar a publicarla con sólo un capítulo redactado, me refiero a aquella en la que un tipo visita a su psicólogo y se encuentran con un cadáver que, por razones desconocidas, se ven obligados a ocultar. Es gracioso, pues hace pocas semanas disfrutaba de unas cervezas con mi psicólogo y otro compadre en un local de Gijón, y el Rey de las Ramas apareció entre las botellas vacías que yacían en la mesa para recordarme esa historia y animarme a terminarla.
         
Es por eso que me gusta esa suerte de lémur con el culo al aire.