13.9.21

Jinetes en el páramo.


Hace como una milenta de años, en la yerma estepa mongólica, una esplendorosa caravana se llega a paso campanudo y no poco pomposo al tosco asentamiento de Karakórum, recientemente establecido como campamento permanente por el mismísimo Gengis Kan como base capital para su vasto imperio aún en ciernes.

A la cabeza de la comitiva viene Xuan, emisario del Imperio tangut, vestido a la moda china con un pijama Hanfu muy colorido y abigarrado, ornamentado con guirnaldas y cascabeles y con una trencita de lo más graciosa saliéndole de la cocorota. Su séquito iba más o menos por el estilo, pero un tanto más sobrio y menos ilustre, tratando de disimular la insoportable sed que les acuciaba tras una fastidiosa marcha por el Gobi.

               Sale a recibirles un jinete mongol con cara de no haber tenido un solo amigo en toda su vida, escoltado por dos Mangudai, uno a cada lado, armados con sendos arcos compuestos.

               —¡Saludos! —saluda Xuan, con un agudo tembleque en la voz. El jinete mongol responde con un gruñido gutural.

               —Mi nombre es Xuan —continuó Xuan—, emisario del fabuloso y fantástico Imperio tangut. Vengo aquí desde lejanas tierras allende el desierto para presentar mis más sinceros respetos a vuestro Kan en nombre de mi honorable nación, y también para hacerle entrega de este juego de porcelana nuevecito y a estrenar como obsequio y gesto de buena voluntad —tosió un poco, tapándose la boca con la manga del pijama—. Bueno, y, ejem, para que no arrase nuestros dominios y tal.

               El jinete mongol hace una seña con la cabeza a uno de sus compinches y este sale a trote hacia una de las yurtas, la más pequeña y andrajosa de Karakórum. Vuelve al rato, tras un silencio de lo más incómodo, acompañado por un venerable anciano con pintas de monje tibetano que se apoya en un bastón de palo y que calza en el lomo una chepa muy, pero que muy parabólica.

               —¡Wololó, forasteros! —saludó el monje (así saludaban los monjes por aquel entonces)—. Mi nombre es Pinipong, y haré las veces de humilde intérprete durante vuestra estancia en Karakórum. Sean bienvenidos —hizo una leve reverencia con la cabeza y el espantoso crujido de varias de sus vértebras hizo que unos cuantos cuervos levantaran el vuelo—. Adelante, pasen a la yurta de invitados y descansen un poco. Ahora mismo les agasajaré con un poco de té de matojo.

               Xuan y compañía se apretujaron como bien pudieron en la angosta yurta y aprovecharon para descalzarse las sandalias de sus doloridos y diminutos pies. Enseguida apareció Pinipong con el apestoso té y lo sorbieron a regañadientes y quemándose los labios.

               —¿Y bien? —dijo entonces Pinipong— ¿Qué les trae por esta estepa, si se puede saber?

               —Pues lo típico —masculló Xuan, con la lengua abrasada—, movidas diplomáticas y todo ese rollo. Venimos a charlar con vuestro líder, Gengis Kan, ya sabes, para que no se nos lleve por delante con su horda y nos parta al medio.

               —Ya veo —dijo Pinipong—. Pues me temo que el Gran Kan no podrá recibirles por el momento. Justo ayer marchó a Samarcanda a luchar contra los jorezmitas, esos mamelucos del demonio, y supongo que tardará un rato en regresar.

               —Vaya —respondió Xuan—, pues sí que es una jodienda.

               —Y tanto que sí —sentenció Pinipong.

               —¿Entonces? —preguntó Xuan, contrariado.

               —Pues podéis volver por donde habéis venido, y, si tal, regresáis para el otoño o así —dijo Pinipong—. A ver si tenéis mejor fortuna.

               —Pero no podemos marcharnos así, sin más —protestó Xuan—, venimos francamente agotados y apenas sin provisiones —un par de lágrimas resecas manaron de sus rasgados ojos—. ¿No podríais convidarnos, aunque sea, a una pequeña merendola antes de que emprendamos la marcha a Yinchuan?

               —Tampoco nosotros tenemos gran cosa —contestó Pinipong—. Como ya os dije, el Gran Kan partió ayer con su horda; y se llevó consigo todos los víveres.

               —¡Qué jodienda! —se quejó Xuan.

               —Pero se me ocurre una cosa —dijo Pinipong.

               —¿Qué cosa? —preguntó Xuan.

               —Podemos escribir a Yami-Yam, y encargar algo de picoteo —aclaró el monje.

               —¿Yami-qué?

               —Yami-Yam —reiteró Pinipong—. El servicio de comida a domicilio más eficiente del mundo mundial. Verás, aquí en Mongolia contamos con un sistema postal de lo más práctico. Una ruta de correos que atraviesa toda la estepa y que consiste en un ciento de estaciones de repostaje y relevo de los mensajeros, una larga, larga, larga cadena desde el lago Baljash hasta el mojado mar oriental. Nuestros jinetes son capaces de cubrir toda la anchura del territorio en apenas unos días, si es que no les alcanza un rayo por el camino —explicó—. Podríamos pedir la manduca al mismo macizo de Altái y tenerla aquí en un periquete. Solo hace falta contar con palomas mensajeras para encargar los pedidos.

               —¿Mensajeras?

               —No, no te ensajero.

               —¡Pues no se hable más! —exclamó Xuan agitando los brazos y haciendo tintinear cuantos cascabeles colgaban de sus ropajes— ¡Pidamos, pero tal que ya mismo, un auténtico banquete! ¡Arroz tres delicias! ¡Pollo Kung Pao! ¡Cerdo agridulce! ¡Pato a la pekinesa! ¡Un tonel de ramen! ¡Y rollitos de primavera para todos!

               El séquito al completo hizo una ovación exageradísima y salivaron como salivan los salivanes.

               —¡Hurra, hurra, hurra! —vitorearon todos, excepto uno, que estaba afónico y además era mudo.

               —No tan rápido —apaciguó Pinipong—. Aquí no tenemos nada de eso —y le alcanzó a Xuan un mustio folleto de menú escrito con letras raras—. En Mongolia tenemos únicamente dos tipos de platos; los blancos, que son queso o yogur de yegua, y los marrones, que básicamente son salchichas de caballo con salsa de caballo y sin patatas. Y de beber, airag.

               —¿Y eso es…? —inquirió Xuan.

               —Leche de yegua fermentadísima —respondió el otro.

               Los tangutos se aguantaron una arcada colectiva, tratando de disimular el asco diplomáticamente, y, al poco, aceptaron aun reacios.

               Y así fue que el monje Pinipong agarró una de las palomas mensajeras, ató la comanda a una de sus mutiladas patas y, sin más preámbulos ni ceremonias ni nada de nada, la arrojó de cuajo a los vientos de la estepa.

 

*   *   *

 

               Al oeste, en el Altái, crecía y vivía un joven mongoloide llamado Glovuyín. Glovuyín se ganaba el parné pastoreando los rebaños de su tribu, cazando alguna que otra liebre despistada que le pudiera salir al paso, y también haciendo las veces de correo de la Yam cuando llegaba algún recado.

Pero aquella mañana, aquella fría mañana de agosto, Glovuyín no tenía más tarea que vigilar que las ovejas, las cuatro ovejas y media que aún les quedaban tras los ataques de la jauría del temible lobo Ornlu, no se fueran demasiado lejos del campamento. Así que se tumbó en una ladera cercana y se lio un tremendo canuto de cardo uzbekistaní para pasar el día.

                Apenas había pegado dos largas caladas humeantes cuando advirtió que su mamá, Qulan, la de los fornidos muslos, le hacía gestos y ademanes con los brazos desde la lontananza.

               —¡Glovuyín! —oyó que le gritaba.

               —¿Qué? —aulló Glovuyín.

               —¡Baja aquí! —vociferó Qulan.

               —¡Ahora después! —regateó Glovuyín.

               —¡Como no bajes ahora mismo te arranco la cabeza!

               Glovuyín corrió a toda prisa colina abajo temiendo de veras por su integridad física y se encontró con su mamá Qulan esperándole con un papelajo en la mano gruesa, la de los tortazos.

               —¿Eso qué es lo que es? —preguntó Glovuyín, hiperventilado.

               —Pedido de la Yami-Yam —aclaró Qulan, entregándole la comanda—, agarra un penco y sal para Karakórum cagando hostias.

               —¿¡Karakórum!? —exclamó Glovuyín— ¡Pero si eso está a tomar por el mismo culo! ¡Además, todos los jinetes de la Yam están en la horda del tío Gengis, allá por Jorasmia! ¡Tendría que hacer todo el trayecto yo solito!

               —¡Mal rayo te parta como no marches para allá tal que ya mismo! —amenazó Qulan, y ambos esbozaron una mueca de pavor en sus rasgados párpados, mirando al cielo. Por todos es bien conocido que lo único que acobarda, amilana y, en paráfrasis, acojona a los mongoles es un buen relámpago certero y fulminante.

               —¡Vale, vale! —accedió Glovuyín—, pero al menos dime qué pone en este papelucho; yo no sé leer.

               —¡Ni yo, pedazo de idiota! —le propina un coscorrón en la chola con la mano gruesa—, ¡Tú lleva un puñado de todo y regresas con lo que sobre!

               —¡Está bien, está bien! —dijo Glovuyín, rascándose el cacumen.

               Glovuyín llenó su ambarina mochila cúbica con salchichas rancias, queso pestoso y algo de airag maloliente y a medio cuajar, se encaramó a horcajadas de su viejo jamelgo, al que nunca se les ocurrió ponerle nombre alguno, y partió raudo como una diarrea hacia el oriente.

               Galopaba Glovuyín por la llanura, y el galopar del viejo jamelgo resonaba bajo su trasero como las dos mitades de un mismo coco chocando entre sí. Galopaba Glovuyín por la planicie, mecido por el vaivén de la marcha en allegro ma non tropo. Galopaba Glovuyín por los vastos eriales de Mongolia, con la mirada fija en el remoto horizonte y sin pensar en apenas nada.

               Y, antes de darse cuenta siquiera, Glovuyín se durmió a las riendas.

               Días después, despertóse Glovuyín con un espantoso y acre regusto a cardo en la boca pastosa y con la triste novedad de que el viejo jamelgo había muerto entre sus piernas, quizás de agotamiento, o tal vez de sed, o incluso de viejo; no se podía saber. Mientras tanto, un cuervo de plumas negras se daba un estupendo festín con sus ojos.

               —¡Mosquis! —se dijo Glovuyín, mirando alrededor, donde solo había inconmensurable estepa llena de distancia. Un auténtico secarral infame y baldío en todas direcciones. La extensión por antonomasia en el mismísimo medio de la nada. Un océano de suelo.

               Y así, con una refulgencia cegadora, un rayo certero y fulminante venido de los cielos impactó de lleno en el cráneo de Glovuyín, convirtiéndolo en difunto antes de poder siquiera escuchar el propio trueno.

 

*   *   *

 

Para aquel entonces, Xuan y su comparsa ya se habían hartado de esperar por el almuerzo y, tomando eso mismo como una grave ofensa interimperial y mayúsculo agravio, habían vuelto a Yinchuan con los mondongos vacíos y huecos y lanzando toda clase de improperios y borborigmos.

A su regreso, el emperador de turno, informado de dichas vicisitudes y considerando tal afrenta, decidió declarar la guerra a los mongoles con carácter retroactivo e inmediato. Guerra que, por supuestísimo, finalmente perdieron al lustro; y el imperio Tangut fue arrasado de una vez por todas, desapareciendo para siempre, siempre, siempre. 


2.9.21

Cuentos de la taberna del Cuervo Blanco: Retales modernos.

Corre el tristísimo año de Nuestro Señor de 1812 en la encapotada aldea de Chesterfield, en el condado de Derbyshire. Dos lugareños de horrorosa dentadura juegan al bridge en el poco pomposo pub del pueblo, conocido por aquellos entonces como el Cuervo Blanco, embriagados desde hace rato por los efluvios de la brown ale de la casa y ataviados con sendas chaquetas de tweed desgastadas y andrajosas.

“¿Te has enterado?”, dice el primero. “¿De lo qué?”, responde el otro, ajustándose un bombín anacrónico para tratar de ocultar su incipiente calvorota. “De las revueltas del otro día en Nottingham”. “Ah, pues ni papa. ¿Qué pasó?”. “Al parecer unos exaltados reventaron los telares mecánicos de la textilería local y redujeron la factoría a escombros. No sin antes destrozarle la jeta al patrón a base de patazos y puñetadas tras una deliciosa sesión de la vieja ultraviolencia”. “Vaya”, dice el disminuido capilar, “Desde luego que no se andan con mindundeces en Nottingham”. “Y tanto que no”. “¿Y eso debido a?”, cuestiona el alopécico. “Pues que dicen que esos cacharros del demonio les están quitando el curro. Que antes sí, la brega era más chunga y tal, más farragosa, pero claro, por lo menos tenían trabajo. Aunque estuvieran doblando el lomo de sol a sol (me refiero a esa exótica cosa pálida que se adivina tras los nubarrones) podían, como poco, alimentar a sus familias, y en cambio ahora más de la mitad del pueblo se aburre de lo lindo y fenece de apetito. Vamos, que ni tanto, ni tan calvo”. “¡Qué me vas a contar!”.

               Ambos beben de sus pintas y otro dipsoda al fondo de la tasca comienza a canturrear: “En la bella ciudad de Dublín, las muchachas hermosas son como un jazmín…”, pero un eructo inmundo seguido del tradicional vómito termina con el lamentable espectáculo antes incluso de que nadie llegara a protestar por la nefasta entonación.

“Hazte así”, dice el calvo. “¿Así, cómo?”, pregunta el otro. “Tienes el mostacho lleno de espuma”. “Me la guardo para el final”. “Tipo listo”. Y vuelven a beber.

“Pero aún no te he contado lo mejor”, dice el del bigote. “Cuenta, cuenta”, apremia el otro. “Pues, mira”, saca un recorte de The Sun del mohíno bolsillo de su chaqueta de tweed y lo menea ante la mirada estrábica del calvo. “No sé leer”, dice éste, lánguido. “Yo tampoco”, contesta el otro, “Pero el chaval de las gacetas me lo leyó a cambio de dos peniques y me contó que más o menos pone algo tal que así”, y empieza a recitar:

«(…) Tras los terribles sucesos acontecidos en la irrevocablemente nublada Nottingham la pasada madrugada, a esta misma redacción nos llegan reportes que apuntan a un agente provocador de los mismos. Al parecer, un tal Ned Ludd, pronunciado Ned Ludd, autoproclamado capitán del insurgente Ejército de Justicieros, es el instigador de tales viles actos de destrucción de la propiedad privadísima de Sir John Johnson, dedicada a la lana lanosa y a derivados de diversas urdimbres; ahora, por descontado, en la ruina más ruinosa. Resulta que, el mismo Ned Ludd, un bastardo maleante, subversivo e insubordinado, acezó a sus secuaces a desmantelar las maquinarias factoriales como respuesta a lo que estos macarras bolcheviques y bolivarianos consideran como una usurpación tácita e inmoral del esfuerzo proletario y, por consiguiente, y también por extensión, del beneficio natural del fruto del mismo. Charadas, desde luego, para la época que nos atañe, en plena expansión industrial y tal, y contrarias a esta por definición, vaya. Cabe resaltar las epístolas amenazadoras y perversas que anticipaban tan lamentable actuación por parte del vulgo, en las que se exigía al divino-divino Sir John Johnson que se desprendiera de su preciosa y bien cara maquinaria antes de que, no solo la mano de obra, sino el cuerpo de obra por entero, tomara represalias; advirtiendo incluso de que no se contentarían únicamente con cobrarse propiamente el desbarajuste de los aparatos pertinentes, sino que también se llevarían por delante, por detrás, y por el mismo medio a la descendencia y equipolencia del tal Sir John Johnson con cuantas armas blancas, arrojadizas y punzantes fueran necesarias. Deja su rúbrica este tal Ludd, bajo el amparo y salvaguarda de la gentuza de su calaña, con remitente en el frondoso y no menos célebre bosque de Sherwood, lugar en el que, en estos instantes, una somanta de patrulleros orquestados por el mismísimo sheriff del condado de Nottinghamshire trata de darle caza».

“¡Pamplinas!”, dice entonces un viejo del que, sinceramente, el humilde narrador que esto relata no se había ni pispado. El viejo es un viejo inglés y estándar, común y corriente. Y lleva una larga barba blanca, pero no tan larga, y manchada de ocre nicotinesco a la altura del alto labio, y también calza una andrajosa chaqueta de tweed y un bombín decimoctávico. Pues eso, el viejales dice: “¡Pamplinas!”, y eructa birra ale, “Yo conocí (hipo) conocí (hipo) conocí (hipo) a ese tal Ned Ludd y ni de coña (hipo), vamos, que ni de coña digo se refieren (hipo) al mismo Ludlam que yo conocí (hip-hip-hipo)”.

Y, sin que nadie le preguntara nada de nada, comenzó su relato, esta vez ya sin hipo y con inusitada sobriedad:

«Galopaba por San Jorge el año de 1779, hace como treinta y pico de años, y una serie de procesos y cambios económicos, estructurales, industriales y blablablá acechaban apremiantes como pegajosos tentáculos invisibles e inminentes a la sociedad británica y no menos pecaminosa del momento. El vapor que antes no servía para nada de nada empezaba a mover ferrocarriles enteros y empezó a salirnos pelo donde antes no lo había.

»Éramos felices antes todo aquello. Bueno, digo felices y me vais a permitir semejante término, pues todos sabemos que la felicidad no sería patentada hasta que Mr. Pemberton sintetizara la Coca-Cola allá en Atlanta en la aún no celebrada añada de 1886. Éramos felices, digo, cultivando lo que fuera y tuviera forma de semilla o similar, y mezclando lo que quisiera que brotara con gachas y pastaza de pantano. ¿Qué más puede pedir un hombre, pensábamos, más que alimentarse del producto de su esfuerzo regado con el sudor de su frente despoblada?

»Entonces, tú verás, llegaron Watts y Kay, y hasta el puto Mr. Hargreaves con sus voluptuosos ingenios y artefactos y nos vimos de pronto llenos de grasa y hollín y betún y reducidos a la escoria del escombro chamuscado por el ruido de las máquinas y una deformación profesionalizada. Una mierda.

»De agasajar los campos con nuestras hoces esplendorosas pasamos a apretujar las oxidadas tuercas y tornáculos de cachivaches que ni de coña comprendíamos.

»Y ahí estaba el pobre-pobre Ned. Más tonto que un arenque. Calzando unos botines de cartón y unos tirantes de felpa barata y sin sombrero. Ajustando las bielas, manivelas, poleas y mecanismos de los cuales no conocía ni su nombre. Un poco al tuntún, como todos, vaya. Pero aquello funcionaba. Y la máquina hacía chú-chú soltando bataholas de vapor y del orificio salían requetesalían suéteres y jerséis de Jersey a tercios pelados y sin sonrisa».

El viejo vomita un poquito. Sigue:

«La cosa es que Neddy era un poco burro, ya sabéis, en todos los sentidos y acepciones del vocablo, incluso en su certera traducción. Y, pues eso, que en un momento dado por la Divina Providencia o vete tú a saber por qué coño o yo qué hostias sé por qué, estornudó o hizo una especie de aspaviento raro, como alguien que se va a cagar encima sin remedio y, para tratar de evitarlo, se mete un dedo en el ojo propio sin necesidad alguna, y, pues tal que así, una palanca se desplazó cuando no debía, un botón fue pulsado en el instante menos oportuno, un comando fue programado en parámetros incongruentes en sí mismos con un código indescifrable hasta para el desindescifrador que se desenfibrile, y todo el armatroste mecanicoso se fue a la mierda en un periquete dejando no más que una nube de humo alrededor y un insondable cráter en el suelo, manchándolo todo».

El viejo eructa, el calvo pota, el del bigote está dormido, el dipsoda pelicorinto clama trompa por Molly Malone y el tabernero anónimo yace muerto sobre la barra con un vidrio roto incrustado en el gaznate y ensuciando de escarlata sangre su camisa y el resto demás. Todos con su chaqueta de tweed impoluta y sucia, a la mismísima hora del té.

“Y nada”, sigue el viejo, “Eso fue lo que pasó. ¿A qué venía esto?” Y soltó un hipido incólume.

8.8.21

Pareidolia (o De cómo mirar las nubes).

La siguiente secuencia transcurre tal que así: Dos figuras antropomórficas se acuestan en un verde prado verde sin intención alguna y, ya por echar el rato, hacer o deshacer el tiempo o por lo que sea, resuelven aprovechar la incipiente tarde para observar las nubes.

Se disponen de la siguiente manera: el uno en sortes de baño y con inaugural quemazo veraniego y la otra con la sonrisa de quien viaja y se mueve como viajan y se mueven las corrientes marinas o incluso los vientos vespertinos cuando ya no les queda otra cosa mejor que hacer que soplar y hacerse patentes con el fresco de la tarde que nos mata de la risa.

Yacen encajados como un puzle de dos piezas; cabeza con hombro, por un lado, y lo mismo, pero al revés, por el otro. Ambos vista al cielo, al cénit mismo, sobre unas frentes despejadas, inmaculadas, y bañadas en sal. Un lujo, un paraíso cercano e inmediato sin alrededores.

Hay quien dice:

—¿Ves esa nube? Tiene forma de pareidolia.

Y quien contesta:

—Sí. También tiene forma de estropajo seminuevo.

—Tiene forma de uve doble torcida escrita del revés.

—Tiene forma de banco de krill.

—Tiene forma de los dos cojones de un burdégano cimarrón pardo.

—Tiene forma de medio corazón partido en ocho mitades, pero elástico y a prueba de incendios.

—Tiene forma de forma.

—Tiene forma de helado de extraña tela recalentado y a medio derretir.

—Tiene forma de cosa.

—Tiene la misma forma que una piedra aleatoria perdida.

—Tiene la forma de una diéresis escrita con tinta líquida.

—Tiene forma de antílope.

—Tiene forma de llama en llamas. Digo una llama de los Andes.

—Tiene forma de grifo que gotea por la noche cuando nadie lo está mirando.

—Tiene forma de rúbrica inventada ad hoc.

—Tiene una forma nefasta y obscura.

—Tiene forma de cubo octogonal parcialmente curvilíneo.

—Tiene forma de jornada laboral.

—Tiene forma de sexagenario que nunca se ha planteado nada en su vida y, llegado el momento climático después de comprar el pan y con los calcetines agrietados, se da cuenta de pronto de que tal vez y quizás hubiera sido un tanto más feliz con un par de críos revoloteando alrededor y con alguien al lado que le aguante y le replique sus repunancias.

—Tiene forma de chorro.

—Más bien tiene forma de charco.

—Tiene forma de ballesta compuesta.

—Tiene forma de cacofonía reiterada.

—Tiene forma de entimema.

—Tiene forma de parénklesis congénita.

—No tiene forma de nada en absoluto.

—Tiene forma de alguien que se enamora por fin, después de mucho tiempo sintiendo nada, y descubre así que tiene pelo en la cabeza.

—Tiene forma de pelo en la cabeza.

—Tiene forma de uña cortada mal.

—Tiene forma de accidente costero.

—Tiene la forma de un galimatías obtuso.

—Tiene forma de materia sólida y pringosa.

—Tiene la forma que tiene alguien cualquiera cuando finge que duerme.

—Tiene forma de u.

—Tiene forma de basura salada.

—Tiene forma nube.

—Tiene forma de cuchara doblada en parte a propósito.

—Tiene forma cartesiana.

—Tiene forma de diagonal paralela.

—Tiene forma de rombo desencadenado.

—Tiene la misma, pero la misma forma digo, que la media cucharada de cacao de más que uno le tira a la leche cuando tiene un día estupendo.

—O nefasto, que es lo mismo.

—Tiene forma de reflejo.

—Tiene la forma que tiene el cagar con hambre en el píloro, y también de la que tiene una calada fatal mal dada de las que te hacen toser y llorar y arrojar el cigarro lejos, bien bien lejos.

—¿Cómo estás?

—¿Yo? Contento y furioso, como esa nube.

—Tiene forma de cabra.

—Tiene forma de hielo.

—Tiene forma de cangrejo.

—Tiene forma de haber estudiado la cuadratura del círculo hasta el isósceles para acabar reptando entre catetos sin oler siquiera la hipotenusa.

—Huele a petricor.

—Tiene forma de mancha amarilla entre los dedos.

—Tiene forma de ente que espera mientras cantan las sirenas de la estación sin vehículo que salga.

—Tiene forma de hongo atómico.

—Tiene la forma de un ñu.

—Tiene forma de sinalefa.

—Tiene la misma forma que aquella otra.

—Tal cual.

—Tiene forma de que te acabo de ver y ya te echo de menos.

—Tiene forma de galerna.

—Tiene forma de rata ahogada en un canal que, aún con todo, conserva su belleza.

—Huele a mierda.

—Tiene la misma forma que las arrugas en torno a tus ojos cuando sonríes detrás de esa máscara.

—Tiene forma de miedo.

—Tiene forma de sombra.

—Tiene forma de llegar a casa y que te reciba un silencio.

—Tiene forma de cráter.

—Tiene forma de bol.

—Tiene forma de mirarse al espejo por la mañana después de cuánto y reconocerse por primera vez y, aun así, verse extraño y como raro.

—Tiene forma de páncreas.

—Tiene forma de Ud. no está aquí, está AHORA.

—Tiene forma de perro verde.

—Tiene forma de no.

—Tiene forma de cardumen.

—Tiene forma de sumidero de sueños frustrados.

—Tiene forma de cráneo.

—Tiene forma de espiral torcida y logarítmica.

—Tiene forma de nada.

—Tiene forma de un gas.

—Tiene forma de que va a llover.

—Tiene forma de pálpito.

—Tiene forma de molécula indivisible.

—Tiene forma de decirse las cosas usando solo las yemas de los dedos.

—Tiene forma de cirro.

—Tiene forma de final, incluso antes siquiera de haber empezado.

—Tiene gracia.

—Tiene su aquel.


21.1.21

La mierdamorfosis (II).

>Parte I

               —¡Vengo a cortarme los pelos! —exclamó el extraño de bata beige con un aliento de sarro funesto.

               —Lo primero, buenos días —respondió Fer iracundo—, lo segundo, ¿qué pelos? Eso no posible es.

               —Pues estos cuatro y medio que me crecieron por esta parte de aquí —señalándose la cocorota deslucida—, fruto de un experimento de fertilidad en el cual trabajo.

—¿Y por qué no se los corta Ud. mismo?

—Pues porque soy doctor, maldita sea, no peloquero. No entiendo una sola palabra en lo que respecta a rasurar cabezas.

—Vale, siéntatese justo aquí —apuntó a la butaca agarrando unas tijeras de níquel—, ahora mismo se los liquido en un periquete.

Ferpudo se puso zarpas a la obra con evidente fascinación. Hacía años que no veía un solo pelo, ni la más leve pelusa, desde antes de la calamidad de la central de Estramonia.

—Vaya, hacía años que no veía un solo pelo —mencionó entonces, acariciando la barbilampiña cabellera—, ni la más leve pelusa. ¡Qué maravilla! Debe de ser vosted un genio.

—¡No, qué va! —dijo humilde el doctor— Eso no es nada. Deberías ver mis avances en materia fecal. Estoy desarrollando un procedimiento alternativo de permuta de masa gástrica que revolucionará la Ciencia y me arrojará de lleno a los anales.

—¿Qué es eso de permuta de masa gástrica? —preguntó Fer.

—Fundamentalmente un trasplante de heces normal y corriente, pero dicho de un modo más ciencioso —aclaró el doctor, atusándose el pelambre.

—Vaya, eso me interesa —interrumpió de pronto Regorio, interesado—, ¿y por cuánto me saldría someterme a ese procedimiento tan alternativo?

Al doctor se le afiló el rostro y un viso maloso refulgió en su estrábica mirada.

—Bueno —masculló entre muelas—, aún está en fase experimental, ya sabes, primero tendría que comprobar una serie de datos, realizar los ajustes pertinentes…

—¿Experimental? —inquirió Regorio—, eso suena a peligroso de cojones.

—¡No, qué va! —respondió el doctor—, suena a experiencia. Y a mental; cosas buenas —aclaró.

—Pues aquí tengo diecisiete rixdales, diecisiete, no más —pujó Regorio, convencidísimo.

—Venga, dale —aceptó el otro.

—¿Y te vas a ir así, sin más, con un completo desconocido que ni siquiera es calvo del todo? —espetó Ferpudo, advirtiendo que se le escapaba el primer cliente en décadas.

—Soy el doctor Phulanus, coloproctólogo forense de la Universidad de Mariboro, en la Actual Antigua Yugoslavia; a su servicio de caballeros —se presentó Phulanus.

—A mí me vale —dijo Regorio.

—¡Pues coge tu sombrero, póntelo, y fuímonos a mi laboratorio secreto pero tal que ya mismo! —apremió Phulanus.

Y tal que así se fueron Regorio y el doctor Puhulanus, mientras Ferpudo García les despedía desde el umbral agitando en alto su puño enfurecido.

Caminaron largamente por las retorcidas calles del epiperímetro de Koboldo y no se llegaron hasta bien pasada la hora de la merienda. El laboratorio ocupaba un decaído garaje situado entre sendos solares humeantes y una ciénaga pantanorrorosa.

—Vaya, aquí huele a mierda, pero mal —declaró Regorio.

—Pues espera a olerlo por dentro —respondió Phulanus.

El doctor levantó la persiana galvanizada y del interior emanó una vaharada inmunda y masticable que parecía provenir de las mismísimas letrinas del infierno, una mezcla entre sulfuro de mierda y lo que cagaría un oso hormiguero de cloaca con paperas cebado con durianes podridos. Regorio se oyó gritando: “¡Qué son esos malditos animales!”. Y cayó desmayado por la peste.

Se despertó un rato después con un dolor de cabeza feísimo y amarrado a una camilla mugrienta en posición de litotomía. Miró a su alrededor: El laboratorio del doctor Phulanus parecía una mazmorra de serie B, húmeda, oscura y repleta de trastos y cachivaches ordenados de forma aleatoria. En los estantes había tarros con fetos en formol, instrumental diverso, más tarros con glándulas y úlceras también en formol, un primoroso repertorio de cánceres, una más que encantadora colección de cuchillos bien filosos y un abanico multicolor de enjundias, substancias y productos.

De esto que aparece el doctor Phulanus.

—Vaya, no pensé que fueras a despertarte —dijo—. Pues ya es mala suerte, porque se acaba de terminar el sedante —confesó, relamiéndose los labios y dejando sobre la mesa una botella vacía de anestesia Romanova.

—¡Suéltame, hijo de puta! —gritó Regorio.

—Me temo que no puedo hacer eso —agarró una manguera hedionda y la conectó a una válvula hidráulica—. Verás, yo siempre fui un chico enfermo. De niño tenía paperas como dieciséis veces al año, de adolescente padecí una macedonia de síndromes y fimosis múltiple, y ya de adulto tuve que lidiar con la terrible alopecia y el pie de atleta —pulsó una serie de botones y las agujas de los indicadores se menearon tal que así—.  Por eso dediqué décadas al estudio y a la investigación, a veces haciendo uso de métodos un poco censurables, para, finalmente dar con el color natural de la resolución: Un organismo cualquiera que detentara un cóctel de bacterias escogidas en perfecto y ario equilibro dentro de su sistema gastrointestinal podría desarrollar una serie de cualidades como son la inmunidad frente a cualquier patología, el incremento de las capacidades físicas y psíquicas, e incluso la inmortalidad perpetua —aumentó la presión del aparato haciendo girar una ruedecilla de plástico, un silbido espantoso anegó la hedionda atmósfera del laboratorio y la máquina expulsó un hongo de vapor marronáceo verdoso.

—¡Estás majareta, fulano! —exclamó Regorio, intentando zafarse de sus ataduras.

—¡Y tanto que sí! —carcajeó Phulanus, haciendo una mueca rara.

Blandió el doctor el otro extremo de la manguera y, sin más, se la incrustó a Regorio por el gaznate hasta el píloro.

—¡Alégrate, compinche! —dijo— ¡Pronto serás el primer Übermacht de toda la Historia! Pero antes he de practicarte un lavado bacteriológico de la cavidad abdominal, esto es bombearte agua con enzimas por lo que viene siendo tu tracto digestivo, ¡Bon appétit! —y accionó una palanca con pinta de importante.

El poderoso chorrazo de agua con aditivos atravesó los intestinos de Regorio, que se revolvía impotente y lleno de dolor en la camilla, sin poder gritar, ni hacer nada de nada. Tras unos segundos en los que la tripa de éste fue hinchándose de manera calamitosa y poco sana a ojos vista, hasta desbordarse, y otro chorro parecido, pero en marrón mostaza, salió despedido como un géiser fangoso por el mismísimo culo de Regorio.

Phulanus volvió a trastear con los comandos de la consola y redujo la presión, como bien señaló la aguja del manómetro, hasta que el manantial anal de Regorio cesó.

—Estupendo —notificó—. Ahora viene la parte complicada— alcanzó otra manguera conectada a un tanque descomunal y se la enchufó a Regorio entre las nalgas—. Como ya dije, para un sistema inmunitario óptimo se necesita una macedonia de bacterias de lo más variada. Este tanque de aquí está anexionado a la red de alcantarillado de la ciudad. La mayor mezcolanza de mierdas imaginable justo debajo de nuestros pinreles; una mina. Estás a punto de convertirte en un auténtico dios entre los hombres.

Regorio pensó entonces en lo feliz que hubiera sido cagando acuarelas y bodegones o incluso defecando dados de uómbat meramente por echarse unas risas, y entonces el doctor Phulanus apretó el botón más terrible de todos: el de color chocolate.

Sucedió un estruendo, como un borboteo pastoso, y el vientre de Regorio volvió a inflarse de manera desproporcionada. Las tripas se le apretujaron entre sí con terribles sacudidas peristálticas, las petequias de sus ojos se le tiñeron de la tonalidad del barro y tal que así se le salieron de las cuencas con sendos chasquidos sordos, plop-plop, y de sus orejas salieron disparados perdigones de cerumen manchados de caca en todas direcciones. Un espectáculo francamente desagradable.

El doctor Phulanus fue a apagar la maquinaria, pero ocurrió una suerte de cortocircuito y aquello empezó a soltar un humo nefasto al tiempo que seguía bombeando batido de cagarrutas en los adentros del desdichado Regorio hasta que, por fin, éste explosionó en una millonada de pestíferos pedazos, manchándolo todo de inmundicia sanguinolenta y dejando el laboratorio hecho un completo desastre, un auténtico ascazo.

—Vaya, pues se hizo mierda —lamentó Phulanus, enjugándose la cara con la manga de la bata.

Y marchó a la fierrotería a por una manguera nueva con la que limpiar aquel estropicio.

Rubén Padrón

12.1.21

La mierdamorfosis (I).

            Cuando Regorio Sánchez se despertó una mañana después de un sueño húmedo, se encontró sobre su cama una horrible mancha de esmegma con aspecto de meconio. En ciertas culturas translatitudinales, y en otras quizá no tan ciertas, este signo es considerado inequívocamente como el peor de los augurios, si no el peor. Pero Regorio, que era un tipo algo curioso, aunque tampoco exageradamente cultivadísimo, ignoraba estas cábalas y erudiciones y no le dio mayor importancia, ni una miaja, y se limitó a retirar la sábana bajera del colchón y a arrojarla con desdén al rincón de la ropa sucia.

Se llegó al retrete desdeñando al tipo del espejo y defecó fastuosamente, cosa de tres kilopondios de caca entre concreta y licuada. Después se echó un poco de agua del grifo por la cara, se vistió con unas prendas del montón de la ropa limpia y se fue a currar.

Regorio Sánchez se ganaba el parné barriendo pelo en la barbería de Ferpudo García, apenas a dos cuadras de su casa, pero desde que la catástrofe de la central térmica de biomasa de Estramonia dejara a toda la población rematadamente calvorota y con cabeza de rodilla apenas tenían más tarea que chismorrear con los parroquianos, ahora discapacitados capilares, que seguían pasando por allí por pura rutina y por no tener trabajo, ni nada peor que hacer.

Entró por la puerta bajo el tintineo de una campanilla oxidada.

—¿Qué tal? —saludó Fer

—Bah… ni fulastre, ni fabuloso —rezongó Regorio.

—Pues por aquí más o menos de lo mismo —dijo el otro—. De momento no hay ni medio pelo que barrer, puedes sentarte a leer las revistas, si te sale.

—¿Y me vas a pagar por ello? —replicó Regorio.

—Tampoco te voy a cobrar —sentenció Ferpudo.

Regorio se dejó caer en la bancada de plástico y agarró el primer panfleto de la cesta. Se trataba del número cuatrocientos diecisiete de la revista Hez!, de otoño del 73. Observó detenidamente la portada: Un par de odaliscas otomanas enarbolaban un cáliz como sacado de la segunda cruzada en chancletas, con un rótulo ocre parduzco que rezaba: «Los Lupanares de Bursa: Erotismo y Coprofagia en el Medievo malqueda tardío». Abrió la revista por una página al azar.

El primer artículo que se encontró fue una reseña de la novedosa Escalera de Bristol, desarrollada por el doctor en gastroenterología S. J. Lewis y el magnate coprofilántropo K. W. Heaton en la Universidad del Sudoeste de Ingleterra, en la que se detallaba escrupulosamente una clasificación en siete grados de las heces humanas en base a su consistencia de lo más didáctica; toda una maravilla de la ciencia, un avance extraordinario de suma relevancia.

El siguiente artículo, firmado por la zoóloga estrombolinesa Mónica Cafutti, describía las particularidades fisiológicas de los marsupiales de las antípodas con gran detalle. Resulta que el koala, sin irse por las ramas, se alimenta en su temprana infancia de la mierda verdosa de su mamá koala sorbiendo directamente del lanudo ojete de ésta, con el inconfundible y delicioso aroma del ocalito redigerido y excretado que eso conlleva; una delicia. Y también resulta que los uómbats pardos del sotosuelo austral tienen la pericia de esculpir sus zurullos en forma cúbica, lo cual sin duda resulta una ventaja evolutiva bastante pragmática y un interesante atractivo para adquirir sin más dilación al menos un par como mascota; por aquello de que estos dados marroncitos sean más fáciles de recoger, no caigan rodando colina abajo en caso de que la hubiere y, desde luego, por verse mucho más llamativos y exóticos que las aburridas boñigas normales. Se remataba este artículo con unas notas de la becaria adjunta Ester Colero acerca de las virtudes y bondades cosméticas de las bostas de facóquero, pero tenía una caligrafía tan mala que no se entendía apenas nada, así que Regorio pasó de largo.

De seguido, leyó un tercer y acertado ensayo metaescatológico que especulaba sobre la existencia o no del plusquamperfeckt, dado lo intangible del concepto mismo por definción. Martin Hezdegger -el autor-, parte de la premisa del perfekt, que supone la ejecución excelente de una cagada al punto que, al limpiarse uno el orificio, se encuentra con la superficie de papel higiénico absolutamente impoluta, inmaculada, incólume y tautológicamente higiénica, pudiendo entonces tirar de la cadena como único requerimiento restante para tomar la operación por consumada. Pues bien, Hezdegger va un paso más allá en la metaescatología teórica afirmando que, conocida y refutada la existencia de estos perfekt, podía inducirse, apoyándose en la Teoría de Juegos de von Neumann y Morgenstern y en los preceptos avanzados de la dinámica de fluidos, que podría practicarse un plusquamperfekt cuando el defecante en cuestión tuviera la incuestionable certeza de haber excretado un perfekt a tal nivel, que estimara del todo inútil y definitivamente innecesario el mero hecho de comprobarlo mediante la prueba del algodón o, en este caso, del papel de culo. Un genuino acto de fe por antonomasia y de suma cero. Cierra el estudio contemplando incluso la posibilidad de un plusquamperfekt que desaparezca escurriéndose por las cañerías de desagüe sin el requisito de tirar de la cadena, un plusquamperfekt plus ultra, por proponerle un calificativo; lo cual supondría quizás un progreso demasiado excesivo para la mentalidad del momento.

Por último, Regorio dio con un interesante artículo médico acerca de los trasplantes de microbiota fecal; un procedimiento mediante el cual se inyectan heces de un donante sano, previo paso por una licuadora casera, directamente en el colon del paciente por una incisión en el abdomen con una jeringa pastelera así de grande. El objetivo de esta técnica es repoblar una flora intestinal desmejorada con las bacterias, gérmenes y bacilos necesarios para su correcto funcionamiento. Algo así como con los koalas, pero por vía hipodérmica. Incluso sirve como método de adelgazamiento; todo ventajas.

—¿Has oído esto, Fer? —dijo Regorio.

—¿Lo cuálo?

—Esto que pone aquí de los implantes de caca para mejorar la fauna intraestinal.

—¡Ah, pues claro! —respondió Ferpudo con cara de sinalefa— Conozco a un tipo que se injertó mierda de artista y desde entonces caga acuarelas y bodegones.

—Pues a mí no me vendría nada mal darles un giro a mis deposiciones —declaró Regorio—. Estaba pensando en algo musical. Estilo fagot o así.

—Yo te recomendaría más bien la hez de gimnasta; aumentaría tus cualidades psicomotrices, y la elasticidad en lo menos un setenta por ciento.

 —Eso serían demasiadas moléculas para mí —replicó Regorio—, ¿qué opinas de la mierda de un uómbat?

—Uf, esa es carísima.

—Bueno, de todas formas, no gano lo suficiente para costearme el tratamiento —se lamentó Regorio— aunque se tratara de la mierda de un mendigo.

En ese mismo instante, se levantó una ventolera estupenda que abrió la puerta con tremendo escándalo y el tintineo quejumbroso de la campanilla oxidada, a la par que sendos relámpagos, fulguraron al unísono escoltados por sus respectivos tronares y la inesperada aparición de una siniestra figura en el umbral; como en una falacia de lo más patética.

31.10.20

Molar.

Me cago en mis muelas. Tengo el juicio podrido y sarro sarroso en las coronas. Calzo miasmas en las comisuras de mi bocaza y me apesta el aliento, pero mal. Espero en la sala del dientista a que me llegue el turno de ser devorado. A mi izquierda, un quídam con bisoñé ojea una revista pornográfica de rarezas de lo más perturbadora y percibo su bragueta humedecida. A mi otra izquierda, una tipa fea como un simposio de liendres se hurga las encías como si buscara el interruptor de autodestrucción que acabe con ella. A mi otra izquierda no hay nadie sentado, pero, a su lado, el general Otto Von Bismark se acicala el esfínter que ocultaba su pickelhaube prusiano, ahora en su regazo de tres piernas. Por megafonía cantan mi nombre: Toca huir. Pongo los pies en polvo rosa y, claro, de primeras me resbalo, pero al segundo intento ya emprendo la escapada. A mi paso sale un enano de dos metros con coraza enarbolando un martillo hidráulico y un estuche de rotuladores Carioca® al que le faltan los colores primos. Lo esquivo y salto por encima del mostrador para caer de lleno en una bañadera infame de grosella templada. No pasa nada. La voz mecánica del interfono reitera la llamada. Me salgo, olvidando las chancletas, y me abrigo con el albornoz de felpa que me alcanza una sepia con gafas opacas. Le digo: “Vaya, aquí la comida es realmente terrible”, y el otro me ignora y se escabulle por ahí. Por la ventana aparece entonces un cuarteto de cuerda sarajevita, que me dispara proyectiles de cerumen con sus oboes y clarinetes haciendo las veces de cerbatanas. Golpeo al primero con el puño abierto entre los ojos y al segundo le regalo un guantazo a mano vuelta. Ambos se quejan de lo lindo y lo ominoso, pero yo obvio todo eso y me ensaño con el tercero, arrancándole los botones del chaleco de pana uno a uno mientras una desbandada de bugres y plantígrados se le salen por la tráquea. Después de un rato, ya con los nudillos tumefactos y una melodía feísima pegada en el tarareo, me giro y descubro que estoy en medio de un casamiento, y no sólo eso: Yo soy el novio, yo soy el párroco, yo soy el daguerrotipista y también el resto de los asistentes por descontado. Levanto el velo bleige de la novia, que también soy yo, y esta me devuelve mi propia sonrisa sin incisivos ni de arriba ni de abajo. Me cago en mis muertos entonces y le suelto un cabezazo que yo mismo también sufro. Otra vez: Me despierto en lo alto de un edificio de oficinas y ladrillos y cemento con muchas escaleras hacia lo alto que no llegan a ningún lado y aún así, como siento que ya vienen a agarrarme, me encaramo y subo. Desde arriba distingo mi propio vértigo y me digo: “Oye, tú, como te caigas te vas a convertir en un charco en el suelo”. Y así se me escurre el pie en el escalón de alabastro y me precipito al vano y me hago charco. Otra vez: Espero en la sala del peloquero, en una silla incomodísima, de solo dos patas, y me pregunta con un cartabón sobre la cabeza que si necesito las esdrújulas para algo concreto. Me escapo. Se me aferran unas manos al lomo y trato de zafarme. Paso por delante de los columpios y hago un alto para deslizarme por el tobogán. Al final me espera un escualo cartilaginoso con las fauces abiertas en un ángulo obtuso y, como no puedo desviar mi trayectoria, ni practicar ningún tipo de parábola o estratagema, intento transfigurarme en un ácido correoso o en cualquier otra sustancia que neutralice a mis enemigos, pero solo consigo metamorfosearme en pelusa umbilical y así atravieso el tracto digestivo de la bestia oceánica para salir por su ano caldoso trasformado en guano de pez. Recobro mi figura original sin mucho esfuerzo, aunque olvidándome de las cejas, y vuelvo a la sala del dientista. Me lo encuentro talando una araucaria que le había brotado en el enchufe del instrumental y aprovecho que tiene las manos ocupadísimas para desgarrarle el cuello en dos antiestéticas mitades con la llave del buzón y salir de ahí por ancas. Me topo de nuevo con el enano de dos metros. Ahora gasta una cara feísima y me apunta con una ballesta fabricada con los trozos de una ballesta más grande. Le digo: “¡Cuidado, tras de ti!”. Y de detrás del enano de dos metros aparece un enano de tres metros que se lo zampa tal que así. Sigo huyendo, tropezándome con los dientes dientes dientes que se me van cayendo de la boca y estos rebotan y se esparcen por el piso como canicas perladas. Al fondo del pasillo un viejo bosquimano en su iglú pesca con caña en la lámpara de araña barroca del techo. No pican. Sigo corriendo. Otro dientista diferente al de antes me persecute haciendo chirriar una pulidora terrible. Se apaga la luz. Ahora solo veo el negro negro negro y unos colmillos espléndidos que sonríen sin labios. Entonces me cago encima y un reguero tibio arroya por mis piernas hacia los calcetines. Vuelve la luz. Un cinocéfalo papión se mastica sus propios pezones. Vuelve la luz. En un tablado en damero hay cien científicos por cada mil militares. Vuelve la luz. Me caigo caigo caigo por el agujero de mis caries particulares. Intento asirme a algo, pero los restos del desayuno de café y cigarro se deshacen entre mis dedos de corchopán y caigo caigo caigo por un orificio sin fondo. Llego al fondo. No hay nada de nada de nada, solo cal y sal, y cosas que riman con rorcual. Miro arriba, trascendental, más allá del cielo de la boca, justo encima del paladar y ahí mismo me encuentro otra vez esperando esperando esperando en la sala del dientista y me cago en mis muelas entonces.

12.10.20

Cuentos de la taberna del Cuervo Blanco: Resistencia pasota.


               Se llega al Cuervo Blanco de manera inesperada, a través de una de esas callejas anónimas que sólo se pisan por la noche, cuando está oscuro. De todas las tascas, fondas y cantinas de la ciudad, la taberna del Cuervo Blanco podría ser, sin lugar a duda, la más peculiar; y es que no hay cierta forma de encontrarla y uno aparece ahí sin más y sin saber muy bien por dónde se ha venido.

               Es el caso de nuestro humilde protagonista, un tal Panmuphle, que pasó por el Cuervo Blanco una tórrida noche de mayo con un agudísimo dolor en la tripa y la ineludible, contingente y necesaria urgencia de cagar.

               La situación es la siguiente: Un apurado Panmuphle atraviesa el umbral de la entrada con evidente prisa y una campanilla delatora instalada estratégicamente anuncia su llegada. Mohandas, amo y señor de la barra, levanta la mirada y saluda con media ceja y un áspero gruñido. Panmuphle, por su parte, solicita una cerveza individual con la que comprar el derecho a usar el retrete, al tiempo que una gélida gota de sudor le resbala por la espalda, y Mohandas, dadivoso por esta vez, le sirve con parsimonia una botella de Amarillo medio fresca. “No tardes”, le advierte al tal Panmuphle, “Chapo en cero coma”. “Vale, descuida”, responde el otro, “El uvecé al fondo, ¿verdad?”. “No”, dice Mo, “Por ahí abajo”. Y acciona una palanca que abre una trampilla oculta junto a la barra que lleva a un tenebroso conducto con unas escalerillas de babosa bajo un cartel con letras grandes que pone: “El peor baño de Escocia”. Y va Panmuphle y se mete por ahí.

               Al final del angosto pasillo, Panmuphle se topa con un tipo semigenuflexo que se sujeta la bragadura con ambas manos y otro en la misma posición, pero un tanto más calvo que el primero y sin manos. Tras la carcomida puerta se oye el inconfundible Chorro Musical, largo y tendido, como un ruido blanco y líquido. Panmuphle se coloca a la cola y pregunta: “¿Esperan Uds.?”. El menos calvo contesta: “No, solo hemos venido a revisar el contador”.  El otro eructa en do bemol. “Vale, vale”, se justifica Panmuphle, “Es que calzo una alerta fecal de lo más perentoria, un código siete en la escala de Bristol, más o menos”.  “El truco”, dice el mitad calvo mitad no, “Consiste en practicar un ejercicio de obturación esfintérica posterior”, y añade: “Como en aquella canción de Juan Lenin, Campos de calabazas para siempre, que, por si no lo sabes está inspirada en la Batalla de Mohács”.

               Y así, sin esperar respuesta de nadie alrededor, el alopécico parcial comienza su relato:

               «Esta historia me la contó mi viejo compinche H. Purvis, en una tarde de total vagabundaje por la comarca de Estramonia, bajo un sol funesto. Resulta que, en la aldea húngara de Mohács, a orillas del Danubio, durante el dulce siglo dieciséis, aconteció un suceso de lo más particular. Los turcos avanzaban por la llanura de Panonia con el propósito de tomar Viena, atraídos por el pujante prestigio de la tarta Sacher (de sobra es conocida la devoción de los otomanos por la mermelada de albaricoque; les pirra). Y en Mohács, sabedores de la inminente llegada de los osmanlíes, decidieron prepararse para el asedio.

               »Fue el húsar Faszfej quien, tras agotar todas sus reservas de palinka, trazó la estrategia a seguir: Se vestirían todos a la moda turca, con turbantes, babuchas y todo eso; y se harían pasar por hostigadores de avanzadilla asegurando, cuando llegaran las tropas otomanas, que ya habían tomado la aldea para evitar así una masacre que, francamente, les venía fatal en pleno agosto. Era un plan infalible».

               “¿Y qué pasó?”, musita Panmuphle, al borde del rebose. “Pues que todo fue relativamente bien, hasta que empezó a ir relativamente mal.” (Pausa dramática. De fondo, el Chorro Musical).

               «A pesar de que las falsas ropas que vistieron para confundir a los turcos se veían rematadamente desfasadas, el engaño surtió efecto. Pero con tan mala fortuna, que tuvieron que tomar parte en el saqueo de sus propias casas, y la aldea quedó reducida a un solarón humeante y lleno de escombros. “Por lo menos salvamos el pellejo”, se justificó Faszfej ante sus vecinos, un poco cabreadísimos. Sin embargo, se vieron abocados por orden del sultán a engrosar las filas turcas y participar también en el sitio de Viena; y ya de ahí, los que no fueron muertos en combate tuvieron que ejecutar una huida hacia delante y mantener la farsa por el resto de sus vidas, mudándose a la Anatolia con el resto del ejército turco. Y desde luego que nadie en su sano juicio quiere vivir en la Anatolia».

               El calvo completo eructa de nuevo, simulando el canto de cortejo de la foca monje, y Panmuphle masculla: “Ya, pero ¿qué tiene que ver todo eso con mi diarrea insatisfecha?”. A lo que el a tercios pelado responde: “¡Resistencia pasota, querido desconocido! ¡Como en las trincheras de Mulhouse!”.

               «Esto ocurrió nada más comenzar la Gran Guerra, en Alsacia. Franceses y alemanes se habían pasado días enteros cavando las trincheras y acondicionándolas al gusto de cada uno (se registraron transcendentales disputas en torno al color de las cortinas), cuando, sin previo aviso, se ordenó la ofensiva mutua y empezó el fuego de mortero condimentado con gas mostaza. Esto lo sé porque me lo contó H. Purvis un día que estábamos hablando de cosas así. El caso es que, en el bando francés, el teniente coronel al mando, Fransuá Salaud, era un auténtico cobarde, al igual que su homólogo alemán, un tal Friedrich Hosenscheißer; y ya en los prolegómenos de la beligerancia se mostraban francamente reacios a entablar toda clase de combate, por no ser ninguno de los dos especialmente duchos en el uso del fusil, y no digamos ya en el de la bayoneta. Pero a ambos (y esto es una concomitancia más que no deja de sorprender a cuantos historiadores estudiaran esta contienda hasta la fecha) el uniforme les sentaba fabuloso.

               »Total, que en el momento de acometer el ataque, Fransuá tuvo una suerte de epifanía, una revelación magnífica, y mandó a su regimiento que se hicieran los cadáveres y no movieran ni un solo músculo, ni dispararan medio tiro, ni nada de nada; con la intención peregrina de que los alemanes se aburrieran y se volvieran a sus casas a comer chucrut o lo que quiera que hagan los alemanes en tiempos de paz. Una estratagema arriesgada, desde luego, pero tampoco descabellada del todo».

               “Y que lo digas”, dice el recalvorota, “Si a mi capitán se le hubiera ocurrido eso mismo en Vietnam, yo aún podría morderme las uñas”. A Panmuphle se le escapa un pedo acuoso y protesta: “¡Vaya milonga! ¡Y ahora dirás que justo así fue como se ganó la guerra!”. El Chorro Musical, al otro lado, se mantiene impertérrito y perpetuo. “Para nada, las guerras siempre se pierden”, contesta el pocopelo, “Pero justo esta conflagración en particular quedó en empate técnico, y es que Hosenscheißer, en un arrebato de tendencia afrancesada, tuvo exactamente la misma idea y, hasta donde yo sé, ahí que siguen ambos bandos, cultivando moho mientras aguardan a que el contrario se largue”, y añadió, “O eso, o bien saltaron por los aires convirtiéndose en agujeros”.

               Es entonces que la cabeza invertida de Mohandas asoma por la trampilla del techo y vocifera: “¡Venga, todo el mundo fuera del bar!”. Y no se supo ya más nada.

10.9.20

Dugan's Bible: Gïorrïa Skull.

The Hunter
The Hunter
    Era una noche tórrida y aciaga, plagada de moscas, cuando un joven lampiño y harapiento se llegó ante las puertas de mi parroquia con la camisa teñida de sangre y el macilento rostro de un ocre funesto. Arrastróse por el polvo pidiendo clemencia con la voz hecha un haz de agujas, así de áspera y filosa.

    Puse mi mano sobre su cabeza. “¿Qué te aflige, hijo mío?”, le dije. El muchacho se deshizo en llanto y las lágrimas esbozaron surcos de lodo por sus desoladas mejillas. “Anda, ven”, le ayudé a levantarse, “Pasa dentro, toma algo de sombra y agua”.

    Lo acompañé al interior y le ofrecí de beber. Al preguntar por su nombre, su mirada se perdió en el vacío y en sus ojos refulgió un viso nocturno, como de alimaña. Calló largo rato sin probar el agua y, tras una breve eternidad muda, me contó su historia:

    «Mi nombre poco importa, pues, aunque bien respiro y camino sobre el suelo, en más de un modo ya estoy muerto. Vengo de lejanas tierras, al norte, allá por las Colinas Negras, donde vivía con mi hermano, errando por las yermas y vastas llanuras donde cazábamos liebres y berrendos bajo el constante acecho del viejo puma y los salvajes lakotas.

    »Años atrás, mi hermano, en su afición por la taxidermia, tuvo la extravagante ocurrencia de injertar los cuernos de un berrendo en el cráneo de una liebre, y este trofeo se lo vendimos a un colono francés por medio dólar de plata con la patraña de que tratábase de un lebrílope, un raro espécimen desconocido para la ciencia con propiedades mágicas, que traía la buena fortuna a todo aquel que estuviera en posesión de uno de sus cuernos, no digamos ya de una cabeza entera.

    »El negocio nos fue realmente bien un tiempo, vendimos decenas de aquellas testas a los ingenuos y adinerados que viajaban al oeste en busca de más riquezas. Con la plata que estafamos pudimos comprar una mula y un pequeño carromato con el que transportar todas las piezas que íbamos armando. Nuestro plan era hacer algo más de dinero en los caminos y llegar a San Francisco, donde abriríamos un emporio de lebrílopes y artefactos de superchería.

    »Sucedió hará unas semanas. Era una noche sin luna, más fría que de costumbre. Mi hermano dormitaba junto a la hoguera abrazado a una botella de bourbon, como era habitual, y yo hacía guardia. Oí pasos entre los guijarros, no muy lejos, en lo oscuro. Temí que fueran unos coyotes, merodeándonos, y fui a ahuyentarlos con una tea encendida.

    »De súbito, un gélido soplo, como sacado del noveno círculo del Infierno, apagó la lumbre y me vi envuelto en la negrura más insondable. Traté de regresar, el vaho que exhalaba iba dejando en mi rostro un velo de escarcha, el silencio de la noche se fue haciendo más denso y arisco, y así, de entre la tenebrosa bruma emergió ante mí una figura espantosa; una suerte de liebre atroz, de al menos seis pies de alto, con largas orejas enhiestas y una horrorosa calavera humana por rostro.

    »Sentí su voz en mi cabeza, hablaba en lengua extraña, como una barahúnda de susurros y chirriar de dientes. Dejé de temer, y un crótalo negro salió de la cuenca vacía de su ojo y se enroscó en mi brazo.

    »Gïorrïa se desvaneció entonces entre las sombras y yo volví donde mi hermano, me agaché junto a él, y dejé que la serpiente le mordiera en la garganta. Y ahí mismo lo abandoné a la mañana; rígido y frío como un cadáver.

    »Seguido me vine aquí, a confesar mi crimen, pues Gïorrïa me dijo que así lo hiciera, que viniera precisamente a ti, Dugan, pues tú debías conocer mi historia, y en estas semanas de camino por la gran llanura temo que el conjuro que guió mi mano hacia el pescuezo de mi hermano se haya ido disipando, pues empiezo a arrepentirme de aquello. ¿He obrado bien, padre?»

    “Has hecho bien, hijo”, le dije, posando de nuevo mi mano sobre su cabeza, “Tú no eres el guardián de tu hermano”.

    Aquel joven se colgó en el granero esa misma noche, cuando El Perdido aún dormía. Y las moscas, coléricas, zumbando en su frenética y macabra danza, se dieron un auténtico festín.