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28.5.16

interludio a la siesta de pam.

abrí la puerta sin llamar y dejé la mochila junto a la silla de gigante donde fui a sentarme. me gusta esa silla porque no levanta dos palmos del suelo, y uno se siente enorme y formidable cuando se sienta en ella. pero ser más grande no es tan cómodo. yo es que soy curioso ¿no ves que me divierte? me enredé en el tubo vuelta y media y, en un santiamén, yacía tumbado en la cápsula sintética y, desde ahí, pues eso, el plástico y las nubes. pasó una con forma de cirro, sendos estratos sobre el zócalo. un cúmulo que parece un cúmulo, y una tormenta, como esa tormenta bajo tus ojos. abro una página al azar y leo: abro una página. la luna tiritó en su clinamen y me salieron raíces por entre las escápulas. sabe a arena, le diego, sabe a mierdra de mayo y el matojo por los sobacos. sabe a meselo, digo digo; y huele a que me va a doler de nuevo cuando me despierte. fruncí los trastes, esto es, para distraerme. baobab bob junto al farol bob bob y mi garganta gob glob mientras un quelonio hace chum chum y el cinocéfalo hace ha-ha y le gruñe a bob, y le ladra a chum, y le muerde a bang-bang! (es todo un espectáculo). dijo un tal (y tal, tal es) que mi sombra me perseguiría, siempre y cuando hubiera luz. así que me hice fósforo. y me encendí. y ya no sé qué fue después. abrí otro párpado y me escoció la primavera. los ojos como amapolas. sucedió un día tembloroso, agrietado, arrancando el techo a jirones. ocurrió de manera tan sutil que apenas lo percibí hasta ahora; recién lo escribí. y desde entonces visto las alegres ojeras del que sueña despierto, del que se da por dormido. estiré las piernas y agarré una rama, no muy alta, lo suficiente; y ya ves tú cómo me balanceo, que se me olvida qué hora es. hoy no puedo escribir los versos más alegres, ni retratarte lo abrasadora que es mi lámpara bajo el estático techo, tácito y sempiterno. nunca la quise, ella nunca me quiso. siento que la tengo. pienso que la he perdido. no son los versos más alegres, pero son los primeros que le escribo. busca una constelación con el dedo y ponle el nombre que te apetezca. palpa los muros; son pulpas. lo mono camina del revés; lo que viene nos llega por la nuca. lo que está, lo tenemos en los pies. lo que no está, no estará nunca. serví chai con moloco y piteamos en silencio y videamos las estrellas como quien lee en lengua ajena y se da por enterado. yo no sé. ni vacío, ni enterrado. soy un qué. partido entre el qué de acá y el qué que va a sentarse en la silla de gigante. mirando, desde una cofa alejada e imaginaria, los pliegues de sus dunas, cada recodo, cada duda. sorbí el chai (que me quemé) y volví a empezar. cada recodo, cada duna, cada sílaba de su saliva. el tintineo de las chaschas, el gorjeo de las golondrinas y todas esas pequeñas notas silenciosas que componen la sinfonía de lo absoluto con la última hora de la tarde. entonces recojo la mochila y, ya de pie, me vuelvo a hacer pequeño entre los resquicios. trepo montes y adoquines y cierro la puerta que cierra otro párpado que cierra la noche por la ventana.  

Picasso

25.1.15

Un grillo en las bisagras.

Los cristales de las ventanas están sucios de polvo y marcas de dedos. No creo ser el primero que se percata, pero me pareció importante apuntarlo. La esquina del techo que señala hacia el norte luce una telaraña desahuciada, de esto me di cuenta cuando una mosca o una suerte de insecto molesto revoloteó a mi alrededor y yo sacudí una mano frente a mi cara con un aspaviento para zafarme.

Es pronto aún, y no hay nadie tras la barra. Aún así, a menudo vengo aquí cuando todos duermen para decir las cosas que nunca digo o para sencillamente sentarme en un rincón a pensar las cosas que siempre pienso con la pupila perdida en algún punto que se me haya quedado apolillado entre los pliegues.

Esta vez me senté junto a la ventana. Se ve opaca por la porquería y apenas adivino mi reflejo. Ante mí sujeto un vaso de vidrio desgastado por el uso, donde aprovecho para escupir de vez en cuando. Parece que nieva ahí fuera pero seguro que sólo es de noche. Por lo demás, todos duermen.

Se oye un crujido entonces y yo me incorporo de pronto. ¿He sido yo? ¿O lo he soñado? ¿Estaba durmiendo? Juraría que estaba dudando. No contentos con llevárselo casi todo, lo que dejan lo cambian de sitio; y así no hay quien cierre un párpado, maldita sea.

¡Otra vez! Deben de ser las humedades. Sucede continuamente con edificios como éste, que te descuidas y en seguida está todo lleno de moho hasta los cimientos y con un estornudo se viene todo abajo en un santiamén. Encima, con todas esas capas de pintura científica anunciada en televisión que ponen últimamente por todos lados, uno no es capaz de averiguar por dónde diantres van a salir y te quedas como un tonto palpando como un ciego cada ángulo y cada palmo.

Sospecho que se trata de un insólito híbrido entre duende casero común y un espíritu de los candados; con un solo ojo entre las orejas puntiagudas y un agujero purulento en su mano izquierda que relame todo el rato para impedir que coagule y cicatrice. Claro que esto es algo que digo ahora, cuando no  hay nadie. Supongo que por tranquilizarme. Porque imaginándomelo así me creo que no puede tocarme.

Pero no es el daño que pueda hacerme lo que temo. Es su presencia. Me atormenta entre las horas y,  cuando estoy haciendo algo y me distraigo un solo instante, cambia de escondrijo como un relámpago; y esto apenas se ve por el rabillo del ojo pero te deja en el cuerpo una sensación de como cuando te encuentras un botón perdido, tirado en medio de la calle, y al cogerlo te das cuenta de que no era más que una triste moneda.

Oigo pasos en la planta de arriba, y yo sigo mirando la mugre en la ventana. Afuera debe de estar todo lo demás, pero desde aquí apenas lo distingo. Todo está oscuro, pues otra vez olvidé encender las luces y ya me encuentro demasiado sentado como para levantarme. Allá, tras el cristal, uno se puede imaginar que está amaneciendo, o que lo hará pronto. Sin embargo es un fantasma, en el viejo faro, el que centellea mudo bajo las nubes.

Escupo otra vez en el vaso y busco en vano a la araña. Se habrá agazapado tras un marco, acurrucada. Tejiendo tejiendo la mortaja de todo aquello que elucubro como un tapiz de lo quimérico. Deshilándome con paciencia en mi propia vida ajena y colmando mis ojos hinchados de otros ojos que no son mis ojos y que nunca serán mis ojos y con los que nunca me veré.

Nadie ha bajado aún, así que miro el reloj, pero no funciona. De todas formas, cuando alguien llegue, yo ya estaré bien cansado y no querré hablar de nada, nada, nada, y seguiré escrutando la ventana sucia hasta que me entre el sueño y vea otra cosa.

Por aquí hay un sótano singular, digno de mención. Pues es en este sótano donde se amontonan todas las cosas que uno va perdiendo y por eso nadie quiere hablar de él, porque le recuerda a uno cada palabra que no ha sabido decir, cada beso que no ha sabido dar. Es un cuarto lleno de fantasmas, algo habitual en construcciones como ésta.

Supongo que ahora yo soy un fantasma también. Mirando esta ventana sucia. Que no soy mucho más que el polvo que se acumula. Que todos esos ruidos los hago yo mismo, sonriéndole a mis sollozos baldíos, desgajado como un trozo de madera con tanto silencio.

Entonces volvió el insecto y, con él, mi resquebrajado aroma se tornó soplo de aire y lo aparté de un manotazo como hago siempre que me doy cuenta de algo y esparcí el polvo del cristal hacia los bordes y miré hacia arriba, al óculo de la pecera, y después abajo, donde se posa la tierra; y me vi de nuevo, como tantas veces, dormido entre los juncos. Con una escafandra reluciente, pasada de moda y joroschó. Lubilubando  feliz con una farsa de sonrisa andrógina y  pupilas brillantes.  Respirando a través del cariño de lo ficticio y lo meramente grato y sosegado.

Mas, otra vez, fue el viejo engaño, al que uno nunca llega a acostumbrarse del todo. Un pellizco más de polvo para las ventanas que tiña el sol naciente de cada página con una pizca más de aislamiento y ostracismo.


Todos se fueron y no me di cuenta. No oí nada. El último en salir dejó la puerta abierta oscilando indecisa sobre sus goznes y chirría como una cigarra. Tal vez debería cerrarla y quedarme dentro, pero a ver si se han ido sin llaves. Quizá lo mejor sea dejarla abierta. Quizá, lo mejor, sea tirarme fuera.


13.1.14

Un auténtico desierto.

Llevo meses caminando por el desierto, tal vez años. Al menos una Era básica. Tanto he caminado que ya olvidé por qué lo hago. Sólo veo una línea a mi alrededor que es el horizonte dividiendo el Universo en dos mitades y no recuerdo el camino de regreso. El tiempo no existe aquí, pues el Sol siempre luce en lo más alto y no hay ni una triste sombra donde sentarme a descansar, así que camino.

Hace tiempo encontré una puerta de madera ennegrecida por el sol con bisagras oxidadas. Estaba ahí, de pie, en medio de la yerma planicie. Pero yo la ignoré ¿Para qué cruzar por una puerta cuando tengo aquí todo el espacio del mundo para campar a mis anchas?

Sin embargo esa puerta me sigue, la veo por el rabillo del ojo y me hace pensar en si tal vez es una salida. También en si de verdad quiero salir, si no estaré mejor aquí. Quizás la vida que vagamente recuerdo de antes de este desierto no haya sido más que un sueño y esto es lo que hay.

Pero si de verdad esta puerta es una salida y además me está siguiendo no tengo de qué preocuparme. Caminaré distraído un rato más y ya después, si eso, me aferraré a ese pesado pomo para cruzar el umbral, a ver qué pasa.

         Este mundo de los candados no resulta alegre, y uno permanece en él sólo con la cabeza, mientras que el resto del cuerpo está de este otro lado, siguiendo sus costumbres cotidianas.
         Cuando uno está en el mundo de los candados, siente ganas de llorar, aunque no lo manifieste. (…) y a veces uno siente que tiene una nube dentro de la cabeza y alrededor de las orejas; y es esta nube la que hace de candado. —Ermanno Cavazzoni (El poema de los lunáticos)
Jessica Torrant

15.1.12

Ha sido divertido (o Del último nudo de Francis Pomeray)


Algo curioso de la amistad es saber cuándo es verdadera y sublime. Yo pensaba que mi amistad con Jim era absoluta cuando nos vimos involucrados en un misterioso asesinato en el cual no habíamos jugado ningún papel pero nos tocó deshacernos de los restos. Aquel cadáver pesaba mucho y nos costó mucho esfuerzo y noches sin dormir el descuartizarlo y enterrar los trozos por ahí. Tuvimos problemas, por supuesto, pero todo salió bien y ninguno de los dos emitimos ninguna queja o palabras de desánimo, incluso creí que en un tiempo nos habríamos olvidado de tan perturbadora situación, pero no volvió a ser lo mismo, nuestra relación fue engendrando asperezas y ya apenas podíamos hablar sin enfadarnos por cualquier cosa, saltábamos a la mínima.
Lo último que supe de mi gran amigo Jim fue que puenteó un Volkswagen y atravesó los Pirineos en dirección a Rumanía. No espero ninguna postal.
Y ahora, seis años después de que el baño de mi casa se transformara en la trastienda de Satriale’s, acabo de terminar mi último nudo, y apuro las palabras de mi última carta. No lo hago por sentirme triste ni nada, es más, estoy extrañamente feliz y satisfecho. Supongo que me he aburrido de mirar por la ventana y ya apenas me quedan puertas por abrir.
Ha sido divertido, de verdad, unos buenos 27 años. Ha sido muy divertido.
Francis Pomeray, 3.5.53

18.8.11

Viejos conocidos en Alabama.

No era una noche como cualquier otra, en cierto modo sí... la bombilla roja del Danny's Jazz Black Box reinaba en un ambiente tenue y silencioso, los fumadores pasaban frío tras la colorida puerta vidriada y pequeños grupos tomaban café y cerveza en torno a mesas recicladas y prestaban atención a la muchacha que leía en voz alta sobre el pequeño escenario.

Yo tomaba una Murphy's en la negra barra mientras tomaba alguna que otra nota en mi raído cuaderno, pronto advertí que lo que leía la chica del escenario era El Pájaro Azul de Bukowski, e hice una pausa en mis pensamientos para escuchar cada palabra, cada lamento del maldito.

Alguien se sentó entonces a mi lado y me dirigió unas palabras con una voz familiar. -¿Perdona?-contesté.-No te acuerdas de mí ¿verdad?-dijo con una sonrisa.  Fue entonces cuando recordé su cara.
-¿Fawn? ¡Joder, cuánto tiempo! ¿Cómo te va todo? ¿Qué haces por aquí?.
-Bueno... mi padre ha muerto...
-Oh... lo siento...
-No pasa nada, llevaba ya años sin verle, apenas teníamos relación.
-Vaya, pues... esto... ¿vas a quedarte mucho por aquí?
-Aún no lo sé, pero aprovecharé que tengo la casa para mí sola para empezar una vida aquí, aunque sea por un tiempo... acabo de salir de una relación y... bueno, quisiera alejarme de todo aquello... ¿A ti qué tal te va?
-Ah, a mi bien, siempre bien, no puedo quejarme. Escribo algunas líneas para un par de revistas, no pagan mal del todo, me llega para vivir cómodamente... ¡vaya! lo olvidaba... ¿quieres tomar algo?
-Me sentaría bien una cerveza, gracias.

Y pasamos la noche hablando de los viejos tiempos en aquella polvorienta barra acompañados por el sonido del contrabajo, la batería, el piano y el melancólico saxo de John Coltrane... Lo cierto es... lo cierto es que necesitaba recordar todo aquello, todo lo que pasó y lo que pudo haber pasado, las sopas llenas de espinas y el desierto, aquel desierto... creo que llamaré a mi psicólogo, Howard, necesito hablar con alguien de todo esto.

22.2.11

Pub Limbo.


Había algo que no me dejaba ver… era como un oscuro velo sobre mi cabeza, ligero como el propio aire que parecía volver a respirar después de haberme sumergido en un tranquilo mar de agua helada.


Poco a poco se iban notando pequeños faroles al fondo de una sala de techo alto, caminé hacia ellos y enseguida tropecé con unas cuantas sillas. La oscuridad se iba tornando en una diáfana luz anaranjada, que titilaba cual hoguera reflejándose en los cientos de botellas y fotos enmarcadas que adornaban los anaqueles de las paredes decoradas con papel verde oscuro.

Cuando ya vislumbré las estanterías repletas de libros encuadernados en pieles de colores, algunos más viejos que otros, y una pequeña barra con un único taburete, volví a caminar para sentarme, pues el viaje que no recordaba me tenía consumido. Mis piernas se habían vuelto pesadas, muy pesadas, pero cuando conseguía que se separasen del suelo se tornaban livianas como polvo en el viento.

-Esto parece un sueño-pensé.

-En cierto modo, lo es.-contestó desde las sombras una voz grave.

-¿Quién anda ahí?-inquirí nervioso.

-¿De verdad no lo sabes?

-¿Jeffrey?

-Supongo...

Y por fin adiviné penosamente la figura que esperaba tras la barra, limpiando con un trapo un vaso antes de empezar a servir una cerveza en él.

-¿Qué es este sitio, Jeff?

Jeffrey siempre iba con su camisa blanca sin mangas y su pajarita negra impoluta, con pliegues perfectos. El resto de su cuerpo nunca había llegado a verlo, lo cierto es… que nunca había visto a Jeff sin su barra de madera con marcas circulares de los vasos húmedos que habían sido posados ahí durante años y años.

-Echa un ojo por ahí-me indicó levantando la cabeza en dirección al resto de la sala-tú sabes dónde estás, sólo que aún no lo sabes.-añadió mientras dejaba el vaso de cerveza delante de mí.

Le pegué un buen trago para aclararme la garganta reseca y me puse a observar todos los objetos que llenaban la estancia. Todo me resultaba familiar, ordenado en un caos aparente que cobraba sentido quizás sólo a mis ojos. La estantería más cercana estaba llena de libros, cogí el primero que alcanzó mi mano azarosa y lo abrí por cualquier página… ¿Qué era aquello? Estaba atiborrado de garabatos infantiles sin sentido, de los que únicamente se podía conjeturar acerca de su significado unos cuantos contados. Cogí otro libro, éste tenía algunas anotaciones cortas acompañadas de imágenes borrosas, leí unas cuantas líneas y caí en la cuenta de que eran recuerdos de mi infancia, una tarde en el parque o aquella batalla entre las figuras de acción del cubo de juguetes que era el centro neurálgico de mis días de juegos pueriles. Ojeé más libros y mis sospechas se iban confirmando… era una biblioteca de mi propia vida. Todos mis recuerdos, más o menos perpetuados en mi cabeza, escritos en decenas de volúmenes sin título.

-¿Quién ha hecho todo esto?-dije mientras revisaba la vez que accidentalmente le había amputado la cola a una lagartija e intentaba, entre lágrimas, atrapar a la dueña para devolvérsela, inocente, y desconocedor de la habilidad de estos reptiles para engendrar una nueva. Esperé en silencio, pero no obtuve respuesta, me giré extrañado y ya no había barra, ni taburete, ni cerveza… Jeffrey ya no estaba. En su lugar había una mesa con un ajedrez y dos sillas enfrentadas.

Todo aquello me asustaba, por supuesto, pero a la vez sentía que no tenía nada que temer, como si lo malo ya hubiera pasado. Sin pensarlo me acerqué a la mesa y tomé asiento. La silla crujió bajo mi peso. Observé detenidamente el ajedrez y parecía perfectamente normal, con sus sesenta y cuatro casillas negras y blancas, sus torres, sus caballos, sus alfiles… cogí el peón del caballo de la reina con el índice y el pulgar y lo levanté para hacerle avanzar un par de casillas.

-Salen las blancas.

El sobresalto hizo que brincase sobre la desvencijada silla y el peón saliese volando un par de metros más allá. Había un viejo sentado al otro lado de la mesa. Sus ojos claros me eran demasiado familiares.

-¿Abuelo?

Asintió sonriente, y se desvaneció con un soplo de aire ¿Qué ocurría? Miré a mi alrededor y parecía que todo había cambiado de lugar, ni siquiera podía estar seguro de seguir en el mismo cuarto. Cada vez que me daba la vuelta lo que antes estaba tras de mí se cambiaba por otra cosa. Veía en las paredes cientos de retratos de toda la gente que había conocido a lo largo de mi vida. Las lágrimas ya corrían por mis mejillas, me llevé las manos a la cabeza angustiado y me tiré de rodillas al frío suelo ¿Qué me está pasando? Empecé a sollozar con la cabeza baja, nada tenía sentido, no había explicación alguna…

Una mano se posó entonces sobre mi hombro, y una calidez tranquilizadora recorrió mi cuerpo. Levanté la vista, y la verdad es que mi sorpresa no fue tal como me había imaginado que sería al ver lo que vi. Era yo mismo.

Mi imagen me miró fijamente a los ojos, me sonrió y me hizo un ademán para que me incorporase, cuando lo hice, vi que la sala estaba como al principio: las mismas mesas con las que había tropezado, los mismos faroles temblorosos, los mismos estantes con sus incontables libros… y la misma añeja barra, pero esta vez con dos taburetes.

Nos sentamos y nos quedamos mirándonos el uno al otro, lo cierto es que yo observaba con justificada incredulidad el increíble parecido físico… ¿cómo podía él ser yo? ¿o acaso yo era él?

-Bueno, ¿qué?-me dijo con mi propia voz, el desconcierto de la situación hizo que me quedase sin palabras.

-¿Qué de qué?-contesté finalmente entrecortado.

-Llevas desde que llegaste aquí preguntándote todo el rato qué era este sitio, has visto todo lo que hay incluso algo de lo que podría haber… ¿Y aún no eres capaz de darte cuenta de lo que pasa?-las palabras de mi reflejo no hicieron más que reafirmarme en mi incertidumbre.

-¿Qué? ¿Cómo voy a saberlo? Lo único que puedo intuir es que todo esto no es más que un mal sueño.

-Bueno… es un comienzo, no vas tan mal desencaminado.

-Si no es un sueño… ¿Quién eres tú?

-Yo soy tú, al menos la parte de ti que sabe lo que ha ocurrido.

-No entiendo nada, mira, me largo.

No esperé una respuesta, me levanté rápidamente golpeando la barra con las manos abiertas y me dirigí raudo hacia la puerta. Aquella puerta con pintura verde cuarteada y un pesado y oxidado pomo dorado que agarré con fuerza para cruzarla y sentir el aire fresco que se escapaba tras de mí y me devolvía de nuevo a la maldita habitación. No podía salir de allí.

Volví enfurecido a la barra donde me esperaba mi otro yo.

-¡Está bien!-rugí rabioso-¿Qué hacemos aquí? ¿Qué es este lugar?

-Llevas desde el primer llanto aquí y aún no lo reconoces… estamos en tu cabeza.


-¿… cómo?

-El limbo, averno… infierno, si lo prefieres. Estás muerto.

-Pero… no puede ser… yo estaba… no lo recuerdo.

-Yo tampoco.

-¿Entonces cómo lo sabes?

-No te olvides de que soy una parte de ti, tu conciencia, no sé más que lo que tú ya sabes. Me es difícil explicártelo porque para ti también lo sería.

La noticia me dejo trastornado… si estaba muerto ¿qué me quedaba? ¿Pasar la infinidad de los días sin sol ni luna viendo lo que fue de mi vida antes de abandonarla?

-Sé lo que estás pensando-dijo mi… ¿cómo llamarlo? ¿mi porción? digamos la proyección de mi razón-no será infinito-continuó-la luz se irá extinguiendo hasta que ya no haya nada. Esto no es más que el momento en que tu cerebro se apaga, alargado por tu propia percepción en un segmento perpetuo pero con un final. Apenas te darás cuenta del paso del tiempo.

-¿Y qué voy a hacer aquí? ¿Sentarme a tomar una cerveza mientras leo toda mi vida y espero a que esos faroles se apaguen de una vez?

-No hay mucho que hacer por aquí ¿no crees? Eso es lo malo de estar muerto, vivir una eternidad sin poder aprender nada nuevo, en el recuerdo borroso de una mente marchita.

12.6.10

En el baño.

Lo de ayer fue de baños...

Primero fui a mear a uno, y me dijeron que alguien se había cargado la cañería y que la cisterna no funcionaba, la gran casa estaba llena de gente y fuí a la habitación más lejana para asegurarme de que nadie se interpusiese entre la inminente ebacuación y yo, al menos de una forma cómoda.

Yo no sabía que esa puerta no tenía pomo, y que no debía cerrarse. Pero lo hice. Y supongo que lo volvería a hacer, no de una forma consciente, pero es lógico cerrar la puerta de un baño cuando tienes que hacer algo en él.

La verdad es que la sorpresa por mi enjaulamiento me provocó sonrisas y alguna carcajada morbosa. Tampoco había cobertura... así que grité y golpeé todo lo que tenía a mano. No se habría, no, no. Ni siquiera con un cortauñas roñoso.

Miré por el hueco donde debería estar el pomo, y ví a Savino.

-¡Savino!
-¿Éstás encerrado?
-Sí.
-Abre, anda.
-¡Estoy encerrado!
-Espera, voy a buscar algo para abrir.

Pasaron más minutos... me arreglé un poco en el espejo. Si van a rescatarme, por lo menos voy a estar guapo. También exploré el terreno para buscar un sitio donde dormir, por si se iban por ahí sin mí. Al rato llegó el Zurdo. No recuerdo mucho la conversación, pero terminó con una patada a la puerta y un marco roto.

Ya fuera, al verme Savino, me miró sorprendido diciéndome que se había olvidado... en fin... la  noche siguió su curso alegre y embriagado sabiendo que era improbable que me quedase encerrado en otro baño... bueno, yo no me quedé encerrado más veces, pero sí el Tantra, en el mismo, por lo que tuvimos que volver a (volver a) romper la puerta.

Todo quedó en una bonita anécdota.

Pero hoy... ¡ay, hoy! El karma me devolvió los destrozos que por mi culpa se provocaron en un baño ajeno.

También había habido una fiesta en mi casa, y estaba todo manchado de alcohol, con el váter lleno de pañuelos de papel, ¡mis pañuelos de papel! con rastros de cagadas desconocidas, la cisterna estropeada, y lo peor de todo, NO HABÍA PAPEL DE CULO.

23.5.10

De vuelta al primer episodio.

Empezamos algo más tarde porque hubo mucho lío para encontrarla... no se me dan bien estas cosas, me pongo muy nervioso. El cabrón me lo dió en medio de la calle, y mi corazón saltó de golpe estrellándose contra mis costillas. -¡Aquí no!- dije, y el sonrió y me dijo: Bueno, nos vemos que tengo prisa, tengo que ir al piso franco.-

Me libré de la carga un rato después, y paramos a tomar un bocado rápido con unas cañas.

-R vámonos ya
-Espera, vamos a invitarle a una caña que nos dejó la cámara.
-¿Tu sabes lo que llevo en los huevos?
-Ten la mochila, guárdala ahí.

Hubo más perlas, pero me acuerdo de unas contadas. ¡Qué mareo! ¿Cómo estarán los otros? Y me río al ver sus ojos rojos y orientales.

-¿Oíste el timbre?
-¿Qué timbre?
-Llaman a la puerta.
-Yo no he oído nada...

Se quemó un poco la cebolla, y las tortitas no necesitaban tanto, tanto aceite...

¿Eran golondrinas o murciélagos? Pasaban zumbando...

-¿Por qué no se mueve?
-Parece que está mestruando...

Y la luna está preciosa... ¿Quién sería el genio que la puso ahí?

15.8.09

Otra vez.

Yo abro las ventanas y las puertas se me cierran.
Sigo mirando el paisaje, y no llego a ningún lado.