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14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


8.2.12

Triste viaje de vuelta.


Llegué a Salt Cave City en el sudoroso ómnibus, haciendo escala en Kingwall, la temprana tarde estaba fría y gris, con charcos de nieve aún agonizando en las aceras.

Había recorrido unas ciento quince millas junto con mi nuevo ilustrador, Apolo Slondo, un tipo fuerte y barbudo que no dejaba de fumar hash, había llegado a la revista hacía un par de años de su Split natal con la intención de convertirse en una estrella de la viñeta y hacer portadas para Rolling Stone y Random House, pero terminó haciendo garabatos para el loco borracho de Paul Village… pobre de mí, con Numen desaparecida apenas podía ilustrar sus dibujos con artículos basura y cuentos manidos.

Ni siquiera recuerdo el asunto que nos había llevado hasta la ciudad de Louis Lion y Vincent Woodland, nos deslizamos desde la parada del ómnibus, en la calle Villalobos, hasta un tugurio melancólico cuyo neón magenta rezaba “Poulet”. El ambiente rezumaba los olores del vino y el humo, buscamos una mesa apartada y nos pusimos a trabajar en nuestras cosas con sendos escoceses con hielo. Yo terminaba un artículo sobre el Derby de Sherry y Slondo… Slondo no dejaba de pintarrajear servilletas mientras anegaba sus fauces en licor, ensimismado en su propia furia al prestarle atención al partido de los Lions.

Pasaron las horas y pronto en la calle no hubo más que tímidos copos de nieve bajo el anaranjado foco de las farolas, la atmósfera del Poulet se había transformado en un bullicio de copas entrelazadas y animadas charlas embriagadas, hacía rato que había apartado mi estéril atención del Derby y me mantenía enfrascado en un relato de Morris West mientras los hielos de mi cuarto vaso se fundían y formaban una película transparente y líquida en la superficie del whisky. Levanté la vista para advertir a mi colega de que iría a pedir otra ronda, pero me encontré solo en la mesa, pensé que habría ido al baño o algo así, así que me estiré un poco y me puse en pie con movimientos temblorosos para llegar a la barra y sentarme frente a ella. Hice un gesto para atraer la atención del barman, que me respondió con un gesto con el dedo para que esperara un segundo. -¿Qué os pongo?-dijo cuando finalmente apareció irrumpiendo mi ensimismamiento –Otro Passport con hielo-exhalé. -¿Y la dama?-contestó con un movimiento de cabeza. -¿Dama? ¿Qué da…?-pensé yo, -Vodka con Kahlúa y leche-dijo una voz a mi lado.

Al principio me quedé estupefacto, pues no recordaba haber llegado allí con ella, pero pronto comprendí que no había sido más que un malentendido, no era más que la chica de al lado, me giré hacia la mesa buscando a Slondo mientras el barman exclamaba “¡Passport con hielo y ruso blanco!” para la canción vital del garito, del que no quedaba rastro. Me armé de un falso valor inducido por el brebaje y me volví a dar la vuelta para hablar con la perfecta desconocida con la que compartía barra, justo al instante en el que nuestras bebidas aparecían ante nosotros.

-No… no eres de por aquí ¿verdad?-dije finalmente.
-¿Cómo lo has sabido?-preguntó con una sonrisa amistosa.
-Por el acento, se nota que eres sureña, justo ahora estaba terminando un artículo sobre el Derby de Sherry…
-¡Ah! Así que eres periodista…-afirmó con curiosidad.
-Supongo… preferiría ser escritor de verdad… por cierto, ¿cuál era tu nombre?
-Cory.
-¿Cory?
-Sí… viene de…
-¡Da igual!-interrumpí-Me gusta así, me gusta Cory.
-Gracias-se rió-¿Y el tuyo?
-¿Mi qué?-pregunté desconcertado.
-¡Tu nombre!-dijo con una carcajada.
-¡Ah, ah! Pues es Paul… viene de… de Paul supongo.
-Pues encantada, Paul-declaró ofreciéndome su vaso para brindar.

Con el chasquido de los vasos mi memoria se desvaneció en una neblina, sumergida por lo menos hasta la cintura, lo justo para poder recordar sinuosas imágenes sin siquiera captar algo de las profundas conversaciones que se acontecieron después, como un viaje de veinte mil leguas de verborrea submarina que pasas en tu camarote, vomitando y mareado por el bamboleo de este Nautilus que algunos llamaron realidad.

Sí que puedo acordarme del paseo hasta la calle Villalobos para coger el ómnibus de vuelta a San Frutos, donde encontré a Slondo tumbado bajo una capa de fina escarcha abrazado a una botella vacía de Johnny Walker con una sonrisa infantil entre la descuidada barba. Me despedí allí mismo de Cory, envuelta en la matutina niebla.

Subí al ómnibus con dolor de cabeza y ojeras, había perdido mis libretas de apuntes y todo lo que llevaba encima, no lo lamenté, sólo lamento no tener ni una dirección, ni un teléfono, ni siquiera un apellido… aquel ómnibus no me iba a llevar a casa.


10.11.11

Lamentos bajo el tráfico.


-¿Sabes?-le dije finalmente al tipo sentado a mi lado-Hay mucha gente ahí fuera que llora y grita y se araña la cara por ser escuchados.
-Yo sólo oigo esa maldita sirena.-me contestó entre trago y trago.
-Joder… ¿acaso tú no tienes nada que decir? ¿no quieres que alguien te escuche?
-Tío… tengo que mear-se levantó y se fue al servicio. No le esperé, por supuesto, dejé el dinero en la barra y salí del pub.

Cabizbajo, con las entumecidas manos en los bolsillos, ni siquiera me di cuenta de cuándo llegó este santo frío. Tal vez tenga razón, pensé, cualquiera puede ser cualquiera, y quizá sólo seamos esfínteres andantes. Quizá los gritos ahogados en la almohada no merezcan ser nunca atendidos.

Hoy las nubes son más oscuras, lloran, y tengo agujeros en los zapatos. Se me mojan los calcetines. Creo que estoy de mal humor hoy. Creo que necesito rebelarme contra algo, hoy. Creo que quiero enseñar el dedo de en medio a todo el mundo y sumergirme en el agua, como en un ascensor invisible. Pero quizás sólo necesite dormir un poco.

Sin cartas de Salt Cave City… un viejo fantasma de Woody Guthrie encogido en aquel portal me lo trae a la memoria, fue una época en la que mi camino se iluminaba con mi propia luz, me salían trabajos, no demasiado buenos, pero los había, después pasé alguna mala racha que otra, con tiempo a veces para sacarme la cabeza del culo. Ahora llaman poeta a cualquiera, y yo soy tan cualquiera como cualquiera que te puedas cruzar por ahí.

No tengo ninguna gorra de caza roja, he perdido mi sombrero. No es que no todo el mundo quiera ser escuchado, es que no todo el mundo tiene algo que decir. Y con esto me refiero a que no quieren o no tienen la necesidad de decirlo.

Si al final tendrá razón, somos esfínteres andantes, pero aquí a la mierda la llamo ARTE.