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31.1.15

Un toroide torcido.

—Lo que vengo a decir —dijo finalmente César tras una dilatada perorata cuyo origen hacía rato que ambos habíamos olvidado—, es que es imposible hallar una sola prueba que refute que nuestra memoria es fiable en el más mínimo de los casos. No importa que tengas en casa un puñado de  cintas VHS en las que salgas practicando windsurf en las playas del wild sur, eso no demuestra nada.
—¿Sigues empecinado en eso de las granjas de humanos y en todo ese rollo de que vivimos en Matrix, eh?
—No se trata de que yo me empecine o no. En serio, tío, no hay más que abrir los ojos un poco más y en seguida te das cuenta de que todo es absurdo hasta tal punto que sería de locos creerse que de verdad esto es la realidad.
—Bueno, hay quien dice que estamos tan acostumbrados a buscarle la lógica a todo que no es difícil que uno termine por volverse un chiflado. Al final, lo que tú mismo estás haciendo es dar una explicación lógica a todo esto, en vez de asumir que realmente todo es un absurdo así de grande y que más vale pasárselo por lo menos bien y no dejar que tanta paranoia te ablande el seso.
—Ya… tú piensa en lo que te he dicho, ya verás como al menos un par de veces al día descubres fallos de programación.
—Lo que tú digas. ¿Mañana a la misma hora?
—No, tío; mañana no puedo. ¿Te parece mejor mañana?
—Perfecto.
—Muy bien, pues mañana nos vemos entonces.
—¡Hasta luego!
—Cuídate, Juan.

         Pagué el café y me puse la bufanda para combatir los flemáticos soplos que Céfiro  ha tomado por costumbre exhalar en esta época del año. Anduve las nueve cuadras que separan el San Adolfo de mi pieza sin pensar en gran cosa cuando me encontré con mi viejo amigo Julio, cronopio desquiciado como los que ya no abundan, con un aspecto considerablemente más desaliñado que el habitual y con las córneas más bien inquietas en sus cuencas demostrando claros signos de nerviosismo.

—¡Coño, Juan, qué alegría verte, justo a ti te estaba buscando! —me saludó con los brazos extendidos, mostrando sin querer un pronunciado desgarrón en la axila de su trasnochada chaqueta de lana.
—¡Julio, cuánto tiempo! —exclamé yo— ¿Cómo te trata la vida?
—Bien, bien, pero eso no importa. Verás, esta noche he tenido un sueño increíble y, según me levanté de la cama, sentí que tenía que contártelo precisamente a ti. Me calcé a toda prisa y vine lo antes que pude.
—Pero si ya pasan de las cuatro de la tarde.
—Ya. ¿Quieres que te cuente el sueño o no?
—Hombre, la verdad es que ahora me pillas un poco liado.
—Vale. Pues bien: Estaba yo en un columpio, quiero decir en mi sueño. No sé muy bien si estaba sentado o de pie, ya sabes cómo me gusta a mi ponerme de pie en los columpios, pero seguro que me estaba balanceando. Los arcos que iba dibujando eran amplios, amplios, amplios, pero todo esto muy despacio, muy despacio. Tan despacio que más bien parecían diapositivas desperdigadas en mi retina, que entonces no estaba en mi ojo, sino en mi coco, y daba la sensación de que cada segundo era independiente de los demás segundos, que no tenían nada que ver entre sí. A todo esto debería añadir que yo no sueño nunca, o que nunca recuerdo lo que pasa cuando estoy dormido. Y nada, luego pasaban unas cuantas cosas, pero no sé explicarlas, y al final veía a un tipo raro, con barba descuidada y un vaso de moscatel junto al cenicero, haciendo tamborilear sus dedos sobre un teclado mientras en una pantalla se iba redactando todo lo que pasaba. Quiero decir todo lo que nos pasa a ti, a mí, a todos. Como si ese hombrecillo fuera Dios, o un secretario suyo, y en esa página de ordenador fuera escribiendo nuestras vidas y destinos. Me di cuenta entonces de que el mundo, lo que conocemos, no es más que una novela o tal vez un relato corto o un poema. Y de que nosotros somos los personajes.
—¿En serio? —respondí yo— ¿Y por qué te dio por venir a contármelo precisamente a mi?
—Pues porque a raíz de este secreto que he descubierto he estado analizando mi vida de cabo a rabo y me he dado cuenta de que nunca me ha pasado nada. Al menos nada que uno escribiría en un libro. Así que he supuesto que no soy más que un personaje secundario, tal vez un extra. Pensé que, si existo, es porque ahora mismo alguien está leyendo este texto y que el protagonista de la historia sería sin duda alguien a quien yo conozco, pues en caso contrario ni siquiera existiría.
—Y ese protagonista debo de ser yo.
 —No se me ocurrió nadie más. Mírate, tan entero y definido. Tú, Juan, eres uno. Yo no soy más que otro del montón.
—Tampoco te menosprecies, eres de las personas más curiosas que conozco. ¿No te apetece subir a casa a tomar algo de vino? Aún me queda una garrafa de cuando nos emborrachábamos en el Sándwich Eléctrico, antes de que se matara Manu con aquella piel de plátano.
—Claro, ¿por qué no?

         Preparé un par de vasos y un cuenco de anacardos para mascar y debatimos largo rato las cualidades del universo según las premisas marcadas por el sueño de Julio. Determinamos que tanto nuestra memoria pasada como nuestro futuro estaban ya escritos, y esto me devolvió a la conversación con César, aunque vista desde otro prisma un tanto más caleidoscópico. Nos enojamos al descubrir que nuestras vidas no eran más que un par de líneas perdidas como náufragos en un océano de párrafos, que todos nuestros sueños y aspiraciones eran  simples acotaciones estilísticas en el típico capítulo de relleno que no aporta nada. Nos preguntamos por la calidad del libro al que sin desearlo pertenecíamos, por cómo sería ese escritor y por qué nos había creado si no pensaba otorgarnos un minuto de gloria en el que nuestra mera existencia cobrara sentido.

—¿Sabes lo que creo? —dijo Julio mientras se llenaba la boca de frutos secos— Que si yo he tenido este sueño y estamos teniendo esta conversación es porque tal vez haya un fragmento en el que nosotros mismos seamos los protagonistas y se narra justamente lo que nos está pasando ahora mismo. No sé si esto está sucediendo porque está siendo escrito en este momento o un cualquiera lo está leyendo. En ese caso, si varias personas lo leen al mismo tiempo, estaríamos siendo duplicados con nimias variaciones y entonces no somos realmente personajes de un libro, sino proyecciones de ese mismo libro en la mente de un lector más o menos disparatado. ¿Te das cuenta del lío en el que nos hemos metido?
—En que nos has metido —apuntillé yo.
—Sí. ¿Y si es un libro de mierda de un escritorzuelo de pacotilla? ¿Qué me dices? Joder, Juan, estoy que no me lo saco de la cabeza. ¿Y si se trata de una novela policíaca y tú o yo o los dos somos víctimas de un asesinato? ¿Y si esto que vivimos no es más que el trasfondo de un prólogo aburrido que introduzca un contexto en el que realmente no ocurre nada? No sé si voy a ser capaz de dormir una noche más con todo este bullicio entre mis sienes. Y es que lo pienso y me doy cuenta de que, si todo esto es ciertamente un cuento, ni siquiera puedo decir que éstas de aquí sean mis sienes. ¿Qué tengo entonces? ¿Quién soy? ¿Qué?

         La pieza se había sumergido en una palpable penumbra y encendí una lámpara para remediarlo. El vino se había terminado hacía rato y, siendo domingo, no tenía solución para aquello. Mientras tanto, Julio seguía dándole la vuelta al mundo montado a lomos de sus propias cavilaciones.

—Si hasta se me quitan las ganas de seguir hablando —masculló—, pues no voy a decir nada que ese cabrón no haya escrito ya. Y encima el tío se lo tiene que estar pasando de puta madre escribiendo cómo me vuelvo loco.
—¿No habíamos quedado en que si estamos vivos ahora es porque alguien está leyendo el texto?
—No, Juan, eso era un supuesto, que no me escuchas.
—Entonces estamos siendo escritos ahora mismo.
—Exacto.
—Pues entonces es bien fácil, sólo tenemos que hacer algo que el escritor no se espere o no sea capaz de imaginar para salirnos del relato.

         En ese instante, con sendas pupilas rebosantes de un misterioso fuego fatuo, Julio se levantó de súbito y se arrojó por la ventana abierta sin mediar palabra.

—¿Qué haces? —le dije, asomándome por la misma.
—Lo que tú has dicho. Imaginé que no me pasaría nada si me tiraba por la ventana sin que estuviera previsto.
—Pues claro que no te ha pasado nada, ¡estamos en un bajo!
—Eso puede significar que el escritor ya planeaba defenestrarme por algún sitio resultando yo ileso como un superhéroe.
—Yo creo que lo que significa es que estás rematadamente loco y que no tienes remedio.
—Piensa lo que quieras, yo sé la verdad.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué te sirve?
—Pues… —empezó a decir mientras se frotaba una rodilla que se había raspado por la caída— Pues para que el autor bastardo se dé cuenta de que yo también existo, que estoy aquí y que no pienso ser un figurante más en su circo de sílabas.
—Entonces prueba otra cosa, porque me da a mí que esto no ha funcionado.

         Julio se quedó dubitativo, y le ayudé a volver al piso con cierto esfuerzo. Tenía los pantalones manchados de polvo y verlo así me inspiró lástima. Le recomendé que se diera una ducha y que comiera algo, que se tomara una siesta y que ya vería las cosas de otro modo al despertar. Que en cualquiera de los casos el asunto, digo el mundo, es así, es lo que hay y no hay más. Que nos parece raro todo porque lo único que no cambia es el perpetuo cambio al que estamos sometidos. Que cuando nos sentimos raros nosotros mismos es porque no estamos del todo sincronizados con nuestro alrededor y que en esos casos prácticamente lo único que uno puede hacer es esperar un rato y a ver qué pasa.

         Se fue cabizbajo, con la cabeza hecha un trompo a punto de desequilibrarse pero con cierta inercia aún. Julio era real en ese momento. Real de veras. Y yo también me sentí real entonces y fue como verse a uno mismo en un espejo inmaculado y además dentro del propio ojo y… no sé, es una sensación extraña harto difícil de explicar.

         Volví a mi escritorio y no podía concentrarme. Todo se había transfigurado en un revoltijo de impulsos eléctricos entre axones y dendritas. Me vi fuera de mí, pero consciente aun así de la sinergia por la que se van definiendo los acontecimientos que uno digiere día a día. La sincronía de ciertos instantes. Lo azaroso del devenir del tiempo.


         Me llegué a la tienda y compré una botella de moscatel para acompañar los cigarrillos. Iba atrasado en la crónica sobre el Derby de Sherry que tenía que escribir pero, aun así, me permití el lujo de garabatear unas cuantas páginas para mí mismo. Unas cuantas páginas acerca del viejo lunático que para mí es Julio. Sabiendo que nunca le confesaría que ese tarado que se dedicaba a jugar a ser dios decretando actos y destinos, pensamientos y decires, sentimientos y pasiones, triunfos y tragedias… era yo sin darme cuenta.


23.11.11

Ejercicio: Un día en dos mil doscientas palabras.


Tengo que practicar la retención de información en la memoria, y con ello me refiero a recordar por la noche no sólo lo que hice durante el día, sino mis pensamientos en cada momento.
Por ejemplo, y sin ir más lejos, hoy me desperté a eso de las ocho de la mañana, un par de horas antes de lo que marcaba mi despertador, es normal, pasé un buen fin de semana y me noto descansado. Lo primero que recuerdo haber pensado fue en que aún estaba oscuro y que podría volver a dormirme sin problema, pero no hubo manera… se proyectaron en mi cabeza fotogramas de la clásica película que nos imaginamos y que es algo así como un sueño despierto, pero no conseguía concentrarme, así que decidí hacer algo, y ese algo fue ponerme un capítulo de Los Soprano, concretamente el cuarto de la sexta temporada, seguramente me daría tiempo a verlo y después apurar los tres capítulos que aún me restan para terminar de leer El guardián entre el centeno. El episodio de Los Soprano cumplió mis expectativas, incluso me gustaron las observaciones de un viejo con cáncer de laringe vecino de habitación de Tony acerca de la universidad del propio Universo, la negación de la dualidad, los dos boxeadores son lo mismo, dos tornados en realidad son uno sólo, todo es todo. Me levanté una vez hubo terminado y fui a la cocina a tomar algo de desayuno, me llamó la atención que uno de mis compañeros de piso no estuviese en su cuarto, pero pensé que quizá se hubiera quedado dormido en el sofá. No estaba allí, fue entonces cuando caí en la cuenta de que seguramente hubiese pasado la noche con su gumar.  Saludé al gato Canelo, por las mañanas, cuando estamos él y yo solos, es cuando de verdad me cae bien y me gusta tener un gato en casa, ver como se despereza y se estira y todo eso, cogerle, auparle hasta que queda a la altura de mi cara y mirarle a los ojos de cerca para preguntarle qué tal la noche y luego dejarlo de nuevo en el sofá con sus sueños felinos aún parpadeando entre sus bigotes. Me fui a la cocina, cogí una taza, el tetrabrik medio vacío de leche –y digo medio vacío porque quedaban apenas un par de tragos- y la caja de galletas de dinosaurus que me quitan quince años de encima; volví a mi cuarto con todos los víveres y desayuné sin más compañía que la música que sonaba en aquel momento, y las charlas vía facebook mediante ponemos ideas en común para un fanzine literario al que, a falta de un nombre, yo llamo simplemente Pulp. Cuando hube terminado mis seis galletas y mi taza de leche fría, me fui a la ducha, no sin antes soltar a los prisioneros fecales mientras dibujaba un colibrí en la pared junto al retrete. Como tenía tiempo de sobra, me tomé la ducha con calma, incluso me senté mientras el agua caliente bañaba mi cuerpo, no recuerdo muy bien lo que pensé entonces. Yo soy el típico que se pasa más de diez minutos en la ducha pensando en sus cosas, inventando películas y todo eso. Después de enjabonarme el pelo y el cuerpo mientras silbaba Singing in the rain, me sequé, me vestí y fui a despertar a mis otros compañeros de morada. Mateo como siempre se despertó fácil tras un par de toques a su puerta y verme asomar la cabeza por el quicio, como siempre me preguntó la hora, las diez y media, contesté, aún tienes tiempo de ducharte tranquilamente. Me di la vuelta y piqué la otra puerta, la de Rafa, que no se despertó, me asomé como había hecho con Mateo y empecé a gemir como en pleno acto sexual, la verdad es que tardó más de lo que me esperaba en levantar la cabeza para ver qué pasaba, lo más seguro es que con mis gemidos haya alimentado un sueño erótico… visto así me arrepiento de haberlos hecho. Rafa me dijo que no iría a clase, que estaba cansado, le pregunté que a qué hora se había acostado y me respondió que a las dos. Ocho horas no está mal, le dije, anímate. Pero no hizo más que taparse la cabeza con la manta, no insistí, Rafa no gusta de ir a clase. Comencé entonces a hablar con Mateo, mientras se vestía, mientras bajábamos el ascensor… se notaba que aún tenía sueño y que no tenía nada de qué hablar, pero yo ya llevaba casi tres horas en pie, y necesitaba expresar mi felicidad matutina. Cuando salimos del portal vimos que llovía y hacía algo de frío, yo estaba bien, pero Mateo no llevaba más que una sudadera de chándal, le respondí a su mirada con una que decía “vale, venga, sube a coger un chaquetón” y me quedé esperando en el portal. Entró una señora mayor, la saludé, últimamente me gusta saludar a la gente con la que me cruzo, no digo todo el mundo, pero sí los vecinos del portal, el chófer del autobús y todo eso.
No almacené en mi memoria apenas nada del camino a clase, supongo que por ser un acto de pura rutina en la que el cerebro se desconecta y no tienes que pensar para saber qué camino tomar, simplemente caminas y caminas y piensas en cualquier otra cosa. La clase pasó sin más, se pusieron a discutir sobre los fallos de nuestra carrera y yo apenas presté atención, no me gusta escuchar a la gente quejarse si no es por algo que merezca la pena, quiero decir, está bien que se hable de los errores de algo para arreglarlos y todo eso, pero no cuando parece que al que se está quejando de algo tan poco importante le está yendo la vida en ello; justo ayer leí que Adam Smith dijo que el que se toma todo a vida o muerte, muere muchas veces. Al final tuvimos que redactar nuestras propias opiniones, lo hicimos bien, me gustó cómo nos quedó, con lenguaje cultivado pero sin llegar a pretencioso, tampoco cayendo en el enojo, simplemente exponiendo lo que se nos pedía. Terminamos rápido y nos fuimos al Café Clandestino. Mucha gente nos mirará con ojos furtivos y acusadores por pedir pintas de cerveza en vez de café o coca cola, pero, qué demonios, ya pasa media hora del mediodía, demasiado tarde para desayunar, demasiado pronto para irse a casa a comer, y nos apetece una cerveza o dos o tres. Tampoco es que sea beber por beber, ojeé un poco El Norte de Castilla y el Marca, además de adelantar capítulo y medio de El guardián entre el centeno, aconsejé a Iñaki acerca de su dibujo, tal vez deberías hacer estas ramas más rectas, le dije, o intenta resaltar la luna borrando con la goma en vez de pintar su contorno con una gruesa línea negra,  estábamos de acuerdo. Hablamos un poco de todo, salió en la conversación Mozart, Bukowski, Dylan, Salinger… pero no penséis que era una conversación demasiado cultural, más bien de lo que tardábamos en coger el sueño. Txutxi nos invitó a la última, la que cerraba el segundo litro, Mateo iba cada rato al servicio, zarandeando su vaso a medio vacío –y digo medio vacío porque quedaban apenas unos tragos- sin importarle si derramaba algo o todo. Tal vez fuimos un poco más tarde a casa de lo que teníamos pensado… serían las tres y media o así. Teníamos planeado hacernos unos filetes de ternera asturiana de medio metro de diámetro que guardaba en la nevera, pero decidimos comprar una barra de pan y hacernos sendos bocadillos de cecina.

*  *  *

Vi otro capítulo de Los Soprano y dormí una media hora de siesta, o quizá cuarenta minutos, tenía mucho, mucho sueño, pero debía ir a clase de arte, ninguno de mis compañeros de piso tiene esa clase, así que subiría con Iñaki, pero me dijo que hoy no iba a ir (más tarde me enteré de que había quedado con una chavala), así que me enfundé mis cascos y me lancé a la oscura y lluviosa tarde mientras me comía dos mandarinas. Aquí ya tengo los recuerdos más recientes, recuerdo haber pasado bajo el acueducto pensando en una fotografía que me tomó mi padre junto a mi madre en el mismo sitio y en una tarde similar, apreciándose un haz de luz pasando entre los arcos y la fina lluvia que parece niebla, no sé explicarlo bien, pero creaba un efecto bastante tétrico y precioso. Después pensé que me encantaba el humo del puesto de castañas. Subiendo las escaleras de la plaza de Medina del Campo se me cayeron las llaves de la mochila, pues la llevaba abierta, pero un tío de mi clase que también estaba subiendo me avisó y me las recogió, gracias. Entré en clase tal vez dos minutos tarde, la vi muy llena y me pareció que el sitio donde me siento siempre estaba ocupado, pero estaba libre así que recorrí el pasillo y me senté en mi tercera fila, pegado a la pared. La primera palabra que apunté fue Duchamp, pero todo el tema del dadá y todo eso me agota para tomar apuntes, me gusta y todo eso, pero prefiero prestar atención al profesor. Me gusta este profesor, sabe de lo que habla y no lo hace nada mal, tiene esa clave de humor rollo House pero sin ser un capullo, no es como el típico profesor de facultad que va de colega de los alumnos, y se cree uno de ellos, y todos le tratan como a un tío guay, lamiéndole el culo y todo eso. Bueno, el caso es que poco a poco fui perdiendo un poco la concentración, no porque me resultase poco interesante, hacía calor, ponen la calefacción demasiado alta, tenía sueño y me daba la sensación de que las dos chicas  del otro lado del pasillo me estaban mirando, no me atraían, pero me hice el interesante, suena un poco triste, pero no creo que sea el único que lo haga, creo que sólo lo hago cuando estoy solo, si hubiera estado con un amigo cerca ni me hubiera percatado. Poco a poco me fui sintiendo mal, pensé primero que tal vez una de las mandarinas, o las dos, estuviese mala, pero luego lo achaqué al calor, y un poco más tarde me acordé de dos años atrás,  cuando me desmayé en la clase de al lado por un bajón de azúcar, quizás fuera eso, pero lo descarté, había tomado dos mandarinas, y tenían azúcar… me gusta el olor a mandarinas en mis manos, y en las de otra persona, justamente ayer en el tren un tipo se comió una y pensé que un olor tan fuerte puede resultar molesto para cualquiera, pero como asocio las mandarinas a buenas personas, no me molesta en absoluto. Al final decidí salir a tomar el aire, salir para poder sentarme tranquilamente lejos de aquel calor, pero me daba algo de vergüenza, así que hice como que estaba recibiendo una llamada al móvil y crucé la clase hasta la puerta. Los últimos metros fueron penosos, conseguí salir sin llamar demasiado la atención, pero una vez fuera me di cuenta de que estaba más mareado de lo que me había imaginado, subí corriendo las escaleras con el clásico coro en la cabeza del “no llego, no llego”, y justo llegué al retrete donde vomité toda la cecina, todo el pan, y las dos mandarinas peladas, pensé en dónde había ido la piel, pero luego me di cuenta que, de hecho, la había ido tirado en diferentes papeleras a lo largo de mi ruta casa-facultad. Vomité un par de veces más, y me asomé al balcón del servicio, vaya, pensé, no sabía que este lavabo tuviese un balcón así. Me enjuagué la boca, esperé un par de minutos, y volví a entrar en clase haciendo como que volvía a guardar el móvil en el bolsillo, entré justo al final, a tiempo para recoger mi mochila y volver a casa.
Por el camino volví a pasar bajo el acueducto, sólo que esta vez era exactamente igual que en la foto que tenía con mi madre, con haces de luz entre los arcos en la oscuridad de la noche, tenebroso y bello. Fue justo entonces cuando pensé que quizá debería hacer ejercicios mentales de memoria, para poder escribir los sucesos de un día cual novela, para practicar así y luego poder inventármelos. Tengo un cuaderno para apuntar cosas, pero no sería justo que anotase cada pensamiento, cada suceso cada minuto que pasara, no sería justo para mí porque me perdería muchas cosas haciendo esto, ni sería justo para la gente que me rodease, porque, no siempre, pero a veces, merecen toda mi atención. Por eso me he aventurado a ponerme delante de una hoja en blanco y a ir llenándola con todo lo que he ido haciendo en este día desde que abrí los ojos hasta el momento en el que escribiese no ésta, pero sí la última frase. Entiendo que nadie va a querer leerse dos mil doscientas palabras que narren un día en la vida de un servidor, no lo he hecho por eso. Simplemente es un experimento, un ejercicio si quieren. 

19.12.10

Un poco de alcohol y gentuza.

Y es lo que toca, aprovechar el tirón.


El alcohol verdaderamente no me inspira, o al menos en el sentido que la gente espera. Lo que realmente me inspira es la resaca. Esos momentos de enfermedad y amnesia que deprimen aunque se sepa con certeza que fue una gran noche.

La gente es alcohólica por integrarse en la sociedad, yo no soy tan diferente, siempre bebí porque es lo que vi desde que tengo memoria, pero no puedo evitar pensar en que lo mío es diferente.

¡Qué coño! Soy igual que los demás, que tú, que tú y que tú, sentirse diferente es creerse mejor y especial. Lo siento si lo sentías, eres igual de ruin que nosotros los demás, otro despojo, pero oye, no eres tan malo, supongo que por eso de que el resto sí lo sea.

Haz caso a tu padre, deja de decir que vas a hacer tantas cosas y hazlas de una puta vez –esto último me lo digo yo desde la boca de otro cualquiera, todos necesitamos sentirnos bien-.

22.1.10

Dingo.

Es quizá Un grito en la oscuridad (1988) una de las primeras películas que tengo en la memoria... apenas recuerdo una escena, en la que un grupo de gente está buscando al bebé de los Chamberlain, interpretados por Meryl Streep y Sam Neill.
La historia de la película está basada en hechos reales, un matrimonio y su hija de apenas unos meses acampan en las cercanías de Ayers Rock, en el Outback australiano, y por la noche un dingo se lleva al bebé. Al no encontrarse el cuerpo las autoridades no creen la versión de los Chamberlain, sospechando de ellos como posibles autores del crimen.

18.10.09

Ya viste que casi te mueres.

Ahora olvídate de beber para poder vivir.

¿Quién dijo eso de ''Porque eso es esto: instantes y memoria. No vivas con miedo a la muerte y si al alzheimer''?

Toda la razón del mundo es poca.