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10.11.16

La Torre (Acto I; Escenas III, IV, V).

ESCENA TERCERA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) En cuanto reúna un enorme montón de piedras, las ataré a lo largo de cuerdas larguísimas que lleguen hasta más allá de aquel batracio con sombrero. Las piedras mayúsculas irán al final de cada cabo y, dispuestas en el piso, formando un círculo o cualquier suerte de polígono, que no tiene por qué ser perfecto, pero sí que se ciña, al menos, a los dictados de la moda en cuanto a geometría se refiere; al otro extremo irán las esferas de gas ligero que erigirán la estructura, debo hacer algunos cálculos. Luego esperaré a que el viento no sople ni lo más mínimo para que todo sea perpendicular al núcleo y entonces ¡BANG, BANG! Disparo a las bolas y ¡PFUUMM! se queda así, de pie y hermosa como una torre sobre sí misma. Una torre para mí solo. Primero cubriré la abertura de la cima con una pagoda de estilo sármata y luego cavaré un túnel secreto para acceder desde abajo y por el que sólo quepa yo, tal que estoy; desnudo y engrasado.



ESCENA CUARTA

Un QUÍDAM tácito y superestándar entra en el peor baño de Escocia, tal vez zozobrando ligeramente. Lleva una chapa de un smiley amarillo en la solapa y un cigarrillo del elefante en la oreja. Antaño le gustaba navegar; hoy es mera pieza en una cadena de montaje. Cuando no está en el tajo, o bien se emponzoña los hígados trasegando vino barato por las barras, o se anquilosa en el sofá rindiendo culto al sagrado tubo catódico. Ahora gime como una musaraña frente al mingitorio mientras se baja la bragueta con premura y saca de ella un pene de tamaño medio de cuyo meato emerge El CHORRO MUSICAL (que no deja de fluir hasta fin de escena).

QUÍDAM
¡Oh, dorado torrente! Tú calmas mi ansiedad y purgas el óxido de mi uretra. Evacúas mi vejiga con el soniquete de la percusión líquida contra la hierba, el muro o la porcelana. Empapas los zapatos de mis enemigos y alivias la comezón de los dípteros. En ti busco consejo. Mi horizonte, como bien sabes, se ve ancho y yermo como la línea que separa la carne del hueso. Hace años que no sueño, y este sol vehemente detuvo su marcha a la hora del mediodía, sólo para mí, dejándome lleno de sed. Vivo solo y me masca la indiferencia, y, de entre lo poco que tengo, mi bien más preferido eres tú, cálido y húmedo como un beso, que huyes de mí para brindarme el bálsamo de tu melodía. Como sabes, nunca me pasa nada de nada, pero el otro día, paseando por el alcantarillado, me encontré una botella vieja con una carta mugrienta en su interior. Te preguntarás qué demonios decía, y es curioso, porque yo no tengo ni idea de idiomas.
Alguien golpea la puerta, varias veces.



ESCENA QUINTA

BOSSE-DE-NAGE va flotando sobre un cesto de chatarra, arrastrado por la marea del asfalto como una suerte de Moisés con las nalgas por mejillas. Intenta remar con el esqueleto de un paraguas mohoso mientras mastica sus uñas tratando de encontrar algún islote. Sin embargo, al tercer día, se topó con un TAXIDERMISTA estupendo.

TAXIDERMISTA
¡Pero qué tenemos aquí! ¡Vaya una pieza buena! Fíjate en esos mofletes y en esas ancas de langosta, ¡qué delicia! Haría maravillas con esa testa fea y tengo un cajón lleno de canicas que, sin duda, se verán más brillantes que esas negras córneas insondables. Ven conmigo, gentil cinocéfalo, y deja aquí ese tinglado de hierros viejos.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

El TAXIDERMISTA se introduce a BOSSE-DE-NAGE en el diminuto bolsillo interior de su bluyín, no sin cierto esfuerzo, y atraviesa con premura el expedito tablado del escenario, saliendo por un lado y apareciendo por el otro instantáneamente. Sigue cruzando impávido hasta que alguien del público, perplejo y ofendido por el Cappio e Fuga, se largue tosiendo y farfullando.


Entonces, mediante un sistema de poleas, se activa un dispositivo opto-mecánico que proyecta una cegadora luz de alabastro por todo el campo de visión, excepto en el horizonte, bien lejos, un negro rectángulo negro y vertical claramente plagiado de Malévich sin el beneplácito de su espectro.

20.3.13

El hoyo del viejo Tom.


Bueno, supongo que tengo todo el tiempo del mundo ¿no?


Una vez oí cómo un reloj se estropeaba y dejaba de funcionar, fue entonces cuando me pregunté: ¿Qué hora será dentro de un minuto o de diez años?

Y desde ese momento pienso que en verdad sé demasiado poco de cualquier cosa.


En cierta ocasión conocí a un tipo, el viejo Tom, que un buen día cavó un hoyo en el jardín de su casa. No era demasiado ancho, si acaso lo justo para tropezarte con él, pero era tan profundo que se decía que si gritabas algo hacia su interior el eco no regresaría hasta al cabo de cien años. Claro que habría que esperar todo ese tiempo para averiguarlo, pero es algo bonito de creer y por lo que a mí respecta no cabe duda de que de veras sucedía así.

El caso es que, justo después de terminar su insondable hoyo abisal, se puso a atar kilómetros y kilómetros de sedal para fabricarse una buena caña de pescar, y cuando la tuvo, acercó un taburete de madera al borde del agujero y arrojó un anzuelo a las profundidades, y así paso un buen puñado de años —de hecho, creo que aún continúa ahí sentado con su caña y su sombrero—.

Nadie en el pueblo ocultaba la opinión común de que el viejo Tom estaba loco de remate, pero yo nunca pensé en eso. Yo sólo veía a un viejo que se llamaba Tom y que utilizaba su tiempo como buenamente sabía. Creo que aún no ha pescado nada, pero tal vez sólo sea porque el infinito sedal de su caña no es lo suficientemente largo. Me temo que quizá excavó demasiado hondo, me pregunto cómo lo haría.


Debo decir que yo a veces veo una especie de resplandor en torno a ciertas personas, como un vapor extraño lleno de pequeñísimas motas de algo que no sé qué es. Creo que me pasa esto desde que me regalaron unas gafas redondas algo torcidas y me las probé, como si fuesen de un cristal mágico o científico que se te mete en las pupilas y abre pequeñas ventanas circulares que te permiten ver ese misterioso perfume. Aunque claro, todo esto es lo que a mí me gusta creer. Cualquiera puede creer cualquier cosa mientras crea en ello ¿no?

O a lo mejor ya lo tenía de antes, pero no me acuerdo.


Lo que espero ahora es que algún día, dentro de unos cien años, el viejo viejo Tom escuche lo que una vez grité dentro de su hoyo. Bueno, y que consiga pescar algo.


Kasimir Malevich

13.6.12

El flautista a las puertas del alba IX —Capítulo 24.


Camino por la oscura senda entre las alargadas sombras de guijarros iluminados por mi oxidada linterna. La gravilla cruje bajo el peso de mis pasos. Uno, dos. Mi aliento baila en vaho frente a mi rostro. Tres, cuatro. Los grillos agitan sus verdes violas ocultos en la retorcida hierba. Cinco, seis. Las estrellas guardan que la noche siga despierta en la cúpula de los dioses. Con el séptimo paso todo vuelve a empezar, y la fuente de agua sigue tibia. Nada cambia si nada cambia. La ruta que busco aparecerá si apago la linterna. La oscuridad de mi mano traerá la buena fortuna. Y la puesta de sol.

*  *  *

La nieve colma la cornisa de mi ventana de dulce blanco y calor. Observo la calle con mis manos entrelazadas alrededor de una cálida taza de café. Sería el momento perfecto ahora, justo antes del solsticio de invierno. Sería ahora mismo el momento perfecto para ver tu pálida tez abrigada por la lana de una bufanda gris. Así lo imagino. Tus perdidos ojos buscando mi ventana. Buscando un fugaz destello, un reflejo, un trueno que señale otro camino hacia ese cielo al que no sabemos llegar. Con la misma maleta raída y todas esas pequeñas cosas indestructibles que se albergan justo aquí, en el pecho.

*  *  *

Sonríe, una sonrisa tuya puede traer la buena fortuna. También la puesta de sol.