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23.4.20

El día del pangolín.

                El reloj despertador sobre la mesilla marca las 5:59 (Clic). Ahora ya marcan las 6:00 y se enciende la radio.

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba! ¡Despertad y no olvidéis lavaros las manos, mantener la distancia y toser en la rodilla para evitar contagios! Recordad: este virus lo paramos unidos, lo paramos si os quedáis en casa. Detener el CORVID-19 es responsabilidad de todos y todas. Si te proteges tú, proteges a los demás. Gobierno de Punxsutawney…

                Phil se revuelve entre las sábanas y espera a que el reloj marque el mediodía. (Elipsis). Ahora ya marcan las 12:00 y se levanta con un regusto a déjà vu en las encías. Viste desde hace días una suerte de chándal que hace las veces de pijama con manchas de sudor ocre en los sobacos y restos de lo que bien pudiera ser mostaza en la bragadura del pantalón. Se llega al baño y descubre frente al espejo que la barba le sigue creciendo a pesar del parón, pero no le da mucha importancia y mea sin cuidarse del antaño temible doble-chorro que salpica el zócalo. Total, tendrá tiempo de sobra después para fregar la casa varias veces.

                En la cocina, se sirve de la italiana las sobras del café de ayer en la misma taza, ya con parda pátina en el fondo, y lo calienta en el micro. Deja que aquello de vueltas durante un minuto completo mientras observa ensimismado el movimiento de rotación mecánico del ingenio, cosa que no había logrado nunca durante tanto rato seguido, y se lo toma como un triunfo básico.

                Se asoma al balcón y sopla varias veces el café tras haberse quemado los labios. Desde lo alto ve a Hades, el vecino del sótano, paseando a Cáncer, su chihuahua de tres cabezas que se mea y se caga a diario en el portal. Y refunfuña para sí, huraño.

                Phil decide hacer algo de ejercicio. Comienza con la bici estática que heredó de su tía abuela Gasparda cuando ésta murió de sobredosis durante la crisis de la nafta, pero llevaba tanto tiempo estática que no había dios que moviera los pedales, así que se decantó por hacer deltoides usando un par de garrafas de orujo blanco como mancuernas. Esto le dio sed y, en un alarde de responsabilidad poco o nada usual en él, abandona el entrenamiento y se sirve una copichuela a la salud de Genarín. Termina el ejercicio dando toques a un rollo de papel higiénico, diecisiete, nada menos; su récord absoluto. Lo celebra con siete copichuelas más.

                Ahora a Phil le apetece alimentar el espíritu, esto es, leer un libro. Coge el primero de la montonera de lecturas pendientes junto a la estantería, rasca un poco el moho que se cultiva en las solapas y empieza a leer: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana…”. Vibra el teléfono. Es un mensaje en el grupo Equipo Actimel, al parecer unos negros celebran con pompa la muerte de un compinche y bailan con su ataúd a ritmo de EDM. Sigue leyendo: “después de un sueño intranquilo…”. Vibra el teléfono. Ahora un serial de audios relatando la guerra de los Mindolos contra Bananos, Chuminos y Tripones. A partir de aquí se desencadena una sucesión de memes, pantomimas y parafernalia que sería harto farragosa de relatar. (Elipsis).

                A Phil le entra hambre. El reloj del teléfono marca las 16:19. En circunstancias normales, a estas horas Phil estaría lamiendo la pega del papelillo de un canuto como dicta la atávica tradición judeocanábica. Pero, como su camello de cabecera se encuentra también confinado en su propio zulo, las provisiones de Phil se han visto reducidas dramáticamente a residuos de hoja inocua y unas pocas ramas desnudas. Por ello, resuelve alterar su ceremonia rutinaria de intoxicación recreativa por vía respiratoria y poner en práctica aquella receta de quinoa que vio en Instagram que no tenía mala pinta y se presentaba perfectamente salubre. La cosa es que al final le da pereza y descongela una lasaña precocinada en el microondas para al menos mirar algo que dé vueltas sobre un eje estipulado y así paliar el tedio.

                  Phil deglute la lasaña sin pan en un santiamén y medio y, sin darse cuenta, se encuentra recostado en el sofá en franca posición horizontal y se dice a sí mismo que si se echa la siesta no dormirá por la noche. (Elipsis).

                Phil se despierta con un hilo de baba surcándole la mejilla. En la tele discuten el ángulo de la curva y advierten de que darán consejos de higiene después de la publicidad. Phil se despereza con sentimiento de culpabilidad y elije otro libro del montón polvoriento. Se sienta junto a la ventana y empieza: “Llamadme Ismael…”. Un perro ladra en la calle. Es Cáncer, con sus muertos pelaos en ácido, se dice para sí, y chasquea la lengua contra el paladar como gesto de desaprobación. Continúa: “Años atrás, no importan cuántos…”. Vibra el teléfono. Es una videollamada grupal con los antiguos colegas de clase, a los cuales no ve desde la graduación, hace la tira. Lo coge:

COLEGA 1: ¡Hola a todos! ¿Qué tal va esa cuarentena?
COLEGA 2: ¡Coño, Juan! ¡Cuánto tiempo!
PHIL: Hola…
COLEGA 2: ¡Hola, Phil! ¡Vaya pelos!
COLEGA 1: ¡Qué dices, Chus! ¡Nos vimos en la boda del Cejas el verano pasado!
PHIL: Ya… como es domingo hoy ni me duché ni ná…
COLEGA 3: ¡Holi gente!
COLEGA 2: ¡Es verdad! ¡Joder, qué ciego! ¿Te acuerdas?
COLEGA 1: ¿Pero qué dices? ¡Si es miércoles!
COLEGA 3: ¿Qué, cómo va esa cuarentena?
COLEGA 2: Bien, bien, aquí, con la familia, ni tan mal, un poco harto de los críos.
COLEGA 1: Por aquí también bien.
COLEGA 3: Yo de lujo, hoy monté un concierto de Rosalía usando latas de cerveza, luego os paso el vídeo.
COLEGA 2: ¡Longaelisa os manda saludos!
COLEGA 1: ¡Sí, ponlo en el grupo!
COLEGA 3: ¡Trá, trá!
COLEGA 4: ¡Hol* P*ña! ¿Cóm* **sa **entena?
COLEGA 1: ¡Fransuá! ¡No se te oye!
COLEGA 3: ¡Un abrazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿**ora mej** or?
COLEGA 2: ¡No, peor!
COLEGA 1: ¡Pon los datos!
COLEGA 3: ¿Vosotros entendéis a Fransuá?
COLEGA 4: ¿Se**men **oye?
COLEGA 1: ¡Nada, no te va!
COLEGA 2: ¡Salte y te volvemos a meter!
COLEGA 4: P**s yo os escuch** p**fecto!
COLEGA 3: Bueno, chavales, yo me tengo que salir, que ahora son los aplausos…
COLEGA 2: ¡Uy, los aplausos!
COLEGA 1: Tenéis razón, ¿lo dejamos para mañana?
COLEGA 4: Cr** q** ya m** va.
COLEGA 2: Venga, ¡hasta mañana!
COLEGA 3: ¡Un besazo a Longaelisa!
COLEGA 4: ¿Q** t**l?
PHIL: Astrólogo.

               (Aplausos). Phil se derrumba en el sofá y arroja el móvil lejos, bien lejos, al otro lado de la diminuta pieza que habita. Mira al techo y medita. Largo rato. (Elipsis).

                El reloj con forma de gato negro de la pared marca las 20:08, desde la calle se oyen los primeros acordes de un conocido temazo del Dúo Dinámico cuyo título no debe ser nombrado. Phil, hastiado de veras, asoma medio cuerpo por la ventana y vocifera: “¡Hijos de puta! ¡Dejad ya esa canción del demonio, que me tenéis hasta los cojones! ¡Ni resistiré, ni hostias! ¡Yo me quiero matar! ¡Y tú, maldito cabrón! ¡Guárdate ya al perro, que le van a salir ampollas en el ojete de tanto cagar! ¡Puto Cáncer!”. Cierra la ventana con tremendo escándalo,y vuelve al sofá. No sin antes escoger otro libro del montón. Empieza: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía…”. Y da comienzo una repercusión en fa sostenido de cacerolas, ollas, y otros utensilios domésticos.

                “A la mierda”, se dice Phil. Abre una botella de vino moldavo y enchufa la cuenta de su primo Alfrodo en Netflix para mirar tráileres. (Elipsis).

                Pasado un rato estándar, a poco de terminar la tercera botella, en medio de la pieza aparece un pangolín fantasmagórico con alas de murciélago y sombrero cónico de bambú. Éste se yergue sobre sus patas traseras y musita, con acento zonguonés: “Aguanta, Phil, mañana será otro día”. Y Phil, del todo normal, responde: “¿Y si no hay mañana? Hoy no lo ha habido…”

                (Elipsis)

RADIO: (…) then put your warm little hand in mine, there ain’t no hill or mountain we can’t climb. Babe. I got you, babe. I got you, babe… ¡Bien, excursionistas, arriba!

13.4.15

Gizmo.

Destrozamos la cafetera eléctrica con un martillo y una escultura de salón horrible y esparcimos los restos sobre la alfombra. Esto nos dio la idea de quitarnos los calcetines para ver si en algún pie aparecía el rostro de cualquier profeta dibujado en sangre y pelusas. Para merendar optamos por unas tostadas con aceite, pero Pete puso la ruedecilla del tostador al cinco, en vez de al dos y un tercio, y se nos quemó el pan. Nos tomamos el aceite a cucharadas, pero así no es lo mismo.

Pete se sentó en el alféizar de la ventana con las piernas apoyadas en la mesilla del teléfono mientras yo buscaba algo más que destruir. Me entretuve un rato arrancando pedazos de la pintura del techo y dejando que cayeran al suelo para que se hicieran trizas. Entonces Pete agarró el palo de la fregona e intentó partirlo con la cabeza, pero como era de plástico, sólo se dobló.

Encontré un cajón lleno de mecheros y me dediqué a lanzarlos con todas mis fuerzas para que explotasen contra la pared. Fue entonces cuando vi a Iggy agazapado en una esquina. Llevaba un chaleco naranja fosforito y un casco prusiano con Paco Pico sobre la visera, y no hacía más que mascullar insultos y sandeces mientras encendía y apagaba frenéticamente el interruptor de la luz.

Pero no había bombillas ya: Pete se había ocupado de ello con su vieja escopeta de perdigones. Ahora se envolvía en kilómetros de papel higiénico como en una pupa y me pedía que le alcanzara el rollo de aluminio para no quedarse a medio metamorfosear, y que le preparara una pipa.

Yo hice ojos sordos y miré los discos en la estantería y encontré un grifo con gafas de sol redondas y al abrirlo salió chicle rosa líquido y un par de minutos después nos vimos tumbados panza arriba en el suelo con las piernas sobre el sofá y de nuestras bocas brotaban pompas.

Graznó el portero automático y perdimos el equilibrio. Iggy se arrastró como un varano y escondió la cabeza en el tambor de la lavadora con una lengua bífida silbando entre sus dientes. Yo me hice el muerto, y Pete se encerró en el baño de un portazo.

Volvió a chillar. Pánico. Ahora silencio. Pete, susurré, Pete. ¿Qué? Llaman abajo. Yo paso de abrir. ¿Y si es alguien? Yo paso.

Me asomo entonces por la ventana y entrecierro los ojos para enfocar la vista. Parece Néstor, pero sólo distingo de él el remolino de su coronilla. Desde arriba todo el mundo se parece.

Chst, Néstor, digo desde lo alto. Néstor levanta la cabeza y achina los ojos, me reconoce con una sonrisa cegada por el sol. Ábreme, dice desde abajo.

Le dije con mímica que Pete estaba en el baño, que ahora salía; y él hizo aspavientos con la cabeza y gritó que le abriera o que le tirara las llaves. Le saludé con la mano y volví adentro, y, entre que Néstor y Mario (el mecánico de enfrente) se intercambiaban miradas cómplices en el desconcierto, Pete salía del baño con el pelo y la camiseta empapados y apretaba el botón.

Néstor llenó la nevera y se sentó en el sofá sin reparar en que Iggy se había transformado en un lagarto de cincuenta kilos cuyas piernas de ñandú asomaban por la boca de la lavadora. Tampoco se dio cuenta de que Pete había arrancado de su maceta el cactus que tanto me gustaba y se había plantado inmóvil en su lugar con la pantalla de la lámpara en la cabeza; ni de que sobre la tierra desperdigada por el suelo, un puma había dejado un rastro de huellas.

Había oscurecido y ya sólo se adivinaban las cosas por su silueta. Iggy se había aletargado en su refugio y ya apenas respiraba de vez en cuando. Pete optó por probarse todos sus abrigos al mismo tiempo y, así vestido, meterse en la bañera.

Néstor y yo, mientras tanto, mezclamos mejunjes en la coctelera y logramos un brebaje que rezumaba una neblina de jade aterciopelado. Probamos unos sorbitos y las sienes se nos estiraron hacia arriba cosa de un metro o así y las orejas se nos pusieron de punta y hasta se nos enroscaron hacia arriba las uñas de los pies.

De debajo de la alfombra empezaron a salir comadrejas y roedores y yo hice como que no pasaba nada porque los demás tampoco hacían nada al respecto. Empecé a dudar: ¿Sólo yo veo las alimañas, o es que resulta que son imaginarias del todo?

Por el rabillo del ojo vi como Néstor se sacudía algo del hombro y no supe si se trataría de polvo o era de uno de esos ratones. No me atreví a preguntarle.

La habitación siguió inundándose de esta manera durante una eternidad, y entonces vino alguien y rompió el silencio. Esparció los restos sobre la alfombra. Después dijo:

Si ahora venís todos así, como estáis de desnudos, conmigo a la mesa, y os pregunto qué tenéis pinchado en el tenedor, decidme, ¿Sabríais responder?

Aquello fue un momento helado y aterrador. Y me vi desde fuera de mi cuerpo como siendo una copia de yo mismo, pero mucho más pequeño y levitado, y desde esa perspectiva se advertía un laberinto dibujado en mi contorno en cuyo final no aguarda una esfinge, sino un agujero. Un agujero en la roca por el que se oye respirar.



28.10.14

Sándwich eléctrico.


         Cuando aún me faltaban tres tramos de escaleras por subir para llegar al club, ya empecé a oír el retumbar de la música a un volumen desmedido. Las noches en el Club del Sándwich Eléctrico eran así, gente de todos los colores apostada en los diversos sofás desvencijados, apoyados por cada esquina, incluso tendidos en los cajones y las rendijas, bañados en una atmósfera de cerveza y humo con el suelo pegajoso y el inventado pretexto de celebrar tertulias filosofo-culturales donde exponer la distintas expresiones artísticas de la caterva. Pero siempre nos poníamos borrachos demasiado pronto y terminábamos haciéndonos los simios por las paredes mientras unos cuantos tocaban los instrumentos con el bullicio habitual en estas mermeladas.
         Sin embargo, al cruzar el umbral después de haber hecho girar en la cerradura mis llaves con el llavero de King-Kong, descubrí que aquella noche no sería para nada parecida a las demás. Para empezar, no había nadie, y esperé un instante a que todos salieran de sus escondites de un salto y corearan al unísono “¡Feliz cumpleaños!”, aunque no fuera tal día (eran cosas nuestras). Pero, definitivamente, no había nadie. Supongo que el último en salir se habría dejado encendida la minicadena con el álbum de Can en bucle y a todo trapo.
         Cambié el disco por uno de los Maytals y me senté en una butaca roída por el espíritu de una rata que habitó aquí años atrás y que nunca hemos visto y me puse a ojear un cuaderno de recortes de Krishna Andavolu.
         —¿Qué hay de nuevo, viejo? —dijo entonces Manu, que llevaba todo el rato tumbado en un vetusto diván comiéndose un plátano mientras buscaba figuras en las manchas del techo como quien mira las nubes. Yo pegué un respingo.
         —Joder, Manu, vaya susto —le saludé.
         —No te sentí llegar.
         —Ni yo a ti —admití—, ¿qué haces?
         —No demasiado: inflarme a potasio, a ver qué pasa.
         —¿Te estás comiendo mis plátanos?
         —¿Son tuyos? —preguntó mientras palpaba la piel del último— Creía que aquí todo era de todos. Ése era el trato.
         —Sí, ya, tienes razón —titubeé—. Pero pienso que no es compartir si soy yo el que los compra siempre y tú el que se los come. Al menos podrías dejarme alguno, cabrón.
         —Bueno, no te pongas así. También soy yo el que pasa la escoba casi todos los días y a ti no te he visto nunca barrer.
         —Porque, a diferencia que tú, yo no voy dejando el piso lleno de mierda —repliqué— ¡Mira cómo está esto, todo lleno de pellejos de plátano!
         —¡Que son bananas, capullo!
          —¡Ya te daré yo a ti bananas!
         Nos enzarzamos en una pelea de dibujos animados, con una nube gris incluida de la que salían patadas y puñetazos y una silla que se hacía añicos contra una espalda y una cacerola que hizo clonk en otra cabeza y acabamos exhaustos, panza arriba, sobre la mugrienta alfombra otomana discutiendo si la mancha del techo junto a la lámpara de araña descuajeringada era un perrito o un caballo.
         —¿Por qué  demonios luchábamos? —preguntó Manu en una carcajada.
         —No eran demonios, eran bananas—contesté. Y nos echamos a reír.
         —¡Mosquis! —exclamó Manu mientras miraba un reloj que tenía garabateado en la muñeca con tinta china— ¿Has visto qué hora es? ¡Llego tarde!
         —¿Tarde a qué? —respondí, pero Manu no me escuchó porque salió disparado hacia la puerta como una suerte de conejo blanco y sin despedirse.
         Se oyó un slisshh acompañado de un “¡Mierda!” seguidos inmediatamente por un catapún catapún chispún y después silencio. Fui a ver qué pasaba y encontré en el rellano una piel de banana al borde de la escalera, con un rastro pringoso como si fuera un caracol que hubiera derrapado. Me asomé entonces por el hueco para ver la planta baja y ahí estaba Manu esparcido en una postura rarísima. Con un brazo para allá y una pierna para acá como un egipcio contorsionista y el cuello de una lechuza.
         —¡Manu! —le grité— ¿Tarde a qué? —volví a gritar, pero ya no respondió.


25.11.13

Fragmentos de la prisión de Folsom.

(…) No siempre reina el silencio en mi oscura y húmeda celda, a veces oigo el tren a lo lejos, lejos de estas paredes olvidadas por el sol. Está doblando la curva ahora y silba soltando bocanadas de vapor entre las chispas de los raíles y el humo de las máquinas manchadas de aceite y hollín. Silba y pasa con su incansable percusión, llevándose consigo el tiempo hacia San Antone, mientras yo sigo aquí. (…) —Mamá te lo dijo, Ray, no juegues con pistolas, Ray, sé un buen chico. ¿Has sido un buen chico, Ray? ¿Qué ocurrió en Reno? —Disparé a un hombre sólo por verlo morir, y cuando el último aliento salió de su pecho por la boca y el agujero de bala me deshice en llanto como un niño.  (…) Apuesto a que el tren a San Antone tiene un vagón restaurante lleno de gordos ricachones bebiendo café, derramándoselo por sus blancas camisas, fumando buenos habanos. Una, dos, tres, cuatro son las paredes que me atrapan, sin olvidarse del techo que me cubre y el suelo que me mantiene. No voy a ser libre. Pero todo lo demás ahí fuera está en ese tren, rumbo a San Antone. Eso es lo que me tortura.  

9.11.13

Medice cura te ipsum.

“Mañana cambiaré un poco más mi vida”. Eso mismo me suelo decir a menudo justo antes de meterme en el saco de dormir pero, maldita sea, siempre suena la misma canción cuando el sol se despierta entre las ramas y se me cuela por la ventana, la marmota  ve su sombra entonces y todo vuelve a empezar. Creo que fue por aquella vez que subestimé al Tiempo. Se ofende con facilidad, pues es muy orgulloso, dicen que todo gira en torno a él. Y yo… yo ahora estoy en la hora del té y no puedo cambiar más que de sitio o de taza de vez en cuando. Si acaso también de cucharilla.

Diez dedos tenemos en las manos así como en los pies, dos ojos bien brillantes justo aquí, estos dos agujeros son para respirar y con esto de aquí puedo hablar, besar y comer. Y sonreír. Mira estas dos orejas, una a cada lado, hermanas desconocidas que nunca se oirán la una a la otra, que viven estereoscópicas vidas paralelas como en otra dimensión, ¡cuánto me gustan las orejas joroschó!

Sin embargo, ¿hasta qué punto prestamos verdadera atención a todos estos apéndices sensibles? Sabemos prácticamente todo acerca del funcionamiento de la maquinaria del cuerpo, incluso los combustibles necesarios para su cuidado y rendimiento, pero no consigo adivinar quién es el conductor.

O tal vez sólo sea uno de esos momentos en la vida en los que te sientes algo perdido, aún viendo el camino más o menos bien entre la bruma y estando tranquilo. Ya sabes, cuando te da por pensar un poco y mirarlo todo desde arriba. Este capítulo se titularía: Desinflando globos.

Subrayaría lo de “Desinflando”, que no es lo mismo que “Reventando” o “Pinchando”. Pienso que a veces hay que ir desinflándose a uno mismo para poder purgar los malos humos que se hayan podido colar por el camino. Después sólo hay que volver a llenarse los pulmones de aire y levitar atándose largo al suelo y respirar, y eso es fácil. Claro que antes hay que colgar los globos en el tendedero con unas cuantas pinzas un par de días. Yo suelo aprovechar para ponerme los calcetines gordos y leer un poco. Si acaso dar un paseo antes de comer y otro por la tarde, cuando vuelan los pájaros.

Lo difícil de todo esto es que al principio el ritmo no acompaña o no sé o no sabemos cogerlo. ¡No hay tiempo, no hay tiempo! Y estoy de aquí para allá y no me quedan más que las horas en las que se confunde lo tardío con lo temprano  para sentarme justo aquí y descansar un poco. Cosas por el estilo. Como pararme a pensar en mi procrastinación y en el miedo a convertir todo lo que he estado soñando y tejiendo y enredando desde hace ya bastantes lunas en un puñado de papeles sin vida. Así de raros somos los monos desnudos, como este disparate que tengo en el corazón.

Ahora es cuando yo escribo: “Mañana cambiaré un poco más mi vida”. Y así cierro el círculo como aquello del eterno retorno y termino la página con la enigmática elegancia de un oso hormiguero con pajarita. Pero creo que he aprendido a aprender de mis propias palabras, y con éstas en concreto he aprendido que estaba equivocado desde la primera premisa.

Hoy cambiaré un poco más mi vida.


31.7.13

Perder el hilo.

Empezó tarareando algo así, y después silbó un estribillo muy pegadizo. Ahora no recuerdo bien cómo era. Miró al horizonte entonces, más allá de la arena y del blanco pentagrama que dibujaban las olas que rompían en la orilla, más allá del azul.

—¿En qué piensas? —me dijo sin apartar la vista del océano.
—No lo sé —contesté—. Perdí el hilo.

Sin embargo, mi cabeza era como un gran ovillo pesado de veras, con hebras de lana de todos los colores. Tantos había que me sentí mareado y con un nudo en el estómago, tal vez de algún cordel que se me hubiera colado detrás de la lengua por la garganta hasta la tripa.

Creo que alguien me ha cambiado la aguja de sitio o la he perdido, y sin ella temo no ser capaz de enhebrar todo este enredo en mi quijotera.

1.4.13

Dominós.


         Necesito algo para empezar… es una idea, algún día, en mis lágrimas, mis sueños... la descubrí bien poco a poco, como esos detalles de cualquier cosa que aprecias cuando la has estado observando durante un tiempo. Una cáscara de huevo perfectamente esférica, como una pelota de ping pong y tan blanca, me entró por la pupila un día que ya no recuerdo y se me enganchó aquí detrás, entre los ojos y el pelo, justo encima de la campanilla, y por eso no podía tragar bien —y ni con gárgaras se me pasaba—. Ya sólo hicieron falta un par de susurros brillantes con olor a terciopelo y musgo verde musgo para que eclosionase sin dolor, como el parto de una pompa de jabón, como el alumbramiento de las motas de polvo. Así empecé a jugar al dominó en silencio, cuando todos dormían y yo cerraba los ojos para disimular. Y así pasé los días, tan oscuros como cálidos, curando un corazón demasiado blando para haberse roto.

         Y ese mamífero enmarañado me pone contento ahora. Ver cómo intenta hacer equilibrios por ramas invisibles para intentar cruzarse en tu camino y que parezca una inesperada coincidencia, cómo imagina fuegos artificiales y espirales fabulosas y joroschó con un tibio rubor detrás de las orejas, cómo pierde la mente escuchando el eco de las alondras y los tímidos aleteos que se confunden con los latidos aparentes de las cosas.
        
         Es una idea, algún día…

17.2.13

Cazando moscas (II).


         A veces me gusta mirar fijamente al segundero del reloj, he descubierto que si uno se concentra lo suficiente puede hacer que cada segundo sea más largo. Claro que esto sólo lo percibe el que esté atento a las manecillas. Y también algunas personas con espirales en la cabeza, pero eso es otra historia.

         Cualquiera podría pensar que esto no es más que perder el tiempo, que de ningún modo se ahorra al estirarlo, y están en lo cierto. Pero yo creo que a veces es bueno perder un poco el tiempo, pararse a respirar mientras escuchas el infinito infinito tic-tac y darse cuenta de que todo está ahí, flotando en yo qué sé qué, algo como un gran útero cósmico en el que impera el silencio por encima de todo lo demás.

         Calogero me dijo un día que sólo oyes el tic-tac de los relojes cuando no estás haciendo nada, precisamente para recordártelo y despiertes de ese dulce ensimismamiento y a otra cosa. Creo que fue en noviembre, cuando yo estaba tan delgado que hasta se me marcaban los síndromes bajo la piel como si fuesen huesecillos perdidos. Bebíamos ron.

         Aún no tengo claro del todo qué es perder el tiempo, porque los momentos más felices de mi vida siempre han sido cuando, según la moralidad o llamadlo sentido común moderno, perdía el tiempo. Tal vez yo sea un soñador, aunque me gusta pensar que todo el mundo lo es a su manera.

         Para que todo esto suceda, desde luego, hace falta estar bien concentrado en nada. Y a veces es difícil de veras, ya sea por unos finos tabiques que escupen todas las malas vibraciones vecinales o por uno de esos enanos que habitan los grifos antiguos y se dedican a tocar música de cañerías —a veces este género tiene su gracia, pero por lo general suele ser monótono e irritante—. Todo son etapas.

         Supongo que perder el tiempo es estar aburrido, sea lo que sea lo que se esté haciendo. Amigo, si te aburres en el trabajo, entonces es que estás perdiendo el tiempo.

         Bueno, eso me parece a mí, pero ¿qué sé yo?

Wassily Kandinsky.

         

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


11.2.13

Finalmente desaparezco en un pozo seco.

(...) Lo que habría que decir sobre todo es que el tiempo pasa. Y nada más. Que se va yendo poco a poco por todas partes. Y quizá hasta decimos que llueve o que hace sol pero sólo por decir algo. El tiempo, ¿sabe usted?, es algo que está pasando sin detenerse. Es decir, llega el día y luego la noche, y así sucesivamente. Así es, más o menos... Por lo tanto, en sustancia, hay poco que decir.

(...)

»El tiempo se oye pasar. —Y se detuvo para mirarme—. Yo sostengo que el tiempo se oye pasar, pero bajo, bajísimo. Apenas se deja oír, y cuando no hay ruidos. Y emite como un silbido, un silbido que procede de todas partes. Se oye, por ejemplo, en el sótano, y se oiría estando bajo tierra; o de noche, si es tarde. Es un silbido que hace el aire, y no se oye enseguida, sino estando quieto, al cabo de un rato. Y creo que significa que el mundo sigue adelante o sólo que está ahí, en marcha, girando.
»Y aplicando la oreja a un vaso se oye realmente ese silbido, aunque más concentrado.
»Esto es algo que, en mi opinión, deberían oír, por ejemplo, los charlatanes y asimismo los que se autoestiman y van proclamando por ahí su pensamiento a diestro y siniestro. Yo les diría: "¡Escuchad el silbido del tiempo! ¡El tiempo no sabe ni siquiera quiénes sois!"


Ermanno Cavazzoni (El poema de los lunáticos)

6.2.13

La carta a ninguna parte.


         El otro día me ocurrió algo rarísimo, lo que es de agradecer cuando pasas una de esas extrañas épocas en las que no pasa nada, de las que la lluvia parece no mojarte casi por desidia y hasta los pájaros deciden dejar de cantar alegres canciones o en su lugar tararean monótonos ritmos.

         Pues eso, decidí romper la tediosa rutina dando un paseo por el campo. No es que en el campo pasen demasiadas cosas, pero supongo que me apetecía alejarme de los coches y el ruido y despejar la mente un rato.

         Así que, como de costumbre, el despertador empezó a sonar a las seis de la mañana, justo en ese momento en el que el sol se ha alzado lo suficiente como para asomar tímidamente por encima de las colinas que se ven por mi ventana y teñir mi cuarto con una luz de un dorado pálido. La radio se enciende entonces con los acordes de I got you babe, justo como en aquella película de Bill Murray, pero supongo que no es más que una alegre coincidencia que me ayuda a amanecer con una sonrisa.

         Sería muy largo contar todo lo que vino después. El desayuno y todo eso, así que iré directo al grano:

         Caminaba por el campo, aunque más bien podría decirse que aquello era un sendero en el bosque, cuando me crucé con una mujer que cargaba con un gran fardo por cuya abertura sobresalían unos cuantos sobres arrugados. Por su uniforme amarillo y azul deduje que se trataba de una cartera del servicio postal.

         —¡Buenos días! —la saludé.
         —Buenos días —dijo ella entre suspiros, agotada—, ¿sabe usted dónde se encuentra Ninguna Parte? Debo entregar una carta y me han traído aquí, llevo horas dando vueltas perdida.
         —¿Ninguna Parte? Supongo que eso puede ser cualquier sitio ¿no? —bromeé, aunque por la desesperada expresión de la cartera sospecho que no tuvo gracia.

         Me sentí entristecido por la situación de aquella mujer, buscando un lugar desconocido sin tener más pruebas de su existencia que una dirección escrita en un sobre de papel; así que, aunque mi intención era dar un sencillo paseo en la naturaleza, me decidí a ayudarla.

         —¿Sabe? —le dije entonces —No tengo nada que hacer realmente así que… ¿Qué le parece si le ayudo a encontrar Ninguna Parte?
         —¡Oh, eres muy amable! —Contestó ella— ¿Cómo te llamas?
         —Soy Alonzo, ¿y usted?
         —Me llamo Cilene.
         —Vaya, Cilene, ¡qué nombre tan bonito!
         —Sí, muchas gracias.
         —Bueno, ¿Qué le parece si buscamos Ninguna Parte?

         Pasamos horas buscando aquel dichoso sitio —incluso llegué a pensar que aquella mensajera en realidad lo que hacía era tomarme el pelo, pero era imposible fingir esa desesperanza con tanta veracidad—, el sudor me corría por la frente y la espalda y tenía las piernas cansadas y los pies doloridos por la caminata, por no hablar de los insectos que se habían estado entreteniendo echando pequeños tragos de mi sangre dejándome los brazos llenos de picaduras.

         —Ya está —dije cuando no aguantaba más, arrojando con enojo la rama que había estado usando como bastón—. Lo siento, pero no daré un paso más. Creo que no existe Ninguna Parte. Que te han timado, Cilene. Llevamos aquí todo el día y no he visto más que árboles y mierdas de ardilla, así que adiós.

         Aún así, con todo lo que le había dicho, seguí su camino con paso cansado, más que nada porque me había perdido, y preferí buscar la ruta de regreso compartiendo la marcha con alguien, pues había algo en los pájaros de aquel bosque que me daba mala espina. No sé si serían esas plumas negras como la noche más oscura o aquellos picos del color del bronce que parecían cimitarras oxidadas por la sangre vieja y reseca.

         A estas alturas ya había perdido completamente la noción del tiempo, pero supongo que una media hora después de aquel arrebato de desesperación dimos con un gran lago gris que yo no recordaba haber visto en ningún mapa. Justo en la orilla llena de fango y ranas, un tosco cartel de madera carcomida vestida de musgo nos señaló que acabábamos de llegar a Ninguna Parte.

         —¿Esto es Ninguna Parte? —pregunté al propio cartel—¡Aquí no hay nada más que ranas! ¿Dónde está el buzón?
         —¡Ahí! —gritó Cilene soltando la saca del correo mientras señalaba con el dedo índice un minúsculo islote en el centro del lago en el que sólo había eso, un buzón.
         —Está bien —dije entonces con cierto alivio— ¿Cómo llegamos hasta ahí?
         —Podríamos construir una barca —respondió Cilene—, yo no sé nadar.
         —Yo sí —contesté yo—, pero la carta se mojaría. Y no tenemos ni tiempo ni herramientas para hacer una barca.

         Estuvimos pensando un rato hasta que a Cilene se le ocurrió juntar todas las cartas que llevaba para hacer un barco de papel.

         —¿No va eso en contra de la ley? —pregunté yo— Digo lo de abrir cartas ajenas y eso.
         —Esta carta es muy importante —respondió Cilene con determinación—, más importante que todas las demás cartas que se hayan escrito o que estén por escribir.
         —Está bien.

         Así que nos pusimos a juntar, pegar y doblar cartas de amor y propaganda y facturas hasta que nuestro barco de papel gigante estuvo listo. De verdad, era increíble. No tenía timón ni velas ni ninguna de esas cosas que se supone que tienen los barcos, pero flotaba, y con un poco de suerte nos llevaría hasta el islote para poder dejar la carta. Pero decidimos que lo más seguro sería que sólo uno de nosotros fuese el navegante, y como Cilene era la cartera y pesaba menos que yo, fue ella.

         La vi zarpar desde el barro y aquel barco de papel surcó la inmaculada superficie del agua como si la acariciase con una dulzura que sólo saben describir los poetas. La sutil neblina que flotaba sobre el lago me impedía ver con claridad cómo introducía la carta en el buzón, pero lo vi.

         Y esperé mientras Cilene volvía en nuestro barco de papel con un suave bamboleo.

         —¿Y bien? —le dije en cuanto hubo atracado frente a mí.
         —¿Y bien qué? —respondió.
         —¿Qué ha pasado?
         —He entregado la carta —contestó.
         —¿Y?
         —Y nada. La carta ya está entregada. Trabajo cumplido. Muchas gracias.
         —Pero… —protesté.
         —La carta ya está entregada. Entiéndelo, es mi trabajo.

      
         Y eso, aunque tal vez pueda parecer increíble, fue lo que me pasó el otro día.

10.1.13

El camaleón con ojos de mandarina y otros cuentiquinos del escañu.



Si diriges cada uno de tus aleteos con delicadeza y precisión, cuidándote de no perder demasiado el rumbo, supongo que podrías incluso alunizar en la cuenca de un ojo. Puede ser quizás un gran ojo con forma de mandarina que se desnuda en espiral. Como los ojos de un camaleón en un tarro de cristal, ya sabes, para que se haga transparente y sólo se vean esas dos mandarinas espiritadas escrutando el paisaje lunar con expresión lunática.

*   *   *

Me gusta ver los latifundios mezclándose con el horizonte y haciendo que cada solitario árbol se pasee como en un desfile de modelos todo lleno de hojas y ramas. Estamos en una carretera, claro, y un rítmico bamboleo como de locomotora hace que nuestras cabezas se balanceen suavemente. Entonces me gusta el silencio. Otras veces no tanto. ¿Qué puedes hacer? Las cosas no existen para gustarnos o no.

*   *   *

De verdad que no puedo cantar a no ser que sea desnudo en la ducha con el jabón llenando mi cuerpo de burbujas saltarinas. Me gusta empezar suave, con unas palmaditas rápidas en el muslo y que después de una estrofa arranque el pianista con acordes florales y un percusionista repiqueteando unas campanillas como gotas de lluvia. No está mal que entre un xilófono en el estribillo, y ya luego el aclarado y la toalla.

*   *   *

Era una polvorienta tienda de antigüedades, toda abarrotada de cachivaches viejos e inútiles. Me llamó la atención una sucia pecera esférica de cristal, que aún conservaba en su interior la corroída raspa de su último huésped; pero no iba a pagar por ella las diez dracmas que me pedía el vendedor de ojos brillantes tras unas gafas redondas con las monturas doradas.

*   *   *

La rana de verano parece triste ahora, se le ve pálida y los dibujos de su espalda han perdido su color, pero aún conserva ese verde oscuro moteado de musgo y esos grandes ojos de piedras preciosas y nácar.

*   *   *

Yérase un osu bien famión al que-y gustaba echar el pigacín baxu l'escañu.
Y un bon día, de lo fartuco que taba, durmió hasta la nueche.
Nun llores, mocina, pol osu, que s'enllenó tantu'l güeyu como el botiellu y durmióse contentu.

7.1.13

Le cirque de la vie.


La vida es como un espectáculo y nosotros somos actores, suena a tópico pero es así. Pasamos nueve meses entre bastidores y sin darnos cuenta nos dan un empujón y salimos a escena, entonces nos ponemos nerviosos y lloramos. En poco rato comenzamos a hablar titubeando y enseguida comienzan los entremeses infantiles llenos de fantasía. Un puñado de apuntadores escondidos en los rincones nos dirigen por un camino intentando controlar la obra, aunque a la mayoría nos gusta improvisar de vez en cuando con poemas y locuras con un xilofonista en el tejado. La vida es como un espectáculo, incluso a veces musical, pero creo que consta únicamente de un solo primer acto.

5.11.12

Pequeña fábula del tejón.


A los tejones no nos gusta mucho la luz del día, estamos más cómodos en nuestras profundas madrigueras subterráneas. No hacemos mucho ahí dentro, pero es lo que hacemos. Ni siquiera nos molestamos en comer demasiado si no encontramos ningún topo o alguna triste e insípida lombriz. Pasamos sed bajo tierra, y tampoco salimos a beber un poco en el arroyo, nos conformamos con mascar alguna raíz húmeda. En lo más hondo de la madriguera, nos desparramos panza arriba y nos hacemos cosquillas en el pelaje de la tripa como tocando canciones folclóricas de tejones, también nos gusta mirar fijamente cualquier roca que nos encontremos, como leyendo sus historias. Si soy sincero, por muy agradable que sea mi vida de tejón en la madriguera, cuando me acuesto por las noches en mi cálido cubil, se me hace extraño no haber olido bien el aroma de los árboles y no haber sentido la fresca brisa del invierno en el rostro, pero sobre todo se me hace extraño no haber encontrado una bonita tejona que me haga compañía cuando grabe con mis zarpas mis historias en las rocas.

30.9.12

El viento sopla para que las hojas se caigan.


La casa se veía extraña, como regida por una densa soledad, las paredes parecían cercarse amenazantes sobre mí, todo cargado de las maletas del regreso. Es normal —pensé—, han pasado bajo mis pies muchos kilómetros en los últimos meses y aquí, bueno, aquí no ha pasado ninguno.

—Entonces —dijo Séiquer mientras servía los últimos tragos del brik de clarete—, el imaginario tiene las manos jodidas porque el real se ve a sí mismo inválido frente a la isla ¿no?
—No había pensado en ese enfoque —contesté yo, atento—, pero sí, está bien, la verdad es que es una buena lectura.
—Y lo que le pase al real podría afectarle al imaginario.
—¡Sí! —respondí entusiasmado— ¡Es eso! Gracias, de verdad. Me viene perfecto para el final de la historia. Espero poder escribirla así.
—Seguro que puedes, tienes buenas ideas.

Y con el último acorde de Eclipse y la última bocanada de humo y el cartón vacío arrugado en la papelera, se fue, dejando tras de sí la soledad que me acompañaba antes de que llegara.
Apagué las luces. Llegó el Otoño y ahora el viento sopla para que las hojas se caigan.
Soñé con que Claire —esto es la idea de la que estoy enamorado— no se daba cuenta de mi presencia, y yo intentaba llamar su atención, y sus ojos nunca se cruzaban con los míos, que la buscaban con vehemencia, y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle.

Un coche viejo y destartalado, algo así como un Volkswagen Escarabajo amarillo, llegaba a una vieja y destartalada casa. Nos bajábamos Claire —idea del amor—, Tiger Lily —idea de la felicidad— y yo. Quizá alguna persona aleatoria más, pero ya sabéis cómo son los sueños. Alguien me preguntaba: —¿Todo esto es tuyo?— y yo contestaba: —Bueno, sobre el papel sí, pero digamos que es nuestro.

Y después un tiburón gigante engullía de un bocado a las gemelas Olsen, dejando en el agua una nube de sangre, o maquillaje, algo así.

Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y a otra cosa. Escribí: “Estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.

¿Pues sabe qué le digo, Sr. Cartero? Guarde mis cartas para otra ocasión, que ahora mismo ha llegado el Otoño y el viento está soplando.

3.8.12

Garota de Ipanema.


Debería empezar pidiendo perdón por tantos días, tantas páginas en blanco, aunque quizá no a vosotros, sino más bien a mí mismo. No se puede culpar a nadie más que a las etéreas musas de vaporosos cabellos grises y azules. No se puede más que pasear por la arena a que salga la luna o el sol y traiga más palabras.

Y así estaban hace justo medio siglo Vinicius y Tom, bajo el sol de Ipanema, cuando vieron a la reina de las musas, una mujer dorada, mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia pero cuya visión es también triste, pues lleva consigo, camino del mar, el sentimiento de lo que pasa, la belleza que no es nuestra — es un don de la vida en su lindo y melancólico fluir y refluir constante.

Vinícius de Moraes

17.7.12

Louie, Louie.


Kingston, Jamaica; 1955.

La luna se eleva sobre el pub de Louie, junto al puerto, apenas quedan unos cuantos bebedores en torno a la única mesa repleta de naipes y conchas. Cada centímetro de pared está cubierto de fotografías de los hermanos perdidos en la mar, redes, aparejos y, sobre la barra del diminuto local, la mandíbula de un galano con sus afilados colmillos brillando con la anaranjada luz de las lámparas de aceite.

El ambiente está cargado de humo y ron y cálido salitre. Los comensales se despiden entre ebrias carcajadas camino de los catres que les esperan en la planta de arriba, mañana será un largo día en el azul espejo caribeño.

El más joven de ellos, Pigeon, se acerca al tabernero, Louie, un viejo lobo de mar que había renunciado a navegar por razones que nadie conocía. Louie era un tipo robusto, con una espesa barba dorada y el ojo derecho siempre entrecerrado. Se mostraba siempre reservado y pocas veces hablaba con la escasa clientela, aun así era respetado entre los pescadores de la zona debido a extrañas leyendas y rumores que envolvían su figura. Nadie sabía si todas aquellas historias eran ciertas, pero si algo sabe un hombre de mar es que si un viejo mareante calla sobre sus aventuras es porque tiene demasiadas que contar.

Pigeon era huérfano, y desde que tenía memoria había estado embarcado en una chalana tirando de redes con callos en los dedos y sudor frío por la frente y la espalda a cambio de una parte de la pesca diaria. A pesar de su semblante alto y desgarbado, sus brazos eran fuertes y fibrosos. Pigeon era también un muchacho bastante tímido.

—Louie —dijo Pigeon, apoyado ya en la barra con la mirada perdida.
—Es tarde —contestó Louie con su voz ronca y cansada—, vete a dormir, chico, no quedan muchas horas antes de que zarpéis y en la mar hay que tener la quijotera bien despejada.
—Sí… esto… —titubeó Pigeon— Quería preguntarte una cosa.
—Está bien —cedió el viejo—, ¿Qué te trae de mollera?
—Verás… como sabes yo no soy de aquí, de Kingston.
—Ya, ya… ¿Cómo se llamaba aquella isla?
—Santa Clara, vengo de Santa Clara.
—Bien, bien. La conozco. Siempre se me dieron mal los nombres.
—El caso es —continuó Pigeon— que quiero volver. Quiero volver ahora.
—Conozco ese tono, muchacho —se burló Louie—, tú estás enamorado de alguna moza.
—Sí, y no.
—Tal vez ya soy viejo y no me funciona la sesera, hermanito, pero no entiendo a dónde quieres llegar.
—Louie, Louie… me tengo que ir. Llevo semanas soñando con ella, pero no sé si existe. Siento aquí dentro que ella está ahí, sentada en la blanca arena con una flor en el pelo, esperándome. Esperándome a mí. Como si nos hubiéramos separado en otra vida y ahora nuestro destino fuera volver a estar juntos.
—Pequeño Pigeon —le interrumpió Louie—, eres joven y no sabes de lo que hablas. Tu infantil espíritu está hechizado por los antiguos poetas. Pero no eres un poeta. Maldita sea, no somos poetas.
—Louie, por favor —imploró Pigeon con los ojos vidriosos—, préstame tu bote para volver a Santa Clara, tengo que ir.
—Ay, pobre niño. ¡Hay tres días de travesía hasta esa isla tuya! Deja de soñar con princesas de cuento y vete a dormir, mañana tendrás una dura jornada. Olvídate de esas fabulaciones que te absorben el seso.

Pigeon accedió con decepción, y se encaminó escalera arriba para acostarse en su litera. Pero no durmió, esperó y esperó hasta que la luz del pub se deshiciese en la noche y no reinase más que el ruido de las olas y algún ronquido. Se deslizó entonces con cuidado de que la madera roída por la humedad no crujiese y en unos pocos minutos ya surcaba las oscuras olas bajo la tibia noche.

No supieron más del joven Pigeon. Algunos creen que se perdió en el océano, víctima de su insensatez. 

Unos pocos, sin embargo, los de espíritu poeta, aún cuentan que llegó a la blanquecina orilla de Santa Clara tras tres días y tres noches en la mar, y que una muchacha con flores en el pelo estaba esperándole.

21.6.12

La montaña de Pan.


Iba yo caminando por un verde prado cuando, tras unas cuantas vacas y un par de asturcones, me encontré con Pan tocando su flauta y bailando idílicamente en medio de un haz de luz entre un manto de mariposas blancas.
-¿Qué haces aquí? –le dije- ¿Tan lejos del mundo de los cuentos?
No contestó. Ni siquiera dejó de silbar su música silvana.
-¿Por qué ya no me cuentas cuentos? –imploré desde el cansancio- ¿Por qué no dejas de confundirme con amenas notas y me prestas un par de palabras?
Seguía soplando en su flauta sin apenas percatarse de mi presencia.
-¿Por qué ya no puedo escribir más que lamentos? –continué- ¿Por qué no puedo hacer más que mirar el suelo bajo mis pasos y pensar que ese suelo no existe?
Pan paró de tocar entonces. Sonrió. Se desvaneció en la hierba.
Continué mi ruta por el empinado sendero hasta llegar a la fuente del arcoíris. No era más que un pequeño arroyo de agua helada enmarcado por piedra labrada toscamente. Allí descansaba un feo personaje. Una suerte de oso pelón y maloliente de tez purpúrea.
-Buenos días –saludé tímidamente- ¿Ha visto usted por algún casual a Pan con su flauta?
-No es corrrecto molestarrr a los dioses –respondió con una voz ronca y afónica-, al señorrr Pan no le gusta que le molesten los morrrtales.
-Esta es una situación excepcional. Camino con mis dos pies y me atengo a lo que ellos me deparen.
Y continué la ascensión decidido. Como si Pan me debiera algo, como si lo justo fuese que yo recuperase mi gastada pluma.
Llegué a la loma de los buitres. Ahí un viejo y desvencijado cóndor gigante aguardaba mi llegada con ojos vidriosos y perspicaces.
-Ahí –dijo el viejo cóndor antes de que tomase aliento para emitir palabra alguna-, ahí, mira ahí –repitió-.
Me asomé al escarpado abismo y vi lo que el viejo cóndor mi indicaba, eran un pequeño gorrión y un negro gallo compartiendo nido en un alejado y retorcido árbol.
-¿¡Ves lo que ha hecho Pan con este país!? –gritó enfurecido, enarbolando sus enormes alas de hierro y plomo hacia el gris cielo- ¿Ves en qué ha convertido ese sucio y pervertido cabrón estas santas tierras?
Corrí cuesta arriba intentando ignorar los berrinches del viejo cóndor. Debía encontrar a Pan. Debía recuperar aquello que había perdido. Aquello que me había sido arrebatado de entre mis frágiles dedos dormidos.
Pan no estaba en aquella cima baldía. Pan no estaba. Me la había jugado otra vez. Como si nunca hubiera existido, como si nunca se hubiera desvanecido en la hierba, como si aún estuviera tocando su alegre canción bailando en un haz de luz bajo el arcoíris. Pan no estaba.
¿Cuántas montañas más tendré que ascender para encontrarle? ¿Cuántas cosas terribles más tendrán que soportar mis ojos? ¿Dónde está esa manzana a la que tengo que dar tres vueltas entre mis dedos?
Me acosté entre las rocas, abatido. Quizá no sea esta cima, pensé, tal vez esta no sea la montaña que estaba buscando.

22.5.12

Poesía del azul.


Erase una vez un jardín. Estaba cercado por claras hayas y por un cristalino riachuelo por el lado norte. Yo había levantado un par de tapias de ladrillo para servirme de refugio. No había más techo que la oscura cúpula plagada de estrellas en la noche. Y el colchón de plumas apenas conocía el tacto de mi dormir, pues yo prefería acomodarme en el trono de mimbre en el porche.
En aquel jardín era harto difícil encontrar cierto orden, los árboles se revolvían entre los arbustos y las flores, y el viento lo mecía todo con una tibia canción.
* * *
La oscura fábrica de nubes grises con todos sus engranajes chirriando entre la turba urbana. Bujías incandescentes girando ruedas y trasladando cuerpos. Despreocupada inquietud en los pasos de las masas de maletines y sombreros y corbatas sin saber cuándo tirarán la bomba, sin saber cuándo serán vaciados de oscuridad. Siete escalones de cuero nos separan del infierno, espera por mí, y ten cuidado. El trance de la máquina dura cientos de años, cientos de sueños, cientos de colores diferentes y de diferentes lágrimas. Brillante, todo, el silencio es brillante. La polvorienta luz brilla con el acero y se refleja en un humo ocre de atardecer otoñal y vida envejecida.
* * *
Ella espera en una habitación empapelada con motivos florales en tonos bermellones iluminada por una vieja y destartalada lámpara. Está sentada en uno de los dos sillones azules junto a la puerta, inclinada hacia adelante, con los codos apoyados sobre las rodillas y la cabeza descansando sobre la mano derecha. Mira hacia adelante, pensativa, con un rubio mechón cruzando oblicuo su rostro. El tiempo pasa y se las lleva.
* * *
Un surco carmín atravesando su tez blanca como un río de sangre en la nieve. No sé en qué piensas, no he visto tus ojos. Sólo atardeceres en la orilla del mar y casas de cal.

14.5.12

Los lejanos silencios en el mar.


—Hace mucho que no soy feliz… ni triste, hace mucho que tengo sueño y no puedo dormir —se movió un poco para estar más cómoda y su silla crujió en un susurro—.
—Puede que tu conciencia esté cargando con un peso que no puede soportar… —dijo mientras exhalaba el humo de un cigarro— ¿entiendes lo que quiero decir?
—El único peso que soporta mi cabeza tal vez sea el mío propio.


Y apuré mi último trago de scotch  bajo la blanca noche. Llevábamos atracados en aquella isla unas dos semanas; a ella la conocí en la tercera noche y en seguida nos entendimos bien. No vi en ella a la típica camarera de bar isleño que se impresiona con tatuajes, cicatrices y músculos endurecidos al sol; sino más bien a una muchacha inteligente con la que valía la pena intercambiar algunas palabras, mi propia Sabina sin sombrero ni Praga.

Aquella noche hablamos durante horas acerca de Orwell y Huxley, de Freud, del cielo y del mar, aunque lo que más recuerdo ahora son los silencios. Siempre es el silencio.

Desde entonces pasábamos las noches en el mismo porche que hacía de terraza del bar hasta que despuntaba el día y yo me tenía que ir en el remolcador  hasta la hora de comer, de todas formas no podía dormir con aquel calor a pesar de la fresca brisa marina y me bastaban un par de horas de siesta tras el almuerzo.

Han pasado ya muchos años y muchas olas desde aquella conversación, y me arrepiento de haberle dicho eso, pues ahora me doy cuenta de que no era cierto. Sí que era feliz. Cargaba con mi propio peso pero era feliz, ella me hacía serlo.

Parece ser que los que no sabemos vivir estamos condenados a dejarnos nuestro amor olvidado en la otra orilla del mar y no hay forma de regresar.

Recuerdo un lunar, pero no dónde estaba. Han pasado ya muchos años y muchas olas y mis ojos se han vuelto grises y mis manos viejas y curtidas, ya no sabré encontrar todo aquello, a mi joven Sabina de ojos castaños tras una Kodak desechable intentando capturar mi rostro para el recuerdo… lamento no haber dejado que lo hiciera, lamento no haber tenido una dirección que darle para poder escribirnos… lamento no haber tenido valor para escribirle desde Singapur o Melbourne o Ciudad del Cabo o Nueva Orleans o cualquier otro puerto en el que me haya apostado.

Lamento que nuestros silencios no hubiesen durado más tiempo.