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8.7.12

La montaña de Pan —Epílogo.


Descendí la montaña, abatido, pensando en todas las almas que por estas cumbres se han perdido, en todas las muchachas de cabellos escarlatas que ahogaron sus ojos en el terco llanto; mi cabeza se colmó de dragones exhalando humo y fuego pagano y de criaturas de grotesco rostro y extremidades retorcidas bailando al son de los tambores.

Dirigí mis pasos a través de infinitos campos y profundos bosques, incluso cavernas submarinas donde el cielo y el mar se confunden, fusionándose en un blanco reflejo centelleando bajo el sol.

Pero Pan no se muestra ante aquellos que le estén buscando, únicamente sale al paso de los caminantes distraídos y les toca una canción con su tosca flauta. 

26.6.12

Oja, hhija, hoja.


Con la cabeza baja, mirando al suelo, no se piensa bien. Por eso decidí poner la vista en el fondo de un vaso de scotch y no pensar en nada. Un tipo joven llamado Todd está de barman, es su primera noche. No durará mucho —Disculpe, señor —me dice—, es usted aquel escritor ¿verdad? El de los cuentos del flautista de Pan. —Sí, creo que sí —Contesto absorto— hace tiempo que no soy nada. —Entiendo cómo se siente —afirma Todd, con una sonrisa en los labios y una mirada suspicaz—, créame. Llevo más tiempo en esto de lo que pueda parecer por mis sonrosadas mejillas. Lo que pasa es que hace tiempo que no le cuentan cuentos al cuentacuentos.

No hace tanto tiempo de la última vez. Fue una pequeña hada del bosque entre ensoñaciones, yo pasaba una mala época… me susurró al oído. Dijo:

«Oja, hhija, hoja. Hoja en blanco, blanco pensamiento. Si eres un hipopótamo da tres vueltas a la manzana y el avestruz asomará la cabeza con una flauta en los labios. “Oye”, dijo el cocodrilo mostrando la hilera de sus dientes en una mueca burlona, “Para que salgan las notas estaría bien que antes respirases”. Y el diente de león se dispersó en mil segmentos bajo la brisa de verano proveniente de África».

21.6.12

La montaña de Pan.


Iba yo caminando por un verde prado cuando, tras unas cuantas vacas y un par de asturcones, me encontré con Pan tocando su flauta y bailando idílicamente en medio de un haz de luz entre un manto de mariposas blancas.
-¿Qué haces aquí? –le dije- ¿Tan lejos del mundo de los cuentos?
No contestó. Ni siquiera dejó de silbar su música silvana.
-¿Por qué ya no me cuentas cuentos? –imploré desde el cansancio- ¿Por qué no dejas de confundirme con amenas notas y me prestas un par de palabras?
Seguía soplando en su flauta sin apenas percatarse de mi presencia.
-¿Por qué ya no puedo escribir más que lamentos? –continué- ¿Por qué no puedo hacer más que mirar el suelo bajo mis pasos y pensar que ese suelo no existe?
Pan paró de tocar entonces. Sonrió. Se desvaneció en la hierba.
Continué mi ruta por el empinado sendero hasta llegar a la fuente del arcoíris. No era más que un pequeño arroyo de agua helada enmarcado por piedra labrada toscamente. Allí descansaba un feo personaje. Una suerte de oso pelón y maloliente de tez purpúrea.
-Buenos días –saludé tímidamente- ¿Ha visto usted por algún casual a Pan con su flauta?
-No es corrrecto molestarrr a los dioses –respondió con una voz ronca y afónica-, al señorrr Pan no le gusta que le molesten los morrrtales.
-Esta es una situación excepcional. Camino con mis dos pies y me atengo a lo que ellos me deparen.
Y continué la ascensión decidido. Como si Pan me debiera algo, como si lo justo fuese que yo recuperase mi gastada pluma.
Llegué a la loma de los buitres. Ahí un viejo y desvencijado cóndor gigante aguardaba mi llegada con ojos vidriosos y perspicaces.
-Ahí –dijo el viejo cóndor antes de que tomase aliento para emitir palabra alguna-, ahí, mira ahí –repitió-.
Me asomé al escarpado abismo y vi lo que el viejo cóndor mi indicaba, eran un pequeño gorrión y un negro gallo compartiendo nido en un alejado y retorcido árbol.
-¿¡Ves lo que ha hecho Pan con este país!? –gritó enfurecido, enarbolando sus enormes alas de hierro y plomo hacia el gris cielo- ¿Ves en qué ha convertido ese sucio y pervertido cabrón estas santas tierras?
Corrí cuesta arriba intentando ignorar los berrinches del viejo cóndor. Debía encontrar a Pan. Debía recuperar aquello que había perdido. Aquello que me había sido arrebatado de entre mis frágiles dedos dormidos.
Pan no estaba en aquella cima baldía. Pan no estaba. Me la había jugado otra vez. Como si nunca hubiera existido, como si nunca se hubiera desvanecido en la hierba, como si aún estuviera tocando su alegre canción bailando en un haz de luz bajo el arcoíris. Pan no estaba.
¿Cuántas montañas más tendré que ascender para encontrarle? ¿Cuántas cosas terribles más tendrán que soportar mis ojos? ¿Dónde está esa manzana a la que tengo que dar tres vueltas entre mis dedos?
Me acosté entre las rocas, abatido. Quizá no sea esta cima, pensé, tal vez esta no sea la montaña que estaba buscando.