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19.4.20

Maguffin.

¿Conocen este chiste? Dos tipos cualesquiera viajan en tren. El compartimiento no es ningún lujo, pero al menos todos viajan sentados. El uno viste gabardina caqui de una época remota. El otro enarbola un periódico amarillo-gris-beige con explosiones en la portada y, además, calza un sombrero panamá con logotipo de imitación en la solapa. Corrijo; eran tres tipos. Tres tipos cualesquiera viajan en tren. El tercero va durmiendo; ronquidos sibilinos. Por la ventana se adivinan las negras entrañas de un negro túnel. Próxima estación: el colon. O tal vez era un ómnibus o una suerte de tranvía mecánico. El caso es que el primer tipo, el de la gabardina remota, le pregunta al otro, el del sombrero con explosiones y periódico panamá, por el paquete misterioso que hay en el maletero sobre la cabeza de éste. Había olvidado mencionar que todos llevan bigote excepto el que duerme y el de la gabardina; importantísimo. Y que el revisor pasó a ejecutar sus pesquisas hará como media hora o así, como poco. Entonces, el tipo con sombrero, bigote y periódico responde: “¿Eso de ahí? Es un maguffin”. La trayectoria del vehículo nos es del todo indiferente, pero el tipo primero, el que no luce bigote, pero sí gabardina caqui, bien despierto y despabilado, vuelve a inquirir: “¿Un maguffin, qué demonios es un maguffin?” El otro ojea por encima las páginas del periódico, sin quitarse el sombrero ni el mostacho, y responde tibio: “Un maguffin es un artefacto de lo más sofisticado que usamos para cazar leones en Escocia”. Se atusa el bigote y añade: “Para cazar leones en Escocia, desde luego que no hay nada mejor. Por la ventana se ve un poste un poste un poste un poste. El tercer hombre se agita en sueños y musita: “Rosebud”, dejando entrever unos dientes beiges-grises-amarillos. Al parecer, debía unos dineros a cierta gente, pero eso ni nos incumbe, ni nos importa. Finalmente, el primer tipo, haciendo gala de unos modales especialmente cultivados, va y le espeta al del bigote panamá: “¡Qué charada! ¡Pero si en Escocia no hay leones de ninguna índole!”. El otro se palpa una tirita adherida a su nuca y responde: “Pues entonces no es un maguffin”.


editorial para JOROSCHÓ #2: MAGUFFIN

30.10.13

Hay una bombilla en una maceta.

         Nació en un coro de grito y llanto llevándose con su primer aliento la voz mitocondrial envuelta en placenta como una broma de mal gusto con la nariz roja y redonda.

         Creció con unos parientes lejanos en un pueblo cercano como un pequeño simio desnudo que trepaba por los troncos de los visitantes para encaramárseles a los hombros y no articulaba más sonido que la primera vocal llevándose una mano flácida a la boca como imitando un mordisco para expresar hambre (cuando sentía sed hacía algo parecido).

         Nunca se le dio bien nada realmente, pero una vez tuvo una idea, y la bombilla que salió del remolino de su coronilla la puso en una tacita de té entre algodones que había humedecido como hacía con las lentejas. Después cogió un sombrero de copa de ala ancha con una pluma irisada que encontró por ahí y se lo puso, para tapar el agujero.

         La bombilla fue brillando con más intensidad cada día que pasaba y, cuando dejó de parpadear del todo, la puso en una maceta de arcilla llena de tierra enriquecida y pintada con triángulos y círculos de colores, tres de cada.


         Aún no ha dicho ni mu, pero su bombilla resplandece de tal forma que para mirarla uno ha de ponerse antes unas modernas gafas polarizadas de marca.

24.9.13

Jas y la escalera al suelo.

a Color:

         Le llamaban Jas el loco, por su sombrero de paja y la gigantesca escalera de mano que construía tras el granero.

         Era un viejo anacoreta extranjero oculto por una larga y arrugada barba colmada de canas y unas grandes orejas que asomaban con pesar por los lados, todo bajo la sombra de su sombrero.

         Jas, como le llamaban en casa cuando era niño —porque ya hacía mucho que vivía solo—, en efecto construía una escalera en sus ratos libres cuando no cuidaba de las reses. Cabe decir que por supuesto no se trataba de una escalera normal, pues esta era sin duda la más larga de todas las que se hayan fabricado. Ni mil hombres bien robustos que extendiesen sus brazos la abarcarían por completo. Claro que Jas no la fabricó de una sentada, sino a lo largo de muchos años de los que siembran la frente y las manos de arrugas y callos.

         Por las noches, en el pub Harrington’s, era habitual hacer chistes y bromas acerca de por qué extraña razón aquel viejo loco se dedicaba casi exclusivamente a esa dichosa escalera.

         Mientras, él, en el fondo de su soledad alumbrada únicamente por el cálido rubor de la estufa de hierro, lo único que buscaba era llegar a lo que de verdad es profundo —que hasta el más idiota sabe que es el cielo, haciendo escala en la luna quizá, con un sombrero de largas pajas sobre la escafandra—. Desde arriba podría verlo todo así de pequeño, justo mirando a través de los dedos puestos en pinza, así. Todo, visto desde tal distancia, pierde toda importancia y le dejan a uno con la cabeza tan vacía como aquel que vive sin preocupaciones. Sólo así se puede respirar bien profundo y después exhalar sosegadamente y decidir, entonces, bajar de nuevo la escalera para empezar a vivir.



Glengarriff, co. Cork.