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25.3.22

El Chorro Musical

Es miércoles cientos noventa y pico en el decadente y bien poco lustroso barrio de Koboldo. Nos encontramos —esto es mi plural mayestático y vuestro humilde narrador mismo, aquí presente— apuntalados de cualquier manera en la grasienta barra del Pancró, compartiendo una cerveza Amarillo sin espuma y masticando las sobras de alpiste que dejara el pretérito ocupante del taburete, allá por el martes. Sin más.

Afuera ocurre entonces un fenómeno meteoro y lógico del todo inusual y exclusivo, y es que una serie de nubarrones obscuros como patada de monja vinieron a agruparse en una suerte de conglomerado de condensación homeostática y justo sucede, tras el relámpago-centella con su tronar reglamentario que todos conocemos, una única lluvia momentánea y sólida, como si todo el diluvio coagulado en una sola gota gorda y obesa cayera de golpe y porrazo. Y ya.

Todo esto puede, quizás, resultar del todo interesantísimo para cualquier lector medianamente distraído que pueda toparse con este pasaje; pero la historia que ciertamente nos atañe es diametralmente opuesta e incluso, si me lo permiten, un tanto más vulgar.

Dice así:

Un quídam nefasto e imperecedero, pero cualquiera, entra en el peor baño de Escocia. De este personaje no conocemos ni su nombre, ni su aspecto, ni su religión o afiliación política y, ni que decir tiene, tampoco nos interesa. Lo único que nos interesa de su mera existencia es que, en este mismo instante que miserablemente tratamos de relatar, agarra con su índice y su pólice oponible el medallón de la cremallera de su bragueta, lo baja todo ello con un rasgueo de lo más melódico, y del interior de la bragadura extrae un pene semierecto de lo más genérico y superestándar.

Inmediatamente pasa que, del mismísimo extremo del rosado glande, esa especie de abertura, ese guiño, esa brecha bondadosa conocida modestamente como meato, emerge un chorrazo dorado con brillo propio y refulgente, un hilo oropelado de aroma acre, agrio y avinagrado. Un auténtico manantial aeropónico y parabólico confirmando prácticamente todas las reglas y conformidades de la física moderna.

A esta profusión líquida, en cuanto a su colisión con la superficie porcelanoidea preparada ad hoc para tal acto (contingente y necesario), la denominaremos de aquí en adelante como Chorro Musical.

               El quídam en cuestión está orinando. No es nada particular, todos nos hemos visto en esa al menos una vez en la vida, o ninguna. El quídam mea y se dice: “Uf, por fin que meo”. Y a continuación dice: “Y, también te digo, que te agradezco que te vayas de mí, porque ya no te aguantaba. Que saciaste mi sed antaño, hace un rato, pero que ya no te necesito. Estuvo bien y tal, no me tomes como un malaje… pero tú y yo sabíamos que esto no era más que un tránsito momentáneo, un filtrar de nefrona y ciao. Que tú no eres sino al desprenderte de mí, y yo sin ti no soy nada más que un quídam”. Esto último se lo dice al Chorro Musical.

               Mientras tantísimo, el Chorro Musical sigue manando, esculpiendo una ojiva broncínea y fulgurante como levitando sobre el váter y alrededor.

               El quídam continúa a lo suyo: “Lo interesante de nuestra concomitancia es que, pragmáticamente, subyace en la huida o «volo e fuga» del uno para con el otro. Y eso me inspira varios dilemas ontológicos y ciertos delirios derivados que ni por asomo estoy dispuesto a manifestar por aquí. Pero una cosa es segura: Las sepias son expertas en la sagaz sutileza del camuflaje”.

               El tintineo de la cascada miccinoica templa unos armónicos que ni la misma Euterpe en su primer álbum. Salpica el suelo y parte de la pared. Entra en comunión con el charco de las meadas ancestrales.

               En eso que el quídam sigue: “Lo que vengo a decirte, así en confianza, es que no sé qué se viene a continuación. Tú dejarás de fluir algún día, y te irás por el desagüe, al mar o donde fuere. Y yo me quedaré aquí mismo, con la pija en la mano y sin mear, y… mierda, ¿y qué será de mí entonces?”.

               El Chorro Musical mantiene su acorde prolongado e impertérrito. Un trémolo acuoso con algo de arena. Durante un rato.

               Alguien llama a la puerta.

               El quídam, ahora en voz alta: “¡Ocupado!”.

               El Chorro Musical se desvía de su trayectoria practicando una suerte de clinamen, anegando el suelo de un húmedo amarillo mostaza pollo curry.

                ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! El quídam trata de enderezarse y recuperar la perpendicular, el Chorro Musical rezuma caudal como un Orinoco orinado, el quídam piensa para sí: “¿Qué son estos malditos animales?”.

               Y es entonces cuando sucede.

[A PARTIR DE AQUÍ LA VOZ DEL NARRADOR SE VUELVE UN 17% MÁS DRAMÁTICA Y SOBREACTUADA]

               Una anomalía gravitacional posgenital, debido a pequeñas variaciones, provoca que —nadie sabe muy bien por qué— el genuino e indivisible Chorro Musical se separe en dos (¡2!) Chorros Musicales, un auténtico doppelgänger de la naturaleza en ambas direcciones, un redoble de fluido percutido en todo el puto suelo y mientras tanto llaman a la puerta a puñetadas y patazos y, con las mismas, el quídam: “¡Ocupado!”.

Total, que aquí seguimos esperando por mear.

Adriaen van Ostade
Adriaen van Ostade

12.10.20

Cuentos de la taberna del Cuervo Blanco: Resistencia pasota.


               Se llega al Cuervo Blanco de manera inesperada, a través de una de esas callejas anónimas que sólo se pisan por la noche, cuando está oscuro. De todas las tascas, fondas y cantinas de la ciudad, la taberna del Cuervo Blanco podría ser, sin lugar a duda, la más peculiar; y es que no hay cierta forma de encontrarla y uno aparece ahí sin más y sin saber muy bien por dónde se ha venido.

               Es el caso de nuestro humilde protagonista, un tal Panmuphle, que pasó por el Cuervo Blanco una tórrida noche de mayo con un agudísimo dolor en la tripa y la ineludible, contingente y necesaria urgencia de cagar.

               La situación es la siguiente: Un apurado Panmuphle atraviesa el umbral de la entrada con evidente prisa y una campanilla delatora instalada estratégicamente anuncia su llegada. Mohandas, amo y señor de la barra, levanta la mirada y saluda con media ceja y un áspero gruñido. Panmuphle, por su parte, solicita una cerveza individual con la que comprar el derecho a usar el retrete, al tiempo que una gélida gota de sudor le resbala por la espalda, y Mohandas, dadivoso por esta vez, le sirve con parsimonia una botella de Amarillo medio fresca. “No tardes”, le advierte al tal Panmuphle, “Chapo en cero coma”. “Vale, descuida”, responde el otro, “El uvecé al fondo, ¿verdad?”. “No”, dice Mo, “Por ahí abajo”. Y acciona una palanca que abre una trampilla oculta junto a la barra que lleva a un tenebroso conducto con unas escalerillas de babosa bajo un cartel con letras grandes que pone: “El peor baño de Escocia”. Y va Panmuphle y se mete por ahí.

               Al final del angosto pasillo, Panmuphle se topa con un tipo semigenuflexo que se sujeta la bragadura con ambas manos y otro en la misma posición, pero un tanto más calvo que el primero y sin manos. Tras la carcomida puerta se oye el inconfundible Chorro Musical, largo y tendido, como un ruido blanco y líquido. Panmuphle se coloca a la cola y pregunta: “¿Esperan Uds.?”. El menos calvo contesta: “No, solo hemos venido a revisar el contador”.  El otro eructa en do bemol. “Vale, vale”, se justifica Panmuphle, “Es que calzo una alerta fecal de lo más perentoria, un código siete en la escala de Bristol, más o menos”.  “El truco”, dice el mitad calvo mitad no, “Consiste en practicar un ejercicio de obturación esfintérica posterior”, y añade: “Como en aquella canción de Juan Lenin, Campos de calabazas para siempre, que, por si no lo sabes está inspirada en la Batalla de Mohács”.

               Y así, sin esperar respuesta de nadie alrededor, el alopécico parcial comienza su relato:

               «Esta historia me la contó mi viejo compinche H. Purvis, en una tarde de total vagabundaje por la comarca de Estramonia, bajo un sol funesto. Resulta que, en la aldea húngara de Mohács, a orillas del Danubio, durante el dulce siglo dieciséis, aconteció un suceso de lo más particular. Los turcos avanzaban por la llanura de Panonia con el propósito de tomar Viena, atraídos por el pujante prestigio de la tarta Sacher (de sobra es conocida la devoción de los otomanos por la mermelada de albaricoque; les pirra). Y en Mohács, sabedores de la inminente llegada de los osmanlíes, decidieron prepararse para el asedio.

               »Fue el húsar Faszfej quien, tras agotar todas sus reservas de palinka, trazó la estrategia a seguir: Se vestirían todos a la moda turca, con turbantes, babuchas y todo eso; y se harían pasar por hostigadores de avanzadilla asegurando, cuando llegaran las tropas otomanas, que ya habían tomado la aldea para evitar así una masacre que, francamente, les venía fatal en pleno agosto. Era un plan infalible».

               “¿Y qué pasó?”, musita Panmuphle, al borde del rebose. “Pues que todo fue relativamente bien, hasta que empezó a ir relativamente mal.” (Pausa dramática. De fondo, el Chorro Musical).

               «A pesar de que las falsas ropas que vistieron para confundir a los turcos se veían rematadamente desfasadas, el engaño surtió efecto. Pero con tan mala fortuna, que tuvieron que tomar parte en el saqueo de sus propias casas, y la aldea quedó reducida a un solarón humeante y lleno de escombros. “Por lo menos salvamos el pellejo”, se justificó Faszfej ante sus vecinos, un poco cabreadísimos. Sin embargo, se vieron abocados por orden del sultán a engrosar las filas turcas y participar también en el sitio de Viena; y ya de ahí, los que no fueron muertos en combate tuvieron que ejecutar una huida hacia delante y mantener la farsa por el resto de sus vidas, mudándose a la Anatolia con el resto del ejército turco. Y desde luego que nadie en su sano juicio quiere vivir en la Anatolia».

               El calvo completo eructa de nuevo, simulando el canto de cortejo de la foca monje, y Panmuphle masculla: “Ya, pero ¿qué tiene que ver todo eso con mi diarrea insatisfecha?”. A lo que el a tercios pelado responde: “¡Resistencia pasota, querido desconocido! ¡Como en las trincheras de Mulhouse!”.

               «Esto ocurrió nada más comenzar la Gran Guerra, en Alsacia. Franceses y alemanes se habían pasado días enteros cavando las trincheras y acondicionándolas al gusto de cada uno (se registraron transcendentales disputas en torno al color de las cortinas), cuando, sin previo aviso, se ordenó la ofensiva mutua y empezó el fuego de mortero condimentado con gas mostaza. Esto lo sé porque me lo contó H. Purvis un día que estábamos hablando de cosas así. El caso es que, en el bando francés, el teniente coronel al mando, Fransuá Salaud, era un auténtico cobarde, al igual que su homólogo alemán, un tal Friedrich Hosenscheißer; y ya en los prolegómenos de la beligerancia se mostraban francamente reacios a entablar toda clase de combate, por no ser ninguno de los dos especialmente duchos en el uso del fusil, y no digamos ya en el de la bayoneta. Pero a ambos (y esto es una concomitancia más que no deja de sorprender a cuantos historiadores estudiaran esta contienda hasta la fecha) el uniforme les sentaba fabuloso.

               »Total, que en el momento de acometer el ataque, Fransuá tuvo una suerte de epifanía, una revelación magnífica, y mandó a su regimiento que se hicieran los cadáveres y no movieran ni un solo músculo, ni dispararan medio tiro, ni nada de nada; con la intención peregrina de que los alemanes se aburrieran y se volvieran a sus casas a comer chucrut o lo que quiera que hagan los alemanes en tiempos de paz. Una estratagema arriesgada, desde luego, pero tampoco descabellada del todo».

               “Y que lo digas”, dice el recalvorota, “Si a mi capitán se le hubiera ocurrido eso mismo en Vietnam, yo aún podría morderme las uñas”. A Panmuphle se le escapa un pedo acuoso y protesta: “¡Vaya milonga! ¡Y ahora dirás que justo así fue como se ganó la guerra!”. El Chorro Musical, al otro lado, se mantiene impertérrito y perpetuo. “Para nada, las guerras siempre se pierden”, contesta el pocopelo, “Pero justo esta conflagración en particular quedó en empate técnico, y es que Hosenscheißer, en un arrebato de tendencia afrancesada, tuvo exactamente la misma idea y, hasta donde yo sé, ahí que siguen ambos bandos, cultivando moho mientras aguardan a que el contrario se largue”, y añadió, “O eso, o bien saltaron por los aires convirtiéndose en agujeros”.

               Es entonces que la cabeza invertida de Mohandas asoma por la trampilla del techo y vocifera: “¡Venga, todo el mundo fuera del bar!”. Y no se supo ya más nada.

12.7.17

Po.


¿Y ahora qué pasa, eh?


Es martes. Antes del ocaso. Interlunio en el Diapasón. Policarpo el fructífero está en su puesto, bajo las torres del momento. En su siniestra, si se le mira desde ahí, se aprecia la figura de uno de esos muñecos malencos que venden en la calle, esos pequeños felinecos de hojalata con un resorte dentro que mueven la zarpa adelante y adetrás y que adornamentan las multitiendas del barrio zonguonés y son dorados o calicó, pero éste, el de Policarpo, es negro negro negro como un Bombay. Entonces le da cuerda, grrr grrr grrr, y la malenca máquina no puede evitar hacer lo que hace, esto es la consigna, menear la zarpa adelante y adetrás una y otra y otra vez y Policarpo la cuelga de una alcayata en la pared por el agujero del cogote, que es su sitio desde siempre; invitando a los que lleguen a que pasen o se larguen, porque al final dará lo mismo.


Policarpo lee la gasetta: Diluvio de pianos en la estrada Salieri deja decenas de heridos y a la parroquia véneta sin festejos hasta el próximo año. Efectivos del Cuerpo Motorizado de Militsos de San Lundo atropellan fortuitamente a un perturbado caótico neutral, sospechoso de pertenecer a diversas células de grupos patamilitares subversivos, prófugo de la justicia y presumiblemente exiliado en el extranjero desde los atentados del Palacio Marrón, antigua sede de la satrapía de Estagira, en octubre del 27, poniendo fin a años de búsqueda y pesquisas infructuosas; el jaleo ha sido estándar. La plaza de los jemeres, yo me acuerdo; aún hay quien deja flores de lentisco (o bien las propias de la cornicabra) por sus aceras, y que, con las yemas de los dedos ungidas de pingüe almáciga, dibujan pescuezos de zarafas por los agrietados muros en memoria de los que, coléricos y amarillos, decidieron tumbarse, sin más, frente al opresor y esperar a que todo ardiera. Costumbres de los ahogados. Un artículo médico sobre los placeres y bondades del descerebramiento, todo reventajas tras breve vorágine. Muere un pájaro al día. Alerta lombarda en toda la prefectura por pasajeras brumas de grisú: Extremen precauciones, procuren no respirar, no hagan bromas, chistes, mofas, ni tan siquiera chanzas. Información bursátil: Baja el valor de las acciones, aumentan las especulaciones, y la incertidumbre, por principio y por el momento, se mantiene.

Policarpo dice: ¡Mierdra! y el Coro de Dipsodas aparece por la puerta comandados por Furfurfar, que ulula como pidiendo bebidas para todos. Policarpo sirve un surtido de espirituosos y destilados macrobióticos y vuelve a su posición.

Coro de Dipsodas: ¡Dame de beber, bestia! ¿No ves que me divierte?
Furfurfar: ¡Far furfur!
Coro de Dipsodas: ¡Un buen trago sin agua!

Policarpo enciende la radio. La garganta partida de Alabama Mongoose: Oú vais tu avec ce fusil? Policarpo piensa para si: Ya no se escriben canciones. Entran Frido y Longaelisa con aires.

Frido: ¡Garçon, café!
Longaelisa: Para mí un té púrpura con sirope de agave y una hojita de flor de lis y tres tartaletas tostadas; la primera con mermelada de pera, otra acompasada de confitura de níscalo y la última sola, eso, y una copita de Vergamota.
Furfurfar: ¡Fur farfar!
Coro de Dipsodas: ¡Garçon significa chico!

Policarpo agarra un par de tazas con el logotipo del Garbonzo’s y las rellena de Malabirra sin espuma.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Fuegodoro!

Frido y Longaelisa se escabullen sin despedirse. Ahora entran Guibo y Panmuphle seguidos del resto de Morselo. Se ubican en la barra, frente a Policarpo, y éste reparte vasos. Ante Morselo, largo y con dientes de vejestorio, deja una botella de El Auriga.

Guibo, flácido y rubicundo: A mí sácame el vidrio de Jäbberwocky. Tengo un pálpito obscuro de que se nos viene encima el Galimatazo.

A Furfurfar le entra hipo.

Panmuphle, algarrobo y fabáceo, sujetándose el trasero: Yo tomaré una Poderosa bien fresca, pero primero voy a usar el retrete para dejarme de abstracciones y pasar a lo concreto.

Policarpo dispone la comanda. Panmuphle se da de bruces contra la puerta del lavabo y desde el otro lado se perciben los acordes de El Chorro Musical.

Voz de Quídam, desde el baño: ¡Ocupado!
Panmuphle: ¿En serio? ¿Todavía?
Furfurfar: ¡Furthur!
Coro de Dipsodas: ¡Di, amante falso! ¿Por qué me has abandonado?

Guibo saca del bolsillo de su pelliza un pequeño canario ocre a medio desplumar y se lo ofrece a Policarpo con gesto amable. Ambos llevan las cejas alzadas, pero cada cual a su manera.

Guibo: Toma, este es para ti, aún respira. Es por aquello que han dicho del grisú. Cuando se te agote me avisas, que tengo más. Siempre llevo un puñado encima, por Tutatix.

Policarpo agarra el pájaro y lo posa en su hombro. El ave parece de mentira, pero es cierto que respira, aunque no se mueva apenas. Y ahí se queda.

Morselo: ¿Y Pepe?
Guibo: Temo que lleve tiempo planeando un elogio a Dino Valenti.
Morselo: Esas cosas no se planean, se importunan.
Panmuphle: Yo me tengo que ir.
Furfurfar: Fur.

Policarpo limpia la barra de giste y babazas. Policarpo mira el reloj, averiado de hacer tiempo. Policarpo mira la atmósfera sólo con la esclerótica, anillada, y se detiene en el bailoteo de los belfos de los parroquianos, con miasmas en las comisuras, y son mudos porque no dicen nada y porque Alabama Mongoose rasga sus cuerdas vocales con el volumen al diecisiete y los bajos levantados y dice algo así como: J’ai entendu dire que tu avais tué ta nana. Policarpo mira el maneki neko de la pared y piensa en Olivia, mucho antes de la Guerra de los Boletus, cuando aún se tenía pelo en la cabeza y se podía cruzar la calle sin mirar. Policarpo piensa en las níveas nogas de ella, en sus delicados alcores y en sus hoyuelos de Olivia; en el rubor de sus mejillas y su risa cuando solicitaba un ruso blanco sin vodka ni Kahlúa. Policarpo piensa en sus ojos verdes ojos azules ojos grises. Policarpo deja de pensar y el felineco de hojalata sigue agitando la zarpa en el Diapasón. 

O’mbl, fumando Calumet: Si la quieres, déjala ir. De todas formas, ella nunca será tuya.
Coro de Dipsodas: ¡Y nunca he visto antes a nadie del todo como tú!

¿Y ahora qué pasa, eh?

Sobrenoche. Interlunio en el Diapasón. Panmuphle aparece de regreso en el umbral con un paquete al lomo y lo deposita sin cuidado en el rincón. Alabama Mongoose ahora toca la trompeta y suena joroschó como una cornamusa en la melodía de Moje ulubione rzeczy pero a contrapelo. Morselo comienza a apreciar la semivacuidad de la oropelada botella de El Auriga como una suerte de metáfora náufraga y, entre tanto, Guibo mastica un ajo en salmuera con los pálidos glasos y las muelas beige y los labios sucios del acre Jäbberwocky negro como brea. De fondo, sutilísimo, El Chorro Musical. Policarpo frota un vaso bajo las torres del momento. El canario no se mueve, pero parece que sigue respirando. Entonces Morselo levanta su copa de fuegodoro.

Morselo: ¡Por Mo!
Coro de Dipsodas: ¡Mi mimo Mo!

Todos beben.

Morselo: ¡Por Bubbs!
Coro de Dipsodas: ¡Que Ubú lo guarde en su panza!
Furfurfar: ¡Furfur farfar!

Y vuelven a beber.

Un viejo púlsar, allá en el dilatado Caosmos sideral, intercala una semifusa de silencio estático entre cada intervalo postlogarítmico de radiación electromagnética, instaurando una irregularidad antagónica apenas perceptible, pero, de algún modo, relevante y por supuesto predispuesta a. Por eso, o por cualquier otro motivo, más acá, tras la barra del Diapasón, bajo las torres del momento, Policarpo siente un repentino escalocalor trepándole la rabadilla y, sin darle más vueltas, acciona la nopca del ventilador del techo. Algún algo se revuelve en el paquete del rincón entonces, pero nadie repara en ello porque Alabama Mongoose se está tomando un descanso con un atoragaznates de burbón sin yelo y, en su lugar, la radio emite los armónicos quejidos de Sarah Tustra y esto ocupa la atención de la parroquia. Timbales tam tam tam y Guibo se lleva la sábana a la sien murmurando paridas.

Morselo: Yo estudié en la Real Escuela de Calafates de Porto Chancro, os lo juro, y, hacedme caso papanatas, ahí sí que te enseñaban a tapar agujeros, ¿entendéis?
Coro de Dipsodas: ¡Que ni marinero, ni patrón! ¡Que desde siempre manda el mar!
Morselo: Y, claro, uno hace lo que sabe hacer uno, sin más pretensiones, y acaba por contrabandear con carne al bucán, paté de mapache de estraperlo y demás mercaderías, sepulturero al nocto y expoliador de día, sin saber que detrás de mis zapatos tenía todo un medio destacamento al completo de cardenales armados hasta las encías, con arcabuces y todo; un desastre.
Furfurfar: ¡Fara fur!
Guibo: El muerto, al fin y al cabo, sí que vivió su vida por entero.
Morselo: Desde luego, lo último que esperaba encontrarme en las playas de Nueva Chisináu era a la jodida Inquisición española...
Ensamble de viento latón de la Orchestra Sin Fónica de Spamalot, en el local contiguo: ¡****!

Irrumpe en el Diapasón la Inquisición española.

Alguacil: ¡Nadie espera encontrarse a la Inquisición española!
Policarpo: ¡Mierdra!

El reparto por entero cae presa del pánico y trata de huir, corriendo en círculos.

Alguacil: ¡Nuestras armas principales son la sorpresa y el miedo!

Ahora resulta que aparece Frido.

Frido: ¡Garçon, café!

Uno de los inquisidores, adoptando la postura forma-A38 de los soldaditos de plástico sinople, dispara su arcabuz y la golová de Frido se disemina en lonticos de mosco y plescos de crobo y grumo gris por todas las perpendiculares en rededor, manchando también el suelo.

Alguacil, inquisitivo: ¿Quién lo mató? ¿Acaso fuistes tú, pedazo de palotín?
Palotín: Fuis yo, su eminencia.
Alguacil: ¡Pues ni se te ocurra volver a hacerlo!
Furfurfar: ¡Fur farafar! ¡Fur furufur!
Coro de Dipsodas: ¡Por allí resopla!

A Guibo se le afila el viso de las córneas y el Coro de Dipsodas acueructa un do bemol de gorlo que hace vibrar las torres del momento y entonces, Panmuphle, como gobernado por unos hilos improbables anudados a las escápulas, ejercita un espasmo ecleptiléptico y tactactaconea el suelo tres veces con la vieja osamenta del carnero.

¿Eh?

De súbito, un terrible estruendo, y el paquete del rincón se abre impregnando la atmósfera de una fragancia fétida y putrefacta. Emerge de su interior un mono papión, conocido como Bosse-de-Nage, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, mitad palafrén, mitad burdégano, y mitad bogavante cimarrón, en edad ya adulta y con sed de venganza.

Bosse-de-Nage: ¡Ha ha!
Morselo: ¿A quién yarboclos se le ocurre meter a esa cosa en una caja sin agujeros?
Coro de Dipsodas: ¡Feísimo, feísimo!
Guibo: ¿Y os habéis fijado en el calibre de ese gonopodio?
Furfurfar: ¡Far farafurfarfar!
Morselo: ¿Cómo dices?
Furfurfar: ¡Far, far far furfur! Fur farfarfur farafu, farafú, farafufu. Far farfur fur farafarfur far furufarafu ¿Fur farafar? Far fur far. Furufufu fara fa fu fu furu fa fufara y por eso la cortina de la ducha ha de ir siempre por dentro de la bañadera.

Policarpo dice para sí: ¡Mierdra y más mierdra! ¡Otra vez no! Y un rebuzno atroz cruza el Diapasón arrugando los cristales. La Inquisición Española es devorada en cuestión de segundos por el voraz cinocéfalo, quedando no más que el deslucido recuerdo y un grotesco charco de heces sanguinolentas junto al cadáver decapitado y exquisito de Frido. El Coro de Dipsodas de dispersa entre la multitud y Morselo y Guibo saltan tras la barra para ocultarse. La radio remite en bucle cien pulsos sucesivos del primer cuásar que se inventó, y el semicanario de Policarpo entra en estado de reposo. Ni rastro de Panmuphle, pero O’Mbl fuma Calumet.

O’Mbl: No seas tú mismo.

Las torres del momento observan la escena, impávidas, y es que, debido a falta de presupuesto por lo elevado del caché de Longaelisa, el último acto se representará en las imaginaciones particulares de los lectores, con la humilde y desinteresada asistencia de las anotaciones de quien esto relata; que dicen así: 
Mierdcoles. Esa hora en la que tarde se hace pronto. Bosse-de-Nage está en la pista de baile, acechando feroz. Furfurfar lleva una pantalla de lámpara en la quijotera camuflado entre el mobiliario, como de atrezo, de incógnito. La radio está apagada, sin embargo, fluye el Chorro Musical, tácito y sempiterno. Guibo y Morselo, se aferran como fetos a las pantorrillas de Policarpo, que blande su escoba preparándose para el ataque del cinocéfalo. Entonces Bosse-de-Nage se abalanza contra ellos y Policarpo lo rechaza con un swing transversal del todo improvisado que impacta de lleno en el poblado entrecejo del papión, afectando también a Panmuphle en el mismo punto. Bosse-de-Nage se resiente unos instantes y se arroja de nuevo con los colmillos en las fauces. Esta vez Policarpo falla, acertando por el contrario al malenco felineco, y Bosse-de-Nage se cobra su pieza, ese pájaro, y lo engulle de un bocado.

Guibo: ¡No! ¡Ese era mi favorito!
Bosse-de-Nage: ¡Ha ha!

Por la puerta asoma Bo, con ojos rojos y joroschó y un halo de marijuana por el gorlo hasta la golová.

Bo: ¿Que si quiero o que si tengo?

Policarpo aprovecha la distracción para propinarle un puntapié al cinocéfalo en el mismísimo epicentro de su espantoso y tautológico trasero, de tal magnitud que éste sale despedido por los aires para acabar hecho lonchas, rodajas y lonticos, aspeado por el ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.

¿Y ahora?

Policarpo barre ante sí, sin mirar al suelo. No hay nadie en el Diapasón. Tras el rasdrás, silencio. Policarpo no piensa en nada. No piensa en los glasos de Olivia, ni en los pedazos del malenco felineco. No piensa en Pepe, ni tampoco en Mo, ni en Bubbs, ni en lo poco que le gustan las sorpresas. Po no piensa tampoco en ningún pájaro. Policarpo no piensa, ni mucho menos reflexiona; Reflexionar es para los espejos, y Policarpo no es nada de eso. Policarpo barre ante sí, sin mirar al suelo y se dice: ¡Qué yarboclos!

Y ayer será otro día.

14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

13.11.16

La Torre (Acto III; Escenas XII, XIII, XIV, XV).

ACTO TERCERO

ESCENA DUODÉCIMA

Un QUÍDAM embebido esculpe en el aire una cariátide dorada con el extremo de su protuberancia genital.

La sinfonía de orina, a la que conocemos humildemente como CHORRO MUSICAL, actúa como una falacia de oyente o receptor, cuando, de lo que en realidad se trata es, simplemente, de una secreción líquida desterrada por los riñones en forma de orín como resultado del jodido depurado de la sangre. Todo el mundo sabe que a un quídam cualquiera no le filtran las nefronas.

Habían toctoctocado la puerta.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Nadie responde.

QUÍDAM
¡Cuánta impertinencia! ¿Por dónde iba? La señora Levono sirvió sangría de sandía y una shisha de Shangri-La y le enseñé el palimpsesto. La botella la dejé en casa, de recuerdo, encima del televisor. La vieja se fue a otro lado a hacer puñetas y no carraspeó nada al respecto. Pensé: ¡Caramba, que maldita! Fumé cumulonimbos y me exasperé en mi ignorancia como una sabandija en salmuera. ¡Sacadme de esta puta isla! —grité para mí—. Y, para mí, que era justo eso lo que decía.
El CHORRO MUSICAL templa sus armónicos como preconizando una tempestad, mas no detiene su rubio caudal, y sigue manando sin pausa.

QUÍDAM
                ¿Y ahora qué pasa, eh?

Algo aporrea la puerta con un estrépito feroz.



ESCENA DECIMATERCIA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Y es por esa razón, que el revestimiento debe estar fabricado a prueba de llamaradas e insultos. Por supuesto, esta capa ignífuga y aséptica también irá por el interior, cubriéndolo todo. Una buena columna es esencial para mantenerse erguido. Pero hay que estar alerta. En una cofa de pantomima dispondré un muflón, con una flauta, que golpeará, no una, sino tres veces, una diminuta portezuela azur en cuanto divise cualquier zarigüeya o algún cinocéfalo papión que anduviera merodeando. Se izará entonces el pabellón de la gran panza y descuartizaremos a los enemigos a cañonazos.
PANMUPHLE es iluminado desde el nadir y luce como la sombra de un monolito. Enseguida la basa se arquea y se transfigura en sendas jambas satíricas. Las volutas del capitel se rizan sobre sí mismas como la grande Gidouille calcificada en cornadura, y en los párpados ojos de PANMUPHLE unas pálidas pupilas de alabastro.

Por megafonía, un ruido blanco.



ESCENA DECIMACUARTA

Una caja de fósforos de cerumen juega el papel de ómnibus amarillo pus sobre un mapa de carreteras. Ésta se ve amplificada por medio de una lente ciclópea y desproporcionada entre el koilon y la skené. La cajabús atraviesa el plano con una celeridad desquiciada y una trayectoria brownoidea dirigida por un filamento elástico y translúcido. A través de unas perforaciones en la lija, hechas a propósito para emular el ventanal, se puede observar un manojo de cerillas carbonizadas que otrora fueran sencillos pasajeros, y, en la proa, a BOSSE-DE-NAGE con un pie al timón, otro al pedal, otro a la ingle y otro al sobaco, eructando gas tóxico, y segregando una enjundia deletérea por los muñones de su abdomen a tercios pelado. Todo esto a escala.
En un punto topográfico azaroso, BOSSE-DE-NAGE detiene el bajel de cartón y se encarama a los hombros de un FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO, al que desfigura el rostro de acné con sus zarpas. Se sobreentiende que el mono papión, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, solamente busca una rama en la que dormitar para hacer la digestión.

BOSSE-DE-NAGE, bostezando
                ¡Ha ha!

Efectivamente, BOSSE-DE-NAGE se sumerge en una siesta de dieciséis horas, dieciséis, nada menos, y mecido por el viento. Acto seguido, se despereza gorjeando y, de un solo muerdo, engulle las bayas del FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO. Finalmente, embiste el cadáver con el ómnibus amarillo pus—caja de fósforos de cerumen, de catorce toneladas, dejando un amasijo sanguinolento, capón y aplanado bajo las huellas azabache de los neumáticos. El filamento translúcido se tensa entonces, y el autocarro acartonado sale despedido como un obús, furthur, fuera de marco, más allá del tablero.



ESCENA DECIMAQUINTA

POLICARPO rompe el silencio dejando una Poderosa ante las narices del DOCTOR ORANGJO, decaído y flemático.

POLICARPO
                Es la última. Luego a dormirla.

El DOCTOR ORANGJO sorbe un poco de cerveza con sus labios enjutos ocultos por la maraña cobriza de su rostro. Suspira y da otro trago corto. Se mira el regazo. ¿Qué hace?

DOCTOR ORANGJO
Siempre quise conducir el salchichamóvil de Oscar Mayer. Desde bien pequeño. Ahora soy viejo y gordo y nunca estoy de humor y me duele la cabeza y me apesta el aliento. Yo sólo quería dar un par de vueltas a la manzana montado en aquella Bratwurst de seiscientos caballos. ¿Y cuándo me torcí? ¡Ja! En algún lugar debí dejar una primera piedra olvidatada y desde entonces, como un Sísifo taheño y distraído, voy perdiendo guijarros por la pendiente y aquí están, todos ellos, acumulados como un mojón enhiesto en plena sesera.
POLICARPO
Deja de torturarte, Cenoura, y búscate una novia.
DOCTOR ORANGJO
Ay, mi querida Piletina, ¡cuánto la añoro!
POLICARPO
¿Murió?
DOCTOR ORANGJO
No; sólo éramos unos niños, en un palacio imaginario de mi cabeza.
POLICARPO retira la Poderosa vacía y la guarda bajo la barra, en un rincón reservado. Saca un paquete de Gamile de su delantal y ofrece un cancrillo al doctor. Los dos fuman en silencio y los cirros de tabaco forman turbulencias a merced del ventilador del techo. Al rato, el DOCTOR ORANGJO agarra su media chaqueta y se va, dejando una nube de humo tras de sí, y una obesa y reiterada cuenta a deber.

12.11.16

La Torre (Acto II, Escenas IX, X, XI).

ESCENA NOVENA

El CHORRO MUSICAL sigue manando ininterrumpidamente. Alguien golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Esto provoca un clinamen que desvía la trayectoria de la micción hasta más allá de los confines del urinario, resultando un resplandeciente charco de oropel en el suelo.

QUÍDAM
Como iba diciendo, yo no entiendo una palabra de otra lengua, ni qué decir de las mal escritas; si acaso, me manejo con algún dialecto endémico y un lontico de lundonita, poco más. Apenas comprendo a los que comparten mi idioma y me armo jaleos indecorosos hasta para pronunciar correctamente mi propio nombre; no te imaginas lo que me supone el pronunciarlo siquiera. Aquella nota no estaba compuesta más que por unas pocas palabras contadas. ¿Para qué? Digo yo, ¿qué clase de mente garabatea una frase en un pedazo de papel y la confía a los peces para que estos hagan la vez de heraldo? Me imaginé a esa suerte de náufrago, sentado en su banco de arena a la sombra de la única palmera que decidiera germinar tan lejos de todo, en medio de una laguna recóndita. Lo dibujé delgado y desgreñado, con los pantalones rasgados convertidos en un fantástico mini short, y sendos xilófonos de tuétano marcados en los costados. Atada con un cordel, detrás de las orejas, le puse la cara fea de mi antiguo profesor de historia, a quien siempre deseé una desgracia parecida, y, además, le imaginé también la compañía inconmensurable de su solitud. Discurrí largo y tendido acerca de lo que un personaje así podría dejar escrito en el fondo de una botella. Tal vez sólo quería despedirse, o quizá confesar un crimen que anduviera atormentándolo a cada pestañeo. A lo mejor escribía a su madre querida, o a una amante abandonada, sólo para decir que no se preocuparan, que estaba bien. O incluso podría tratarse de un mensaje para las algas, preguntando que qué tal, yo que sé; es increíble la de cosas que se le pueden ocurrir a uno cuando está lo suficientemente aburrido.  Así que, como no lograba descifrar aquella frase maldita, decidí llevársela a la señora Levono, para que me extirpara la intriga de entre detrás de las muelas.
Alguien golpea la puerta, no una, sino tres veces.



ESCENA DÉCIMA

BOSSE-DE-NAGE desciende planeando gracias a la piel de sus sobacos, dada de sí tras décadas rascándose las liendres. Aterriza sobre una anciana que, sencillamente, pasaba por allí, y le devora las dos rodillas de un solo bocado. Se sienta junto a la agonizante y se limpia los dientes con un ligamento mordisqueado mientras eructa esquirlas de menisco y jugo sinovial. Un ómnibus amarillo pus se detiene junto a ambos y de él se apea una estudiante de mirada triste, un mimo sin maquillar, un buzo de tez púrpura, un bol de boniato malvado en escabeche, medio alfabeto cirílico y el obispo de los ánades; todos en chancletas. BOSSE-DE-NAGE sube al vehículo y entrega dos monedas ensangrentadas al chófer: una por el boleto, y la otra por las molestias.

CHÓFER
¿Es que no has visto el cartel? Aquí no se admiten cercopitécidos de ninguna rama. Anda y lárgate con tu sucio dinero y agarra un taxi, que no tengo toda la tarde.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

De un tortazo, BOSSE-DE-NAGE le salta los dientes al chófer y lo arroja por la ventanilla, sustituyéndolo al volante y pisando el acelerador a fondo con la adherencia plana de su pie. A toda velocidad, los pasajeros gritan trivialidades como “¡Auxilio!”, “¡Socorro!” o “¡Qué alguien detenga a ese cinocéfalo enloquecido!”, mientras BOSSE-DE-NAGE ríe tautológicamente y un panel giroscópico al fondo muestra en bucle el mismo paisaje de frisonas paciendo en un campo verde perro.



ESCENA UNDÉCIMA

POLICARPO mantiene en silencio una conversación invisible con las manchas de su delantal beige. Apenas se aprecia, pero si uno se fija bien, percibe que ha perdido el botón de uno de los puños de su camisa, precisamente el izquierdo, el del sacacorchos. Tal vez esto pueda parecer una nimiedad y, ciertamente, lo es; pero, para POLICARPO, ese botón era su cosa. Y otra más que se va para no volver, dejándolo solo y atrofiado. No hay más que mirarlo, triste; se ve en sus ojos.
La puerta se abre, chirría, se queja el quicio. Bajo el dintel se aparece de nuevo el DOCTOR ORANGJO, con un aspecto aún más ebrio y desaliñado y, además, sangrando por los oídos.

DOCTOR ORANGJO
Definitivamente, eran demasiadas. Creo que voy a intentar un zigurat la próxima vez. Poli, hazme el favor, a partir de ahora, guarda las botellas vacías para que pueda levantar una cúpula con ellas donde nadie nos moleste ¡Maldita sea, esa es la solución! No la cúpula, olvida la cúpula, no hablo de eso ¡Una ballesta! Un dardo certero por la ranura; así despejaremos el puto baño. Tendremos que improvisar algo con lo que encontremos por aquí… ¿Tienes una goma elástica? Cualquier cosa servirá. Y si embadurnamos el proyectil en arak, neutralizaremos a ese meón acéfalo de una vez por todas. Al menos por un rato. Tú ve a por el anisado, que yo iré preparando las saetas.
POLICARPO
                En serio, doctor ¿Qué tiene?
DOCTOR ORANGJO
Me diagnostico mal gen y piuria. No doy con la panacea que revierta mi abulia en dulzona ataraxia. Ahora pretendo demoler esto que construí y desembocar en el pragmatismo más bruto. Soy un suicida estético.
POLICARPO
Más bien un beodo estático. Un dipsómano febril. No haces más que beber y quejarte. Planeas locas aventuras y tú mismo las desbaratas pidiendo otra cerveza que te aguante los lamentos. Eres un desgraciado, un borracho y un miserable. Y si te digo todo esto es porque estoy seguro de que mañana, cuando estés arrodillado frente al retrete, quitándote los restos de vómito de entre la barba, no recordarás ni una palabra. Y volverás aquí como un péndulo para pedirme otra cerveza más.

ORANGJO calla. La Poderosa, medio vacía, se yergue frente a él como un vértice geodésico distante. Una de sus pupilas, errabunda, indaga el dorso de su muñeca. La otra, volcada hacia el encéfalo, no insinúa más que lo que puedan sugerir los enrevesados surcos carmesí de la esclerótica. La luz artificial, entretanto, parpadea.

11.11.16

La Torre (Acto II; Escenas VI, VII, VIII).

ACTO SEGUNDO

ESCENA SEXTA

Un DOCTOR ORANGJO borracho y macilento concreta el culo de una Poderosa y aparta el casco junto a los demás, de número irrazonable. Lleva rato callado, sumido en ideas vagas que renquean por sus laderas lobulares mientras se atusa la barba ígnea con las uñas sucias y la mirada trasojada. POLICARPO le ofrece su perfil, ofuscado por la gelatinosa tirantez del silencio que los empapa.

DOCTOR ORANGJO
                 Sácame otra birra, Poli, quiero hacer una torre con todas esas botellas.
POLICARPO, sirve la Poderosa
Ya conoces las normas; nada de torres en mi local.
DOCTOR ORANGJO
                Vale, vale. La edificaré ahí afuera, a la intemperie, junto al frío.

El DOCTOR ORANGJO se aleja de la barra, torcido, y enfila sus entorpecidas rodillas hacia el retrete. Golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!
DOCTOR ORANGJO
¡Hay que ver! Juraría que fui el primero en llegar y no recuerdo ver a nadie más entrando en este antro.
POLICARPO
Es ese quídam bastardo, con su Chorro Musical. Lleva ahí encerrado desde el martes.
DOCTOR ORANGJO
                Pues habrá que hacer algo, vamos, digo yo.

POLICARPO calla. Hace años que calza un catéter en la uretra que se filtra directo al barril de cerveza para turistas y apenas recuerda el hedor de una letrina. Y, por lo que respecta al quídam, le desea en silencio la más malévola de las sífilis. Esta fantasía se ve representada sobre su quijotera pensante por medio de una marioneta anodina con forma de quídam siendo atormentada por serpentinas pálidas interpretando a las espiroquetas.



ESCENA SÉPTIMA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Una vez dentro, organizaré todos los documentos alrededor de la escalera logarítmica de mi invención por orden de irrelevancia y, en el fondo, un reloj de partículas que señale los ratos y los momentos. Colgando de lo alto, dispondré mi colección de crustáceos y únicamente permitiré la entrada de un rayo de sol durante el día y de otro rayo de luna por la noche; ambos por el mismo óculo horadado en el muro, cerca de la cima. Por ahí me asomaré cuando el cielo esté despejado para otear el panorama en busca de un derrotero por el que escapar. A la izquierda irán las plantas, los hongos y las algas marinas, a la otra izquierda irán los animales y los peces y algunos virus; y en medio de todo, incluso a la derecha, el resto de minerales y bacilos. Todo esto sobre unos cimientos giratorios que roten a razón de una revolución cada fin de semana y otras tres semifusas en lo que dura un hunyadi.



ESCENA OCTAVA

En una celda de la torre, BOSSE-DE-NAGE gimotea, amordazado con unas bragas de abuela y rodeado por seis bolas de plomo con cadenas ensartadas en sus tres pares de pezones. El TAXIDERMISTA le toma las medidas con un tendón de cervicabra mientras silbaturrea My favorite things con una mueca descompuesta en la mandíbula y un rubor homicida en la coroides.  

TAXIDERMISTA
Lo bueno de los papiones es que tenéis un trasero ideal para empezar a desollar. Apenas se aprecian luego los cortes, si se hace un buen trabajo. Y yo soy el mejor, ya lo creo que sí. Te despojaré de tu pellejo en un santiamén con dos o tres movimientos de escalpelo y no podrás evitar mirar cómo visto con él a ese montón de paja; porque no tendrás párpados que cerrar. Lo remendaré todo con una cremallera y a ti te dejaré que te mueras de hambre y sed ahí arriba, en la almena.
Profiere entonces una carcajada maléfica y, por increíble coincidencia, un relámpago ilumina la escena seguido de una atronadora pedorreta. BOSSE-DE-NAGE aprovecha la confusión para libertarse de sus cadenas sesgando sus pezones de cuajo. Se abalanza sobre el TAXIDERMISTA escupiendo un terrible y prolongado “¡Ha haaa!” y, de una dentellada transversal, le desgarra el cuello en dos espantosas heridas. Defeca en cada una de ellas, y en la boca de la cabeza autónoma y por las paredes, y huye despavorido saltando por la ventana mientras hemorragias en aspersión emanan de sus pezones desmembrados.

10.11.16

La Torre (Acto I; Escenas III, IV, V).

ESCENA TERCERA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) En cuanto reúna un enorme montón de piedras, las ataré a lo largo de cuerdas larguísimas que lleguen hasta más allá de aquel batracio con sombrero. Las piedras mayúsculas irán al final de cada cabo y, dispuestas en el piso, formando un círculo o cualquier suerte de polígono, que no tiene por qué ser perfecto, pero sí que se ciña, al menos, a los dictados de la moda en cuanto a geometría se refiere; al otro extremo irán las esferas de gas ligero que erigirán la estructura, debo hacer algunos cálculos. Luego esperaré a que el viento no sople ni lo más mínimo para que todo sea perpendicular al núcleo y entonces ¡BANG, BANG! Disparo a las bolas y ¡PFUUMM! se queda así, de pie y hermosa como una torre sobre sí misma. Una torre para mí solo. Primero cubriré la abertura de la cima con una pagoda de estilo sármata y luego cavaré un túnel secreto para acceder desde abajo y por el que sólo quepa yo, tal que estoy; desnudo y engrasado.



ESCENA CUARTA

Un QUÍDAM tácito y superestándar entra en el peor baño de Escocia, tal vez zozobrando ligeramente. Lleva una chapa de un smiley amarillo en la solapa y un cigarrillo del elefante en la oreja. Antaño le gustaba navegar; hoy es mera pieza en una cadena de montaje. Cuando no está en el tajo, o bien se emponzoña los hígados trasegando vino barato por las barras, o se anquilosa en el sofá rindiendo culto al sagrado tubo catódico. Ahora gime como una musaraña frente al mingitorio mientras se baja la bragueta con premura y saca de ella un pene de tamaño medio de cuyo meato emerge El CHORRO MUSICAL (que no deja de fluir hasta fin de escena).

QUÍDAM
¡Oh, dorado torrente! Tú calmas mi ansiedad y purgas el óxido de mi uretra. Evacúas mi vejiga con el soniquete de la percusión líquida contra la hierba, el muro o la porcelana. Empapas los zapatos de mis enemigos y alivias la comezón de los dípteros. En ti busco consejo. Mi horizonte, como bien sabes, se ve ancho y yermo como la línea que separa la carne del hueso. Hace años que no sueño, y este sol vehemente detuvo su marcha a la hora del mediodía, sólo para mí, dejándome lleno de sed. Vivo solo y me masca la indiferencia, y, de entre lo poco que tengo, mi bien más preferido eres tú, cálido y húmedo como un beso, que huyes de mí para brindarme el bálsamo de tu melodía. Como sabes, nunca me pasa nada de nada, pero el otro día, paseando por el alcantarillado, me encontré una botella vieja con una carta mugrienta en su interior. Te preguntarás qué demonios decía, y es curioso, porque yo no tengo ni idea de idiomas.
Alguien golpea la puerta, varias veces.



ESCENA QUINTA

BOSSE-DE-NAGE va flotando sobre un cesto de chatarra, arrastrado por la marea del asfalto como una suerte de Moisés con las nalgas por mejillas. Intenta remar con el esqueleto de un paraguas mohoso mientras mastica sus uñas tratando de encontrar algún islote. Sin embargo, al tercer día, se topó con un TAXIDERMISTA estupendo.

TAXIDERMISTA
¡Pero qué tenemos aquí! ¡Vaya una pieza buena! Fíjate en esos mofletes y en esas ancas de langosta, ¡qué delicia! Haría maravillas con esa testa fea y tengo un cajón lleno de canicas que, sin duda, se verán más brillantes que esas negras córneas insondables. Ven conmigo, gentil cinocéfalo, y deja aquí ese tinglado de hierros viejos.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

El TAXIDERMISTA se introduce a BOSSE-DE-NAGE en el diminuto bolsillo interior de su bluyín, no sin cierto esfuerzo, y atraviesa con premura el expedito tablado del escenario, saliendo por un lado y apareciendo por el otro instantáneamente. Sigue cruzando impávido hasta que alguien del público, perplejo y ofendido por el Cappio e Fuga, se largue tosiendo y farfullando.


Entonces, mediante un sistema de poleas, se activa un dispositivo opto-mecánico que proyecta una cegadora luz de alabastro por todo el campo de visión, excepto en el horizonte, bien lejos, un negro rectángulo negro y vertical claramente plagiado de Malévich sin el beneplácito de su espectro.