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20.3.14

Una espiral áurea.



(…) tratábase de una espiral áurea.


Así habían empezado a andar por un París fabuloso, dejándose llevar por los signos de la noche, acatando itinerarios nacidos de una frase de clochard, de una bohardilla iluminada en el fondo de una calle negra, deteniéndose en las placitas confidenciales para besarse en los bancos o mirar las rayuelas, los ritos infantiles del guijarro y el salto sobre un pie para entrar en el Cielo.
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


tenía más sed que hambre y bebí unos cuantos tragos de cerveza mientras miraba de reojo la pizza de espinacas popeye esperando a que olivia mordiese su pedazo primero.


antes venía por aquí un tipo que ciertamente era un vago redomado. un día se despertó con el sol de mediodía entrando por una diminuta rendija en la persiana y dándole de lleno en el ojo izquierdo y decidió dormir un rato más. así pasaron tres años. cuando al fin se levantó, la barba le había crecido.  le daba pereza pasarse la gillette, así que se metió en la ducha y pensó en sus cosas bajo la alcachofa. con esas pasaron otros siete meses, y la factura del agua fue terrible.


Mi ser se encuentra un poco más leve, solo de conocerle. Cuando nuestras miradas se encontraron, rodó entre nosotros una infancia de juegos inventados, barcos de vapor y papel periódico y canicas llenas de polvo de hadas. Que ojos, que ojos tiene este inventor de palabras, tetete teletrasportan al mundo de más allá desde el más acá. Nunca me cansaré de jugar contigo hermano lemur, allá donde quiera que nuestro culo se encuentre, tendremos un hogar y una pecera llena de carpas naranjas. Con espacio para muchos más, mucho espacio, un espacio entero.


la conocí la conocí una luna nueva y nazarí con estrellas de ocho puntas joroschó sobre la nevada veleta por una bonita y despreocupada jugarreta del destino o serendipia. algo así. que fluye y fluye como la forma de escribirlo.


no fue chica la algarabía mientras yo fregaba platos con las yemas de los dedos arrugadas y las oreyas satisfechas. me dio un pálpito justo aquí en el pecho y quizás, quizás, quizás.


     WELT-SCHMERZ // del alemán; dolor que siente una persona cuerda al ver el mundo físico real tal y como es y descubrir que no es como debería ser.


La primera vez que probé una de esas naranjas urbanas fue en Lisboa. Habíamos llegado a eso de las nueve de la mañana, hora local, y después de haber caminado durante horas siguiendo el curso del Tejo y comer en un bar de Beato todos estos decidieron coger un autobús para llegar al hostal. Tiger Lily y yo preferimos en cambio seguir caminando bajo el sol para conocer un poco la ciudad y gastar algo de suela. Descubrimos que Castilho no significa lo mismo que Castelo, y que las seudo frutas que brotan de los naranjos en esas rúas son tan ácidas que la cara se te arruga hacia adentro. Aún puedo sentir el peso entre las manos de cuando ayudé a Tiger Lily a subir a uno de esos árboles para alcanzar una de esas naranjas cabronas. Se hizo heridas en las piernas y en los brazos con las ramas espinosas, pero esa sonrisa y esos ojos y cómo brillaba todo aquello no creo que vaya a olvidarlo nunca.


pensé en eso de los movimientos brownoideos y de cómo vamos pululando por la vida sin apenas darnos cuenta de que todo gira como en estagira. he visto cómo esa mosca que se parece a mí pasaba justo por aquí y al mismo tiempo aquella más bonita también y ahora me pregunto cuándo carajo volverán a cruzarse. ché, cebá el mate y a la ventana asomate


(…) y bien se piensa con descalzos pieseses.


      —Ninguna importancia —dijo Morelli—. Mi libro se puede leer como a uno le dé la gana. Liber Fulguralis, hojas mánticas, y así va. Lo más que hago es ponerlo como a mí me gustaría releerlo. Y en el peor de los casos, si se equivocan, a lo mejor queda perfecto. Una broma de Hermes Pakú, alado hacedor de triquiñuelas y añagazas. ¿Le gustan esas palabras?
JULIO CORTÁZAR, Rayuela


1.   No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?
2.   Todo el mundo crece. Usted mismo está creciendo ahora mismo.
Oh niña de frente pura
y mirada soñadora,
aunque media vida ahora
se interpone entre tú y yo,
sé que tu tierna sonrisa
acogerá con contento
y recibirá este cuento
como regalo de amor.
(…) Aún suenan en mi memoria
los ecos de su cadencia,
y ni el tiempo ni la ausencia
me los harán olvidar.
LEWIS CARROLL


un viejo sueño. la vieja idea de la que estoy enamorado. no se daba cuenta de mi presencia y yo intentaba llamar su atención y sus ojos nunca se cruzaban con los míos quelabuscabanconvehemencia y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle. tatatarareaba una canción distraído: lililí lululú. viejo y destartalado como un volkswagen escarabajo amarillo que en realidad era rojo.  algo así y una mimosa.


Todo se mueve despacio en el mundo de las flores, eso es todo.


Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y-a-otra-cosa-mariposa. Escribí: “estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.


¡Qué maravilloso es poder huir, convertirse en  un ser libre!
HERMANN HESSE, Siddhartha


No necesito hacer frases. Escribo, para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras.
JEAN-PAUL SARTRE, La náusea


Quiero decir que cuando el ojo está embelesado, se ven cosas de lado que luego, al mirarlas de frente, ya no se ven. Un poder del rabillo del ojo. O quién sabe.
ERMANNO CAVAZZONI, El poema de los lunáticos


—Me parece —murmuró con una escafandra invertida justo en el estómago— que madurar es ir escondiendo bien poco a poco el niño que cada uno es bajo un montón de preocupaciones y responsabilidades. Llámalo niño o llámalo pez. Me pone triste todo eso, pero contigo aquí apenas me doy cuenta y siento las burbujas en la tripa de algo que coletea por dentro. Algo vivo. Eso me encanta. Me encanta quien soy cuando estoy cerca de ti. Y hombres con peceras por barriga.


Y todo comenzó con un problema de cría de conejos.

Me gusta este sitio porque llegué un día, porque lo descubrí bien poco a poco. Puedo pararme en cualquier rincón y recordar la primera vez que estuve acá o allá y a toda la gente que he conocido por el camino que, de hecho, ye prácticamente toda la gente que he conocido. Me he criado aquí de igual manera que me he criado en otros sitios más al norte y también cerca del mar donde roncan y bostezan los cuélebres y los busgosus fuman en pipa mientras los diañus burlones aconsejan falsas rutas a los que pasan por ahí y no-me-des-pistas-que-me-despistas.


1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34…


         Hay veces que tengo tanto sueño y tengo tantos sueños que no sé ni cómo me llamo ni dónde meterme ni por qué hay asuntos sin resolver tantos años después de haber perdido el pelaje. Hay veces que alguien duerme justo en mi ventana como reflejado y pienso en si ese de verdad soy yo o es lo que quiero imaginarme que soy o es lo que quiero ser o es lo que fui o etcétera tres veces y después de una pausa, otra. Así funciona casi todo; con prisa y casi sin tiempo para respirar, pero por esta parte de aquí jugamos otro deporte, no sé si más sano como tampoco sé un ciento de cosas, o como los aguacates que al parecer engordan igual que el arequipe. Dice así: Por mucho que vivas y alto que vueles, sonrisas que regales y lágrimas que llores, todo lo que toques y todo lo que veas es todo lo que tu vida será.


cuando era chico me robaron la nariz y al rato me la sacaron de detrás de la oreja. sigo estupefacto desde entonces y a menudo pienso en ello cuando agarro el autobús. las noches en las que me cuesta dormir me gusta imaginar que desato el cordel aquí en la nuca y me quito la nariz que enseguida enrojece por la gangrena metafísica cuando la cuelgo del pomo de la puerta —que es su sitio—, así se hace algo de silencio en el ático y descanso aunque siga con una pupila encendida y puesta en la luna. otras veces discuto con la blanca y blanca página por quedarse ahí desnuda y yo sin acertar a enhebrar los ovillos hemisféricos en esta aguja doblada y obtusa que recogí un día del suelo y guardé en mi bolsillo para pincharme el dedo cuando estoy distraído. la otra tarde, sin ir más lejos, escuché tantas palabras que tuve ganas de levantarme y tirarlas por la ventana a la puta noche para que dejasen de revolverme las tonterías y hacerme parecer un saco de calcetines arrugados cuando me miro a oscuras desde el techo. ¡ay de esta loca ánfora colmada de jugos y cavilaciones, henchida de amapolas y semillas de baobab! ay de este pobre sísifo en la ladera, del atlas en mi cuello, de las amistades que son cariátides, de la eva primigenia preguntándose qué demonios había hecho.


con miviejamochilarosafabulosayjoroschó.


No supe cómo escribirlo porque fue real y apenas estoy acostumbrado a eso. Era un puzzle descomunal, un fresco renacentista, y yo me di cuenta de que cuando sea mayor quiero ser hacedor de puzzles o mimo escapista o, si eso falla, tal vez un instrumento de cuerda o un reloj. De todas formas me contentaría con ser una de esas piezas.


Santo Déjà vu. Santa espiral áurea. Santo Escher. Santo Fibonacci. Santos los girasoles. Santo. Santo. Santo. Santas coincidencias. Santas sincronías. Santos los martillos que derriban muros en Noviembre. Santos los güeyos que, estrábicos y estrambólicos, se aíslan y olvidan el contexto de la testa. Y Santa también la testa.


conocí conocí a un tipo que ye de yecla que hizo cumbre en un volcán en chile; y luego dicen que la vida no es literatura.


El programa arrancará después de la publicidad.

1.4.13

Dominós.


         Necesito algo para empezar… es una idea, algún día, en mis lágrimas, mis sueños... la descubrí bien poco a poco, como esos detalles de cualquier cosa que aprecias cuando la has estado observando durante un tiempo. Una cáscara de huevo perfectamente esférica, como una pelota de ping pong y tan blanca, me entró por la pupila un día que ya no recuerdo y se me enganchó aquí detrás, entre los ojos y el pelo, justo encima de la campanilla, y por eso no podía tragar bien —y ni con gárgaras se me pasaba—. Ya sólo hicieron falta un par de susurros brillantes con olor a terciopelo y musgo verde musgo para que eclosionase sin dolor, como el parto de una pompa de jabón, como el alumbramiento de las motas de polvo. Así empecé a jugar al dominó en silencio, cuando todos dormían y yo cerraba los ojos para disimular. Y así pasé los días, tan oscuros como cálidos, curando un corazón demasiado blando para haberse roto.

         Y ese mamífero enmarañado me pone contento ahora. Ver cómo intenta hacer equilibrios por ramas invisibles para intentar cruzarse en tu camino y que parezca una inesperada coincidencia, cómo imagina fuegos artificiales y espirales fabulosas y joroschó con un tibio rubor detrás de las orejas, cómo pierde la mente escuchando el eco de las alondras y los tímidos aleteos que se confunden con los latidos aparentes de las cosas.
        
         Es una idea, algún día…

1.10.12

Mostaza.


—¿Para cuándo tendrás listo el relato, Village? —Fue lo único que entendí del incesante y airado torrente que soltaba mi jefe, Peter Walden, por su grasienta bocaza mientras me rociaba con una lluvia de espumarajos e insultos. Hacía ya un rato que mi cabeza se había evadido a lugares más tranquilos y silenciosos, algo así como una sala de espera cualquiera cuando aún quedan muchos turnos hasta que llegue el tuyo.
—Tres días más, Village. Si en tres días no tienes mi relato —enfatizó ese “mi”—, te vas a la calle ¿qué clase de escritor no escribe nada en dos meses? ¡dos meses!
—Está bien —respondí con desidia—, ¿puedo irme ya? —eso le enfureció aún más.
—Largo de mi vista —dijo con seriedad.

Salí del pequeño despacho y de su atmósfera de humo y sudor y me dirigí con una sonrisa hacia las escaleras. Sabía que todos habían oído la riña. No me importaba. Lo cierto es que por dentro me sentía más triste que el tubo de cartón que es olvidado cuando se ha terminado el papel higiénico y otro ocupa su lugar. Aquella era una sonrisa ensayada frente al espejo. Todo va bien, dice, pero no mires mis ojos tristes.

La calle no estaba diferente al resto de los días. En eso pensaba. Brillaba el sol con alguna nube blanca blanca de paso, se oía algún gorrión entre las ramas de aquellos árboles que La Máquina aún permite en la ciudad y el sosegado bullicio de coches y zapatos bailando al que ya estamos tan acostumbrados. No era un día diferente, no. Seguía sin conseguir escribir dos palabras. Lo único distinto era que ya sólo me quedaban tres días de sueldo.

Crucé la calle con el semáforo en rojo. No pasó nada. Ni siquiera me cayó una maceta en la cabeza al llegar al otro lado. Nada, otra vez. Hasta que oí la música dentro de aquel bar. Pasaba a menudo delante de ese tugurio, nunca me fijé en su nombre, y siempre se escuchaba algo de música dentro si no había fútbol, pero nunca había entrado.

¿Por qué entré esta vez? Supongo que porque no me había atropellado ningún coche antes, ni me había caído una maceta en la cabeza.

No era un bar demasiado diferente al resto de bares. Tenía una barra, una camarera, botellas, mesas, sillas, taburetes, bufandas deportivas, servilleteros y gente hablando y gente callada. Miento, sólo había una persona callada. Una chica joven, con pelo claro recogido en una coleta y unas alegres pecas en la nariz. Bebía café con hielo y ojeaba una revista, quizá la National Geographic. —Espera a alguien, eso seguro —pensé, y me senté en una mesa junto a la ventana.

La camarera se acercó sonriente. —¿Qué va a ser? —Un vaso de agua y un poco de pan blanco, por favor.

Saqué mi bloc de notas Enri y lo abrí por una página en blanco. Embadurné  una de las rebanadas en mostaza, le di un bocado y empecé a pensar en qué demonios escribir.

Después de treinta y cuatro rúbricas y un dibujo de Walden ahorcado lleno de moscas levanté la vista y mi mirada se cruzó fugazmente con la de la chica de la National Geographic.

Bloqueo. No me concentro. No sé qué escribir. No sé escribir. ¡Hola, hombre con sombrero! ¿No habrá visto usted, por casualidad, a mi inspiración? Llevaba un cascabel atado al cuello para no perderla, pero al parecer no era más que un… ¿Un qué? ¿Qué habré tomado por cascabel? ¿Qué le habré atado al cuello en lugar de un cascabel? Esta cabeza mía. Ambientador de pino para coches, ahora también de limón. Tendremos fuertes rachas de viento por toda la Península. ¿Me cobra? Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac. Suena un cláxon. Comprar sal.

Tiré el lápiz sobre la mesa, enojado, di otro bocado de pan con mostaza y bebí un poco de agua. Me puse a hacer papiroflexia con un puñado de servilletas que me agradecían la visita. Debería dejar de mentir en lo que escribo, la verdad es que las plegaba para que rezasen un “Gracias puta” lleno de todo mi infantilismo y frustración en este pesado mundo de adultos serios con corbata y zapatos brillantes.

Volví a alzar la vista y ahí seguía ella, con su café a medio terminar y apurando las últimas páginas. No te vayas aún, no te vayas. No te conozco y te necesito de veras. Me siento muy solo aquí con todas estas servilletas.

Finalmente, y esto lo vi de reojo, cerró la revista y apuró los últimos tragos del café. Se levantó y se dirigió hacia mí. —Va al baño, eso seguro —pensé, e hice como que releía mis anotaciones para parecer un poco interesante. De todas formas me olvidaré de ella pronto.

—¡Hola! —me saludó con una voz dulce y sus ojos y sus pecas.
—Ho… hola —contesté yo, atónito ¿lo habré dicho muy alto?
—Espero que no estés muy ocupado, te he visto trabajando —continuó— ¿No te importará que me siente aquí contigo un rato no? No conozco a nadie aquí y como te he visto solo…
—Eh… no, para nada —titubeé.
—Bien —dijo ella mientras dejaba caer su curiosa mirada por el amasijo que había en la mesa de rebanadas de pan con mostaza mordidas, una libreta garrapateada, servilletas de “Gracias puta” y el dibujo de Walden colgando de la horca. Pensé que enseguida me tomaría por un sociópata o un perturbado, pero pareció divertirle todo aquello—, por cierto yo soy Claire.
—Claire —respondí flotando por encima de todas aquellas cabezas, a punto de tocar el techo—, claridad. Perfecto.
—Sí —su rostro reflejaba un desconcierto intrigado y jovial— ¿y tú?
—¡Ah, lo siento! Yo soy Paul.
—Encantada, Paul —Y cada sílaba que pronunciaban sus labios sonaba como un juego de niños en verano—. ¿Te puedo preguntar qué estabas haciendo?
—Oh, sí —contesté—, pues… bueno, soy escritor.
—¿Escritor? —preguntó con admiración.
—La verdad es que hace tiempo que no escribo nada. Llevo una mala época.
—Es normal —esas dos palabras me reconfortaron, no sé por qué. Como si me hubiera dado un cálido abrazo todo lleno de sinceridad y cariño. Supongo que este tipo de cosas se notan más cuando la persona que te las transmite es una completa desconocida.
—Creo que en el fondo no soy escritor. Un escritor de pacotilla al menos tiene algo sobre lo que escribir…
—Vamos a hacer una cosa —apuntó con su brillante mirada y sus pecas y su pelo claro recogido—, cierra los ojos y yo contaré hasta tres. Intenta no pensar en nada, y cuando haya contado me dices lo primero que se te ocurra.
—Bueno —respondí con curiosidad—, está bien.
—Vale, cierra los ojos.

Uno…


…Dos…


... ¡Tres!

—¡Mostaza! —Y su expresión estupefacta no fue nada comparada con la mía al darme cuenta de lo que acababa de decir. ¿Mostaza? ¿Quién demonios escribe sobre mostaza? Ella rió, y yo también lo hice. Sabía que no se burlaba de mí.
—Me gusta —dijo ella—. Estás más loco de lo que pensaba. Me gusta la gente loca.
—Bueno, bien podría ser el primer loco que escribe sobre una salsa. Sería el Andy Warhol del relato.
—Pues ya tienes una admiradora, espero leer pronto lo que escribes sobre la mostaza.
—Mañana mismo te lo traigo. ¿Te viene bien aquí, no?

Y al día siguiente le llevé mi relato sobre la mostaza. Vi en sus ojos, y en sus pecas, que le había gustado de veras. No se lo llevé a Walden. Y, si alguno de ustedes pretendía echarle una ojeada pues… bueno, acaban de hacerlo.

30.9.12

El viento sopla para que las hojas se caigan.


La casa se veía extraña, como regida por una densa soledad, las paredes parecían cercarse amenazantes sobre mí, todo cargado de las maletas del regreso. Es normal —pensé—, han pasado bajo mis pies muchos kilómetros en los últimos meses y aquí, bueno, aquí no ha pasado ninguno.

—Entonces —dijo Séiquer mientras servía los últimos tragos del brik de clarete—, el imaginario tiene las manos jodidas porque el real se ve a sí mismo inválido frente a la isla ¿no?
—No había pensado en ese enfoque —contesté yo, atento—, pero sí, está bien, la verdad es que es una buena lectura.
—Y lo que le pase al real podría afectarle al imaginario.
—¡Sí! —respondí entusiasmado— ¡Es eso! Gracias, de verdad. Me viene perfecto para el final de la historia. Espero poder escribirla así.
—Seguro que puedes, tienes buenas ideas.

Y con el último acorde de Eclipse y la última bocanada de humo y el cartón vacío arrugado en la papelera, se fue, dejando tras de sí la soledad que me acompañaba antes de que llegara.
Apagué las luces. Llegó el Otoño y ahora el viento sopla para que las hojas se caigan.
Soñé con que Claire —esto es la idea de la que estoy enamorado— no se daba cuenta de mi presencia, y yo intentaba llamar su atención, y sus ojos nunca se cruzaban con los míos, que la buscaban con vehemencia, y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle.

Un coche viejo y destartalado, algo así como un Volkswagen Escarabajo amarillo, llegaba a una vieja y destartalada casa. Nos bajábamos Claire —idea del amor—, Tiger Lily —idea de la felicidad— y yo. Quizá alguna persona aleatoria más, pero ya sabéis cómo son los sueños. Alguien me preguntaba: —¿Todo esto es tuyo?— y yo contestaba: —Bueno, sobre el papel sí, pero digamos que es nuestro.

Y después un tiburón gigante engullía de un bocado a las gemelas Olsen, dejando en el agua una nube de sangre, o maquillaje, algo así.

Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y a otra cosa. Escribí: “Estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.

¿Pues sabe qué le digo, Sr. Cartero? Guarde mis cartas para otra ocasión, que ahora mismo ha llegado el Otoño y el viento está soplando.

24.4.12

La página vacía.


Me senté frente al ordenador y escribí un par de palabras mientras distraía mi mirada con cada objeto que participaba del caos de mi escritorio. Afuera llovía, y el sol se ocultaba tras una cortina gris.

—¿Escribes? —me preguntó Claire desde el sofá, llevaba el pelo recogido y las gafas de leer, entre sus manos tenía un desgastado ejemplar de La hojarasca de García Márquez que yo mismo le había regalado un par de años atrás. Me encantaba verla ahí, con aquella luz, su forma de pasar las páginas, su forma de preguntarme sobre qué escribo, su forma de sonreírme.
—Pues hace mucho que no —contesté tras una pausa—, creo que estoy tan cómodo aquí en casa contigo que no necesito imaginar nada… como si la desdicha fuese mi verdadera inspiración.

Vi la decepción en su rostro, no por el hecho de que no estuviera escribiendo, sino por sentirse culpable por mi sequía creativa. No era mi intención, todo lo contrario, pero no encontré palabras para arreglarlo. Pensé en que quizás debía tumbarme con la cabeza en su regazo y disculparme con una mirada vidriosa… no sé por qué no lo hice. En su lugar me quedé sentado con la mirada perdida.

¿Y no será que quizás deba estar solo? ¿Y si toda una vida llena de relatos y fantasía no resulta tan grata como la que me aguarda en aquel sofá junto a la ventana?

Fue entonces cuando apagué el ordenador y suspiré aliviado. —Espera —me dije en silencio—, no pienses en los extremos, recuerda eso que ponía en aquel libro… ¿cómo era? —busqué en el primer cajón mi cuaderno de citas.
«Los extremos son frontera tras la cual termina la vida, y la pasión por el extremismo en el arte y en la vida es una velada ansia de muerte».
Así que me acurruqué junto a Claire y me olvidé de las palabras que no llegaban… ya lo harían mañana quizá.