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20.9.12

Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar.

No hacen falta más que tres ingredientes. Al primer vistazo pueden parecer sencillos, pero, visto con los ojos brillantes, nada lo es.

Necesitamos en primer lugar un buen puñado de fina arena, tal vez dos. Con todas sus pequeñas partículas relucientes y sus conchas abandonadas. Un buen manto del color de las páginas viejas donde enterrar los pies y sentir el latido de la Tierra al rodas. Un sitio donde sentarse con las piernas cruzadas y observar el resto.

Después es necesario un buen cubo de agua salada, tal vez dos. Con todas sus espumosas olas y sus secretos olvidados. Un vasto desierto líquido del color de la tinta —azul en el día y negro en la noche— donde empaparse el cuerpo y bañar el espíritu para limpiar lo malo. Un sitio donde dejarse llevar con el cuerpo relajado y dejarse mecer por el rumor de las olas.

A todo esto falta aún una gran cucharada de cielo, tal vez dos. Con todas sus pequeñas estrellas titilantes y sus vaporosas nubes conversando en secreto a merced del viento. Una infinita cúpula ora celeste ora azabache donde fijar la mirada perdida y dejar la mente volar. Un sitio donde sentirse tan pequeño como un grano de arena o una gota de agua o una estrella diminuta y, aún así, parte del mismo todo.

Pues todo, hasta el encuentro de cielo y mar, está formado por cosas muy muy pequeñas. Y desde luego, caben muchas.

18.11.11

Discurso del Sol.

El siguiente texto es un fragmento de Miedo y Asco en las Vegas de Hunter S. Thompson, reformado ligeramente para retratar mis sentimientos durante el auge del movimiento 15M en la Puerta del Sol de Madrid.


            Emocionantes recuerdos de aquellas noches en Madrid. ¿Cinco meses después? ¿Seis? Parece toda una vida, o al menos una Era Básica: el tipo de punto culminante que no se repite. Madrid en mayo de 2011 fueron una época y un lugar muy especiales de los que valía la pena formar parte. Quizá significase algo, quizá no, a la larga… pero ninguna explicación, ninguna combinación de palabras o música o recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo que significase…
            La historia es algo difícil de conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero aun sin estar seguro de la “Historia” parece muy razonable pensar que de vez en cuando la energía de toda una generación se lanza al frente de un largo y magnífico fogonazo, por razones que no entiende nadie, en realidad, en el momento… y que nunca explican, retrospectivamente, lo que de verdad sucedió.
            Mi recuerdo básico de esa época parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta noches (o mañanas muy temprano) que me ponía delante del ordenador medio loco y, en vez de irme al bar, enfilaba hacia la plaza de Azoguejo ataviado con una vieja mochila de rebook rosa y una zamarra con el lema de Yes We Camp… y cruzaba con un libro el túnel de Guadarrama bajo las luces de Villalba y Torrelodones y Las Rozas, sin saber a ciencia cierta qué vía tomar cuando llegase al otro lado (aún no me había acostumbrado al metro)… pero absolutamente seguro de que fuese en la dirección que fuese, encontraría un sitio donde habría gente tan entusiasmada e “indignada” como yo: de esto no había duda…



            Había locura en todas direcciones, a cualquier hora. Si no en Sol, por Callao, o hacia abajo, por Segovia… en todas partes saltaban chispas. Había una fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando…
            Y esto, creo yo, fue el motivo… aquella sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos eso. Nuestra energía prevalecería sin más. No tenía ningún sentido luchar… ni por parte nuestra ni por la de ellos. Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa.
            Así que, en fin, menos de seis meses después, podías subir a un empinado cerro en Segovia y mirar al Sur, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a retroceder.