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2.2.20

La mala baba.


El día que Olivia me dejó me quedé sentado sobre una piedra cosa de una hora o así bajo el sol de invierno y, entretanto, me fumé como cuatro cigarrillos observando una cagada llena de moscas azules mientras pensaba en qué lindo había amanecido y, sin embargo, menudo día de mierda. Después regresé a casa y saludé de mala gana al peludo, que miraba la tele desde el sofá. Le dije: “Quedé hoy con Olivia, al final hemos roto para siempre”. “Para siempre”, repitió él, imitándome con sorna, y yo me indigné súbito. Enfilé escaleras arriba, hacia mi cuarto, mientras él preguntaba en voz alta por si quedábamos como amigos o qué, y yo contesté “No sé”, con mala baba, y me encerré de un portazo.
Al principio pensé en tumbarme afuera, al terrado, con el deseo de abrasarme bajo el sol y que el viento, después, barriera inertes mis cenizas. Pero me pareció demasiado dramántico hasta para mí, y resolví acostarme en el colchón, y me escondí bajo la colcha aún con el abrigo y los zapatos puestos.
Traté de dormir. No me sentía cansado, pero sí somnoliento. Miré el teléfono y busqué su nombre. No puedo dormir. Me gustaba eso de ella, justo eso mismo: Se acostaba nerviosa, por alguna entrega o por algo, y, antes incluso de cerrar los ojos, mencionaba: “No puedo dormir”. Y yo me reía y le decía: “Pero si aún no lo intentaste siquiera”. Y es que yo siempre he tenido problemas para dormirme, y por eso nunca he estado despierto del todo.
Sonó una alarma programada para las cinco catorce y enseguida me levanté y preparé una cafetera. Agoté el culo de un tetrabrik en mi taza favorita desde siempre, la blanca con globos azules globos rojos globos amarillos y pensé en que llevo usando la misma taza casi treinta años y ahora es, por mucho que me encante, como si no la viera. Sorbí el café caliente después, una vez listo, y me sentí como fuera del propio cuerpo, como si mi cerebro estuviera situado un palmo más allá de donde realmente debería estar mi cerebro y por eso lo veo todo como quien mira por encima del hombro de otro.
Antes de las seis me fumé otro cigarro sentado en la plaza del Ovladí, y vi a un chaval que se acercó nada más que para beber de la fuente, y a un agente de parquímetros mojándose las manos en la misma, poco después, para atusarse el pelo patrás, de frente a nuca. Miré los árboles y me acordé de cuando los del sándwich eléctrico nos encaramábamos, ya borrachos, a sus copas y, ocultos por las ramas, asustábamos a los transeúntes en las noches de verano haciendo ruidos como de alimañas. Qué tiempos y tal y luego me fui a la utoescuela.
De camino meditaba: “¿Y qué le digo a Goliat cuando me pregunte que qué tal?”. Y me decía a mi mismo que le dijera, sencillamente: “Bueno, he tenido días peores”, para dejar claro de antebrazo que no estoy pasando una buena racha, pero, vamos, que tampoco se ha muerto nadie, ni tengo de repente un cáncer ni nada de eso. Así que al final me subí al coche y a la pregunta respondí: “Bien”, así como un graznido, y no hablamos más del tema y, salvo por una calle en la que me descuidé y entré a contramano, la clase transcurrió sin incidentes ni heridos de gravedad, y lo cierto es que, durante todo ese rato, no pensé más que en dónde estaría la línea continua del asfalto más larga y más continua del planeta. Y en quién la pintaría. Si lo hizo de aquí para allá o de allá para aquí, incluso en si formaría, por pura casualidad, un circuito cerrado de algún modo y, por tanto, de una continuidad infinita osease ilimitada ad libitum. En fin, a las siete Goliat me ordenó estacionar junto a los contenedores y yo hice eso mismo y, al salir del coche, me puse el sótano en los auriculares y enfilé el camino de vuelta a casa.
Pensé: “Debería coger una botella de whisky y unas birras para pasar la tarde, digo yo, o no va a haber aquí quien duerma”. Subí hasta la tienda de cosas del casco viejo y agarré una gaseosa, un fuegodoro de ocho años y una botella de detergente y lo pagué todo con tarjeta mientras le susurraba a la cajera: “La cerveza me la voy a tomar en el Diapasón” (y creo que por eso no me devolvió el cambio, que la vi asustada).
Cargué con todo en mi mochila y proseguí hacia el Diapasón. Recuerdo pensar: “¿Vaya, y qué le digo a Policarpo cuando me pregunte que qué tal?”. Es más: “¿Y si me pregunta por Olivia?”. Pero al final abrí la puerta de cuajo, una vez hube llegado, y le solté: “¡Hola, Policarpo! ¿Qué tal?”. A lo que él me espetó: “¿Que qué tal? ¿Que qué tal? ¿Y qué carajo te importa a ti qué tal estoy?”. Yo sonreí y le dije: “Pues justo así es como estoy yo”. Y sonreí, y sonrió, y ocupé mi banqueta, en un extremo, junto al chaflán de la barra, y él me sirvió una cerveza sin que yo la pidiera y no pude evitar no ocultar otra sonrisa y ahí fue cuando pensé: “¿Por qué andaba yo triste?". Policarpo me agasajó además con un plato de pimientos y yo, tal que así, de golpe, me puse a lloriquear: “¡Ay, ay, Olivia odiaba los pimientos!”. Y él dijo: “¿Pero qué cojones te pasa, tontolava de la cabeza?”. A lo que yo repliqué: “Bueno, no los odiaba, pero le sentaban gordos”. Todo esto entre sollozos y con espuma de cerveza en el bigote.
Agarré una servilleta (de bar, inservible), retiré los berretes de mis comisuras y me soné los mocos de la pituitaria. Entró un gentilhombre y Policarpo corrió a atenderle. Yo fui al baño: “¡Ocupado!”. Me dije: “Juraría que cuando entré no había nadie, y, sin la menor clase de duda, llevo aquí, al menos, un buen rato”. Pero tras la puerta se oía inconfundible El Chorro Musical. “¿Quién va?”, dijo alguien al otro lado. “Yo”, dije yo, “¿Te falta mucho?”. “¡Pof!”, respondió el quídam, y entonces me alejé de allí.
Cogí la mochila, me abrigué, y dejé un par de juancarlos sobre la barra. “¡Hasta luego, Poli!”, mencioné al salir, con prisa, “Buen clima”.
Me arrojé al frío y pensé: “Qué frío”. Caminé por las nocturnas calles solitarias y pensé: “Cuando escriba todo esto no pondré topicazos rollo: Nocturnas calles solitarias. Ni tampoco diré que, entre párrafo y párrafo he estado llorando, porque quedará demasiado patético. Y al final pondré que llegan unos cuantos compinches al Diapasón y a partir de ahí se suceden una serie de vicisitudes de lo más estrambóticas, influenciadas por la ingesta masiva de alcohol y sustancias, que resultan ser un acto de catarsis desmedida que me hace olvidar esta pena y resurgir del todo renovado. También meteré al Chorro Musical, porque me apetece, y tal vez use algo de nadsat o colaré algún vocablo apocopeideo tipo: patrás. Y fórmulas latinas ad hoc o del estilo, y un par de palabras raras. Lo que no se me ocurre es qué alter ego ponerle al peludo. Tampoco estaría mal que, al final, después de todo, apareciera Bosse-de-Nage y me seccionara el cuello en dos feas mitades y quien leyera esto dijera: Pero, si muere al final, ¿cómo es que lo ha escrito? No sé, igual debería escribirlo a modo de diario, o una epístola a mi yo de antes de ayer, o tal vez escribir sobre cualquier otra cosa. Qué frío. Me cago en mis muertos, qué frío. Si Olivia estuviera aquí le diría que menudo frío y le besaría la punta de la nariz, que de seguro estaría sonrosada y fría”.
Me dije, ya en voz alta: “¡Ay, caramba!”, y galopé hasta el portal de mi casa, atravesé el vidrio de la entrada usando mi propio cráneo y subí las escaleras panza arriba y cuadrúpedo, haciendo un tirabuzón en el último peldaño. Todo perfectamente calculado para que, con el movimiento rotatorio de mi propio cuerpo en particular y aprovechando la fuerza centrífuga resultante del mismo y las dos primeras leyes de la dermodínamica, las llaves salieran despedidas de mi bolsillo, se introdujera en la cerradura la equivalente, aún girando sobre sí misma con tal inercia que incluso llegara a abrir la mencionada cerradura para que yo entrara en la casa incólume y la puerta se cerrara justo a mi paso. Pero me tropecé con yo que sé qué, y me partí la nariz de nuevo.
Y ahora heme aquí, escribiendo sentado, borracho y solo. Escribiendo sobre lo solo y lo borracho que me siento. Y con la misma duda que al principio del “¿Y qué hago yo ahora?”, así, sentado en una piedra mirando las moscas en la mierda, soñando con volverme estatua de piedra, para no existir, o en mosca, para no pensar, o incluso en mierda; pero no ser yo, no ser yo ahora, que no quiero, que no me gusta, que no puedo. Qué difícil. “¿Y qué hago yo ahora?”, no, digo: “¿Qué estoy haciendo?”
Y de esto que irrumpe en mi cuarto Bosse-de-Nague con una mueca feroz y, sin mediar más palabra que un escueto y tautológico: “¡Ha ha!”, me regala una dentellada que desgarra mi garganta en dos feas mitades, feísimas, horrendas. Dejándome el tiempo justo y necesario, entre que me desangro y agonizo y tal, para escribir esto y ya más nada.  

15.10.18

bagatelas.



Como no ocurría nada, me puse la Courier y bajé al Diapasón.
—Policarpo —le dije a Policarpo cuando puse pie en su tugurio—, todos somos contingentes, pero tú eres necesario.
—Te ha crecido el mostacho —se sonrió— y las cejas, nada menos. En un par de años ya tendrás el culo como dos cocos y serás todo un hombre.
—A otro con esas, fariseo, yo ya me ato los cordones como los de quinto y hace años que dejé de calzar velcros.
—¡Estupendo! Ya hay algo que celebrar, brindemos pues ¿qué te pongo, capitán Ahab? ¿un vasito de leche, un propomentol, tal vez un bol con natillas de flan de huevo?
—Hoy nada de eso. Pretendo jaleo esta noche, dentro de un rato. Mejor saca la botella de las gárgaras, y a ver qué pasa.
—La última vez que piteaste Jäbberwocky tuviste poluciones nocturnas ad hoc y, grosso modo, in situ. Aún quedan manchas en aquel rincón y yo no pienso limpiarlas.
—Pues entonces entonces ponme una birra.
—¿La Poderosa?
—No, hoy me siento de lo más exótico ¿Quizá una Amarillo?
—¡Tú y tus bagatelas! ¿Por dónde has estado, por Estramonia? Bébete la Poderosa o te crujo ahí mismo.
Acepté la autóctona sin protestar y, sentado como estaba en el ya mencionado taburete, pivoté sobre mi trasero para ver alrededor. Nadie, niente. Volví a girarme hacia la barra.
—Oí que no queda ya nadie de los del Sándwich.
—Niente. No quedaron ni las migajas.
—¿Y qué hay de Señorjuan, se deja ver?
—¿De verdad piensas que conozco los nombres de alguno de ustedes?
—Vaya, Poli, llevo… llevamos años cayéndonos muertos por tu alfombra en diagonal. No lo sé. Sí, tal vez deberías.
—Yo no debo nada de nada, niente. Tú me debes cien y seis rixdales.
—¿Por una cerveza? ¡Si ni siquiera me has puesto la que te pedí!
—La cerveza son catorce rixdales, los otros noventa son de phianza.
Asumí la cuota quejándome entre dientes y, con los codos en posición b-38, y bebí mi cerveza en silencio.
—Oye, camarero. Oye, ¿desde cuándo dices esa charada de niente?
—¿A qué te referir?
—Nada, eso de niente, que justo lo venía pensando ahora antes y me pareció curioso que precisamente hoy te diera por usarla.
Carraspeó y subió el volumen de la teúve. Yo bebí mi cerveza en silencio y no dije ya más nada. Nada de nada. No. Niente.

18.5.18

El último trago de Benjamin Franklin.


 Diapasón. interior. noche.

Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires decimonónicos y un gabán medio nuevo que gasta un parche del sándwich eléctrico en la solapa. Geraldino, a ese lado de la barra, dormita abrazado a una botella de vidrio despojada de mistela y Policarpo, a ese otro, gobierna la taberna con mano de sebo —lo cual resulta una paradoja, pues su gobierno se basa en servir a su misma vez—. Nadie sonríe.

Bosse-de-Nage, por el contrario, acecha todo oculto en las entrañas de la máquina de tabaco. Pero esto no lo sabe nadie, si acaso Policarpo, tal vez sospeche.

Benjamin Franklin se acerca a la barra y la golpea con su índice erecto, varias veces. A continuación, abre la bocota y se lleva dicho dedo a sendas fauces; apuntando directamente a un gorlo sediento, histórico, y enrarecido. Policarpo le observa y atiende; sirve una jarra de cerveza de lúpulo y podreínas, y se aparta de nuevo sin hacer ruido. Benjamin Franklin (de ahora en adelante, Benjamin Franklin) se bebe aquello de medio trago, hace una mueca sorda, como de eructo, y vuelve a salir por la puerta, con paso torcido y redoblado.

Afuera sucede un relámpago.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Ay, caramba!

Por la puerta entran Longaelisa y sus piernas piernas piernas, seguidas de Morselo e, inmediatamente, el resto de Morselo. Piden copas de jarabe de perla con drencrom y Policarpo provee. También solicitan unos chupitos de fuegodoro, Policarpo abastece. ¿Un poco de sal? Policarpo surte ¿Qué tal unas rodajas de lima? Policarpo suministra.

Morselo: ¿Has visto cómo de chamuscado quedó aquel tipo?
Longaelisa: ¡Uh, qué asco, qué asco!
Morselo: ¡Y cómo le implotó la golová!
Longaelisa: Me cago en la leche, Morselo. Como no te calles ya con eso cojo y me marcho y san si te he visto ni me acuerdo. 
Morselo: ¡Vamos, vamos, Longa Longaelisa! Dame un beso y no te enfades. Me divirtió, eso es todo. Anda, dame un beso, dámelo.
Longaelisa: Aparta, nudibranquio, o te practico un octavo orificio en la quijotera.
Morselo: Sólo era una guasa.
Longaelisa: Pues yo me voy a casa.
Morselo: ¿Me llamarás?
Longaelisa: ¿Eh?
Morselo: ¿Eh, qué?
Longaelisa: Que si te llamaré.
Morselo: ¿Mañana?
Policarpo: Venga, Morselo, no seas tan tan y deja marcharse a la muchacha.
Longaelisa: Buenas noches, Policarpo. (sale)
Morselo: ¿Me llamará?
Policarpo: No tengo ni la menor idea de qué yarboclos hablas.

     *Nótese aquí un ligero anacronismo: Los episodios acá representados se sucedieron más o menos en la segunda quincena de abril de 1854, y Morselo hace reiteradas referencias al teletrófono, dispositivo de comunicación que no se inventaría hasta 1854, pero a finales de año. De ahí que ni Policarpo ni Longaelisa comprendan lo que quisiera decir Morselo, el cual, el pobre, por ser analfabeto y no escuchar la radio, ni leer las gasetas, no se había enterado todavía de que tal artefacto aún ni existía.

(ELIPSIS)

Por la puerta ahora hace aparición un abigarrado cuarteto de hoplitas: Caecio y Argestes y Libis. Caecio, con pantalones de cuero negro y bufanda del Poli Ejido, solicita un granizado de níspero y que corra el aire. Argestes, rubio y ario y lleno de gracia, deposita una cornucopia rebosante de frutas y gramíneas sobre la barra y pregunta por quizá un licor dulce o, si no lo hubiere, una copichuela de vino para hacer un bodegón. Y Libis pide un cenicero. Recogen la comanda y se apartan al rincón, con viento fresco.

Policarpo (a Morselo): ¿Por dónde iba?
Morselo: Fuegodoro.

Policarpo abastece.

Policarpo: Total, que el tal Juleo y la tal Rumieta eran dos y locos y enamorados. La una, era hemofílica y el otro, por su parte, padecía de tensión baja. Ésto no lo sabía ninguno. Y sucedió que, de mutuo acuerdo y por motivos familiares que no recuerdo, decidieron acompañarse hasta la muerte y, tal que así, un buen día, abriéronse las venas.
Morselo: ¡Uy, qué disgusto!
Policarpo: Sí, sí, pero ahí no termina.
Morselo: ¿Y cómo termina?
Policarpo: Pues con la desgracia de que a ella el crobo le borbotó en un santiamén, y espiró en un suspiro.
Morselo: ¡Oh, Rumieta! ¿Y qué fue de Juleo?
Policarpo: Juleo tardó bien lo suyo en ficarla, agonizó cosa de tres noches o así, y se aburrió sin remedio.
Morselo: Vaya, Policarpo. Desde luego que todos somos contingentes, pero tú eres necesario.
Policarpo: Lo que tú necesitas es un buen corte de pelo.
Morselo: Al menos me queda este medio gabán medio nuevo.
Policarpo: Sí, no está mal.

Mientras tanto, en el rincón, unos hoplitas desarraigados discuten sobre el tiempo.

Argestes: ¡Otra vez lloviendo! ¿Te lo puedes creer?
Libis, fumando: ¿Quién, yo?
Argestes: No, digo a Caecio.
Caecio: ¿Eh?
Argestes: Que si te lo puedes creer.
Caecio: Yo creo que hace calor calor calor y me pesa la mandíbula.
Argestes: Eso es cierto, ¡qué mandíbula tan enorme!
Libis, viejo: A mí lo que me molesta es que no paréis de moveros.
Caecio: Incluso si te da por pensar en cualquier cosa, fíjate.
Argestes: ¿Qué dices?
Caecio: Que a mí se me antoja inimaginable un mundo en el que nunca se hubieran inventado los relojes, fíjate. ¿No crees?
Argestes: Ya, pero no estaba hablando de esa clase de tiempo.
Caecio: Bueno, incluso si te da por pensar en cualquier cosa.
Libis: ¿Y Juan?
Argestes: Murió. Pero el mes pasado.
Caecio: Ya era hora.
Libis, viejísimo, tose y se hace viejo: Supongo que, después de todo, decimos buen tiempo a esos ratos en los que no pasa nada.
Caecio: Ni una nube, nada.
Argestes: Pues por eso digo, que a ver si escampa.

Ahora sucede que un vidrio se hace añicos contra el suelo provocando tremendo alboroto.

Morselo: Uy, se me cayó.
Geraldino, lleno de cólera y eructando moscas: ¿Cómo has dicho?
Morselo: Que se me cayó, uy.
Policarpo: Está trompa.
Geraldino: De ninguna manera. Aquí no toleramos esas creencias de pacotilla, esos rollos neotonianos de la tiranía gravitacional. Me enferma.
Moselo: ¿Y con qué se comulga entonces?
Policarpo: Verás.
Geraldino: Aquí comulgamos exclusiva y pluscuamperfectamente con la ley de fuga de vacío hacia la periferia; esto es hacia arriba.
Morselo: Tomo nota.
Geraldino: Más te vale.

El espectro de Benjamin Franklin irrumpe en silencio con aires de ectoplasma y chamusquina. No viste ningún gabán, sino un halo fantasmagórico y terrible. Así, de esa guisa, se acerca a la barra. Pero nadie puede verle. “Olvidé pagar la birra”, le susurra a Policarpo en sueños, con acento de psicofonías. “Lo sé”, responderá éste, más tarde, en su cama, bien durmiendo, “Que sea la última vez”. Y el otro contesta, con esa misma voz: “Pero por supuesto”.

FUNDIDO A AMARILLO

12.7.17

Po.


¿Y ahora qué pasa, eh?


Es martes. Antes del ocaso. Interlunio en el Diapasón. Policarpo el fructífero está en su puesto, bajo las torres del momento. En su siniestra, si se le mira desde ahí, se aprecia la figura de uno de esos muñecos malencos que venden en la calle, esos pequeños felinecos de hojalata con un resorte dentro que mueven la zarpa adelante y adetrás y que adornamentan las multitiendas del barrio zonguonés y son dorados o calicó, pero éste, el de Policarpo, es negro negro negro como un Bombay. Entonces le da cuerda, grrr grrr grrr, y la malenca máquina no puede evitar hacer lo que hace, esto es la consigna, menear la zarpa adelante y adetrás una y otra y otra vez y Policarpo la cuelga de una alcayata en la pared por el agujero del cogote, que es su sitio desde siempre; invitando a los que lleguen a que pasen o se larguen, porque al final dará lo mismo.


Policarpo lee la gasetta: Diluvio de pianos en la estrada Salieri deja decenas de heridos y a la parroquia véneta sin festejos hasta el próximo año. Efectivos del Cuerpo Motorizado de Militsos de San Lundo atropellan fortuitamente a un perturbado caótico neutral, sospechoso de pertenecer a diversas células de grupos patamilitares subversivos, prófugo de la justicia y presumiblemente exiliado en el extranjero desde los atentados del Palacio Marrón, antigua sede de la satrapía de Estagira, en octubre del 27, poniendo fin a años de búsqueda y pesquisas infructuosas; el jaleo ha sido estándar. La plaza de los jemeres, yo me acuerdo; aún hay quien deja flores de lentisco (o bien las propias de la cornicabra) por sus aceras, y que, con las yemas de los dedos ungidas de pingüe almáciga, dibujan pescuezos de zarafas por los agrietados muros en memoria de los que, coléricos y amarillos, decidieron tumbarse, sin más, frente al opresor y esperar a que todo ardiera. Costumbres de los ahogados. Un artículo médico sobre los placeres y bondades del descerebramiento, todo reventajas tras breve vorágine. Muere un pájaro al día. Alerta lombarda en toda la prefectura por pasajeras brumas de grisú: Extremen precauciones, procuren no respirar, no hagan bromas, chistes, mofas, ni tan siquiera chanzas. Información bursátil: Baja el valor de las acciones, aumentan las especulaciones, y la incertidumbre, por principio y por el momento, se mantiene.

Policarpo dice: ¡Mierdra! y el Coro de Dipsodas aparece por la puerta comandados por Furfurfar, que ulula como pidiendo bebidas para todos. Policarpo sirve un surtido de espirituosos y destilados macrobióticos y vuelve a su posición.

Coro de Dipsodas: ¡Dame de beber, bestia! ¿No ves que me divierte?
Furfurfar: ¡Far furfur!
Coro de Dipsodas: ¡Un buen trago sin agua!

Policarpo enciende la radio. La garganta partida de Alabama Mongoose: Oú vais tu avec ce fusil? Policarpo piensa para si: Ya no se escriben canciones. Entran Frido y Longaelisa con aires.

Frido: ¡Garçon, café!
Longaelisa: Para mí un té púrpura con sirope de agave y una hojita de flor de lis y tres tartaletas tostadas; la primera con mermelada de pera, otra acompasada de confitura de níscalo y la última sola, eso, y una copita de Vergamota.
Furfurfar: ¡Fur farfar!
Coro de Dipsodas: ¡Garçon significa chico!

Policarpo agarra un par de tazas con el logotipo del Garbonzo’s y las rellena de Malabirra sin espuma.

Voz de Morselo, desde la calle: ¡Fuegodoro!

Frido y Longaelisa se escabullen sin despedirse. Ahora entran Guibo y Panmuphle seguidos del resto de Morselo. Se ubican en la barra, frente a Policarpo, y éste reparte vasos. Ante Morselo, largo y con dientes de vejestorio, deja una botella de El Auriga.

Guibo, flácido y rubicundo: A mí sácame el vidrio de Jäbberwocky. Tengo un pálpito obscuro de que se nos viene encima el Galimatazo.

A Furfurfar le entra hipo.

Panmuphle, algarrobo y fabáceo, sujetándose el trasero: Yo tomaré una Poderosa bien fresca, pero primero voy a usar el retrete para dejarme de abstracciones y pasar a lo concreto.

Policarpo dispone la comanda. Panmuphle se da de bruces contra la puerta del lavabo y desde el otro lado se perciben los acordes de El Chorro Musical.

Voz de Quídam, desde el baño: ¡Ocupado!
Panmuphle: ¿En serio? ¿Todavía?
Furfurfar: ¡Furthur!
Coro de Dipsodas: ¡Di, amante falso! ¿Por qué me has abandonado?

Guibo saca del bolsillo de su pelliza un pequeño canario ocre a medio desplumar y se lo ofrece a Policarpo con gesto amable. Ambos llevan las cejas alzadas, pero cada cual a su manera.

Guibo: Toma, este es para ti, aún respira. Es por aquello que han dicho del grisú. Cuando se te agote me avisas, que tengo más. Siempre llevo un puñado encima, por Tutatix.

Policarpo agarra el pájaro y lo posa en su hombro. El ave parece de mentira, pero es cierto que respira, aunque no se mueva apenas. Y ahí se queda.

Morselo: ¿Y Pepe?
Guibo: Temo que lleve tiempo planeando un elogio a Dino Valenti.
Morselo: Esas cosas no se planean, se importunan.
Panmuphle: Yo me tengo que ir.
Furfurfar: Fur.

Policarpo limpia la barra de giste y babazas. Policarpo mira el reloj, averiado de hacer tiempo. Policarpo mira la atmósfera sólo con la esclerótica, anillada, y se detiene en el bailoteo de los belfos de los parroquianos, con miasmas en las comisuras, y son mudos porque no dicen nada y porque Alabama Mongoose rasga sus cuerdas vocales con el volumen al diecisiete y los bajos levantados y dice algo así como: J’ai entendu dire que tu avais tué ta nana. Policarpo mira el maneki neko de la pared y piensa en Olivia, mucho antes de la Guerra de los Boletus, cuando aún se tenía pelo en la cabeza y se podía cruzar la calle sin mirar. Policarpo piensa en las níveas nogas de ella, en sus delicados alcores y en sus hoyuelos de Olivia; en el rubor de sus mejillas y su risa cuando solicitaba un ruso blanco sin vodka ni Kahlúa. Policarpo piensa en sus ojos verdes ojos azules ojos grises. Policarpo deja de pensar y el felineco de hojalata sigue agitando la zarpa en el Diapasón. 

O’mbl, fumando Calumet: Si la quieres, déjala ir. De todas formas, ella nunca será tuya.
Coro de Dipsodas: ¡Y nunca he visto antes a nadie del todo como tú!

¿Y ahora qué pasa, eh?

Sobrenoche. Interlunio en el Diapasón. Panmuphle aparece de regreso en el umbral con un paquete al lomo y lo deposita sin cuidado en el rincón. Alabama Mongoose ahora toca la trompeta y suena joroschó como una cornamusa en la melodía de Moje ulubione rzeczy pero a contrapelo. Morselo comienza a apreciar la semivacuidad de la oropelada botella de El Auriga como una suerte de metáfora náufraga y, entre tanto, Guibo mastica un ajo en salmuera con los pálidos glasos y las muelas beige y los labios sucios del acre Jäbberwocky negro como brea. De fondo, sutilísimo, El Chorro Musical. Policarpo frota un vaso bajo las torres del momento. El canario no se mueve, pero parece que sigue respirando. Entonces Morselo levanta su copa de fuegodoro.

Morselo: ¡Por Mo!
Coro de Dipsodas: ¡Mi mimo Mo!

Todos beben.

Morselo: ¡Por Bubbs!
Coro de Dipsodas: ¡Que Ubú lo guarde en su panza!
Furfurfar: ¡Furfur farfar!

Y vuelven a beber.

Un viejo púlsar, allá en el dilatado Caosmos sideral, intercala una semifusa de silencio estático entre cada intervalo postlogarítmico de radiación electromagnética, instaurando una irregularidad antagónica apenas perceptible, pero, de algún modo, relevante y por supuesto predispuesta a. Por eso, o por cualquier otro motivo, más acá, tras la barra del Diapasón, bajo las torres del momento, Policarpo siente un repentino escalocalor trepándole la rabadilla y, sin darle más vueltas, acciona la nopca del ventilador del techo. Algún algo se revuelve en el paquete del rincón entonces, pero nadie repara en ello porque Alabama Mongoose se está tomando un descanso con un atoragaznates de burbón sin yelo y, en su lugar, la radio emite los armónicos quejidos de Sarah Tustra y esto ocupa la atención de la parroquia. Timbales tam tam tam y Guibo se lleva la sábana a la sien murmurando paridas.

Morselo: Yo estudié en la Real Escuela de Calafates de Porto Chancro, os lo juro, y, hacedme caso papanatas, ahí sí que te enseñaban a tapar agujeros, ¿entendéis?
Coro de Dipsodas: ¡Que ni marinero, ni patrón! ¡Que desde siempre manda el mar!
Morselo: Y, claro, uno hace lo que sabe hacer uno, sin más pretensiones, y acaba por contrabandear con carne al bucán, paté de mapache de estraperlo y demás mercaderías, sepulturero al nocto y expoliador de día, sin saber que detrás de mis zapatos tenía todo un medio destacamento al completo de cardenales armados hasta las encías, con arcabuces y todo; un desastre.
Furfurfar: ¡Fara fur!
Guibo: El muerto, al fin y al cabo, sí que vivió su vida por entero.
Morselo: Desde luego, lo último que esperaba encontrarme en las playas de Nueva Chisináu era a la jodida Inquisición española...
Ensamble de viento latón de la Orchestra Sin Fónica de Spamalot, en el local contiguo: ¡****!

Irrumpe en el Diapasón la Inquisición española.

Alguacil: ¡Nadie espera encontrarse a la Inquisición española!
Policarpo: ¡Mierdra!

El reparto por entero cae presa del pánico y trata de huir, corriendo en círculos.

Alguacil: ¡Nuestras armas principales son la sorpresa y el miedo!

Ahora resulta que aparece Frido.

Frido: ¡Garçon, café!

Uno de los inquisidores, adoptando la postura forma-A38 de los soldaditos de plástico sinople, dispara su arcabuz y la golová de Frido se disemina en lonticos de mosco y plescos de crobo y grumo gris por todas las perpendiculares en rededor, manchando también el suelo.

Alguacil, inquisitivo: ¿Quién lo mató? ¿Acaso fuistes tú, pedazo de palotín?
Palotín: Fuis yo, su eminencia.
Alguacil: ¡Pues ni se te ocurra volver a hacerlo!
Furfurfar: ¡Fur farafar! ¡Fur furufur!
Coro de Dipsodas: ¡Por allí resopla!

A Guibo se le afila el viso de las córneas y el Coro de Dipsodas acueructa un do bemol de gorlo que hace vibrar las torres del momento y entonces, Panmuphle, como gobernado por unos hilos improbables anudados a las escápulas, ejercita un espasmo ecleptiléptico y tactactaconea el suelo tres veces con la vieja osamenta del carnero.

¿Eh?

De súbito, un terrible estruendo, y el paquete del rincón se abre impregnando la atmósfera de una fragancia fétida y putrefacta. Emerge de su interior un mono papión, conocido como Bosse-de-Nage, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, mitad palafrén, mitad burdégano, y mitad bogavante cimarrón, en edad ya adulta y con sed de venganza.

Bosse-de-Nage: ¡Ha ha!
Morselo: ¿A quién yarboclos se le ocurre meter a esa cosa en una caja sin agujeros?
Coro de Dipsodas: ¡Feísimo, feísimo!
Guibo: ¿Y os habéis fijado en el calibre de ese gonopodio?
Furfurfar: ¡Far farafurfarfar!
Morselo: ¿Cómo dices?
Furfurfar: ¡Far, far far furfur! Fur farfarfur farafu, farafú, farafufu. Far farfur fur farafarfur far furufarafu ¿Fur farafar? Far fur far. Furufufu fara fa fu fu furu fa fufara y por eso la cortina de la ducha ha de ir siempre por dentro de la bañadera.

Policarpo dice para sí: ¡Mierdra y más mierdra! ¡Otra vez no! Y un rebuzno atroz cruza el Diapasón arrugando los cristales. La Inquisición Española es devorada en cuestión de segundos por el voraz cinocéfalo, quedando no más que el deslucido recuerdo y un grotesco charco de heces sanguinolentas junto al cadáver decapitado y exquisito de Frido. El Coro de Dipsodas de dispersa entre la multitud y Morselo y Guibo saltan tras la barra para ocultarse. La radio remite en bucle cien pulsos sucesivos del primer cuásar que se inventó, y el semicanario de Policarpo entra en estado de reposo. Ni rastro de Panmuphle, pero O’Mbl fuma Calumet.

O’Mbl: No seas tú mismo.

Las torres del momento observan la escena, impávidas, y es que, debido a falta de presupuesto por lo elevado del caché de Longaelisa, el último acto se representará en las imaginaciones particulares de los lectores, con la humilde y desinteresada asistencia de las anotaciones de quien esto relata; que dicen así: 
Mierdcoles. Esa hora en la que tarde se hace pronto. Bosse-de-Nage está en la pista de baile, acechando feroz. Furfurfar lleva una pantalla de lámpara en la quijotera camuflado entre el mobiliario, como de atrezo, de incógnito. La radio está apagada, sin embargo, fluye el Chorro Musical, tácito y sempiterno. Guibo y Morselo, se aferran como fetos a las pantorrillas de Policarpo, que blande su escoba preparándose para el ataque del cinocéfalo. Entonces Bosse-de-Nage se abalanza contra ellos y Policarpo lo rechaza con un swing transversal del todo improvisado que impacta de lleno en el poblado entrecejo del papión, afectando también a Panmuphle en el mismo punto. Bosse-de-Nage se resiente unos instantes y se arroja de nuevo con los colmillos en las fauces. Esta vez Policarpo falla, acertando por el contrario al malenco felineco, y Bosse-de-Nage se cobra su pieza, ese pájaro, y lo engulle de un bocado.

Guibo: ¡No! ¡Ese era mi favorito!
Bosse-de-Nage: ¡Ha ha!

Por la puerta asoma Bo, con ojos rojos y joroschó y un halo de marijuana por el gorlo hasta la golová.

Bo: ¿Que si quiero o que si tengo?

Policarpo aprovecha la distracción para propinarle un puntapié al cinocéfalo en el mismísimo epicentro de su espantoso y tautológico trasero, de tal magnitud que éste sale despedido por los aires para acabar hecho lonchas, rodajas y lonticos, aspeado por el ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.

¿Y ahora?

Policarpo barre ante sí, sin mirar al suelo. No hay nadie en el Diapasón. Tras el rasdrás, silencio. Policarpo no piensa en nada. No piensa en los glasos de Olivia, ni en los pedazos del malenco felineco. No piensa en Pepe, ni tampoco en Mo, ni en Bubbs, ni en lo poco que le gustan las sorpresas. Po no piensa tampoco en ningún pájaro. Policarpo no piensa, ni mucho menos reflexiona; Reflexionar es para los espejos, y Policarpo no es nada de eso. Policarpo barre ante sí, sin mirar al suelo y se dice: ¡Qué yarboclos!

Y ayer será otro día.

22.5.17

Jo.

                Ayer no, ayer, ocurrió una cosa.

      Estaba sentado en un butacón de orejas clavadito al mío, más o menos a las 4:40 a. m., jugando un solitario con los arcanos medianos desperdigados por mi regazo mientras esperaba a que Henri Sauvage volviera con el revólver que me había prometido. Aparte del butacón de orejas y un Porcelana de porcelana a tamaño real, en aquella pieza no había más que una vieja tostadora eléctrica y un montón de Kippel por todas partes. Probé a enchufarla, para comprobar que funcionara, y, al poner en contacto la clavija con el tomacorriente, la tostadora explotó en una nube de esquirlas de baquelita con forma de hongo que me dejó totalmente ileso y, afuera, por la ventana, se oyó un graznido estertóreo y carbonizado seguido del inconfundible aroma de una buena araucana a la parrilla.

   Me atusé las cejas. Lo sentí por el pájaro, pero no es culpa mía que decidiera apostarse precisamente en ese cable, teniendo todo el cielo para volar, así que agarré mis naipes y me largué de allí. Decidí ahorrarme el revólver y el escándalo y apostar sobre seguro. En casa tenía un espejo de mano semiautomático que sería más que suficiente para neutralizar a Mo y recuperar el regalo de Bubbs. Cualquiera sabe que el punto flaco de todo mimo es enfrentarle a su propio reflejo, vamos, lo saben hasta los paramecios. Además, estaba todo aquel asunto de la jerarquía de necesidades, la pagoda de Brian, cuya base son las sandalias, y según la cual me encontraba soterrado hasta la sien, así descalzo y desarmado.

    Abandoné el distrito Taraij bajando las escaleras de Lechariot, siete escalones, nada menos, y a cada cual más irregular que el anterior; y seguido me llegué a la plazuela del torcamús, cuya fuente central —y esto no lo sabe casi nadie— está ornamentada con auténticas turquesas turcas de la Anatolia occipital; pero estuve sólo de pasada porque mi casa queda un poco más para allá.

    Según alcancé las orillas de la calle Lampo, sin reparar siquiera en que la moneda terráquea está constantemente dando vueltas sobre sí misma en el sempiterno cara o cruz patacósmico, sin que nosotros, pobres ingrávidos, apreciemos de algún modo esta apuesta, y limitándonos, someramente, a pulular por ella como una suerte de enjambre diminuto; pues bien, sin tener en cuenta esto último, en la calle Lampo me encontré con Bubbs. Bubbs llevaba años exiliado en las medianas Antillas moldavas por un tema de fuegodoro de estraperlo, eso y una antología de atentados por enaltecimiento de la depravación, unos cuantos capítulos de desorden del orden público, y otros tantos de orden del desorden, que, al parecer, también es público. No veía a Bubbs desde antes de la guerra, y éramos unos críos, como quien dice. El tiempo le cambia a uno, desde luego, y, bueno, así visto, con los dos ojos vagos, y desde lejos, tampoco estoy muy seguro del todo de si realmente se trataba de Bubbs, pero me lo dijo ese cuarto sentido que tenemos las personas de sinapsis dispersa y que acierta tres de cada siete veces en el mejor de los casos.  

    Corrí a su encuentro, pues él tampoco me había reconocido y no iba a ponerse a correr hacia a mí. Y, cuanto más me acercaba, menos se me parecía aquel tipo a la imagen que me había hecho de cómo sería Bubbs al cabo de todo este tiempo. El hombrecillo se me quedó mirando como quien es confundido por otro y yo le dije que él no era Bubbs.

—¡Oye tú, tú no eres Bubbs! —le dije.

    Entonces, el quídam, que definitivamente no era Bubbs, ni sabía de quién yarboclos le estaba hablando, me enseñó las palmas de sus manos, sin estigma alguno, y se fue calle abajo sin despedirse. Yo le dije:

—¡Oye tú, cuidado!

    Una tanqueta de militsos, salida de la nada, siguió a un terrible estruendo de motor y, por un momento, la instantánea me recordó a aquella película zonguonesa, la de la cabalgata de Tiananmén, pero con un final alternativo en el que el pusilánime es despedazado por los eslabones del dispositivo de tracción Lombard del carro blindado de la milicienta.

    Me arrojé a un lado de la calle ejercitando un bonito brinco torcaz, del todo improvisado, con el que salí de la trayectoria de la apisonadora portátil y fui a caer en un charco de ayer no, al otro, que resultó estar seco; y, salvo por las uñas de los pies, que me rompí todas, por lo demás, salí de nuevo incólume y hui despavorido.

    Desfilé por Pachydermes como a quien se le quema el klebo en la tostadora eléctrica y, al torcer a la derecha por la calle del San Adolfo, me topé con el verdadero Bubbs, el legítimo, o al menos su cadáver hecho trizas de igual manera que su falso análogo;  a orugas del solitario convoy de la muerte —que se llevó por delante a nueve personas y tres marquesinas, para posteriormente dejar docena y media de cuerpos desmembrados repartidos por las calles Lampo, Testudo y Mijlhaus, en la madrugada del cuatro de mierdra del pasado año, víspera de los festejos de San Crodeculo—, reculé espantado como caminando por una luna con superficie de alabastro y, para cuando completé la media vuelta reglamentaria sobre mis talones en el tercer compás, fui a darme de bruces con el viejo Henri Sauvage empuñando un revólver y, claro, me llevé tal susto que reemprendí la fuga por la diagonal, al margen de toda coreografía, y atravesé balaustradas y cordones, catenarias y acequias, sorteé conos y bastones, y terminé metido, no sé cómo, en esa catatonia umami que se nos ocurre a veces y que nos mata de la risa cuando conseguimos olvidarnos de ella.

    Desde dentro, desde dentro huele a ceniza en Estagira. Los muros se ven grises como un oso pardo en un daguerrotipo y no se oye ningún río, se oye un río. Un caudal continuo de asuntos pendientes y promesas en todas direcciones. Todo es importante, luego, nada lo es. Desde dentro lo sentí así y sentí alivio. Y olvidé a Bubbs. Y me salí.

    Llegue al Diapasón tarareando el Réquiem de Tannhäuser con una sonrisa andrógina. Guiñé un ojo a Policarpo bajo las torres del momento y él, cómplice del dialecto de signos lundonita, hizo aparecer un pequeño vaso pulverulento y una botella de fuegodoro del Auriga y dejó todo a mi merced.

—Se te ve bien —dijo Poli.
—Yo qué sé —mascullé—. Acabo de encontrarme con Bubbs hecho pedazos.
—Mal que bien, el tiempo le cambia a uno.
—Eso y una Tipo 97 Te-Ke de cinco toneladas. Yo hoy maté un pájaro.
—¡Bah, alguien tenía que empezar a hacer algo!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿es que no van a venir nunca?
—¿A estas horas? Además, supongo que hoy irán a la despedida de Mo; ayer lo encontraron hinchado y muerto, flotando en el Muil. Por cierto, tú no tendrás nada que ver, ¿verdad?
—¿Yo? ¡Yarboclos, no! Es decir… tenía intención de asustarlo un poco, tal vez herirlo de gravedad, liquidarlo, acabar con su muda tiranía de una vez por todas… pero de ahí a ubivarlo… —rellené el vaso y lo vacié en mi gorlo de un bocado.
—Estupendo.
—Imagino que, después de todo, ya no tiene importancia alguna, pero me pregunto qué habrá sido del regalo de Bubbs y qué demonios contenía.
—Lo mismo me da. Odio las sorpresas. 

22.4.17

Do.

                Ayer no, al otro, ocurrió una cosa.

                 Amanecí en un banco del parque Rodol, pasado el mediodía. Rezumando los síntomas de la cruda veisalgia por la boca del estómago hasta el filo de las uñas. Por lo que alcanzaba a recordar, las vestales habían olvidado mi rostro y mi nombre al tercer chorrito de atrabilis, y, a partir de ahí, se puso la atmósfera en negro y, entre medias, perdí un zapato. Un chasquido líquido y ovalado sucedió bajo mi trasero cuando fui a incorporarme, dejándome los pantalones impregnados de albumina y un antiestético pringue de feto de pichón.

                Bostecé. Lo sentí por el pájaro, pero en el fondo pensé que le había ahorrado una vida de amarguras y polución, así que me aboclé los trozos de cáscara del trasero y me largué de allí. Enfilé el camino a casa hecho un guiñapo y con el paso cruzado. Unas garras beige verdoso asomaban por el desgarrón de mi calcetín desamparado y me hedía el aliento a mierda. Francamente, necesitaba una ducha. Además, estaba todo aquel asunto de la consunción del dipsomaníaco deshumedecido cuando se mezcla con una categórica urgencia por cagar.

                Tomé rúe Flâneur para despejarme con la brisa estancada del río y dejé atrás el Sol Naciente con apurados andares y un nudo forzado y tirante en la punta del orificio; justo como aquel que anda transfigurándose de caracol a babosa sin cuestionarse el calendario, una entelequia.

                No había llegado a cruzar la línea imaginaria que delimita las fronteras de mi barrio cuando, sin advertencia previa, fui a tropezarme con Imperator Furiosa. Furiosa era una antigua novia que tuve, mi orbe, mi vía lechosa; pero ya pasaron muchos ayeres desde aquel pretérito, y ya ni hablamos, ni nos olemos. Furiosa lucía un iris pardo y el otro gris, y la melena ensortijada deslizándose por las clavículas. Aún conservaba, después de todo, la candidez primigenia en los lóbulos de las orejas, y ese viso de frescura que reverdece la pupila hasta el haz de His como sumergido en una marmita de esencia de ocalito.

                 Se paró junto a mí, pues percibió que había reparado en ella. Me miró de arriba abajo, sobre todo abajo, a los mitílidos de mi pie. Movió la cabeza levemente a un lado y al otro con gesto compasivo y, sin terciar palabra, giró sobre sus hermosísimos tobillos y siguió su camino. Yo le grité que esperara.

—¡Espera! —le grité.

                Furiosa, sin volver la mirada, tendió su esbelta mano atrás, como ofreciéndomela, y apresuró la marcha. Yo le dije:

—¡No puedo seguirte! ¡Espera!

                Me enjugué las legañas y otra vez corrí tras ella, como en aquella película de Motorizado Marx, la del loco del troglodomo en el desierto, y, de pronto, descubrí que de aquellos preciosos dedos suyos colgaba otra figura, parecida a mí, pero con pelo en la cabeza y la sonrisa cosida.

                Caí de rodillas contra el asfalto. Lloriqueé de un modo vergonzante unos instantes y me deshice del zapato que aún me quedaba. El aspecto del calcetín era, a grandes rasgos, similar a su análogo, aunque quizá de un matiz tirando más a ocre que a gris castaña. Decidí despojarme también de ellos y salí huyendo calle arriba.

                Desboqué por callejuelas sin apellido sin fijarme en los tendidos eléctricos, desnudos, y, cuando me di cuenta de que me encontraba practicando la fuga en dirección contraria, crucé el río por el puente de la fusa y agarré en equilibrio el raíl del tranvía, con la nariz apuntando a la colina de Ubú Roi, y los restos de huevo resecos en la culera. Conseguí mantenerme erguido el tiempo suficiente como para poder apreciar, desde una posición privilegiada, la flagrante parábola que trazó mi cuerpo cuando fue a estamparse contra el suelo con tremendo batacazo. Salí entonces despedido, cosa de tres yardas en trayectoria oblicua, esta vez en parábola ascendente, reboté en una señal de STOP, y terminé colándome, no sé cómo, por la boca de una alcantarilla que alguien se dejó un día abierta y que nunca nadie cerró. 

                Desde abajo, desde abajo huele a humo en Estagira. El suelo se ve negro como un oso negro carbonizado y se escucha cómo el tiempo gira sobre sí mismo y, al fondo, se oye un río. Un reguero de dudas y memorias en todas direcciones. Desde abajo lo sentí así y sentí pena. Y olvidé a Furiosa. Y me subí.

                Llegué al Diapasón descalzo y sin duchar. Me aposté en el córner y suspiré longo. Policarpo el fructífero bajo las torres del momento puso ante mí una crátera de cerveza y un cadencioso chorro de Pancrenoir, sin yo solicitarlo.

—Olvida lo que te dije ayer —dijo Poli—; hoy sí que estás hecho un asco.
—Yo qué sé —mascullé—. ¿Y Bubbs, ha llegado ya?
—¿No te has enterado? Le detuvieron en la frontera para ver qué había en su culo.
 —Pues hablando de lombrices, yo hoy maté a un pájaro.
—¡Bah, hay más peces en el mar!
—¿Y éstos? Quiero decir, ¿tampoco van a venir hoy?
—Ya sabes cómo son los muchachos; les encantan las sorpresas. Creo que podrían aparecer en cualquier —se calló, y yo aproveché para darle un largo tiento a la amarga envilecida y pensar en el tiempo que pasé con Furiosa, cuando por la noche resplandecían tres lunas sin mácula en el cielo, y en el tiempo que pasó desde entonces, y en cómo ahora, con el recuerdo viejo, parece que aquello duró sólo un— momento. Por cierto, ¿Has recuperado el regalo de Bubbs?
—Yarboclos, lo olvidé por completo.
—Estupendo.
—No te vayas a preocupar, mañana por la mañana buscaré a Mo y lo arrancaré de sus dedos muertos.
—Allá tú, entonces. Pero nada de sorpresas.

14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

13.11.16

La Torre (Acto III; Escenas XII, XIII, XIV, XV).

ACTO TERCERO

ESCENA DUODÉCIMA

Un QUÍDAM embebido esculpe en el aire una cariátide dorada con el extremo de su protuberancia genital.

La sinfonía de orina, a la que conocemos humildemente como CHORRO MUSICAL, actúa como una falacia de oyente o receptor, cuando, de lo que en realidad se trata es, simplemente, de una secreción líquida desterrada por los riñones en forma de orín como resultado del jodido depurado de la sangre. Todo el mundo sabe que a un quídam cualquiera no le filtran las nefronas.

Habían toctoctocado la puerta.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Nadie responde.

QUÍDAM
¡Cuánta impertinencia! ¿Por dónde iba? La señora Levono sirvió sangría de sandía y una shisha de Shangri-La y le enseñé el palimpsesto. La botella la dejé en casa, de recuerdo, encima del televisor. La vieja se fue a otro lado a hacer puñetas y no carraspeó nada al respecto. Pensé: ¡Caramba, que maldita! Fumé cumulonimbos y me exasperé en mi ignorancia como una sabandija en salmuera. ¡Sacadme de esta puta isla! —grité para mí—. Y, para mí, que era justo eso lo que decía.
El CHORRO MUSICAL templa sus armónicos como preconizando una tempestad, mas no detiene su rubio caudal, y sigue manando sin pausa.

QUÍDAM
                ¿Y ahora qué pasa, eh?

Algo aporrea la puerta con un estrépito feroz.



ESCENA DECIMATERCIA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Y es por esa razón, que el revestimiento debe estar fabricado a prueba de llamaradas e insultos. Por supuesto, esta capa ignífuga y aséptica también irá por el interior, cubriéndolo todo. Una buena columna es esencial para mantenerse erguido. Pero hay que estar alerta. En una cofa de pantomima dispondré un muflón, con una flauta, que golpeará, no una, sino tres veces, una diminuta portezuela azur en cuanto divise cualquier zarigüeya o algún cinocéfalo papión que anduviera merodeando. Se izará entonces el pabellón de la gran panza y descuartizaremos a los enemigos a cañonazos.
PANMUPHLE es iluminado desde el nadir y luce como la sombra de un monolito. Enseguida la basa se arquea y se transfigura en sendas jambas satíricas. Las volutas del capitel se rizan sobre sí mismas como la grande Gidouille calcificada en cornadura, y en los párpados ojos de PANMUPHLE unas pálidas pupilas de alabastro.

Por megafonía, un ruido blanco.



ESCENA DECIMACUARTA

Una caja de fósforos de cerumen juega el papel de ómnibus amarillo pus sobre un mapa de carreteras. Ésta se ve amplificada por medio de una lente ciclópea y desproporcionada entre el koilon y la skené. La cajabús atraviesa el plano con una celeridad desquiciada y una trayectoria brownoidea dirigida por un filamento elástico y translúcido. A través de unas perforaciones en la lija, hechas a propósito para emular el ventanal, se puede observar un manojo de cerillas carbonizadas que otrora fueran sencillos pasajeros, y, en la proa, a BOSSE-DE-NAGE con un pie al timón, otro al pedal, otro a la ingle y otro al sobaco, eructando gas tóxico, y segregando una enjundia deletérea por los muñones de su abdomen a tercios pelado. Todo esto a escala.
En un punto topográfico azaroso, BOSSE-DE-NAGE detiene el bajel de cartón y se encarama a los hombros de un FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO, al que desfigura el rostro de acné con sus zarpas. Se sobreentiende que el mono papión, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, solamente busca una rama en la que dormitar para hacer la digestión.

BOSSE-DE-NAGE, bostezando
                ¡Ha ha!

Efectivamente, BOSSE-DE-NAGE se sumerge en una siesta de dieciséis horas, dieciséis, nada menos, y mecido por el viento. Acto seguido, se despereza gorjeando y, de un solo muerdo, engulle las bayas del FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO. Finalmente, embiste el cadáver con el ómnibus amarillo pus—caja de fósforos de cerumen, de catorce toneladas, dejando un amasijo sanguinolento, capón y aplanado bajo las huellas azabache de los neumáticos. El filamento translúcido se tensa entonces, y el autocarro acartonado sale despedido como un obús, furthur, fuera de marco, más allá del tablero.



ESCENA DECIMAQUINTA

POLICARPO rompe el silencio dejando una Poderosa ante las narices del DOCTOR ORANGJO, decaído y flemático.

POLICARPO
                Es la última. Luego a dormirla.

El DOCTOR ORANGJO sorbe un poco de cerveza con sus labios enjutos ocultos por la maraña cobriza de su rostro. Suspira y da otro trago corto. Se mira el regazo. ¿Qué hace?

DOCTOR ORANGJO
Siempre quise conducir el salchichamóvil de Oscar Mayer. Desde bien pequeño. Ahora soy viejo y gordo y nunca estoy de humor y me duele la cabeza y me apesta el aliento. Yo sólo quería dar un par de vueltas a la manzana montado en aquella Bratwurst de seiscientos caballos. ¿Y cuándo me torcí? ¡Ja! En algún lugar debí dejar una primera piedra olvidatada y desde entonces, como un Sísifo taheño y distraído, voy perdiendo guijarros por la pendiente y aquí están, todos ellos, acumulados como un mojón enhiesto en plena sesera.
POLICARPO
Deja de torturarte, Cenoura, y búscate una novia.
DOCTOR ORANGJO
Ay, mi querida Piletina, ¡cuánto la añoro!
POLICARPO
¿Murió?
DOCTOR ORANGJO
No; sólo éramos unos niños, en un palacio imaginario de mi cabeza.
POLICARPO retira la Poderosa vacía y la guarda bajo la barra, en un rincón reservado. Saca un paquete de Gamile de su delantal y ofrece un cancrillo al doctor. Los dos fuman en silencio y los cirros de tabaco forman turbulencias a merced del ventilador del techo. Al rato, el DOCTOR ORANGJO agarra su media chaqueta y se va, dejando una nube de humo tras de sí, y una obesa y reiterada cuenta a deber.