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18.4.15

Casiopea.

a Jerry García.


Pasaba los días acumulando sueños, inspirándome con mis propias aspiraciones, testigo del transcurrir con caparazón redondo y pies de quelonio.

Pulsé un botón que me sacudió levemente el índice de un chispazo y la pantalla se puso en standby, la tierra tragóseme, y desde entonces introduzco un boleto en el torniquete que la hace girar, y así voy y así vuelvo, cuando me escupe.

Por el camino vi cómo del teléfono de una muchacha salían unas garras negras y transparentes que se hincaban en su nuca y tiraban hacía sí de la cabeza solazada. Y pensé que algún día tendremos dos pares de pulgares y serán los aparatos los que jueguen con nosotros.

Se adivina la acera entre la basura, y entre los bosques de corbatas me percibo como un paria y me zambullo en una sonrisa que va flotando por encima de los semáforos, y las parabólicas y, entre comillas, estoy en casa.

Paladines de la tristeza visten ojeras por armadura, y el único paisaje que se vislumbra por la ventana es el propio reflejo del interior del tubo, y las pupilas se esquivan como polos idénticos. Y me disfrazo de un único grano de arena que en un desierto se vuelve nada.

Café y canhaba para las mañanas con el redondo rubio colándose a través de las cortinas. Yo sólo me entretengo intentando ver qué tengo en el tenedor y sólo sé que no estoy aquí para gustarte a ti, así que fluyo.

Me voy al traste y me encuentro entre las cuerdas, coma, las teclas, las letras, las notas, punto. Me acuerdo de las cosas por el olfato y con tanto humo no sé si fue ayer o será cuándo.

La vida se sucede y nos damos cuenta y nos anestesiamos y al final uno se encuentra cómodo siendo un punto en perfecta autocomplacencia, feliz ciega y sosegadamente. Y cuando toca salir a respirar, nos vemos maravillados por la luz de la superficie como si aquello no fuera lo real y se tratara más bien de un sueño.

Y es que la realidad no la dictan las palabras, sino los hechos. Y pensando de más, pasa lo de siempre, y lo demás lo traemos porque lo hemos cogido en el laberinto que construimos y ahí mismo nos perdimos por tener muy corto el hilo.

Olvidé los globos de colores, las burbujas, los olores. Olvidé los ronquidos de dragones, las piedras rebotando en el río, la leña ardiendo de noche, el zumbido de los mosquitos. Olvidé el dormir despierto y el soñar contigo.

Pero tengo una amapola, y un pez bajo el ombligo. Tengo también un colibrí que liba por mí y pulula en espiral por mis pupilas y entre los otros. Tengo que escribirlo. Traigo un rostro roto por cada nuevo descosido y está todo en garabatos en cuadernos y si lo leo me voy conmigo.


Suelto una lágrima y sonrío. Y me digo que nos hacemos viejos, amigo, que vamos por buen camino. Que el hogar está donde está el trasero, y que siempre nos tendremos, aunque el suelo no sea el mismo.

Brandon Dover

11.4.15

La ninfa.

Cansado de estar cansado me decidí por acostarme temprano y mirarlo todo después, cuando fuera ya de día. No sé cómo llegué a tales derroteros, pero pronto me vi pensando en ella y, maldita sea, hacía una eternidad que no lo hacía. Pienso que nunca estuve realmente enamorado de María, que fue cosa de unos días, la alegría de las pequeñas cosas, ociosos al sol, y un puñado de no tan pequeñas bolsas, más bien copiosas, repletas de maría. Qué época tan feliz aquella, de veras. Ojalá me hubieras conocido entonces. Llevaba un par de meses trabajando en la librería y no podía sentirme más en mi sitio que colocando libros en sus respectivos. Los jueves, al mediodía, subía desde nuestro piso en la calle larga hasta el mercado de la plaza y compraba frutas y verduras, para después refrescarme con tantas cervezas a la sombra disfrutando de la compañía de los que gozan charlando acerca de cuán lejos quedó el invierno. Con la luna llena de marzo habían llegado los seis de Wanda, y a menudo nos acercábamos a La Albuera para visitarlos en su diminuto palacio, que era una carpa púrpura con travesaños de madera y ahí mismo, con mi pez rebosando naranja, aprendí a hacer barcos de papel. Había pasado los últimos meses viajando, de Lisboa a Ámsterdam pasando por Jerez, y, sin apenas tiempo para haber deshecho la mochila, ya se encargaba un picoleto de registrarla buscando escoria justo a dos kilómetros de Coria. De aquella noche recuerdo bien poco y se trata de una sonrisa que me colgaba de las orejas mientras se me enredaban en el pelo unas polillas como leviatanes. Joder, si nos reímos. Ella llegó sin que yo quisiera percatarme demasiado, enfrascado como estaba en Cien años de soledad y los submundos de Alonzo Testa. Había fabricado con mis propias manos una pompa enorme y cómoda donde cabían un montón de cosas y donde me lo pasaba fenómeno. Y ella, ay, ella, reina de las pompas, bruja de las burbujas, ninfa entre los nenúfares; ella fue la libélula que con los ojos morochos y achinados fue a posarse en mi fina película, mi animula vagula blandula, y ésta se fundió, confundida. Hubiera sido un crimen no haber besado aquellos labios esa noche. Fuimos felices y después me fui y ella se fue. Y ella se fue. Y ella se fue. Y en todo este tiempo no ha hecho más que crecerme la barba y mientras tanto me he ido desconociendo tantas veces… Y hoy… hoy sólo quiero volver a mi puesto de libros en el ágora y charlar con aquella chica risueña de mejillas sonrosadas con la que compartí un pacto secreto, oculto en una vieja maleta. Hoy sólo quiero que el latido del teléfono me pueda devolver su voz, aunque sea por un rato, y así yo saber que todo va bien, que es así, que es el tiempo. El día en que me di cuenta de que no quería seguir, nos vimos todos en la viña y bebimos cerveza en lata al sol descalzo, durante toda la mañana. Fui a trabajar por la tarde, y al salir, me hicieron una entrevista. Después entramos en un concierto de Latin Jazz con botellas de cerveza en las perneras del pantalón y, cuando terminó, nos dimos de bruces con la inauguración de un bar en la calle de los ídem, y ahí ya fue cuando nos rendimos a los efluvios de la birra que fluía, que corría por cortesía de una barra libre que repartía a rebosar. De todas formas no tardamos en regresar, a eso de la medianoche y cargados de provisiones, dispuestos a degustar el insólito menú que el azaroso yoquesé nos había preparado: sendas raciones de hongos psilocibios con una mijita de fenetilamina de iodo. El viaje a partir de ahí fue de cada uno y ya se ha escrito mucha psiconáutica; lo que quiero decir es que aquella noche vi un aguará guazú que ansiaba de lejanas praderas por donde pulular mientras yo prefería ponerme a ulular sentado bajo un árbol y entonces la luna se hizo grande entre las ramas —esto fue la segunda entrevista— y yo, qué más, pues me puse a temblar con el crujir de una bujía y de la risa se me olvidó todo, y por detrás de los pájaros amaneció en el cielo. Y yo quise beber de la botella de vodka, pero ella no quería que lo hiciera. Y yo sentí que hacía años que no la veía y que de todas formas quién era ella para culparme de hacerle daño. Ella masculló que el alcohol era el demonio y yo me declaré abrazador de Abraxas y cambié sus labios por los otros, los de cristal. Unos días antes había nevado en pleno mayo. Lo que pienso ahora que esto significa es que, a veces, hay un resplandor, un chasquido, como en un cambio de rollo en un proyector; y dura apenas un instante, un parpadeo. Ese parpadeo fue lo que ella y yo tuvimos, y al volver a abrir los ojos, ya no estaba. Me volví más distante y, al poco, ella terminó de impartir un curso de creatividad en la facultad y puso un pie en el oeste. Unos meses después yo volvía de Irlanda con una espada de madera y ella se tocaba los mechones del cabello con plumas de cóndor y sudaba en temazcales con San Pedro. No digamos ya ahora, un par de años después. Y es que es así, yo lo he visto: los caminos que se cruzan no son por ello convergentes, que en un pispás te ves al otro lado del globo y vete tú a saber quién carajo esconde la chincheta. Pero algo ocurre y es lo que trato de escribir; María ya no está. No es que haya muerto, ni esté desaparecida. Ni siquiera sé si está, pero para mí, no está. Como si con ella se hubiera ido la alegría de aquellos días. No es que no haya vuelto a ser feliz desde entonces, simplemente se trata de una felicidad distinta, tal vez más madura, más curtida, más sencilla. Más relajada. Creo que aquel día, aquel día en que me fui, en que se fue, en que nos fuimos, algo se fue en mí, como si la infancia se tratara de una naranja que se fuera desgajando con los años y cuyas porciones hay que cuidar como tesoros para poder más tarde disfrutar de la jubilación. No fui justo con ella, pues la culpé en secreto de ocupar mi tiempo y de impedir con su presencia que yo pudiera sentarme a escribir en mi trono de mimbre; cuando lo único que ella pretendía era ser musa, quizá con cierta insistencia, todo hay que decirlo. Ahora lo comprendo desde otro cerebro, que es el mismo, pero más viejo, y lo veo todo con cariño. Todo aquel capítulo en mi vida, en el que disfruté y sufrí, a partes no iguales, por no saber sacarle un provecho creativo a todos los acontecimientos y las tantísimas nuevas experiencias que decidieron darse cita en mi vida en un tiempo tan reducido y pleno. Ahora ya sé que las ideas son semillas que han de arraigar y crecer con la calma, que los temibles bloqueos de escritor no son más que temporadas de barbecho, y que son los propios escritores los que se arrancan las canas de la cabeza en vez de distraerse con la vida y decirse: Ya llegará, ya llegará. Y mientras tanto, yo guardo una  maleta bajo la cama, por si acaso, y esa ballena de plastilina,  y este cuello bien largo y joroschó que navega por las nubes que me salen al paso y, de fracaso en fracaso, veo como las barrigas crecen, las espaldas se encorvan y sin embargo alguno de estos cuervos traerá algo nuevo y bueno y pensando eso estoy tranquilo, no me descuido, voy dando pasos.

1.3.15

Lo plácido.

Me gusta el negro de los surcos. Me gustan las curvas y cómo nos las vamos amasando. Me gusta palpar algo con los ojos abiertos e imaginar que es la primera vez. Y me gusta demasiado que tú (…). Me gusta ser testigo del desorden en mi escritorio, me gusta sentarme a no hacer nada mientras ocurre y se escurre por el tablero para acabar cayendo al suelo. Me gusta oír interferencias en la radio y la última voluta jónica del cigarrillo que se apaga. Me gusta cuando entre los dedos y los adentros no hay más que dos finas capas de papel higiénico decorado porque me percibo real, aun esclavo de los procesos de un cuerpo. Me gusta el café y el dulce fósil al fondo de la taza al día siguiente. Me gusta que se me arruguen las yemas cuando pienso en la ducha. Me gusta lo blanco del huevo. Me gusta la luna cuando esboza una sonrisa. Me gusta tener frío en la cara por la mañana. Me gusta cuando me descubro un nuevo síndrome y el espejo se ríe. Me gusta buscarme en el fondo de mis pupilas aunque no me encuentre nunca. Me gustan esos pliegues en tu rostro. Me gusta el magnetismo de la mímica cuando te miro y tú me miras y estas miradas se reflejan entre sí dejando sólo un gesto y un lazo sin nudo. Me gusta entonces quedarme mudo. Me gusta mirarte sin que te des cuenta. Me gusta que me veas cuando no estoy. Me gusta soñarme contigo y que en mi sueño me cuentes los tuyos y que en tus vacíos estén los míos. Me gusta el sonido de las cucharillas al bailar. Me gusta mirarme los cordones cuando camino. Me gusta el rubor del que no se atreve a, o no está seguro de, o del que, de pronto, se ve observado. Me gusta subir los escalones de tres en tres y bajar deslizándome por el pasamanos. Me gusta lo que empiezo y nunca termino y me gusta cuando termino lo que hago. Me gusta encontrar tesoros que no buscaba. También me gusta perder tesoros para darme cuenta de que no lo eran tanto. Me gusta quedarme sin palabras. Me gusta encontrarlas cuando ya se ha hecho tarde. Me gusta cuando hablo y no me entiendes. Me gusta mirar a un sitio y que ocurra algo. Me gusta tumbarme panza arriba y que vuelen los pájaros. Me gusta la elegancia de los peces, la torpeza con la que me levanto, la alegría del verano cuando llueve, la tristeza del silencio mudo que se apaga. Me gustan las farolas. Me gustan las señales. Me gusta el distraído tacto de nuestras manos cuando no llegan a rozarse. Me gusta el polvo de los anaqueles y los vistazos al pasar. Me gusta ese lunar. Me gustan los círculos, las serpientes que se devoran. Me gusta cuando los caracoles se asoman sin saber que habrá detrás. Me gusta un perro con la lengua fuera, me gusta ver crecer las plantas. Me gusta el agua en un vaivén y los pies descalzos. Este oscilar. Me gusta la canica que me regalaste. Me gusta cuando me siento fuerte. Me gusta ser pequeño y me cuelo por las rendijas y también cuando soy grande y alcanzo el cielo con las orejas. Me gusta el silencio y que sólo hable tu pecho. Me gusta guiñar un ojo y que el universo se desplace. Me gusta a veces estar conmigo y otras veces abandonarme. Me gusta no saber qué, no saber cuándo. Me gusta que lo que me asusta se asuste de mí y nos demos un abrazo. Me gustan los abrazos. Tus abrazos. Me gusta gustarme, cuando lo consigo, y cuando estando contigo nos gustamos. Me gusta el sabor de los recuerdos. Me gusta olvidarme de lo malo. Me gusta irme a dormir sin tener sueño, tener sueños despierto, soñar que sueño que es invierno y al despertar sea verano. Me gusta el susurro de un lápiz, las páginas en blanco. Me gusta abrir un libro, olerlo, y al terminar, posarlo. Me gusta la paciencia con la que me ves caer y cómo me tiendes la mano cuando me levanto. Me gusta cuando me siento sin peso. Cuando no pienso. Cuando me callo.

20.1.15

no sé.

no sé cómo empezar esto. el típico plan de tranquis, con los tronquis, que se trunca, y acabas con la nuca desencajada como nunca, bajo un tractor, y, con una carcajada de terror, el doctor te receta que te tomes una siesta, y que menos fiesta, y también que menos setas. lo que se dice: el no tan típico tipo de veintipico, que vive medio en las nubes, medio en las tripas, como trepando a un trípode de tripis, con un tricornio en la cabeza y, en el regazo, un tríptico de los tres tristes tigres atravesándole con el travieso temblor contemporáneo. estar entre las estrellas. las sábanas. bañarse sin piel ni huesos en mil charcos sobre el suelo. fingirse cielo y cuerpo por un momento y palpar el palpitar del tiempo. ponerle un nombre a cada cosa. una palabra. un susurro. una mentira. el viento a través de las ramas haciéndose pequeño y demostrando su presencia. no sé cómo continuar esto. el día dado en que nada te daña, ni te engaña, y cada capítulo tiene un título, y te das cuenta de que la realidad ye como el culo: que todos tenemos uno y cada cual apesta a su manera. y que a menudo nos liamos como tarzanes en los pelos, que en mi mundo son lianas. y así uno se siente bien aunque a veces esté solo, pues sólo hace falta saber que no todo está fatal y que, toques donde toques, sale algo. ahora no sé cómo acabar esto. en qué bar o si aún está abierto el metro. no sé si debería ir a acostarme o si otra vez me costará dormirme. no sé nada de tantas cosas. de tantas costas. de tantos costados. no sé cómo terminar esto. no sé si quiero terminarlo. no sé.

13.1.15

Pompa.

Mascando como una mosca le di forma a un hombrecillo de chicle de fresa. Con suma delicadeza, sujetando la cabeza del hombrecillo entre la lengua y los dientes de delante, puse los labios como los de un pescado y soplé para inflar dos pompas oculares en la pringosa cara del hombrecillo.

Escupí con cuidado y el hombrecillo cayó de bruces en mi, quedándose adherido por la sien y el codo izquierdo a la página de un libro. Le ayudé a despegarse con algo de esfuerzo por ambas partes; y al final se quedó con unos cuantos pegotes colgando al haberse dado de sí su elástico pellejo.

—¡Mírame! —leí en sus mudos labios de goma— ¿Qué has hecho de mí? ¡Ni siquiera puedo caminar con estos pies pegajosos que me ancoran en el sitio!

Decidimos que lo mejor sería hacer de él un bolahombre de chicle de fresa para que así pudiera rodar a placer y desplazarse allá donde viera oportuno con el fin de hallar la felicidad que tanto ansían los hombrecillos de chicle de fresa.

—¡Cuídate de los Clorofilos! —me despedí, dándole impulso con el dedo de en medio como jugando a las chapas.

Salió disparado con un silbido seco que salpicó saliva por todos lados y adiós, ya no lo he vuelto a ver.

Julia Randall

5.11.14

De todo esto.

         Han pasado cinco años, quizá seis. Parece toda una vida, o al menos una Era básica. De cuando nos decíamos mentiras de las de verdad y nos creíamos que el camino a seguir no estaría tan desdibujado y podríamos mirar el paisaje con la calma como sentados en el tren sin tener que caminar ahora cuesta arriba y ahora cuesta abajo, sino aguardando cada estación donde unos suban y otros bajen.

         Que si la vida es como un árbol o nos andamos por las ramas o nos quedamos colgando de una sola, ya sea de una cola bien anillada y joroschó o de una áspera soga de las que ahogan. Y el problema entonces es qué rama escoger: si una baja donde apenas llegue el sol o una tan alta que nos de vértigo.

         Que con dos nudos desnudos trazamos una línea que hace de umbral y no siempre nos atrevemos a cruzarlo. Los perros sí que saben algo de eso y les chistas y les dices: ¡Oye, tú! ¡Quieto parao! Y ahí mismo se quedan y si acaso se sientan. Pienso que a todos nos gustaría ser un poco más perros y un poco menos personas porque cuantos menos peros haya menos se piensa y menos vueltas le das a cualquier cosa y así no te mareas.

         Y yo que sólo soy un flaco barbilampiño de brillantes güeyos —a veces rojos y joroschó—, que intento vivir libre al vidrio y a menudo me duele la cabeza y sólo se me ocurre esconderla bajo una manta y respirar, a ver si se me pasa. Porque la castaña es mayor cuanto más ascienda uno y a partir del piso nosecuántos ya no hay un pasamanos del que agarrarse y aquello resbala como la piel del plátano y a la mínima te haces un esguince de los que te dejan un par de semanas tirado en el sofá y por la ventana sólo se ve un cielo inmaculado lleno de nada.

         Por eso sonrío y lloro; porque el alquimista que dio con la fórmula murió con ella o no sabemos leerla. Y cuando me siento triste sé que pronto volveré a estar bien y cuando me siento alegre sospecho que tampoco durará demasiado. Es como una saudade en morse o tal vez un baile en braille porque no se ve con los ojos pero está ahí, más o menos como todo.

          Que si lees algo como que los electrones de un átomo cualquiera se encienden y se apagan continuamente y que esto significa que todo ye y no ye al mismo tiempo te sientes como que has dado con el sentido de algo o aquello de que todo está en todo y que el Universo ye una suerte de red de diamantes y que en cada diamante se reflejan todos los demás; tiene sentido, de verdad que lo tiene. Y te tienes entonces por un poco sabio pero en verdad sigues igual y solamente has dado con una explicación más de esto que llamamos todo esto. No hay manera de definir, es decir: poner fin, a algo que permanece en constante transformación, algo que continuamente evoluciona e involuciona, que se crea y destruye con cierto equilibrio. Que es y no es por siempre.

         Tampoco necesitamos volvernos locos, a no ser que sea de diversión, como las amapolas; pero eso es otra historia.

         Llamémoslo Ítaca o Nirvana o Paraíso, pero siempre está ahí (y no está). Nos hemos quedado con la cantinela de que a cualquier meta se llega mediante un camino y yo mismo he picado el anzuelo. Pero me he dado cuenta, o al menos es lo que creo ahora, que no existe tal camino, o sí existe pero no es imprescindible. Que vemos el año sabático o digamos pausa para recapacitar como un arma de doble filo cuando las decisiones precipitadas, y ciertamente la mayoría lo son, también esconden una cuchilla en la empuñadura, pero mucho más sibilina y dañosa. Supongo que todo nos hace un poco de herida y un poco de bien y el secreto al final es aprender a vivir feliz aun lleno de cicatrices.

         Yo por lo pronto me conformo, aunque no me mueva demasiado, con no dejar que me lleve la corriente sino solo cuando me apetece, si acaso cuando sea la consigna y la consigna no se cuestiona como tenemos por costumbre.


         Así que levántome a mi hora, sea cual sea, y procuro ducharme y afeitarme cuando toque. Caliéntome los huesos al sol con un café o una cerveza y pienso un rato, pero no demasiado. Respiro, al menos hay que intentarlo. Y me digo que cada paso que vaya a dar sea porque quiera darlo y que si tengo miedo es porque no hay más cojones pero que aún así no puedo paralizarme. Que todo esto sucede sólo una vez y es menester aceptarlo. 

1.10.14

La vie en rose.


         Ludomir Siva no recordaba la última vez que se había sentido feliz de veras. Su sonrisa era desconocida por todos (los pocos que alguna vez hubieran coincidido con él), incluso por sí mismo, pues las pocas veces que pudiera haberla esbozado no tenía un espejo a mano para observarla; y en parte era por eso que no sabía reproducirla.

         Transitaba una vida gris en la que apenas tenía ánimos hasta para fruncir el ceño. Se deprimía cuando llovía, también cuando salía el sol, por lo que siempre se quedaba en casa con las persianas bajadas. Hacía la compra por internet y, cuando el mozo tocaba a la puerta para hacer la entrega, éste se encontraba con una nota junto a la mirilla que le instaba a dejarla sobre el felpudo y a largarse de ahí. Ludomir había heredado una pequeña fortuna que le permitía no trabajar y dedicarse por entero a su única afición (si es que se puede llamar así): sentarse en su butaca oliva y mirar fijamente el punto del rincón donde se juntaban los dos zócalos de sendas paredes con el suelo; aunque cuando la rutina se volvía insoportable reclinaba el respaldo para observar el blanco del techo. De hecho, no se podría decir que Ludomir Siva fuera un tipo triste, simplemente era aburrido, un coñazo.

         Una santera de Panamá, por vicisitudes del destino que serían muy largas de exponer, llegó un día a casa de Ludomir, y le ofreció un conjuro vudú que le haría ver la vida color de rosa, tan sólo a cambio de su mirada. Ludomir no pudo decir nada; se distrajo con las profundas pupilas de la santera. Y así, con su mirada, selló el trato.

         Ludomir tenía por costumbre soñar con una pared vacía o cualquier tipo de superficie lisa, pero aquella noche sucedió algo extraño que le hizo revolverse entre las sábanas: soñó figuras y formas. Al principio no eran más que polígonos bien geométricos, pero, a medida que sus ojos lubilubaban bajo los párpados,  éstos fueron tornándose curvilíneos, incluso esféricos, y esto mismo, oh amigos míos, para Ludomir era ya lo último de lo último: soñar en tres dimensiones.

         Después de tales ensoñaciones, justo a la mañana siguiente, nuestro querido Ludomir se levantó con un entusiasmo inusitado. Había cierto brillo salmón claro o quizá clavel o coral en el ambiente y Ludomir salió por la puerta con los pies descalzos y dando saltitos.

         El aire fresco acarició su rostro y sintió dos cordeles invisibles tirando de las comisuras de sus labios hacia el cielo, mas no se preocupó lo más mínimo; cerró los ojos y, por vez primera en su vida, relajó su expresión del modo más apacible que cabría imaginar.

         Con las mencionadas tonalidades, todo cobraba un nuevo sentido para Ludomir, las cosas dejaban de ser puntos unidos por líneas para convertirse en fuente de deleite para la contemplación. Los brillos y las sombras le producían un hormigueo en la coronilla y cada textura hacía tamborilear su estómago y el vello de sus brazos se erizaba. Tan en paz sentíase Ludomir, que se volvió rosa.

         La, hasta entonces, monótona vida de Ludomir carecía de tiempo y nunca aprendió a contarlo; pero se atrevió a pensar que pasó poco rato entre que aprendiera a ver el mundo y se quedara ciego.  Sí, amigos míos, Ludomir no tardó en verlo todo literalmente rosa, como si estuviera envuelto por un velo fucsia más liso que el techo de su pieza; buceaba en un mar de batido de fresa.

         De una persona como Ludomir se podría esperar que después de una experiencia como aquella, se viera desconsolado por haber visto y haber perdido, o cuando menos indiferente, acorde con su acostumbrada actitud; pero Ludomir sentíase feliz en su ceguera rosa, olvidando el vértice del rincón.

         Ludomir había aprendido a ver, tan sólo a cambio de su mirada.



23.9.14

Lu.

Lu solía llevar una cacerola por sombrero y un culo velloso como un melocotón color carne pálida. Masticaba kikos MisterCorn y recordaba sus tesoros mientras gritaba por hobby sentado sobre una caja de plástico rojo de la marca Coca-Cola. Un día salió a la calle en blanco y negro de camisa y chaqueta y en calzoncillos a lo Geoff Stern y se fotografió a sí mismo con algún tipo de artilugio y nos mandó un póster con la instantánea. Lu se reía de nada y por todo y viceversa. Lu bailaba con la vida en un abanico de formas y colores y cuando ésta le pisaba el pie, Lu seguía bailando. Lu vivía perdido y feliz como una perdiz. Una vez se bañó en los charcos de la noche para hacerse unos largos y empapado hasta el yeyuno siguió bebiendo hasta el desayuno, que fue rico en sobrasada y en las lentejas de la cena. Lu tocaba el theremín y el acordeón y a menudo un arpa de boca que guardaba siempre en el bolsillo del pecho de una camiseta de Fido Dido que nunca se quitaba. En otra ocasión, Lu fue a depilarse la sobaca a la peluquería de Nati, entre comillas, y le confundieron con una bicicleta a la que se le había salido la cadena; y Nati se pasó la mañana subiendo y bajando las escaleras tosiendo y dando tumbos mientras fumaba tabaco rubio. Lu fue a navegar o de pesca con su padre, llenaron la cesta con tres coma catorce pares de botas, todas ellas del pie izquierdo; esa noche cenaron una ensalada. La madre de Lu era una excepcional cantarina en la ducha, aunque su higiene dejaba un poco bastante que desear; todos la queríamos mucho a ella también, lamentablemente firmó sin querer un contrato para cantar en el gran escenario de las nubes, y es tan estricto que no tiene tiempo para volver. Lu también perdió una pierna en un accidente con un yogur, y se hizo implantar un xilófono por tibia y un cascabel en el tobillo; el resto del pie era de un muerto. El vecino de abajo de Lu era un gitano con una especie de brújula tatuada en un lado del pecho que vendía perfumes en la placeta de los hermanos Arribas y que fumaba también tabaco, pero negro; tenía diecisiete hijos, diecisiete, y todos se llevaban bien. Lu jugaba al Tetris y al 25, pero nunca pasó del 13. Lu bebía moscatel on the rocks los días impares con un verde y observaba cómo el sol hacía crecer las plantas; los días pares las regaba. Cierta vez se vistió de gorila un día que no era de carnavales y comió bananas encaramado a las farolas; se lo llevó la perrera y nos cagamos de la risa. Cuando te sentías triste, Lu aparecía como un mimo y pescaba tus penas con un anzuelo invisible y los echaba a la barbacoa de mismo color para hacerse unas hamburguesas con queso como las de los niños perdidos; con patatas, refresco, postre y regalo. Cuando Lu iba a la playa, nadaba como una nutria o una suerte de cocker spaniel de pelo liso y surcaba las olas como un pingüino; aunque un día le cogió una despistado y tragó tanta mar que estuvo cagando líquido una semana. Volvió a nacer aquel día, pero igual que todos los demás días. ¿Qué más decir de Lu? Uno siempre se quedará corto hablando de Lu. Que me alegra haberle conocido; y que espero que no esté muerto, porque ya hace como casi tres cuartos de hora que no sé nada de él.

1.12.13

Joroschó.

         Todo parece tan obvio que no merece la pena cuestionarse esto y aquello como un simio preguntón y desorientado. Las manos en el suelo, con el delicioso samsara que nos mata de risa. Un tipo me dijo: ¿Sabes por qué me gusta tanto ir a mear? Porque son los únicos momentos en los que me siento relajado de veras y mi cuerpo se vacía. Y fue entonces cuando me percaté de que el tiempo también pasa para el resto.

         Jugando con las vocales un minino sonriente me preguntó que quién era yo. ¿Yo? Yo sólo sé quién quiero ser. Dicen que sólo con eso no vale, pero también que todo son etapas, y ahora mismo yo soy ésta. Mira a ese gato encaramado entre las ramas que se ve por mi ventana ¿Acaso no es un motivo de alegría tan justificado como un cumpleaños o algo así? Las suelas de nuestros zapatos brincan y hacen cabriolas sobre una loca roca preciosa que da vueltas en torno a una estrella cualquiera, ¿Cómo no nos vamos a reír?

Wassily Kansinsky.

13.11.13

Oso hormiguero.

         —Conocí conocí a un tipo —dijo García desde el taburete frente a la barra—, creo que se llamaba Baum o algo así, era astromecánico, se dedicaba a arreglar estaciones espaciales y esas cosas. Me contó —dio un largo trago a su vaso de vino— que una vez estaba ajustando unos paneles y toqueteando unos manguitos a gravedad cero, con su traje de astronauta y todo, cuando vio pasar a un oso hormiguero con escafandra flotando por ahí. Eso me ha hecho pensar… ¿Cuántos osos hormigueros estarán en órbita en este mismo momento? o sin ir más lejos ¿Quién será el que les pone todas esas escafandras adaptadas? Hay tantas preguntas y tantas respuestas que no existen… Es como aquello de si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie para oírlo, pero así con todo —apuró los últimos sorbos de vino y pidió otro— ¿Qué me importan a mí, después de todo, los osos hormigueros estén donde estén? ¿Sabes? Tal vez para un biólogo amazónico pueda resultar un tema de una trascendencia terrible, pero para mí, que sólo soy un humano que está aquí, ahora, contigo, hablándote de todo esto, no deja de ser más que una mera anécdota curiosa que no cambiará tu vida lo más mínimo, si acaso en que a partir de ahora podrás decir que conociste conociste a un tipo que conoció conoció a un tipo que era astromecánico y no sólo eso, sino que además vio a un oso hormiguero flotando a cuatrocientos kilómetros sobre la Tierra que, por si fuera poco, llevaba escafandra. Es tan difícil y al mismo tiempo tan sencillo explicar todo esto… Quiero decir que nada importa de veras, si acaso unas cuantas cosas como el amor y la felicidad y el poder llevarse algo a la boca de vez en cuando. Incluso se podría prescindir de las dos primeras si uno se conforma con la supervivencia neta. El caso es: ¿Por qué preocuparse entonces? Si puede haber osos hormigueros en el Espacio, quién te dice que no puede haber uno justo detrás de ti justo ahora, o tal vez uno muy pequeño alojado en tu cerebro o en tu menisco, quizá cientos ¿Pero sabes qué? Si uno ha de preocuparse por los osos hormigueros también tendría que hacerlo por la recogida de basura y a nadie le gusta tratar con todo eso. Y no les culpo, a mí también me gusta pensar que soy hijo del viento y los ríos criado por árboles y ovejas y lobos, con el mismo fuego aquí en el pecho que el que hace arder el Sol, y cuando pienso estas cosas me olvido de todos los osos hormigueros o baobabs que puedan estar flotando o creciendo por ahí y se me pone una sonrisa joroschó.

27.4.13

Carpio koi heyoka.


         Los niños se reían de mí por llamarme Carpio, pero me gustaba. No todo aquello de las burlas y bravuconerías, sino el nombre en sí. Tiene algo de magia, algo de payaso sagrado, algo así como el fresco estupor de la fina lluvia norteña en los párpados.
         Siempre he creído en que el nombre propio influye en la personalidad de cada uno, como un signo, pero ahora me han hecho ver que nuestro nombre no tiene por qué ser el mismo con el que nos salpican de agua santa susurrando inocuos conjuros sobre la llorosa facha, sino una palabra que nos define, una esencia resplandeciente. Ése es nuestro nombre.
         ¿Pero qué vamos a saber nosotros, si sólo somos una manada jumdirilla de lunáticos joroschó que se tumban a la sombra de los árboles?

         Me decían cabeza de calamar, pero nunca entendí el por qué. La nostalgia es el primer síntoma de ser humano y por eso olvidamos los miedos y torturas de la infancia para recordarla como una verde campiña de margaritas y verde trébol bajo el cantar del mochuelo y de la alondra. Pero engañarse para complacerse es el segundo síntoma de ser humano.
         Yo creo que no somos más que monos calvos y locos.
         ¿Pero qué voy a saber yo, si escribo esto en una madriguera tenue alborotada de cachivaches y mamotretos, acomodado en el hogareño colchón?

         Volví a soñar que era un astronauta dormido en el fondo del mar, pero esta vez no sentía las mareas acicalando las algas, sino silencio. Me asusté, a mi manera, pero no fue un sueño inquieto, sino custodiado por una calma solemne o algo así.
         Supongo que hay que ser feliz siempre.
         ¿Pero qué voy a saber yo, si mi escafandra me sirve de pecera para el flagrante koi heyoka [1] de mi barriga y no sé del mar más que es grande y azul?
        
         Mi papá me enseñó una vez —aunque, siendo justos, me lo tuvo que repetir muchas veces— que los senderos ya están hechos para ser andados, y que no hay que inventar la bombilla cada vez que te quedes a oscuras, también que hay que darse prisa porque el hielo se derrite y pronto el agua lo anega todo. Y que hay que ser feliz.
         Mi mamá me enseñó a ser paciente, supongo. Y que aunque no se tenga humor siempre hay sitio para una broma. Me enseñó a respirar bien profundo y a escuchar con oído joroschó los bramidos de las olas. Me enseñó a leer, y que no sólo hay que hacer lo que se quiera sino también querer lo que se hace. Y que hay que perseguir los sueños. Y que hay que ser feliz.
         ¿Pero qué van a saber ellos, si se besaban suspendidos en una pétrea pared en aquella foto vieja que tanto me gusta?
         [A mi hermana le dedicaré otro capítulo.

         Leí cartas del norte que decían:

                   »Fríos susurros arrastra el aliento desde Jutlandia. Cruzamos obnubilados las aristas del laberinto anacrónico con las manos expandidas y agitadas y la mirada desviada en su propio globo.
                   »Fríos sudores de la paranoia amable que convierte el paseo en un terrorífico evento con final feliz extremeño cerrando el círculo de la novatada de la percepción histérica y otras vesches.
                   »Que caminamos sin rumbo en círculos heptagonales evitando los puentes, asustados por el vertiginoso gira y gira de la moneda terráquea.
                   »¡Beaumont y Village, héroes del acertijo del laberinto anacrónico!

         Y no entendí nada.
        
         ¿Pero qué voy  entender yo, si el mayor océano que conozco es una palangana de plástico navegada por barcos de corcho tripulados por hormigas?


         Aquel viejo catalán, al marchar de Macondo para volver a su aldea natal, dejando un montón de libros, dijo algo así como: —¡Acá le dejo toda esta mierda!
        
         Y no le faltaba razón porque, al final de todo —que también es el principio—, no sabemos nada.




[1] loco.

17.2.13

Cazando moscas (II).


         A veces me gusta mirar fijamente al segundero del reloj, he descubierto que si uno se concentra lo suficiente puede hacer que cada segundo sea más largo. Claro que esto sólo lo percibe el que esté atento a las manecillas. Y también algunas personas con espirales en la cabeza, pero eso es otra historia.

         Cualquiera podría pensar que esto no es más que perder el tiempo, que de ningún modo se ahorra al estirarlo, y están en lo cierto. Pero yo creo que a veces es bueno perder un poco el tiempo, pararse a respirar mientras escuchas el infinito infinito tic-tac y darse cuenta de que todo está ahí, flotando en yo qué sé qué, algo como un gran útero cósmico en el que impera el silencio por encima de todo lo demás.

         Calogero me dijo un día que sólo oyes el tic-tac de los relojes cuando no estás haciendo nada, precisamente para recordártelo y despiertes de ese dulce ensimismamiento y a otra cosa. Creo que fue en noviembre, cuando yo estaba tan delgado que hasta se me marcaban los síndromes bajo la piel como si fuesen huesecillos perdidos. Bebíamos ron.

         Aún no tengo claro del todo qué es perder el tiempo, porque los momentos más felices de mi vida siempre han sido cuando, según la moralidad o llamadlo sentido común moderno, perdía el tiempo. Tal vez yo sea un soñador, aunque me gusta pensar que todo el mundo lo es a su manera.

         Para que todo esto suceda, desde luego, hace falta estar bien concentrado en nada. Y a veces es difícil de veras, ya sea por unos finos tabiques que escupen todas las malas vibraciones vecinales o por uno de esos enanos que habitan los grifos antiguos y se dedican a tocar música de cañerías —a veces este género tiene su gracia, pero por lo general suele ser monótono e irritante—. Todo son etapas.

         Supongo que perder el tiempo es estar aburrido, sea lo que sea lo que se esté haciendo. Amigo, si te aburres en el trabajo, entonces es que estás perdiendo el tiempo.

         Bueno, eso me parece a mí, pero ¿qué sé yo?

Wassily Kandinsky.

         

16.11.12

Sísifo.

         A veces echo la vista atrás y no puedo sentir más que decepción con mi vida. Soy ya un tipo viejo y aún no he cumplido los cuarenta. Los últimos años han pasado como una leve brisa, no sé qué he estado haciendo atrofiando mis músculos y mi buen espíritu en un estrecho cubil rellenando formularios e informes con los ojos tristes y el pelo gris y las manos siempre limpias.

         Esta mañana tomé como siempre un café rápido sin nada para mojar cuando el sol aún no había salido y dejé la taza vacía en el fregadero para limpiarla cuando volviese del trabajo una vez el sol se hubiera acostado. La calle estaba solitaria y fría, yo caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha cuando vi un resplandor delante de mí, como una ranura en la acera que se iba abriendo liberando una luz cegadora y dejando a la vista una rampa que descendía bajo la ciudad. No pensé en el trabajo entonces, ni en qué sería todo aquello, simplemente me dejé llevar como atraído por imanes a través de esa abertura.

         El suelo empezó a deslizarse hacia las profundidades, calculo que estaría ya por debajo incluso de los túneles de metro. Una extraña sensación invadió mi cuerpo, una terrible comodidad, como cuando se vuelve al hogar, al subterráneo útero de nuestra existencia.

         Tras una pálida neblina, fui a parar a una enorme sala llena de gente. Me sentía confuso y perdido, pues era una estancia harto extraña, toda pintada de blanco y llena de luz, me resultaba imposible determinar la altura del techo, que parecía tan alto como el cielo y en algunos momentos casi podría alcanzarlo levantando los brazos.

         Un tipo con el pelo largo y desgreñado del color de la paja y los ojos de un azul mortecino se me acercó todo vestido de blanco perla.

         —¿Y tú qué has perdido? —me dijo.
         —¿Yo? —respondí sin salir de mi desconcierto.
         —Sí, tú. ¿Qué has perdido?
         —No lo sé. Iba por la calle y sin saber cómo he venido a parar aquí. ¿Qué es este sitio?
         —Está bien —contestó de forma enigmática—, sigue todo recto y ve al ascensor, no tiene perdida.
        
         Avancé como me dijo buscando la salida, no tardé mucho en encontrar una larga cola de gente que aguardaba frente a una rampa ascendente y me puse al final. Otro tipo, este más envejecido que el anterior se fijó en mi.

         —¿Tú también, eh? —me dijo con una triste sonrisa.
         —Sí —respondí otra vez—, supongo.
         —Mi mujer y mis hijos han muerto ¿sabes? —empezó a decir— Un conductor borracho.
         —Vaya —contesté—, lo lamento de veras.
         —Ya no queda nada aquí para nosotros.
         —¿Nosotros? ¿A qué te refieres?
         —A nosotros, hombre, los hijos huérfanos de la Tierra. Nuestra vida ya no tiene sentido aquí.
         —No te entiendo —le dije perplejo— ¿A dónde lleva esa rampa?
         —A otro mundo. Este no es para nosotros ya.
         —Pero, pero —no salía de mi asombro—, yo no puedo ir, no quiero ir. ¿Dónde está la salida?
         —No hay salida. La única salida es el ascensor. Si estás aquí es porque debes ir.

         Me quedé sin palabras, y sin haberme percatado la cola había avanzado y ya estaba en el umbral del ascensor. Intenté salir, pero unos hombres con ojos de reptil me empujaron dentro y la puerta se cerró tras de mí.
        
         Estaba ahora en una especie de cápsula, hubo un estruendo y un penetrante dolor invadió mi cuerpo. Me doblé por la mitad y apenas podía ver con los ojos llenos de lágrimas y un agudo silbido en los oídos. El tiempo dejó de existir mientras yo yacía encogido en un rincón de mi receptáculo. No había pensamientos en mi cabeza vacía, sólo dolor. Sentí que todo iba hacia atrás, como si cada partícula de mi cuerpo se fuese separando hasta llegar al espermatozoide y óvulo originales. Un galimatías de chasquidos y ráfagas de colores.

         Un ardor inundó mi pecho cuando todo cesó y volví a respirar. Me levanté y salí de la cápsula con el cuerpo tembloroso y empapado en sudor. El dolor había desaparecido y apenas podía recordarlo ya. Me vi entonces en la plaza de una extraña ciudad. Cientos de personas salían como yo de sus cápsulas y todas se abrazaban con extraños seres de forma humana y mirada de lagarto como los que me habían empujado antes, no acierto a determinar cuánto tiempo había pasado desde entonces.

         Uno de ellos se acercó a mí con una sonrisa de serpiente que dejaba entrever unos afilados colmillos. Me quedé paralizado por el miedo. Pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros y me condujo con paso sosegado.
        
         —¿Sabes dónde estás, verdad? —preguntó arrastrando las eses que resbalaban por su lengua bífida.
         —No —respondí casi sin aliento.
         —Estás en Sísifo, ya no debes temer nada. Todo irá bien a partir de ahora.
         —¿Sísifo? No entiendo nada… ¿Por qué estoy aquí?
         —Porque nada te ataba en la Tierra.
         —¿Qué quieres decir, es que estamos en otro planeta?
         —Por supuesto, estás en Sísifo ahora. Aquí no sentirás más hambre, ni sed, ni frío, ni miedo. Aquí no podrás ser triste.
         —Pero… ¿cómo he llegado aquí?
         —Estás lleno de preguntas, pero tranquilo —me dijo—, pronto las olvidarás y podrás vivir en paz. Calla ahora, te enseñaré tu nuevo hogar.

         Paseamos por las calles de Sísifo durante horas, calles llenas de edificios inconmensurables que se elevaban sobre nuestras cabezas, no había tiendas ni restaurantes, sólo gente vestida de blanco que paseaba ensimismada con una sonrisa absorta. Parecía una especie de cielo donde las almas pasaban la eternidad con el suave rumor de sus propios pasos descalzos. Aún así, aquello me asustaba.

         Llegamos por fin a la que había sido asignada como mi propia casa. No era más que una habitación diáfana con un colchón circular en el centro y grandes ventanales por los que se veía la infinita urbe.

         —Éste es tu lar. Ahora eres libre para no temer —dijo el ser desde el umbral—. Aquí te dejo ahora.

         Me quedé solo en el aposento, mirando por la ventana intentando comprender qué estaba pasando. Mis ojos se fueron acostumbrando al blanco cegador que producían los dos soles del cielo y que parecían no dejar nunca paso a la noche. Tras unas horas de divagaciones, me acosté en el cómodo colchón. Tal vez despierte de esta pesadilla, pensé antes de sumirme en un profundo sueño.

         Desperté bien descansado y los dos soles seguían en el mismo sitio. Así será difícil ser consciente del paso del tiempo, pensé. Me sentía totalmente renovado y contento, algo gris dentro de mí había desaparecido. Coloqué un par de mullidos cojines frente al ventanal y me senté a observarlo todo desde las alturas. Verdaderamente los habitantes de Sísifo no hacían más que pasear y contemplar el mundo, la vida en este planeta se había reducido a la mera y plácida existencia, sin necesidad de comer o beber. Era como un limbo donde nada tenía importancia.

         Alguien tocó a la puerta con suavidad y salí de mi ensimismamiento para abrir. Era un joven que no superaría en mucho los veinte años y que, a diferencia del resto de habitantes del planeta, presentaba un rostro cansado y ojeroso medio ocultado por los cabellos azabache.

         —Hola —dijo rápidamente mientras entraba y cerraba la puerta tras de sí.
         —Eh… hola —respondí yo, sin turbarme demasiado por su inquieta actituda—, ¿quién eres?
         —No lo sé —contestó—, quiero decir, no tengo nombre. Aquí nadie lo tiene.
         —Yo sí.
         —¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
         —Pues… —pensé unos instantes— No lo recuerdo.
         —¿Ves? —dijo entonces— A ti también te han lavado el cerebro. Escucha, tienes que largarte de aquí. Vente conmigo. De vuelta a la Tierra. Aquí no estamos seguros.
         —¿Qué?
         —Somos comida. Los lagartos nos tienen aquí de alimento.
         —¿Qué dices? ¿Qué lagartos?
         —Ellos. Los que nos han traído aquí. No son hombres. Es un disfraz. Nos traen aquí y nos hacen creer que vivimos en el Nirvana, o algo así. Y luego nos devoran.
         —Pero… —respondí incrédulo— eso no tiene ningún sentido.
         —No hay tiempo para más explicaciones, he encontrado la forma de escapar. Si quieres venir conmigo, ahora es el momento. Si no, puedes quedarte a esperar a que te devoren.

         Me miró con sus penetrantes ojos negros y sin decir una palabra más, abrió la puerta y caminó con paso acelerado por el largo pasillo que conducía a las escaleras. Después de unos segundos dubitativos, salí corriendo tras él.

         —Está bien —dijo satisfecho—, sígueme a cierta distancia y camina despacio y tranquilo, que no sospechen. No tardaremos en llegar a la plataforma de lanzamiento.
        
          Caminamos durante un buen rato bajo la silenciosa mirada de los ojos de serpiente que nos vigilaban. Intenté no llamar la atención con las manos en los bolsillos y silbando una despreocupada melodía, pero me sentía nervioso con el rostro tenso y la vista fija en el suelo a excepción de fugaces vistazos que dirigía a mi misterioso compañero.
        
         Por fin llegamos a la plataforma de lanzamiento, un edificio enorme con grandes pórticos y altísimas columnas parecido a una siniestra catedral blanca. El joven me agarró entonces de la manga y me llevó a un rincón donde no podían vernos.

         —Muy bien —empezó a decir apresurado—, hay algo que debes saber antes de embarcarnos: Salir de Sísifo está prohibido para los humanos.
         —¿Y cómo pensabas huir?
         —He estado observándoles durante mucho tiempo y he visto cómo lo hacen. Todos tienen una marca, un corte en los pulgares. Creo que es por donde salen de su disfraz de humano. Tenemos que hacernos esos cortes.

         Sacó un afilado escalpelo de su bolsillo y se abrió los pulgares con limpios cortes verticales que cruzaban la uña hasta la primera falange dividiendo el dedo en dos. Se limpió la sangre con una gasa y rápidamente agarró mi mano para practicarme la misma cirugía. Me zafé con un movimiento brusco, atónito por el arrebato de locura que acababa de presenciar. Miré sus decepcionados ojos, que reflejaban el miedo a hacer aquello solo; no era locura lo que habitaba en aquellas esferas negras. Tomé el escalpelo y sin pensarlo dos veces, rasgué la carne de mis pulgares encogido por el punzante dolor. Ahogué un grito apretando los dientes hasta que no podía oír más que el rechinar de los mismos. Con los ojos llorosos, me limpié la sangre que pronto dejó de brotar y fuimos hacia las filas de gente que esperaba ser enviada a la Tierra.

         Nos pusimos en filas distintas para no llamar la atención, y antes de cruzar el acceso a nuestras respectivas cápsulas, nos lanzamos una mirada cómplice, algo así como un “hasta pronto, nos vemos en casa”.

         Esta nave era diferente a la que me había traído a Sísifo, era una burbuja de un material extraño, un tanto elástico recubierto de una película húmeda. Vi a través de las translúcidas paredes los dos soles blancos brillando y, tras un destello cegador, todo se volvió negro manchado de estrellas que se iban difuminando hasta perderse de vista. Me vi entonces en un caos lleno de color, una ensoñación distante. Sentí náuseas y cuando me quise dar cuenta caí desmayado en la ovalada superficie interna de la burbuja.

         Desperté con una brusca sacudida. Sentí cómo la burbuja se ralentizaba mientras atravesaba las nubes y podía divisar ya las verdes colinas llenas de árboles que cercaban una ciudad fantástica con edificios bulbosos de colores. El aterrizaje fue suave, y la burbuja se desvaneció en cuanto acarició el suelo.

         La ciudad en la que me encontraba no presentaba el mismo aspecto vista desde el suelo. Los edificios parecían deshabitados y no había más señales de vida que las plantas que surgían de grietas en el asfalto y que trepaban por las desvencijadas fachadas. Vagué sin sentido durante un rato, cuando el silbido de un dardo pasó junto a mi oreja. Me giré y vi una bandada de críos armados con cerbatanas que corría hacía mí. Sobresaltado, emprendí la huída por las retorcidas calles hasta que alguien me arrastró dentro de un pequeño callejón. Los niños salvajes pasaron de largo.

         —¿Quién eres tú? —me dijo mi salvadora. Tenía unos preciosos y sinceros ojos verdes y una larga melena castaña. Sus ropas eran primitivas e iba cargada con un arco y un carcaj lleno de flechas.
         —No recuerdo mi nombre.
         —¡Oh! —un destello cruzó su mirada— ¿Y de dónde vienes?
         —Es una larga historia.
         —Está bien, ya habrá tiempo. Tenemos que ponernos a salvo. Te llevaré a nuestro asentamiento. ¡Vamos! —exclamó con ímpetu, y salió corriendo cogiéndome de la mano.
         —¿Cómo te llamas? —pregunté mientras me trastabillaba por su ágil paso.
         —Soy Umma.

         Salimos de entre los altos edificios y llegamos a los lindes de un bosque viejo donde unas cuantas tiendas confeccionadas con largos troncos y pieles de animales parecidas a tipis indios formaban un círculo en torno a una hoguera. El clan estaría formado por unos veinte individuos entre los que había hombres, mujeres y niños, todos parecían cazadores nómadas, armados con arcos. Umma me llevó hasta el jefe.

         —¿Quién es este extraño, Umma? —preguntó el jefe con tono serio.
         —Lo encontré en Cátar,  estaba siendo perseguido por los póvocs. Dice no recordar su nombre y viene de muy lejos.
         —¿De dónde vienes, extraño? —me inquirió con su penetrante mirada.
         —Pues… —no sabía qué contestar. Era obvio que habían pasado cientos, quizás miles de años desde que había abandonado la Tierra; tampoco podría decirles que había caído del cielo tras un viaje intergaláctico— no lo recuerdo, desperté hará unas horas en aquella ciudad y no sé dónde estoy.
         —Umma —dijo entonces el jefe—, trae algo de agua y comida para nuestro invitado —su mirada se fijó en mis manos—. Y unos vendajes para curarle esos dedos heridos.

         Comí vorazmente y bebí hasta la saciedad. Me habían untado un ungüento en los cortes de los pulgares y empezaron a cicatrizar con una velocidad asombrosa. Me cedieron una tienda —que ellos llamaban vigvamo— donde pasé la noche, y al alba, el jefe vino a despertarme y me llevó a pasear por los senderos del bosque.

         —Nuestro pueblo tiene una antigua leyenda —comenzó a decir—. Dice que un día, llegará un misterioso hombre desde más allá de las estrellas. ¿Ese hombre eres tú?
         —Sí —respondí asombrado—, ¿acaso vengo para salvaros de algo?
         —No —contestó el jefe, ahora en un tono más tierno—. Más bien nosotros te salvaríamos a ti.
         —¿De qué?
         —De ti mismo. Has vagado demasiado tiempo y tu destino desde que naciste era ser feliz. Ahora formas parte de nosotros, eres nuestro hermano.
         —Pero… —titubeé.
         —Recuerda cuando eras joven y brillabas como el sol.


11.9.12

Dominio Astronómico.


         »Viajamos ahora en lanzaderas espaciales haciendo escalas en los principales asteroides del cinturón S-1. Paradas de Moorgate a St. Pancras y la Cruz del Rey, por ejemplo.
         »La tercera ha comenzado y la vida ya no sucede en la Tierra. Sólo Muerte.
         »Y heme aquí, periodista en el Caledonian vestido con vaqueros y gorra argentina. Pasando sed en Angel y calor en el tubular horno de viajeros siderales. Ahora somos algo menos que puntitos brillantes en el cielo nocturno.
         »Sigo siendo más de Cervantes que de Shakespeare, aunque no lo muestre siempre.

+    +    +

         »Y ya en la cálida sala común, me acuerdo de las verdes montañas vestidas con cristalinos ríos, me acuerdo de la moteada arena y el salitre empapando mis piernas, del viento besándome el rostro.
         »Quiero eso, y no el ruido de basura espacial taladrando el casco naval con cada pulgada.
         »Ya no importará a nadie cuando publique artículos sobre la deforestación del Amazonas o la fusión de los polos convertidos en la más pura furia del Océano. Ya a nadie importará ese pequeño planetoide azul, pues vivimos en el Dominio Astronómico, justo como en 1984, pero felices con nuestra ginebra de la Victoria y nuestro papel-de-culo-o-falsa-democracia que no irrita nuestros digestivos anos.
         »No habrá entonces muros ni cadenas — solamente aquellos que no se ven, que son más duros.
         »La verdad, al final, es que nada de eso importa, no mientras tengamos pelis y fútbol y música y comida basura y casera y sana y todas esas cosas que nos divierten y nos distraen, y así somos felices y eso me encanta de veras.
         »Porque la distracción es felicidad. Soy el conocido por el Distraído.
         »Ý así soy feliz cuando no entiendo lo que me dicen y tengo un libro y una cerveza y un amigo con otro libro y otra cerveza y no-hace-falta-tanta-plata.
         »No me queda apenas tiempo antes de mi regreso, y me preocupa si seguiré siendo un periodista de lo foráneo que no entiende una palabra. No me decido si en el buen sentido o no.

—Porque las banderas no son más que terceros apellidos—.

P. Village —Caledonian Chronicle
Estación London-JH.CMDN
24.08.34

14.5.12

Los lejanos silencios en el mar.


—Hace mucho que no soy feliz… ni triste, hace mucho que tengo sueño y no puedo dormir —se movió un poco para estar más cómoda y su silla crujió en un susurro—.
—Puede que tu conciencia esté cargando con un peso que no puede soportar… —dijo mientras exhalaba el humo de un cigarro— ¿entiendes lo que quiero decir?
—El único peso que soporta mi cabeza tal vez sea el mío propio.


Y apuré mi último trago de scotch  bajo la blanca noche. Llevábamos atracados en aquella isla unas dos semanas; a ella la conocí en la tercera noche y en seguida nos entendimos bien. No vi en ella a la típica camarera de bar isleño que se impresiona con tatuajes, cicatrices y músculos endurecidos al sol; sino más bien a una muchacha inteligente con la que valía la pena intercambiar algunas palabras, mi propia Sabina sin sombrero ni Praga.

Aquella noche hablamos durante horas acerca de Orwell y Huxley, de Freud, del cielo y del mar, aunque lo que más recuerdo ahora son los silencios. Siempre es el silencio.

Desde entonces pasábamos las noches en el mismo porche que hacía de terraza del bar hasta que despuntaba el día y yo me tenía que ir en el remolcador  hasta la hora de comer, de todas formas no podía dormir con aquel calor a pesar de la fresca brisa marina y me bastaban un par de horas de siesta tras el almuerzo.

Han pasado ya muchos años y muchas olas desde aquella conversación, y me arrepiento de haberle dicho eso, pues ahora me doy cuenta de que no era cierto. Sí que era feliz. Cargaba con mi propio peso pero era feliz, ella me hacía serlo.

Parece ser que los que no sabemos vivir estamos condenados a dejarnos nuestro amor olvidado en la otra orilla del mar y no hay forma de regresar.

Recuerdo un lunar, pero no dónde estaba. Han pasado ya muchos años y muchas olas y mis ojos se han vuelto grises y mis manos viejas y curtidas, ya no sabré encontrar todo aquello, a mi joven Sabina de ojos castaños tras una Kodak desechable intentando capturar mi rostro para el recuerdo… lamento no haber dejado que lo hiciera, lamento no haber tenido una dirección que darle para poder escribirnos… lamento no haber tenido valor para escribirle desde Singapur o Melbourne o Ciudad del Cabo o Nueva Orleans o cualquier otro puerto en el que me haya apostado.

Lamento que nuestros silencios no hubiesen durado más tiempo.

23.4.12

El viajero sentado.


«La mejor soma es la distancia voluntaria», con esa frase empezaba mi libro, quizá no sea el más conocido de los que me han publicado, pero sí de los que más orgulloso me siento. Se trata de una recopilación de los viajes que hice cuando era joven.

Yo era entonces un muchacho tranquilo, acostumbrado a imaginar para tener y cauteloso con la llave de su amistad, pero vayamos al grano, mi historia comienza en aquel día en que, sin saber cómo, me levanté adulto. Fue como mirarse en el espejo de lo que quieres ser y ver ahí a otra persona, y que en el mismo reflejo ella te coja de la mano y te susurre secretos al oído.

Llega quizás un momento en la vida de todo hombre en la que la felicidad está lejos de aquello que amamos.

Un solo gramo de soma —o una sola unidad básica de distancia— cura diez sentimientos melancólicos.

7.4.12

Los charcos sucios.


Tanto quiso nevar el cielo… y sólo para dejar charcos sucios en el frío asfalto. Como el cable que no me atrevo a cortar, se le ve distraído, ajeno al resto del mundo, aunque quizás porque es éste mundo el que ignora los globos de colores que apenas son manchas en la blanca cúpula de abril. El hielo se derrite, sube la marea y todo desaparece; pues hay que darse prisa entonces, prisa por conocer, por ver, por amar. Y son más fáciles de amar todas esas ilusiones que alumbran el techo de un cuarto vacío cuando aún no ha despuntado el día. Creo haber vivido tantas vidas… que sonrío complacido cuando pienso en que aún estoy en la primera, además de bien temprana. No te preocupes -me digo a menudo- todo llega con las cinco letras de un Sorri y con seguir caminando.

Me imagino ahora como un astronauta en órbita, desde arriba se ve todo, aunque con menos detalle; en esencia observo que no estoy solo, pero aún así… ¿sabes? como si en vez de oxígeno mi bombona estuviese llena de dudas e incertidumbre.

Pero de momento todo va bien, supongo, sí, me gusta pensar eso… lo cierto es que sólo pienso en que va a ir mejor, así me quito las legañas cada mañana en calcetines.

-Olvidaste el tercer acuerdo -me dijo el techo sobre mi cama-, te has dejado llevar por mareas siniestras que ni siquiera son de agua, sino de polvo, basta tan sólo un pequeño soplo para deshacerlas y tú ahí abajo, lamentándote bajo las sábanas.

Tal vez la nieve ha empañado mis ventanas y apenas alcanzo a ver lo que mi peor enemigo, yo mismo, se inventa y escupe como pestilentes fangos en mis oídos… pero bueno, cada mañana, en calcetines, me los limpio con sendos bastoncillos y se van con las legañas. Es por eso que pienso que habita un feo monstruo bajo mi cama. Aún no me he asomado para cerciorarme. No me atrevo.

Pues al final me olvidé el libro abierto sobre la mesilla durante toda la noche y crecieron toda clase de líquenes y trepadoras, como después de un largo verano colmado de días de sol y tormentas. Llenaré mi maleta de lo que sea y me iré descalzo a cualquier lugar, y tal vez así encuentre Paz.

18.3.12

Veinticuatro.


24.
         Esta vez no cogí mi mochila, solo un puñado de revistas literarias y mis pantalones cortos caqui. Lucía el sol ahí en lo alto, pero soplaba una fría brisa —No cogeré abrigo, pensé, no estaré fuera más de diez minutos  —Puse mis pasos en marcha para abandonar mi tierno país subterráneo, el país del fútbol y las guerras sin víctimas, el país de los platos sucios y las botellas vacías —En la pequeña campiña de rocosos arcos, las pequeñas flechas indignadas se mezclaban con trajeadas plumas de celebración (la primera de las que vería en el resto del día). La espera no duró, otros quizá dirán que sí, pero lo cierto es que fue cuando menos amena. Preveía una entrega fulminante, pero fue acompañada de cartas de invitación y cajeros apagados que aceptaban la oferta. Un perro me saludó en el camino, su dueña no, no la conocía, al perro creo que tampoco… El grito con las peores tapas de la comarca estaba cerrado, así que nos dirigimos al santuario de los platos de champiñones y la caña y el mosto, y hablamos de Asimov y de Auxley, de Hesse y Tólstoi, de Cohelo y de Auster; todo para escapar yo de la fría cultura con excusas premeditadas e inocentes —Me sentía a gusto a pesar de las libélulas lobo, que me siguieron a lo largo del día, por cierto, y que cada vez soportaría con mayor indiferencia —El camino es corto y fácil, nos dijeron, pero nos paramos a pelar naranjas con los pies colgando admirando el silencio urbano y el sosegado vuelo de las cigüeñas. No queremos eso, un destino cómodo, queremos caminos tortuosos y enzarzados, queremos inseguridad, no certeza; Buscamos la cura secreta de los sioux, no nos lo pusieron fácil, pero tras muchos pinchazos y arañas invisibles, encontramos la negra y arrugada semilla —Un mar de asfaltos corría ladera abajo hasta las doradas dunas. Cavé ahí la tumba de una de las semillas que antes había recolectado, le deseamos suerte —Inventamos combinaciones de palabras sobre el puente, y una anglosajona nos indicó que nuestro templario destino se hallaba al final de la calle, siguiendo el río, a la dererecha. Y nos sentamos a reír con la nueva palabra, sonrientes como mis calcetines de colores, siguiendo nuestra ruta a través del zoo de niño —El dinero custodia la puerta una vez más, pero yo me conformo con sentarme en el viejo peldaño a la luz del oblicuo foco sobre el reino. Tumbas cavadas en piedra, también de niños o tal vez de enanos… las cuevas antaño templos paganos ahora rinden culto a la santa litrona y las gafas de sol. Pero preferirnos tumbarnos en la árida pradera soñando con ser nubes, con ser piedras… —Todo fluyó después en la verde ribera con paseantes portadores de la libertad y algún perro y algún niño, pavos reales, palomas, gorriones, más cigüeñas, antiguos pasadizos, balcones de princesas, lombrices, mosquitos, piedras saltarinas dibujando hondas, piedras musicales, música del agua, ramos de flores bañándose, ceniceros arcaicos… —Cruzamos el río saltando de roca en roca y atravesamos el bucólico sendero hasta el campo del almendro y el perfume, y las angulosas calles de coches aparcando y repetidas celebraciones —Y llegamos a una nueva época, la época de las vaporizadoras de berzas y los cuchillos y las zanahorias y las patatas… y las lacrimógenas cebollas ¿qué haríamos sin ellas? La época de Traffic y los Kinks y la cerveza —Pasamos a la cena bañada en lambrusco (tras trabajos de carpintería y casi dinamitar algunos cráneos) para celebrar la acontecida aventura —Me dijo «nunca bajes de ahí arriba» y es curioso, porque es lo mismo que le dije yo hará casi setecientos treinta días —John Lee Hocker y Santana ahora, y todo el Universo, recuerdo ahora, es Todo… y se hablan de muchas cosas después de una copiosa cena y unos chupitos de cuantrón derramados, y hay dos pares de ojos que se miran y se ríen con niños tocando el banjo y el violín y la guitarra y la batería; y a veces nos llegan llantos telefónicos que no se pueden desoír a causa del latido del más grande de los amores; dichoso, yo suelto una sonriente lágrima por esto —El camino de vuelta a casa fue curiorrífico pero agradecido, a este día del calendario tendría que decirle que es muy raro, y más hoy que no estuvo pintado de verde, no de ese verde al menos —Mi país yacía ahora pacífico y despoblado, y me miré al espejo con un cuenco de malta y una pluma de hojas… y creo que hasta ahí fue todo… hasta ahora (eso es al menos todo lo que recuerdo).