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26.2.17

Ejercicios de Estilo: Pimiento, serrucho, imán.

                Los autobuses de mi ciudad son de un verde pimiento y además huelen a rancio y, con los adoquines, traquetean de lo lindo y uno piensa que todo el fuselaje está a medio giro de tuerca para venirse abajo y desperdigar a la tripulación por los arcenes, aún con los cascos puestos. A mí me gusta todo ese jaleo y mirar por la ventana; además, si uno está atento, cuando el semáforo se enciende rojo y el bus se detiene, casi puede escuchar cómo se coordinan los susurros de los auriculares en una sintonía como de hormiguero.

                Un día viajaba yo. Más que de pie, iba colgando de la manija y balanceándome por inercia en cada curva. Pensaba en todo esto y en los gobios, los atunes, las percas, en cómo sería ser muil, pez globo o incluso ese tiburón que tiene el hocico como un serrucho. Ya quedaba poco para mi parada, cuando el tipo de enfrente, sin saludarme siquiera, estornuda como jamás he visto a nadie y se le salta un ojo. Qué asco. Aquella bola ocular desorbitada era como un imán para mis pupilas y no pude evitar mirar, petrificado, sin saber qué puñetas hacer. Entonces el tipo se tiró de cabeza por la ventana y nadie se hubiera dado cuenta si no llega a ser por el frío de tardo otoño que penetró en el vehículo en ese instante.

                Más tarde, a eso de las nueve, regresé a la casa de mi viejo y loco tío abuelo, donde me hospedaba, y no encontré más que un socavón insondable en medio de la acera.



Ejercicios de Estilo: Notaciones.

En el Q, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años y sin agallas va pensando en peces. La gente alrededor está como ausente, sumergida en sus auriculares. Otro tipo, de tupido bigote, pliega entre sus dedos el boleto del ómnibus y se lo esconde en la manga. A continuación, estornuda estrepitosamente y un ojo se le sale de la cuenca. Después se arroja por la ventanilla de emergencia usando su cráneo para romper el cristal, en vez del martillo homologado.

                A unas trescientas catorce millas náuticas de allí, en el mismo instante de la eclosión, un anciano hierofante en la bañadera descubre que toda su vida se ha regido por suposiciones de terceros y se tira un prolongado pedo subacuático cuyas burbujas parecen exclamar «¡Eureka!» y entonces se desploma el edificio, dejando un cráter en el suelo y un montón de escombros.



14.5.15

Trilogía de la caca (II).

         Me até la uña en cabestrillo y me acerqué a la tasca para charlar con Policarpo el fructífero bajo las torres del momento. De camino miré a los viejos mirando los escaparates de los gimnasios donde muñecos hinchables vibraban con los electrodos aplicados en sus culos y sudaban sus sobacos, el polen me hizo estornudar y los ojos se me enrojecieron; y para cuando conseguí llegar al Diapasón, los mocos me colgaban de la barbilla y sorbía como un tapir rozando el vómito. —No quiero esta noche la botella blanca —balbucí al entrar—, dadme la botella negra de la ceguera—. Poli descorchó un litro del desasosiego y colmó dos vasos sobre la barra. A mi lado dormitaba un anciano llamado O’Mbl que además tenía la barba sucia de vino, y en la única mesa dos carcamales se repartían las fichas del dominó con palillos entre los dientes.

         —Si vieras a mi sobrino —decía uno de ellos—, el muy inútil… El otro día vino a casa mi hermana a traerme la comida, ya sabes, y me cuenta que su hijo, Marco, siempre va con la paranoia de que se ha cagado encima, o que no se ha limpiado bien el culo y lleva todo lleno de mierda. El tío viaja en el metro con la angustia de que la gente puede oler la peste y que saben que es él el que la lleva encima. Y siempre va pálido por ahí y con el viejo sudor frío por la espalda.
         —¡Qué me dices! —dice el otro.
         —Te lo digo. Y resulta que hacía tiempo que había olvidado ese asunto y solía ir más relajado cuando, la otra noche, sentado esperando el bus, sintió cómo una gota de meado serpenteaba por su uretra y se asomaba por el orificio. Se encogió de súbito, así, apretando los muslos, preguntándose de dónde carajo habría salido aquella gota, si no tenía ganas de mear. Miró alrededor, buscando sin éxito algo que le distrajera y le hiciera olvidar el dorado torrente que amenazaba con empapar su dignidad, ahogándole en la más profunda de las vergüenzas: Mearse encima.
         —Estás hecho todo un poeta.
         —Son estos tragos, que me divierten. En fin, llega el autobús, Marco se sube, y enseguida percibe las miradas clavándosele por los costados; vuelven los sudores, se pone a temblar. Lanza furtivos vistazos a las perneras de sus pantalones para cerciorarse de que no hay un charco bajo sus pies. No lo hay, y respira. Pero enseguida vuelve a mirar de reojo y palpa disimuladamente su pene intentando averiguar qué le está pasando.
         —¿Y qué le pasó al final?
         —A eso voy; el muy mamarracho se empieza a marear y se baja en la siguiente parada. Está como a tres cuartos de hora de su casa y a esas horas ya no tiene cómo regresar más que a pie. De repente, le da una punzada en el estómago que le llega hasta el ojete y salpica su calzoncillo con la pasta caliente y húmeda y se echa a llorar ahí mismo.
         —Joder, sólo faltaba que le lloviera.
         —También llovía. Y se había tumbado en un charco de meados.
         —¡Vaya nochecita!
         —Si yo te contara…

Roland Topor

6.5.14

O.

O. se vio dentro de un cubo dentro de una burbuja que flotaba entre más burbujas y así. Después se giró y cerró el círculo otra vez, que es lo que pasa siempre. Se dijo: «Transmitimos nuestros errores de generación en generación hasta que haya una que dé con la tecla y aprenda de una vez o lo que llaman Nirvana». O. se puso las manos delante de la boca como imitando un gran mostacho y entonces musitó: «Soy O. y hoy voy». Paparpadeó y se mojó los dedos con la lengua para pasar de página, si es que sabe más el viejo por viejo que por zorro. O., que solía caminar siguiendo las mariposas azules esperando encontrar alguna amapola sola allá, fuera del muro. O. se durmió hecho un ovillo o una oruga y después contó ovejas. O. hecho un círculo, soñó: «La NADA es igual de grande que el TODO o, si no, ¿CÓMO?». Pero así le pasaba a O. con casi todo, como al dodo. O. se desnudó para darse un baño y cuando estuvo bien remojado y enjabonado se sumergió entre las burbujas y entonces O. se vio dentro de un cubo.


24.9.13

Jas y la escalera al suelo.

a Color:

         Le llamaban Jas el loco, por su sombrero de paja y la gigantesca escalera de mano que construía tras el granero.

         Era un viejo anacoreta extranjero oculto por una larga y arrugada barba colmada de canas y unas grandes orejas que asomaban con pesar por los lados, todo bajo la sombra de su sombrero.

         Jas, como le llamaban en casa cuando era niño —porque ya hacía mucho que vivía solo—, en efecto construía una escalera en sus ratos libres cuando no cuidaba de las reses. Cabe decir que por supuesto no se trataba de una escalera normal, pues esta era sin duda la más larga de todas las que se hayan fabricado. Ni mil hombres bien robustos que extendiesen sus brazos la abarcarían por completo. Claro que Jas no la fabricó de una sentada, sino a lo largo de muchos años de los que siembran la frente y las manos de arrugas y callos.

         Por las noches, en el pub Harrington’s, era habitual hacer chistes y bromas acerca de por qué extraña razón aquel viejo loco se dedicaba casi exclusivamente a esa dichosa escalera.

         Mientras, él, en el fondo de su soledad alumbrada únicamente por el cálido rubor de la estufa de hierro, lo único que buscaba era llegar a lo que de verdad es profundo —que hasta el más idiota sabe que es el cielo, haciendo escala en la luna quizá, con un sombrero de largas pajas sobre la escafandra—. Desde arriba podría verlo todo así de pequeño, justo mirando a través de los dedos puestos en pinza, así. Todo, visto desde tal distancia, pierde toda importancia y le dejan a uno con la cabeza tan vacía como aquel que vive sin preocupaciones. Sólo así se puede respirar bien profundo y después exhalar sosegadamente y decidir, entonces, bajar de nuevo la escalera para empezar a vivir.



Glengarriff, co. Cork.

12.7.13

Dodo.

        —Viejo, ponme una jarra —dije mientras cerraba la puerta para que el bochorno no alterase la fresca atmósfera que removían los desvencijados ventiladores del Noche de la Alegría. Era una de esas noches de verano llenas de vulturno y mosquitos y yo había pasado toda la tarde encaramado a mi ventana contemplando el ajetreo de las golondrinas bajo el sosegado planeo de las cigüeñas.
         —¿Un mal día? —contestó el viejo al tiempo que limpiaba una jarra.
         —¿Cómo lo sabes? —pregunté.
         —Últimamente sólo vienes cuando tienes un mal día —aclaró, y me sirvió la cerveza fría.

         Sorbí un par de tragos, sediento y desanimado a partes iguales. Agarré unos cuantos palillos y los deshice en astillas entre los dedos. Volví a beber.

         —Bueno —dijo finalmente el viejo, después de atender a Jerry bigotes— ¿Vas a quedarte ahí sentado bebiendo o me vas a contar lo que te ocurre?
         —Supongo que ambas —respondí, y pegué otro trago para aclararme la garganta reseca por la alergia o vete a saber qué—. Verás, llevo unas cuantas noches teniendo sueños extraños, ya sabes, por el calor y eso. En estos sueños yo soy un dodo.
         —¿Un dodo? —interrumpió el viejo.
         —Sí, un dodo. Esas gallinas de veinte kilos del Índico, cerca de Madagascar. Seguro que te suena si lo ves, ya te haré un dibujo después en una servilleta de ahí. El caso es que me veo con ese pico enorme que pesa un quintal y esas alitas enanas y deformes en un gran palacio de dodos hecho de excrementos de dodos y ramitas secas pero no hay ningún otro dodo. Y es normal, pues se extinguieron hace cuatrocientos años o algo así.
         —¿Y qué pasa? —preguntó el viejo, apoyado en su lado de la barra.
         —¿Cómo que qué pasa?
         —¿Qué ocurre en el sueño?
         —Pues… —bebí otro trago— No sé. Nada. Bastante duro es verte como un pollo extinto sin saber volar.
         —A lo mejor no tienes por qué volar —respondió sabiamente el viejo—. Quizás, como dodo, no has nacido para ello. Piensa en los avestruces.
         —Ah, ya. No pueden volar pero ponen huevos gigantes y corren rápido ¿no?
         —¡No, hombre! Los avestruces son bien grandes, pero esconden la cabeza bajo tierra cuando hay algún peligro cerca. No soy un experto en esos dodos, pero no creo que también lo hagan.
         —¿Me estás diciendo —apuré los restos de la jarra e hice un gesto al viejo para que me sirviera otra— que soy valiente?
         —No, coño. ¿Qué idea tengo yo de sueños y de pájaros?
         —Ya —respondí, y me volví a sumir en las doradas profundidades de mi cáliz como si de un espumoso océano se tratara. Pensé en el dodo, y en qué demonios tenía que ver conmigo. ¿Cuándo habrá sido la última vez que leí algo sobre ellos? Tal vez mirando las nubes de camino a casa la otra semana.

         —He estado pensando en tu dodo —me dijo el viejo después de un rato, cuando me servía ya el tercer océano cautivo en jarra—. Creo que sólo te sientes perdido, fuera de lugar, de ahí que te veas sólo como un pajarraco desaparecido.
         —Sí, puede que sea eso —contesté asombrado— ¿Sabes? Últimamente no escribo apenas. No consigo concentrarme. No dejo de ver dodos imaginarios que me distraen con sus cacareos sordos.
         —¿Seguro que estamos hablando de pájaros? ¿Qué tal las cosas por casa?
         —Ya sabes, las mismas humedades de siempre.
         —Amigo, si algo sabe todo el mundo es que las humedades nunca son como siempre. No dejan de crecer como bolas de nieve hasta estrellarse contra algún árbol o alguna roca. O en este caso hacer una gran gotera e inundar la cocina de la abuela del piso de debajo. O mejor dicho, una gotera en tu coco.

         Sonreí hacia mis adentros, el viejo había vuelto a pasarse con las copas de vino entre comanda y comanda, los mofletes rollizos se le habían teñido de carmesí, el color de la sabionda ebriedad y la sincera lengua desatada. Terminé la jarra de un trago. De la radio empezó a emanar un penetrante lamento. Una trompeta ronca y grave como el silencio del campo tras una batalla, profunda como los abismos y los cantos de ballenas. Me sentí tranquilo entonces y me prometí que algún día echaría un dodo a volar.


20.3.13

El hoyo del viejo Tom.


Bueno, supongo que tengo todo el tiempo del mundo ¿no?


Una vez oí cómo un reloj se estropeaba y dejaba de funcionar, fue entonces cuando me pregunté: ¿Qué hora será dentro de un minuto o de diez años?

Y desde ese momento pienso que en verdad sé demasiado poco de cualquier cosa.


En cierta ocasión conocí a un tipo, el viejo Tom, que un buen día cavó un hoyo en el jardín de su casa. No era demasiado ancho, si acaso lo justo para tropezarte con él, pero era tan profundo que se decía que si gritabas algo hacia su interior el eco no regresaría hasta al cabo de cien años. Claro que habría que esperar todo ese tiempo para averiguarlo, pero es algo bonito de creer y por lo que a mí respecta no cabe duda de que de veras sucedía así.

El caso es que, justo después de terminar su insondable hoyo abisal, se puso a atar kilómetros y kilómetros de sedal para fabricarse una buena caña de pescar, y cuando la tuvo, acercó un taburete de madera al borde del agujero y arrojó un anzuelo a las profundidades, y así paso un buen puñado de años —de hecho, creo que aún continúa ahí sentado con su caña y su sombrero—.

Nadie en el pueblo ocultaba la opinión común de que el viejo Tom estaba loco de remate, pero yo nunca pensé en eso. Yo sólo veía a un viejo que se llamaba Tom y que utilizaba su tiempo como buenamente sabía. Creo que aún no ha pescado nada, pero tal vez sólo sea porque el infinito sedal de su caña no es lo suficientemente largo. Me temo que quizá excavó demasiado hondo, me pregunto cómo lo haría.


Debo decir que yo a veces veo una especie de resplandor en torno a ciertas personas, como un vapor extraño lleno de pequeñísimas motas de algo que no sé qué es. Creo que me pasa esto desde que me regalaron unas gafas redondas algo torcidas y me las probé, como si fuesen de un cristal mágico o científico que se te mete en las pupilas y abre pequeñas ventanas circulares que te permiten ver ese misterioso perfume. Aunque claro, todo esto es lo que a mí me gusta creer. Cualquiera puede creer cualquier cosa mientras crea en ello ¿no?

O a lo mejor ya lo tenía de antes, pero no me acuerdo.


Lo que espero ahora es que algún día, dentro de unos cien años, el viejo viejo Tom escuche lo que una vez grité dentro de su hoyo. Bueno, y que consiga pescar algo.


Kasimir Malevich

16.11.12

Sísifo.

         A veces echo la vista atrás y no puedo sentir más que decepción con mi vida. Soy ya un tipo viejo y aún no he cumplido los cuarenta. Los últimos años han pasado como una leve brisa, no sé qué he estado haciendo atrofiando mis músculos y mi buen espíritu en un estrecho cubil rellenando formularios e informes con los ojos tristes y el pelo gris y las manos siempre limpias.

         Esta mañana tomé como siempre un café rápido sin nada para mojar cuando el sol aún no había salido y dejé la taza vacía en el fregadero para limpiarla cuando volviese del trabajo una vez el sol se hubiera acostado. La calle estaba solitaria y fría, yo caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha cuando vi un resplandor delante de mí, como una ranura en la acera que se iba abriendo liberando una luz cegadora y dejando a la vista una rampa que descendía bajo la ciudad. No pensé en el trabajo entonces, ni en qué sería todo aquello, simplemente me dejé llevar como atraído por imanes a través de esa abertura.

         El suelo empezó a deslizarse hacia las profundidades, calculo que estaría ya por debajo incluso de los túneles de metro. Una extraña sensación invadió mi cuerpo, una terrible comodidad, como cuando se vuelve al hogar, al subterráneo útero de nuestra existencia.

         Tras una pálida neblina, fui a parar a una enorme sala llena de gente. Me sentía confuso y perdido, pues era una estancia harto extraña, toda pintada de blanco y llena de luz, me resultaba imposible determinar la altura del techo, que parecía tan alto como el cielo y en algunos momentos casi podría alcanzarlo levantando los brazos.

         Un tipo con el pelo largo y desgreñado del color de la paja y los ojos de un azul mortecino se me acercó todo vestido de blanco perla.

         —¿Y tú qué has perdido? —me dijo.
         —¿Yo? —respondí sin salir de mi desconcierto.
         —Sí, tú. ¿Qué has perdido?
         —No lo sé. Iba por la calle y sin saber cómo he venido a parar aquí. ¿Qué es este sitio?
         —Está bien —contestó de forma enigmática—, sigue todo recto y ve al ascensor, no tiene perdida.
        
         Avancé como me dijo buscando la salida, no tardé mucho en encontrar una larga cola de gente que aguardaba frente a una rampa ascendente y me puse al final. Otro tipo, este más envejecido que el anterior se fijó en mi.

         —¿Tú también, eh? —me dijo con una triste sonrisa.
         —Sí —respondí otra vez—, supongo.
         —Mi mujer y mis hijos han muerto ¿sabes? —empezó a decir— Un conductor borracho.
         —Vaya —contesté—, lo lamento de veras.
         —Ya no queda nada aquí para nosotros.
         —¿Nosotros? ¿A qué te refieres?
         —A nosotros, hombre, los hijos huérfanos de la Tierra. Nuestra vida ya no tiene sentido aquí.
         —No te entiendo —le dije perplejo— ¿A dónde lleva esa rampa?
         —A otro mundo. Este no es para nosotros ya.
         —Pero, pero —no salía de mi asombro—, yo no puedo ir, no quiero ir. ¿Dónde está la salida?
         —No hay salida. La única salida es el ascensor. Si estás aquí es porque debes ir.

         Me quedé sin palabras, y sin haberme percatado la cola había avanzado y ya estaba en el umbral del ascensor. Intenté salir, pero unos hombres con ojos de reptil me empujaron dentro y la puerta se cerró tras de mí.
        
         Estaba ahora en una especie de cápsula, hubo un estruendo y un penetrante dolor invadió mi cuerpo. Me doblé por la mitad y apenas podía ver con los ojos llenos de lágrimas y un agudo silbido en los oídos. El tiempo dejó de existir mientras yo yacía encogido en un rincón de mi receptáculo. No había pensamientos en mi cabeza vacía, sólo dolor. Sentí que todo iba hacia atrás, como si cada partícula de mi cuerpo se fuese separando hasta llegar al espermatozoide y óvulo originales. Un galimatías de chasquidos y ráfagas de colores.

         Un ardor inundó mi pecho cuando todo cesó y volví a respirar. Me levanté y salí de la cápsula con el cuerpo tembloroso y empapado en sudor. El dolor había desaparecido y apenas podía recordarlo ya. Me vi entonces en la plaza de una extraña ciudad. Cientos de personas salían como yo de sus cápsulas y todas se abrazaban con extraños seres de forma humana y mirada de lagarto como los que me habían empujado antes, no acierto a determinar cuánto tiempo había pasado desde entonces.

         Uno de ellos se acercó a mí con una sonrisa de serpiente que dejaba entrever unos afilados colmillos. Me quedé paralizado por el miedo. Pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros y me condujo con paso sosegado.
        
         —¿Sabes dónde estás, verdad? —preguntó arrastrando las eses que resbalaban por su lengua bífida.
         —No —respondí casi sin aliento.
         —Estás en Sísifo, ya no debes temer nada. Todo irá bien a partir de ahora.
         —¿Sísifo? No entiendo nada… ¿Por qué estoy aquí?
         —Porque nada te ataba en la Tierra.
         —¿Qué quieres decir, es que estamos en otro planeta?
         —Por supuesto, estás en Sísifo ahora. Aquí no sentirás más hambre, ni sed, ni frío, ni miedo. Aquí no podrás ser triste.
         —Pero… ¿cómo he llegado aquí?
         —Estás lleno de preguntas, pero tranquilo —me dijo—, pronto las olvidarás y podrás vivir en paz. Calla ahora, te enseñaré tu nuevo hogar.

         Paseamos por las calles de Sísifo durante horas, calles llenas de edificios inconmensurables que se elevaban sobre nuestras cabezas, no había tiendas ni restaurantes, sólo gente vestida de blanco que paseaba ensimismada con una sonrisa absorta. Parecía una especie de cielo donde las almas pasaban la eternidad con el suave rumor de sus propios pasos descalzos. Aún así, aquello me asustaba.

         Llegamos por fin a la que había sido asignada como mi propia casa. No era más que una habitación diáfana con un colchón circular en el centro y grandes ventanales por los que se veía la infinita urbe.

         —Éste es tu lar. Ahora eres libre para no temer —dijo el ser desde el umbral—. Aquí te dejo ahora.

         Me quedé solo en el aposento, mirando por la ventana intentando comprender qué estaba pasando. Mis ojos se fueron acostumbrando al blanco cegador que producían los dos soles del cielo y que parecían no dejar nunca paso a la noche. Tras unas horas de divagaciones, me acosté en el cómodo colchón. Tal vez despierte de esta pesadilla, pensé antes de sumirme en un profundo sueño.

         Desperté bien descansado y los dos soles seguían en el mismo sitio. Así será difícil ser consciente del paso del tiempo, pensé. Me sentía totalmente renovado y contento, algo gris dentro de mí había desaparecido. Coloqué un par de mullidos cojines frente al ventanal y me senté a observarlo todo desde las alturas. Verdaderamente los habitantes de Sísifo no hacían más que pasear y contemplar el mundo, la vida en este planeta se había reducido a la mera y plácida existencia, sin necesidad de comer o beber. Era como un limbo donde nada tenía importancia.

         Alguien tocó a la puerta con suavidad y salí de mi ensimismamiento para abrir. Era un joven que no superaría en mucho los veinte años y que, a diferencia del resto de habitantes del planeta, presentaba un rostro cansado y ojeroso medio ocultado por los cabellos azabache.

         —Hola —dijo rápidamente mientras entraba y cerraba la puerta tras de sí.
         —Eh… hola —respondí yo, sin turbarme demasiado por su inquieta actituda—, ¿quién eres?
         —No lo sé —contestó—, quiero decir, no tengo nombre. Aquí nadie lo tiene.
         —Yo sí.
         —¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
         —Pues… —pensé unos instantes— No lo recuerdo.
         —¿Ves? —dijo entonces— A ti también te han lavado el cerebro. Escucha, tienes que largarte de aquí. Vente conmigo. De vuelta a la Tierra. Aquí no estamos seguros.
         —¿Qué?
         —Somos comida. Los lagartos nos tienen aquí de alimento.
         —¿Qué dices? ¿Qué lagartos?
         —Ellos. Los que nos han traído aquí. No son hombres. Es un disfraz. Nos traen aquí y nos hacen creer que vivimos en el Nirvana, o algo así. Y luego nos devoran.
         —Pero… —respondí incrédulo— eso no tiene ningún sentido.
         —No hay tiempo para más explicaciones, he encontrado la forma de escapar. Si quieres venir conmigo, ahora es el momento. Si no, puedes quedarte a esperar a que te devoren.

         Me miró con sus penetrantes ojos negros y sin decir una palabra más, abrió la puerta y caminó con paso acelerado por el largo pasillo que conducía a las escaleras. Después de unos segundos dubitativos, salí corriendo tras él.

         —Está bien —dijo satisfecho—, sígueme a cierta distancia y camina despacio y tranquilo, que no sospechen. No tardaremos en llegar a la plataforma de lanzamiento.
        
          Caminamos durante un buen rato bajo la silenciosa mirada de los ojos de serpiente que nos vigilaban. Intenté no llamar la atención con las manos en los bolsillos y silbando una despreocupada melodía, pero me sentía nervioso con el rostro tenso y la vista fija en el suelo a excepción de fugaces vistazos que dirigía a mi misterioso compañero.
        
         Por fin llegamos a la plataforma de lanzamiento, un edificio enorme con grandes pórticos y altísimas columnas parecido a una siniestra catedral blanca. El joven me agarró entonces de la manga y me llevó a un rincón donde no podían vernos.

         —Muy bien —empezó a decir apresurado—, hay algo que debes saber antes de embarcarnos: Salir de Sísifo está prohibido para los humanos.
         —¿Y cómo pensabas huir?
         —He estado observándoles durante mucho tiempo y he visto cómo lo hacen. Todos tienen una marca, un corte en los pulgares. Creo que es por donde salen de su disfraz de humano. Tenemos que hacernos esos cortes.

         Sacó un afilado escalpelo de su bolsillo y se abrió los pulgares con limpios cortes verticales que cruzaban la uña hasta la primera falange dividiendo el dedo en dos. Se limpió la sangre con una gasa y rápidamente agarró mi mano para practicarme la misma cirugía. Me zafé con un movimiento brusco, atónito por el arrebato de locura que acababa de presenciar. Miré sus decepcionados ojos, que reflejaban el miedo a hacer aquello solo; no era locura lo que habitaba en aquellas esferas negras. Tomé el escalpelo y sin pensarlo dos veces, rasgué la carne de mis pulgares encogido por el punzante dolor. Ahogué un grito apretando los dientes hasta que no podía oír más que el rechinar de los mismos. Con los ojos llorosos, me limpié la sangre que pronto dejó de brotar y fuimos hacia las filas de gente que esperaba ser enviada a la Tierra.

         Nos pusimos en filas distintas para no llamar la atención, y antes de cruzar el acceso a nuestras respectivas cápsulas, nos lanzamos una mirada cómplice, algo así como un “hasta pronto, nos vemos en casa”.

         Esta nave era diferente a la que me había traído a Sísifo, era una burbuja de un material extraño, un tanto elástico recubierto de una película húmeda. Vi a través de las translúcidas paredes los dos soles blancos brillando y, tras un destello cegador, todo se volvió negro manchado de estrellas que se iban difuminando hasta perderse de vista. Me vi entonces en un caos lleno de color, una ensoñación distante. Sentí náuseas y cuando me quise dar cuenta caí desmayado en la ovalada superficie interna de la burbuja.

         Desperté con una brusca sacudida. Sentí cómo la burbuja se ralentizaba mientras atravesaba las nubes y podía divisar ya las verdes colinas llenas de árboles que cercaban una ciudad fantástica con edificios bulbosos de colores. El aterrizaje fue suave, y la burbuja se desvaneció en cuanto acarició el suelo.

         La ciudad en la que me encontraba no presentaba el mismo aspecto vista desde el suelo. Los edificios parecían deshabitados y no había más señales de vida que las plantas que surgían de grietas en el asfalto y que trepaban por las desvencijadas fachadas. Vagué sin sentido durante un rato, cuando el silbido de un dardo pasó junto a mi oreja. Me giré y vi una bandada de críos armados con cerbatanas que corría hacía mí. Sobresaltado, emprendí la huída por las retorcidas calles hasta que alguien me arrastró dentro de un pequeño callejón. Los niños salvajes pasaron de largo.

         —¿Quién eres tú? —me dijo mi salvadora. Tenía unos preciosos y sinceros ojos verdes y una larga melena castaña. Sus ropas eran primitivas e iba cargada con un arco y un carcaj lleno de flechas.
         —No recuerdo mi nombre.
         —¡Oh! —un destello cruzó su mirada— ¿Y de dónde vienes?
         —Es una larga historia.
         —Está bien, ya habrá tiempo. Tenemos que ponernos a salvo. Te llevaré a nuestro asentamiento. ¡Vamos! —exclamó con ímpetu, y salió corriendo cogiéndome de la mano.
         —¿Cómo te llamas? —pregunté mientras me trastabillaba por su ágil paso.
         —Soy Umma.

         Salimos de entre los altos edificios y llegamos a los lindes de un bosque viejo donde unas cuantas tiendas confeccionadas con largos troncos y pieles de animales parecidas a tipis indios formaban un círculo en torno a una hoguera. El clan estaría formado por unos veinte individuos entre los que había hombres, mujeres y niños, todos parecían cazadores nómadas, armados con arcos. Umma me llevó hasta el jefe.

         —¿Quién es este extraño, Umma? —preguntó el jefe con tono serio.
         —Lo encontré en Cátar,  estaba siendo perseguido por los póvocs. Dice no recordar su nombre y viene de muy lejos.
         —¿De dónde vienes, extraño? —me inquirió con su penetrante mirada.
         —Pues… —no sabía qué contestar. Era obvio que habían pasado cientos, quizás miles de años desde que había abandonado la Tierra; tampoco podría decirles que había caído del cielo tras un viaje intergaláctico— no lo recuerdo, desperté hará unas horas en aquella ciudad y no sé dónde estoy.
         —Umma —dijo entonces el jefe—, trae algo de agua y comida para nuestro invitado —su mirada se fijó en mis manos—. Y unos vendajes para curarle esos dedos heridos.

         Comí vorazmente y bebí hasta la saciedad. Me habían untado un ungüento en los cortes de los pulgares y empezaron a cicatrizar con una velocidad asombrosa. Me cedieron una tienda —que ellos llamaban vigvamo— donde pasé la noche, y al alba, el jefe vino a despertarme y me llevó a pasear por los senderos del bosque.

         —Nuestro pueblo tiene una antigua leyenda —comenzó a decir—. Dice que un día, llegará un misterioso hombre desde más allá de las estrellas. ¿Ese hombre eres tú?
         —Sí —respondí asombrado—, ¿acaso vengo para salvaros de algo?
         —No —contestó el jefe, ahora en un tono más tierno—. Más bien nosotros te salvaríamos a ti.
         —¿De qué?
         —De ti mismo. Has vagado demasiado tiempo y tu destino desde que naciste era ser feliz. Ahora formas parte de nosotros, eres nuestro hermano.
         —Pero… —titubeé.
         —Recuerda cuando eras joven y brillabas como el sol.


15.6.12

El flautista a las puertas del alba VIII —El gnomo.


La otra noche me fui al pub para despejarme la cabeza de una semana dura de trabajo con una buena pinta tibia. El viejo Seamus estaba sentado al lado. Seamus era un viejo irlándes, un viejo charlatán de cabellos disparados en blancos mechones que antaño fueran como el joven óxido. Me miró fijamente con sus viejos ojos verde pálido y me dijo:

—Te voy a contar la historia de un hombre pequeño… si puedo… un gnomo llamado Grimble Crumble. Un jodido y pequeño enano cabrón. Se pasaba los días en mi jardín, comiendo mi comida y bebiendo mi vino. Se echaba la siesta en mi hierba y cagaba en mis rosales. Por la noche era peor, trajinaba con mis somnolientas ocas. El hijoputa llevaba una túnica escarlata y una capucha azul verde, algo sucias, pero parecían bastante buenas. Y el cabrón seguía comiendo y bebiendo y durmiendo en mi jardín, y cagando en los rosales y jodiendo con mis ocas, y yo no podía hacer nada ¿entiendes? ¡Es un gnomo! No podía hacer nada…

—¿Y qué pasó con aquel… gnomo? —pregunté tras un buen trago de mi pinta de stout.
—Pues que un buen día… ¡Hurra! El gnomo había desaparecido ¡Oomray! así dije, así es como dicen “¡hurra, qué bueno!” los gnomos ¡Oomray!
—¿Ah sí? —pregunté desinteresado en el relato del viejo.
—¡Sí! Me dije: ¡Mira al cielo, mira al río! ¿No son cosas buenas? ¡Oomray!
—Supongo que lo son —contesté con una sonrisa—, siempre y cuando no haya por ahí algún gnomo que se cague en tus rosales.
—¡Oomray!
—¡Oomray!

10.6.12

El flautista a las puertas del alba II —Lucifer Sam.


Las bolas de billar corrían por la mesa a la orden de tacos de cenizas de azur. Un blues rápido agitaba el humo que gobernaba la oscura sala. Mi cabeza se precipita frente a la barra, abatida. La ginebra de la victoria también lo está y no se presenta más que como triste espejo —¿Te he hablado ya del gato de mi amigo Sam, de Chesire? —le digo en un eructo al viejo vecino— Lucifer siempre estaba a su lado, siempre. Siempre estaba a su lado. Lucifer tenía algo extraño, algo raro, algo que no puedo explicar. Sí, algo que no puedo explicar. Su novia, no la de Lucifer, la de Sam. La novia de Sam era una auténtica bruja. No sé por qué, no puedo explicarlo. Tenía todo lo que tiene una novia. Tenía una bonita melena rubia o negra, unos ojos sinceros, unos ojos… verdes y sinceros. Pero ella, Ginger, así se llamaba, Ginger estaba en el lado izquierdo, en la cara oculta. Lucifer no, Lucifer estaba en el derecho. Lucifer estaba en el mar, tranquilo, como un gato-barco… como algo que no puedo explicar. No puedo explicarlo, pero también se esconde ahí, en el suelo, entre la arena… hablo de Lucifer, el gato, el gato de Sam ­—Mi viejo vecino pide otra ginebra de la victoria con sus ojos fijos en una servilleta mojada, no me importa si me escucha él o alguien, no me importa si mis palabras se pierden en la embriagada atmósfera— Cuando te acerques, viejo vecino —le digo, apuntándole con el dedo—, ese gato, Lucifer, ese que tiene algo que no puedo explicar, será encontrado, cuando estés cerca y puedas sentir su marino aliento, cuando tampoco tú puedas explicar qué tiene ese gato.

16.3.12

Las persianas de los párpados.


“Dos ojos no son lo mismo que una mirada”, dijo el viejo sentado en aquel roído banco de madera. La nieve no había terminado de derretirse y ya empezaban a caer las hojas muertas sobre ella. Yo soy pez, caballo y pájaro, y mi arbóreo cofre es mi rosa, todos conocen aquella cita: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”. No es tiempo lo que yo he perdido, de hecho no sé si perdí algo… pero sí que era mi rosa, y era importante. A pesar de la magnitud que han adquirido ahora mis días, no siento más que vacío en este momento en el que las persianas de mis párpados no aguantan su propio peso y en el que si aprieto el pause no se oye más que silencio en una casa demasiado grande para alguien tan pequeño. Desde esta ventana no se ve la luna ni las estrellas ni el alba. Acabo de entrar en mi propio Teatro Mágico –no para cualquiera, sólo para locos- y no me decido a escoger una puerta por la que seguir. Estoy tan cansado ahora y no sé qué pasará mañana… tengo miedo de cerrar los ojos por si al despertar abandono parte de este sueño. Es como cabalgar sobre una gran serpiente lo que siento ahora. 


28.2.12

El sueño en el Águila Negra.


«Hijo mío, tomas demasiado en serio al viejo Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la broma. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hiperestimación del tiempo. También yo estimé demasiado en mis días el valor del tiempo, por eso quería llegar a los cien años. En la eternidad, sin embargo, no hay tiempo, como ves: la eternidad es sólo un instante, lo suficientemente largo para una broma».
Hermann Hesse
El lobo estepario


31.1.12

La muerte de cada mañana.


¿Cuándo muere una mañana? – se preguntaba siempre Mark mientras fumaba en su desvencijada mecedora como un péndulo de nubes en aquel viejo porche entre los sauces y los mosquitos de Louisiana. Mark Clemens era un viejo que había vivido ya muchas cosechas y tiempos de guerra, siempre con una azada en una mano y un rifle en la otra, era un niño que nunca lo había sido, con un manto de sueños incumplidos sobre su frente, con un corazón marchito por el sol y la lluvia y la tierra, con el cabello blanco y arrugas sabias y analfabetas.


         Se imaginaba a sí mismo muchas veces partícipe de un gran espectáculo circense, no necesariamente en un papel protagonista, no ansiaba fama ni dinero, él quería vivir en aquel mundo mágico en el que todo era posible, no había duras jornadas de labranza ni trincheras salpicadas de muerte, sólo mentiras agradables que buscaban la carcajada de la muchedumbre. Lo había entendido hacía ya años, que todo aquello era mentira, pero aún así no conseguía librarse de esa sensación al ver a los funambulistas surcando cuerdas flojas o a los traga fuegos transformados en dragones, esa pueril sensación de que hay algo más, algo que no se puede ver ni tocar. Sonreía entre calada y calada pensando estas cosas mientras observaba a sus hijos trabajar la tierra que antaño sintió el tacto de sus manos. Miraba al cielo y no sentía pesar por todas aquellas cosas que no había vivido, sentía gratitud por haber podido soñar con ellas… Mark “Halley” Clemens murió en su vieja mecedora sin saber en qué momento la mañana se convertía en tarde, pero murió feliz, ni siquiera se acordaba de ese asunto en el momento en el que su último hálito brotó de sus labios.

24.1.12

Trece pétalos verdes.


         Se suponía que ahora debía escribir un cuento… pienso en las canciones que me cantaban de niño y sólo acierto a recordar la de un marinero… pero no me acuerdo de qué le pasaba… supongo que era feliz surcando las olas y ya está. ¿Qué más queremos?
         Cuando sea viejo le diré a mis nietos que soy más viejo que el tiempo y les contaré mis mil aventuras por el mundo. Aunque… yo no juego bien al ajedrez desde que murió mi abuelo.

* * *
         Es divertido, el tonto viento dando vueltas sobre nuestras cabezas viendo todo lo que pasa en el mundo ignorando que todos soñamos con ser él. No comprende sin embargo más que el susurro de las hojas despertándose en sus ramas, y el sutil crujido de las mismas al caer marrones y muertas sobre la alfombra otoñal.

* * *
         Pensaba en ser un fraude, un fracaso… pero compensa la ilusión de ojos cercanos más que el oro de pegajosos dedos forasteros. Y decirle a todo el mundo que me alegro de verle. Gritad “¡Victoria!” al cielo, pues estamos vivos, estamos ganando, seguimos aquí.

* * *
         La columna de humo baila y llora con esta música. Las paredes no tienen oídos, creemos en eso, y es cierto, pero sí que tienen bocas. Si uno apaga la televisión y deja una luz cálida y tenue, cierra la mente y tiene oído suficiente, podrá escuchar las lentas conversaciones de los muebles, yo creo en eso, y no dicen mucho en el fondo… ¡son muebles! no te interesarían sus charlas, te lo aseguro.

* * *
Yo no quiero ser libre, yo quiero ser salvaje.

* * *
         El camino, cada piedra de él, es LIBERTAD. Si el mundo apartase algo de ciencia – manteniendo lo categóricamente necesario – y dedicase más tiempo a las artes, sería un mundo mejor. Si fuese como gente sentada en la hierba de cualquier Golden Gate Park alrededor de una guitarra o una flauta, si fuese así, sería un mundo mejor. El Arte es el mejor arma del hombre para ser libre. Sin princesas. Te aburre, te ríes, pero no tienes nada que perder, no hay secretos. Eres el dueño de ti mismo y tus pasos no te llevan nunca a casa.

* * *
El futuro está viniendo, fue ayer y no nos enteramos. Blade Runner fue 20 años después de lo del World Trade Center. ¿Te acuerdas? Eso ahora podrían hacerlo secuestrando un puñado de taxis. Fdo: Fantasma de Francis Pomeray, 15.1.2ø22

* * *
         Esto no es poesía, es una partitura de acordes para guitarra caribeña. Donde bailan las perlas con el león de Zión bajo palmeras de marihuana cuando sube la marea.

* * *
         Cogeré un cuchillo y degollaré a Heidi y a su abuelo. Nada cruel, rápido e indoloro. Me asusto a mí mismo, pero oigo la música sacada del puto nickelodeon y me veo deseando vivir en una cabaña de los alpes suizos frente a un lago-espejo brillando con el sol entre montañas grises colmadas de nieve. Pero también alimenta mis ganas de matar.

* * *
         Pero lo veo a través de los ojos de un pez. Y aúllo como un lobo jugando con la manada, mi jauría de sonrisas y wild-things y tarados. aaauUU, nos decimos, y nos echamos a reír a carcajadas panza arriba.

* * *
         Esta hoja, me parece el objeto más valioso que jamás he poseído. Donde he escrito todo esto.

* * *
         Puedo volar de Venezia a París y luego a Alaska en un pestañeo. Y ver la impresión de la luz del sol en lugares distintos a distintas horas. En un pestañeo de flujo químico en mi cerebro. El cerebro es más grande que el Universo, si no hay conciencia de algo, no existe, ni siquiera en lo intangible. Y eso que nos cuesta horrores pensar en la magnitud del Cosmos.

* * *
         En mi casa de entonces nos sentábamos y escuchábamos discos de Love y nos reíamos. Cuánto nos reíamos. Ése es el tiempo que me toca vivir. El lugar donde debo estar, sin preguntar por qué es la única cosa que necesito. Te vi en un dibujo, a todxs vosotrxs, se te veía adorable, con esa sonrisa, y tampoco me pregunto por qué te necesito tanto, porque éste es el amor que me toca sentir. Así que nos reímos como las trompetas y los violines cantando a los árboles.

17.10.11

Uno.


por todas esas veces en las que me quedo en blanco y no sé qué más decir. por todas aquellas historias que aún están vivas en mi cabeza y no sé cómo escribirlas. busco no estar solo, pero poder estarlo. abrazar a quien YO quiero sin otras palabras. escuchar. el tic-tac de un reloj que me diga Acuéstate mientras espero que amanezca. no necesito beber. no quiero dormir ni comer. no soy triste. sólo quiero arrancar todos los post-its de mi escritorio para llenarlo de nuevos. ser un viejo en el MAR. y las olas. ceniza en los dedos por otra llamarada. silencio… no, sigue el tic-tac. Acuéstate, ya es tarde. otra línea más, por favor. perdido en la montaña. perdido para encontrarme. tierra. un jinete entre tierra roja en el horizonte. y humo. humo. esbozo una sonrisa porque mi pez se agita. baila. le gustan esas notas. no quiere ni un punto y final más. no más puntos. no más puntos. espera. ¡no esperes! es una montaña blanca, no roja. bajo el cielo azul. sobre un mar verde. ojos y dientes. pero no tengo miedo. ¿por qué? ¿para qué? ahora suenan las burbujas de un MAELSTRÖM. pero no soy yo. no soy yo. no quiero serlo. levántate mañana otra vez y juega con los rayos del sol. como el pájaro verde y azul con pico dorado. con un hacha y una flor. ¡saca tu cabeza del agua! respira. aire. aquellas luces que pululan como polvo. en la gran bahía de mi frente. las puedo ver. las puedo ver. todo es tan hermoso. y ahora recuerdo las palabras que quería. solo que no las diré ahora. seré un cactus sin espinas. tal vez porque yo soy todos ellos. todos los que salieron de aquí arriba. del trastero. ¿o ellos son yo? como el blanco cielo inmaculado. sin estrellas. porque ninguno acaba. ninguno empieza. todos son uno. todos somos UNO.

8.10.11

La Escalera al Sol.


Me acuerdo ahora de aquella vez en la que me desperté en una tienda de campaña en el centro neurálgico del país, al menos durante aquella época y en Nochevieja. Se me acercó un tipo viejo, y me preguntó que qué tal se pasaba la noche en tal sitio –Pues bien-contesté-algo duro el suelo, pero bien.
-¿Sabes?-continuó-creo que esto está sirviendo de algo.
-Hombre, si tanta gente está saliendo a la calles es que algo está cambiando.
-Y, fíjate, yo tengo 65 años y esto no lo he visto en mi vida. Esto ha despertado muchas conciencias tranquilas, incluida la mía. Desde que todo esto ha empezado los políticos ya no ladran tanto, ya no se ladran tanto entre ellos.

***

Han pasado muchos soles ya desde aquel… muchas páginas de Bukowski, muchas cervezas, Curtis Mayfield en moto, aquél escritor aburrido inventando acertijos en noches de insomnio esperando al sol naciente. Pero nos sentimos bien, como James Brown en campos de Aloe Vera, enfermos de amor con Dylan ¡espera! No mires aún… si veo que te ves en mis páginas no podré escribirlas.

Un galimatías, como cuando me vi reflejado en su espalda y no vi mi rostro sino un desierto inmaculado de pálidas y suaves colinas. Respiraba una brisa. Y aquel otro que se movía demasiado lento, demasiado lento, valiéndose sólo para enhebrar agujas en un cómic de Ultraboy con casco de sandía.

Entonces el futuro es muy turbio ¿verdad? Con todo ese rollo de las naves y los trajes con luces, grabaciones de olas marinas y cartas de amor anónimas, dínamos, Democracia 4.0 y el jinete de la alfombra mágica, roja, para que Mary Anne pueda pasear con su largo y extraño pelo, da igual si por un camino u otro, pues todos llevan al Danny’s Jazz Black Box en cama de agua.

Los hielos, sin embargo, no se mueven cuando giras el vaso, y otra vez My Generation en el baño de cualquier bar, soñando con llaves negras que se pelean en el parque y Howard en la hamburguesería Jamaica mientras me duele la cabeza por la puta ginebra. No, Lorraine no es como en Heart full of Soul aunque así lo haya escrito, craso error, como cuando aquél socorrista se lanzó al agua para salvar a alguien sin haber esperado la media hora de la digestión.

Demencia. Hablamos de bandejas del McDonald’s llenas de sobras y patatas fritas rancias manchadas de kétchup reseco. Hablamos de que es un cabrón el que te pide ayuda en una mudanza y no te invita ni a una cochina cerveza. Hablamos de fútbol. De mi Dios Jäger mirándonos desde el cielo enarbolando sus brillantes astas mientras la habitación desaparece y caigo y caigo…

Me veo otra vez en el bar rosa, Broken Glasses, bocadillos a un machacante. Siempre todo fuera de contexto, como ganarle al váter, ya sabes, cuando después de tirar de la cadena el muñeco sigue ahí con una sonrisa que te dice 1-0.

Nos despedimos con un Hasta siempre, comandante, pero no sin antes discutir sobre si las cosas no son tan fáciles o lo son demasiado. ¡Muevete! ¿Moverme yo? De momento, sólo sé empinar el codo con un algo y llevármelo a la boca, porque los amores de verdad… nunca se cumplen. Lechowski dijo que nunca digas nunca, pero nada es para siempre.

Así que… a estas alturas de la vida, sólo quiero escribir y llenar la barriga, tomarme una cerveza en Tailandia mientras escucho La Escalera al Cielo y me repito a mi mismo que ni los monstruos son tan feos, ni las reinas son tan guapas.

13.1.11

Por siempre joven.

Curioso concepto el de juventud, según la R.A.E, es la edad que se sitúa entre la infancia y la edad adulta, también el estado o conjunto de jóvenes, así como los primeros tiempos de algo; pero la quinta definición que se ofrece, energía, vigor, frescura, es quizá la que mejor representa la idea de juventud que yo, como seguramente mucha más gente, tengo en la cabeza.

Es agradable como pocas cosas el ver a un viejo del que se diría que madurase ya, que vive según sus convicciones, impasible al tiempo, que no actúa acorde con su edad.

Y es que, siempre se dice eso de que la edad sólo es un número, pero casi siempre por boca de niños que quieren ser adultos, pobres inocentes... ser niño es lo mejor, cualquiera querría ser una suerte de Peter Pan entre indios y piratas, pero, lamentablemente es algo que tiene que pasar, algo que debe quedar atrás. Por suerte, esta regla no se aplica a la juventud.

Vive como un niño todo lo que puedas, el siguiente paso no es tan difícil como parece y puede que incluso más emocionante. Ser joven es descubrir, experimentar... jugar en la cancha de los mayores. Vivir para siempre.