Me gusta imaginármelo de esta forma, algo así como en una recaudación de fondos o un evento por el estilo, lleno de elitistas y personajes famosos del mundillo literario. Un rollo de fiesta de ricachones asquerosos bañados en champagne con el mayordomo de la Presley paseándose con una imponente pirámide de Ferrero Rocher.
Yo no soy exactamente yo, más bien una suerte de Hank Moody, en tiempos de bonanza, como en aquel relato, Convite, no sé si alguno se acuerda. Tal vez imaginármelo todo así no sea más que una sombra de las ganas de cierto éxito, de querer llegar a esas alturas para demostrarse a uno mismo que no es como aquella gentuza, no sé si me explico, supongo que un poco sí.
En esta fantasía no voy solo, pero a diferencia que en Convite, mi acompañante no es un florero. Es alguien que también tiene éxito en su mundillo particular, quizá tanto o más frívolo que en el que nos movemos ahora mismo. Creo que no haré alusión a este sector para evitar delatarme, ya sabéis, no tiene gracia si esa persona descubre que estoy hablando de ella, aunque, si lo pienso bien, tiene cierto morbo... pero... bueno ¿por dónde iba?... ¡Ah, sí! El caso es... el caso es que en esta fantasía yo soy yo pero algo cambiado, no mucho, no tanto como en Convite, donde la fama y el oro me apartan de mí mismo; pero ella... ella es igual. Por eso me gusta, porque no puedo inventarme un personaje para ella, ella es el propio personaje.
El final de la historia sería más o menos el mismo que en Convite, después de tiempos de apogeo, caída en picado a lo más bajo, lo que viene siendo tocar fondo, y después... supongo que después me convierto en lo que de verdad quería ser.
Mostrando entradas con la etiqueta Convite. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Convite. Mostrar todas las entradas
19.9.11
13.10.10
Convite.
Habían pasado unos cuantos años ya desde la última vez que había tenido noticias de ellos, ni siquiera sabía si seguían juntos hasta que me llegó aquel sobre salmón claro con una cartulina llena de florituras en la que me invitaban a su boda. Me extrañó en un principio que supiesen mi dirección, pero en seguida esa duda se volvió hacia la idea del porqué de la invitación, no habíamos tenido una relación nada estrecha, por no decir que ni siquiera habíamos tenido una en algún momento. Supongo que en otras circunstancias hubiera tirado aquel trozo de cartón engalanado y desechado la idea de acercarme por allí, pero, ¡qué demonios! Hacía tiempo que no veía a amigos que seguro estarían invitados y tenía ganas de pasarme un poco por mi tierra natal de la que llevaba ya una buena época alejado.
Reenvié la invitación con mi respuesta afirmativa, adjuntando una pequeña nota en la que explicaba que esa misma semana tenía unas cuantas citas en mi agenda y me sería imposible ir con un par de días de adelanto, y que llegaría el mismo de la ceremonia, aunque tarde, justo para el convite. También me alegró sobremanera marcar con una x la casilla de acompañante, nunca había tenido ocasión de hacerlo.
Pasaron los dos meses siguientes con poco trabajo, sin pensar demasiado en la boda que, la verdad, tampoco me importaba lo más mínimo, hasta el sábado en el que el despertador sonó antes que de costumbre y una pequeña maleta esperaba junto a la puerta para servir de equipaje durante el fin de semana nupcial que aguardaba tras un par de taxis y un avión.
Al final ahí estaba yo, todo trajeado, bien afeitado y mejor acompañado, entrando en una gran sala que compartían un par de cientos de personas entre canapés y copas, siendo víctima junto con Lorraine de furtivas miradas que intentaban ocultar sorpresa e incertidumbre, yo le susurré que sonriese tranquila hasta que encontrase a alguien conocido, el primero fue Bob, el novio.
-¡Hombre, Village! ¡Por fin has llegado! ¿Qué tal el viaje?
-Eeem… pues bien, normal, supongo, ya me estoy acostumbrando a los aviones y eso… por cierto, ésta es Lorraine.
-Hola, yo soy Bob, encantado-le dijo, girándose después hacia a mí-Qué coincidencia… ¡Ah, sí! Me hablaron de tu libro, yo no lo leí pero a mi prima le ha encantado, espera un segundo que ahora voy a buscarla y te la presento.
Se volvió rápidamente afectado por los nervios y alguna copa de champagne que habría tomado, y cuando se encontraba a una distancia prudente, Lorraine me miró con sus grandes ojos verdes y me habló suavemente.
-¿Qué es una coincidencia?
-Nada, ya te lo explicaré-contesté intentando descubrir si de verdad el pobre tonto de Bob había hecho esa asimilación y si de verdad era lo que yo estaba pensando, y, qué coño, si se habría atrevido de verdad a echármelo a la cara-Pero creo que ya sé por qué me han invitado-añadí.
-Bueno, está bien…-buscó a nuestro alrededor-Voy al baño un minuto, vengo ahora.
-No problemo, estaré ahí, en la barra.
Me acerqué tranquilamente mientras me guardaba un puro que me ofreció un chaval en el bolsillo de la chaqueta. Me senté en un taburete del extremo de la barra y pedí un bourbon con hielo y una cerveza mientras me arrepentía de estar allí. Una mano me tocó el hombro, y me giré sobre el eje de mi asiento, ahora hogar mientras estuviese bebiendo, se me atragantó el sorbo que había tomado justo antes al verla, era ella, Lorraine, pero no mi Lorraine, no la de ahora, ella era la coincidencia y, maldita sea, estaba preciosa.
-¿Co… Cómo tú por aquí?-ella se rió.
-También son conocidos míos ¿recuerdas? ¡Qué viejo estás ya! ¿Por qué no me llamaste nunca?
-Para ser justos tú tampoco me llamaste ni te interesaste nunca por mí, y sospecho que tengo unas cuantas razones para no haberlo hecho.
-¿Qué nunca me interesé por ti?
-No me lo demostraste nunca.
-¿Y tú por mí?
-Sabes que estuve demasiado tiempo detrás de ti, no hagas como has hecho siempre haciéndome creer que no sé tratar con las mujeres.
-Sí, tienes razón, aún sigues pidiendo una cerveza de más.-Tenía razón al fin y al cabo, pero no toda. Durante un tiempo estuve jodido por su culpa y me pedía otra cerveza para que me acompañase, que esperase a que ella apareciese para bebérsela, al final siempre terminaba en mi estómago y se convirtió en costumbre. Hoy la pedía para tragar mejor el espirituoso de cuatro rosas.
-No es por ti, ya no pienso nada en lo que pudimos haber tenido, vivo con otra y estamos perfectamente, ¡Mírala, ahí viene!
El suyo fue un saludo algo tenso, después Lorraine se marchó, no mi Lory, sino la coincidencia. Bob apareció unos instantes después mientras le explicaba un poco a Lory los sucesos pasados, me trajo a su fea prima que en seguida me mostró su admiración y me pidió que le autografiase una copia de mi libro. Garabateé una falsa rúbrica con una sonrisa impaciente y en cuanto se distrajo con su grato trofeo me volví hacia Lory –venga, nos largamos-.
El fortuito encuentro con Lorraine, la coincidencia, o error, o lo que fuese, permaneció unos cuantos días en mi cabeza. Me acechaban las dudas sobre si debía odiarla o podía permitirme seguir enamorado de ella. No podía mirar a Lory a los ojos con el cariño de antes, pues no veía los suyos.
Reenvié la invitación con mi respuesta afirmativa, adjuntando una pequeña nota en la que explicaba que esa misma semana tenía unas cuantas citas en mi agenda y me sería imposible ir con un par de días de adelanto, y que llegaría el mismo de la ceremonia, aunque tarde, justo para el convite. También me alegró sobremanera marcar con una x la casilla de acompañante, nunca había tenido ocasión de hacerlo.
Pasaron los dos meses siguientes con poco trabajo, sin pensar demasiado en la boda que, la verdad, tampoco me importaba lo más mínimo, hasta el sábado en el que el despertador sonó antes que de costumbre y una pequeña maleta esperaba junto a la puerta para servir de equipaje durante el fin de semana nupcial que aguardaba tras un par de taxis y un avión.
Al final ahí estaba yo, todo trajeado, bien afeitado y mejor acompañado, entrando en una gran sala que compartían un par de cientos de personas entre canapés y copas, siendo víctima junto con Lorraine de furtivas miradas que intentaban ocultar sorpresa e incertidumbre, yo le susurré que sonriese tranquila hasta que encontrase a alguien conocido, el primero fue Bob, el novio.
-¡Hombre, Village! ¡Por fin has llegado! ¿Qué tal el viaje?
-Eeem… pues bien, normal, supongo, ya me estoy acostumbrando a los aviones y eso… por cierto, ésta es Lorraine.
-Hola, yo soy Bob, encantado-le dijo, girándose después hacia a mí-Qué coincidencia… ¡Ah, sí! Me hablaron de tu libro, yo no lo leí pero a mi prima le ha encantado, espera un segundo que ahora voy a buscarla y te la presento.
Se volvió rápidamente afectado por los nervios y alguna copa de champagne que habría tomado, y cuando se encontraba a una distancia prudente, Lorraine me miró con sus grandes ojos verdes y me habló suavemente.
-¿Qué es una coincidencia?
-Nada, ya te lo explicaré-contesté intentando descubrir si de verdad el pobre tonto de Bob había hecho esa asimilación y si de verdad era lo que yo estaba pensando, y, qué coño, si se habría atrevido de verdad a echármelo a la cara-Pero creo que ya sé por qué me han invitado-añadí.
-Bueno, está bien…-buscó a nuestro alrededor-Voy al baño un minuto, vengo ahora.
-No problemo, estaré ahí, en la barra.
Me acerqué tranquilamente mientras me guardaba un puro que me ofreció un chaval en el bolsillo de la chaqueta. Me senté en un taburete del extremo de la barra y pedí un bourbon con hielo y una cerveza mientras me arrepentía de estar allí. Una mano me tocó el hombro, y me giré sobre el eje de mi asiento, ahora hogar mientras estuviese bebiendo, se me atragantó el sorbo que había tomado justo antes al verla, era ella, Lorraine, pero no mi Lorraine, no la de ahora, ella era la coincidencia y, maldita sea, estaba preciosa.
-¿Co… Cómo tú por aquí?-ella se rió.
-También son conocidos míos ¿recuerdas? ¡Qué viejo estás ya! ¿Por qué no me llamaste nunca?
-Para ser justos tú tampoco me llamaste ni te interesaste nunca por mí, y sospecho que tengo unas cuantas razones para no haberlo hecho.
-¿Qué nunca me interesé por ti?
-No me lo demostraste nunca.
-¿Y tú por mí?
-Sabes que estuve demasiado tiempo detrás de ti, no hagas como has hecho siempre haciéndome creer que no sé tratar con las mujeres.
-Sí, tienes razón, aún sigues pidiendo una cerveza de más.-Tenía razón al fin y al cabo, pero no toda. Durante un tiempo estuve jodido por su culpa y me pedía otra cerveza para que me acompañase, que esperase a que ella apareciese para bebérsela, al final siempre terminaba en mi estómago y se convirtió en costumbre. Hoy la pedía para tragar mejor el espirituoso de cuatro rosas.
-No es por ti, ya no pienso nada en lo que pudimos haber tenido, vivo con otra y estamos perfectamente, ¡Mírala, ahí viene!
El suyo fue un saludo algo tenso, después Lorraine se marchó, no mi Lory, sino la coincidencia. Bob apareció unos instantes después mientras le explicaba un poco a Lory los sucesos pasados, me trajo a su fea prima que en seguida me mostró su admiración y me pidió que le autografiase una copia de mi libro. Garabateé una falsa rúbrica con una sonrisa impaciente y en cuanto se distrajo con su grato trofeo me volví hacia Lory –venga, nos largamos-.
El fortuito encuentro con Lorraine, la coincidencia, o error, o lo que fuese, permaneció unos cuantos días en mi cabeza. Me acechaban las dudas sobre si debía odiarla o podía permitirme seguir enamorado de ella. No podía mirar a Lory a los ojos con el cariño de antes, pues no veía los suyos.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
1 comentarios
Etiquetas:
amor,
boda,
bourbon,
canción,
cerveza,
Convite,
Country Joe,
four roses,
libro,
Lorraine,
música,
Not so sweet Martha Lorraine,
Paul Village,
relato corto,
The Fish
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
