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11.4.15

La ninfa.

Cansado de estar cansado me decidí por acostarme temprano y mirarlo todo después, cuando fuera ya de día. No sé cómo llegué a tales derroteros, pero pronto me vi pensando en ella y, maldita sea, hacía una eternidad que no lo hacía. Pienso que nunca estuve realmente enamorado de María, que fue cosa de unos días, la alegría de las pequeñas cosas, ociosos al sol, y un puñado de no tan pequeñas bolsas, más bien copiosas, repletas de maría. Qué época tan feliz aquella, de veras. Ojalá me hubieras conocido entonces. Llevaba un par de meses trabajando en la librería y no podía sentirme más en mi sitio que colocando libros en sus respectivos. Los jueves, al mediodía, subía desde nuestro piso en la calle larga hasta el mercado de la plaza y compraba frutas y verduras, para después refrescarme con tantas cervezas a la sombra disfrutando de la compañía de los que gozan charlando acerca de cuán lejos quedó el invierno. Con la luna llena de marzo habían llegado los seis de Wanda, y a menudo nos acercábamos a La Albuera para visitarlos en su diminuto palacio, que era una carpa púrpura con travesaños de madera y ahí mismo, con mi pez rebosando naranja, aprendí a hacer barcos de papel. Había pasado los últimos meses viajando, de Lisboa a Ámsterdam pasando por Jerez, y, sin apenas tiempo para haber deshecho la mochila, ya se encargaba un picoleto de registrarla buscando escoria justo a dos kilómetros de Coria. De aquella noche recuerdo bien poco y se trata de una sonrisa que me colgaba de las orejas mientras se me enredaban en el pelo unas polillas como leviatanes. Joder, si nos reímos. Ella llegó sin que yo quisiera percatarme demasiado, enfrascado como estaba en Cien años de soledad y los submundos de Alonzo Testa. Había fabricado con mis propias manos una pompa enorme y cómoda donde cabían un montón de cosas y donde me lo pasaba fenómeno. Y ella, ay, ella, reina de las pompas, bruja de las burbujas, ninfa entre los nenúfares; ella fue la libélula que con los ojos morochos y achinados fue a posarse en mi fina película, mi animula vagula blandula, y ésta se fundió, confundida. Hubiera sido un crimen no haber besado aquellos labios esa noche. Fuimos felices y después me fui y ella se fue. Y ella se fue. Y ella se fue. Y en todo este tiempo no ha hecho más que crecerme la barba y mientras tanto me he ido desconociendo tantas veces… Y hoy… hoy sólo quiero volver a mi puesto de libros en el ágora y charlar con aquella chica risueña de mejillas sonrosadas con la que compartí un pacto secreto, oculto en una vieja maleta. Hoy sólo quiero que el latido del teléfono me pueda devolver su voz, aunque sea por un rato, y así yo saber que todo va bien, que es así, que es el tiempo. El día en que me di cuenta de que no quería seguir, nos vimos todos en la viña y bebimos cerveza en lata al sol descalzo, durante toda la mañana. Fui a trabajar por la tarde, y al salir, me hicieron una entrevista. Después entramos en un concierto de Latin Jazz con botellas de cerveza en las perneras del pantalón y, cuando terminó, nos dimos de bruces con la inauguración de un bar en la calle de los ídem, y ahí ya fue cuando nos rendimos a los efluvios de la birra que fluía, que corría por cortesía de una barra libre que repartía a rebosar. De todas formas no tardamos en regresar, a eso de la medianoche y cargados de provisiones, dispuestos a degustar el insólito menú que el azaroso yoquesé nos había preparado: sendas raciones de hongos psilocibios con una mijita de fenetilamina de iodo. El viaje a partir de ahí fue de cada uno y ya se ha escrito mucha psiconáutica; lo que quiero decir es que aquella noche vi un aguará guazú que ansiaba de lejanas praderas por donde pulular mientras yo prefería ponerme a ulular sentado bajo un árbol y entonces la luna se hizo grande entre las ramas —esto fue la segunda entrevista— y yo, qué más, pues me puse a temblar con el crujir de una bujía y de la risa se me olvidó todo, y por detrás de los pájaros amaneció en el cielo. Y yo quise beber de la botella de vodka, pero ella no quería que lo hiciera. Y yo sentí que hacía años que no la veía y que de todas formas quién era ella para culparme de hacerle daño. Ella masculló que el alcohol era el demonio y yo me declaré abrazador de Abraxas y cambié sus labios por los otros, los de cristal. Unos días antes había nevado en pleno mayo. Lo que pienso ahora que esto significa es que, a veces, hay un resplandor, un chasquido, como en un cambio de rollo en un proyector; y dura apenas un instante, un parpadeo. Ese parpadeo fue lo que ella y yo tuvimos, y al volver a abrir los ojos, ya no estaba. Me volví más distante y, al poco, ella terminó de impartir un curso de creatividad en la facultad y puso un pie en el oeste. Unos meses después yo volvía de Irlanda con una espada de madera y ella se tocaba los mechones del cabello con plumas de cóndor y sudaba en temazcales con San Pedro. No digamos ya ahora, un par de años después. Y es que es así, yo lo he visto: los caminos que se cruzan no son por ello convergentes, que en un pispás te ves al otro lado del globo y vete tú a saber quién carajo esconde la chincheta. Pero algo ocurre y es lo que trato de escribir; María ya no está. No es que haya muerto, ni esté desaparecida. Ni siquiera sé si está, pero para mí, no está. Como si con ella se hubiera ido la alegría de aquellos días. No es que no haya vuelto a ser feliz desde entonces, simplemente se trata de una felicidad distinta, tal vez más madura, más curtida, más sencilla. Más relajada. Creo que aquel día, aquel día en que me fui, en que se fue, en que nos fuimos, algo se fue en mí, como si la infancia se tratara de una naranja que se fuera desgajando con los años y cuyas porciones hay que cuidar como tesoros para poder más tarde disfrutar de la jubilación. No fui justo con ella, pues la culpé en secreto de ocupar mi tiempo y de impedir con su presencia que yo pudiera sentarme a escribir en mi trono de mimbre; cuando lo único que ella pretendía era ser musa, quizá con cierta insistencia, todo hay que decirlo. Ahora lo comprendo desde otro cerebro, que es el mismo, pero más viejo, y lo veo todo con cariño. Todo aquel capítulo en mi vida, en el que disfruté y sufrí, a partes no iguales, por no saber sacarle un provecho creativo a todos los acontecimientos y las tantísimas nuevas experiencias que decidieron darse cita en mi vida en un tiempo tan reducido y pleno. Ahora ya sé que las ideas son semillas que han de arraigar y crecer con la calma, que los temibles bloqueos de escritor no son más que temporadas de barbecho, y que son los propios escritores los que se arrancan las canas de la cabeza en vez de distraerse con la vida y decirse: Ya llegará, ya llegará. Y mientras tanto, yo guardo una  maleta bajo la cama, por si acaso, y esa ballena de plastilina,  y este cuello bien largo y joroschó que navega por las nubes que me salen al paso y, de fracaso en fracaso, veo como las barrigas crecen, las espaldas se encorvan y sin embargo alguno de estos cuervos traerá algo nuevo y bueno y pensando eso estoy tranquilo, no me descuido, voy dando pasos.

16.3.15

La puta picardía

         (...)

         Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.

         Las horas pasan realmente despacio en un autobús nocturno, créeme. El único paisaje que se ofrece es un negro sólido, y si tienes suerte quizás puedas ver las estrellas, pero vamos, que eso termina aburriéndote en poco rato. Esta vez me tocó asiento de pasillo, y eso dificulta de veras el encontrar una postura decente, no digamos ya cómoda.

         Una de las cosas que más me repatean de los autobuses es toda esa gente que reclina el respaldo de su asiento sin ni siquiera preguntar. En serio, si el tío que va delante me dice: Oye, ¿te importa que me eche un poco para atrás?, yo le digo: Claro, por supuesto. Y ya está. Pero cuando lo hacen sin pedir permiso, mama. Entonces sí que me toca los cojones.

         Ayer mismo me tocó una señora mayor. Ya había inclinado un poco su asiento cuando yo llegué, pero no me importó. Yo qué sé, se la veía bien entrada en años, y yo, siendo un niño, podía permitirme cederle unos centímetros de mi espacio vital de alquiler, digo yo.

         Lo de siempre, siete horas de trayecto, demasiado despierto para dormir, demasiado dormido para estar despierto; el coco cavila. Pronto uno descubre que no sólo una única mente habita su cráneo, y que si se queda lo suficientemente quieto y está atento, puede percibir cómo estos pedazos de la propia personalidad dialogan entre sí, a veces con halagos, a veces con insultos.

         Y mientras tanto, 6:33… 6:33… ¿6:31?

         Parece que no llegas nunca y te da la sensación de que cuando vuelvas a hablar con alguien no vas a ser capaz de reconocer tu propia voz. Yo pensaba en todo esto cuando la jodida vieja decidió que la inclinación de su respaldo no era del todo satisfactoria y, sin más miramientos, alargó una arrugada y decrépita garra y tiró de la palanca hacia atrás, así.

         Y yo, claro, flipando. ¿Qué le digo? “Señora, le importaría volver a poner el asiento como estaba?” Yo qué sé, no quedaba nada para llegar a la estación y la gente me vería como un cascarrabias así que resoplé hiperbólicamente para manifestar mi descontento, pero la vieja pasando.

         Hinqué las rodillas en el ínfimo hueco como buenamente pude y entonces se me ocurrió darle empujones para ver si le daba por inmutarse, pero una vocecilla aquí arriba me dijo que eso estaba feo, que yo no era así. Esa clase de persona. Ya sabes cómo soy yo, joder. De todas formas aproveché un bache en la carretera y aumenté sus efectos con un impulso de las rótulas. Seguí haciendo esto el resto del camino con una sonrisa maligna dibujada en la cara, sabiendo que nadie, ni siquiera la vieja cabrona, se daría cuenta de lo que estaba maquinando. Me sentí bien entonces, joder, me sentí de puta madre haciendo justicia con un castigo tan sutil. Me dolían las rodillas, pero yo seguí dándole caña hasta que llegamos a la estación.

         Me apeé victorioso con mi cara de júbilo y nadie sospechaba nada con tales legañas en los ojos. Cogí la mochila y me fui directo al metro. Y entonces pensé en que yo siempre me he considerado buena gente, al menos un tipo amable por la calle, el típico que te sujeta la puerta y deja salir antes de entrar, el típico tipo amable. Amable e invisible. Y esta vez, siendo un capullo, me he sentido. Así, sin más. Me he sentido. He sentido que existo. Que estoy.

         Y no sabes cuánto me jode haber llegado a esto. La puta picardía de que si la gente ahí fuera es mala, entonces voy a ser el más cabrón. Odio eso. Odio eso. Odio que parezca que el mundo sólo puede girar así.

       (…)

8.1.15

Un ombligo bíblico.

Convenimos lo siguiente: El primero que calzara con calcetines los colmillos de una morsa, se llevaría como premio este pequeño altavoz. Una serpentina de diamantes se derramaba por el sofá y me detuve en una sillita de playa a la vera de la tortuga y con vistas a un marco en blanco que, de hecho, no era más que un rectángulo de madera. Los elefantes patinaban en círculos por el respaldo del sofá y aquello parecía una cascada oceánica entre sendos glaciares como cojines. Yo no hice gran cosa entonces. Tampoco había tocado los bombones de crocanti desde hacía rato; si acaso libaba birra y leía láminas a la luz liviana de los eslabones que en el fondo eran bombillas. El reloj se derritió como en aquella postal y tampoco hice nada al respecto. Como mucho intentar acomodarme en esta sillita que me está destrozando la espalda.

La travesía duró al menos un buen rato. Naufragamos un Cadillac del siglo catorce en medio del desierto del Gobi y eso nos palpitó en la cebolla; pero yo rebusqué en mi bolsillo y encontré un nimbo aterciopelado y cubierto de pelusilla del ombligo, y el otro setenta por ciento era agua como yo, y como cualquier otro mono. No encontramos morsas por ahí; si acaso algún que otro ñandú turista y montones, montones de tierra. El cielo se curvó entonces, y nos quedamos panza arriba y, con los pies descalzos, nos soñamos dormidos y buceamos en una sustancia que era yo qué sé qué y amanecimos en un café de Luanda o Liubliana o tal vez era una pescadería, y decidimos hacer las paces entre los peces y seguir buscando por otro lado.

Pero buscar qué. Lo habíamos olvidado. Hacía frío entonces como cuando te comes un caramelo de menta con cualquiera de los polos en mente, y fingimos que la realidad no nos mentía demasiado.

¿Sabes? Me tomaré ese café. El azucarero estaba medio lleno de rubíes y zafiros, pero me serví un par de cucharadas de todos modos. Justo delante un tipo despotricaba contra las estelas químicas mientras solicitaba fuego para encenderse un cigarrillo haciendo un gesto con los pulgares. Lo llaman geografía de los estados del pensamiento y está repleta de curvas y bahías. Pero yo de eso no sé un pimiento apenas.

Alguien gritó «¡El techo es lava!» y los muebles se dieron la vuelta y se colgaron del tejado y, así, no supe si era yo el que estaba del revés. Y volvimos a fingir que la vida no nos engaña. Y por los pasillos alguien había escrito que hasta donde la ciencia conoce no es posible imaginar. Y la tinta del rotulador iba conformando surcos oblicuos como un ombligo bíblico por título.

Acordamos no mencionar nada al respecto y nos intercambiamos los sombreros para sellar el trato. A mí algo me chorreó por el hombro de la camisa, pero hice como que no me había dado cuenta y avanzamos a la siguiente casilla. Un hombrecillo que se había perdido por ahí me dio un dado en blanco y un dardo y una diana; y yo agarré todo con un brazo y con el otro una liana y salté por la ventana hacia la que había al otro lado.

Jugamos un rato a que las cosas empezaban por el final y terminaban por el principio y acabamos por cansarnos de no saber decidirnos. Después jugamos a no hacer nada y más tarde a perder el tiempo. Al final se hizo de noche y después de día como al principio.

Diego Rivera

8.10.13

Texaco.

Noventa y seis kilómetros más al norte, por la mañana. El viento es fresco como sólo lo sabe ser a esas horas y tú andas mirando los adoquines con una vieja mochila rosa fabulosa y joroschó con los tupis y las llaves y el cuaderno y esas cosas. Ese frío amable y madrugador.
*   *   *
Lo vi lo vi por vez primera en alguna carretera secundaria del sur, junto a una parada de autobús de madera y con una sonrisa. Lo siento, dijo Steven detrás de sus gafas de sol, no hay sitio. Repasamos el tracklist por segunda vez antes de llegar a Clonakilty, donde quedamos atrapados junto al Texaco de la salida este, justo entre los niños fumadores y la tienda de antigüedades cerrada. Tomamos café y chomp de la aventura, y canturreamos y bailoteamos y aullamos a la luna con cabezas de lobos en las nubes mientras levantábamos el pulgar bajo el indiferente índice de los conductores. Gareth apareció entre las sombras, con su sonrisa, con una guitarra en su funda y la desgreñada melena balanceándose a cada paso. ¡Hola!, nos dijo —pero en inglés—, ¿Os apetece un trago? Nos ofreció un vino tinto de abadía delicioso, además de un Chardonnay que sacó del bolsillo interior de su chaqueta de tweed. Nos contó que venía de Inglaterra, que hacía auto-stop por West Cork tocando en bares y cosas así. Se marchó después de reír un rato con nosotros. Dijo que le gustaba caminar por la noche, y que con una buena botella de vino el camino se hace mejor. Y así desapareció más allá, por la carretera. Compramos enseguida una botella, sardinas y algo de cheddar blanco y buscamos un sitio donde cenar, felices de un modo que no sabría describir, llenos de la alegría que, tal vez sin saberlo, Gareth nos había dejado. Pronto encontramos un altar a la Virgen María con pequeñas cascadas artificiales junto a un arrollo iluminado por velas. Encendimos una, cagamos y cenamos. Bebimos vino. Leímos el capítulo de la oruga y la paloma y Tiger Lily escribió un poema inspirado en la dorada tarde. Y después, sí, es cierto: con una buena botella de vino el camino se hace mejor.


¿Qué tienen estas rayas pintadas en el asfalto que, aún siendo blancas, me enseñan más de mí mismo que cualquier diario de tantos que he garrapateado? 


31.5.13

De orugas y hongos.

Nos dimos la vuelta como bailando, giramos como el tiempo gira sobre sus estambres deshojándose para que broten nuevos pétalos de colores. Revolcamos nuestros cuerpos bajo la noctámbula cúpula manchados de barro y lluvia y nos quedamos como los cantos rodados de una orilla cualquiera con el corazón tan duro como la coraza y ese estremecimiento vacío entre las sienes.

*     *     *

Me acuesto ahora por las noches como una oruga en su crisálida, y sueño con que al despertar luzco unas irisadas alas joroschó. Pero mi pupa no es más que una colcha normal como las que usan las personas. Por eso me despierto decepcionado a veces, pero ¿han visto estas aletas doradas y este caudal ondulado y brillante? El cielo es muy grande, pero no deja de ser más que aire, y hasta los lunáticos saben que las mariposas envidian a los peces por no poder libar del néctar coralino en las profundidades más ignotas.

*    *    *

Bau da Terra se comió las polillas de regaliz con un beso y fue sin cabeza o con una muy grande y joroschó por las regiones mentales de la introspección, la entropía y la redundancia disfrutando de su particular mentira o aventura como si fuera una odisea por el espacio y el movimiento y la luz y la música y la energía con los coyotes galopando por desiertos circulares de vinilo negro bajo la lluvia de las cerbatanas de plástico científico, mas todo fueron risas y sonrisas con la fuerza primigenia del no-sé-qué que hay en todo y que fluye y fluye como la forma de escribirlo y con los ojos rojos y joroschó.

Bau da Terra dijo bajo el árbol que siempre se respira la decadencia de los años que pasan y pesan y pisan, y que vivimos con la misma sensación que se tiene cuando abandonas la sala de cine después de la película o vuelves a abrir la nevera para cerciorarte de que sigue vacía. Dijo también: Yo no quiero verme, quiero fundirme y confundirme con la voz de la luna que se asoma paulatinamente entre las nubes de plata para observarnos desnuda bajo el eco de su luz.

Bau da Terra también dijo que puedes estar toda una vida —o incluso mil— corriendo tras el Sol, pero él siempre aparecerá a tu espalda como una bola radiante, que es lo que es.

Después se comió su propia cabeza.


18.4.13

Capítulo XXII (Parte II).


Se trataba de un viejo edificio cuadrado de ladrillos sucios, con una pequeña puerta de madera oscurecida por un caldo de lluvia y años de la que colgaba una oxidada argolla, y dos ventanucos en la segunda planta. Junto a la puerta, en un corroído letrero de bronce se podía leer “TEATRO MÁGICO” y debajo una breve e ilegible frase.

         Entré sin llamar, es una mala costumbre que he cogido no sé dónde. Todo aquel teatro era una gran sala diáfana, con unos cuantos bancos apostados junto a las paredes y un gran espacio central donde bailoteaban un puñado de actores y artistas de circo, y las paredes estaban pintadas a rayas rojas y azules, como en mi sueño, digo en mi suelo, lo que me hizo pensar que quizás estuviese frente a una sincronía del Universo que se había manifestado a través de mí pero al revés, o tal vez algo del Destino o algo así, pero supongo que no fue más que una bonita coincidencia.

         Definitivamente, aquí no vendían lámparas, por lo que decidí dar descanso al traqueteo de mis zapatos y sentarme un rato para disfrutar del ensayo o lo que quiera que fuera aquello que hacían los artistas.

         Me quedé asombrado con el equilibrio del pequeño Phillipe allá arriba, sobre una cuerda de guitarra tocando la nota Mi, muda, con la mirada estrábica, absorta, ignorante de la gravedad. Me deleité con los malabares de Éloi el chile, que se atrevía hasta con sables en llamas, incluso sobre un monociclo chirriante. Más allá un coro canturreaba una extraña canción que jamás había oído, el tipo de canción que susurra el viento cuando, después del fulminante ronquido de un viejo volcán escupe fuegos, una brizna de hierba brota de entre el tiznado hollín como una verde lengua de vida que escapa de su prisión de azabache. En otro rincón, unos cuantos actores ensayaban una obra inspirada en Don Quijote, lo que más me gustó fue Rocinante, reducido a un calcetín lleno de paja con dos grandes botones negros por ojos, una crin de lana y un palo de escoba por cuerpo, aunque visto así quizá sea un poco triste; y un poco más a la izquierda, un forzudo levantaba con una mano una escalera sobre la que se sostenía una muchacha mientras que con la otra hacía pasar a un perro pintado de tigre por un aro luminoso que apenas parecía estar caliente.

         Pero lo que más me llamó la atención de todo aquello, lo que atrapó con un anzuelo invisible a mi pupila, fue aquella muchacha, su corta melena del color del melocotón y sus infinitos ojos verdes, su piel dorada sembrada de delicadas pecas que se iluminaban con cada sonrisa de sus labios, toda ella despedía una especie de electricidad o algo parecido que hacía que me temblase todo el cuerpo, mis orejas enrojecieran y el pelo del cogote se me erizase. Como si una tierna voz aquí dentro o tal vez de fuera me tararease la pacífica melodía de la calma ancestral.

         —Esa sensación llámase rubor que, como el atún, es más viejo que el fuego —dijo un viejo que había aparecido junto a mí como por arte de magia— ¿Cómo te llamas? —preguntó
         —Alonzo —respondí automáticamente, sin tiempo para sorprenderme.
         —Bien, bien —hablaba con una voz paulatina y leve, casi como si las palabras le salieran en una acompasada exhalación de algún sitio dentro del pecho— ¿Y qué haces aquí? —continuó— La función no empieza hasta las ocho.
         —Son ya las ocho y veintidós —contesté tras mirar mi reloj de pulsera con correa de piel de llama. El viejo se rió, enseñando una dentadura toda de madera.
         —¡Pero si la actuación es por la noche y apenas acabamos de desayunarnos las tostadas con café! —consiguió decir finalmente entre carcajadas.
         —Ah —suspiré yo—, pues entonces me marcho, hasta luego.
         —¡No, no, no! —gritó el viejo— ¡Espera un momento! ¿Tú no estarás buscando empleo, verdad?
         —En realidad yo sólo buscaba una lámpara —dije—, pero…
         —Pero te has enamorado ¿verdad?
         —Puede que un poquitín —solté con una risita y haciendo un ademán con la mano como sosteniendo un pelo imaginario entre el índice y el pulgar.
         —Pues vamos, te enseñaré tus tareas —sentenció mientras señalaba con el cuello hacia unas cortinas que había en la esquina al tiempo que guiñaba un ojo con expresión cómplice.

         Aquel viejo llamábase Melquíades Quismondo, aunque todo el mundo le llamaba Melquíades, y era el director del Teatro Mágico. De él se decía que tenía más de cien años, cosa que concordaba con su arrugada piel del color de las aceitunas y con sus pálidos ojos tan profundos como el gran saco de sabiduría envuelto en mantas de colores que era él mismo.

         Me condujo hasta las cortinas coloradas de terciopelo de imitación y, tras ellas, di con una descomunal estantería que llegaba hasta el techo, toda llena de cajas de todos los tamaños, cajas y más cajas de cartón y de madera, incluso cajas hechas con terrones de azúcar y pesados baúles forrados de piel de cebra. Había tantas cajas que fácilmente podían contener entre todas al menos una muestra de cada cosa que hubiera sobre la tierra y parte de sus adentros, hasta una pequeña muestra de nube y otra pequeña muestra de arcoíris y esas cosas.

         Pero lo que contenían esas cajas, me dijo Melquíades, eran cientos de cachivaches y artilugios científicos y ropas extrañas como disfraces y baratijas y amuletos que había ido recopilando en sus viajes por las dos caras de la moneda terráquea y que, según me indicó, yo debía ordenar.

         —¿Cómo lo hago? —titubeé.
         —Como tú veas —respondió afablemente— Hay tantas cosas fabulosas aquí amontonadas que ya apenas las recuerdo todas. Por ahí debe de haber una pareja de espejos que le compré a un árabe que los había fabricado para, puestos uno frente al otro, poder ver el reflejo de Dios entre ellos.
         —¿Y qué vio? —pregunté entonces, intrigado.
         —Nada. Bueno, y todo. Vio de todo menos a Dios. Vio cosas pequeñísimas que parecían esferas eléctricas zumbando todo el rato, pero no a Dios.
         —Vaya.
         —¿Y qué me dices de este catalejo mágico? —siguió diciendo animadamente mientras me tendía un rollo de cartón.
         —Pues parece un rollo de cartón —contesté decepcionado.
         —¡Pero no lo sostengas así! —exclamó— ¡Mira a través de él!

         Y al mirar por aquel cilindro acartonado no pude ver más que a la muchacha al otro lado de la estancia.

         —¿Has visto, Alonzo? ¡Es un catalejo mágico! ¡Tiene la cualidad de centrar nuestra despistada mirada únicamente en aquello que queramos ver!
         —¡Es cierto, increíble! —proferí entusiasmado, aún con ese tal rubor tras las orejas— ¿Y qué hay de todos estos libros? —pregunté mientras sacaba una caja de su estante.
         —¡Ay, Alonzo! —suspiró Melquíades— Has de tener especial cariño y cuidado con los libros, pues albergan antiguas historias que no deben ser olvidadas. Ricardo Corazón de León, que se llama igual que el rey pero no es el mismo, dijo una vez con su profunda voz que los libros le enseñaron a pensar, y el pensamiento le hizo libre ¡Se encuentran cosas maravillosas en estos manojos de páginas encuadernadas!
         —Está bien —asentí— ¿Sabe, señor Melquíades? —continué— Yo antes vivía en otro lugar, y mi vida era comer, dormir y trabajar. No es que me sintiera triste con todo aquello, tal vez sí, pero el problema es que no sentía absolutamente nada. Toda mi vida se reducía a las volteretas de las agujas del reloj, que son volteretas harto tediosas cuando no tienes tiempo ni para subirte un poco los calcetines entre escalón y escalón. Ahora —proseguí— he dejado todo eso para vivir y pensar, y, cuanto más observo el mundo y más pienso sobre él, más loco me parece, todo lleno de serpentinas y desorden y galimatías y cosas feas y malas y también gente buena que se asusta en todo ese caos de la anarquía de las pompas de jabón.
         —Ay, Alonzo —me dijo Melquíades mientras apoyaba su tibia mano sobre mi hombro—, el mundo no puede dejar de sorprendernos nunca porque está en su naturaleza. Cada uno ha de ser lo que es, y el mundo no es coherente. La gente toma decisiones distintas y los rayos caen donde menos te los esperas.
         —Hablando de rayos —dije, al ver la densa y oscura nube que dejaba ver uno de los ventanucos de arriba—, se avecina tormenta.

         Y, aunque no lo crean, justo en ese mismo instante, hubo un fugaz destello seguido de un ensordecedor estallido que se perpetuó aquí en mi sesera durante un rato vestido de silbido átono. Supongo que había sido otra inesperada coincidencia.

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


16.11.12

Sísifo.

         A veces echo la vista atrás y no puedo sentir más que decepción con mi vida. Soy ya un tipo viejo y aún no he cumplido los cuarenta. Los últimos años han pasado como una leve brisa, no sé qué he estado haciendo atrofiando mis músculos y mi buen espíritu en un estrecho cubil rellenando formularios e informes con los ojos tristes y el pelo gris y las manos siempre limpias.

         Esta mañana tomé como siempre un café rápido sin nada para mojar cuando el sol aún no había salido y dejé la taza vacía en el fregadero para limpiarla cuando volviese del trabajo una vez el sol se hubiera acostado. La calle estaba solitaria y fría, yo caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha cuando vi un resplandor delante de mí, como una ranura en la acera que se iba abriendo liberando una luz cegadora y dejando a la vista una rampa que descendía bajo la ciudad. No pensé en el trabajo entonces, ni en qué sería todo aquello, simplemente me dejé llevar como atraído por imanes a través de esa abertura.

         El suelo empezó a deslizarse hacia las profundidades, calculo que estaría ya por debajo incluso de los túneles de metro. Una extraña sensación invadió mi cuerpo, una terrible comodidad, como cuando se vuelve al hogar, al subterráneo útero de nuestra existencia.

         Tras una pálida neblina, fui a parar a una enorme sala llena de gente. Me sentía confuso y perdido, pues era una estancia harto extraña, toda pintada de blanco y llena de luz, me resultaba imposible determinar la altura del techo, que parecía tan alto como el cielo y en algunos momentos casi podría alcanzarlo levantando los brazos.

         Un tipo con el pelo largo y desgreñado del color de la paja y los ojos de un azul mortecino se me acercó todo vestido de blanco perla.

         —¿Y tú qué has perdido? —me dijo.
         —¿Yo? —respondí sin salir de mi desconcierto.
         —Sí, tú. ¿Qué has perdido?
         —No lo sé. Iba por la calle y sin saber cómo he venido a parar aquí. ¿Qué es este sitio?
         —Está bien —contestó de forma enigmática—, sigue todo recto y ve al ascensor, no tiene perdida.
        
         Avancé como me dijo buscando la salida, no tardé mucho en encontrar una larga cola de gente que aguardaba frente a una rampa ascendente y me puse al final. Otro tipo, este más envejecido que el anterior se fijó en mi.

         —¿Tú también, eh? —me dijo con una triste sonrisa.
         —Sí —respondí otra vez—, supongo.
         —Mi mujer y mis hijos han muerto ¿sabes? —empezó a decir— Un conductor borracho.
         —Vaya —contesté—, lo lamento de veras.
         —Ya no queda nada aquí para nosotros.
         —¿Nosotros? ¿A qué te refieres?
         —A nosotros, hombre, los hijos huérfanos de la Tierra. Nuestra vida ya no tiene sentido aquí.
         —No te entiendo —le dije perplejo— ¿A dónde lleva esa rampa?
         —A otro mundo. Este no es para nosotros ya.
         —Pero, pero —no salía de mi asombro—, yo no puedo ir, no quiero ir. ¿Dónde está la salida?
         —No hay salida. La única salida es el ascensor. Si estás aquí es porque debes ir.

         Me quedé sin palabras, y sin haberme percatado la cola había avanzado y ya estaba en el umbral del ascensor. Intenté salir, pero unos hombres con ojos de reptil me empujaron dentro y la puerta se cerró tras de mí.
        
         Estaba ahora en una especie de cápsula, hubo un estruendo y un penetrante dolor invadió mi cuerpo. Me doblé por la mitad y apenas podía ver con los ojos llenos de lágrimas y un agudo silbido en los oídos. El tiempo dejó de existir mientras yo yacía encogido en un rincón de mi receptáculo. No había pensamientos en mi cabeza vacía, sólo dolor. Sentí que todo iba hacia atrás, como si cada partícula de mi cuerpo se fuese separando hasta llegar al espermatozoide y óvulo originales. Un galimatías de chasquidos y ráfagas de colores.

         Un ardor inundó mi pecho cuando todo cesó y volví a respirar. Me levanté y salí de la cápsula con el cuerpo tembloroso y empapado en sudor. El dolor había desaparecido y apenas podía recordarlo ya. Me vi entonces en la plaza de una extraña ciudad. Cientos de personas salían como yo de sus cápsulas y todas se abrazaban con extraños seres de forma humana y mirada de lagarto como los que me habían empujado antes, no acierto a determinar cuánto tiempo había pasado desde entonces.

         Uno de ellos se acercó a mí con una sonrisa de serpiente que dejaba entrever unos afilados colmillos. Me quedé paralizado por el miedo. Pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros y me condujo con paso sosegado.
        
         —¿Sabes dónde estás, verdad? —preguntó arrastrando las eses que resbalaban por su lengua bífida.
         —No —respondí casi sin aliento.
         —Estás en Sísifo, ya no debes temer nada. Todo irá bien a partir de ahora.
         —¿Sísifo? No entiendo nada… ¿Por qué estoy aquí?
         —Porque nada te ataba en la Tierra.
         —¿Qué quieres decir, es que estamos en otro planeta?
         —Por supuesto, estás en Sísifo ahora. Aquí no sentirás más hambre, ni sed, ni frío, ni miedo. Aquí no podrás ser triste.
         —Pero… ¿cómo he llegado aquí?
         —Estás lleno de preguntas, pero tranquilo —me dijo—, pronto las olvidarás y podrás vivir en paz. Calla ahora, te enseñaré tu nuevo hogar.

         Paseamos por las calles de Sísifo durante horas, calles llenas de edificios inconmensurables que se elevaban sobre nuestras cabezas, no había tiendas ni restaurantes, sólo gente vestida de blanco que paseaba ensimismada con una sonrisa absorta. Parecía una especie de cielo donde las almas pasaban la eternidad con el suave rumor de sus propios pasos descalzos. Aún así, aquello me asustaba.

         Llegamos por fin a la que había sido asignada como mi propia casa. No era más que una habitación diáfana con un colchón circular en el centro y grandes ventanales por los que se veía la infinita urbe.

         —Éste es tu lar. Ahora eres libre para no temer —dijo el ser desde el umbral—. Aquí te dejo ahora.

         Me quedé solo en el aposento, mirando por la ventana intentando comprender qué estaba pasando. Mis ojos se fueron acostumbrando al blanco cegador que producían los dos soles del cielo y que parecían no dejar nunca paso a la noche. Tras unas horas de divagaciones, me acosté en el cómodo colchón. Tal vez despierte de esta pesadilla, pensé antes de sumirme en un profundo sueño.

         Desperté bien descansado y los dos soles seguían en el mismo sitio. Así será difícil ser consciente del paso del tiempo, pensé. Me sentía totalmente renovado y contento, algo gris dentro de mí había desaparecido. Coloqué un par de mullidos cojines frente al ventanal y me senté a observarlo todo desde las alturas. Verdaderamente los habitantes de Sísifo no hacían más que pasear y contemplar el mundo, la vida en este planeta se había reducido a la mera y plácida existencia, sin necesidad de comer o beber. Era como un limbo donde nada tenía importancia.

         Alguien tocó a la puerta con suavidad y salí de mi ensimismamiento para abrir. Era un joven que no superaría en mucho los veinte años y que, a diferencia del resto de habitantes del planeta, presentaba un rostro cansado y ojeroso medio ocultado por los cabellos azabache.

         —Hola —dijo rápidamente mientras entraba y cerraba la puerta tras de sí.
         —Eh… hola —respondí yo, sin turbarme demasiado por su inquieta actituda—, ¿quién eres?
         —No lo sé —contestó—, quiero decir, no tengo nombre. Aquí nadie lo tiene.
         —Yo sí.
         —¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
         —Pues… —pensé unos instantes— No lo recuerdo.
         —¿Ves? —dijo entonces— A ti también te han lavado el cerebro. Escucha, tienes que largarte de aquí. Vente conmigo. De vuelta a la Tierra. Aquí no estamos seguros.
         —¿Qué?
         —Somos comida. Los lagartos nos tienen aquí de alimento.
         —¿Qué dices? ¿Qué lagartos?
         —Ellos. Los que nos han traído aquí. No son hombres. Es un disfraz. Nos traen aquí y nos hacen creer que vivimos en el Nirvana, o algo así. Y luego nos devoran.
         —Pero… —respondí incrédulo— eso no tiene ningún sentido.
         —No hay tiempo para más explicaciones, he encontrado la forma de escapar. Si quieres venir conmigo, ahora es el momento. Si no, puedes quedarte a esperar a que te devoren.

         Me miró con sus penetrantes ojos negros y sin decir una palabra más, abrió la puerta y caminó con paso acelerado por el largo pasillo que conducía a las escaleras. Después de unos segundos dubitativos, salí corriendo tras él.

         —Está bien —dijo satisfecho—, sígueme a cierta distancia y camina despacio y tranquilo, que no sospechen. No tardaremos en llegar a la plataforma de lanzamiento.
        
          Caminamos durante un buen rato bajo la silenciosa mirada de los ojos de serpiente que nos vigilaban. Intenté no llamar la atención con las manos en los bolsillos y silbando una despreocupada melodía, pero me sentía nervioso con el rostro tenso y la vista fija en el suelo a excepción de fugaces vistazos que dirigía a mi misterioso compañero.
        
         Por fin llegamos a la plataforma de lanzamiento, un edificio enorme con grandes pórticos y altísimas columnas parecido a una siniestra catedral blanca. El joven me agarró entonces de la manga y me llevó a un rincón donde no podían vernos.

         —Muy bien —empezó a decir apresurado—, hay algo que debes saber antes de embarcarnos: Salir de Sísifo está prohibido para los humanos.
         —¿Y cómo pensabas huir?
         —He estado observándoles durante mucho tiempo y he visto cómo lo hacen. Todos tienen una marca, un corte en los pulgares. Creo que es por donde salen de su disfraz de humano. Tenemos que hacernos esos cortes.

         Sacó un afilado escalpelo de su bolsillo y se abrió los pulgares con limpios cortes verticales que cruzaban la uña hasta la primera falange dividiendo el dedo en dos. Se limpió la sangre con una gasa y rápidamente agarró mi mano para practicarme la misma cirugía. Me zafé con un movimiento brusco, atónito por el arrebato de locura que acababa de presenciar. Miré sus decepcionados ojos, que reflejaban el miedo a hacer aquello solo; no era locura lo que habitaba en aquellas esferas negras. Tomé el escalpelo y sin pensarlo dos veces, rasgué la carne de mis pulgares encogido por el punzante dolor. Ahogué un grito apretando los dientes hasta que no podía oír más que el rechinar de los mismos. Con los ojos llorosos, me limpié la sangre que pronto dejó de brotar y fuimos hacia las filas de gente que esperaba ser enviada a la Tierra.

         Nos pusimos en filas distintas para no llamar la atención, y antes de cruzar el acceso a nuestras respectivas cápsulas, nos lanzamos una mirada cómplice, algo así como un “hasta pronto, nos vemos en casa”.

         Esta nave era diferente a la que me había traído a Sísifo, era una burbuja de un material extraño, un tanto elástico recubierto de una película húmeda. Vi a través de las translúcidas paredes los dos soles blancos brillando y, tras un destello cegador, todo se volvió negro manchado de estrellas que se iban difuminando hasta perderse de vista. Me vi entonces en un caos lleno de color, una ensoñación distante. Sentí náuseas y cuando me quise dar cuenta caí desmayado en la ovalada superficie interna de la burbuja.

         Desperté con una brusca sacudida. Sentí cómo la burbuja se ralentizaba mientras atravesaba las nubes y podía divisar ya las verdes colinas llenas de árboles que cercaban una ciudad fantástica con edificios bulbosos de colores. El aterrizaje fue suave, y la burbuja se desvaneció en cuanto acarició el suelo.

         La ciudad en la que me encontraba no presentaba el mismo aspecto vista desde el suelo. Los edificios parecían deshabitados y no había más señales de vida que las plantas que surgían de grietas en el asfalto y que trepaban por las desvencijadas fachadas. Vagué sin sentido durante un rato, cuando el silbido de un dardo pasó junto a mi oreja. Me giré y vi una bandada de críos armados con cerbatanas que corría hacía mí. Sobresaltado, emprendí la huída por las retorcidas calles hasta que alguien me arrastró dentro de un pequeño callejón. Los niños salvajes pasaron de largo.

         —¿Quién eres tú? —me dijo mi salvadora. Tenía unos preciosos y sinceros ojos verdes y una larga melena castaña. Sus ropas eran primitivas e iba cargada con un arco y un carcaj lleno de flechas.
         —No recuerdo mi nombre.
         —¡Oh! —un destello cruzó su mirada— ¿Y de dónde vienes?
         —Es una larga historia.
         —Está bien, ya habrá tiempo. Tenemos que ponernos a salvo. Te llevaré a nuestro asentamiento. ¡Vamos! —exclamó con ímpetu, y salió corriendo cogiéndome de la mano.
         —¿Cómo te llamas? —pregunté mientras me trastabillaba por su ágil paso.
         —Soy Umma.

         Salimos de entre los altos edificios y llegamos a los lindes de un bosque viejo donde unas cuantas tiendas confeccionadas con largos troncos y pieles de animales parecidas a tipis indios formaban un círculo en torno a una hoguera. El clan estaría formado por unos veinte individuos entre los que había hombres, mujeres y niños, todos parecían cazadores nómadas, armados con arcos. Umma me llevó hasta el jefe.

         —¿Quién es este extraño, Umma? —preguntó el jefe con tono serio.
         —Lo encontré en Cátar,  estaba siendo perseguido por los póvocs. Dice no recordar su nombre y viene de muy lejos.
         —¿De dónde vienes, extraño? —me inquirió con su penetrante mirada.
         —Pues… —no sabía qué contestar. Era obvio que habían pasado cientos, quizás miles de años desde que había abandonado la Tierra; tampoco podría decirles que había caído del cielo tras un viaje intergaláctico— no lo recuerdo, desperté hará unas horas en aquella ciudad y no sé dónde estoy.
         —Umma —dijo entonces el jefe—, trae algo de agua y comida para nuestro invitado —su mirada se fijó en mis manos—. Y unos vendajes para curarle esos dedos heridos.

         Comí vorazmente y bebí hasta la saciedad. Me habían untado un ungüento en los cortes de los pulgares y empezaron a cicatrizar con una velocidad asombrosa. Me cedieron una tienda —que ellos llamaban vigvamo— donde pasé la noche, y al alba, el jefe vino a despertarme y me llevó a pasear por los senderos del bosque.

         —Nuestro pueblo tiene una antigua leyenda —comenzó a decir—. Dice que un día, llegará un misterioso hombre desde más allá de las estrellas. ¿Ese hombre eres tú?
         —Sí —respondí asombrado—, ¿acaso vengo para salvaros de algo?
         —No —contestó el jefe, ahora en un tono más tierno—. Más bien nosotros te salvaríamos a ti.
         —¿De qué?
         —De ti mismo. Has vagado demasiado tiempo y tu destino desde que naciste era ser feliz. Ahora formas parte de nosotros, eres nuestro hermano.
         —Pero… —titubeé.
         —Recuerda cuando eras joven y brillabas como el sol.


11.9.12

Dominio Astronómico.


         »Viajamos ahora en lanzaderas espaciales haciendo escalas en los principales asteroides del cinturón S-1. Paradas de Moorgate a St. Pancras y la Cruz del Rey, por ejemplo.
         »La tercera ha comenzado y la vida ya no sucede en la Tierra. Sólo Muerte.
         »Y heme aquí, periodista en el Caledonian vestido con vaqueros y gorra argentina. Pasando sed en Angel y calor en el tubular horno de viajeros siderales. Ahora somos algo menos que puntitos brillantes en el cielo nocturno.
         »Sigo siendo más de Cervantes que de Shakespeare, aunque no lo muestre siempre.

+    +    +

         »Y ya en la cálida sala común, me acuerdo de las verdes montañas vestidas con cristalinos ríos, me acuerdo de la moteada arena y el salitre empapando mis piernas, del viento besándome el rostro.
         »Quiero eso, y no el ruido de basura espacial taladrando el casco naval con cada pulgada.
         »Ya no importará a nadie cuando publique artículos sobre la deforestación del Amazonas o la fusión de los polos convertidos en la más pura furia del Océano. Ya a nadie importará ese pequeño planetoide azul, pues vivimos en el Dominio Astronómico, justo como en 1984, pero felices con nuestra ginebra de la Victoria y nuestro papel-de-culo-o-falsa-democracia que no irrita nuestros digestivos anos.
         »No habrá entonces muros ni cadenas — solamente aquellos que no se ven, que son más duros.
         »La verdad, al final, es que nada de eso importa, no mientras tengamos pelis y fútbol y música y comida basura y casera y sana y todas esas cosas que nos divierten y nos distraen, y así somos felices y eso me encanta de veras.
         »Porque la distracción es felicidad. Soy el conocido por el Distraído.
         »Ý así soy feliz cuando no entiendo lo que me dicen y tengo un libro y una cerveza y un amigo con otro libro y otra cerveza y no-hace-falta-tanta-plata.
         »No me queda apenas tiempo antes de mi regreso, y me preocupa si seguiré siendo un periodista de lo foráneo que no entiende una palabra. No me decido si en el buen sentido o no.

—Porque las banderas no son más que terceros apellidos—.

P. Village —Caledonian Chronicle
Estación London-JH.CMDN
24.08.34

8.9.12

El atardecer bermelho de Nazaré.


         (…) Y ahora me veo en Nazaré, Portugal, disfrutando de quizá el mejor atardecer de mi vida en el paseo marítimo con el sol alto y bermelho y una Super Bock bien fría. Ayer cogí el autobús de cinco horas y media Oviedo – Madrid con un chófer despreocupado y tan sólo una mochila con algo de ropa y mi pequeño saco de tela de paracaídas heredado. Cogí el tren de Méndez Álvaro a Villalba, donde me recogerían Angélica y Tania con un Fiat Punto tatuado con “Las judías que riegas son las judías que crecen” lleno de aparejos de acampada y el perro Cosmos y la perra Wanda. Pensaba que me llevarían a Segovia para salir al día siguiente hacia mi obrigada Lisboa, pero cuál es mi sorpresa cuando ponemos rumbo oeste con destino Leiria. —Las carreteras hacia la Libertad Absoluta siempre van hacia el Oeste.

         Nos detuvimos pasadas unas horas, en algún lugar de la provincia de Toledo, salimos de la carretera y montamos la tienda en un descampado reseco, con una luna casi plena que nos bañaba en una irreal luz azul onírico. Juntamos palos secos y rastrojos y encendimos una pequeña hoguera donde calentamos pan blanco con aceite y unas rodajas de tomate. Angélica se acostó pronto, y Tania y yo charlamos y contamos estrellas que parpadeaban en guiños de plata tan lejanos. Hablamos también de nuestros náufragos y de nuestros principitos. No dormí demasiado en el duro suelo, nervioso por los pasos de los fantasmas que hacían crepitar la hierba seca.

         Amanecimos temprano y repetimos el menú de anoche para ponernos enseguida en marcha, no sin antes ser descubiertos por un paisano con mono azul de trabajo advirtiéndonos de que habíamos acampado en reserva natural.

         Y el día transcurrió en la carretera, eufórico como sólo se está cuando uno se desplaza sin saber a dónde va a ir a parar, justo como un canto rodado, cruzando la provincia de Cáceres con escala en Moraleja, y a lo ancho de Portugal pasando por Fátima hasta este cielo púrpura que hace que el Atlántico se sonroje.


                   —Con la mirada perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacito, parece que sentimos toda la Tierra rodar.

23.4.12

El viajero sentado.


«La mejor soma es la distancia voluntaria», con esa frase empezaba mi libro, quizá no sea el más conocido de los que me han publicado, pero sí de los que más orgulloso me siento. Se trata de una recopilación de los viajes que hice cuando era joven.

Yo era entonces un muchacho tranquilo, acostumbrado a imaginar para tener y cauteloso con la llave de su amistad, pero vayamos al grano, mi historia comienza en aquel día en que, sin saber cómo, me levanté adulto. Fue como mirarse en el espejo de lo que quieres ser y ver ahí a otra persona, y que en el mismo reflejo ella te coja de la mano y te susurre secretos al oído.

Llega quizás un momento en la vida de todo hombre en la que la felicidad está lejos de aquello que amamos.

Un solo gramo de soma —o una sola unidad básica de distancia— cura diez sentimientos melancólicos.

20.2.12

Viajero estético de bolsillos vacíos.


No hacía mucho que me había quedado sin trabajo ni dinero, era lo habitual en los tiempos que corrían –o más bien, desandaban- y desde que tengo memoria recuerdo haberme dicho que jamás sería un sintecho durmiendo entre cartones en la sucursal de cualquier banco-sanguijuela, así que me fui derecho a la editorial Random para proponerles una idea descabellada a modo de negocio arriesgado, les propuse que me financiaran una vida errante rumbo a las cimas tibetanas a cambio de enviarles semanalmente mis desventuras en la carretera, como una suerte de Jack Kerouac de la era tecnológica con un teléfono portátil en el bolsillo trasero y una grabadora de mano  digital, gafas de sol polarizadas y bambas cómodas y robustas… todo un lujo para tratarse de un hombre pobre antaño niño rico. Lo curioso es que picaron, y ahora escribo esto tras mi primera jornada de nomadismo, a unos cuantos kilómetros aún de Bayona. 

2.11.11

Sin título.211.


creo que no entiendo mucho de todo ese rollo de las poses. porque realmente no sé si yo soy real o sólo pose. y gente que parece actuar en realidad están siendo reales. gente real que en verdad está actuando. si poso, por lo menos lo hago también cuando estoy solo, lo que me convierte en real. pero, al ser tímido, mi pose es la de estar quieto y callado. creo que sólo conozco a una persona real. siempre joven.


     escritorio. interior. luz tenue de flexo.
          Veo una caja de cerillas, un mechero, un dado que   marca el 2, una lista de canciones, un sacapuntas, una taza    vacía, un cenicero lleno de las cenizas de anotaciones    quemadas, eso en el lado izquierdo.
          A la derecha, veo un par de chapas de paulaner, un posavasos de glasgow, un ratón, un par de papeles, unos     auriculares, cuatro bolígrafos, un taco de post-its,    escritos de un viejo indecente de bukowski, una cesta con      cinta adhesiva y el menú del restaurante chino gran muralla, eso en el lado derecho.


el resto de la película se la pasó enfrascado en la digital hoja de papel en la que pretendía recoger una bitácora de un un viaje desde el trono de mimbre. apagué la t.v. supongo que al rato apagaría las luces y se iría a dormir.

me gustan los post-its, son como farolillos chinos alumbrando la plaza del escritorio. recordándome, memento, lo que tengo que decir. son como el apuntador agachado susurrándome el resto del guión cuando me quedo en un folio en blanco.

31.12.10

Última entrada de la década.

Ya van muchos años que comienzan con propósitos y deseos, en lugar de eso, creo que lo mejor sería echar una última mirada atrás a este 2010 que ya exhala sus últimos suspiros.

¿Qué hice nuevo que no haya hecho en ningún otro año? La verdad es que no mucho, pero sí que puedo notar la evolución en mi vida, creo que algo más de la mitad de las cosas en torno a ella fueron a mejor, y no pasé demasiados malos momentos. He descubierto cantidad de cosas nuevas y pretendo seguir haciéndolo durante el 2011.

El espíritu del hombre se alimenta de nuevas experiencias.
Christopher McCandless
Tal vez me faltó un buen viaje, hice un par de amagos, pero este año que entra, y no es una promesa sino una aventura ya planificada, haré al menos uno al extranjero.

El año pasado pedí que el 2010 no fuese peor que el 2009 y, de hecho, ninguno fue para mí un año malo. Este año quiero ser más optimista y pedir lo mismo con otras palabras, que el año que viene sea tan bueno o mejor que éste que ya termina. ¿Y qué mejor forma de terminarlo que con BB King?

29.5.10

Destino encontrado.

Quería homenajear hoy a Dennis Hopper, que lamentablemente ha fallecido hoy mismo en su casa de Venice, California a causa de un cáncer de próstata a los 74 años de edad.

Se podría hablar de su trayectoria como actor, o incluso como director, pero prefiero mencionar un poco la película por la que yo le tenía en gran estima, Easy Rider, de la que fue protagonista junto con Peter Fonda y Jack Nicholson, director y guionista.

Easy Rider es el viaje de dos moteros a lo ancho de los Estados Unidos, del más profundo oeste hasta los carnavales de Nueva Orleans. Es un viaje por la norteamérica de 1969, con sus granjeros, sus comunas hippies y los cerdos fascistas que odian a los "melenudos". Es, en realidad, un viaje por la libertad.

Por el camino se cruzan con un abogado loco y borracho representado por el incombustible Jack Nicholson, con el que viviran divertidas -y a veces no tanto- aventuras.

Con el mejor acompañamiento musical que se podía pedir, Jimi Hendrix y Steppenwolf entre otros, esta película es el símbolo de una generación a la que a partir de hoy, le falta un miembro.

El que está acostumbrado a viajar, sabe que siempre es necesario partir algún día.
Paulo Coelho