Cansado de estar cansado me decidí por acostarme temprano y
mirarlo todo después, cuando fuera ya de día. No sé cómo llegué a tales
derroteros, pero pronto me vi pensando en ella y, maldita sea, hacía una
eternidad que no lo hacía. Pienso que nunca estuve realmente enamorado de
María, que fue cosa de unos días, la alegría de las pequeñas cosas, ociosos al
sol, y un puñado de no tan pequeñas bolsas, más bien copiosas, repletas de
maría. Qué época tan feliz aquella, de veras. Ojalá me hubieras conocido entonces.
Llevaba un par de meses trabajando en la librería y no podía sentirme más en mi
sitio que colocando libros en sus respectivos. Los jueves, al mediodía, subía
desde nuestro piso en la calle larga hasta el mercado de la plaza y compraba
frutas y verduras, para después refrescarme con tantas cervezas a la sombra
disfrutando de la compañía de los que gozan charlando acerca de cuán lejos
quedó el invierno. Con la luna llena de marzo habían llegado los seis de Wanda,
y a menudo nos acercábamos a La Albuera para visitarlos en su diminuto palacio,
que era una carpa púrpura con travesaños de madera y ahí mismo, con mi pez
rebosando naranja, aprendí a hacer barcos de papel. Había pasado los últimos
meses viajando, de Lisboa a Ámsterdam pasando por Jerez, y, sin apenas tiempo
para haber deshecho la mochila, ya se encargaba un picoleto de registrarla
buscando escoria justo a dos kilómetros de Coria. De aquella noche recuerdo
bien poco y se trata de una sonrisa que me colgaba de las orejas mientras se me
enredaban en el pelo unas polillas como leviatanes. Joder, si nos reímos. Ella
llegó sin que yo quisiera percatarme demasiado, enfrascado como estaba en Cien años de soledad y los submundos de
Alonzo Testa. Había fabricado con mis propias manos una pompa enorme y cómoda
donde cabían un montón de cosas y donde me lo pasaba fenómeno. Y ella, ay,
ella, reina de las pompas, bruja de las burbujas, ninfa entre los nenúfares;
ella fue la libélula que con los ojos morochos
y achinados fue a posarse en mi fina película, mi animula vagula blandula, y ésta se fundió, confundida. Hubiera sido
un crimen no haber besado aquellos labios esa noche. Fuimos felices y después
me fui y ella se fue. Y ella se fue. Y ella se fue. Y en todo este tiempo no ha
hecho más que crecerme la barba y mientras tanto me he ido desconociendo tantas
veces… Y hoy… hoy sólo quiero volver a mi puesto de libros en el ágora y
charlar con aquella chica risueña de mejillas sonrosadas con la que compartí un
pacto secreto, oculto en una vieja maleta. Hoy sólo quiero que el latido del
teléfono me pueda devolver su voz, aunque sea por un rato, y así yo saber que
todo va bien, que es así, que es el tiempo. El día en que me di cuenta de que
no quería seguir, nos vimos todos en la viña y bebimos cerveza en lata al sol descalzo,
durante toda la mañana. Fui a trabajar por la tarde, y al salir, me hicieron
una entrevista. Después entramos en un concierto de Latin Jazz con botellas de
cerveza en las perneras del pantalón y, cuando terminó, nos dimos de bruces con
la inauguración de un bar en la calle de los ídem, y ahí ya fue cuando nos
rendimos a los efluvios de la birra que fluía, que corría por cortesía de una
barra libre que repartía a rebosar. De todas formas no tardamos en regresar, a
eso de la medianoche y cargados de provisiones, dispuestos a degustar el
insólito menú que el azaroso yoquesé
nos había preparado: sendas raciones de hongos psilocibios con una mijita de
fenetilamina de iodo. El viaje a partir de ahí fue de cada uno y ya se ha
escrito mucha psiconáutica; lo que quiero decir es que aquella noche vi un
aguará guazú que ansiaba de lejanas praderas por donde pulular mientras yo
prefería ponerme a ulular sentado bajo un árbol y entonces la luna se hizo
grande entre las ramas —esto fue la segunda entrevista— y yo, qué más, pues me
puse a temblar con el crujir de una bujía y de la risa se me olvidó todo, y por
detrás de los pájaros amaneció en el cielo. Y yo quise beber de la botella de
vodka, pero ella no quería que lo hiciera. Y yo sentí que hacía años que no la
veía y que de todas formas quién era ella para culparme de hacerle daño. Ella
masculló que el alcohol era el demonio y yo me declaré abrazador de Abraxas y
cambié sus labios por los otros, los de cristal. Unos días antes había nevado
en pleno mayo. Lo que pienso ahora que esto significa es que, a veces, hay un
resplandor, un chasquido, como en un cambio de rollo en un proyector; y dura
apenas un instante, un parpadeo. Ese parpadeo fue lo que ella y yo tuvimos, y
al volver a abrir los ojos, ya no estaba. Me volví más distante y, al poco,
ella terminó de impartir un curso de creatividad en la facultad y puso un pie
en el oeste. Unos meses después yo volvía de Irlanda con una espada de madera y
ella se tocaba los mechones del cabello con plumas de cóndor y sudaba en
temazcales con San Pedro. No digamos ya ahora, un par de años después. Y es que
es así, yo lo he visto: los caminos que se cruzan no son por ello convergentes,
que en un pispás te ves al otro lado del globo y vete tú a saber quién carajo
esconde la chincheta. Pero algo ocurre y es lo que trato de escribir; María ya
no está. No es que haya muerto, ni esté desaparecida. Ni siquiera sé si está,
pero para mí, no está. Como si con ella se hubiera ido la alegría de aquellos
días. No es que no haya vuelto a ser feliz desde entonces, simplemente se trata
de una felicidad distinta, tal vez más madura, más curtida, más sencilla. Más
relajada. Creo que aquel día, aquel día en que me fui, en que se fue, en que
nos fuimos, algo se fue en mí, como si la infancia se tratara de una naranja
que se fuera desgajando con los años y cuyas porciones hay que cuidar como
tesoros para poder más tarde disfrutar de la jubilación. No fui justo con ella,
pues la culpé en secreto de ocupar mi
tiempo y de impedir con su presencia que yo
pudiera sentarme a escribir en mi
trono de mimbre; cuando lo único que ella pretendía era ser musa, quizá con
cierta insistencia, todo hay que decirlo. Ahora lo comprendo desde otro
cerebro, que es el mismo, pero más viejo, y lo veo todo con cariño. Todo aquel
capítulo en mi vida, en el que disfruté y sufrí, a partes no iguales, por no saber
sacarle un provecho creativo a todos los acontecimientos y las tantísimas
nuevas experiencias que decidieron darse cita en mi vida en un tiempo tan
reducido y pleno. Ahora ya sé que las ideas son semillas que han de arraigar y
crecer con la calma, que los temibles bloqueos de escritor no son más que
temporadas de barbecho, y que son los propios escritores los que se arrancan
las canas de la cabeza en vez de distraerse con la vida y decirse: Ya llegará,
ya llegará. Y mientras tanto, yo guardo una
maleta bajo la cama, por si acaso, y esa ballena de plastilina, y este cuello bien largo y joroschó que
navega por las nubes que me salen al paso y, de fracaso en fracaso, veo como
las barrigas crecen, las espaldas se encorvan y sin embargo alguno de estos
cuervos traerá algo nuevo y bueno y pensando eso estoy tranquilo, no me
descuido, voy dando pasos.
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11.4.15
16.3.15
La puta picardía
(...)
Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.
Ayer cogí el autobús de medianoche, ya sabes, para dormir por el camino o conversar con los espíritus del aire acondicionado mientras los demás roncan. El caso es que me asusta dormirme, por si luego amanezco en la isla de Battle Royale con sólo esta pinza de tender y los cordones desatados, así que no pego ojo.
Las horas
pasan realmente despacio en un autobús nocturno, créeme. El único paisaje que
se ofrece es un negro sólido, y si tienes suerte quizás puedas ver las
estrellas, pero vamos, que eso termina aburriéndote en poco rato. Esta vez me
tocó asiento de pasillo, y eso dificulta de veras el encontrar una postura
decente, no digamos ya cómoda.
Una de las
cosas que más me repatean de los autobuses es toda esa gente que reclina el
respaldo de su asiento sin ni
siquiera preguntar. En serio, si el tío que va delante me dice: Oye, ¿te
importa que me eche un poco para atrás?, yo le digo: Claro, por supuesto. Y ya
está. Pero cuando lo hacen sin pedir permiso, mama. Entonces sí que me toca los
cojones.
Ayer mismo me
tocó una señora mayor. Ya había inclinado un poco su asiento cuando yo llegué,
pero no me importó. Yo qué sé, se la veía bien entrada en años, y yo, siendo un
niño, podía permitirme cederle unos centímetros de mi espacio vital de alquiler,
digo yo.
Lo de
siempre, siete horas de trayecto, demasiado despierto para dormir, demasiado
dormido para estar despierto; el coco cavila. Pronto uno descubre que no sólo
una única mente habita su cráneo, y que si se queda lo suficientemente quieto y
está atento, puede percibir cómo estos pedazos de la propia personalidad
dialogan entre sí, a veces con halagos, a veces con insultos.
Y mientras
tanto, 6:33… 6:33… ¿6:31?
Parece que no
llegas nunca y te da la sensación de que cuando vuelvas a hablar con alguien no
vas a ser capaz de reconocer tu propia voz. Yo pensaba en todo esto cuando la
jodida vieja decidió que la inclinación de su respaldo no era del todo
satisfactoria y, sin más miramientos, alargó una arrugada y decrépita garra y
tiró de la palanca hacia atrás, así.
Y yo, claro,
flipando. ¿Qué le digo? “Señora, le importaría volver a poner el asiento como
estaba?” Yo qué sé, no quedaba nada para llegar a la estación y la gente me
vería como un cascarrabias así que resoplé hiperbólicamente para manifestar
mi descontento, pero la vieja pasando.
Hinqué las
rodillas en el ínfimo hueco como buenamente pude y entonces se me ocurrió darle
empujones para ver si le daba por inmutarse, pero una vocecilla aquí arriba me
dijo que eso estaba feo, que yo no era así. Esa clase de persona. Ya sabes cómo
soy yo, joder. De todas formas aproveché un bache en la carretera y aumenté sus
efectos con un impulso de las rótulas. Seguí haciendo esto el resto del camino
con una sonrisa maligna dibujada en la cara, sabiendo que nadie, ni siquiera la
vieja cabrona, se daría cuenta de lo que estaba maquinando. Me sentí bien
entonces, joder, me sentí de puta madre haciendo justicia con un castigo tan
sutil. Me dolían las rodillas, pero yo seguí dándole caña hasta que llegamos a
la estación.
Me apeé
victorioso con mi cara de júbilo y nadie sospechaba nada con tales legañas en
los ojos. Cogí la mochila y me fui directo al metro. Y entonces pensé en que yo
siempre me he considerado buena gente, al menos un tipo amable por la calle, el
típico que te sujeta la puerta y deja salir antes de entrar, el típico tipo
amable. Amable e invisible. Y esta vez, siendo un capullo, me he sentido. Así,
sin más. Me he sentido. He sentido que existo. Que estoy.
Y no sabes
cuánto me jode haber llegado a esto. La puta picardía de que si la gente ahí
fuera es mala, entonces voy a ser el más cabrón. Odio eso. Odio eso. Odio que
parezca que el mundo sólo puede girar así.
(…)
8.1.15
Un ombligo bíblico.
Convenimos
lo siguiente: El primero que calzara con calcetines los colmillos de una morsa,
se llevaría como premio este pequeño altavoz. Una serpentina de diamantes se
derramaba por el sofá y me detuve en una sillita de playa a la vera de la
tortuga y con vistas a un marco en blanco que, de hecho, no era más que un
rectángulo de madera. Los elefantes patinaban en círculos por el respaldo del
sofá y aquello parecía una cascada oceánica entre sendos glaciares como
cojines. Yo no hice gran cosa entonces. Tampoco había tocado los bombones de
crocanti desde hacía rato; si acaso libaba birra y leía láminas a la luz
liviana de los eslabones que en el fondo eran bombillas. El reloj se derritió
como en aquella postal y tampoco hice nada al respecto. Como mucho intentar
acomodarme en esta sillita que me está destrozando la espalda.
La
travesía duró al menos un buen rato. Naufragamos un Cadillac del siglo catorce
en medio del desierto del Gobi y eso nos palpitó en la cebolla; pero yo
rebusqué en mi bolsillo y encontré un nimbo aterciopelado y cubierto de
pelusilla del ombligo, y el otro setenta por ciento era agua como yo, y como
cualquier otro mono. No encontramos morsas por ahí; si acaso algún que otro
ñandú turista y montones, montones de tierra. El cielo se curvó entonces, y nos
quedamos panza arriba y, con los pies descalzos, nos soñamos dormidos y
buceamos en una sustancia que era yo qué sé qué y amanecimos en un café de
Luanda o Liubliana o tal vez era una pescadería, y decidimos hacer las paces
entre los peces y seguir buscando por otro lado.
Pero
buscar qué. Lo habíamos olvidado. Hacía frío entonces como cuando te comes un
caramelo de menta con cualquiera de los polos en mente, y fingimos que la
realidad no nos mentía demasiado.
¿Sabes?
Me tomaré ese café. El azucarero estaba medio lleno de rubíes y zafiros, pero
me serví un par de cucharadas de todos modos. Justo delante un tipo
despotricaba contra las estelas químicas mientras solicitaba fuego para
encenderse un cigarrillo haciendo un gesto con los pulgares. Lo llaman
geografía de los estados del pensamiento y está repleta de curvas y bahías.
Pero yo de eso no sé un pimiento apenas.
Alguien
gritó «¡El techo es lava!» y los muebles se dieron la vuelta y se colgaron del
tejado y, así, no supe si era yo el que estaba del revés. Y volvimos a fingir que
la vida no nos engaña. Y por los pasillos alguien había escrito que hasta donde
la ciencia conoce no es posible imaginar. Y la tinta del rotulador iba
conformando surcos oblicuos como un ombligo bíblico por título.
Acordamos
no mencionar nada al respecto y nos intercambiamos los sombreros para sellar el
trato. A mí algo me chorreó por el hombro de la camisa, pero hice como que no
me había dado cuenta y avanzamos a la siguiente casilla. Un hombrecillo que se
había perdido por ahí me dio un dado en blanco y un dardo y una diana; y yo
agarré todo con un brazo y con el otro una liana y salté por la ventana hacia
la que había al otro lado.
Jugamos
un rato a que las cosas empezaban por el final y terminaban por el principio y
acabamos por cansarnos de no saber decidirnos. Después jugamos a no hacer nada
y más tarde a perder el tiempo. Al final se hizo de noche y después de día como al principio.
| Diego Rivera |
8.10.13
Texaco.
Noventa y seis kilómetros más al norte, por la mañana. El
viento es fresco como sólo lo sabe ser a esas horas y tú andas mirando los
adoquines con una vieja mochila rosa fabulosa y joroschó con los tupis y las llaves y el cuaderno y esas
cosas. Ese frío amable y madrugador.
* * *
Lo vi lo vi por vez primera en alguna carretera secundaria
del sur, junto a una parada de autobús de madera y con una sonrisa. Lo siento,
dijo Steven detrás de sus gafas de sol, no hay sitio. Repasamos el tracklist por segunda vez antes de
llegar a Clonakilty, donde quedamos atrapados junto al Texaco de la salida este, justo entre los niños fumadores y la
tienda de antigüedades cerrada. Tomamos café y chomp de la aventura, y canturreamos y bailoteamos y aullamos a la
luna con cabezas de lobos en las nubes mientras levantábamos el pulgar bajo el
indiferente índice de los conductores. Gareth apareció entre las sombras, con
su sonrisa, con una guitarra en su funda y la desgreñada melena balanceándose a
cada paso. ¡Hola!, nos dijo —pero en inglés—, ¿Os apetece un trago? Nos ofreció
un vino tinto de abadía delicioso, además de un Chardonnay que sacó del bolsillo interior de su chaqueta de tweed. Nos contó que venía de
Inglaterra, que hacía auto-stop por West Cork tocando en bares y cosas así. Se
marchó después de reír un rato con nosotros. Dijo que le gustaba caminar por la
noche, y que con una buena botella de vino el camino se hace mejor. Y así
desapareció más allá, por la carretera. Compramos enseguida una botella,
sardinas y algo de cheddar blanco y
buscamos un sitio donde cenar, felices de un modo que no sabría describir,
llenos de la alegría que, tal vez sin saberlo, Gareth nos había dejado. Pronto
encontramos un altar a la Virgen María
con pequeñas cascadas artificiales junto a un arrollo iluminado por velas.
Encendimos una, cagamos y cenamos. Bebimos vino. Leímos el capítulo de la oruga
y la paloma y Tiger Lily escribió un poema inspirado en la dorada tarde. Y después, sí, es cierto: con una buena botella de
vino el camino se hace mejor.
¿Qué tienen estas rayas pintadas en el asfalto que, aún
siendo blancas, me enseñan más de mí mismo que cualquier diario de tantos que
he garrapateado?
31.5.13
De orugas y hongos.
Nos dimos la vuelta como bailando, giramos como el tiempo
gira sobre sus estambres deshojándose para que broten nuevos pétalos de
colores. Revolcamos nuestros cuerpos bajo la noctámbula cúpula manchados de
barro y lluvia y nos quedamos como los cantos rodados de una orilla cualquiera
con el corazón tan duro como la coraza y ese estremecimiento vacío entre las
sienes.
* *
*
Me acuesto ahora por las noches como una oruga en su
crisálida, y sueño con que al despertar luzco unas irisadas alas joroschó. Pero
mi pupa no es más que una colcha normal como las que usan las personas. Por eso me despierto decepcionado a veces, pero ¿han visto estas aletas doradas
y este caudal ondulado y brillante? El cielo es muy grande, pero no deja de ser
más que aire, y hasta los lunáticos saben que las mariposas envidian a los
peces por no poder libar del néctar coralino en las profundidades más ignotas.
* *
*
Bau da Terra se comió las polillas de regaliz con un beso y
fue sin cabeza o con una muy grande y joroschó por las regiones mentales de la introspección,
la entropía y la redundancia disfrutando de su particular mentira o aventura
como si fuera una odisea por el espacio y el movimiento y la luz y la música y
la energía con los coyotes galopando por desiertos circulares de vinilo negro
bajo la lluvia de las cerbatanas de plástico científico, mas todo fueron risas
y sonrisas con la fuerza primigenia del no-sé-qué que hay en todo y que fluye y
fluye como la forma de escribirlo y con los ojos rojos y joroschó.
Bau da Terra dijo bajo el árbol que siempre se respira la
decadencia de los años que pasan y pesan y pisan, y que vivimos con la misma
sensación que se tiene cuando abandonas la sala de cine después de la película o
vuelves a abrir la nevera para cerciorarte de que sigue vacía. Dijo también: Yo
no quiero verme, quiero fundirme y confundirme con la voz de la luna que se asoma
paulatinamente entre las nubes de plata para observarnos desnuda bajo el eco de
su luz.
Bau da Terra también dijo que puedes estar toda una vida —o
incluso mil— corriendo tras el Sol, pero él siempre aparecerá a tu espalda como
una bola radiante, que es lo que es.
Después se comió su propia cabeza.
18.4.13
Capítulo XXII (Parte II).
Se trataba de un viejo edificio cuadrado de ladrillos
sucios, con una pequeña puerta de madera oscurecida por un caldo de lluvia y
años de la que colgaba una oxidada argolla, y dos ventanucos en la segunda
planta. Junto a la puerta, en un corroído letrero de bronce se podía leer “TEATRO
MÁGICO” y debajo una breve e ilegible frase.
Entré sin
llamar, es una mala costumbre que he cogido no sé dónde. Todo aquel teatro era
una gran sala diáfana, con unos cuantos bancos apostados junto a las paredes y
un gran espacio central donde bailoteaban un puñado de actores y artistas de
circo, y las paredes estaban pintadas a rayas rojas y azules, como en mi sueño,
digo en mi suelo, lo que me hizo pensar que quizás estuviese frente a una
sincronía del Universo que se había manifestado a través de mí pero al revés, o
tal vez algo del Destino o algo así, pero supongo que no fue más que una bonita
coincidencia.
Definitivamente,
aquí no vendían lámparas, por lo que decidí dar descanso al traqueteo de mis
zapatos y sentarme un rato para disfrutar del ensayo o lo que quiera que fuera
aquello que hacían los artistas.
Me quedé
asombrado con el equilibrio del pequeño Phillipe allá arriba, sobre una cuerda
de guitarra tocando la nota Mi, muda, con la mirada estrábica, absorta,
ignorante de la gravedad. Me deleité con los malabares de Éloi el chile, que se
atrevía hasta con sables en llamas, incluso sobre un monociclo chirriante. Más
allá un coro canturreaba una extraña canción que jamás había oído, el tipo de
canción que susurra el viento cuando, después del fulminante ronquido de un viejo
volcán escupe fuegos, una brizna de hierba brota de entre el tiznado hollín
como una verde lengua de vida que escapa de su prisión de azabache. En otro
rincón, unos cuantos actores ensayaban una obra inspirada en Don Quijote, lo
que más me gustó fue Rocinante, reducido a un calcetín lleno de paja con dos
grandes botones negros por ojos, una crin de lana y un palo de escoba por
cuerpo, aunque visto así quizá sea un poco triste; y un poco más a la
izquierda, un forzudo levantaba con una mano una escalera sobre la que se
sostenía una muchacha mientras que con la otra hacía pasar a un perro pintado
de tigre por un aro luminoso que apenas parecía estar caliente.
Pero lo que
más me llamó la atención de todo aquello, lo que atrapó con un anzuelo
invisible a mi pupila, fue aquella muchacha, su corta melena del color del
melocotón y sus infinitos ojos verdes, su piel dorada sembrada de delicadas
pecas que se iluminaban con cada sonrisa de sus labios, toda ella despedía una
especie de electricidad o algo parecido que hacía que me temblase todo el
cuerpo, mis orejas enrojecieran y el pelo del cogote se me erizase. Como si una
tierna voz aquí dentro o tal vez de fuera me tararease la pacífica melodía de
la calma ancestral.
—Esa sensación
llámase rubor que, como el atún, es más viejo que el fuego —dijo un viejo que
había aparecido junto a mí como por arte de magia— ¿Cómo te llamas? —preguntó
—Alonzo
—respondí automáticamente, sin tiempo para sorprenderme.
—Bien, bien
—hablaba con una voz paulatina y leve, casi como si las palabras le salieran en
una acompasada exhalación de algún sitio dentro del pecho— ¿Y qué haces aquí? —continuó—
La función no empieza hasta las ocho.
—Son ya las
ocho y veintidós —contesté tras mirar mi reloj de pulsera con correa de piel de
llama. El viejo se rió, enseñando una dentadura toda de madera.
—¡Pero si la
actuación es por la noche y apenas acabamos de desayunarnos las tostadas con
café! —consiguió decir finalmente entre carcajadas.
—Ah —suspiré
yo—, pues entonces me marcho, hasta luego.
—¡No, no, no!
—gritó el viejo— ¡Espera un momento! ¿Tú no estarás buscando empleo, verdad?
—En realidad
yo sólo buscaba una lámpara —dije—, pero…
—Pero te has
enamorado ¿verdad?
—Puede que un
poquitín —solté con una risita y haciendo un ademán con la mano como
sosteniendo un pelo imaginario entre el índice y el pulgar.
—Pues vamos,
te enseñaré tus tareas —sentenció mientras señalaba con el cuello hacia unas cortinas
que había en la esquina al tiempo que guiñaba un ojo con expresión cómplice.
Aquel viejo
llamábase Melquíades Quismondo, aunque todo el mundo le llamaba Melquíades, y
era el director del Teatro Mágico. De él se decía que tenía más de cien años,
cosa que concordaba con su arrugada piel del color de las aceitunas y con sus
pálidos ojos tan profundos como el gran saco de sabiduría envuelto en mantas de
colores que era él mismo.
Me condujo
hasta las cortinas coloradas de terciopelo de imitación y, tras ellas, di con
una descomunal estantería que llegaba hasta el techo, toda llena de cajas de
todos los tamaños, cajas y más cajas de cartón y de madera, incluso cajas
hechas con terrones de azúcar y pesados baúles forrados de piel de cebra. Había
tantas cajas que fácilmente podían contener entre todas al menos una muestra de
cada cosa que hubiera sobre la tierra y parte de sus adentros, hasta una
pequeña muestra de nube y otra pequeña muestra de arcoíris y esas cosas.
Pero lo que
contenían esas cajas, me dijo Melquíades, eran cientos de cachivaches y
artilugios científicos y ropas extrañas como disfraces y baratijas y amuletos
que había ido recopilando en sus viajes por las dos caras de la moneda
terráquea y que, según me indicó, yo debía ordenar.
—¿Cómo lo
hago? —titubeé.
—Como tú veas —respondió
afablemente— Hay tantas cosas fabulosas aquí amontonadas que ya apenas las
recuerdo todas. Por ahí debe de haber una pareja de espejos que le compré a un
árabe que los había fabricado para, puestos uno frente al otro, poder ver el
reflejo de Dios entre ellos.
—¿Y qué vio?
—pregunté entonces, intrigado.
—Nada. Bueno,
y todo. Vio de todo menos a Dios. Vio cosas pequeñísimas que parecían esferas
eléctricas zumbando todo el rato, pero no a Dios.
—Vaya.
—¿Y qué me
dices de este catalejo mágico? —siguió diciendo animadamente mientras me tendía
un rollo de cartón.
—Pues parece
un rollo de cartón —contesté decepcionado.
—¡Pero no lo
sostengas así! —exclamó— ¡Mira a través de él!
Y al mirar por
aquel cilindro acartonado no pude ver más que a la muchacha al otro lado de la
estancia.
—¿Has visto,
Alonzo? ¡Es un catalejo mágico! ¡Tiene la cualidad de centrar nuestra
despistada mirada únicamente en aquello que queramos ver!
—¡Es cierto,
increíble! —proferí entusiasmado, aún con ese tal rubor tras las orejas— ¿Y qué
hay de todos estos libros? —pregunté mientras sacaba una caja de su estante.
—¡Ay, Alonzo!
—suspiró Melquíades— Has de tener especial cariño y cuidado con los libros,
pues albergan antiguas historias que no deben ser olvidadas. Ricardo Corazón de
León, que se llama igual que el rey pero no es el mismo, dijo una vez con su
profunda voz que los libros le enseñaron a pensar, y el pensamiento le hizo
libre ¡Se encuentran cosas maravillosas en estos manojos de páginas
encuadernadas!
—Está bien
—asentí— ¿Sabe, señor Melquíades? —continué— Yo antes vivía en otro lugar, y mi
vida era comer, dormir y trabajar. No es que me sintiera triste con todo
aquello, tal vez sí, pero el problema es que no sentía absolutamente nada. Toda
mi vida se reducía a las volteretas de las agujas del reloj, que son volteretas
harto tediosas cuando no tienes tiempo ni para subirte un poco los calcetines
entre escalón y escalón. Ahora —proseguí— he dejado todo eso para vivir y
pensar, y, cuanto más observo el mundo y más pienso sobre él, más loco me
parece, todo lleno de serpentinas y desorden y galimatías y cosas feas y malas
y también gente buena que se asusta en todo ese caos de la anarquía de las
pompas de jabón.
—Ay, Alonzo
—me dijo Melquíades mientras apoyaba su tibia mano sobre mi hombro—, el mundo
no puede dejar de sorprendernos nunca porque está en su naturaleza. Cada uno ha
de ser lo que es, y el mundo no es coherente. La gente toma decisiones distintas
y los rayos caen donde menos te los esperas.
—Hablando de
rayos —dije, al ver la densa y oscura nube que dejaba ver uno de los ventanucos
de arriba—, se avecina tormenta.
Y, aunque no
lo crean, justo en ese mismo instante, hubo un fugaz destello seguido de un
ensordecedor estallido que se perpetuó aquí en mi sesera durante un rato
vestido de silbido átono. Supongo que había sido otra inesperada coincidencia.
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por
'P. Lavilha
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XXII
14.2.13
Respira.
Qué bonito ye este
estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las
doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.
Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo
muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo
algo de prisa.
A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un
cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y
pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome
calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos
míos, hace que el tiempo desaparezca.
¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están
manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué
demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas
páginas no merecen mi llanto. Es un fado.
Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te
encuentro.
Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente
en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces
tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan
los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque
bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las
nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando
a la luna.
¿Final feliz?
Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es
como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y
fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo
verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un
tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien
intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los
ojos sobre una mullida almohada.
Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de
poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo
inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber
por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más
fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi
tez y dejo que el tiempo pase como quiera.
Confieso que he estado una buena temporada mirando a las
moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi
manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su
manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas
lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.
Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.
Y ya.
16.11.12
Sísifo.
A veces echo
la vista atrás y no puedo sentir más que decepción con mi vida. Soy ya un tipo
viejo y aún no he cumplido los cuarenta. Los últimos años han pasado como una
leve brisa, no sé qué he estado haciendo atrofiando mis músculos y mi buen
espíritu en un estrecho cubil rellenando formularios e informes con los ojos
tristes y el pelo gris y las manos siempre limpias.
Esta mañana
tomé como siempre un café rápido sin nada para mojar cuando el sol aún no había
salido y dejé la taza vacía en el fregadero para limpiarla cuando volviese del
trabajo una vez el sol se hubiera acostado. La calle estaba solitaria y fría,
yo caminaba con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha cuando vi un
resplandor delante de mí, como una ranura en la acera que se iba abriendo
liberando una luz cegadora y dejando a la vista una rampa que descendía bajo la
ciudad. No pensé en el trabajo entonces, ni en qué sería todo aquello,
simplemente me dejé llevar como atraído por imanes a través de esa abertura.
El suelo
empezó a deslizarse hacia las profundidades, calculo que estaría ya por debajo
incluso de los túneles de metro. Una extraña sensación invadió mi cuerpo, una
terrible comodidad, como cuando se vuelve al hogar, al subterráneo útero de
nuestra existencia.
Tras una
pálida neblina, fui a parar a una enorme sala llena de gente. Me sentía confuso
y perdido, pues era una estancia harto extraña, toda pintada de blanco y llena
de luz, me resultaba imposible determinar la altura del techo, que parecía tan
alto como el cielo y en algunos momentos casi podría alcanzarlo levantando los
brazos.
Un tipo con el
pelo largo y desgreñado del color de la paja y los ojos de un azul mortecino se
me acercó todo vestido de blanco perla.
—¿Y tú qué has perdido? —me dijo.
—¿Yo? —respondí sin salir de mi
desconcierto.
—Sí, tú. ¿Qué has perdido?
—No lo sé. Iba por la calle y sin saber
cómo he venido a parar aquí. ¿Qué es este sitio?
—Está bien —contestó de forma
enigmática—, sigue todo recto y ve al ascensor, no tiene perdida.
Avancé como me dijo buscando la salida,
no tardé mucho en encontrar una larga cola de gente que aguardaba frente a una
rampa ascendente y me puse al final. Otro tipo, este más envejecido que el
anterior se fijó en mi.
—¿Tú también, eh? —me dijo con una
triste sonrisa.
—Sí —respondí otra vez—, supongo.
—Mi mujer y mis hijos han muerto
¿sabes? —empezó a decir— Un conductor borracho.
—Vaya —contesté—, lo lamento de veras.
—Ya no queda nada aquí para nosotros.
—¿Nosotros? ¿A qué te refieres?
—A nosotros, hombre, los hijos
huérfanos de la Tierra. Nuestra vida ya no tiene sentido aquí.
—No te entiendo —le dije perplejo— ¿A
dónde lleva esa rampa?
—A otro mundo. Este no es para nosotros
ya.
—Pero, pero —no salía de mi asombro—,
yo no puedo ir, no quiero ir. ¿Dónde está la salida?
—No hay salida. La única salida es el
ascensor. Si estás aquí es porque debes ir.
Me quedé sin palabras, y sin haberme
percatado la cola había avanzado y ya estaba en el umbral del ascensor. Intenté
salir, pero unos hombres con ojos de reptil me empujaron dentro y la puerta se
cerró tras de mí.
Estaba ahora en una especie de cápsula,
hubo un estruendo y un penetrante dolor invadió mi cuerpo. Me doblé por la
mitad y apenas podía ver con los ojos llenos de lágrimas y un agudo silbido en
los oídos. El tiempo dejó de existir mientras yo yacía encogido en un rincón de
mi receptáculo. No había pensamientos en mi cabeza vacía, sólo dolor. Sentí que
todo iba hacia atrás, como si cada partícula de mi cuerpo se fuese separando
hasta llegar al espermatozoide y óvulo originales. Un galimatías de chasquidos
y ráfagas de colores.
Un ardor inundó mi pecho cuando todo
cesó y volví a respirar. Me levanté y salí de la cápsula con el cuerpo
tembloroso y empapado en sudor. El dolor había desaparecido y apenas podía
recordarlo ya. Me vi entonces en la plaza de una extraña ciudad. Cientos de
personas salían como yo de sus cápsulas y todas se abrazaban con extraños seres
de forma humana y mirada de lagarto como los que me habían empujado antes, no
acierto a determinar cuánto tiempo había pasado desde entonces.
Uno de ellos se acercó a mí con una
sonrisa de serpiente que dejaba entrever unos afilados colmillos. Me quedé
paralizado por el miedo. Pasó uno de sus brazos por encima de mis hombros y me
condujo con paso sosegado.
—¿Sabes dónde estás, verdad? —preguntó
arrastrando las eses que resbalaban por su lengua bífida.
—No —respondí casi sin aliento.
—Estás en Sísifo, ya no debes temer
nada. Todo irá bien a partir de ahora.
—¿Sísifo? No entiendo nada… ¿Por qué
estoy aquí?
—Porque nada te ataba en la Tierra.
—¿Qué quieres decir, es que estamos en
otro planeta?
—Por supuesto, estás en Sísifo ahora.
Aquí no sentirás más hambre, ni sed, ni frío, ni miedo. Aquí no podrás ser
triste.
—Pero… ¿cómo he llegado aquí?
—Estás lleno de preguntas, pero
tranquilo —me dijo—, pronto las olvidarás y podrás vivir en paz. Calla ahora, te
enseñaré tu nuevo hogar.
Paseamos por las calles de Sísifo
durante horas, calles llenas de edificios inconmensurables que se elevaban
sobre nuestras cabezas, no había tiendas ni restaurantes, sólo gente vestida de
blanco que paseaba ensimismada con una sonrisa absorta. Parecía una especie de
cielo donde las almas pasaban la eternidad con el suave rumor de sus propios
pasos descalzos. Aún así, aquello me asustaba.
Llegamos por fin a la que había sido
asignada como mi propia casa. No era más que una habitación diáfana con un
colchón circular en el centro y grandes ventanales por los que se veía la
infinita urbe.
—Éste es tu lar. Ahora eres libre para
no temer —dijo el ser desde el umbral—. Aquí te dejo ahora.
Me quedé solo en el aposento, mirando
por la ventana intentando comprender qué estaba pasando. Mis ojos se fueron
acostumbrando al blanco cegador que producían los dos soles del cielo y que
parecían no dejar nunca paso a la noche. Tras unas horas de divagaciones, me
acosté en el cómodo colchón. Tal vez despierte de esta pesadilla, pensé antes
de sumirme en un profundo sueño.
Desperté bien descansado y los dos
soles seguían en el mismo sitio. Así será difícil ser consciente del paso del
tiempo, pensé. Me sentía totalmente renovado y contento, algo gris dentro de mí
había desaparecido. Coloqué un par de mullidos cojines frente al ventanal y me
senté a observarlo todo desde las alturas. Verdaderamente los habitantes de
Sísifo no hacían más que pasear y contemplar el mundo, la vida en este planeta
se había reducido a la mera y plácida existencia, sin necesidad de comer o
beber. Era como un limbo donde nada tenía importancia.
Alguien tocó a la puerta con suavidad y
salí de mi ensimismamiento para abrir. Era un joven que no superaría en mucho
los veinte años y que, a diferencia del resto de habitantes del planeta,
presentaba un rostro cansado y ojeroso medio ocultado por los cabellos
azabache.
—Hola —dijo rápidamente mientras
entraba y cerraba la puerta tras de sí.
—Eh… hola —respondí yo, sin turbarme
demasiado por su inquieta actituda—, ¿quién eres?
—No lo sé —contestó—, quiero decir, no
tengo nombre. Aquí nadie lo tiene.
—Yo sí.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
—Pues… —pensé unos instantes— No lo
recuerdo.
—¿Ves? —dijo entonces— A ti también te
han lavado el cerebro. Escucha, tienes que largarte de aquí. Vente conmigo. De
vuelta a la Tierra. Aquí no estamos seguros.
—¿Qué?
—Somos comida. Los lagartos nos tienen
aquí de alimento.
—¿Qué dices? ¿Qué lagartos?
—Ellos. Los que nos han traído aquí. No
son hombres. Es un disfraz. Nos traen aquí y nos hacen creer que vivimos en el
Nirvana, o algo así. Y luego nos devoran.
—Pero… —respondí incrédulo— eso no
tiene ningún sentido.
—No hay tiempo para más explicaciones,
he encontrado la forma de escapar. Si quieres venir conmigo, ahora es el
momento. Si no, puedes quedarte a esperar a que te devoren.
Me miró con sus penetrantes ojos negros
y sin decir una palabra más, abrió la puerta y caminó con paso acelerado por el
largo pasillo que conducía a las escaleras. Después de unos segundos
dubitativos, salí corriendo tras él.
—Está bien —dijo satisfecho—, sígueme a
cierta distancia y camina despacio y tranquilo, que no sospechen. No tardaremos
en llegar a la plataforma de lanzamiento.
Caminamos
durante un buen rato bajo la silenciosa mirada de los ojos de serpiente que nos
vigilaban. Intenté no llamar la atención con las manos en los bolsillos y
silbando una despreocupada melodía, pero me sentía nervioso con el rostro tenso
y la vista fija en el suelo a excepción de fugaces vistazos que dirigía a mi
misterioso compañero.
Por fin llegamos a la plataforma de
lanzamiento, un edificio enorme con grandes pórticos y altísimas columnas
parecido a una siniestra catedral blanca. El joven me agarró entonces de la
manga y me llevó a un rincón donde no podían vernos.
—Muy bien —empezó a decir apresurado—,
hay algo que debes saber antes de embarcarnos: Salir de Sísifo está prohibido
para los humanos.
—¿Y cómo pensabas huir?
—He estado observándoles durante mucho
tiempo y he visto cómo lo hacen. Todos tienen una marca, un corte en los
pulgares. Creo que es por donde salen de su disfraz de humano. Tenemos que
hacernos esos cortes.
Sacó un afilado escalpelo de su
bolsillo y se abrió los pulgares con limpios cortes verticales que cruzaban la
uña hasta la primera falange dividiendo el dedo en dos. Se limpió la sangre con
una gasa y rápidamente agarró mi mano para practicarme la misma cirugía. Me
zafé con un movimiento brusco, atónito por el arrebato de locura que acababa de
presenciar. Miré sus decepcionados ojos, que reflejaban el miedo a hacer
aquello solo; no era locura lo que habitaba en aquellas esferas negras. Tomé el
escalpelo y sin pensarlo dos veces, rasgué la carne de mis pulgares encogido
por el punzante dolor. Ahogué un grito apretando los dientes hasta que no podía
oír más que el rechinar de los mismos. Con los ojos llorosos, me limpié la
sangre que pronto dejó de brotar y fuimos hacia las filas de gente que esperaba
ser enviada a la Tierra.
Nos pusimos en filas distintas para no
llamar la atención, y antes de cruzar el acceso a nuestras respectivas
cápsulas, nos lanzamos una mirada cómplice, algo así como un “hasta pronto, nos
vemos en casa”.
Esta nave era diferente a la que me
había traído a Sísifo, era una burbuja de un material extraño, un tanto
elástico recubierto de una película húmeda. Vi a través de las translúcidas
paredes los dos soles blancos brillando y, tras un destello cegador, todo se
volvió negro manchado de estrellas que se iban difuminando hasta perderse de
vista. Me vi entonces en un caos lleno de color, una ensoñación distante. Sentí
náuseas y cuando me quise dar cuenta caí desmayado en la ovalada superficie
interna de la burbuja.
Desperté con una brusca sacudida. Sentí
cómo la burbuja se ralentizaba mientras atravesaba las nubes y podía divisar ya
las verdes colinas llenas de árboles que cercaban una ciudad fantástica con
edificios bulbosos de colores. El aterrizaje fue suave, y la burbuja se
desvaneció en cuanto acarició el suelo.
La ciudad en la que me encontraba no
presentaba el mismo aspecto vista desde el suelo. Los edificios parecían
deshabitados y no había más señales de vida que las plantas que surgían de
grietas en el asfalto y que trepaban por las desvencijadas fachadas. Vagué sin
sentido durante un rato, cuando el silbido de un dardo pasó junto a mi oreja.
Me giré y vi una bandada de críos armados con cerbatanas que corría hacía mí.
Sobresaltado, emprendí la huída por las retorcidas calles hasta que alguien me
arrastró dentro de un pequeño callejón. Los niños salvajes pasaron de largo.
—¿Quién eres tú? —me dijo mi salvadora.
Tenía unos preciosos y sinceros ojos verdes y una larga melena castaña. Sus
ropas eran primitivas e iba cargada con un arco y un carcaj lleno de flechas.
—No recuerdo mi nombre.
—¡Oh! —un destello cruzó su mirada— ¿Y
de dónde vienes?
—Es una larga historia.
—Está bien, ya habrá tiempo. Tenemos
que ponernos a salvo. Te llevaré a nuestro asentamiento. ¡Vamos! —exclamó con
ímpetu, y salió corriendo cogiéndome de la mano.
—¿Cómo te llamas? —pregunté mientras me
trastabillaba por su ágil paso.
—Soy Umma.
Salimos de entre los altos edificios y
llegamos a los lindes de un bosque viejo donde unas cuantas tiendas
confeccionadas con largos troncos y pieles de animales parecidas a tipis indios
formaban un círculo en torno a una hoguera. El clan estaría formado por unos
veinte individuos entre los que había hombres, mujeres y niños, todos parecían
cazadores nómadas, armados con arcos. Umma me llevó hasta el jefe.
—¿Quién es este extraño, Umma?
—preguntó el jefe con tono serio.
—Lo encontré en Cátar, estaba siendo
perseguido por los póvocs. Dice no
recordar su nombre y viene de muy lejos.
—¿De dónde vienes, extraño? —me
inquirió con su penetrante mirada.
—Pues… —no sabía qué contestar. Era
obvio que habían pasado cientos, quizás miles de años desde que había
abandonado la Tierra; tampoco podría decirles que había caído del cielo tras un
viaje intergaláctico— no lo recuerdo, desperté hará unas horas en aquella
ciudad y no sé dónde estoy.
—Umma —dijo entonces el jefe—, trae
algo de agua y comida para nuestro invitado —su mirada se fijó en mis manos—. Y
unos vendajes para curarle esos dedos heridos.
Comí vorazmente y bebí hasta la
saciedad. Me habían untado un ungüento en los cortes de los pulgares y
empezaron a cicatrizar con una velocidad asombrosa. Me cedieron una tienda —que
ellos llamaban vigvamo— donde pasé la
noche, y al alba, el jefe vino a despertarme y me llevó a pasear por los
senderos del bosque.
—Nuestro pueblo tiene una antigua
leyenda —comenzó a decir—. Dice que un día, llegará un misterioso hombre desde
más allá de las estrellas. ¿Ese hombre eres tú?
—Sí —respondí asombrado—, ¿acaso vengo
para salvaros de algo?
—No —contestó el jefe, ahora en un tono
más tierno—. Más bien nosotros te salvaríamos a ti.
—¿De qué?
—De ti mismo. Has vagado demasiado
tiempo y tu destino desde que naciste era ser feliz. Ahora formas parte de
nosotros, eres nuestro hermano.
—Pero… —titubeé.
—Recuerda
cuando eras joven y brillabas como el sol.
11.9.12
Dominio Astronómico.
»Viajamos ahora en lanzaderas espaciales
haciendo escalas en los principales asteroides del cinturón S-1. Paradas de Moorgate a St. Pancras y la Cruz del Rey, por ejemplo.
»La tercera ha comenzado y la vida ya no
sucede en la Tierra. Sólo Muerte.
»Y heme aquí, periodista en el Caledonian vestido con vaqueros y gorra
argentina. Pasando sed en Angel y
calor en el tubular horno de viajeros siderales. Ahora somos algo menos que
puntitos brillantes en el cielo nocturno.
»Sigo siendo más de Cervantes que de
Shakespeare, aunque no lo muestre siempre.
+
+ +
»Y ya en la cálida sala común, me acuerdo de
las verdes montañas vestidas con cristalinos ríos, me acuerdo de la moteada
arena y el salitre empapando mis piernas, del viento besándome el rostro.
»Quiero eso, y no el ruido de basura
espacial taladrando el casco naval con cada pulgada.
»Ya no importará a nadie cuando publique
artículos sobre la deforestación del Amazonas o la fusión de los polos convertidos
en la más pura furia del Océano. Ya a nadie importará ese pequeño planetoide
azul, pues vivimos en el Dominio Astronómico, justo como en 1984, pero felices con nuestra ginebra
de la Victoria y nuestro papel-de-culo-o-falsa-democracia que no irrita
nuestros digestivos anos.
»No habrá entonces muros ni cadenas — solamente
aquellos que no se ven, que son más duros.
»La verdad, al final, es que nada de eso
importa, no mientras tengamos pelis y fútbol y música y comida basura y casera
y sana y todas esas cosas que nos divierten y nos distraen, y así somos felices
y eso me encanta de veras.
»Porque la distracción es felicidad. Soy el
conocido por el Distraído.
»Ý así soy feliz cuando no entiendo lo que
me dicen y tengo un libro y una cerveza y un amigo con otro libro y otra
cerveza y no-hace-falta-tanta-plata.
»No me queda apenas tiempo antes de mi
regreso, y me preocupa si seguiré siendo un periodista de lo foráneo que no
entiende una palabra. No me decido si en el buen sentido o no.
—Porque las banderas no son más que terceros
apellidos—.
P. Village —Caledonian Chronicle
Estación London-JH.CMDN
24.08.34
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'P. Lavilha
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8.9.12
El atardecer bermelho de Nazaré.
(…) Y ahora me
veo en Nazaré, Portugal, disfrutando de quizá el mejor atardecer de mi vida en
el paseo marítimo con el sol alto y bermelho
y una Super Bock bien fría. Ayer cogí
el autobús de cinco horas y media Oviedo – Madrid con un chófer despreocupado y
tan sólo una mochila con algo de ropa y mi pequeño saco de tela de paracaídas
heredado. Cogí el tren de Méndez Álvaro a Villalba, donde me recogerían
Angélica y Tania con un Fiat Punto
tatuado con “Las judías que riegas son
las judías que crecen” lleno de aparejos de acampada y el perro Cosmos y la
perra Wanda. Pensaba que me llevarían a Segovia para salir al día siguiente
hacia mi obrigada Lisboa, pero cuál
es mi sorpresa cuando ponemos rumbo oeste con destino Leiria. —Las carreteras hacia la Libertad Absoluta siempre
van hacia el Oeste.
Nos detuvimos
pasadas unas horas, en algún lugar de la provincia de Toledo, salimos de la
carretera y montamos la tienda en un descampado reseco, con una luna casi plena
que nos bañaba en una irreal luz azul onírico. Juntamos palos secos y rastrojos
y encendimos una pequeña hoguera donde calentamos pan blanco con aceite y unas
rodajas de tomate. Angélica se acostó pronto, y Tania y yo charlamos y contamos
estrellas que parpadeaban en guiños de plata tan lejanos. Hablamos también de
nuestros náufragos y de nuestros principitos. No dormí demasiado en el duro
suelo, nervioso por los pasos de los fantasmas que hacían crepitar la hierba
seca.
Amanecimos
temprano y repetimos el menú de anoche para ponernos enseguida en marcha, no
sin antes ser descubiertos por un paisano con mono azul de trabajo
advirtiéndonos de que habíamos acampado en reserva natural.
Y el día
transcurrió en la carretera, eufórico como sólo se está cuando uno se desplaza
sin saber a dónde va a ir a parar, justo como un canto rodado, cruzando la
provincia de Cáceres con escala en Moraleja, y a lo ancho de Portugal pasando
por Fátima hasta este cielo púrpura que hace que el Atlántico se sonroje.
—Con la mirada
perdida en el encuentro de cielo y mar, bien despacito, parece que sentimos
toda la Tierra rodar.
23.4.12
El viajero sentado.
«La mejor soma es la distancia voluntaria», con esa frase
empezaba mi libro, quizá no sea el más conocido de los que me han publicado,
pero sí de los que más orgulloso me siento. Se trata de una recopilación de los
viajes que hice cuando era joven.
Yo era entonces un muchacho tranquilo, acostumbrado a
imaginar para tener y cauteloso con la llave de su amistad, pero vayamos al
grano, mi historia comienza en aquel día en que, sin saber cómo, me levanté
adulto. Fue como mirarse en el espejo de lo que quieres ser y ver ahí a otra
persona, y que en el mismo reflejo ella te coja de la mano y te susurre
secretos al oído.
Llega quizás un momento en la vida de todo hombre en la que
la felicidad está lejos de aquello que amamos.
Un solo gramo de soma —o una sola unidad básica de
distancia— cura diez sentimientos melancólicos.
20.2.12
Viajero estético de bolsillos vacíos.
No hacía mucho que me había quedado sin trabajo ni dinero,
era lo habitual en los tiempos que corrían –o más bien, desandaban- y desde que
tengo memoria recuerdo haberme dicho que jamás sería un sintecho durmiendo
entre cartones en la sucursal de cualquier banco-sanguijuela, así que me fui
derecho a la editorial Random para proponerles una idea descabellada a modo de
negocio arriesgado, les propuse que me financiaran una vida errante rumbo a las
cimas tibetanas a cambio de enviarles semanalmente mis desventuras en la
carretera, como una suerte de Jack Kerouac de la era tecnológica con un
teléfono portátil en el bolsillo trasero y una grabadora de mano digital, gafas de sol polarizadas y bambas
cómodas y robustas… todo un lujo para tratarse de un hombre pobre antaño niño
rico. Lo curioso es que picaron, y ahora escribo esto tras mi primera jornada
de nomadismo, a unos cuantos kilómetros aún de Bayona.
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'P. Lavilha
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2.11.11
Sin título.211.
creo que no entiendo
mucho de todo ese rollo de las poses. porque realmente no sé si yo soy real o
sólo pose. y gente que parece actuar en realidad están siendo reales. gente
real que en verdad está actuando. si poso, por lo menos lo hago también cuando
estoy solo, lo que me convierte en real. pero, al ser tímido, mi pose es la de
estar quieto y callado. creo que sólo conozco a una persona real. siempre
joven.
escritorio. interior. luz tenue de flexo.
Veo
una caja de cerillas, un mechero, un dado que marca
el 2, una lista de canciones, un sacapuntas, una taza vacía, un cenicero lleno de las cenizas de anotaciones quemadas, eso en el lado izquierdo.
A
la derecha, veo un par de chapas de paulaner, un posavasos de glasgow, un ratón, un par de papeles, unos auriculares, cuatro bolígrafos, un taco de
post-its, escritos de un viejo
indecente de bukowski, una cesta con cinta
adhesiva y el menú del restaurante chino gran muralla,
eso en el lado derecho.
el resto de la
película se la pasó enfrascado en la digital hoja de papel en la que pretendía
recoger una bitácora de un un viaje desde el trono de mimbre. apagué la
t.v. supongo que al rato apagaría las luces y se iría a dormir.
me gustan los
post-its, son como farolillos chinos alumbrando la plaza del escritorio.
recordándome, memento, lo que tengo que decir. son como el apuntador agachado susurrándome
el resto del guión cuando me quedo en un folio en blanco.
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'P. Lavilha
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31.12.10
Última entrada de la década.
Ya van muchos años que comienzan con propósitos y deseos, en lugar de eso, creo que lo mejor sería echar una última mirada atrás a este 2010 que ya exhala sus últimos suspiros.
¿Qué hice nuevo que no haya hecho en ningún otro año? La verdad es que no mucho, pero sí que puedo notar la evolución en mi vida, creo que algo más de la mitad de las cosas en torno a ella fueron a mejor, y no pasé demasiados malos momentos. He descubierto cantidad de cosas nuevas y pretendo seguir haciéndolo durante el 2011.
El año pasado pedí que el 2010 no fuese peor que el 2009 y, de hecho, ninguno fue para mí un año malo. Este año quiero ser más optimista y pedir lo mismo con otras palabras, que el año que viene sea tan bueno o mejor que éste que ya termina. ¿Y qué mejor forma de terminarlo que con BB King?
¿Qué hice nuevo que no haya hecho en ningún otro año? La verdad es que no mucho, pero sí que puedo notar la evolución en mi vida, creo que algo más de la mitad de las cosas en torno a ella fueron a mejor, y no pasé demasiados malos momentos. He descubierto cantidad de cosas nuevas y pretendo seguir haciéndolo durante el 2011.
El espíritu del hombre se alimenta de nuevas experiencias.Tal vez me faltó un buen viaje, hice un par de amagos, pero este año que entra, y no es una promesa sino una aventura ya planificada, haré al menos uno al extranjero.
Christopher McCandless
El año pasado pedí que el 2010 no fuese peor que el 2009 y, de hecho, ninguno fue para mí un año malo. Este año quiero ser más optimista y pedir lo mismo con otras palabras, que el año que viene sea tan bueno o mejor que éste que ya termina. ¿Y qué mejor forma de terminarlo que con BB King?
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'P. Lavilha
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29.5.10
Destino encontrado.
Quería homenajear hoy a Dennis Hopper, que lamentablemente ha fallecido hoy mismo en su casa de Venice, California a causa de un cáncer de próstata a los 74 años de edad.
Se podría hablar de su trayectoria como actor, o incluso como director, pero prefiero mencionar un poco la película por la que yo le tenía en gran estima, Easy Rider, de la que fue protagonista junto con Peter Fonda y Jack Nicholson, director y guionista.
Easy Rider es el viaje de dos moteros a lo ancho de los Estados Unidos, del más profundo oeste hasta los carnavales de Nueva Orleans. Es un viaje por la norteamérica de 1969, con sus granjeros, sus comunas hippies y los cerdos fascistas que odian a los "melenudos". Es, en realidad, un viaje por la libertad.
Por el camino se cruzan con un abogado loco y borracho representado por el incombustible Jack Nicholson, con el que viviran divertidas -y a veces no tanto- aventuras.
Con el mejor acompañamiento musical que se podía pedir, Jimi Hendrix y Steppenwolf entre otros, esta película es el símbolo de una generación a la que a partir de hoy, le falta un miembro.
Se podría hablar de su trayectoria como actor, o incluso como director, pero prefiero mencionar un poco la película por la que yo le tenía en gran estima, Easy Rider, de la que fue protagonista junto con Peter Fonda y Jack Nicholson, director y guionista.
Easy Rider es el viaje de dos moteros a lo ancho de los Estados Unidos, del más profundo oeste hasta los carnavales de Nueva Orleans. Es un viaje por la norteamérica de 1969, con sus granjeros, sus comunas hippies y los cerdos fascistas que odian a los "melenudos". Es, en realidad, un viaje por la libertad.
Por el camino se cruzan con un abogado loco y borracho representado por el incombustible Jack Nicholson, con el que viviran divertidas -y a veces no tanto- aventuras.
Con el mejor acompañamiento musical que se podía pedir, Jimi Hendrix y Steppenwolf entre otros, esta película es el símbolo de una generación a la que a partir de hoy, le falta un miembro.
El que está acostumbrado a viajar, sabe que siempre es necesario partir algún día.
Paulo Coelho
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'P. Lavilha
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