Tengo la cabeza colmada de recuerdos inventados y
calcetines. Había una vez otro tipo con lo mismo, pero no sé qué le pasó.
¿Cuánto puede pasarse uno sin mirarse al espejo? Yo, desde luego no tengo ni
idea, pero me suena que el rostro propio es lo que nos ata un poco a la
realidad. No sé si sé explicarlo, algo como las cicatrices y todo eso. Algo
así. Lo que me gusta es mirarme a un ojo solo y preguntarme cosas como: Si un
coche se me acerca a la velocidad del sonido pero está a, digamos, dos
kilómetros, ¿cuántas veces oigo el coche? Y se me ocurre que el coche toque el claxon
una vez para comprobarlo. Cosas así, no sé. Se fue la luz un día, y de momento
no ha vuelto a aparecer. Me prestaron unas velas que tengo en la salita chorreando
cera de colores. Para mi cuarto tengo mi linterna, y así, por la noche,
acurrucado en mi pupa, me retuerzo como una cobra pero sin encantador ni flauta
y me sumerjo entre los recuerdos inventados y los calcetines, y los palpo con
los dedos con levedad, como cuando acaricio las paredes de las casas de estas
callejas adoquinadas que tanto me gustan. Paseo mucho ahora, y veo que todo es
más silencioso ahora, casi se respira, casi se acaricia el halo de la luna
enorme, casi se sienten cosquillas en los pelillos de las oreyas con el inaudible tintineo de las estrellas. Así. Silencio. Y
aun recibiéndolo como el mejor de los regalos también trae consigo tantos
recuerdos inventados como calcetines. Aunque, pensándolo un rato, también me
gustan. No sé.
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