No pensé que por dejar algo fuera de la nevera se fuese a
poner malo, ni siquiera fui yo el que lo sacó de ahí, más bien yo soy lo que se
puso malo.
Sensación harto extraña la que se abriga entre mis hígados,
una especie de desasosiego pasivo, como el despertar de unas lágrimas que se
habían ido y que aún no acaban de llegar, como la sangre brotando de la herida
infligida por una daga sin filo alguno.
Mi brújula no me indica ninguna dirección, y hoy no tengo
ojos que me digan que en verdad señala todas, hoy no hay norte en mi mapa, ni
siquiera hay mapa; y lo que más lamento ahora es que no vaya a haber sonrisas
en las postales que envíe, o que no sean del todo sinceras, que estén vendadas,
que escondan sueño.
No hay árbol del ahorcado en Siempre Se Acaba, hay un banco
desconchado enfrentado a un muro donde hay pintado un atardecer en el mar, un
eterno crepúsculo con la cristalina superficie reflejando las migajas del
abatimiento y la infinitud de la nada.
Pues no sabré encontrar más tesoros enterrados sin mi
brújula ni mi mapa, no habrá nadie que me empuje en el columpio y tendré que
ensuciarme para levantar castillos en la arena donde habiten mis princesas
imaginarias, supongo que será bonito eso de ensuciarse otra vez…
"Es el último día de verano y me he quedado fuera, en el frío, sin una puerta para volver a entrar".
