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16.1.17

Descerebramiento.

Hace un tiempo, me sometí una novedosa terapia de descerebramiento. No sé cuánto con certeza, porque de eso mismo se trata. Y funciona de maravilla; a mitad del proceso no podía recordar más que mi nombre y mi talla de alpargatas, poco más; y a duras penas conseguía balbucharlar silogismos con cierta coherencia, pues cualquiera de mis pupilas, indistintamente, se distraía con los carámbanos de saliva que pendían elásticos de entre los pelos de mi barbilla; y así perdía el hilo del discurso, oblongo y viscoso, como lianas de baba deslizándose por las plieguecomisuras de los belfos y con cara de bobalicón.
Durante aquel periodo no soñé nada, eso creo. Tampoco me preocupé. Sí lo hice después, al cabo de un rato, cuando empecé a soñar ovejas contando pablos. La primera noche pasaron treinta y cuatro mil ciento noventa y nueve pablos, coma uno. Y cada noche las ovejas, que eran un montón, pero no tengo ni idea de cuántas, continuaban rumiatando pablos, contando desde donde lo habían dejado la noche anterior, más dos pablos con setecientos diez milipablos como corrección para adaptarlo al calendario de los pestañeos. Y, de todas las ovejas que había, estoy casi seguro del todo de que ninguna era una oveja propiamente dicha; lo que tú o yo o incluso cualquiera tildaría de óvido. Para nada. Ni siquiera se acercaba a la definición más elemental de placentario ungulado. No eran ovejas de ninguna manera. Ni de lejos. Ni en un siglón de años. Qué va. De todas formas, así vistas, con el traspárpado granate y semiopaco, parecían ovejas de cualquier modo. Ovejas contando pablos. Cangrejos contando aguacates ¿Qué más da? Noche tras noche trasnochando. Nombres contando limas, números contando cifras y ovejas contando pablos ¿Y ahora qué, eh? Ahora somos un gúgol.
La técnica de descerebramiento es tan protosimple como nociva, si no se aplica en capas uniformes, como la crème patissière, y con un palustre flexible, pero no demasiado flexible. Primero se saja la epidermis con cualquier suerte de escalpelo por el ecuador del cráneo, o tal vez mejor por el trópico de cáncer, más o menos sobre la línea de las cejas, las marrones. Esto es para marcar el camino del corte ulterior, así que, en su lugar, también se puede utilizar un boli, o un rotu, o algo por el estilo, algo que pinte o cercene. A continuación, se procede a serrar el cráneo por el surco trazado. Antiguamente, los patacesores que oficiaban tales prácticas en lúgubres mazmorras del Prenacimiento, hacían uso de una humilde sierra de Gigli enrollada en torno a la testa para descapuchar al paciente en un santiamén relativo. Ahora, con los tiempos que corren, que resbalan, que vuelan, se secciona la cubierta de la cocorota con un puntero láser y ya sólo queda rascar un poco la corteza y extraer los lóbulos del relleno sin dejarse ni media meninge ni una miga de bulbo raquídeo. Apenas sin dolor, aunque, después de eso, como cualquiera puede comprender, uno se queda con el sistema límbico hecho un ascazo.
Desperté, como ya dije, con la pechera empapada de babazas y un par de tuercatornillos de mariposa en sendas sienes. Yacía en un panal reseco y mohíno que apestaba a espray ambientador, en lo alto de una araucaria. Pasé ocho días y tres noches atrapado en aquella puta conífera sin saber cómo bajar. Por estas latitudes el sol oscila raro. Y, al fin, en el crepúsculo vespertino del cuarto octavo día, pasó por mi lado una cigarra fumando celtas y comprendí que ese árbol no era tan alto ni tal, ni tampoco el panal, por cierto, si no que se trataba de un zarzal completo y una vejiga de rinoceronte mustia, respectivamente.  Le pregunté a la cigarra que qué tal, y le pedí ayuda para libertarme del matojo, que se me estaban clavando las espinas todas en el culo, le dije:
—¡Oye tú, cigarra! ¿Qué tal?
—Ni fu, ni fa —respondió, expeliendo una generosa bocanada de humo.
—Pues ayúdame entonces a salir de este punzarbusto, que se me están clavando las espinas todas en el culo.
                Se negó en rotundo, mencionó algo acerca de sus competencias, y algo más, no sé qué de unas hormigas, y que tenía cosas que hacer, dijo:
—Me niego en rotundo. Soy una cigarra ¿No lo ves? Lo único que tengo que hacer es estridular aquí y allá y rascarme bien la barriga. Por aquí pasa una formipista ¿No la ves? Enseguida desfilarán las hormigas por aquí mismo y yo estaré frotándome para ellas, a ver si, con suerte, me dejan un poco de grano o una pizquita de néctar que pitear.
—Pierdes el tiempo —le contesté, dando voces—. Todo el mundo sabe que los himenópteros no sueltan ni media.
 —Tú no me has oído estridular —me espetó
—No, eso es cierto —concedí.
—Pues te advierto —me advirtió— que yo estridulo como ninguna, pedazo de nalgaespín. Cuando yo estridulo la gente se marea y dice: “¡Uh, uh! ¿De dónde sale? ¡Uf, uf! ¡Nos tienen rodeados!” Y es que, cuando yo estridulo, no se oye nada más.
—¿Y crees que a las hormigas les gusta que les estridulen al oído mientras se desloman el tórax? ¡Eres una majadera!
—Pues ahí te quedas, cabeza de chorlito, con tu culopincho.
Y se fue zumbando a estridular a otro lado.
Otra semana después —ésta de sólo dos días, pero una noche que bien podría haberse titulado “Era básica y obscura”—, desperté acurrucado entre los marchitos restos del zarzal. Mi trasero estaba curado y las ovejas ya habían computado un gúgolplex de pablos y empezaba a temer quedarme sin espacio, aun con esta cabezota lesa y bien diáfana. Me aseguré de estar justo debajo de la vertical y, cuando estuve seguro, enfilé hacia adelante —que es, de hecho, la única dirección por la que sé caminar. Mí no ser un intelectual.
No tardé con encontrarme con alguien. Lo cierto es que venía escuchando desde lejos unos plañillantos desconsolados. Era un tipo gordesmirriado, de barriga esférica y piernecillas de jilguero. Digo que era un tipo, pero bien podría decir que se trataba más bien de siete octavos de tipo. Estaba ahí postrado, sobre un tocón bañado en sangre, con las rodillas hincadas en el barro. Gritaba de dolor y se sujetaba un medio antebrazo del que borbomanaba un chorro de sangre espesa como natillas. La cimitarra se mantenía clavada en la madera y, frente a las dislocadas encías del infeliz, su mano escindida y sanguinolenta parecía querer despedirse mediante un intrincado y macabro lenguaje digitado de espasmos y contracciones que ninguno de los presentes supimos descifrar.
—¡Qué es lo que has hecho, animal! —le grité.
—¡Justicia! —profirió orgulloroso.
—¿Justicia de qué? ¡Estás chiflado!
—¡Soy un ladrón! —exclamó— ¡Y de la peor calaña! —hizo una pausa dramática para gimotear y me miró a los ojos con semblante suspensivo y sobreactuado—. Y a los ladrones por aquí se les cortan las manos.
—Con que eres un ladrón, ¿eh? —solté una carcajada— ¡Já! ¿Y se puede saber qué es eso que has ladroneado para tener que muñonizarte?
—¡Ladroneé mi tiempo! ¡Lo confieso! —se derrumbó sobre el tocón— ¡Escatimé con los instantes, y los momentos los guardé para luego! ¡Escondí los ratos bajo llave y me usurpé hasta las estaciones! ¡Soy un vil ladrón y ahora que me hago viejo lo comprendo! —escrutó la espantosa y herida de su medio antebrazo, aún sangrietante— ¡Sólo me estaba ladroneando el tiempo a mí mismo! ¡Me ladroneé la vida sin darme cuenta! ¡Qué estúpido que soy! Fíjate si soy estúpido, que traté de ejecutar yo mismo mi castigo sin ser consciente de que, después de desprenderme de una mano, no podría librarme de la otra.
—Ya sabes lo que dicen: Una mano rebana la otra.
—Creo que no es así.
—En cualquier caso, puedo ayudarte. Si quieres, te siego la que te queda en un periquete.
—No funcionaría —musitó.
—¿Y por qué no, eh? —inquirí, ofendido— Me ofendes.
—Pues porque yo soy la víctima que ha de vengarse por todo el tiempo que le ha sido ladroneado —respondió, resoluto—, y porque, si tú me cortas la mano, yo tendría que cortarte a ti la correspondiente. No tienes ningún derecho a aparecer de la nada, cuando nadie te ha llamado, y pretender amputarme la única mano que me queda, demonios.
—Vale, vale —ejercité un aspaviento—. Sólo pretendía ayudar.
—Pues poco favor me haces.
—¿Sabes qué? Creo que ahora me has ladroneado el tiempo también a mí.
                Me cobré cuatro dedos por aquello, que guardé en mi bolsillo. Y me largué de allí, dejando al desgraciado con sólo un pulgar para dictaminar justicia. Me arrastré por un páramo, taciturno, como quien vaga cargando a cuestas su propio cadáver; así de mal. Y fui a toparme con una ringlera de hormigas. Una hormiga decía: “¿Os habéis enterado?”. Y las demás coreaban: “¿De qué, de qué?”. Y seguía la primera: “¡La cigarra se ha muerto! ¡Escarchangelada de frío durante el invierno!”. “¡Hurra, hurra!” gritaban unas, “¡Oé, oé!” clamaban otras, “¡Viva, viva! ¡Ya no joderá más con ese maldito chirrío!”. Y la cáfila se desantenizaba de la risa. La primera volvió a hablar: “¡Eso le pasa por no trabajar!”. “¡Por no trabajar!”, chascaturreban las demás. “¡Por no trabajar!”, repitió la anterior. “¡Por no trabajar!”, redundaron las otras.
—¡Basta, basta! —grité yo, tapándome los oídos— ¡La cigarra sólo intentaba amenizaros la brega estridulando para vosotras ¿Y así se lo pagáis? ¡Pues tomad caucho, canallas!
                Pisoteé hormigas andando como un funámbulo durante, lo menos, tres leguas, y, después, me detuve a descansar a la sombra de una araucaria. Claro está que, antes de eso, llevé a cabo las pesquisas pertinentes para tener la certidumbre de que, efectivamente, se tratara de una araucaria auténtica. Y así era, por el momento.

                Tras una elipsis imprevista, abrí un ojo en silencio, procurando no despertar al otro. Tenía sed, lo cual no es raro, yo suelo tener sed a menudo; pero se suponía que el descerebramiento era mano de Ubú con la potomanía. Miré mis manos y ya no eran eso; eran pezuñas. Y mi pellejo habíase cubierto como de una capa de fibra de algodón bastante cómoda y esponjada. Intenté balar, aterrorizado, y de mi hocico brotó un alarido simiesco, para nada digno de una oveja, y se despertó mi otro párpado, y así fue como descubrí que, después de todo, me la habían vuelto a jugar con la araucaria, y que, desde el principio —y esto lo explica todo—, estaba yo y mis gúgoles de pablos confinados en un batiscafo, sumergidos en medio del oceazul. Pablo le dijo a Pablo: “¡Haz algo, que nos hundimos!”. Y Pablo le contestó a Pablo: “¿Qué quieres que haga yo? ¡Esto es un batiscafo! ¡Se supone que tiene que estar hundido, es así como funciona!”. “¿Y a mí qué me cuentas, eh?”, respondió Pablo a Pablo, “Seguro que tú tampoco sabías qué diantres era un jodido batiscafo antes de todo esto!”. “Basta, basta, Pablos”, dijo ahora Pablo, “Dejad de discutir y atentos: Está pasando algo”. 

Daniel Johnston

15.6.15

Togegoboge.

¿Dónde está el pez? Apesta bajo la mesa, pero no está ahí, ya he mirado. Huele a asesinato de un pedazo del ser, a mala suerte, a culpa. Hay una mosca en cada sopa y los lagartos escapan del terrario con la parsimonia de un grifo que gotea herrumbre y cal. Rostros de porcelana me miran así de pálidos y la urraca sobre la estantería parece haber sido disecada por un taxidermista daltónico. Había un retrato en la pared de un tipo de espaldas y aquello era porque el pintor no sabía dibujar narices debido a otro trauma de la infancia ¿Dónde está el pez, si de todas formas las nucas se le daban de fábula? Bajo la alfombra de piel de dálmata se aprecian quizá cúmulos de polvo, pero del pez ni idea, y hasta el ruido de los electrodomésticos está averiado y el silencio suena turbio y frío como el café derramado sobre el mantel. Los párpados de la ventana lucen aún las huellas de los dedos de un ancestro extraviado que un buen día empezó a arrancarse una costra en la rodilla y, cuando quiso darse cuenta, se había quedado sin cuatro capas de pellejo y con aún menos vergüenza. En esas no hay botón que te libre, como cuando te precipitas por el hueco del ascensor o te quedas sin semillas ¿Y el pez? Que cuando trato de encontrarlo, ahí mismo aparece otra cosa. La otra noche, sin ir más lejos, le hicieron la cesárea al gallo de la familia y le extrajeron una fiebre taciturna y tramposa con las manos húmedas y ladrillos en los bolsillos; después hicieron caldo con los restos y de ahí vienen las moscas. Pero más tarde, cuando se hizo pronto, el cirujano licuó un puñado de glándulas que tomé sin pan ni nada y aquello me quemó en la boca del estómago y la boca misma protestó mascullando que para qué. Y es que las propias tripas nuestras nos ven como fetichistas de los lazos en el cuello, que cuando no nos visten las corbatas nos subimos al cadalso. Que por la noche, antes de dormir, guardamos los globos oculares en tarros de aguardiente sin darnos cuenta de que es justo cuando más los necesitamos, que corremos las cortinas cuando amanece y apartamos las arañas de las esquinas sin saber que lo que hacían era tejer la bufanda que nos arroparía la tormenta del martes siguiente y así nos quedamos con los calcetines llenos de agujeros y desoyendo la voz que nos insta a que afinemos. A todo esto... ¿Dónde está el pez?

Ralph Steadman

30.1.14

De flores y amapolas.

Un tipo tenía amapolas solas de distintas tintas alojadas en el cráneo.  El estómago estaba lleno de vino púrpura y asco y los revoltosos estambres de las amapolas estaban justo delante de mí en la cola del supermercado francés.

Vomitó algo de sangre en la acera y se fue con los doctores, que le pusieron todos esos cables en el cerebro. —Amapolas —dijo uno—. Es un lunático perdido.

Dicen que las amapolas son una mala hierba, pero sólo porque arraigan demasiado rápido. Que son la sangre de los soldados caídos, dicen. Que te adormecen y todo parece un juego de ajedrez.

Aquel tipo había soñado con cualquier época pero vivía en la suya, que es lo que hay que hacer. Dormía tranquilo en la alberca entre las tortugas y bajo una luna sonriente como un minino de Chesire y joroschó. Compraba el pan todos los días como aquel al que lleva el viento sin dejar que le despierte. Y sin embargo unos personajes de bata blanca dictaminaban que aquellas amapolas que se enraizaban entre sus lóbulos eran una mala hierba a exterminar, como una suerte de baobab maquillado de carmín.


Todo se mueve despacio en el mundo de las flores, eso es todo.

 

2.8.11

La Carpa dorada.

¡Cuánto añoro a mi vieja carpa dorada!

Brillaba en el fondo de mi barriga tornada en pecera. A veces brincaba de puro júbilo. Otras veces cerraba sus ojos grises y ocultaba su rostro entre unas aletas frías y apagadas.

Tal vez no se haya ido. Tal vez se oculte entre las rocas, entre las algas o mis rótulas. Detrás del cerebro, donde no puedo mirar. ¿Pero por qué? ¿Acaso no le he dado de comer suficientes palabras? ¿No se llena la tripa con Bukowski, Amis o Poe? ¿No está más a gusto con el cielo blanco y el fino orbayo?

Quizá esté dentro de mis ojos, porque hace tiempo que puedo mirar cualquier cosa y verla graciosa.

Rabi Khan

Mi pez no necesita una cárcel de palabras bonitas. No necesita que le llame de otra forma pues él bien sabe que es un Pez naranja. No necesita ser una carpa dorada.

Bueno, sé que no anda lejos. Que volverá en cuanto se aburra de explorar todo aquello, ya sabes, que la mirada que se te devolvía te siga cuando ya has girado la cabeza…    

1.5.11

Libros y pájaros.

¿Qué pasa con todo esto? Llevo ya un par de horas con la jodida barrita vertical parpadeando, burlándose de mí a carcajadas silenciosas en este escenario en blanco. Pego otro trago y le hago bailar, corriendo hacia la derecha hasta que se cae a la siguiente línea y sigue bajando.


Envidio a las tortugas por tener su caparazón. Envidio a aquel que caga en baños con dosel. Envidio a cualquiera que sea el blanco de tu mirada. Envidio al que no deja que el boli se tumbe y respire, al que hace que su barrita vertical sude sin parar.

¿Ahora qué? Me pregunto una y otra y otra vez. Lo que de verdad quisiera hacer se come a mi muchacho con la espada y el tornasol, y ni siquiera le dedico apenas tiempo. Y lo peor de ser tu propio jefe es que nunca te crees las excusas del todo.

Su madre está loca y aquella foto movida… creo que a Jerry no le gusta mucho subirse a las palmeras, pero tampoco parece gustarle el agua.

La única solución que encuentro es dejar que mis dedos ser revuelvan entre estas teclas que debería limpiar más a menudo, pero leí que si encuentras una solución es que no había problema… ¿o era que un verdadero problema no tiene solución posible? Da igual, es casi lo mismo. Leí también que los optimistas piensan que este mundo es el mejor que hay, mientras que los pesimistas temen que sea cierto. Entonces yo creo que soy un pesimista, pero me gusta alumbrar con mi linterna las noches sin luna, aunque a veces, inevitablemente, se quede sin pilas.

Supongo que todo esto podría estar mejor… pero fuerzo una sonrisa, porque quizá mañana esté peor. Esto también lo leí.

¿Qué más? ¡Ah, sí! Tengo un libro a medio, unos cuatro o cinco impacientes porque los lea, y otros cuantos más por ahí que me tienen que prestar. Del que desapareció… tranquila, ya no importa, porque está en mi cabeza, pero me hubiera gustado que estuviese también en la tuya. Lo que me preocupa es la cantidad de libros que no podré leer antes de morir y, ahora que lo pienso, también no poder leer los que se escriban una vez esté con Jeff en el Pub Limbo.

Trescientas ochenta y cinco. ¿Dónde está el señor de la pandereta? No tengo sueño, y no tengo ningún sitio al que ir… Ya nadie me cuenta cuentos. Mi pájaro azul… él me dijo la otra noche que estaba harto de vivir en mi pecera, que no es sitio para pájaros, que quería volar libre y cantar esa canción que se repite todo el rato en mi cerebro… yo quisiera hacerle caso… pero me faltan las fuerzas hasta para encontrar la palabra que busco.

Supongo que para encontrar algo sólo hay que buscar otra cosa… ¿Qué puedo buscar ahora?

3.3.11

Crannes.

Mi musa se largó a hacer puñetas con una suerte de Hermes descalzo... un tal Giovanni.

La otra noche, bajo las cálidas sábanas, me llegó la invitación para el I Festival de Cine de Crannes, yo estaba triste y melancólico entonces, así que me enjugué las lágrimas que aún no habían nacido de mis ojos y me puse mi mejor traje para la ocasión, la gala me distraería de mis lamentos.

Colocaron una gran lona blanca en la cara interior de mi hueso frontal, la curvatura de éste iba a permitir la proyección de películas en 3D, y, bueno, ya sabéis, yo aún no he visto ninguna en ese formato.

Resulta que nadie más estaba invitado, era una sesión privada. Me pareció que hacía tiempo que nadie limpiaba todo aquello... paredes viscosas con pliegues extraños que serpenteaban por ellas... no le dí demasiada importancia al mal gusto decorativo y me acomodé en el hipotálamo. La película comenzó enseguida, ni siquiera hubo publicidad, solo los Looney Tunes recordando que no se podía fumar en la sala, y que las salidas de emergencia estaban situadas a ambos lados, por el canal auditivo.

Se proyectó 'Le Meurtrier du Sandwich', un corto independiente francés, filmado con una cámara inquieta y tonos blanquecinos como en Blindness. El protagonista y único actor de todo el metraje, estaba en una habitación, en un edificio muy alto, muy muy alto, y casi arriba del todo; el sudoroso pelo le tapaba el rostro, y eso me gustó, le daba un toque misterioso; el cuarto estaba ocupado por un par de camillas en las que reposaban sendos cadáveres y de los que el asesino se dedicaba a cortar lonchas de los brazos... esta parte no fue muy buena, no por el exceso de casquería y sangre, sino más bien por la falta de todo tipo de efecto visual aceptable, se veía claramente que lo único que estaba cortando eran barras de mortadela. Cuando reunió una cantidad de tajadas que supongo sería de su gusto, las puso entre dos rebanadas de pan de molde, y lo juntó todo con un palillo con una aceituna. Acto seguido, arrojó el sándwich por la ventana y miles de palomas lo devoraron antes de que llegase al suelo mientras los créditos se superponían a la imagen.

La última escena me dejó pensativo... ¿Para qué tanto rollo? ¿Mata a personas y las descuartiza para alimentar a las jodidas palomas? Salí de la sala a un nuevo día para tomarme una taza de humeante café... espero que la próxima película sea mejor.

20.10.09

De lo que fue y pudo ser.

Y Paul Village me dijo: Si alguien lee Nubes y Tripas, soberana basura, que intente recoger las palabras de mi historia en su cerebro... que no se le joderá en demasía.