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21.4.20

Redrum.


Nada más entrar en el hotel te encuentras un cartel con unas letras grandes que pone: «Prohibido correr por los pasillos». Por esa misma razón los huéspedes que llevan prisa utilizan el triciclo portátil como principal medio de locomoción. Otra cosa muy distinta es orientarse por el laberíntico entramado del mismo hotel, y es que circular en un zigzag básico le puede llevar a uno al propio punto de partida, mientras que avanzar en competente línea recta asegura el estamparse de morros contra la pared del fondo sin remedio. A este efecto se le conoce como “Paradoja del entredédalo”, y desemboca en una patente incapacidad para llegar a donde se pretende de una sola pieza y sin hallar obstáculos ni vicisitudes durante el tránsito. Veamos un ejemplo: Alguien intenta llegar del punto A al punto B en un tiempo determinado, digamos un rato estándar, y sin pasar por delante de la habitación doscientos treinta y pico porque el bedel, que de esto entiende, recomienda que uno ni se acerque; pues bien, el sujeto en cuestión practicará un recorrido a la deriva (véase joroschó #0) en el que ejecutará giros al azar y movimientos brownoideos sobre una moqueta estrafalaria que lo llevarán sin remedio a toparse con algo no contemplado en el itinerario previsto, ya sea una pareja de mellizas muertas a machetazos que le invitan a uno a jugar, una infame bacanal de personas disfrazadas de alimañas, o cualquier otra incidencia terrorífica y desagradable que haga que olvidemos la intención primera de llegar al punto B y queramos, en cambio, volver a nuestro cuarto a llorar abrazados a la almohada, no sin antes pasar, por supuesto, por la mismísima habitación doscientos treinta y pico que, de todas formas, estará bien cerrada con llave para alimentar la curiosidad, que se torna mórbida, y dejarla insatisfecha por necesidad. Esta situación hipotenúsica se puede extrapolar a multitud de escenarios y contextos, incluso a casi todas las situaciones a las que nos enfrentamos en el día-noche-día-noche de cada vida, lo que viene siendo el samsara cotidiano que nos mata de risa, y deriva, matemáticamente hablando, en lo que humildemente denominamos como «redrum»; término que podríamos traducir como la categórica necesidad de matar, mutilar, o al menos, herir de gravedad, a cuanto se nos ponga por delante en nuestro afán de alcanzar ese codiciado punto B, a veces llamado meta, que, por descontado, jamás alcanzaremos. 

editorial para JOROSCHÓ #4: REDRUM


26.9.15

por la tarde.



por la tarde naranja naranja azul y comisuras en los labios.
por la tarde la espuma reseca espuma agrietada somnolienta del café que ya no fue.
por la tarde negro el cielo negra la acera negra la farola.
por la tarde huele a basura huele a mierda y por la tarde pasa un camión que pasa una moto que pasa la tarde por la ventana.
por la tarde no hago nada.

por la tarde fumo el hábito y me visto de ceniza y con el polvo me hago un peinado.
por la tarde la desenvoltura de los panales de plástico y las ramas secas.
por la tarde dioses de luz, ídolos de barro.
por la tarde enciendo la bombilla enciendo la lámpara soplo suspiro no me entiendo me apago.

por la tarde las estrellas, las cansadas, jumdirillas, apretadas.
por la tarde azul azul negro y la blanca sonrisa blanca púrpura.
por la tarde ojos descalzos, tripa roja, pies vacíos y callados los dedos.
por la tarde miro al techo.
por la tarde me sonrío.


por la tarde me distraigo, también lloro, parpadeo largo, tumbado y tendido, rendido, y me dejo caer caer caer por los resquicios parpadeo resquicios parpadeo parpadeo.

por la tarde el hielo se derrite y sube la marea.
por la tarde damos vueltas y más vueltas para que las agujas giren y den vueltas y giren y se haga tarde.
por la tarde se esfumó el ímpetu de las tostadas crujientes tostadas y sólo quedan los escombros del váter cigarro café váter y una amnesia.
por la tarde estoy cansado.
por la tarde no hago nada.
por la tarde lo hago mal.
por la tarde me repito.
por la tarde me repito que por la tarde de mañana no será como hoy por la tarde o como ayer por la tarde, que es lo mismo.
por la tarde es lo mismo.

por la tarde otra vez.

Edvard Munch

14.5.15

Trilogía de la caca (II).

         Me até la uña en cabestrillo y me acerqué a la tasca para charlar con Policarpo el fructífero bajo las torres del momento. De camino miré a los viejos mirando los escaparates de los gimnasios donde muñecos hinchables vibraban con los electrodos aplicados en sus culos y sudaban sus sobacos, el polen me hizo estornudar y los ojos se me enrojecieron; y para cuando conseguí llegar al Diapasón, los mocos me colgaban de la barbilla y sorbía como un tapir rozando el vómito. —No quiero esta noche la botella blanca —balbucí al entrar—, dadme la botella negra de la ceguera—. Poli descorchó un litro del desasosiego y colmó dos vasos sobre la barra. A mi lado dormitaba un anciano llamado O’Mbl que además tenía la barba sucia de vino, y en la única mesa dos carcamales se repartían las fichas del dominó con palillos entre los dientes.

         —Si vieras a mi sobrino —decía uno de ellos—, el muy inútil… El otro día vino a casa mi hermana a traerme la comida, ya sabes, y me cuenta que su hijo, Marco, siempre va con la paranoia de que se ha cagado encima, o que no se ha limpiado bien el culo y lleva todo lleno de mierda. El tío viaja en el metro con la angustia de que la gente puede oler la peste y que saben que es él el que la lleva encima. Y siempre va pálido por ahí y con el viejo sudor frío por la espalda.
         —¡Qué me dices! —dice el otro.
         —Te lo digo. Y resulta que hacía tiempo que había olvidado ese asunto y solía ir más relajado cuando, la otra noche, sentado esperando el bus, sintió cómo una gota de meado serpenteaba por su uretra y se asomaba por el orificio. Se encogió de súbito, así, apretando los muslos, preguntándose de dónde carajo habría salido aquella gota, si no tenía ganas de mear. Miró alrededor, buscando sin éxito algo que le distrajera y le hiciera olvidar el dorado torrente que amenazaba con empapar su dignidad, ahogándole en la más profunda de las vergüenzas: Mearse encima.
         —Estás hecho todo un poeta.
         —Son estos tragos, que me divierten. En fin, llega el autobús, Marco se sube, y enseguida percibe las miradas clavándosele por los costados; vuelven los sudores, se pone a temblar. Lanza furtivos vistazos a las perneras de sus pantalones para cerciorarse de que no hay un charco bajo sus pies. No lo hay, y respira. Pero enseguida vuelve a mirar de reojo y palpa disimuladamente su pene intentando averiguar qué le está pasando.
         —¿Y qué le pasó al final?
         —A eso voy; el muy mamarracho se empieza a marear y se baja en la siguiente parada. Está como a tres cuartos de hora de su casa y a esas horas ya no tiene cómo regresar más que a pie. De repente, le da una punzada en el estómago que le llega hasta el ojete y salpica su calzoncillo con la pasta caliente y húmeda y se echa a llorar ahí mismo.
         —Joder, sólo faltaba que le lloviera.
         —También llovía. Y se había tumbado en un charco de meados.
         —¡Vaya nochecita!
         —Si yo te contara…

Roland Topor

25.7.14

Tránsito.

Pesado tránsito. Tengo hematomas en los brazos y callos en los dedos. También tengo una marca enrojecida en el hombro y no tantas cosas como tenía antes; se quedaron junto a los contenedores en bolsas de basura bajo la lluvia que sin querer predijimos y en chancletas. Se ha quedado tanto atrás. Tanto atrás. Y otra vez me veo en una nueva ciudad vieja aunque no sea el mismo que antes. ¿Dónde quedó el cascarón quebrado? Porque siempre que me araño un poco por cualquier parte del cuerpo rasco una nueva capa y lo que hay dentro debe de ser blando de veras aunque nunca lo haya visto. No hay tiempo para llorar por el tiempo perdido, sólo para empezar otra vez. ¿Pero y lo bien que sienta morirse de impaciencia de vez en cuando? Qué poco sé y cuántas cosas me siguen sorprendiendo así de fácil. Pesado tránsito, sí, pero ahora me siento más ligero. No es que me hayan salido alas, ni mucho menos. Supongo que mis aletas habrán cambiado de forma o algo y ahora se deslizan de otro modo en la pecera que yo mismo tengo por barriga.

Pertinaz y perenne tic-tac que apenas habrá dado un par de vueltas alrededor de mi ombligo. Me salió barba desde que empezó la partida, pero esto no me sirvió de mucho; y ahora heme aquí, entre comillas, quién lo hubiera dicho. Paseando mi incertidumbre con paziencia y correa larga. ¿A quién le importa el gato en la caja cuando uno tiene asuntos pendientes? Mañana ya es hoy y, si uno se descuida, fue ayer. C’est la vie: un tren sin estaciones. Esputos de humo borboteando hasta del suelo. Una nube gris negro gris que el sol se encarga de colorear para que a uno se le olvide que está ahí.


La vida sencilla es un estado de ánimo, como casi todo. Y así de fácil hay que buscarse algún problema de vez en cuando, como el juego de tirarle cantos a una rana. Y de pronto un chasquido metálico te da un sopapo y papá pasó a ser sopa y la marsopa por el mar pasó. Así que si todos los días son el mismo día, procuremos que ese día sea inolvidable.

19.12.13

Trilogía de La Rueda —2.

Cierto día cogí el tren hacia el Oeste, pues me sentía cansado y con ganas de llorar; hastiado por el esfuerzo que supone caminar paso a paso tratando de ser uno mismo en este mundo de crudo y etiquetas.

Miré por la ventanilla largo rato hasta perder la noción del tiempo. Todo se confundió entonces con cada kilómetro que se quedaba atrás y el traqueteo de la locomotora escupiendo bocanadas de humo y silbando de vez en cuando como solía hacer yo. Pensé en todas las estaciones que había pasado ya y, demonios, qué largo es el invierno.

Conté vacas y árboles y después repasé todas las veces en las que me había reído hasta desgañitarme, todas las noches que nos sentábamos frente a esa vieja estufa de hierro oxidada y cantábamos sin parar y hacíamos bromas y bebíamos hasta que salía el sol sin que nos importase nada. Deseo, deseo, deseo con todas mis fuerzas vivir de nuevo alguna de esas noches y sentir el calor otra vez en el pecho y no este descosido. Me temo que en vano.

Finalmente me apeé en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme, un lugar gris donde no brillaba el sol apenas y la gente camina cabizbaja procurando sortear los charcos. Fruncí el ceño y sentí miedo de no volver a divertirme más, de acabar siendo alguien con los zapatos limpios y un buen corte de pelo, de abandonarme al viento sin agitar los brazos para intentar volar o al menos planear joroschó entre las nubes.

¿Dónde ir ahora entonces? ¿Dónde podré encontrar unos calcetines bonitos y cómodos que me vayan bien para andar por casa, si aquí todas las tiendas parecen estar cerradas? ¿Dónde habré dejado olvidada mi vieja mochila rosa?


Pero no fue más que un sueño, que me cogió distraído. El tren siguió hacia el Oeste persiguiendo a esa estrella naranja que se esconde en el horizonte y yo cerré los ojos de nuevo. No hay ciudades grises, susurré como en un estribillo para relajarme, no hay ciudades grises.

25.11.13

Fragmentos de la prisión de Folsom.

(…) No siempre reina el silencio en mi oscura y húmeda celda, a veces oigo el tren a lo lejos, lejos de estas paredes olvidadas por el sol. Está doblando la curva ahora y silba soltando bocanadas de vapor entre las chispas de los raíles y el humo de las máquinas manchadas de aceite y hollín. Silba y pasa con su incansable percusión, llevándose consigo el tiempo hacia San Antone, mientras yo sigo aquí. (…) —Mamá te lo dijo, Ray, no juegues con pistolas, Ray, sé un buen chico. ¿Has sido un buen chico, Ray? ¿Qué ocurrió en Reno? —Disparé a un hombre sólo por verlo morir, y cuando el último aliento salió de su pecho por la boca y el agujero de bala me deshice en llanto como un niño.  (…) Apuesto a que el tren a San Antone tiene un vagón restaurante lleno de gordos ricachones bebiendo café, derramándoselo por sus blancas camisas, fumando buenos habanos. Una, dos, tres, cuatro son las paredes que me atrapan, sin olvidarse del techo que me cubre y el suelo que me mantiene. No voy a ser libre. Pero todo lo demás ahí fuera está en ese tren, rumbo a San Antone. Eso es lo que me tortura.  

15.10.13

Poesía subterránea.

A veces, cuando me siento contento de veras, me gusta mirar a la izquierda y saludar al tipo del espejo, que me devuelve la sonrisa con los ojos morochos y joroschó, tras sendas rendijas.

Cada reloj en mi cuarto, que no son pocos, marca una hora distinta. Pero no son de ningún sitio concreto, no sé.

Oí un grito de mariposa, o tal vez no era más que un aleteo estridente. Todo alrededor, como siempre, esperando en el suelo a su manera. También en el aire, o incluso cayendo con claridad cada día. Cayendo bien abajo. O tan arriba que los señores con corbata han de quitarse el sombrero para mirarlo. Cegados por el sol, como siempre, con esa luz tan radiante a su manera. Entonces, todo acaba. Y vuelve a empezar. Y así. Y se apaga la luz. Y se vuelve a encender. Como el único amigo al que hay que contarle todo hasta el final. Y otro chirrido.

Mamá mató al pollo. Y ahora tenemos algo que cenar.

Pero se fue. Y yo lloré. Mas lamentarme no puedo, porque amé. Y amo. Y eres tú. Y tú. Y tú.

Sonaban ecos de disparos bajo esos puentes. Como un bum. Bum. Bum. Pero adormecido sobre el río. ¿Qué llevará? Me preguntan ¿Qué llevará? Mucho fango, contesto así. Pero en verdad tampoco sé.

¿Y qué me decís de esa costa con el contorno de una mujer preciosa de las que no se ven por el camino? Siempre en mi mente. Siempre en tu mente. La sonrisa que se ve sólo a través. La sonrisa robada y esas cosas. Esos colores en el cielo que el mismo arcoíris envidia. Esos. Esos que se ven y se van. Todo el tiempo, sí, a todas horas, hace unos días y también mañana. Y aún más, son los que quedan.

Aleteando y aleteando se llega a cualquier sitio, dicen. Pero no sabemos a dónde volar. El viento se levanta y no tiene buen despertar. Y sopla. Y sopla. Y sus consejos no siempre son buenos. Como todos, pero ¿qué sé yo? Porque a veces llueve y no sabemos si mojarnos. O resguardarnos de la lluvia. Pero siempre suena igual cuando llueve y todo cae. Y todo cae. Y si te fijas va flotando. Hacia abajo, pero muy despacio. Y, como siempre, el momento de tocar el suelo es muy lejano. Y se acerca. Y no sabemos qué pasa entonces. Yo, por lo menos, no lo sé.

Todo en este mundo tiene su frecuencia. Sólo hay que dar con el acorde adecuado.


Ahora suena el tren. Ya sabes, ¡chúuu-chúuu! Y hay que irse otra vez. Pero yo lo sé. Me lo dijeron. Mi hogar está donde está mi trasero.

8.7.12

La montaña de Pan —Epílogo.


Descendí la montaña, abatido, pensando en todas las almas que por estas cumbres se han perdido, en todas las muchachas de cabellos escarlatas que ahogaron sus ojos en el terco llanto; mi cabeza se colmó de dragones exhalando humo y fuego pagano y de criaturas de grotesco rostro y extremidades retorcidas bailando al son de los tambores.

Dirigí mis pasos a través de infinitos campos y profundos bosques, incluso cavernas submarinas donde el cielo y el mar se confunden, fusionándose en un blanco reflejo centelleando bajo el sol.

Pero Pan no se muestra ante aquellos que le estén buscando, únicamente sale al paso de los caminantes distraídos y les toca una canción con su tosca flauta. 

21.6.12

El astronauta dormido.


Soñé que me ardían las manos, que volvía a escribir palabras bonitas. Soñé que era un astronauta dormido en el fondo del mar, acurrucado entre bosques de coral.

Pero no puedo respirar bajo el peso de tanta agua.

De vez en cuando me mandan saludos desde el otro lado y yo, con escafandra y todo, sigo haciéndome el dormido.

Cuando desperté de ese sueño, mis ojos fijos en el nocturno techo me evocaron una imagen mía pastoreando llamas en La Pampa.

Demasiadas cárceles nos atan, demasiadas cárceles nos atan.

Cuando desperté de este último, me puse a pensar en el aire, en el dinero, en el tiempo, en la luna… y no conseguí averiguar tu color, ni saber por qué no estás aquí.

-¿Qué haces? –dijiste con tu sonrisa.
-Te estoy pintando –respondí.
-¿Y el papel?
-No lo necesito, tú quédate ahí, sigue brillando. No llores por esa luna oscura.

Quizá un cálido suspiro de un astronauta dormido.


10.11.11

Lamentos bajo el tráfico.


-¿Sabes?-le dije finalmente al tipo sentado a mi lado-Hay mucha gente ahí fuera que llora y grita y se araña la cara por ser escuchados.
-Yo sólo oigo esa maldita sirena.-me contestó entre trago y trago.
-Joder… ¿acaso tú no tienes nada que decir? ¿no quieres que alguien te escuche?
-Tío… tengo que mear-se levantó y se fue al servicio. No le esperé, por supuesto, dejé el dinero en la barra y salí del pub.

Cabizbajo, con las entumecidas manos en los bolsillos, ni siquiera me di cuenta de cuándo llegó este santo frío. Tal vez tenga razón, pensé, cualquiera puede ser cualquiera, y quizá sólo seamos esfínteres andantes. Quizá los gritos ahogados en la almohada no merezcan ser nunca atendidos.

Hoy las nubes son más oscuras, lloran, y tengo agujeros en los zapatos. Se me mojan los calcetines. Creo que estoy de mal humor hoy. Creo que necesito rebelarme contra algo, hoy. Creo que quiero enseñar el dedo de en medio a todo el mundo y sumergirme en el agua, como en un ascensor invisible. Pero quizás sólo necesite dormir un poco.

Sin cartas de Salt Cave City… un viejo fantasma de Woody Guthrie encogido en aquel portal me lo trae a la memoria, fue una época en la que mi camino se iluminaba con mi propia luz, me salían trabajos, no demasiado buenos, pero los había, después pasé alguna mala racha que otra, con tiempo a veces para sacarme la cabeza del culo. Ahora llaman poeta a cualquiera, y yo soy tan cualquiera como cualquiera que te puedas cruzar por ahí.

No tengo ninguna gorra de caza roja, he perdido mi sombrero. No es que no todo el mundo quiera ser escuchado, es que no todo el mundo tiene algo que decir. Y con esto me refiero a que no quieren o no tienen la necesidad de decirlo.

Si al final tendrá razón, somos esfínteres andantes, pero aquí a la mierda la llamo ARTE.

6.5.11

Cuando yo desaparezco.

Y hoy me dan igual esos colores.
No me importa ese negro que se torna azul,
ni esa manada de caballos de fuego que saludan al desierto helado.

Hay más gente y yo, desaparezco.

No quiero saber ya nada más de diligencias llenas de mierda,
ni de palabras escritas por otro,
ni de frutas,
ni de ojos.

Porque significa que hay más gente,
y que yo desaparezco.

Oigo disparos no muy lejos y salgo a bañarme en la lluvia.
Estoy contento,
porque hoy el cielo llora por mí.


10.4.11

No soy yo.

Todo estaba mezclándose, no ahí fuera, sino en la coctelera de mi cráneo. Era todo, palabras sueltas y democracia y chancletas y palos rotos y… no sé, quise llorar las palabras y sólo salió sal, quise vomitarlas y sólo salió bilis, quise escribirlas y la tinta impregnó de azul mi mano izquierda.


Creía que lo había visto, bueno, creo que lo creía, pero más tarde me di cuenta de que no eran más que luces bailando y engaños de la cerveza. Aunque… pensándolo bien, fue real. Puedes intentar convencerte de lo contrario pero en el fondo… en el fondo no es más que un insulto a tus oídos susurrado desde dentro.

Quiero sonreírme, y, de hecho, lo hago. Me siento a tomar el aire y lanzo balones naranjas a las palomas que se cruzan por mi camino. Miro a la gente. Respiro. No, no me gusta… ni siquiera puedo guiñarle un ojo al espejo. No hay más, no tenía que decirlo, todo estaba mezclándose y a nadie parecía importarle.

11.12.10

Lonesome Town.


Hay un lugar a donde los amantes van
a llorar sus problemas
y lo llaman Ciudad Solitaria,
donde están los corazones rotos.

Puedes comprar un sueño o dos,
que te duren a través de los años,
y el único precio a pagar
es un corazón lleno de lágrimas.

Yendo a la Ciudad Solitaria,
donde están los corazones rotos,
Yendo a la Ciudad Solitaria,
para llorar mis problemas.

En la ciudad de los sueños rotos,
las calles se llenan de pesar,
tal vez en la Ciudad Solitaria,
pueda aprender a olvidar.

Baker Knight

22.10.10

El tonto viento.

Hoy toca improvisar... recibí disculpas por cosas que ocurrierron hace un año, caen lágrimas de asuntos que parecía ya se habían solucionado... vuelan nubes, se vomitan tripas... y yo sigo aquí sentado viendo cómo va este puto mundo de mierda en el que todo va al revés... sólo me queda mi madre, ella es la única que confía en que escriba algo que merezca la pena -o al menos que yo sepa-. Lo intentaré con una pequeña ayuda de mis amigos que, hoy sí, seguro, puedo decir que tengo.

Deseo respeto a todo el mundo, es decir, PAZ.

26.9.10

Notas de un borracho XVIII: Verborrea.

Ya no veo tu reflejo, y mis labios están secos desde que no los besas.

He conocido muchos borrachos en mi vida, unos buenos, unos malos... algunos ni siquiera en persona y muchos incluso eran yo mismo haciéndome el loco. Y a lo que quería llegar era... que no me acuerdo por qué empecé a escribir esto.
Casi tengo un "John Lee Hocker" delante, ésta vez sólo es un ron y una cerveza, pero no dejo de pensar en ella y, ojo, que que el que no haya hablado de ella no significa que alguna vez hubiese abandonado el cómodo, o incómodo por repleto, alojamiento en mi cabeza.
Ya lo dije otra vez, la necesito, la necesito, la necesito. Pero parece que es imposible. Somos dos personas diferentes al resto, y por eso el resto piensa que somos iguales, pero la verdad es que dentro de nuestra distinción somos muy diferentes, y eso... ¡ay! ojalá fuese mía. Porque lloro sólo de pensar que existe y no está entre mis brazos. Y gastaría mil páginas y mil litros más de ron para que ella me amase, no como ahora, sino de verdad.

Yo he escrito muchas más páginas de las que tú has vivido. Y el mimbre no dice nada, punto.

Estaré borracho, pero, de momento, escribo con buena letra y gramática, y aún no me han roto un diente.

Acabo de hacerlo, y, que conste, vomito cuando quiero. ¿Qué hay de malo?
Vomitar y ya está. es gracioso...Y pa' encima luego puedes seguir bebiendo como si nada. Sonaba Joe Cocker mientras bebía, vomité con él, y volví a empezar con él. Habrá que comprar su nuevo disco en octubre ¿no? En fin... hoy me apetece borrachera decadente, depresiva y solitaria -ya la estoy viviendo, por cierto- Y NADIE ME LA VA A QUITAR.

Me gusta esa botella, y ese vaso, y The Doors abriéndome las puertas de la percepción. Sin esa cosas no escribiría tanto, y si eres tan carapijo que te gusta lo que lées aquí... es que... ¡Qué ciego, mama! ¿Puede ser de verdad esto el final?

Ojalá llueva... porque estoy en una de esas fases en las que suena Dylan y meas desde la terraza... ¿semejante idiota habráse visto?

1.3.10

El Pájaro azul.


Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy duro con él, le digo quédate ahí dentro, no voy a permitir que nadie te vea.


Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero yo le echo whisky encima y me trago el humo de los cigarrillos, y las putas y los camareros y los dependientes de ultramarinos nunca se dan cuenta de que esté ahí dentro.


Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy duro con él, le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres hacerme un lío? ¿Es que quieres mis obras? ¿Es que quieres que se hundan las ventas de mis libros en Europa?

Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir a veces por la noche cuando todo el mundo duerme. Le digo ya sé que estás ahí, no te pongas triste.


Luego lo vuelvo a introducir, y él canta un poquito ahí dentro, no le he dejado morir del todo y dormimos juntos así con nuestro pacto secreto y es tan tierno como para hacer llorar a un hombre, pero yo no lloro, ¿lloras tú?

Charles Bukowski

1.2.10

La hoja perdida (Notas de un borracho VIII)

En La Oficina se juega al póker... metáforas sobre naipes.

Philadelphia Onion Burguer.

No hay tiempo para llorar por el tiempo perdido.

Uno, dos, tres (1961).

El acabóse.

Hay que ser un tío ESTETA.

En fin... que todo es igual que al principio.

Tú me viste ¿no? Yo soy de los que no van a tener novia en la vida.

Tengo hipo.

Hace rato que ya pasó... ¿cuándo?