Mostrando entradas con la etiqueta Surrealismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Surrealismo. Mostrar todas las entradas

13.1.15

Pompa.

Mascando como una mosca le di forma a un hombrecillo de chicle de fresa. Con suma delicadeza, sujetando la cabeza del hombrecillo entre la lengua y los dientes de delante, puse los labios como los de un pescado y soplé para inflar dos pompas oculares en la pringosa cara del hombrecillo.

Escupí con cuidado y el hombrecillo cayó de bruces en mi, quedándose adherido por la sien y el codo izquierdo a la página de un libro. Le ayudé a despegarse con algo de esfuerzo por ambas partes; y al final se quedó con unos cuantos pegotes colgando al haberse dado de sí su elástico pellejo.

—¡Mírame! —leí en sus mudos labios de goma— ¿Qué has hecho de mí? ¡Ni siquiera puedo caminar con estos pies pegajosos que me ancoran en el sitio!

Decidimos que lo mejor sería hacer de él un bolahombre de chicle de fresa para que así pudiera rodar a placer y desplazarse allá donde viera oportuno con el fin de hallar la felicidad que tanto ansían los hombrecillos de chicle de fresa.

—¡Cuídate de los Clorofilos! —me despedí, dándole impulso con el dedo de en medio como jugando a las chapas.

Salió disparado con un silbido seco que salpicó saliva por todos lados y adiós, ya no lo he vuelto a ver.

Julia Randall

11.1.15

Le tumb.

Ardía por los bordes y a aquella atmósfera parecía no importarle nada. Se partió una cáscara en trescientas doce astillas y brotó un líquido así de líquido que nos empapó hasta el sésamo y aun así nada se abrió ni flaquearon las diminutas comisuras. Arañé una costra de petróleo partida por la mitad y el viejo vino rojo venga a palpitar susurrando surcos y venga a amanecer con el sol erecto entre los pinos y las legañas como luciérnagas desnudas y trasnochadas. Los latidos, algo así. Un aullar bajo esa luna con las estrellas impávidas como testigo. Una caricia, un látigo en el regazo con el lubilubar de la luna sobre las sábanas y ese lunar en la nuca. Demasiada realidad en un simple soplo con los pies descalzos otra vez y apenas dos ojos empapados para verlo todo. Al fin y al cabo, ¿Quién soy yo en medio de todo esto, quién parpadea a cada instante dibujando fronteras entre los fragmentos de una vida? Al amanecer todo se cubre de una coherencia absurda y no sabemos si saltar de alegría o llorar por lo mismo. Cargo un petate petado de calcetines y amarguras; de todas formas sé que çe la vie y que está en mi cerebelo como un esguince. Lo material cubierto de linóleo y fórmica se queda en su sitio donde lo dejes y emite con sigilo una pulsión de muerte. Con el plástico pasa lo mismo. Si acaso pueden presentarnos una pinza irisada o invitarnos a una croqueta, que nos van a alegrar el día. Pero eso que te hace crecer y que te hace sentir pequeño no se paga con dinero y no se puede coger.


8.1.15

Un ombligo bíblico.

Convenimos lo siguiente: El primero que calzara con calcetines los colmillos de una morsa, se llevaría como premio este pequeño altavoz. Una serpentina de diamantes se derramaba por el sofá y me detuve en una sillita de playa a la vera de la tortuga y con vistas a un marco en blanco que, de hecho, no era más que un rectángulo de madera. Los elefantes patinaban en círculos por el respaldo del sofá y aquello parecía una cascada oceánica entre sendos glaciares como cojines. Yo no hice gran cosa entonces. Tampoco había tocado los bombones de crocanti desde hacía rato; si acaso libaba birra y leía láminas a la luz liviana de los eslabones que en el fondo eran bombillas. El reloj se derritió como en aquella postal y tampoco hice nada al respecto. Como mucho intentar acomodarme en esta sillita que me está destrozando la espalda.

La travesía duró al menos un buen rato. Naufragamos un Cadillac del siglo catorce en medio del desierto del Gobi y eso nos palpitó en la cebolla; pero yo rebusqué en mi bolsillo y encontré un nimbo aterciopelado y cubierto de pelusilla del ombligo, y el otro setenta por ciento era agua como yo, y como cualquier otro mono. No encontramos morsas por ahí; si acaso algún que otro ñandú turista y montones, montones de tierra. El cielo se curvó entonces, y nos quedamos panza arriba y, con los pies descalzos, nos soñamos dormidos y buceamos en una sustancia que era yo qué sé qué y amanecimos en un café de Luanda o Liubliana o tal vez era una pescadería, y decidimos hacer las paces entre los peces y seguir buscando por otro lado.

Pero buscar qué. Lo habíamos olvidado. Hacía frío entonces como cuando te comes un caramelo de menta con cualquiera de los polos en mente, y fingimos que la realidad no nos mentía demasiado.

¿Sabes? Me tomaré ese café. El azucarero estaba medio lleno de rubíes y zafiros, pero me serví un par de cucharadas de todos modos. Justo delante un tipo despotricaba contra las estelas químicas mientras solicitaba fuego para encenderse un cigarrillo haciendo un gesto con los pulgares. Lo llaman geografía de los estados del pensamiento y está repleta de curvas y bahías. Pero yo de eso no sé un pimiento apenas.

Alguien gritó «¡El techo es lava!» y los muebles se dieron la vuelta y se colgaron del tejado y, así, no supe si era yo el que estaba del revés. Y volvimos a fingir que la vida no nos engaña. Y por los pasillos alguien había escrito que hasta donde la ciencia conoce no es posible imaginar. Y la tinta del rotulador iba conformando surcos oblicuos como un ombligo bíblico por título.

Acordamos no mencionar nada al respecto y nos intercambiamos los sombreros para sellar el trato. A mí algo me chorreó por el hombro de la camisa, pero hice como que no me había dado cuenta y avanzamos a la siguiente casilla. Un hombrecillo que se había perdido por ahí me dio un dado en blanco y un dardo y una diana; y yo agarré todo con un brazo y con el otro una liana y salté por la ventana hacia la que había al otro lado.

Jugamos un rato a que las cosas empezaban por el final y terminaban por el principio y acabamos por cansarnos de no saber decidirnos. Después jugamos a no hacer nada y más tarde a perder el tiempo. Al final se hizo de noche y después de día como al principio.

Diego Rivera

23.9.14

Lu.

Lu solía llevar una cacerola por sombrero y un culo velloso como un melocotón color carne pálida. Masticaba kikos MisterCorn y recordaba sus tesoros mientras gritaba por hobby sentado sobre una caja de plástico rojo de la marca Coca-Cola. Un día salió a la calle en blanco y negro de camisa y chaqueta y en calzoncillos a lo Geoff Stern y se fotografió a sí mismo con algún tipo de artilugio y nos mandó un póster con la instantánea. Lu se reía de nada y por todo y viceversa. Lu bailaba con la vida en un abanico de formas y colores y cuando ésta le pisaba el pie, Lu seguía bailando. Lu vivía perdido y feliz como una perdiz. Una vez se bañó en los charcos de la noche para hacerse unos largos y empapado hasta el yeyuno siguió bebiendo hasta el desayuno, que fue rico en sobrasada y en las lentejas de la cena. Lu tocaba el theremín y el acordeón y a menudo un arpa de boca que guardaba siempre en el bolsillo del pecho de una camiseta de Fido Dido que nunca se quitaba. En otra ocasión, Lu fue a depilarse la sobaca a la peluquería de Nati, entre comillas, y le confundieron con una bicicleta a la que se le había salido la cadena; y Nati se pasó la mañana subiendo y bajando las escaleras tosiendo y dando tumbos mientras fumaba tabaco rubio. Lu fue a navegar o de pesca con su padre, llenaron la cesta con tres coma catorce pares de botas, todas ellas del pie izquierdo; esa noche cenaron una ensalada. La madre de Lu era una excepcional cantarina en la ducha, aunque su higiene dejaba un poco bastante que desear; todos la queríamos mucho a ella también, lamentablemente firmó sin querer un contrato para cantar en el gran escenario de las nubes, y es tan estricto que no tiene tiempo para volver. Lu también perdió una pierna en un accidente con un yogur, y se hizo implantar un xilófono por tibia y un cascabel en el tobillo; el resto del pie era de un muerto. El vecino de abajo de Lu era un gitano con una especie de brújula tatuada en un lado del pecho que vendía perfumes en la placeta de los hermanos Arribas y que fumaba también tabaco, pero negro; tenía diecisiete hijos, diecisiete, y todos se llevaban bien. Lu jugaba al Tetris y al 25, pero nunca pasó del 13. Lu bebía moscatel on the rocks los días impares con un verde y observaba cómo el sol hacía crecer las plantas; los días pares las regaba. Cierta vez se vistió de gorila un día que no era de carnavales y comió bananas encaramado a las farolas; se lo llevó la perrera y nos cagamos de la risa. Cuando te sentías triste, Lu aparecía como un mimo y pescaba tus penas con un anzuelo invisible y los echaba a la barbacoa de mismo color para hacerse unas hamburguesas con queso como las de los niños perdidos; con patatas, refresco, postre y regalo. Cuando Lu iba a la playa, nadaba como una nutria o una suerte de cocker spaniel de pelo liso y surcaba las olas como un pingüino; aunque un día le cogió una despistado y tragó tanta mar que estuvo cagando líquido una semana. Volvió a nacer aquel día, pero igual que todos los demás días. ¿Qué más decir de Lu? Uno siempre se quedará corto hablando de Lu. Que me alegra haberle conocido; y que espero que no esté muerto, porque ya hace como casi tres cuartos de hora que no sé nada de él.

20.1.10

Muerto de hambre.

Como Joan Miró para llegar a la surrealidad.
Me explico, la surrealidad, según los propios surrealistas, es el estado entre el sueño y la vigilia, en el que realmente se es uno mismo. Es el estado de automatismo en el que la razón no tiene cabida, y se crea de forma automática el contenido mismo del propio artista. Para llegar a este estado, los surrealistas tenían varios trucos, entre los cuales se encuentran el consumo de opiáceos u otras drogas, la hipnosis, o incluso, y esto me hace mucha gracia, el dormirse en una postura muy incómoda con un objeto en la mano que les depierte en cuanto se caiga... es decir, pintar o escribir... dejémoslo en crear, justo en el momento en que te despiertas sin llegar a despejarte.
Pero Miró no hacía eso, en sus primeros años en París, ciudad vanguardista por excelencia, pasaba tanta hambre que se tumbaba en su cama y miraba al techo, viendo en él cómo las manchas se convertían en estrellas, en planetas y sufriendo leves alucinaciones que le inspirarían en sus pinturas abstractas, como las del llamado Universo Miró.