Mordí
el anzuelo y la encía me sangraba a borbotones toda descosida y ¡ay, la vieja dentera!
Escupí flema y mala baba y me quedé así, con ese gusto a hierro en las pupilas
y el paladar arenoso y un palpitar atrás, bajo la muela. Al tratar de decir
algo, yo qué sé, o preguntar por qué coño qué, la mandíbula se me salía tal que
así y con el mismo chasquido volvía al sitio y ¡ay, el rechinar quejumbroso de
los dientes! Ni deambulando sin camino dejaba atrás mi desdicha, mi desgracia,
mi oh, joder, vaya putada. Me tuve que dejar las uñas crecer para así poder
hurgar en mi propio cerumen y sacarme las voces que se habían quedado ahí pegadas,
volví a hacer pelotillas con la pelusa del ombligo sólo para tirárselas al
vecino cuando anduviera distraído ¿Y qué carajo si tras tantas larvas me quedo
mirando las lentejas que planté? Si después de lo que viene después uno sólo
puede seguir o volver a otro principio. Es lo que pasa cuando te crías entre
crustáceos, que acabas enredado entre las algas o bien crujiente y con el pecho
lleno de sopa. Y te miras al espejo y en verdad te ves bien y esa sonrisa te
sonríe y esas arrugas en las comisuras de los párpados ¿cómo podrían tratarse
de un disfraz? Pero son esas ojeras, esa misma lobreguez velada en la mirada la
que humilla al rostro y lo delata. La misma que también sonríe en la llana cara
del cristal y se derrama líquida entre los síndromes y ya no sé qué devora a
quién ni a qué hora se paró el reloj ni por qué me encuentro ahora como si no
estuviera buscándome. Agarré, pues, una pieza de madera y lié en ella el sedal.
La brisa enmudeció y una nube se deshizo al fondo, cerca del cielo. Una suerte
de escarabajo vino a posarse en mi pie descalzo y moví los dedos para ver que
hacía. Me distraje con un pestañeo y al volver, ya no estaba. Y agarré la
última larva y la ensarté en el anzuelo. Y después volví a morderlo.
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26.6.15
30.10.13
Hay una bombilla en una maceta.
Nació en un
coro de grito y llanto llevándose con su primer aliento la voz mitocondrial
envuelta en placenta como una broma de mal gusto con la nariz roja y redonda.
Creció con
unos parientes lejanos en un pueblo cercano como un pequeño simio desnudo que
trepaba por los troncos de los visitantes para encaramárseles a los hombros y
no articulaba más sonido que la primera vocal llevándose una mano flácida a la
boca como imitando un mordisco para expresar hambre (cuando sentía sed hacía
algo parecido).
Nunca se le dio
bien nada realmente, pero una vez tuvo una idea, y la bombilla que salió del
remolino de su coronilla la puso en una tacita de té entre algodones que había
humedecido como hacía con las lentejas. Después cogió un sombrero de copa de
ala ancha con una pluma irisada que encontró por ahí y se lo puso, para tapar
el agujero.
La bombilla
fue brillando con más intensidad cada día que pasaba y, cuando dejó de
parpadear del todo, la puso en una maceta de arcilla llena de tierra
enriquecida y pintada con triángulos y círculos de colores, tres de cada.
Aún no ha dicho
ni mu, pero su bombilla resplandece de tal forma que para mirarla uno ha de
ponerse antes unas modernas gafas polarizadas de marca.
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