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8.7.12

La montaña de Pan —Epílogo.


Descendí la montaña, abatido, pensando en todas las almas que por estas cumbres se han perdido, en todas las muchachas de cabellos escarlatas que ahogaron sus ojos en el terco llanto; mi cabeza se colmó de dragones exhalando humo y fuego pagano y de criaturas de grotesco rostro y extremidades retorcidas bailando al son de los tambores.

Dirigí mis pasos a través de infinitos campos y profundos bosques, incluso cavernas submarinas donde el cielo y el mar se confunden, fusionándose en un blanco reflejo centelleando bajo el sol.

Pero Pan no se muestra ante aquellos que le estén buscando, únicamente sale al paso de los caminantes distraídos y les toca una canción con su tosca flauta. 

2.1.12

Las luces de mañana.


La cabeza no me daba vueltas esta vez, debería hacerlo, pensé, pero estaba misteriosamente lúcido. Había dejado los gintonics y vuelto a la cerveza. La música no era más que un eco borroso, una mancha de ruido entre el humo que nos rodeaba a Johnny y a mí frente a la barra.

-¿Sabes?-le dije, riéndome-Llevo meándome como media hora y no me atrevo a ir por culpa de esas luces-Johnny empezó a soltar carcajadas-Esos bichos o son dragones o son plantas que dan miedo.

Un salto temporal me llevó directamente a mi rostro reflejado en el espejo del encharcado lavabo, mis ojos inyectados en sangre se miraban a sí mismos, al vacío del todo… la moraleja supongo que será que hay que dar ese paso aunque asuste. Tampoco es que yo sea quién para enseñar algo de la vida a cualquiera.

Y pasaban las horas en silencio mientras mi jarra se vaciaba de cerveza para llenarse luego otra vez, con mi mente desconocedora entonces de que Lorraine pasaba frío en algún banco cerca de la estación de autobuses. No, espera… eso fue mucho más tarde.

Quizás siga bebiendo, me dije, para despertar de repente en otro sitio sin saber cómo he llegado ¿Qué más da cómo siga cualquier historia? ¡Yo no me acuerdo!

Da igual, no importa. Pues siempre es mañana.


5.4.11

Una caja rota.

Me acordé el otro día de los scugnizzi, de los niños perdidos, los que sólo saben dónde están cuando ya se han ido... vagaba cabizbajo en las tripas de un dragón de acero que reptaba bajo las aceras y las reses de oro negro... vi ojos cansados y callos en las manos y botas desgastadas y ropas cubiertas de polvo... los vi regocijados a la lumbre mientras la noche susurraba, bajo pieles de toro y vino, con sonrojados rostros que no encuentran su destino, no lloran, no duermen... siempre con desventurados globos y ratones en los bolsillos.

Vi el campo, hogueras calladas y tumbas abiertas... los rayos del sol jugaban entre las ramas y sólo se me ocurría pensar: ¿En qué año estoy? Aquí no hay época que valga...

Vi aquel lugar entre las briznas de hierba, aquel al que llegas tras la escarpada colina... y me senté un minuto. ¿Qué queréis? No quiero pararme ahora. Aún no sé bien lo que tengo, lo que soy, lo que quiero... bueno, tal vez quiera ahora correr y gritar, tumbarme y susurrarle a alguien... cruzar un mar para ver el siguiente, cerrar los ojos, abrirlos después... mover los dedos, romper cosas, inventar otras... hay tanto que hacer, que me odio cuando me acuesto sin haber hecho nada.