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4.4.13

Música de cañerías.


         Cuando era un niño solía pensar de debajo de la bañera vivía un gruñón. No es que se quejara o protestara por cualquier cosa, simplemente vivía ahí debajo, a su aire, y se molestaba cuando, después de mis batallas navales en miniatura y mi chapuzón diario, mi mamá quitaba el tapón y mi diminuto océano se derramaba por las cañerías y anegaba su ya de por sí húmeda guarida mientras él rugía entre gárgaras con enojo.

         Y ahora, que ya no hay beligerantes navíos ni inmersiones higiénicas, que solamente me quedo de pie bajo la tibia lluvia de la alcachofa, me doy cuenta de que echo de menos al empapado gruñón de debajo de la bañera que me daba tanto miedo. Incluso a veces me agacho y acerco el oído al desagüe hasta el yunque o casi el estribo para ver si oigo una respiración ronca o un pulso acuoso.

         Tal vez sólo sea que está de viaje, o que se haya acostumbrado ya a vivir calado hasta los huesos, pero de veras que me tiene preocupado.

10.1.13

El camaleón con ojos de mandarina y otros cuentiquinos del escañu.



Si diriges cada uno de tus aleteos con delicadeza y precisión, cuidándote de no perder demasiado el rumbo, supongo que podrías incluso alunizar en la cuenca de un ojo. Puede ser quizás un gran ojo con forma de mandarina que se desnuda en espiral. Como los ojos de un camaleón en un tarro de cristal, ya sabes, para que se haga transparente y sólo se vean esas dos mandarinas espiritadas escrutando el paisaje lunar con expresión lunática.

*   *   *

Me gusta ver los latifundios mezclándose con el horizonte y haciendo que cada solitario árbol se pasee como en un desfile de modelos todo lleno de hojas y ramas. Estamos en una carretera, claro, y un rítmico bamboleo como de locomotora hace que nuestras cabezas se balanceen suavemente. Entonces me gusta el silencio. Otras veces no tanto. ¿Qué puedes hacer? Las cosas no existen para gustarnos o no.

*   *   *

De verdad que no puedo cantar a no ser que sea desnudo en la ducha con el jabón llenando mi cuerpo de burbujas saltarinas. Me gusta empezar suave, con unas palmaditas rápidas en el muslo y que después de una estrofa arranque el pianista con acordes florales y un percusionista repiqueteando unas campanillas como gotas de lluvia. No está mal que entre un xilófono en el estribillo, y ya luego el aclarado y la toalla.

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Era una polvorienta tienda de antigüedades, toda abarrotada de cachivaches viejos e inútiles. Me llamó la atención una sucia pecera esférica de cristal, que aún conservaba en su interior la corroída raspa de su último huésped; pero no iba a pagar por ella las diez dracmas que me pedía el vendedor de ojos brillantes tras unas gafas redondas con las monturas doradas.

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La rana de verano parece triste ahora, se le ve pálida y los dibujos de su espalda han perdido su color, pero aún conserva ese verde oscuro moteado de musgo y esos grandes ojos de piedras preciosas y nácar.

*   *   *

Yérase un osu bien famión al que-y gustaba echar el pigacín baxu l'escañu.
Y un bon día, de lo fartuco que taba, durmió hasta la nueche.
Nun llores, mocina, pol osu, que s'enllenó tantu'l güeyu como el botiellu y durmióse contentu.