Me cago en mis muelas. Tengo el
juicio podrido y sarro sarroso en las coronas. Calzo miasmas en las comisuras
de mi bocaza y me apesta el aliento, pero mal. Espero en la sala del dientista
a que me llegue el turno de ser devorado. A mi izquierda, un quídam con bisoñé
ojea una revista pornográfica de rarezas de lo más perturbadora y percibo su
bragueta humedecida. A mi otra izquierda, una tipa fea como un simposio de liendres
se hurga las encías como si buscara el interruptor de autodestrucción que acabe
con ella. A mi otra izquierda no hay nadie sentado, pero, a su lado, el general
Otto Von Bismark se acicala el esfínter que ocultaba su pickelhaube
prusiano, ahora en su regazo de tres piernas. Por megafonía cantan mi nombre: Toca
huir. Pongo los pies en polvo rosa y, claro, de primeras me resbalo, pero al
segundo intento ya emprendo la escapada. A mi paso sale un enano de dos metros
con coraza enarbolando un martillo hidráulico y un estuche de rotuladores Carioca®
al que le faltan los colores primos. Lo esquivo y salto por encima del
mostrador para caer de lleno en una bañadera infame de grosella templada. No
pasa nada. La voz mecánica del interfono reitera la llamada. Me salgo,
olvidando las chancletas, y me abrigo con el albornoz de felpa que me alcanza
una sepia con gafas opacas. Le digo: “Vaya, aquí la comida es realmente
terrible”, y el otro me ignora y se escabulle por ahí. Por la ventana aparece
entonces un cuarteto de cuerda sarajevita, que me dispara proyectiles de
cerumen con sus oboes y clarinetes haciendo las veces de cerbatanas. Golpeo al
primero con el puño abierto entre los ojos y al segundo le regalo un guantazo a
mano vuelta. Ambos se quejan de lo lindo y lo ominoso, pero yo obvio todo eso y
me ensaño con el tercero, arrancándole los botones del chaleco de pana uno a
uno mientras una desbandada de bugres y plantígrados se le salen por la
tráquea. Después de un rato, ya con los nudillos tumefactos y una melodía
feísima pegada en el tarareo, me giro y descubro que estoy en medio de un casamiento,
y no sólo eso: Yo soy el novio, yo soy el párroco, yo soy el daguerrotipista y también
el resto de los asistentes por descontado. Levanto el velo bleige de la novia,
que también soy yo, y esta me devuelve mi propia sonrisa sin incisivos ni de
arriba ni de abajo. Me cago en mis muertos entonces y le suelto un cabezazo que
yo mismo también sufro. Otra vez: Me despierto en lo alto de un edificio de
oficinas y ladrillos y cemento con muchas escaleras hacia lo alto que no llegan
a ningún lado y aún así, como siento que ya vienen a agarrarme, me encaramo y
subo. Desde arriba distingo mi propio vértigo y me digo: “Oye, tú, como te
caigas te vas a convertir en un charco en el suelo”. Y así se me escurre el pie
en el escalón de alabastro y me precipito al vano y me hago charco. Otra vez:
Espero en la sala del peloquero, en una silla incomodísima, de solo dos patas,
y me pregunta con un cartabón sobre la cabeza que si necesito las esdrújulas
para algo concreto. Me escapo. Se me aferran unas manos al lomo y trato de
zafarme. Paso por delante de los columpios y hago un alto para deslizarme por el
tobogán. Al final me espera un escualo cartilaginoso con las fauces abiertas en
un ángulo obtuso y, como no puedo desviar mi trayectoria, ni practicar ningún
tipo de parábola o estratagema, intento transfigurarme en un ácido correoso o
en cualquier otra sustancia que neutralice a mis enemigos, pero solo consigo
metamorfosearme en pelusa umbilical y así atravieso el tracto digestivo de la
bestia oceánica para salir por su ano caldoso trasformado en guano de pez.
Recobro mi figura original sin mucho esfuerzo, aunque olvidándome de las cejas,
y vuelvo a la sala del dientista. Me lo encuentro talando una araucaria que le
había brotado en el enchufe del instrumental y aprovecho que tiene las manos
ocupadísimas para desgarrarle el cuello en dos antiestéticas mitades con la
llave del buzón y salir de ahí por ancas. Me topo de nuevo con el enano de dos
metros. Ahora gasta una cara feísima y me apunta con una ballesta fabricada con
los trozos de una ballesta más grande. Le digo: “¡Cuidado, tras de ti!”. Y de
detrás del enano de dos metros aparece un enano de tres metros que se lo zampa
tal que así. Sigo huyendo, tropezándome con los dientes dientes dientes que se
me van cayendo de la boca y estos rebotan y se esparcen por el piso como
canicas perladas. Al fondo del pasillo un viejo bosquimano en su iglú pesca con
caña en la lámpara de araña barroca del techo. No pican. Sigo corriendo. Otro
dientista diferente al de antes me persecute haciendo chirriar una pulidora
terrible. Se apaga la luz. Ahora solo veo el negro negro negro y unos colmillos
espléndidos que sonríen sin labios. Entonces me cago encima y un reguero tibio
arroya por mis piernas hacia los calcetines. Vuelve la luz. Un cinocéfalo
papión se mastica sus propios pezones. Vuelve la luz. En un tablado en damero
hay cien científicos por cada mil militares. Vuelve la luz. Me caigo caigo
caigo por el agujero de mis caries particulares. Intento asirme a algo, pero
los restos del desayuno de café y cigarro se deshacen entre mis dedos de
corchopán y caigo caigo caigo por un orificio sin fondo. Llego al fondo. No hay
nada de nada de nada, solo cal y sal, y cosas que riman con rorcual. Miro
arriba, trascendental, más allá del cielo de la boca, justo encima del paladar
y ahí mismo me encuentro otra vez esperando esperando esperando en la sala del
dientista y me cago en mis muelas entonces.
Mostrando entradas con la etiqueta sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueños. Mostrar todas las entradas
31.10.20
Molar.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
0
comentarios
Etiquetas:
agarrar,
alimañas,
caer,
colmillos,
dientes,
esperar,
lucha,
metamorfosis,
molar,
muelas,
persecución,
pesadillas,
sueños,
tiburón,
vértigo
9.1.18
Lemniscata.
La única diferencia entre realidad y ficción, es que esta última ha de tener sentido.
—Tomasso Leonardo Clancini
En esta época del año, las pareidolias reverdecen y estiran
sus ancas al nadir, lo cual es un espectáculo, y yo aprovecho para darme paseos
anónimos con mi vieja pipa Dr. Plumb y mis katiuskas color burdeos, intentando
no pisar los romanescus en flor que brotan a ambos lados de estos senderos.
Paseo como un gato embotado y sin sombrero en la cabeza. Paseo como un
pantocrátor desdibujado y mohíno, con los calcetines de distintas cromalidades
por encima de estas destartaladas alpargatas bizantinas. Paseo sin mirar nada
en concreto y, como ya dije, anónimo del todo; pues no dediqué tiempo a soñar
en las agrietadas y últimas estaciones, y, con esas, lo que pasa es que se me
olvida mi nombre y mi rostro y hasta mi talla de copa y jarra, y entonces sólo
se me ocurre inventarme lo que sea o, en cambio, verme culpablo frente al espejo,
que me señala.
Yo en mi casa no tengo ningún pájaro enjaulado, pero sí que
tengo ciento, mil, miento, volando. Volando alrededor y van y vienen, cuando
quieren, acá, acullá, y ellos mismos se procuran su alimento y su cobijo. Me
brindan la compañía de sus trinos y yo, a cambio, les doy miedo. Por eso luzco
esta aureola obscura de dios del limo. Porque soy de veras un dios del limo,
aunque sea sólo para aquellos pájaros.
Tal vez sólo sea un vago. Y de tales lodos esta barba.
Conque farfullo y continúo con mi paseo anónimo, así en
zigzag; para que el camino resulte más largo.
En un cruce de carreteras fui a encontrarme con mi sombra.
Después de tanto tiempo, apenas nos reconocimos. Le pregunté por mi eco, pues le
perdí la pista en el segundo volumen, y me contestó con mímica que tampoco él
me echaba de menos, me echaba de menos. Así que nos dimos la mano con un ademán
de falso desdén y cada cual siguió su camino. Una situación torpe e incómoda, ya que ambos
fuimos a tomar la misma dirección; pero sólo hasta caer la noche.
Esa noche no dormí; me tumbé panza arriba entre los romanescus
y conté estrellas en el cielo negro: Ninguna.
Por la mañana encendí la pipa Dr. Plumb y me sacudí la
escarcha de las pestañas. Solté una vaharada de humo gris sin toser, y después ejercité
unos cuantos aros de vapor gris mostaza humedecido. Por último, exhalé una
cascada ascendente de gas violáceo de la boca a la nariz. Volqué la pipa Dr. Plumb,
y dejé que las brasas se consumieran en el suelo.
—Cómo has cambiado —recalcó un charco que había cerca y que
yo no había visto nunca.
—No es que yo haya cambiado —repliqué—, es tu mirada la que
no lo hizo.
Y es cierto; yo no conocía de nada a ese charco, ni jamás lo
había visto antes, pero desde luego que pude reconocer esa mirada mate. La
misma mirada mate de siempre.
Al fondo, se adivinaba una torre; pero no era más que la
cofa de una balandra que naufragó hará cosa de un mes en la bahía y que, nadie
sabe cómo ni con qué propósito, continuó su travesía tierra adentro sumergida
por el fango, entre piedras y pantanos, para ir a dar justamente a ese punto
del horizonte, al fondo, casi lejos. Pero si bien es cierto que un buen día nos
morimos, también lo es que los demás días no.
Después se hizo de noche.
Esa noche no dormí; me tumbé panza arriba entre los
romanescus y calculé cuántas caras tiene la luna: Una.
A continuación, sucedió un estruendo y un temblor sacudió la
tierra y parte de esos cirros que no se alejan, y me levanté de súbito y
malhumorado. Una grieta se abrió en el fondo de un charco (pero no el charco de
antes, sino otro charco distinto, aunque bien parecido), y el charco se derramó
a las profundidades practicando una espiral y la grieta siguió avanzando y me
atravesó por el meridiano, dejándome hecho dos feas mitades; la una, medio deshecha,
y aquella otra, a medio hacer.
Por la mañana encendí la pipa Dr. Plumb y me organicé de
nuevo. Esto es recomponerme, aunque con lo izquierdo al derecho y lo derecho al
revés.
Esta vez fue a hablarme una rama aguada que se había
quebrado bajo el peso de mis hígados.
—Anda y lárgate de aquí —me dijo la muy—, llevas dos noches
aplastándome con tus orinocos.
Y yo fui a responderle “Tú te lo pierdes”, pero en su lugar
pensé: “Tú te lo vas a perder”.
Entonces me mordió. Aquí, en la pierna. Y me fui con la
tibia tibia y un escozor inasumible. El mismo escozor mate e inasumible de
siempre.
Y me tropecé con uno de esos bucles de los que sólo te salva
un lunes.
Pero no hay lunes en esta época del año.
En esta época del año las pareidolias reverdecen y estiran
sus ancas al nadir y yo deambulo nadie y amarillo y luzco un eclipse en la chimenea
como un dios del limo, que tampoco es que sea un demonio, pero que, desde luego,
es poco santo.
Y esa noche no dormí. Tampoco hice más preguntas.
Saqué mi vieja pipa Dr. Plumb y observé las cenizas y las manchas
de hollín de mis katiuskas color burdeos.
Después, una tormenta apagada y en silencio.
A continuación, vino a hablarme a mí un suéter sin adulterar,
pero en un dialecto extravagante y, por ende, no supe qué discutir, y me callé.
Yo sólo quiero protestar, y que nunca más amanezca.
Tal vez no sea más que un brécol.
Perseguí el sol un rato más, o una Era básica, y tan pronto
se ocultó tras la cofa de aquella balandra, allá, casi cerca, fue a despuntar
por mi nuca, a mis espaldas, y volví a encontrarme con mi sombra. Apenas me
reconoció, pero me preguntó que cómo estaba.
Entonces fue cuando encendí de nuevo mi vieja pipa Dr. Plumb
y, con una vaharada de humo mate, le dije: Infinito.
| Daniel Johnston |
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
0
comentarios
Etiquetas:
brécol,
camino,
charcos,
Daniel Johnston,
Descerebramiento,
dios,
dormir,
eco,
espejo,
humo,
infinito,
lemniscata,
noche,
pájaros,
pareidolia,
pipa Dr Plumb,
sombra,
sueños
16.1.17
Descerebramiento.
Hace un tiempo,
me sometí una novedosa terapia de descerebramiento. No sé cuánto con certeza,
porque de eso mismo se trata. Y funciona de maravilla; a mitad del proceso no podía
recordar más que mi nombre y mi talla de alpargatas, poco más; y a duras penas
conseguía balbucharlar silogismos con cierta coherencia, pues cualquiera de mis
pupilas, indistintamente, se distraía con los carámbanos de saliva que pendían
elásticos de entre los pelos de mi barbilla; y así perdía el hilo del discurso,
oblongo y viscoso, como lianas de baba deslizándose por las plieguecomisuras de
los belfos y con cara de bobalicón.
Durante aquel
periodo no soñé nada, eso creo. Tampoco me preocupé. Sí lo hice después, al
cabo de un rato, cuando empecé a soñar ovejas contando pablos. La primera noche
pasaron treinta y cuatro mil ciento noventa y nueve pablos, coma uno. Y cada
noche las ovejas, que eran un montón, pero no tengo ni idea de cuántas,
continuaban rumiatando pablos, contando desde donde lo habían dejado la noche
anterior, más dos pablos con setecientos diez milipablos como corrección para adaptarlo
al calendario de los pestañeos. Y, de todas las ovejas que había, estoy casi
seguro del todo de que ninguna era una oveja propiamente dicha; lo que tú o yo
o incluso cualquiera tildaría de óvido. Para nada. Ni siquiera se acercaba a la
definición más elemental de placentario ungulado. No eran ovejas de ninguna
manera. Ni de lejos. Ni en un siglón de años. Qué va. De todas formas, así
vistas, con el traspárpado granate y semiopaco, parecían ovejas de cualquier
modo. Ovejas contando pablos. Cangrejos contando aguacates ¿Qué más da? Noche tras
noche trasnochando. Nombres contando limas, números contando cifras y ovejas
contando pablos ¿Y ahora qué, eh? Ahora somos un gúgol.
La técnica de
descerebramiento es tan protosimple como nociva, si no se aplica en capas
uniformes, como la crème patissière, y con un palustre flexible, pero no
demasiado flexible. Primero se saja la epidermis con cualquier suerte de
escalpelo por el ecuador del cráneo, o tal vez mejor por el trópico de cáncer, más
o menos sobre la línea de las cejas, las marrones. Esto es para marcar el
camino del corte ulterior, así que, en su lugar, también se puede utilizar un
boli, o un rotu, o algo por el estilo, algo que pinte o cercene. A continuación,
se procede a serrar el cráneo por el surco trazado. Antiguamente, los patacesores
que oficiaban tales prácticas en lúgubres mazmorras del Prenacimiento, hacían
uso de una humilde sierra de Gigli enrollada en torno a la testa para
descapuchar al paciente en un santiamén relativo. Ahora, con los tiempos que
corren, que resbalan, que vuelan, se secciona la cubierta de la cocorota con un
puntero láser y ya sólo queda rascar un poco la corteza y extraer los lóbulos
del relleno sin dejarse ni media meninge ni una miga de bulbo raquídeo. Apenas
sin dolor, aunque, después de eso, como cualquiera puede comprender, uno se
queda con el sistema límbico hecho un ascazo.
Desperté, como
ya dije, con la pechera empapada de babazas y un par de tuercatornillos de
mariposa en sendas sienes. Yacía en un panal reseco y mohíno que apestaba a espray
ambientador, en lo alto de una araucaria. Pasé ocho días y tres noches atrapado
en aquella puta conífera sin saber cómo bajar. Por estas latitudes el sol
oscila raro. Y, al fin, en el crepúsculo vespertino del cuarto octavo día, pasó
por mi lado una cigarra fumando celtas y comprendí que ese árbol no era tan
alto ni tal, ni tampoco el panal, por cierto, si no que se trataba de un zarzal
completo y una vejiga de rinoceronte mustia, respectivamente. Le pregunté a la cigarra que qué tal, y le
pedí ayuda para libertarme del matojo, que se me estaban clavando las espinas
todas en el culo, le dije:
—¡Oye tú, cigarra! ¿Qué tal?
—Ni fu, ni fa —respondió, expeliendo
una generosa bocanada de humo.
—Pues ayúdame entonces a salir de
este punzarbusto, que se me están clavando las espinas todas en el culo.
Se
negó en rotundo, mencionó algo acerca de sus competencias, y algo más, no sé qué
de unas hormigas, y que tenía cosas que hacer, dijo:
—Me niego en rotundo. Soy una
cigarra ¿No lo ves? Lo único que tengo que hacer es estridular aquí y allá y
rascarme bien la barriga. Por aquí pasa una formipista ¿No la ves? Enseguida
desfilarán las hormigas por aquí mismo y yo estaré frotándome para ellas, a ver
si, con suerte, me dejan un poco de grano o una pizquita de néctar que pitear.
—Pierdes el tiempo —le contesté,
dando voces—. Todo el mundo sabe que los himenópteros no sueltan ni media.
—Tú no me has oído estridular —me espetó
—No, eso es cierto —concedí.
—Pues te advierto —me advirtió—
que yo estridulo como ninguna, pedazo de nalgaespín. Cuando yo estridulo la
gente se marea y dice: “¡Uh, uh! ¿De dónde sale? ¡Uf, uf! ¡Nos tienen rodeados!”
Y es que, cuando yo estridulo, no se oye nada más.
—¿Y crees que a las hormigas les
gusta que les estridulen al oído mientras se desloman el tórax? ¡Eres una
majadera!
—Pues ahí te quedas, cabeza de
chorlito, con tu culopincho.
Y se fue
zumbando a estridular a otro lado.
Otra semana
después —ésta de sólo dos días, pero una noche que bien podría haberse titulado
“Era básica y obscura”—, desperté acurrucado entre los marchitos restos del
zarzal. Mi trasero estaba curado y las ovejas ya habían computado un gúgolplex
de pablos y empezaba a temer quedarme sin espacio, aun con esta cabezota lesa y
bien diáfana. Me aseguré de estar justo debajo de la vertical y, cuando estuve seguro,
enfilé hacia adelante —que es, de hecho, la única dirección por la que sé
caminar. Mí no ser un intelectual.
No tardé con
encontrarme con alguien. Lo cierto es que venía escuchando desde lejos unos
plañillantos desconsolados. Era un tipo gordesmirriado, de barriga esférica y
piernecillas de jilguero. Digo que era un tipo, pero bien podría decir que se
trataba más bien de siete octavos de tipo. Estaba ahí postrado, sobre un tocón
bañado en sangre, con las rodillas hincadas en el barro. Gritaba de dolor y se
sujetaba un medio antebrazo del que borbomanaba un chorro de sangre espesa como
natillas. La cimitarra se mantenía clavada en la madera y, frente a las dislocadas
encías del infeliz, su mano escindida y sanguinolenta parecía querer despedirse
mediante un intrincado y macabro lenguaje digitado de espasmos y contracciones que
ninguno de los presentes supimos descifrar.
—¡Qué es lo que has hecho,
animal! —le grité.
—¡Justicia! —profirió
orgulloroso.
—¿Justicia de qué? ¡Estás
chiflado!
—¡Soy un ladrón! —exclamó— ¡Y de
la peor calaña! —hizo una pausa dramática para gimotear y me miró a los ojos
con semblante suspensivo y sobreactuado—. Y a los ladrones por aquí se les
cortan las manos.
—Con que eres un ladrón, ¿eh? —solté
una carcajada— ¡Já! ¿Y se puede saber qué es eso que has ladroneado para tener
que muñonizarte?
—¡Ladroneé mi tiempo! ¡Lo
confieso! —se derrumbó sobre el tocón— ¡Escatimé con los instantes, y los
momentos los guardé para luego! ¡Escondí los ratos bajo llave y me usurpé hasta
las estaciones! ¡Soy un vil ladrón y ahora que me hago viejo lo comprendo! —escrutó
la espantosa y herida de su medio antebrazo, aún sangrietante— ¡Sólo me estaba
ladroneando el tiempo a mí mismo! ¡Me ladroneé la vida sin darme cuenta! ¡Qué
estúpido que soy! Fíjate si soy estúpido, que traté de ejecutar yo mismo mi
castigo sin ser consciente de que, después de desprenderme de una mano, no
podría librarme de la otra.
—Ya sabes lo que dicen: Una mano rebana
la otra.
—Creo que no es así.
—En cualquier caso, puedo
ayudarte. Si quieres, te siego la que te queda en un periquete.
—No funcionaría —musitó.
—¿Y por qué no, eh? —inquirí, ofendido—
Me ofendes.
—Pues porque yo soy la víctima
que ha de vengarse por todo el tiempo que le ha sido ladroneado —respondió,
resoluto—, y porque, si tú me cortas la mano, yo tendría que cortarte a ti la
correspondiente. No tienes ningún derecho a aparecer de la nada, cuando nadie
te ha llamado, y pretender amputarme la única mano que me queda, demonios.
—Vale, vale —ejercité un
aspaviento—. Sólo pretendía ayudar.
—Pues poco favor me haces.
—¿Sabes qué? Creo que ahora me
has ladroneado el tiempo también a mí.
Me
cobré cuatro dedos por aquello, que guardé en mi bolsillo. Y me largué de allí,
dejando al desgraciado con sólo un pulgar para dictaminar justicia. Me arrastré
por un páramo, taciturno, como quien vaga cargando a cuestas su propio cadáver;
así de mal. Y fui a toparme con una ringlera de hormigas. Una hormiga decía: “¿Os
habéis enterado?”. Y las demás coreaban: “¿De qué, de qué?”. Y seguía la
primera: “¡La cigarra se ha muerto! ¡Escarchangelada de frío durante el
invierno!”. “¡Hurra, hurra!” gritaban unas, “¡Oé, oé!” clamaban otras, “¡Viva,
viva! ¡Ya no joderá más con ese maldito chirrío!”. Y la cáfila se desantenizaba
de la risa. La primera volvió a hablar: “¡Eso le pasa por no trabajar!”. “¡Por
no trabajar!”, chascaturreban las demás. “¡Por no trabajar!”, repitió la
anterior. “¡Por no trabajar!”, redundaron las otras.
—¡Basta, basta! —grité yo,
tapándome los oídos— ¡La cigarra sólo intentaba amenizaros la brega estridulando
para vosotras ¿Y así se lo pagáis? ¡Pues tomad caucho, canallas!
Pisoteé
hormigas andando como un funámbulo durante, lo menos, tres leguas, y, después,
me detuve a descansar a la sombra de una araucaria. Claro está que, antes de
eso, llevé a cabo las pesquisas pertinentes para tener la certidumbre de que,
efectivamente, se tratara de una araucaria auténtica. Y así era, por el
momento.
Tras
una elipsis imprevista, abrí un ojo en silencio, procurando no despertar al otro.
Tenía sed, lo cual no es raro, yo suelo tener sed a menudo; pero se suponía que
el descerebramiento era mano de Ubú con la potomanía. Miré mis manos y ya no
eran eso; eran pezuñas. Y mi pellejo habíase cubierto como de una capa de fibra
de algodón bastante cómoda y esponjada. Intenté balar, aterrorizado, y de mi
hocico brotó un alarido simiesco, para nada digno de una oveja, y se despertó
mi otro párpado, y así fue como descubrí que, después de todo, me la habían
vuelto a jugar con la araucaria, y que, desde el principio —y esto lo explica
todo—, estaba yo y mis gúgoles de pablos confinados en un batiscafo, sumergidos
en medio del oceazul. Pablo le dijo a Pablo: “¡Haz algo, que nos hundimos!”. Y
Pablo le contestó a Pablo: “¿Qué quieres que haga yo? ¡Esto es un batiscafo!
¡Se supone que tiene que estar hundido, es así como funciona!”. “¿Y a mí qué me
cuentas, eh?”, respondió Pablo a Pablo, “Seguro que tú tampoco sabías qué
diantres era un jodido batiscafo antes de todo esto!”. “Basta, basta, Pablos”,
dijo ahora Pablo, “Dejad de discutir y atentos: Está pasando algo”.
![]() |
| Daniel Johnston |
3.7.16
Veinte mil leguas de todo alrededor.
Un ejército de silencio
deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas
humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la
consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.
Me levanté de una
voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata
de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y
vacío de cuajo.
Si realmente hay algo
que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el
mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para
evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco
geográfico sin rumbo ni despedida.
Libis, disfrazado de
dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el
cuello de la camisa, sin darse cuenta.
Luego de un rato, lo
ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin
suelo.
—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.
Antes este chaflán no
era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a
meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de
Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a
doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de
los diarios.
Más tarde los vecinos
se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.
Fue a ocupar su lugar
un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de
latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos
sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la
giba.
Éste se fue otro día,
por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como
a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.
Después de la segunda
fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de
Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas
encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.
A continuación,
granizó.
Luego las pestes,
aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga
de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras,
el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo
con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo
de la carismática prefectura lundonita.
La señora Levono disfrutaba
de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que
sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en
sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas
moldavas.
La señora Levono
ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas
hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se
dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis
pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de
pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen
también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al
menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y
todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.
Pero nadie iba a la
pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni
siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de
barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy
visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro
sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la
parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en
la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de
explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio
genital de San Lundo.
Sin embargo, aquella
noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos
con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un
charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la
acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se
me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más
que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un
fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.
Sin más remedio, volví
a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando
por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el
eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan
panoplias de decoro entre las amígdalas.
Me perdí en la geografía,
tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil
leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño
hombre absurdo que enciende y apaga un farol?
![]() |
| Vasili Kandinski |
14.6.16
Un viaje a la ínsula de los cinocéfalos.
Me
froté los párpados hasta no ver más que un lucero refulgente y multicolor que
centelleaba con el viejo zumbido chumchum indoloro entre el entrecejo. Se me
derramó la noche entonces y, en esas, se observa todo como con un no-ojo desde
el cenit.
—¿Quién
se ha muerto ahora? —masculló Abulio.
—El
bueno de Panmuphle; así, sin más —respondió un quídam cualquiera.
—Tan
molodo...
—¿Qué
le vas a hacer? Así funciona esto; espero que ahora visite sitios más
interesantes.
—Eso
sí.
Soñé
desierto a la deriva. Dormí despierto con la marea del cemento en plano
arrobado. Me vi como el que se ve que mengua. Cambió el viento al cabo de un
rato, y fui a despertarme con los dedos llenos de arena, los ojos como hornos
huecos en el fuego y un sabor como a óbolo o a dupondio bajo la lengua.
En la mano un
membrillo dorado y piloso que debía regalar a quien yo más quisiera y en la
mano raíces de cydonia, una amapola; la duda eterna como muelas del juicio.
—Recuerdo una
vez —recordó un quídam cualquiera—, seguro que ya te lo habré contado, que
cogimos un racimo de musa paradisiaca y nos quedamos con la gidouille mirando
las nubes deslizarse por sendas escleróticas. Pan se vio envejecer en un
segundo y al otro ya se trataba de un cráneo desnudo, no más. Y al tercero
resultó ser un dodo de catorce kilos, después una cuchara, un lémur, un tambor,
mero cúmulo, y así.
—Era un tipo
curioso.
Ahí estaba. Desde
fuera. Como un sórdido dios en la costa lúgubre. Por debajo, una larga barba
desciende sucia y despeinada. Una mano que me agarra, una mano que me sostiene.
Ahí estaba. Desde dentro. Como un ovillo descosido y enredado. Por encima, una
negra e infinita noche se eleva infinita y negra hasta su mirada. Y luego,
después, cuando miré, ya no estaba.
Entre dientes,
decisiones. Elegir es nuestra suerte puñetera y yo estoy paralizado de hueso
para arriba y por abajo estoy descalzo. El barquero fue a dejarme en la ínsula
de los cinocéfalos y desde entonces visto un viso canino en las pupilas y el
cinismo cinético esdrújulo de todos los años.
Regresé a mi
orilla transitando por el fondo, donde todo cuanto pisas es un charco. Tras tropecientos
tropiezos y traspiés, atravesé el transparente transcurrir del río, triste,
transpuesto, hecho trizas.
—¡Oye tú,
cabeza de perro! —oí que exclamaba un quídam cualquiera— ¡Levanta de ahí!
—Deja que
duerma un poco —dijo Abulio—; se le ve contento con esa baba.
—Ahora estoy
con vosotros —dijo Panmuphle—, que aún no decidí a quién le regalo este
membrillo.
—¿Eso es todo?
—No; escuchad
aún.
Amanecí con
pies de quelonio y el estómago de un galápago preguntándome por la vertical y palpitando
como el viejo parénklesis que nos mata de risa. A mi izquierda, así de cerca,
una de mimbre y hecha a mano de las que a mí tanto me gustan. A mi derecha, un
poco más allá, una hecha a mano toda de mimbre como aquella que soñé. Con la
una me tiemblan las rodillas y con la otra el vértigo lo tengo aquí.
Prefiero no
decir nada.
—¿Sigues vivo?
—Acércame el
taburete.
Apreté el puño
hasta empalidecer y aplasté el membrillo contra el fondo de la acera.
—Ya parece que
refresca.
Me oprime el límpido
triángulo en el brazo. Rechinan mis coronas como el viejo chirrido de pizarra y
cal.
—¿Un poco de
agua? Es del grifo.
—Me apetece
más un cigarro.
—Y ni tan mal.
Con este
cráneo de cemento y toda esta arena hasta las ramas lo único que de verdad
deseo es dormir.
Aparté los caracoles hasta enmudecer y arrojé los restos lejos, bien lejos. Elijo sus ojos, los profundos; elijo lo recóndito y sencillo del sosegado silencio neumático. Dije: Elijo el pliegue de su mejilla, la esbelta línea de su espalda, cada una de las oblongas volutas de calma y tranquilidad que emana. La espiral en su sonrisa; quisiera no necesitarla.
—Huele a
purpúrea mañana.
—¿Sabes? Algún
día, todo esto será campo.
10.12.15
Pleura.
Bien, no sé cómo empezar esto. Es todo muy confuso. Las sienes
me palpitaron al principio, estaba tumbado, y sentí como si la garganta se me
precipitara hacia la pleura. Pleura. No estoy seguro de si se dice así. Pleura.
Da igual. Me incorporé y la pieza se quedó así, torcida. Busqué las gafas en la
mesilla y me topé con mi dentadura en su tarro, como un mal sueño. Mi cuerpo
estaba definitivamente al derecho, tal vez algo inclinado, sin duda eran mis
ojos, o algún cable acá metido, los que se decidían a quedarse del revés. Lo
achaqué a que serían cosas de la gravedad y me planté frente al espejo y saludé
al que hay tras él. No me vi muy diferente, al fin y al cabo, ¿quién mira a quién?
O eso que dicen. No sé. De todas formas cada uno se fue por su lado y ya no nos
volvimos a encontrar. Me puse mi sudadera verde, la de Carpio el carpintero. Y unos
pantalones tal que así. Y lo de arriba por sombrero. Aboclé mis calcetines contra
ese mueble de allí, dejando en el zócalo onduladas dunas de arena para gatos,
con caca y demás; un asco. Y después compré bombillas, pero sólo se me ocurrió
una, y bastante floja. De modo que, en fin, no sé cómo me dio por empezar esto.
Supongo que ya no me palpita ni una sien, y me siento bien sentado. Me estoy
bebiendo una cerveza y… bueno, ahora después me lio un cigarro. Mis dientes,
los que sean, siguen en su sitio, juicio arriba, juicio abajo. Evidentemente. Y
por el momento, en lo que respecta a la pieza, la de acá, tan torcida como siempre,
quién sabe, los cimientos, quizá qué.
![]() |
| Roland Topor |
31.10.15
Pregnancia.
aún
quedan residuos entre las muelas de mi quijotera y las encías se dan sedadas
con la remanencia de aquel velo. aquel vuelo sesgado bajo el cielo negro en
duermevela. con agujeros por pupilas y vistiendo como piel las hojas secas, que
se caen, que se embelesan. ese pálpito, ese rubor, como le llamen, esa llama
que apago con las yemas y se queda en cada dedo como un dolor poroso y
liberador que saboreo como el cortarse con un libro o el albor de una marea. a
la mierda, qué más da. lo que importa ya nos avisará cuando llegue, yo qué sé,
que nos pille donde sea. las cosas que he ido guardando las enterraré algún día
bajo una equis en un mapa y diré por ahí me equivoqué, que solo me fui para
volver y que, si a veces me escondo es porque, a ver, a veces me tengo que
esconder. y que si alguna vez mentí fue porque me engañé a mi primero. ay, qué
extraño es olvidar, qué duro desertar de un sueño y regresar a la calma donde
nada pasa excepto el tiempo, que es de sal, y se cansa de descansar tirado así
de tranquilo, estirado como un hilo o mil kilómetros. ¿qué esperaba? ¿despertar
frente al mar y dispersar los cirros, los delirios, con un gesto? ¿apartar, de
un plumazo, todo el plomo, todo el peso de este cuerpo? ¿o tal vez nada de nada
o, más bien, justo lo opuesto? elige un espejo y dile que no, que mejor otro día,
que yo no soy del todo el hoy pero tampoco soy universo garcía y por eso el
poso de este dolor lo ahuyento aullando. que si dudando ya me cuelgan los pies
por encima de la cabeza, imagínate el vértigo que se me vierte cuando me
asiento sobre certezas. ay, ahora tengo muchas cosas en las que no pensar,
tanto que decirme, tanto que escucharme, oídos sordos que hacer, tantas bocas
que callarme. que si mi hogar está donde está mi trasero ahora encuentro que mi
trasero no está donde lo dejé o que han cambiado la cerradura y mi llave se ve
intrusa. orfebre de la excusa destartalada, alquimista de la aprensión, mequetrefe
a secas, quincalla, fruslería. ahora elige otro espejo y dile que no, que me
siento mejor, que sonría. que si pasa lo que pasa es porque pesa lo que pisa y
que, a veces, con las prisas, lo que pesa es lo que pasa y lo que pasa es sólo
brisa. alivia el escribir, es mi tesoro, mi sonrisa. mi pedazo de no ser que apacigua
la virulencia movediza de mis tripas. vuelve a empezar. la vida es corta. la muerte
es lenta. finge que esto no es un sueño y despierta soñando. que la esfinge no
es nada sin su acertijo y, esto me lo dijo un viejo, que el laberinto no está
en los muros, sino en el seso, y que hay un pez en mi barriga que me da paz, y
por debajo sólo hueso.
![]() |
| Edvard Munch |
15.10.15
Está silbando la cafetera.
Está silbando la cafetera. Nahuel dormita en el sofá sobre
un manto azul impregnado de elefantes. La estantería yace tranquila. Aquella
bombilla descansa. Renton ronca en silencio en su cuarto envuelto en cables y
mi pieza aguarda vacía a que alguno como yo vaya y la duerma. Es de noche,
cualquier día, tal vez miércoles.
Se enciende una bengala. Respira. Soplan las torres del
momento en la penumbra y se percibe un murmullo, un leve murmullo. Como el
hueco vacío y sordo que dejaran aquellas
maletas tuyas en el polvo y todos los cachivaches y mamotretos que olvidaste.
Como aquellas huellas que dejamos y que nunca volvimos a pisar. Como aquel qué,
como este silencio.
Me olvido y vuelvo a empezar. Necesitamos, lo primero, una
buena excusa. Después confiar en una aguda improvisación e ir desarrollando la
estratagema bien poquito a poco. Sin precipitarse. Es importante llevar un buen
corte del pelo e ir debidamente aseado y
afeitado. No problemo.
Comienzo, pues, esperando el autobús. Está silbando la
cafetera. Suelto chapas relucientes y me devuelven un papel grasiento. Ahora
viajo.
Añoro las aves en el portaequipajes y los ceniceros colmados
y las cintas de velcro en lugar de complejos cordones. Añoro los polos de
Popeye y el no saber qué comió aquél ayer. Añoro guiñar un ojo y que al abrirlo
aparezcas tú con un paisaje cualquiera y que seas tú. Y hasta aquí.
Cara B. No te encuentro. No me encuentro. Descansas bajo mi
pupila aun cuando no te sueño y lo demás no es más que atmósfera. Pero a mí me
arrolló la corriente y ya no sé ni a quién le escribo, reflejado en la luna
reflejada en un charco.
Me apeo en la siguiente, lo prometo. Y pasa la estación,
pasa la vida, pasan los letreros, los malos recuerdos, la buena onda, los
viejos remordimientos, los reproches astillados. Esa flor brillaba, hoy es
tarde, no la has visto. Cómo se va. ¿Cómo te va? Parada en curva, no se
tropiece.
Es de noche. La luz de los faroles se esparce naranja por el
asfalto. La basura retoza en su rincón y las sirenas cantan a unas manzanas con
la garganta partida y suero y ruido de motor. La hora afilada en Metrópolis sin
sombrilla ni chaleco: un desastre.
Aquí tengo que empalmar y el jodido bus no llega. Tengo
dedos de mimbre y los monchis me hablan en otomano con queso de cabra y maldita
sea la hora en la que me veo yo, aquí, otra vez.
Y pensé que sabría evitar la vieja claustrofobia cuando me
encontrara en esas, pero entonces apareces, ahí, justo entre el lado de acá y
lo de fuera, con los brazos extendidos, ay, y después de tanto tiempo, y
estamos distintos y es lo mismo y ya me distraje otra vez, quién es tú, dónde
estás yo.
Me olvido y vuelvo a empezar.
Es de noche. Está silbando la cafetera. Suelto chapas
relucientes y me devuelven un papel grasiento. Ahora viajo. Por la ventanilla
me veo a mí, refractado, y detrás los coches en estampida, las alcantarillas,
los destellos de los semáforos. Me apeo en la siguiente, lo prometo. Hace calor
y me sobra esta chaqueta y es de noche y ya no llego.
Y luego estás tú, cualquier día, y esa luna, y nada más.
19.8.15
Telmo.
—No recuerdo haberme desvanecido —mencionó Telmo, llevándose
una mano al cogote—, tan sólo me desperté.
La ciruela amarilla a medio comer que yacía en el plato
frente a Telmo no respondió, sino que permaneció oxidándose con quietud y la
pepita casi desnuda. En el suelo, los fragmentos de un vidrio seguían húmedos y
en silencio. También calló el palpitar bajo los tímpanos y se tornó mero pulso
de metrónomo.
Telmo miró alrededor
y en seguida percibió que algo en la
pieza había cambiado. —Creo que soy yo —musitó, y parpadeó un par de voces.
Desoyó ambas pestañas y regresó al sordo
metrónomo. Y Éste se volvió espiral, y esta última un crótalo del desierto. Y,
al final, arena.
Un chasquido devolvió la pieza a su lugar, y Telmo suspiró con un sueño velado entre los labios. Se
palpó los dedos y no halló más que yemas. Se levantó, dio un par de pasos; pero
no se movió del sitio. Volvió a
sentarse, y no tardó en morder un pedazo de la ciruela. Telmo sonrió, y miró al
vacío mientras masticaba. Y así olvidó que había despertado. Después de todo,
se durmió. Y, al final,
arena.
![]() |
| Goya |
5.4.15
Hebras de lana.
Joder, ya no podía más. Gota a gota me había ido derramando
por el suelo y, agotado, me entró el sueño y me quedé tendido, rendido, tumbado
sobre el colchón que había sido mi propia tumba y mi mismo palacio. Así, bien
despacio, accioné el botón de cierre que hay entre mi seso y los párpados. Y al
fin, con todo oscuro de nuevo, me atreví a sonreír, pero no pude dormir por el
jaleo de un puñado de ovejas que, entre jadeos, se habían puesto a contarme a
mí.
De la cuenca del cenicero brotó entonces una serpiente
bailando, y yo, aun sin flauta mágica, había de ser encantador. Aunque fuera yo
mismo el hechizado.
Las ovejas siguieron balando y las cabezas se nos colmaron
de alquitrán y una suerte de ser de dedos largos removía con un tenedor
mientras nos frotábamos los ojos.
¿Cuántos somos ahora? —intenté decir con la boca llena y
escupiendo gargajos— ¿Por qué carajo peleábamos?
Me distraje, y esto también me lo contó una oveja. Me dijo:
vete de viaje, olvídate. Que un mono en su pecera piensa que sapiens, mas solo
araña la corteza. Que sólo con arrastrarse sobre dos patas para dejar libre la
barriga no se logra ahogar el hambre de ser hombre, ni la vergüenza que trae el
verse despojado.
¿Y qué soy? —musité con la lengua partida— Si tratando de
ser alguien me pierdo en el camino y me sudan las palmas de las manos y no sé
ni lo que digo. Si me descubro animal de sangre fría, más de lo que temía, más
de símil y algo de lagarto. Si saliendo al sol se me alargan hasta los huesos y
cuando me oculto en mi agujero, cojo y me largo.
Si algo sé —susurró— es que hay que ser lo que se sea, lo
que se tenga, en este injusto momento. Que no hace falta más que una nariz para
oler las flores y que a solas se está bien, pero sólo si las olas siguen siguiéndose
unas a otras.
¿Y de qué me sirve tanta flor y tanto aroma si ninguna se
detiene para olerme a mí?
La oveja explotó entonces, empezó por las orejas, y salpicó
mi blanca frente de emplastos de cera y manchas rojas. Traté de limpiarme con
la manga, pero estaba desnudo y manché también mis brazos. Busqué el río,
busqué un lago, y no encontré más que sucios charcos y algunos sorbos en esos
vasos.
Así, de esa guisa, me zambullí en los ladrillos de la pared
y me sentí como sospecho que somos: una suerte de fuego sólido, un juego
complicado, un truco descubierto, un temblor en cada mano… Una verdad dicha mil
veces convertida así en mentira, una mitad sin apariencia, y el resto anomalía.
No supe más del tema, ni tampoco investigué. Si acaso miré
mi reflejo en la ventana y le sonreí, y me sonrió, y así me quedé. Los animales
se durmieron y ¿sabes qué? Desde entonces ya respiro, y apenas lo recuerdo, como
si fuera el mal sueño de otro. Hoy sólo estoy yo, y con eso me conformo.
¿Y ahora qué? Si parece que no hacemos otra cosa que empezar
de nuevo. Y es que es así, no queda otra: Cada día es el primero.
26.3.15
El hoyo del viejo Tom (II).
Flipábamos en colores con los
pies colgando de un columpio entre dos chimeneas que parecían palmeras. Íbamos
descalzos, y los tejados y las azoteas eran como islotes de roca y bancos de
arena. El mar, abajo, todo lleno de peces nadando las corrientes y haciendo así
con la boca.
Me gusta observar el perpetuo
desgaste cósmico, quedarme delante de un cubo de hielo que se derrite y ver
cómo se me cae la baba, prender la mecha de una vela y ser testigo del
paulatino baile de la cera derramándose, eso y los guijarros arrastrado por el
río; son placeres.
Soñé que pescaba en un hoyo muy
profundo, como el del viejo Tom, y el sedal de mi caña eran cordeles que había
ido encontrado por ahí, y que había enlazado por los extremos. En mi sueño el
anzuelo al final del hilo colgaba detrás de mi nuca y, sin darme yo cuenta, se
enganchaba en el cuello de mi camisa.
Tiré de la caña hacia arriba,
pensando que por fin algo había picado, y salí volando por los aires. Cuanto
más tiraba, más alto subía y mayor esfuerzo tenía que hacer para mantener la
caña de pescar entre mis manos. Mi casa se veía detrás de unas montañas,
alrededor era un océano.
Esperé y esperé, unas veces más
arriba y algunas otras más abajo, y no fue hasta bien pasado un rato cuando me
percaté de que estaba tirando de mí mismo. ¿Y cómo bajo ahora de aquí? —pensé.
Y esperé y esperé y me salió pelusa en el ombligo.
Así estuve hasta que desperté, y
es que no era más que un sueño, pero algo me pica en la nariz y es que en el
fondo de ese agujero no lo fue, y recuerdo que era tan profundo que llegaba
hasta la punta de mi cabeza. Pocas cosas tan hondas se me vienen a la mente y
en cuanto a las ondas, mantienen su oscilar, pero eso es otro menester.
19.2.15
Miedo y Asco en el velorio de Manu.
Trataba yo de
alcanzar con unos escuálidos dedos que me eran ajenos una pieza de fruta
reluciente que pendía de esa rama aterciopelada vestida con cuentas de colores
bien brillantes, y, al ver que por más que mi brazo se estirara como el del
Señor Elástico jamás alcanzaría siquiera a arañar la resplandeciente pulpa, me
situé en una pastilla de jabón del tamaño de un tapir malayo y procuré ponerme
cómodo. ¡Ring, ring! Sendos rayos
relampagueaban reflejándose en los charcos del suelo. ¡Ring, ring! Apunté con mis pies al cielo y tiré de mis orejas para
hacerme un burka de cartílago. ¡Ring,
ring! Volaba un pájaro. ¡Ring, ring! ¿O
quizá… soy yo…, que estoy yendo… muy… despacio?
¡RING, RING!
Despegué la cara de la almohada y
entre las legañas divisé el origen de mis tormentos; el teléfono se estremecía
con enojo. ¡Ring, ring! Ahora
silencio.
Estoy en casa,
y tras las cortinas se adivina un sol. Mis párpados están como pegados y visto
la ropa de antes de ayer, pero al menos estoy en casa. Estoy despierto. El
desorden habitual no parece haber experimentado cambio alguno. Mi caos sigue
siendo mi caos. Y además es miércoles. Estoy despierto.
¡Ring, ring!
Es César: Malas noticias, Manu ha
muerto. ¿Qué ha pasado? Ada lo encontró desnucado en el rellano del club, al
parecer resbaló con una piel de plátano. Sí, a Manu le encantaban las bananas.
Eso. Qué lástima. Yo aún no me lo creo. Ya. En una hora es el velorio. ¿San
Lundo? Sí. Me visto y voy. Vale, nos vemos.
Estoy frente al lavabo. Miro las cuencas de
mis ríos en el espejo. Me enjuago la cara. Manu… Mis pupilas se reflejan en el
cristal y en ellas, que son de vidrio, se refleja el propio cristal y me parece
que aún sigo colocado.
No tengo camisas
blancas, me visto con un polo gris. La corbata negra de cuando acabé el
instituto no aparece por ningún cajón y no sé si abrocharme todos los botones
del cuello o dejar un par de ojales desnudos. Tengo unos vaqueros sucios que
pasan por negros y una chaqueta oscura que pinta como nueva. Los calcetines son
blancos y tienen tomates, pero eso con las zapatillas puestas no se nota y ya
estoy listo.
Estoy en el
autobús. No hace calor, pero mi espalda suda como una cascada de residuos y una
señora me escudriña de reojo con cara de estar oliendo mi alma perturbada y no
gustarle nada. A propósito de estos pensamientos, se produjeron una serie de
movimientos peristálticos en mis tripas que literalmente me tocaron en la punta
del agujero desde dentro y yo di un respingo metiendo aire. Un sudor frío que
apestaba a muscimol me recorrió la frente y lamenté no haber ejecutado un
desahucio intestinal antes de salir de casa. Rayos.
Próxima
estación: San Lundo. Pulso el botón. Clic.
César espera
en la puerta fumando yerba. Me ofrece unas caladas. Nos damos un abrazo. Yo le
pregunto por el baño y él me dice que aguante, que el acto va a empezar. Yo
digo: ¿Acto? Y él abre la puerta y me acompaña dentro.
Estamos en un
mausoleo iluminado por antorchas. Ada llora mientras deja un ramo de
mandrágoras a los pies de Manu, que está en un sarcófago como el de Tutankamón,
de oro de imitación y ornamentos de sucedáneo de turquesa. Alicia ocupa un
asiento, se ve con mejor aspecto que yo, aunque sus ojos están tristes y
ausentes; así también es preciosa. Mafalda se mira las palmas de las manos
sentada más allá y, al otro lado, Wanda piensa o dormita con solemne templanza.
Mis tripas musitan algo.
Tirito. Me
enfado con mis entrañas por no dejarme llorar a mi amigo. Me siento junto a
César en un banco con el culo apretado. Nadie habla. El sarcófago seudoegipcio
ocupa el centro de gravedad de la cripta y a mí me repta un escalofrío por el
espinazo. Se me escapa un pedo, a Melvin se le levantan las orejas como a un
zorro acechando un conejo. Se revuelve en su asiento, olfateando. Buscando al
culpable, tal vez dudando de su propia inocencia. Pronto sólo quedó el aroma de
la brea quemada en las antorchas y no hubo más pesquisas. Sollozos pasajeros.
Nadie habla. Nadie habla y me duele la barriga.
Estoy sentado.
Sigo sentado. Un tipo vestido de Elvis oficia el funeral. No entiendo una
palabra. Hay una culebra en mi vientre que se revuelve. Edgar sale a
continuación y recita de un papel arrugado unos versos negros como el envés de
los párpados, para terminar con una desquiciada palabrería que me trajo a la
mente al monstruo de Frankenstein. Sudo. Sigo sudando. Mi tez es como musgo
fresco en la mañana o un filete en la nevera. Tirito. Mi esfínter está tocando
a la puerta de atrás con un ariete de barro blando y con este silencio tan alto
no me oigo ni pensar.
Eco canta
ahora. El gran concierto en el cielo, de los Pink Floyd. Mi cabeza se obnubila
y la anguila comienza a oscilar y se desliza a escondidas de mi retina
distraída y me pringa. Se siente húmedo y cálido ahí abajo y ni me atrevo a
moverme. Catástrofe. Busco un agujero. Que se abra el cielo. Que Tutatis nos
aplaste sin miramientos. Que desaparezca, por favor, esta pasta diarreica de mi
pantalón.
Melvin se
agita de nuevo. Yo miro mi regazo y aprieto los dientes para teletransportarme.
Kenzo susurra a Néstor que ya empieza a oler a muerto y yo apenas consigo
aguantarme una carcajada histérica que brotó de mi glándula pineal en forma de
llanto.
Estoy llorando
ahora. Todos lloran conmigo. Mis calzoncillos empapados y además me falta un
amigo. Todos lloran. Siguen llorando.
Aprovecho el
diluvio para encaramarme a una góndola y, remando con las manos, me escabullo
sin despedirme y dejando tras de mí el nauseabundo aliento de mi alma
perturbada. Huir. ¿Dónde huir, si está todo ya ocupado? Escapar. Desvanecerse
en un desván. Huir. Tratar de. Escapar.
31.1.15
Un toroide torcido.
—Lo que vengo a decir —dijo finalmente César tras una dilatada
perorata cuyo origen hacía rato que ambos habíamos olvidado—, es que es
imposible hallar una sola prueba que refute que nuestra memoria es fiable en el
más mínimo de los casos. No importa que tengas en casa un puñado de cintas VHS en las que salgas practicando
windsurf en las playas del wild sur,
eso no demuestra nada.
—¿Sigues empecinado en eso de las granjas de humanos y en
todo ese rollo de que vivimos en Matrix,
eh?
—No se trata de que yo me empecine o no. En serio, tío, no
hay más que abrir los ojos un poco más y en seguida te das cuenta de que todo
es absurdo hasta tal punto que sería de locos creerse que de verdad esto es la
realidad.
—Bueno, hay quien dice que estamos tan acostumbrados a
buscarle la lógica a todo que no es difícil que uno termine por volverse un
chiflado. Al final, lo que tú mismo estás haciendo es dar una explicación
lógica a todo esto, en vez de asumir que realmente todo es un absurdo así de
grande y que más vale pasárselo por lo menos bien y no dejar que tanta paranoia
te ablande el seso.
—Ya… tú piensa en lo que te he dicho, ya verás como al menos
un par de veces al día descubres fallos de programación.
—Lo que tú digas. ¿Mañana a la misma hora?
—No, tío; mañana no puedo. ¿Te parece mejor mañana?
—Perfecto.
—Muy bien, pues mañana nos vemos entonces.
—¡Hasta luego!
—Cuídate, Juan.
Pagué el café
y me puse la bufanda para combatir los flemáticos soplos que Céfiro ha tomado por costumbre exhalar en esta época
del año. Anduve las nueve cuadras que separan el San Adolfo de mi pieza sin
pensar en gran cosa cuando me encontré con mi viejo amigo Julio, cronopio
desquiciado como los que ya no abundan, con un aspecto considerablemente más
desaliñado que el habitual y con las córneas más bien inquietas en sus cuencas
demostrando claros signos de nerviosismo.
—¡Coño, Juan, qué alegría verte, justo a ti te estaba
buscando! —me saludó con los brazos extendidos, mostrando sin querer un pronunciado
desgarrón en la axila de su trasnochada chaqueta de lana.
—¡Julio, cuánto tiempo! —exclamé yo— ¿Cómo te trata la vida?
—Bien, bien, pero eso no importa. Verás, esta noche he
tenido un sueño increíble y, según me levanté de la cama, sentí que tenía que
contártelo precisamente a ti. Me calcé a toda prisa y vine lo antes que pude.
—Pero si ya pasan de las cuatro de la tarde.
—Ya. ¿Quieres que te cuente el sueño o no?
—Hombre, la verdad es que ahora me pillas un poco liado.
—Vale. Pues bien: Estaba yo en un columpio, quiero decir en
mi sueño. No sé muy bien si estaba sentado o de pie, ya sabes cómo me gusta a
mi ponerme de pie en los columpios, pero seguro que me estaba balanceando. Los
arcos que iba dibujando eran amplios, amplios, amplios, pero todo esto muy
despacio, muy despacio. Tan despacio que más bien parecían diapositivas
desperdigadas en mi retina, que entonces no estaba en mi ojo, sino en mi coco,
y daba la sensación de que cada segundo era independiente de los demás
segundos, que no tenían nada que ver entre sí. A todo esto debería añadir que
yo no sueño nunca, o que nunca recuerdo lo que pasa cuando estoy dormido. Y
nada, luego pasaban unas cuantas cosas, pero no sé explicarlas, y al final veía
a un tipo raro, con barba descuidada y un vaso de moscatel junto al cenicero, haciendo
tamborilear sus dedos sobre un teclado mientras en una pantalla se iba
redactando todo lo que pasaba. Quiero decir todo lo que nos pasa a ti, a mí, a
todos. Como si ese hombrecillo fuera Dios, o un secretario suyo, y en esa
página de ordenador fuera escribiendo nuestras vidas y destinos. Me di cuenta
entonces de que el mundo, lo que conocemos, no es más que una novela o tal vez
un relato corto o un poema. Y de que nosotros somos los personajes.
—¿En serio? —respondí yo— ¿Y por qué te dio por venir a
contármelo precisamente a mi?
—Pues porque a raíz de este secreto que he descubierto he
estado analizando mi vida de cabo a rabo y me he dado cuenta de que nunca me ha
pasado nada. Al menos nada que uno escribiría en un libro. Así que he supuesto
que no soy más que un personaje secundario, tal vez un extra. Pensé que, si
existo, es porque ahora mismo alguien está leyendo este texto y que el
protagonista de la historia sería sin duda alguien a quien yo conozco, pues en
caso contrario ni siquiera existiría.
—Y ese protagonista debo de ser yo.
—No se me ocurrió
nadie más. Mírate, tan entero y definido. Tú, Juan, eres uno. Yo no soy más que
otro del montón.
—Tampoco te menosprecies, eres de las personas más curiosas
que conozco. ¿No te apetece subir a casa a tomar algo de vino? Aún me queda una
garrafa de cuando nos emborrachábamos en el Sándwich Eléctrico, antes de que se
matara Manu con aquella piel de plátano.
—Claro, ¿por qué no?
Preparé un par
de vasos y un cuenco de anacardos para mascar y debatimos largo rato las
cualidades del universo según las premisas marcadas por el sueño de Julio.
Determinamos que tanto nuestra memoria pasada como nuestro futuro estaban ya
escritos, y esto me devolvió a la conversación con César, aunque vista desde
otro prisma un tanto más caleidoscópico. Nos enojamos al descubrir que nuestras
vidas no eran más que un par de líneas perdidas como náufragos en un océano de
párrafos, que todos nuestros sueños y aspiraciones eran simples acotaciones estilísticas en el típico
capítulo de relleno que no aporta nada. Nos preguntamos por la calidad del
libro al que sin desearlo pertenecíamos, por cómo sería ese escritor y por qué
nos había creado si no pensaba otorgarnos un minuto de gloria en el que nuestra
mera existencia cobrara sentido.
—¿Sabes lo que creo? —dijo Julio mientras se llenaba la boca
de frutos secos— Que si yo he tenido este sueño y estamos teniendo esta
conversación es porque tal vez haya un fragmento en el que nosotros mismos
seamos los protagonistas y se narra justamente lo que nos está pasando ahora
mismo. No sé si esto está sucediendo porque está siendo escrito en este momento
o un cualquiera lo está leyendo. En ese caso, si varias personas lo leen al
mismo tiempo, estaríamos siendo duplicados con nimias variaciones y entonces no
somos realmente personajes de un libro, sino proyecciones de ese mismo libro en
la mente de un lector más o menos disparatado. ¿Te das cuenta del lío en el que
nos hemos metido?
—En que nos has metido —apuntillé yo.
—Sí. ¿Y si es un libro de mierda de un escritorzuelo de
pacotilla? ¿Qué me dices? Joder, Juan, estoy que no me lo saco de la cabeza. ¿Y
si se trata de una novela policíaca y tú o yo o los dos somos víctimas de un
asesinato? ¿Y si esto que vivimos no es más que el trasfondo de un prólogo
aburrido que introduzca un contexto en el que realmente no ocurre nada? No sé
si voy a ser capaz de dormir una noche más con todo este bullicio entre mis
sienes. Y es que lo pienso y me doy cuenta de que, si todo esto es ciertamente
un cuento, ni siquiera puedo decir que éstas de aquí sean mis sienes. ¿Qué
tengo entonces? ¿Quién soy? ¿Qué?
La pieza se
había sumergido en una palpable penumbra y encendí una lámpara para remediarlo.
El vino se había terminado hacía rato y, siendo domingo, no tenía solución para
aquello. Mientras tanto, Julio seguía dándole la vuelta al mundo montado a
lomos de sus propias cavilaciones.
—Si hasta se me quitan las ganas de seguir hablando
—masculló—, pues no voy a decir nada que ese cabrón no haya escrito ya. Y
encima el tío se lo tiene que estar pasando de puta madre escribiendo cómo me
vuelvo loco.
—¿No habíamos quedado en que si estamos vivos ahora es
porque alguien está leyendo el texto?
—No, Juan, eso era un supuesto, que no me escuchas.
—Entonces estamos siendo escritos ahora mismo.
—Exacto.
—Pues entonces es bien fácil, sólo tenemos que hacer algo
que el escritor no se espere o no sea capaz de imaginar para salirnos del
relato.
En ese
instante, con sendas pupilas rebosantes de un misterioso fuego fatuo, Julio se
levantó de súbito y se arrojó por la ventana abierta sin mediar palabra.
—¿Qué haces? —le dije, asomándome por la misma.
—Lo que tú has dicho. Imaginé que no me pasaría nada si me tiraba
por la ventana sin que estuviera previsto.
—Pues claro que no te ha pasado nada, ¡estamos en un bajo!
—Eso puede significar que el escritor ya planeaba
defenestrarme por algún sitio resultando yo ileso como un superhéroe.
—Yo creo que lo que significa es que estás rematadamente
loco y que no tienes remedio.
—Piensa lo que quieras, yo sé la verdad.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué te sirve?
—Pues… —empezó a decir mientras se frotaba una rodilla que
se había raspado por la caída— Pues para que el autor bastardo se dé cuenta de
que yo también existo, que estoy aquí y que no pienso ser un figurante más en
su circo de sílabas.
—Entonces prueba otra cosa, porque me da a mí que esto no ha
funcionado.
Julio se quedó
dubitativo, y le ayudé a volver al piso con cierto esfuerzo. Tenía los pantalones
manchados de polvo y verlo así me inspiró lástima. Le recomendé que se diera
una ducha y que comiera algo, que se tomara una siesta y que ya vería las cosas
de otro modo al despertar. Que en cualquiera de los casos el asunto, digo el
mundo, es así, es lo que hay y no hay más. Que nos parece raro todo porque lo
único que no cambia es el perpetuo cambio al que estamos sometidos. Que cuando
nos sentimos raros nosotros mismos es porque no estamos del todo sincronizados
con nuestro alrededor y que en esos casos prácticamente lo único que uno puede
hacer es esperar un rato y a ver qué pasa.
Se fue
cabizbajo, con la cabeza hecha un trompo a punto de desequilibrarse pero con cierta
inercia aún. Julio era real en ese momento. Real de veras. Y yo también me sentí
real entonces y fue como verse a uno mismo en un espejo inmaculado y además
dentro del propio ojo y… no sé, es una sensación extraña harto difícil de
explicar.
Volví a mi
escritorio y no podía concentrarme. Todo se había transfigurado en un revoltijo
de impulsos eléctricos entre axones y dendritas. Me vi fuera de mí, pero
consciente aun así de la sinergia por la que se van definiendo los
acontecimientos que uno digiere día a día. La sincronía de ciertos instantes.
Lo azaroso del devenir del tiempo.
Me llegué a la
tienda y compré una botella de moscatel para acompañar los cigarrillos. Iba
atrasado en la crónica sobre el Derby de Sherry que tenía que escribir pero,
aun así, me permití el lujo de garabatear unas cuantas páginas para mí mismo.
Unas cuantas páginas acerca del viejo lunático que para mí es Julio. Sabiendo
que nunca le confesaría que ese tarado que se dedicaba a jugar a ser dios
decretando actos y destinos, pensamientos y decires, sentimientos y pasiones,
triunfos y tragedias… era yo sin darme cuenta.
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
por
'P. Lavilha
0
comentarios
Etiquetas:
anacardos,
café,
destino,
escribir,
escritor,
filosofía barata,
Juan,
memoria,
ojos,
realidad,
relato corto,
Sándwich eléctrico,
sueños,
The Matrix,
ventanas,
vida,
vino
25.1.15
Un grillo en las bisagras.
Los cristales de las ventanas están sucios de polvo y marcas
de dedos. No creo ser el primero que se percata, pero me pareció importante apuntarlo. La esquina del techo que señala hacia el norte luce una telaraña
desahuciada, de esto me di cuenta cuando una mosca o una suerte de insecto
molesto revoloteó a mi alrededor y yo sacudí una mano frente a mi cara con un
aspaviento para zafarme.
Es pronto aún, y no hay nadie tras la barra. Aún así, a
menudo vengo aquí cuando todos duermen para decir las cosas que nunca digo o
para sencillamente sentarme en un rincón a pensar las cosas que siempre pienso
con la pupila perdida en algún punto que se me haya quedado apolillado entre
los pliegues.
Esta vez me senté junto a la ventana. Se ve opaca por la porquería
y apenas adivino mi reflejo. Ante mí sujeto un vaso de vidrio desgastado por el
uso, donde aprovecho para escupir de vez en cuando. Parece que nieva ahí fuera
pero seguro que sólo es de noche. Por lo demás, todos duermen.
Se oye un crujido entonces y yo me incorporo de pronto. ¿He
sido yo? ¿O lo he soñado? ¿Estaba durmiendo? Juraría que estaba dudando. No
contentos con llevárselo casi todo, lo que dejan lo cambian de sitio; y así no
hay quien cierre un párpado, maldita sea.
¡Otra vez! Deben de ser las humedades. Sucede continuamente
con edificios como éste, que te descuidas y en seguida está todo lleno de moho
hasta los cimientos y con un estornudo se viene todo abajo en un santiamén.
Encima, con todas esas capas de pintura científica anunciada en televisión que
ponen últimamente por todos lados, uno no es capaz de averiguar por dónde diantres
van a salir y te quedas como un tonto palpando como un ciego cada ángulo y cada
palmo.
Sospecho que se trata de un insólito híbrido entre duende
casero común y un espíritu de los candados; con un solo ojo entre las orejas puntiagudas
y un agujero purulento en su mano izquierda que relame todo el rato para
impedir que coagule y cicatrice. Claro que esto es algo que digo ahora, cuando
no hay nadie. Supongo que por tranquilizarme.
Porque imaginándomelo así me creo que no puede tocarme.
Pero no es el daño que pueda hacerme lo que temo. Es su
presencia. Me atormenta entre las horas y,
cuando estoy haciendo algo y me distraigo un solo instante, cambia de
escondrijo como un relámpago; y esto apenas se ve por el rabillo del ojo pero
te deja en el cuerpo una sensación de como cuando te encuentras un botón perdido,
tirado en medio de la calle, y al cogerlo te das cuenta de que no era más que
una triste moneda.
Oigo pasos en la planta de arriba, y yo sigo mirando la
mugre en la ventana. Afuera debe de estar todo lo demás, pero desde aquí apenas
lo distingo. Todo está oscuro, pues otra vez olvidé encender las luces y ya me
encuentro demasiado sentado como para levantarme. Allá, tras el cristal, uno se
puede imaginar que está amaneciendo, o que lo hará pronto. Sin embargo es un
fantasma, en el viejo faro, el que centellea mudo bajo las nubes.
Escupo otra vez en el vaso y busco en vano a la araña. Se
habrá agazapado tras un marco, acurrucada. Tejiendo tejiendo la mortaja de todo
aquello que elucubro como un tapiz de lo quimérico. Deshilándome con paciencia
en mi propia vida ajena y colmando mis ojos hinchados de otros ojos que no son
mis ojos y que nunca serán mis ojos y con los que nunca me veré.
Nadie ha bajado aún, así que miro el reloj, pero no
funciona. De todas formas, cuando alguien llegue, yo ya estaré bien cansado y
no querré hablar de nada, nada, nada, y seguiré escrutando la ventana sucia hasta que me
entre el sueño y vea otra cosa.
Por aquí hay un sótano singular, digno de mención. Pues es
en este sótano donde se amontonan todas las cosas que uno va perdiendo y por eso
nadie quiere hablar de él, porque le recuerda a uno cada palabra que no ha
sabido decir, cada beso que no ha sabido dar. Es un cuarto lleno de fantasmas,
algo habitual en construcciones como ésta.
Supongo que ahora yo soy un fantasma también. Mirando esta
ventana sucia. Que no soy mucho más que el polvo que se acumula. Que todos esos
ruidos los hago yo mismo, sonriéndole a mis sollozos baldíos, desgajado como un
trozo de madera con tanto silencio.
Entonces volvió el insecto y, con él, mi resquebrajado aroma se tornó
soplo de aire y lo aparté de un manotazo como hago siempre que me doy cuenta de
algo y esparcí el polvo del cristal hacia los bordes y miré hacia arriba, al
óculo de la pecera, y después abajo, donde se posa la tierra; y me vi de nuevo,
como tantas veces, dormido entre los juncos. Con una escafandra reluciente,
pasada de moda y joroschó. Lubilubando
feliz con una farsa de sonrisa andrógina y pupilas brillantes. Respirando a través del cariño de lo ficticio
y lo meramente grato y sosegado.
Mas, otra vez, fue el viejo engaño, al que uno nunca llega a
acostumbrarse del todo. Un pellizco más de polvo para las ventanas que tiña el
sol naciente de cada página con una pizca más de aislamiento y ostracismo.
Todos se fueron y no me di cuenta. No oí nada. El último en
salir dejó la puerta abierta oscilando indecisa sobre sus goznes y chirría como
una cigarra. Tal vez debería cerrarla y quedarme dentro, pero a ver si se han
ido sin llaves. Quizá lo mejor sea dejarla abierta. Quizá, lo mejor, sea
tirarme fuera.
8.1.15
Un ombligo bíblico.
Convenimos
lo siguiente: El primero que calzara con calcetines los colmillos de una morsa,
se llevaría como premio este pequeño altavoz. Una serpentina de diamantes se
derramaba por el sofá y me detuve en una sillita de playa a la vera de la
tortuga y con vistas a un marco en blanco que, de hecho, no era más que un
rectángulo de madera. Los elefantes patinaban en círculos por el respaldo del
sofá y aquello parecía una cascada oceánica entre sendos glaciares como
cojines. Yo no hice gran cosa entonces. Tampoco había tocado los bombones de
crocanti desde hacía rato; si acaso libaba birra y leía láminas a la luz
liviana de los eslabones que en el fondo eran bombillas. El reloj se derritió
como en aquella postal y tampoco hice nada al respecto. Como mucho intentar
acomodarme en esta sillita que me está destrozando la espalda.
La
travesía duró al menos un buen rato. Naufragamos un Cadillac del siglo catorce
en medio del desierto del Gobi y eso nos palpitó en la cebolla; pero yo
rebusqué en mi bolsillo y encontré un nimbo aterciopelado y cubierto de
pelusilla del ombligo, y el otro setenta por ciento era agua como yo, y como
cualquier otro mono. No encontramos morsas por ahí; si acaso algún que otro
ñandú turista y montones, montones de tierra. El cielo se curvó entonces, y nos
quedamos panza arriba y, con los pies descalzos, nos soñamos dormidos y
buceamos en una sustancia que era yo qué sé qué y amanecimos en un café de
Luanda o Liubliana o tal vez era una pescadería, y decidimos hacer las paces
entre los peces y seguir buscando por otro lado.
Pero
buscar qué. Lo habíamos olvidado. Hacía frío entonces como cuando te comes un
caramelo de menta con cualquiera de los polos en mente, y fingimos que la
realidad no nos mentía demasiado.
¿Sabes?
Me tomaré ese café. El azucarero estaba medio lleno de rubíes y zafiros, pero
me serví un par de cucharadas de todos modos. Justo delante un tipo
despotricaba contra las estelas químicas mientras solicitaba fuego para
encenderse un cigarrillo haciendo un gesto con los pulgares. Lo llaman
geografía de los estados del pensamiento y está repleta de curvas y bahías.
Pero yo de eso no sé un pimiento apenas.
Alguien
gritó «¡El techo es lava!» y los muebles se dieron la vuelta y se colgaron del
tejado y, así, no supe si era yo el que estaba del revés. Y volvimos a fingir que
la vida no nos engaña. Y por los pasillos alguien había escrito que hasta donde
la ciencia conoce no es posible imaginar. Y la tinta del rotulador iba
conformando surcos oblicuos como un ombligo bíblico por título.
Acordamos
no mencionar nada al respecto y nos intercambiamos los sombreros para sellar el
trato. A mí algo me chorreó por el hombro de la camisa, pero hice como que no
me había dado cuenta y avanzamos a la siguiente casilla. Un hombrecillo que se
había perdido por ahí me dio un dado en blanco y un dardo y una diana; y yo
agarré todo con un brazo y con el otro una liana y salté por la ventana hacia
la que había al otro lado.
Jugamos
un rato a que las cosas empezaban por el final y terminaban por el principio y
acabamos por cansarnos de no saber decidirnos. Después jugamos a no hacer nada
y más tarde a perder el tiempo. Al final se hizo de noche y después de día como al principio.
| Diego Rivera |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








