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28.5.16

interludio a la siesta de pam.

abrí la puerta sin llamar y dejé la mochila junto a la silla de gigante donde fui a sentarme. me gusta esa silla porque no levanta dos palmos del suelo, y uno se siente enorme y formidable cuando se sienta en ella. pero ser más grande no es tan cómodo. yo es que soy curioso ¿no ves que me divierte? me enredé en el tubo vuelta y media y, en un santiamén, yacía tumbado en la cápsula sintética y, desde ahí, pues eso, el plástico y las nubes. pasó una con forma de cirro, sendos estratos sobre el zócalo. un cúmulo que parece un cúmulo, y una tormenta, como esa tormenta bajo tus ojos. abro una página al azar y leo: abro una página. la luna tiritó en su clinamen y me salieron raíces por entre las escápulas. sabe a arena, le diego, sabe a mierdra de mayo y el matojo por los sobacos. sabe a meselo, digo digo; y huele a que me va a doler de nuevo cuando me despierte. fruncí los trastes, esto es, para distraerme. baobab bob junto al farol bob bob y mi garganta gob glob mientras un quelonio hace chum chum y el cinocéfalo hace ha-ha y le gruñe a bob, y le ladra a chum, y le muerde a bang-bang! (es todo un espectáculo). dijo un tal (y tal, tal es) que mi sombra me perseguiría, siempre y cuando hubiera luz. así que me hice fósforo. y me encendí. y ya no sé qué fue después. abrí otro párpado y me escoció la primavera. los ojos como amapolas. sucedió un día tembloroso, agrietado, arrancando el techo a jirones. ocurrió de manera tan sutil que apenas lo percibí hasta ahora; recién lo escribí. y desde entonces visto las alegres ojeras del que sueña despierto, del que se da por dormido. estiré las piernas y agarré una rama, no muy alta, lo suficiente; y ya ves tú cómo me balanceo, que se me olvida qué hora es. hoy no puedo escribir los versos más alegres, ni retratarte lo abrasadora que es mi lámpara bajo el estático techo, tácito y sempiterno. nunca la quise, ella nunca me quiso. siento que la tengo. pienso que la he perdido. no son los versos más alegres, pero son los primeros que le escribo. busca una constelación con el dedo y ponle el nombre que te apetezca. palpa los muros; son pulpas. lo mono camina del revés; lo que viene nos llega por la nuca. lo que está, lo tenemos en los pies. lo que no está, no estará nunca. serví chai con moloco y piteamos en silencio y videamos las estrellas como quien lee en lengua ajena y se da por enterado. yo no sé. ni vacío, ni enterrado. soy un qué. partido entre el qué de acá y el qué que va a sentarse en la silla de gigante. mirando, desde una cofa alejada e imaginaria, los pliegues de sus dunas, cada recodo, cada duda. sorbí el chai (que me quemé) y volví a empezar. cada recodo, cada duna, cada sílaba de su saliva. el tintineo de las chaschas, el gorjeo de las golondrinas y todas esas pequeñas notas silenciosas que componen la sinfonía de lo absoluto con la última hora de la tarde. entonces recojo la mochila y, ya de pie, me vuelvo a hacer pequeño entre los resquicios. trepo montes y adoquines y cierro la puerta que cierra otro párpado que cierra la noche por la ventana.  

Picasso

25.1.14

Baladí de Giuseppe Giovalperdi.

Giuseppe Giovalperdi no era un actor cualquiera, o visto de otro modo tal vez era como todos los demás; Giuseppe soñaba con interpretar a los grandes personajes, pero siempre le tocaba hacer el papel de arbusto.

Giovalperdi veía todas esas caras en penumbra desde el fondo del escenario, esas sonrisas, esas lágrimas… pero él no era más que una planta con un disfraz de actor, no era más que un espectador de espectadores.

Caminaba cabizbajo Giuseppe Giovalperdi por la rúa, royendo cada paso con las manos en los bolsillos, cuando pateó una lata aplastada que se amasaba contra el suelo. Así fue como Giuseppe empezó a trabajar en el Circo.

Salvo por el pestazo a cacahuete y el dormir en un lecho de paja, Giuseppe nunca había sido tan feliz. Bajo los funambulistas flotando en aristas y los malabares haciendo que todo oscilase y diese vueltas, bestias y volteretas, llamaradas y flores que escupen agua, un oso, palomitas…

Seguramente a nadie le suene el nombre de Giovalperdi, pues ciertamente no hizo nada de lo que se dice importante o trascendente. Canturreaba a los asistentes la cifra de su asiento mientras rasgaba con un ágil movimiento de muñeca practicado una esquina de cada entrada y sonreía con sus labios maquillados.


A Giuseppe Giovalperdi, como tantos otros antes y tantos más después, le pesaba el mundo. No es que lo odiara, ni mucho menos. Todo lo contrario. A veces se hace raro el existir; no es más que eso. Y Giuseppe sólo quería soñar, lo que nos pasa a todos.  

Pablo Picasso.

6.5.12

Bobby "Blue".


Sé que es muy tarde ahora, que tras la llama y su exhalar sólo quedará ceniza. Sé que sólo en la distancia encuentro las miradas que se van y yo aquí sentado en una esquina esperando y no sé a qué.

Los grandes enamorados al final gritan en sus camas por no saber no estar solos. Y aquel ruido blanco.

Una taza con café reseco en el fondo, eso queda. Los pegajosos posos de una ventana inclinada calentada por el sol de un día ocioso.

Papiroflexia con mis poemas entre sus dedos. Mi cabeza se aleja aunque la intente atar arañando mis costillas y olvidando los aplausos. El que sigue aquí en mi frente es el culo de Picasso y el que quiere ser un sucio Hank en un palacio borracho de sexo. Y la resaca con las sábanas empapadas en sudor y ginebra de la Victoria. Hojas secas. Tatuaré mi piel con cada palabra que escribo en vano. Me cortaré las uñas y afeitaré mis barbas y seguiré pareciéndome al tío del espejo.

No tengo una azotea en lo más alto de la ciudad nocturna ni estrellas que regalarte. No tengo sitio al que ir. No tengo sitio al que llevarte. Quizás sólo este estribillo y la verde alfombra. Ya sabes cómo somos, sólo sabemos cantarle a nuestras guitarras así que perdóname.

Tomos de Freud en su bolso y no consigo soñar nada. Y me despierto. La música de piedras corriendo ladera abajo. Y el olor de la vereda. Y lo a gusto que entre ensoñaciones descanso en el suave vergel para huir corriendo por si alguien me ve. Es tarde ya, pero procuro mantener la luz encendida. Mis manos no están gastadas aún pero ya han sabido hacer daño sin querer. También al corazón que les da de beber. No dejes de usarnos, me dicen cuando dudo, pero saben que no podría. Prestad atención, digo yo entonces, no me falléis vosotras, o tendré que escupir sobre mi muro por ser de nada y no como yo pensaba. Ahora, cierra la puerta, te hago un sitio, ven, mejor mira las paredes, haz como que no estoy, guarda silencio, déjame que piense… así esta no será mi última línea.

14.12.09

En ese cuadro no hay nada.

Y Picasso respondió:
Yo no leo inglés, cuando cojo un libro en este idioma no entiendo nada, pero que yo no lo vea no significa que no esté ahí. La culpa no es del autor, es MÍA.

23.11.09

París, 1900.

Quién pudiera haber vivido esos años en París, que sustituía entonces a Roma como Capital del Arte y la Cultura en mayúsculas. Durante este año se celebraron dos acontecimientos internacionales, la Exposición Universal, para la que se construyó la famosa Torre Eiffel, entre abril y noviembre; y los Juegos Olímpicos, entre mayo y octubre.
Se puede decir que París se exibe al mundo, y el mundo se exibe en París.

Es en estos años cuando miles de jóvenes (y pobres) artistas se mudan a esta ciudad desde todos los rincones del mundo, concentrándose sobre todo en el barrio de Montmartre, icono de la revolución parisina durante la Comuna, donde se respiraba un ambiente bohemio. Este barrio será la cuna de corrientes artísticas como el Impresionismo o el Cubismo... la Vanguardia.

De este barrio se puede destacar un casi ruinoso edificio, llamado el Bateau-Lavoir, donde se reunían los artistas y compartían ideas... artistas como Picasso o Miró, de estos hablaré otro día.