Mostrando entradas con la etiqueta Estigia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estigia. Mostrar todas las entradas

13.5.13

Manuscrito en una maleta.


Un tigre saltando por el aro de fuego y más allá hay un elefante haciendo equilibrios a dos patas sobre una pelota gigante de goma. Un pirata bebe ron acostado en la hamaca que hay en la terraza de bambú, con vistas al puerto donde ahora mismo hay un galeón modernista con diez mil gárgolas sonrientes como salamandras por banda. La expansiva región se ve silenciosa ahora como la escarcha derritiéndose con quietud, y yo aquí tumbado panza arriba con esta vieja maleta de un tal Juan Guillamón que encontré entre los nenúfares y que está algo raída por dentro pero por fuera aún se la ve lustrosa a su manera. Las ocas patinan sobre el hielo con su elegante torpeza mientras una araña espera en su cristalina red tejiendo tejiendo la mortaja de seda para alguna mosquita con sombrero que vaya con prisa y distracción a la caca del mediodía. Hay una carta dentro de un buzón de ninguna parte, pero el barco de papel hecho de sobres y sellos y facturas hace tiempo que se deshizo con la laguna Estigia empapada de salitre y raspas de pescado. Escampó entonces, y las nubes cerraron un pacto secreto con el horizonte fundiéndose por un breve instante en un beso para desaparecer con los rayos de sol tiñendo sus esponjosas espaldas del color de las piritas. Puse un zapato mirando hacia el oeste, y en cuanto Apolo aparcó su carro por ahí detrás de la moneda, las polillas bíblicas se confundieron con las jumdirillas estrellas revolcándose entre las luces y yo bebí cerveza con el tumulto derretido y decidí que tal vez algún día debería cortarme el pelo para que no se me enredaran los gavilanes morochos. El aire azota mi cabezota rota que flota y rebota entre las notas y me digo: Has de ser siempre simple. Y lo escribo. Y abro otra lata. Otra lata. Y ya.  

28.4.11

Zombie.

Lentamente iban saliendo del agua a pasos renqueantes,  con sus carnes putrefactas y su verdosa piel pegada a los huesos. No se me ocurre por qué, pero mientras yo dormía ellos habían despertado. Levantándose de Estigia, caminaban hacia un calizo muro, tal vez de alguna fortificación antigua.

Mi atención se centró en dos de estos individuos, seguramente en vida habían sido apuestos y diferentes, pero ahora en la muerte no era capaz de diferenciar los rasgos de sus caras, con los ojos blanquecinos hundidos en rostros inexpresivos e inertes. Uno de ellos llevaba una especie de cachiporra en la mano, y azotaba con ella a todo aquel que estuviese a su alcance, incluso a su amigo.

Me di cuenta de que empezaban a conversar, no eran más que gruñidos y gemidos, pero por alguna extraña razón podía entender lo que decían.

-¿Cómo lo llevas?
-Bien, ya sabes, para estar muerto y eso...
-¿Y el Demonio?
-¿Demonio?
-Bueno, llevamos al Demonio en el cuerpo... de hecho, vamos a sacárnoslo.
-Pues yo no había notado nada...

Llegaron a la máquina quita-demonios, que no era más que una gran estaca de madera anclada en el suelo con un gran clavo a la altura de la cabeza. Los zombies se acercaban al clavo y, con un golpe seco, golpeaban su frente contra él para que se les incrustase en la testa. Están locos estos zombies, pensé, pero admiré eso de respetar la cola, y que todos ayudasen a retirar los cadáveres que se iban quedando colgados del clavo. Al fin y al cabo, no son mala gente, solo tipos feos con mal aliento.