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26.2.17

Ejercicios de Estilo: Notaciones.

En el Q, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años y sin agallas va pensando en peces. La gente alrededor está como ausente, sumergida en sus auriculares. Otro tipo, de tupido bigote, pliega entre sus dedos el boleto del ómnibus y se lo esconde en la manga. A continuación, estornuda estrepitosamente y un ojo se le sale de la cuenca. Después se arroja por la ventanilla de emergencia usando su cráneo para romper el cristal, en vez del martillo homologado.

                A unas trescientas catorce millas náuticas de allí, en el mismo instante de la eclosión, un anciano hierofante en la bañadera descubre que toda su vida se ha regido por suposiciones de terceros y se tira un prolongado pedo subacuático cuyas burbujas parecen exclamar «¡Eureka!» y entonces se desploma el edificio, dejando un cráter en el suelo y un montón de escombros.



4.4.13

Música de cañerías.


         Cuando era un niño solía pensar de debajo de la bañera vivía un gruñón. No es que se quejara o protestara por cualquier cosa, simplemente vivía ahí debajo, a su aire, y se molestaba cuando, después de mis batallas navales en miniatura y mi chapuzón diario, mi mamá quitaba el tapón y mi diminuto océano se derramaba por las cañerías y anegaba su ya de por sí húmeda guarida mientras él rugía entre gárgaras con enojo.

         Y ahora, que ya no hay beligerantes navíos ni inmersiones higiénicas, que solamente me quedo de pie bajo la tibia lluvia de la alcachofa, me doy cuenta de que echo de menos al empapado gruñón de debajo de la bañera que me daba tanto miedo. Incluso a veces me agacho y acerco el oído al desagüe hasta el yunque o casi el estribo para ver si oigo una respiración ronca o un pulso acuoso.

         Tal vez sólo sea que está de viaje, o que se haya acostumbrado ya a vivir calado hasta los huesos, pero de veras que me tiene preocupado.

29.10.12

El lado oscuro de los lunáticos.


         Desde hace ya algunos años me dejo arrastrar de vez en cuando por  desquiciadas aguas, esto es porque cuando tienes mucho tiempo libre siempre hay un poco que se te escapa, un pequeño retal —o tal vez no tan pequeño— que te apetece perder por ahí y que se quede empapado y sucio en un charco de una calle aleatoria. En cualquiera de esos charcos, siempre hay un puñado de lunáticos que han perdido sus retales.

         Matt Terrace vive en el caos del Hércules que cambia las armas por un balón de fútbol, en el charco lleno de hierba y en las barras de bar con una cerveza o una copa de whisky patrio oscilando en su mano como un centro de gravedad obtuso.

         El ajetreo de los borrachos del parchís sin anestesia me hace sangre y resaca y me olvido de las caras y no hay nada que quiera ser recordado porque su casa es el charco; y al final, mirando las figuras que se forman en la disipada espuma de la bañera —¡Eso parece un perro, eso un hombre con sombrero!—, el agua se enfría y yo me quedo dentro de mi culo triste.