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1.7.15

Recortes del Terraza.

Lo primero que pensamos al ver al Pony entrar sin zapatos fue qué coño habría hecho con ellos. —Se te ve muy ligero —dijo Pete, señalando los tobillos de éste con el dedo. —Sí, los zapatos, ya… —balbuceó el Pony mientras agarraba el whisky que le alcanzaba Teo— se los he vendido a un yonqui por un cartón de vino y tres cigarros; olvidé la cartera en casa, son cosas que pasan.

*   *   *

A la hora del cierre siempre hay un par que se quedan acá y acullá, desperdigados por la barra como las migas de otra, pero de pan, y sin olivo al que volver. Disimulan eructos con tos de pantomima y dan vueltas a sus vasos con los dedos esperando a que el hielo se derrita y les engañe la marea. Si acaso apartan los pies cuando pasa la escoba, incluso puede que se vayan pasado un rato. Pero siguen ahí siempre, junto al grifo, y esas gargantas no descansan.

*   *   *

—Yo estoy, por ejemplo, que no aguanto —mencionó—. Es un sinvivir, un tormento. Los días se me deslizan con el desasosiego del que no quiere ni mirar y sólo me sale quejarme. La culpa siempre es de los demás y en cuanto me paro un poco veo que tal vez, quizá, sea un poco mía y si me detengo del todo ya no puedo evitar culparme a mí, que no he hecho nada, y justo de eso se trata y al final, mira, no sé. Es como cuando… yo qué sé.

*   *   *

Melvin alcanzó el lavabo y cerró el pestillo soltando un resoplido. Casa, aquí nadie te mira. Se sentó sobre la taza sin mirar si estaba mojada y se apoyó de costado contra la pared con las pupilas perdidas en sí mismas. De fondo se percibía la música de las cañerías y el bullicio del bar en la sala contigua. Alguien meaba en el váter de al lado y otro más allá perdía la dignidad por la boca en el siguiente. Verás cómo vuelvo yo ahora, si no es haciendo zigzag por las esquinas y con la baba derretida en las mejillas. Verás cómo me encuentro justo con sus ojos y se me desconcha el yo al verme visto por ella. Verás cómo me olvido de todo y mañana me sonrío y me engaño y no me entero.

*   *   *

—Lo triste, después de todo —dijo con la voz rota, casi en un susurro— es que ni siquiera me acuerdo de la última vez que nos vimos, qué le dije, o cómo llevaba el pelo. No recuerdo si era de día o de noche ni si me importaba de algún modo. Ya sólo me acuerdo de mí tratando de recordarla y eso me pesa en los párpados y entonces me entra el sueño y me duermo y después nada, no los tengo.

*   *   *

Los martes y los jueves, cuando nos pilla entre semana, sacamos los trastes a pasear y las bolsas de plástico del chino repican como las campanas de San Miguel y el aire caliente del subterráneo nos embota el coco y háztelo tú, que yo tengo las manos sudadas.

*   *   *

Por detrás, bien al fondo, una oruga sin narguile hacía oes con un canuto y mascullaba entre sendas tenazas que no hay más fraude que uno mismo, cuando se sienta frente al espejo. Después el humo. Y se desvanece.

Ralph Steadman

14.5.15

Trilogía de la caca (II).

         Me até la uña en cabestrillo y me acerqué a la tasca para charlar con Policarpo el fructífero bajo las torres del momento. De camino miré a los viejos mirando los escaparates de los gimnasios donde muñecos hinchables vibraban con los electrodos aplicados en sus culos y sudaban sus sobacos, el polen me hizo estornudar y los ojos se me enrojecieron; y para cuando conseguí llegar al Diapasón, los mocos me colgaban de la barbilla y sorbía como un tapir rozando el vómito. —No quiero esta noche la botella blanca —balbucí al entrar—, dadme la botella negra de la ceguera—. Poli descorchó un litro del desasosiego y colmó dos vasos sobre la barra. A mi lado dormitaba un anciano llamado O’Mbl que además tenía la barba sucia de vino, y en la única mesa dos carcamales se repartían las fichas del dominó con palillos entre los dientes.

         —Si vieras a mi sobrino —decía uno de ellos—, el muy inútil… El otro día vino a casa mi hermana a traerme la comida, ya sabes, y me cuenta que su hijo, Marco, siempre va con la paranoia de que se ha cagado encima, o que no se ha limpiado bien el culo y lleva todo lleno de mierda. El tío viaja en el metro con la angustia de que la gente puede oler la peste y que saben que es él el que la lleva encima. Y siempre va pálido por ahí y con el viejo sudor frío por la espalda.
         —¡Qué me dices! —dice el otro.
         —Te lo digo. Y resulta que hacía tiempo que había olvidado ese asunto y solía ir más relajado cuando, la otra noche, sentado esperando el bus, sintió cómo una gota de meado serpenteaba por su uretra y se asomaba por el orificio. Se encogió de súbito, así, apretando los muslos, preguntándose de dónde carajo habría salido aquella gota, si no tenía ganas de mear. Miró alrededor, buscando sin éxito algo que le distrajera y le hiciera olvidar el dorado torrente que amenazaba con empapar su dignidad, ahogándole en la más profunda de las vergüenzas: Mearse encima.
         —Estás hecho todo un poeta.
         —Son estos tragos, que me divierten. En fin, llega el autobús, Marco se sube, y enseguida percibe las miradas clavándosele por los costados; vuelven los sudores, se pone a temblar. Lanza furtivos vistazos a las perneras de sus pantalones para cerciorarse de que no hay un charco bajo sus pies. No lo hay, y respira. Pero enseguida vuelve a mirar de reojo y palpa disimuladamente su pene intentando averiguar qué le está pasando.
         —¿Y qué le pasó al final?
         —A eso voy; el muy mamarracho se empieza a marear y se baja en la siguiente parada. Está como a tres cuartos de hora de su casa y a esas horas ya no tiene cómo regresar más que a pie. De repente, le da una punzada en el estómago que le llega hasta el ojete y salpica su calzoncillo con la pasta caliente y húmeda y se echa a llorar ahí mismo.
         —Joder, sólo faltaba que le lloviera.
         —También llovía. Y se había tumbado en un charco de meados.
         —¡Vaya nochecita!
         —Si yo te contara…

Roland Topor

7.3.15

El turista.

         Si alguien me preguntara por esos locos del sándwich eléctrico me haría el sueco un buen rato antes de confesar que sí que los conozco. Una noche salí a ver el partido con un amigo, hacía tiempo que no iba por ahí y al sentarme junto al grifo empecé a sentirme como un apócrifo ambulante y no moderé ni lo más mínimo el consumo. Seguro que hice el ridículo montones de veces, pero entonces no me importaba un carajo. Conocí conocí al amigo de un amigo y, cuando quise darme cuenta, alguien me había puesto un peta entre los labios y unas gafotas enormes con lentes verde pistacho. Estaba en un antro que debía de ser su club. Alguien disfrazado de gorila bailaba tango con una lámpara y otro tipo con los ojos inyectados en sangre y ampliados ridículamente tras unos cristales de culo de vaso vaciaba un frasco de paté en la pecera sucia y los muiles lo engullían todo en una orgía de escamas y aleteos. La música era un galimatías indescifrable que aun así tiraba de nosotros como si fuéramos marionetas arrítmicas a las que se le cae la baba por las comisuras de los labios. Alguien ha puesto azúcar en mi ginebra de la victoria y se sabe amarga. Hubo una sacudida sutil. Busqué caras conocidas. Aquello parecía un baile de máscaras de carne empapadas en sudor. Rostros ebrios. Contoneos embriagados. Me sentí extrañamente sumergido en una salsa. Los pavos arrastraban un barril sobre la alfombra y las pavas libaban tequila y limas apostadas en la barra de la esquina. Vi mis manos de reojo y no parecían las mismas. Se abrían latas con llaves, espuma por las camisas, el suelo una película pegajosa y fría. Un gordo se había quedado dormido en el sofá y el hombre simio saltaba sobre su barriga. Una tía maúlla en el rincón con los dorados rizos resbalándose por su espalda. Otra mastica un palo con los dientes y ni esta boca es mía. Me acerco a la nevera y busco una gaseosa. Otro tipo me rodea con un brazo, y echándome el humo en la cara, me recita en verso algo que no entiendo y me alcanza el vino tinto y nos ponemos a beber. A partir de entonces se diluyen los recuerdos, y se posan al fondo que es como un disco mojado que nunca se llega a colmar. Miradas derretidas. Olor a sal y alcohol. La constante sensación de estar bajo el vuelo de los cuervos negros. Hilaridad desencajada. Euforia embebida por la autodestrucción compartida. No me sentía feliz, me sentía liberado de todo. Gozando del terror de quien baila junto a un precipicio. Sin alas para volar, sabiendo que para caer no las necesito.

Ralph Steadman

31.1.15

Un toroide torcido.

—Lo que vengo a decir —dijo finalmente César tras una dilatada perorata cuyo origen hacía rato que ambos habíamos olvidado—, es que es imposible hallar una sola prueba que refute que nuestra memoria es fiable en el más mínimo de los casos. No importa que tengas en casa un puñado de  cintas VHS en las que salgas practicando windsurf en las playas del wild sur, eso no demuestra nada.
—¿Sigues empecinado en eso de las granjas de humanos y en todo ese rollo de que vivimos en Matrix, eh?
—No se trata de que yo me empecine o no. En serio, tío, no hay más que abrir los ojos un poco más y en seguida te das cuenta de que todo es absurdo hasta tal punto que sería de locos creerse que de verdad esto es la realidad.
—Bueno, hay quien dice que estamos tan acostumbrados a buscarle la lógica a todo que no es difícil que uno termine por volverse un chiflado. Al final, lo que tú mismo estás haciendo es dar una explicación lógica a todo esto, en vez de asumir que realmente todo es un absurdo así de grande y que más vale pasárselo por lo menos bien y no dejar que tanta paranoia te ablande el seso.
—Ya… tú piensa en lo que te he dicho, ya verás como al menos un par de veces al día descubres fallos de programación.
—Lo que tú digas. ¿Mañana a la misma hora?
—No, tío; mañana no puedo. ¿Te parece mejor mañana?
—Perfecto.
—Muy bien, pues mañana nos vemos entonces.
—¡Hasta luego!
—Cuídate, Juan.

         Pagué el café y me puse la bufanda para combatir los flemáticos soplos que Céfiro  ha tomado por costumbre exhalar en esta época del año. Anduve las nueve cuadras que separan el San Adolfo de mi pieza sin pensar en gran cosa cuando me encontré con mi viejo amigo Julio, cronopio desquiciado como los que ya no abundan, con un aspecto considerablemente más desaliñado que el habitual y con las córneas más bien inquietas en sus cuencas demostrando claros signos de nerviosismo.

—¡Coño, Juan, qué alegría verte, justo a ti te estaba buscando! —me saludó con los brazos extendidos, mostrando sin querer un pronunciado desgarrón en la axila de su trasnochada chaqueta de lana.
—¡Julio, cuánto tiempo! —exclamé yo— ¿Cómo te trata la vida?
—Bien, bien, pero eso no importa. Verás, esta noche he tenido un sueño increíble y, según me levanté de la cama, sentí que tenía que contártelo precisamente a ti. Me calcé a toda prisa y vine lo antes que pude.
—Pero si ya pasan de las cuatro de la tarde.
—Ya. ¿Quieres que te cuente el sueño o no?
—Hombre, la verdad es que ahora me pillas un poco liado.
—Vale. Pues bien: Estaba yo en un columpio, quiero decir en mi sueño. No sé muy bien si estaba sentado o de pie, ya sabes cómo me gusta a mi ponerme de pie en los columpios, pero seguro que me estaba balanceando. Los arcos que iba dibujando eran amplios, amplios, amplios, pero todo esto muy despacio, muy despacio. Tan despacio que más bien parecían diapositivas desperdigadas en mi retina, que entonces no estaba en mi ojo, sino en mi coco, y daba la sensación de que cada segundo era independiente de los demás segundos, que no tenían nada que ver entre sí. A todo esto debería añadir que yo no sueño nunca, o que nunca recuerdo lo que pasa cuando estoy dormido. Y nada, luego pasaban unas cuantas cosas, pero no sé explicarlas, y al final veía a un tipo raro, con barba descuidada y un vaso de moscatel junto al cenicero, haciendo tamborilear sus dedos sobre un teclado mientras en una pantalla se iba redactando todo lo que pasaba. Quiero decir todo lo que nos pasa a ti, a mí, a todos. Como si ese hombrecillo fuera Dios, o un secretario suyo, y en esa página de ordenador fuera escribiendo nuestras vidas y destinos. Me di cuenta entonces de que el mundo, lo que conocemos, no es más que una novela o tal vez un relato corto o un poema. Y de que nosotros somos los personajes.
—¿En serio? —respondí yo— ¿Y por qué te dio por venir a contármelo precisamente a mi?
—Pues porque a raíz de este secreto que he descubierto he estado analizando mi vida de cabo a rabo y me he dado cuenta de que nunca me ha pasado nada. Al menos nada que uno escribiría en un libro. Así que he supuesto que no soy más que un personaje secundario, tal vez un extra. Pensé que, si existo, es porque ahora mismo alguien está leyendo este texto y que el protagonista de la historia sería sin duda alguien a quien yo conozco, pues en caso contrario ni siquiera existiría.
—Y ese protagonista debo de ser yo.
 —No se me ocurrió nadie más. Mírate, tan entero y definido. Tú, Juan, eres uno. Yo no soy más que otro del montón.
—Tampoco te menosprecies, eres de las personas más curiosas que conozco. ¿No te apetece subir a casa a tomar algo de vino? Aún me queda una garrafa de cuando nos emborrachábamos en el Sándwich Eléctrico, antes de que se matara Manu con aquella piel de plátano.
—Claro, ¿por qué no?

         Preparé un par de vasos y un cuenco de anacardos para mascar y debatimos largo rato las cualidades del universo según las premisas marcadas por el sueño de Julio. Determinamos que tanto nuestra memoria pasada como nuestro futuro estaban ya escritos, y esto me devolvió a la conversación con César, aunque vista desde otro prisma un tanto más caleidoscópico. Nos enojamos al descubrir que nuestras vidas no eran más que un par de líneas perdidas como náufragos en un océano de párrafos, que todos nuestros sueños y aspiraciones eran  simples acotaciones estilísticas en el típico capítulo de relleno que no aporta nada. Nos preguntamos por la calidad del libro al que sin desearlo pertenecíamos, por cómo sería ese escritor y por qué nos había creado si no pensaba otorgarnos un minuto de gloria en el que nuestra mera existencia cobrara sentido.

—¿Sabes lo que creo? —dijo Julio mientras se llenaba la boca de frutos secos— Que si yo he tenido este sueño y estamos teniendo esta conversación es porque tal vez haya un fragmento en el que nosotros mismos seamos los protagonistas y se narra justamente lo que nos está pasando ahora mismo. No sé si esto está sucediendo porque está siendo escrito en este momento o un cualquiera lo está leyendo. En ese caso, si varias personas lo leen al mismo tiempo, estaríamos siendo duplicados con nimias variaciones y entonces no somos realmente personajes de un libro, sino proyecciones de ese mismo libro en la mente de un lector más o menos disparatado. ¿Te das cuenta del lío en el que nos hemos metido?
—En que nos has metido —apuntillé yo.
—Sí. ¿Y si es un libro de mierda de un escritorzuelo de pacotilla? ¿Qué me dices? Joder, Juan, estoy que no me lo saco de la cabeza. ¿Y si se trata de una novela policíaca y tú o yo o los dos somos víctimas de un asesinato? ¿Y si esto que vivimos no es más que el trasfondo de un prólogo aburrido que introduzca un contexto en el que realmente no ocurre nada? No sé si voy a ser capaz de dormir una noche más con todo este bullicio entre mis sienes. Y es que lo pienso y me doy cuenta de que, si todo esto es ciertamente un cuento, ni siquiera puedo decir que éstas de aquí sean mis sienes. ¿Qué tengo entonces? ¿Quién soy? ¿Qué?

         La pieza se había sumergido en una palpable penumbra y encendí una lámpara para remediarlo. El vino se había terminado hacía rato y, siendo domingo, no tenía solución para aquello. Mientras tanto, Julio seguía dándole la vuelta al mundo montado a lomos de sus propias cavilaciones.

—Si hasta se me quitan las ganas de seguir hablando —masculló—, pues no voy a decir nada que ese cabrón no haya escrito ya. Y encima el tío se lo tiene que estar pasando de puta madre escribiendo cómo me vuelvo loco.
—¿No habíamos quedado en que si estamos vivos ahora es porque alguien está leyendo el texto?
—No, Juan, eso era un supuesto, que no me escuchas.
—Entonces estamos siendo escritos ahora mismo.
—Exacto.
—Pues entonces es bien fácil, sólo tenemos que hacer algo que el escritor no se espere o no sea capaz de imaginar para salirnos del relato.

         En ese instante, con sendas pupilas rebosantes de un misterioso fuego fatuo, Julio se levantó de súbito y se arrojó por la ventana abierta sin mediar palabra.

—¿Qué haces? —le dije, asomándome por la misma.
—Lo que tú has dicho. Imaginé que no me pasaría nada si me tiraba por la ventana sin que estuviera previsto.
—Pues claro que no te ha pasado nada, ¡estamos en un bajo!
—Eso puede significar que el escritor ya planeaba defenestrarme por algún sitio resultando yo ileso como un superhéroe.
—Yo creo que lo que significa es que estás rematadamente loco y que no tienes remedio.
—Piensa lo que quieras, yo sé la verdad.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué te sirve?
—Pues… —empezó a decir mientras se frotaba una rodilla que se había raspado por la caída— Pues para que el autor bastardo se dé cuenta de que yo también existo, que estoy aquí y que no pienso ser un figurante más en su circo de sílabas.
—Entonces prueba otra cosa, porque me da a mí que esto no ha funcionado.

         Julio se quedó dubitativo, y le ayudé a volver al piso con cierto esfuerzo. Tenía los pantalones manchados de polvo y verlo así me inspiró lástima. Le recomendé que se diera una ducha y que comiera algo, que se tomara una siesta y que ya vería las cosas de otro modo al despertar. Que en cualquiera de los casos el asunto, digo el mundo, es así, es lo que hay y no hay más. Que nos parece raro todo porque lo único que no cambia es el perpetuo cambio al que estamos sometidos. Que cuando nos sentimos raros nosotros mismos es porque no estamos del todo sincronizados con nuestro alrededor y que en esos casos prácticamente lo único que uno puede hacer es esperar un rato y a ver qué pasa.

         Se fue cabizbajo, con la cabeza hecha un trompo a punto de desequilibrarse pero con cierta inercia aún. Julio era real en ese momento. Real de veras. Y yo también me sentí real entonces y fue como verse a uno mismo en un espejo inmaculado y además dentro del propio ojo y… no sé, es una sensación extraña harto difícil de explicar.

         Volví a mi escritorio y no podía concentrarme. Todo se había transfigurado en un revoltijo de impulsos eléctricos entre axones y dendritas. Me vi fuera de mí, pero consciente aun así de la sinergia por la que se van definiendo los acontecimientos que uno digiere día a día. La sincronía de ciertos instantes. Lo azaroso del devenir del tiempo.


         Me llegué a la tienda y compré una botella de moscatel para acompañar los cigarrillos. Iba atrasado en la crónica sobre el Derby de Sherry que tenía que escribir pero, aun así, me permití el lujo de garabatear unas cuantas páginas para mí mismo. Unas cuantas páginas acerca del viejo lunático que para mí es Julio. Sabiendo que nunca le confesaría que ese tarado que se dedicaba a jugar a ser dios decretando actos y destinos, pensamientos y decires, sentimientos y pasiones, triunfos y tragedias… era yo sin darme cuenta.


30.1.14

De flores y amapolas.

Un tipo tenía amapolas solas de distintas tintas alojadas en el cráneo.  El estómago estaba lleno de vino púrpura y asco y los revoltosos estambres de las amapolas estaban justo delante de mí en la cola del supermercado francés.

Vomitó algo de sangre en la acera y se fue con los doctores, que le pusieron todos esos cables en el cerebro. —Amapolas —dijo uno—. Es un lunático perdido.

Dicen que las amapolas son una mala hierba, pero sólo porque arraigan demasiado rápido. Que son la sangre de los soldados caídos, dicen. Que te adormecen y todo parece un juego de ajedrez.

Aquel tipo había soñado con cualquier época pero vivía en la suya, que es lo que hay que hacer. Dormía tranquilo en la alberca entre las tortugas y bajo una luna sonriente como un minino de Chesire y joroschó. Compraba el pan todos los días como aquel al que lleva el viento sin dejar que le despierte. Y sin embargo unos personajes de bata blanca dictaminaban que aquellas amapolas que se enraizaban entre sus lóbulos eran una mala hierba a exterminar, como una suerte de baobab maquillado de carmín.


Todo se mueve despacio en el mundo de las flores, eso es todo.

 

13.11.13

Oso hormiguero.

         —Conocí conocí a un tipo —dijo García desde el taburete frente a la barra—, creo que se llamaba Baum o algo así, era astromecánico, se dedicaba a arreglar estaciones espaciales y esas cosas. Me contó —dio un largo trago a su vaso de vino— que una vez estaba ajustando unos paneles y toqueteando unos manguitos a gravedad cero, con su traje de astronauta y todo, cuando vio pasar a un oso hormiguero con escafandra flotando por ahí. Eso me ha hecho pensar… ¿Cuántos osos hormigueros estarán en órbita en este mismo momento? o sin ir más lejos ¿Quién será el que les pone todas esas escafandras adaptadas? Hay tantas preguntas y tantas respuestas que no existen… Es como aquello de si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie para oírlo, pero así con todo —apuró los últimos sorbos de vino y pidió otro— ¿Qué me importan a mí, después de todo, los osos hormigueros estén donde estén? ¿Sabes? Tal vez para un biólogo amazónico pueda resultar un tema de una trascendencia terrible, pero para mí, que sólo soy un humano que está aquí, ahora, contigo, hablándote de todo esto, no deja de ser más que una mera anécdota curiosa que no cambiará tu vida lo más mínimo, si acaso en que a partir de ahora podrás decir que conociste conociste a un tipo que conoció conoció a un tipo que era astromecánico y no sólo eso, sino que además vio a un oso hormiguero flotando a cuatrocientos kilómetros sobre la Tierra que, por si fuera poco, llevaba escafandra. Es tan difícil y al mismo tiempo tan sencillo explicar todo esto… Quiero decir que nada importa de veras, si acaso unas cuantas cosas como el amor y la felicidad y el poder llevarse algo a la boca de vez en cuando. Incluso se podría prescindir de las dos primeras si uno se conforma con la supervivencia neta. El caso es: ¿Por qué preocuparse entonces? Si puede haber osos hormigueros en el Espacio, quién te dice que no puede haber uno justo detrás de ti justo ahora, o tal vez uno muy pequeño alojado en tu cerebro o en tu menisco, quizá cientos ¿Pero sabes qué? Si uno ha de preocuparse por los osos hormigueros también tendría que hacerlo por la recogida de basura y a nadie le gusta tratar con todo eso. Y no les culpo, a mí también me gusta pensar que soy hijo del viento y los ríos criado por árboles y ovejas y lobos, con el mismo fuego aquí en el pecho que el que hace arder el Sol, y cuando pienso estas cosas me olvido de todos los osos hormigueros o baobabs que puedan estar flotando o creciendo por ahí y se me pone una sonrisa joroschó.

8.10.13

Texaco.

Noventa y seis kilómetros más al norte, por la mañana. El viento es fresco como sólo lo sabe ser a esas horas y tú andas mirando los adoquines con una vieja mochila rosa fabulosa y joroschó con los tupis y las llaves y el cuaderno y esas cosas. Ese frío amable y madrugador.
*   *   *
Lo vi lo vi por vez primera en alguna carretera secundaria del sur, junto a una parada de autobús de madera y con una sonrisa. Lo siento, dijo Steven detrás de sus gafas de sol, no hay sitio. Repasamos el tracklist por segunda vez antes de llegar a Clonakilty, donde quedamos atrapados junto al Texaco de la salida este, justo entre los niños fumadores y la tienda de antigüedades cerrada. Tomamos café y chomp de la aventura, y canturreamos y bailoteamos y aullamos a la luna con cabezas de lobos en las nubes mientras levantábamos el pulgar bajo el indiferente índice de los conductores. Gareth apareció entre las sombras, con su sonrisa, con una guitarra en su funda y la desgreñada melena balanceándose a cada paso. ¡Hola!, nos dijo —pero en inglés—, ¿Os apetece un trago? Nos ofreció un vino tinto de abadía delicioso, además de un Chardonnay que sacó del bolsillo interior de su chaqueta de tweed. Nos contó que venía de Inglaterra, que hacía auto-stop por West Cork tocando en bares y cosas así. Se marchó después de reír un rato con nosotros. Dijo que le gustaba caminar por la noche, y que con una buena botella de vino el camino se hace mejor. Y así desapareció más allá, por la carretera. Compramos enseguida una botella, sardinas y algo de cheddar blanco y buscamos un sitio donde cenar, felices de un modo que no sabría describir, llenos de la alegría que, tal vez sin saberlo, Gareth nos había dejado. Pronto encontramos un altar a la Virgen María con pequeñas cascadas artificiales junto a un arrollo iluminado por velas. Encendimos una, cagamos y cenamos. Bebimos vino. Leímos el capítulo de la oruga y la paloma y Tiger Lily escribió un poema inspirado en la dorada tarde. Y después, sí, es cierto: con una buena botella de vino el camino se hace mejor.


¿Qué tienen estas rayas pintadas en el asfalto que, aún siendo blancas, me enseñan más de mí mismo que cualquier diario de tantos que he garrapateado? 


12.7.13

Dodo.

        —Viejo, ponme una jarra —dije mientras cerraba la puerta para que el bochorno no alterase la fresca atmósfera que removían los desvencijados ventiladores del Noche de la Alegría. Era una de esas noches de verano llenas de vulturno y mosquitos y yo había pasado toda la tarde encaramado a mi ventana contemplando el ajetreo de las golondrinas bajo el sosegado planeo de las cigüeñas.
         —¿Un mal día? —contestó el viejo al tiempo que limpiaba una jarra.
         —¿Cómo lo sabes? —pregunté.
         —Últimamente sólo vienes cuando tienes un mal día —aclaró, y me sirvió la cerveza fría.

         Sorbí un par de tragos, sediento y desanimado a partes iguales. Agarré unos cuantos palillos y los deshice en astillas entre los dedos. Volví a beber.

         —Bueno —dijo finalmente el viejo, después de atender a Jerry bigotes— ¿Vas a quedarte ahí sentado bebiendo o me vas a contar lo que te ocurre?
         —Supongo que ambas —respondí, y pegué otro trago para aclararme la garganta reseca por la alergia o vete a saber qué—. Verás, llevo unas cuantas noches teniendo sueños extraños, ya sabes, por el calor y eso. En estos sueños yo soy un dodo.
         —¿Un dodo? —interrumpió el viejo.
         —Sí, un dodo. Esas gallinas de veinte kilos del Índico, cerca de Madagascar. Seguro que te suena si lo ves, ya te haré un dibujo después en una servilleta de ahí. El caso es que me veo con ese pico enorme que pesa un quintal y esas alitas enanas y deformes en un gran palacio de dodos hecho de excrementos de dodos y ramitas secas pero no hay ningún otro dodo. Y es normal, pues se extinguieron hace cuatrocientos años o algo así.
         —¿Y qué pasa? —preguntó el viejo, apoyado en su lado de la barra.
         —¿Cómo que qué pasa?
         —¿Qué ocurre en el sueño?
         —Pues… —bebí otro trago— No sé. Nada. Bastante duro es verte como un pollo extinto sin saber volar.
         —A lo mejor no tienes por qué volar —respondió sabiamente el viejo—. Quizás, como dodo, no has nacido para ello. Piensa en los avestruces.
         —Ah, ya. No pueden volar pero ponen huevos gigantes y corren rápido ¿no?
         —¡No, hombre! Los avestruces son bien grandes, pero esconden la cabeza bajo tierra cuando hay algún peligro cerca. No soy un experto en esos dodos, pero no creo que también lo hagan.
         —¿Me estás diciendo —apuré los restos de la jarra e hice un gesto al viejo para que me sirviera otra— que soy valiente?
         —No, coño. ¿Qué idea tengo yo de sueños y de pájaros?
         —Ya —respondí, y me volví a sumir en las doradas profundidades de mi cáliz como si de un espumoso océano se tratara. Pensé en el dodo, y en qué demonios tenía que ver conmigo. ¿Cuándo habrá sido la última vez que leí algo sobre ellos? Tal vez mirando las nubes de camino a casa la otra semana.

         —He estado pensando en tu dodo —me dijo el viejo después de un rato, cuando me servía ya el tercer océano cautivo en jarra—. Creo que sólo te sientes perdido, fuera de lugar, de ahí que te veas sólo como un pajarraco desaparecido.
         —Sí, puede que sea eso —contesté asombrado— ¿Sabes? Últimamente no escribo apenas. No consigo concentrarme. No dejo de ver dodos imaginarios que me distraen con sus cacareos sordos.
         —¿Seguro que estamos hablando de pájaros? ¿Qué tal las cosas por casa?
         —Ya sabes, las mismas humedades de siempre.
         —Amigo, si algo sabe todo el mundo es que las humedades nunca son como siempre. No dejan de crecer como bolas de nieve hasta estrellarse contra algún árbol o alguna roca. O en este caso hacer una gran gotera e inundar la cocina de la abuela del piso de debajo. O mejor dicho, una gotera en tu coco.

         Sonreí hacia mis adentros, el viejo había vuelto a pasarse con las copas de vino entre comanda y comanda, los mofletes rollizos se le habían teñido de carmesí, el color de la sabionda ebriedad y la sincera lengua desatada. Terminé la jarra de un trago. De la radio empezó a emanar un penetrante lamento. Una trompeta ronca y grave como el silencio del campo tras una batalla, profunda como los abismos y los cantos de ballenas. Me sentí tranquilo entonces y me prometí que algún día echaría un dodo a volar.


13.3.13

Pequeño cuento de Jack el ahorcado y otras vesches.


         »Caminando así, descubrí el pozo al nacer el día.

Desde el miércoles todos los días han sido miércoles. He escuchado cinco notas como en un silbido y no han parado de sonar. Me ha crecido el pelo y la barba, creo que es algún extraño viejo síndrome nuevo. Me palpé entre las costillas bajo la pulpa y me pareció sentir que hay una especie de sustancia viscosa, como un miedo antiguo o una cagalera del alma. Cantan los domadores de autocarros en Leiria y la carretera hacia el vale do Tejo se pasa de veras joroschó en un santiamén cuando el sol se pone rojo y triste y la cúpula es púrpura como la vieja berenjena.

Aún sufro una misteriosa resaca, creo que desde aquel día en que compré un par de cabezas de ajos y zanahorias y algo de tomate en rama y después bebí vino y cerveza en una casa enterrada bajo un mar de tranquilidad en un lado no demasiado luminoso de la luna, de hecho más oscuro que los puntos de las fichas del dominó.

Sucedieron vesches extrañas esa noche, y yo me revolqué un poco por los charcos y me manché los pantalones vaqueros fuera de moda. Pero no brotó el viejo vino esa vez, solo unos pequeños rasguños.
Fue entonces cuando vi al otro Alonzo. Una suerte de yo mismo a través de un espejo pálido que no paraba de llevarse la botella a los labios y libar el humo gris. Otra testa más y a mí me duele la cabeza que da vueltas como el viejo molino que rechina con los oxidados lamentos del viejo cansancio.

No me gusta ese otro Alonzo que revuelve mis tripas y hace que mi garganta haga goch-goch y pone los ojos de buitre en blanco mientras eructa y se rasca la barriga.

Creo que esto se debe a los pliegues que a veces noto tras los ojos y hay una especie de demonio vestido de traje y con sombrero que fuma de una pipa y que está asustando a todos los animales que viven aquí arriba.

 

¿Y ahora qué pasa, eh?

Me asomé entonces al pozo y ahí estaba Jack el ahorcado, colgando por el cuello de la soga que, antes de que el pozo se secara, servía para amarrar el cubo con el que se sacaba el agua fresca. Lo reconocí por el cogote, siempre desplumado por la parte del remolino en la que nacía una incipiente calva.

—¿Qué haces ahí, Jack? —le grité desde el alféizar, pero no tuve respuesta— ¡Jaaack! —volví a gritar, agitando la cuerda para que se balanceara.

Levantó Jack una pupila hacia arriba, y me vio asomado a un disco de cielo, al menos desde su punto de vista.

—¡Alonzo! —saludó con una voz ronca—, ¿qué haces ahí arriba?
—Nada —respondí yo—, paseaba y encontré este pozo.
—¿Pozo? —preguntó Jack el ahorcado mientras intentaba mirar alrededor—, pensé que esto era una chimenea.
—Espera un segundo, te sacaré de ahí.

Tiré durante un rato de un extremo de la soga y conseguí sacarle del pozo. Le ayudé a sacudirse el polvo y el barro de la ropa vieja y me di cuenta de que había crecido varios centímetros desde la última vez. Su cuello presentaba varias marcas enrojecidas y estaba realmente estirado, incluso parecía que, de tan largo que lo tenía, no podía sostener el peso de su cabeza y ésta se mantenía ligeramente inclinada hacia un lado.

—Qué mal aspecto tienes, Jack —le dije.
—Es mi cuarta condena este mes —respondió con indiferencia.
—Dentro de poco tendrás el cuello tan largo que llevaras la cabeza colgando y lo verás todo del revés —le advertí, pero no le importó, dijo algo de que cuando has sido ahorcado tantas veces ya no sabes qué está del revés y qué del derecho, y al final te acaba dando igual todo eso.

En el fondo del pozo, Jack el ahorcado tenía razón, y yo no tardaría en darme cuenta de que mi propia garganta también se había ido estirando poco a poco por no haber encontrado algunas palabras, de que a veces también me cuesta discernir qué son pozos y qué chimeneas. ¿Y ahora qué pasa, eh? Si cada vez que no acierto con la letra mis trazos se convierten en sogas.

15.6.12

El flautista a las puertas del alba VIII —El gnomo.


La otra noche me fui al pub para despejarme la cabeza de una semana dura de trabajo con una buena pinta tibia. El viejo Seamus estaba sentado al lado. Seamus era un viejo irlándes, un viejo charlatán de cabellos disparados en blancos mechones que antaño fueran como el joven óxido. Me miró fijamente con sus viejos ojos verde pálido y me dijo:

—Te voy a contar la historia de un hombre pequeño… si puedo… un gnomo llamado Grimble Crumble. Un jodido y pequeño enano cabrón. Se pasaba los días en mi jardín, comiendo mi comida y bebiendo mi vino. Se echaba la siesta en mi hierba y cagaba en mis rosales. Por la noche era peor, trajinaba con mis somnolientas ocas. El hijoputa llevaba una túnica escarlata y una capucha azul verde, algo sucias, pero parecían bastante buenas. Y el cabrón seguía comiendo y bebiendo y durmiendo en mi jardín, y cagando en los rosales y jodiendo con mis ocas, y yo no podía hacer nada ¿entiendes? ¡Es un gnomo! No podía hacer nada…

—¿Y qué pasó con aquel… gnomo? —pregunté tras un buen trago de mi pinta de stout.
—Pues que un buen día… ¡Hurra! El gnomo había desaparecido ¡Oomray! así dije, así es como dicen “¡hurra, qué bueno!” los gnomos ¡Oomray!
—¿Ah sí? —pregunté desinteresado en el relato del viejo.
—¡Sí! Me dije: ¡Mira al cielo, mira al río! ¿No son cosas buenas? ¡Oomray!
—Supongo que lo son —contesté con una sonrisa—, siempre y cuando no haya por ahí algún gnomo que se cague en tus rosales.
—¡Oomray!
—¡Oomray!

10.9.11

Pollo al curry.

Era una noche en la que, para variar, me fui con Anthony al barrio francés para cenar y tomar algo. Entramos en el Verre Brisé, no habíamos ido nunca antes, pero sabíamos que se comía y se bebía por unas pocas monedas. La verdad es que no me gustó desde el momento en el que puse un pie dentro, demasiado rosa para mi gusto, por no decir que estábamos a unos treinta grados en la calle y dentro del local la sensación térmica se multiplicaba. No estábamos en nuestro lugar, todo infestado de pijos degustando vinos de baja alcurnia jactándose de ser catadores expertos, sibaritas de pacotilla en bermudas y alpargatas, con sus camisas color pastel y sus colgantes de conchas de mar… en fin, creo que tomaré un poco de pollo al curry y una cerveza para empezar. Tony pidió lo mismo.

-Joder-dijo Tony mientras se palpaba el hombro derecho y el camarero nos abría las cervezas-estoy destrozado.
-¿Y eso?-contesté después de pegar el primer trago de espumosa.
-Hoy he estado ayudando a Frank, ya sabes, mi cuñado, con la mudanza.
-¡Ah, sí! ¿A dónde ha ido?
-Cerca de Argel Point. Me ha tenido cargando muebles todo el día.
-¿Argel Point? ¿Y cómo es que no habéis contratado una empresa de mudanzas?
-Cosas de Frank, decía que así la casa era más suya, como si la hubiera construido él mismo con sus manos de judío… más bien lo único que hizo fue indicarnos dónde dejar las cosas.
-Al menos te invitaría a algo, es lo típico cuando te ayudan con una mudanza ¿no?
-¿Por qué crees que estoy cenando aquí? El cabrón estará llenándose la barriga con el guiso de mi hermana mientras yo como curry barato en el antro más hortera de Nueva Orleans.
-Ya… bueno, no está mal… creo que voy a pedir otra cerveza… ¿quieres una?
-Casi mejor un poco de bourbon para aliviarme el hombro.
-Sí, bourbon… ¿por qué no? tomaré yo uno también.

Me acerqué a la barra y pedí las copas, las pagué junto con la cena y volví a nuestra mesa.

-¿No te sientes solo, Village?-me preguntó en cuanto le di su copa mientras se la llevaba a los labios.
-¿A qué te refieres?
-Bueno, ya sabes… Frank tiene a mi hermana, yo tengo a Bella, pero tú… nunca te he visto con ninguna chica en plan serio. ¿No serás…?
-¡No! ¿Yo? ¡No!-me reí-Sólo que… no sé, no estoy cómodo con pareja, demasiada presión para mí. Y no es que no lo haya probado, una vez viví con una novia que tuve allá en Louisville, pero no funcionó.
-¿Qué pasó?
-Llevábamos unos tres años saliendo, era perfecto. Ella estaba loca. Me encantaba. Nos fuimos a vivir juntos, todo siguió bien hasta que recibió una oferta de trabajo en Omaha. Se fue, sin más, sin consultarme, casi sin despedirse. Quizás por eso nunca la seguí, nunca la llamé. Tampoco lo hizo ella… ¿sabes? Creo que me tomaré otro bourbon.

5.4.11

Una caja rota.

Me acordé el otro día de los scugnizzi, de los niños perdidos, los que sólo saben dónde están cuando ya se han ido... vagaba cabizbajo en las tripas de un dragón de acero que reptaba bajo las aceras y las reses de oro negro... vi ojos cansados y callos en las manos y botas desgastadas y ropas cubiertas de polvo... los vi regocijados a la lumbre mientras la noche susurraba, bajo pieles de toro y vino, con sonrojados rostros que no encuentran su destino, no lloran, no duermen... siempre con desventurados globos y ratones en los bolsillos.

Vi el campo, hogueras calladas y tumbas abiertas... los rayos del sol jugaban entre las ramas y sólo se me ocurría pensar: ¿En qué año estoy? Aquí no hay época que valga...

Vi aquel lugar entre las briznas de hierba, aquel al que llegas tras la escarpada colina... y me senté un minuto. ¿Qué queréis? No quiero pararme ahora. Aún no sé bien lo que tengo, lo que soy, lo que quiero... bueno, tal vez quiera ahora correr y gritar, tumbarme y susurrarle a alguien... cruzar un mar para ver el siguiente, cerrar los ojos, abrirlos después... mover los dedos, romper cosas, inventar otras... hay tanto que hacer, que me odio cuando me acuesto sin haber hecho nada.

25.11.10

San Bukowski.

Tomar una porción de Hemingway, añadir una dosis de humor (del que Hemingway extrañamente carece, mientras que Bukowski es un virtuoso), mezclar con un puñado de hojas de afeitar y varios litros de vino barato, luego una o dos gotas de ironía, agitar bien y leerlo al final de la noche: así tendrá el auténtico sabor Bukowski.
Neil Baldwin

1.4.10

Notas de Autor.

Estamos todos enfermos... y, encima, de lo mismo. Lo extraño son los diferentes síntomas que presenta cada individuo, sin ir más lejos, un pobre loco desquiciado empezó a gritar que estaba harto del tequila y que quería beber Petit-Suisse.

Eso es raro, como las conversaciones ajenas que se escuchan mientras uno se concentra en su copa o en mear dentro de la taza o hacia otro objetivo.

Ese día, más bien el siguiente, inventamos el whisky con plátano... nada de licores, te hablo de mojar un verdadero plátano en whisky y luego beberlo. Pero el plátano mejor si no se come después, no sienta bien.

Los delirios nos llevaron a intentar desmantelar una mafia hostelera. Primero descubrimos que lo que habían "robado" en un bar estaba misteriosamente escondido en el almacén de otro bar del mismo dueño. Después pensamos en pillar una gran cantidad de hierba... pero hierba para un mes.

Recibí por mis méritos un boli nuevo, éste... éste es una máquina superior. Es ya un bolígrafo con todas las letras.

Y no es que ese maldito pese más, es que tiene el centro de gravedad torcido.

¿Y ser narcolépsico? Estar tan tranquilo y de repente... ¡Plaf! Y después despertarse y decir: ¿Qué coño ha pasado? ¿Y por qué tengo sangre en el culo? Lo que pasa es que yo no puedo dormir cuando estoy despierto.

Y, sin embargo flota en un mar de vino, no es que la gente piense, si no lo que es realmente, como un pedo bien pestoso en una habitación cerrada...(¿?)

Yo, por mi parte, no me olvidaré de lo que el Psicotrópico me dijo, que el hombre nació cuando un mono cogió una piedra y aprendió a matar.