Debería empezar pidiendo perdón por tantos días, tantas
páginas en blanco, aunque quizá no a vosotros, sino más bien a mí mismo. No se
puede culpar a nadie más que a las etéreas musas de vaporosos cabellos grises y
azules. No se puede más que pasear por la arena a que salga la luna o el sol y
traiga más palabras.
Y así estaban hace justo medio siglo Vinicius y Tom, bajo el sol
de Ipanema, cuando vieron a la reina de las musas, una mujer dorada, mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia
pero cuya visión es también triste, pues lleva consigo, camino del mar, el
sentimiento de lo que pasa, la belleza que no es nuestra — es un don de la vida
en su lindo y melancólico fluir y refluir constante.
Vinícius de Moraes
