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12.1.21

La mierdamorfosis (I).

            Cuando Regorio Sánchez se despertó una mañana después de un sueño húmedo, se encontró sobre su cama una horrible mancha de esmegma con aspecto de meconio. En ciertas culturas translatitudinales, y en otras quizá no tan ciertas, este signo es considerado inequívocamente como el peor de los augurios, si no el peor. Pero Regorio, que era un tipo algo curioso, aunque tampoco exageradamente cultivadísimo, ignoraba estas cábalas y erudiciones y no le dio mayor importancia, ni una miaja, y se limitó a retirar la sábana bajera del colchón y a arrojarla con desdén al rincón de la ropa sucia.

Se llegó al retrete desdeñando al tipo del espejo y defecó fastuosamente, cosa de tres kilopondios de caca entre concreta y licuada. Después se echó un poco de agua del grifo por la cara, se vistió con unas prendas del montón de la ropa limpia y se fue a currar.

Regorio Sánchez se ganaba el parné barriendo pelo en la barbería de Ferpudo García, apenas a dos cuadras de su casa, pero desde que la catástrofe de la central térmica de biomasa de Estramonia dejara a toda la población rematadamente calvorota y con cabeza de rodilla apenas tenían más tarea que chismorrear con los parroquianos, ahora discapacitados capilares, que seguían pasando por allí por pura rutina y por no tener trabajo, ni nada peor que hacer.

Entró por la puerta bajo el tintineo de una campanilla oxidada.

—¿Qué tal? —saludó Fer

—Bah… ni fulastre, ni fabuloso —rezongó Regorio.

—Pues por aquí más o menos de lo mismo —dijo el otro—. De momento no hay ni medio pelo que barrer, puedes sentarte a leer las revistas, si te sale.

—¿Y me vas a pagar por ello? —replicó Regorio.

—Tampoco te voy a cobrar —sentenció Ferpudo.

Regorio se dejó caer en la bancada de plástico y agarró el primer panfleto de la cesta. Se trataba del número cuatrocientos diecisiete de la revista Hez!, de otoño del 73. Observó detenidamente la portada: Un par de odaliscas otomanas enarbolaban un cáliz como sacado de la segunda cruzada en chancletas, con un rótulo ocre parduzco que rezaba: «Los Lupanares de Bursa: Erotismo y Coprofagia en el Medievo malqueda tardío». Abrió la revista por una página al azar.

El primer artículo que se encontró fue una reseña de la novedosa Escalera de Bristol, desarrollada por el doctor en gastroenterología S. J. Lewis y el magnate coprofilántropo K. W. Heaton en la Universidad del Sudoeste de Ingleterra, en la que se detallaba escrupulosamente una clasificación en siete grados de las heces humanas en base a su consistencia de lo más didáctica; toda una maravilla de la ciencia, un avance extraordinario de suma relevancia.

El siguiente artículo, firmado por la zoóloga estrombolinesa Mónica Cafutti, describía las particularidades fisiológicas de los marsupiales de las antípodas con gran detalle. Resulta que el koala, sin irse por las ramas, se alimenta en su temprana infancia de la mierda verdosa de su mamá koala sorbiendo directamente del lanudo ojete de ésta, con el inconfundible y delicioso aroma del ocalito redigerido y excretado que eso conlleva; una delicia. Y también resulta que los uómbats pardos del sotosuelo austral tienen la pericia de esculpir sus zurullos en forma cúbica, lo cual sin duda resulta una ventaja evolutiva bastante pragmática y un interesante atractivo para adquirir sin más dilación al menos un par como mascota; por aquello de que estos dados marroncitos sean más fáciles de recoger, no caigan rodando colina abajo en caso de que la hubiere y, desde luego, por verse mucho más llamativos y exóticos que las aburridas boñigas normales. Se remataba este artículo con unas notas de la becaria adjunta Ester Colero acerca de las virtudes y bondades cosméticas de las bostas de facóquero, pero tenía una caligrafía tan mala que no se entendía apenas nada, así que Regorio pasó de largo.

De seguido, leyó un tercer y acertado ensayo metaescatológico que especulaba sobre la existencia o no del plusquamperfeckt, dado lo intangible del concepto mismo por definción. Martin Hezdegger -el autor-, parte de la premisa del perfekt, que supone la ejecución excelente de una cagada al punto que, al limpiarse uno el orificio, se encuentra con la superficie de papel higiénico absolutamente impoluta, inmaculada, incólume y tautológicamente higiénica, pudiendo entonces tirar de la cadena como único requerimiento restante para tomar la operación por consumada. Pues bien, Hezdegger va un paso más allá en la metaescatología teórica afirmando que, conocida y refutada la existencia de estos perfekt, podía inducirse, apoyándose en la Teoría de Juegos de von Neumann y Morgenstern y en los preceptos avanzados de la dinámica de fluidos, que podría practicarse un plusquamperfekt cuando el defecante en cuestión tuviera la incuestionable certeza de haber excretado un perfekt a tal nivel, que estimara del todo inútil y definitivamente innecesario el mero hecho de comprobarlo mediante la prueba del algodón o, en este caso, del papel de culo. Un genuino acto de fe por antonomasia y de suma cero. Cierra el estudio contemplando incluso la posibilidad de un plusquamperfekt que desaparezca escurriéndose por las cañerías de desagüe sin el requisito de tirar de la cadena, un plusquamperfekt plus ultra, por proponerle un calificativo; lo cual supondría quizás un progreso demasiado excesivo para la mentalidad del momento.

Por último, Regorio dio con un interesante artículo médico acerca de los trasplantes de microbiota fecal; un procedimiento mediante el cual se inyectan heces de un donante sano, previo paso por una licuadora casera, directamente en el colon del paciente por una incisión en el abdomen con una jeringa pastelera así de grande. El objetivo de esta técnica es repoblar una flora intestinal desmejorada con las bacterias, gérmenes y bacilos necesarios para su correcto funcionamiento. Algo así como con los koalas, pero por vía hipodérmica. Incluso sirve como método de adelgazamiento; todo ventajas.

—¿Has oído esto, Fer? —dijo Regorio.

—¿Lo cuálo?

—Esto que pone aquí de los implantes de caca para mejorar la fauna intraestinal.

—¡Ah, pues claro! —respondió Ferpudo con cara de sinalefa— Conozco a un tipo que se injertó mierda de artista y desde entonces caga acuarelas y bodegones.

—Pues a mí no me vendría nada mal darles un giro a mis deposiciones —declaró Regorio—. Estaba pensando en algo musical. Estilo fagot o así.

—Yo te recomendaría más bien la hez de gimnasta; aumentaría tus cualidades psicomotrices, y la elasticidad en lo menos un setenta por ciento.

 —Eso serían demasiadas moléculas para mí —replicó Regorio—, ¿qué opinas de la mierda de un uómbat?

—Uf, esa es carísima.

—Bueno, de todas formas, no gano lo suficiente para costearme el tratamiento —se lamentó Regorio— aunque se tratara de la mierda de un mendigo.

En ese mismo instante, se levantó una ventolera estupenda que abrió la puerta con tremendo escándalo y el tintineo quejumbroso de la campanilla oxidada, a la par que sendos relámpagos, fulguraron al unísono escoltados por sus respectivos tronares y la inesperada aparición de una siniestra figura en el umbral; como en una falacia de lo más patética.

18.4.20

Kippel.

Todo es Kippel. Lo que aún no es Kippel, terminará por serlo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización. Kippel es, por ejemplo, un fanzine arrugado junto al váter; pero Kippel también es la dentadura postiza de tu abuela muerta, atesorada en el fondo del cajón de la mesa camilla, y también lo es el flamenco de plástico de tu casa de verano, las máscaras samoanas, los accesorios de toda clase, los periódicos, la propaganda que colma cada buzón… tu taza favorita, esa que tanto amas, es un pedazo de Kippel y ni siquiera sabe que tú existes. Kippel son las cajas de cerillas que guardaste por nostalgia de una época que no viviste, y también lo es ese diploma de la pared, los trofeos, la televisión, los libros de la estantería y lo que sea que te haya dado por coleccionar, incluso tu propio apéndice está hecho enteramente de Kippel. Kippel es todo objeto-cosa que, incluso antes de un primer uso, carece ciertamente de valor estimable y cuya utilidad es, cuando menos, del todo despreciable. Si uno se descuida, el Kippel tiende a reproducirse exponencialmente como los baobabs y no tarda en dominarlo todo. Y así.


editorial para JOROSCHÓ #1: KIPPEL

1.7.15

Recortes del Terraza.

Lo primero que pensamos al ver al Pony entrar sin zapatos fue qué coño habría hecho con ellos. —Se te ve muy ligero —dijo Pete, señalando los tobillos de éste con el dedo. —Sí, los zapatos, ya… —balbuceó el Pony mientras agarraba el whisky que le alcanzaba Teo— se los he vendido a un yonqui por un cartón de vino y tres cigarros; olvidé la cartera en casa, son cosas que pasan.

*   *   *

A la hora del cierre siempre hay un par que se quedan acá y acullá, desperdigados por la barra como las migas de otra, pero de pan, y sin olivo al que volver. Disimulan eructos con tos de pantomima y dan vueltas a sus vasos con los dedos esperando a que el hielo se derrita y les engañe la marea. Si acaso apartan los pies cuando pasa la escoba, incluso puede que se vayan pasado un rato. Pero siguen ahí siempre, junto al grifo, y esas gargantas no descansan.

*   *   *

—Yo estoy, por ejemplo, que no aguanto —mencionó—. Es un sinvivir, un tormento. Los días se me deslizan con el desasosiego del que no quiere ni mirar y sólo me sale quejarme. La culpa siempre es de los demás y en cuanto me paro un poco veo que tal vez, quizá, sea un poco mía y si me detengo del todo ya no puedo evitar culparme a mí, que no he hecho nada, y justo de eso se trata y al final, mira, no sé. Es como cuando… yo qué sé.

*   *   *

Melvin alcanzó el lavabo y cerró el pestillo soltando un resoplido. Casa, aquí nadie te mira. Se sentó sobre la taza sin mirar si estaba mojada y se apoyó de costado contra la pared con las pupilas perdidas en sí mismas. De fondo se percibía la música de las cañerías y el bullicio del bar en la sala contigua. Alguien meaba en el váter de al lado y otro más allá perdía la dignidad por la boca en el siguiente. Verás cómo vuelvo yo ahora, si no es haciendo zigzag por las esquinas y con la baba derretida en las mejillas. Verás cómo me encuentro justo con sus ojos y se me desconcha el yo al verme visto por ella. Verás cómo me olvido de todo y mañana me sonrío y me engaño y no me entero.

*   *   *

—Lo triste, después de todo —dijo con la voz rota, casi en un susurro— es que ni siquiera me acuerdo de la última vez que nos vimos, qué le dije, o cómo llevaba el pelo. No recuerdo si era de día o de noche ni si me importaba de algún modo. Ya sólo me acuerdo de mí tratando de recordarla y eso me pesa en los párpados y entonces me entra el sueño y me duermo y después nada, no los tengo.

*   *   *

Los martes y los jueves, cuando nos pilla entre semana, sacamos los trastes a pasear y las bolsas de plástico del chino repican como las campanas de San Miguel y el aire caliente del subterráneo nos embota el coco y háztelo tú, que yo tengo las manos sudadas.

*   *   *

Por detrás, bien al fondo, una oruga sin narguile hacía oes con un canuto y mascullaba entre sendas tenazas que no hay más fraude que uno mismo, cuando se sienta frente al espejo. Después el humo. Y se desvanece.

Ralph Steadman

15.5.15

Trilogía de la caca (III).

         Apuré el vaso y pedí a Poli que lo rellenara mientras yo cambiaba el agua a la aceituna, la historia me había estimulado el esfínter y tenía que abrir la veda. Zozobraba intentando mear dentro y, con la mirada estrábica, perdida en el chorro que yo mismo había creado, me quedé pensando en Marco, reducido a un despojo de caca, sudor y lágrimas y solo en medio de una ciudad ciega y sorda que nada más que apunta con el dedo que nos duele y vi que el rollo de cartón ya no tenía papel, y pensé que jamás volvería a salir de casa sin uno.

         Tiré de la cadena de la que colgaba una etiqueta con la inscripción “fin del mundo” y me acerqué al lavabo un instante, aunque no me lavé las manos antes de salir.

         Cuando volví a ocupar el taburete junto a la barra, descubrí que había llegado otro parroquiano al Diapasón, un tipo calvo, que por cierto se llamaba Ruskin, y que bebía cerveza mientras contaba en voz alta cómo le había dejado su mujer.

         —Estaba yo, tranquilamente en mi sofá, viendo el combate, cuando viene Gloria, mi mujer, y me suelta: Ruskin (así me llamo), he visto una rata en el cuarto de baño. Esperé a que terminara el asalto mientras bebía mi cerveza, ya sabéis cuánto me gusta a mí beber cerveza mientras veo cosas, y cuando terminó, me levanté y cogí la escopeta para matar al bicho con la culata. Pues bien, entro en el baño, y descubro que la rata está agazapada sobre la taza, meando dentro del váter, y que justo después trepa hasta la cisterna y tira de ella. Imaginaos cómo nos quedamos Gloria y yo, Ruskin. Llamamos a la tele y hasta nos hicieron un vídeo reportaje y todo y luego empezaron a llamarnos para dar espectáculos en grandes teatros, incluso llegamos a vender los derechos de imagen de la rata para una telenovela de tres temporadas con película como colofón. Después llegaron las revistas de cotilleos y los paparazzi, no sé si recordaréis aquella dichosa rata.
         —Pues… no —dijimos todos a coro.
         —Total, pues que esa rata se ha ido con mi mujer. ¿Y sabéis que me dijo ella? ¡Que era porque el jodido roedor al menos no dejaba la tapa del váter levantada! ¡Já!
         —Eso es justo lo que suele pasar cuando uno descuida alguno de esos arbustos—musitó O’Mbl, para asombro de todos, tras despertarse con uno de sus ronquidos.
         —¿Qué quieres decir con eso?

         —Que deberías haber aplastado aquella rata cuando se trataba sólo de una simple rata.


2.4.11

Un par de años.

Me gusta recordar fechas y horas y lugares y... me gusta todo un poco. Por ejemplo, recuerdo que hace justamente dos años estaba a punto de cumplir 18 años, fui a cenar una pizza con un par de amigos y volví a casa pronto para cumplirlos con mi familia. Cuando llegué no había nadie y me puse 'Miedo y asco en Las Vegas' mientras cruzaba esa barrera de madurez impuesta.

Sé que no llevaba tiempo planeándolo ni nada, que se me ocurrió de pronto. -Voy a hacer un blog-me dije, y así empecé a cagarme en la sociedad y todas esas gilipolleces que te salen cuando aún eres un crío. No quiero decir que ahora me siento más adulto, pero no soy el mismo que dijo: -Eeemmm.... nubes y... nubes y... nubes y... yo qué sé, tripas mismo.

Y ya son dos años... ya no escribo en mi nueva mesa blanca a la luz de un flexo y con el monitor daewoo atándome a los demás de ahí fuera, ahora me siento en el váter y tecleo con imprecisión con los pantalones por los tobillos.

He descubierto muchas cosas últimamente, y de lo único que me puedo arrepentir es de no compartirlas todas.

2.3.11

Río seco.

Parece que voy acostumbrándome a largas temporadas de sequía en el cauce de palabras de mis adentros... no me gusta.

Recuerdo cuando hace tiempo conseguía tener un tema del que escribir cada día, aunque la calidad no fuese buena o las palabras estuvieran vacías... me sentía a gusto con poder decir algo a alguien.

Ahora no sé qué es lo que pasa, supongo que todo el mundo que se dedica a esto pasará por estas rachas -eso quiero pensar- pero me asusta imaginar que aquel arroyo del que brotaba cada párrafo haya dejado de fluir.

¿Qué es lo próximo que quiero escribir?

Sentado en el váter como estoy ahora no creo que consiga sacar más que otra mierda.
Te odio, Inspiración, cuando te fugas con otro.
Rafael Lechowski