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20.1.14

Sum.

Yo no soy un actor. Pero tampoco soy este amasijo de nervio y seso que veis aquí.

Tampoco soy ese trago de cerveza desesperado que me habréis visto antes.

Llevo un tiempo pensando en qué es lo que define a cada uno, qué es lo que nos hace ser nosotros mismos.

La noche antes de mi primera vez leyendo un público no pegué ojo. El mismo día no pude comer y apenas conseguía esbozar una sonrisa sin que un tembleque nervioso acechara en la comisura de mis labios. Todo fue bien al final, y yo me emborraché tranquilo. Pero tampoco soy nada de eso.

Paso mucho tiempo de veras colocado, y no soy ese. Más tiempo del que quisiera soy un hombre cuerdo, pero ese no soy yo.

Me he dejado el pelo largo, cuando lo tenía corto era el mismo.

Antes de ayer me afeité. Me he acordado porque antes alguien se fijó. No recuerdo haber notado cambio desde entonces.

Una vez hube leído en directo la primera, segunda, tercera vez, me di cuenta de que lo que yo leo no es mío. No es más que tinta seca de lo que algún día fui.

Así que, ¿Qué soy ahora? ¿Qué me define? Porque me he comprado ropa nueva y luzco igual ante el espejo. Terminé aquel libro y ahora estoy con éste. Mas sólo percibo que, si acaso, he crecido.

Yo no sé quién soy. Tal vez alguien pueda decir algo al respecto, pero yo no. Me he desconocido tantas veces que se me hace extraño pensar en que todos nosotros nos llamamos igual. Somos la misma persona y ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo.

Yo no soy un átomo ni tampoco un Universo. No soy planta ni casi animal pero intento serlo. No soy más que nada. Soy un chispazo. Un zumbido. Un susurro. Una nota al pie de página que pocos de detienen a leer.

Soy lo que sueño. Soy todo aquello por lo que sonrío. No soy una mirada perdida, ni un resoplido tedioso. Pero sí un bostezo por la mañana y quedarme un rato más.

Creo que sólo soy yo cuando duermo.

¿Escucháis cómo suena?


Pues así.

14.2.13

Respira.


Qué bonito ye este estanque en el que arrojamos flores entre los nenúfares haciendo que las doradas carpas se agiten sorprendidas y bailoteen en las floridas aguas.

Tal vez pase por Salt Cave City, pero sólo de paso. Tengo muchos asuntos pendientes. Entiéndelo. Es la ciudad de mis amores y ahora tengo algo de prisa.

A mí es que, a veces, me gusta dormir al sol y sentir un cielo azul y así nunca pienso en que me salen burbujas de pus en los ojos y pesadillas por el estilo, porque sólo hay una cálida radiación en forma de síndrome calentándome las pestañas mientas se oye el bamboleo de las olas y eso, amigos míos, hace que el tiempo desaparezca.

¿Qué cosa? Muchas de las páginas de mi cuaderno están manchadas de cerveza y a veces incluso me apetece llorar por ello, pero ¡qué demonios! ya me siento bastante triste por tener lo que voy a perder y estas páginas no merecen mi llanto. Es un fado.

Tú eres la razón por la que estoy viajando, por si acaso te encuentro.

Aquí y allá la gente sigue odiándose sin querer y pensando solamente en quitar el polvo de los muebles. Y es triste pensarlo y por eso a veces tuerzo la boca. Y los locos son los que compran fruta con una sonrisa y te dan los buenos días en el rellano, o los que pasean a un perro sin correas —porque bastantes tenemos ya— y van oliendo flores mientras dibujan figuras en las nubes. Esos son los locos, los lunáticos. Y yo a veces me quedo quieto mirando a la luna.

¿Final feliz?

Últimamente oigo a la tierra respirar. Digo en sueños. Es como un blanco y furioso bramido de alguien que duerme vestido de tierra y fuego y agua arropado con un suave manto de aire y pomposas nubes. Es algo verdaderamente difícil de oír y no me quiero hacer el macho por ello. Es un tímido susurro. Como quien confiesa un secreto frente al espejo. Como quien intenta dictar sus sueños en un plácido duermevela justo antes de cerrar los ojos sobre una mullida almohada.

Supongo que estaba soñando en pasado, y todo aquello, de poder pasar, ya habría sucedido. Siento haberte hecho llorar, quizás sea algo inseguro y celoso. Tal vez me sienta triste aquí dentro, mas no quiero saber por qué. Puede que ya lo sepa. Puede que no quiera admitirlo, no sé. Es más fácil silbar por la calle una mañana cualquiera mientras el vaho acaricia mi tez y dejo que el tiempo pase como quiera.

Confieso que he estado una buena temporada mirando a las moscas pero… ahora creo que nada va mal, dentro de lo que cabe. Ayudo a mi manera ordenando grandes cajones de libros polvorientos que, entristecidos a su manera, buscan desamparados un nuevo dueño que los acoja, con hipotéticas lágrimas en sus hipotéticos ojos de libro.

Al final siempre eres tú la que hace latir todo esto.

Y ya.


11.2.13

Finalmente desaparezco en un pozo seco.

(...) Lo que habría que decir sobre todo es que el tiempo pasa. Y nada más. Que se va yendo poco a poco por todas partes. Y quizá hasta decimos que llueve o que hace sol pero sólo por decir algo. El tiempo, ¿sabe usted?, es algo que está pasando sin detenerse. Es decir, llega el día y luego la noche, y así sucesivamente. Así es, más o menos... Por lo tanto, en sustancia, hay poco que decir.

(...)

»El tiempo se oye pasar. —Y se detuvo para mirarme—. Yo sostengo que el tiempo se oye pasar, pero bajo, bajísimo. Apenas se deja oír, y cuando no hay ruidos. Y emite como un silbido, un silbido que procede de todas partes. Se oye, por ejemplo, en el sótano, y se oiría estando bajo tierra; o de noche, si es tarde. Es un silbido que hace el aire, y no se oye enseguida, sino estando quieto, al cabo de un rato. Y creo que significa que el mundo sigue adelante o sólo que está ahí, en marcha, girando.
»Y aplicando la oreja a un vaso se oye realmente ese silbido, aunque más concentrado.
»Esto es algo que, en mi opinión, deberían oír, por ejemplo, los charlatanes y asimismo los que se autoestiman y van proclamando por ahí su pensamiento a diestro y siniestro. Yo les diría: "¡Escuchad el silbido del tiempo! ¡El tiempo no sabe ni siquiera quiénes sois!"


Ermanno Cavazzoni (El poema de los lunáticos)

22.12.12

Capítulo XXX (Parte V).

(...) (...) (...) (...)

Corrí y corrí mientras pensaba en que aquí en Estagira los días son largos, aunque también son cortos —o al revés—; corrí tanto que pensé que algunas partes de mi cuerpo se me iban quedando atrás, de reojo me pareció ver cómo mi mano derecha se rezagaba durante unos segundos como para coger aire.

Subí cada tramo de escalera a saltos de tres escalones, incluso de cinco y de seis, abrí la cerradura de mi cuarto con un ágil movimiento de muñeca y desde el umbral salté haciendo una acrobacia en el aire en la que aterricé tumbado en el colchón vestido únicamente con la funda de la almohada —y en calcetines, pero supuse que a esos psicopompos no les importaría—.

Me vi desde arriba, ahí tumbado vestido con la funda de la almohada y con gaseosas zetas saliéndome de la cabeza, aunque también vi mi cabeza, quiero decir por dentro. Era un espacio infinito, no sé si blanco o negro. Y junto a mí estaba una figura difusa, con una voz profunda. Daba un poco de miedo todo aquello, pero supuse que sería uno de esos psicopompos y me tranquilicé, pues aún llevaba puesta la funda de la almohada. Me dijo:

—Alonzo, ¿De qué tienes miedo? —me gustó su acogedora voz.
—No lo sé.
—¿Temes morir? —preguntó.
—Puede…
—¿Temes que todo se acaba justo ahora que eres feliz? —volvió a preguntar.
—No lo sé, es posible…
—Pues no tengas miedo ahora, pues tú sobrevivirás a la misma Muerte.

Confieso que fue un sueño bastante extraño, y de hecho no es más que eso, un sueño, así son los sueños.

19.12.12

Capítulo XXX (Parte II).

(...)


Me desperté con dolor de cabeza y la lengua pastosa, aún algo mareado, me levanté para abrir la ventana, y cuando la fresca brisa inundó el cuarto limpiándome los pulmones y despertándome, me di cuenta de que tras de mí había dejado unas huellas moradas. —¡Igual da! —solté en una carcajada.

Y agarré mis zapatos y mis calcetines y bajé corriendo las escaleras para ir a dar un paseo, feliz por fin, feliz de estar vivo y de vivir sobre un suelo que he pintado con mis propias manos.

Hacía una tarde realmente maravillosa, aunque quizás la perciba ahora así por la gran alegría que se agita en mi estómago como un pez en una pecera. Nunca había apreciado la belleza de un cielo cubierto de un manto de marfil y motas de cielo abierto aquí y allá, tampoco había caminado nunca porque sí, así, sin destino. Aunque, ahora que lo pienso, en la vida que llevaba antes tan sólo creía caminar a un destino, pues en verdad iba desnudo y a ciegas por un camino de resbaladizo cristal.

—Esta alegría habrá que celebrarla —pensé.

Y enfilé hacia el primer tugurio que encontré. Era un sitio pequeño, con aspecto de servir comida rápida y copas, también un expositor lleno de helado. Detrás de la barra estaba un tipo moreno, tal vez indio —pero no indio americano, indio de la India—, que tenía un bigote que le tapaba toda la boca, incluso pensé que carecía de ella, porque enseguida me atendió una bonita camarera con la cara oculta por una densa capa de maquillaje y la cintura de avispa.

—¡Buenas tardes! —saludó con una estridente voz mientras mascaba chicle— ¿Va a comer o sólo quiere tomar whisky de castaña?
—¡Hola! —respondí— Pues lo cierto es que tengo algo de hambre, ¿Qué tienen, aparte de helado?
—Pues hoy tenemos caviar de beluga.
—¿Pero qué dice? —pregunté extrañado— Las belugas son mamíferos, no ponen huevas —aclaré.
—Éstas sí —contestó mascando chicle.
—Muy bien —dije entonces—, pues tomaré eso.
—¿Para beber? —mascando chicle.
—¿Qué tienen que no sea whisky de castaña?
—Aquí solo servimos whisky de castaña —mascando chicle.
—Muy bien, pues tomaré eso.
—Marchando —hizo una gran pompa y fue a llevarle la nota al cocinero con bigote y sin boca.

Aquel plato presentaba un aspecto confuso, asqueroso y apetitoso al mismo tiempo, una especie de pasta color perla, densa y grumosa. Cogí una buena cucharada y me la tragué sin respirar, aquello me dejó un sabor delicioso en la boca, pero unas insoportables ganas de vomitar.

—¡Beba ahora el whisky de castaña, rápido! —me gritó entusiasmada la camarera de cintura de avispa mientras el chicle bailaba entre sus mandíbulas de carmín.

Agarré el vaso y le pegué dos tragos, e inmediatamente las náuseas cesaron, dejándome el mismo sabor, pero con un toque dulzón bastante agradable.

Repetí el proceso hasta que el plato se hubo terminado y, aunque estaba bien satisfecho, me pedí una tarrina de helado de mantequilla.

Después de pagar las cinco dracmas por el almuerzo, salí del diminuto restaurante con una sonrisa mientras saboreaba mi helado. Tan alegremente iba, que sin querer me topé con un hombre de hojalata. A decir verdad no estoy muy seguro de si se trataba de un hombre de hojalata o un hombre normal, porque pensando en mi percepción de las cosas no sé si es que tengo poderes o me estoy volviendo majareta.

El caso es que me disculpé de aquel hombre de hojalata, pues parecía muy asustado por el incidente, tan nervioso lo vi, que le propuse invitarle a una copa.

—De-de acuerdo —tartamudeó él con una voz metálica—, ju-justo ahora iba a-al bar de Ot-tón. Otón.
—Perfecto —respondí lleno de entusiasmo—, pues allá entonces.

Caminamos un par de manzanas, repito que no estoy seguro de si era realmente un hombre de hojalata, pero juraría que se escuchaba un ruido de engranajes a cada paso que daba.

El bar de ese tal Otón era lo más parecido a una madriguera que había visto nunca —si bien nunca he estado en ninguna—, incluso me pareció que las paredes eran terrosas y que en algunos sitios surgían fuertes raíces que se dirigían hacia abajo. Otón era un hombre gordo y de tez oscura, con ojos pequeños, parecido a un topo. Llevaba una camiseta de tirantes blanca muy sucia, y su mirada no reflejaba más que cansancio y tristeza. Los anaqueles estaban repletos de decenas de garrafas de barro con tres grandes equis negras pintadas, de las que Otón nos sirvió sendos vasos de un líquido negro y algo espeso.

—¿Qué es esto que vamos a tomar? —pregunté, inquieto, a mi compañero de hojalata.
—Bi-bilis negra —respondió en un chasquido.

Olisqueé un poco aquel brebaje y el olor a hojas resecas me apenó. Olía a toda la tristeza de Otón y del hombre de hojalata, olía a todo lo que añoran, y a todo por lo que suspiran. Dejé otra vez el vaso sobre la barra.

—¿Sabes? —le dije al hombre de hojalata— Acabo de recordar que tengo prisa, puedes tomarte mi bilis si quieres. Disculpa por el choque. Adiós.

Tal vez hubiera podido ayudarle algo más, aunque fuera hacerle compañía. Lo cierto es que últimamente no me comprendo, así que me dirigí de vuelta a mi habitación, mientras un sol rosa o cian se ponía el horizonte.



(...)

29.10.12

El lado oscuro de los lunáticos.


         Desde hace ya algunos años me dejo arrastrar de vez en cuando por  desquiciadas aguas, esto es porque cuando tienes mucho tiempo libre siempre hay un poco que se te escapa, un pequeño retal —o tal vez no tan pequeño— que te apetece perder por ahí y que se quede empapado y sucio en un charco de una calle aleatoria. En cualquiera de esos charcos, siempre hay un puñado de lunáticos que han perdido sus retales.

         Matt Terrace vive en el caos del Hércules que cambia las armas por un balón de fútbol, en el charco lleno de hierba y en las barras de bar con una cerveza o una copa de whisky patrio oscilando en su mano como un centro de gravedad obtuso.

         El ajetreo de los borrachos del parchís sin anestesia me hace sangre y resaca y me olvido de las caras y no hay nada que quiera ser recordado porque su casa es el charco; y al final, mirando las figuras que se forman en la disipada espuma de la bañera —¡Eso parece un perro, eso un hombre con sombrero!—, el agua se enfría y yo me quedo dentro de mi culo triste.
        

30.9.12

El viento sopla para que las hojas se caigan.


La casa se veía extraña, como regida por una densa soledad, las paredes parecían cercarse amenazantes sobre mí, todo cargado de las maletas del regreso. Es normal —pensé—, han pasado bajo mis pies muchos kilómetros en los últimos meses y aquí, bueno, aquí no ha pasado ninguno.

—Entonces —dijo Séiquer mientras servía los últimos tragos del brik de clarete—, el imaginario tiene las manos jodidas porque el real se ve a sí mismo inválido frente a la isla ¿no?
—No había pensado en ese enfoque —contesté yo, atento—, pero sí, está bien, la verdad es que es una buena lectura.
—Y lo que le pase al real podría afectarle al imaginario.
—¡Sí! —respondí entusiasmado— ¡Es eso! Gracias, de verdad. Me viene perfecto para el final de la historia. Espero poder escribirla así.
—Seguro que puedes, tienes buenas ideas.

Y con el último acorde de Eclipse y la última bocanada de humo y el cartón vacío arrugado en la papelera, se fue, dejando tras de sí la soledad que me acompañaba antes de que llegara.
Apagué las luces. Llegó el Otoño y ahora el viento sopla para que las hojas se caigan.
Soñé con que Claire —esto es la idea de la que estoy enamorado— no se daba cuenta de mi presencia, y yo intentaba llamar su atención, y sus ojos nunca se cruzaban con los míos, que la buscaban con vehemencia, y poco a poco me iba volviendo invisible y ya sólo podía poner zancadillas a la gente por la calle.

Un coche viejo y destartalado, algo así como un Volkswagen Escarabajo amarillo, llegaba a una vieja y destartalada casa. Nos bajábamos Claire —idea del amor—, Tiger Lily —idea de la felicidad— y yo. Quizá alguna persona aleatoria más, pero ya sabéis cómo son los sueños. Alguien me preguntaba: —¿Todo esto es tuyo?— y yo contestaba: —Bueno, sobre el papel sí, pero digamos que es nuestro.

Y después un tiburón gigante engullía de un bocado a las gemelas Olsen, dejando en el agua una nube de sangre, o maquillaje, algo así.

Desperté tarde, en el número 9 de Ninguna Parte donde el buzón reza: “Deje sus cartas aquí, Sr. Cartero”, cansado pero con ganas de llenar una o dos páginas y a otra cosa. Escribí: “Estamos locos, pero de diversión”, y ya no supe qué más poner. Pensé en pantanos y sauces. Pensé también en aquel cuento que quería escribir sobre la mostaza. Nadie lo ha hecho aún, creo.

¿Pues sabe qué le digo, Sr. Cartero? Guarde mis cartas para otra ocasión, que ahora mismo ha llegado el Otoño y el viento está soplando.

11.9.12

Dominio Astronómico.


         »Viajamos ahora en lanzaderas espaciales haciendo escalas en los principales asteroides del cinturón S-1. Paradas de Moorgate a St. Pancras y la Cruz del Rey, por ejemplo.
         »La tercera ha comenzado y la vida ya no sucede en la Tierra. Sólo Muerte.
         »Y heme aquí, periodista en el Caledonian vestido con vaqueros y gorra argentina. Pasando sed en Angel y calor en el tubular horno de viajeros siderales. Ahora somos algo menos que puntitos brillantes en el cielo nocturno.
         »Sigo siendo más de Cervantes que de Shakespeare, aunque no lo muestre siempre.

+    +    +

         »Y ya en la cálida sala común, me acuerdo de las verdes montañas vestidas con cristalinos ríos, me acuerdo de la moteada arena y el salitre empapando mis piernas, del viento besándome el rostro.
         »Quiero eso, y no el ruido de basura espacial taladrando el casco naval con cada pulgada.
         »Ya no importará a nadie cuando publique artículos sobre la deforestación del Amazonas o la fusión de los polos convertidos en la más pura furia del Océano. Ya a nadie importará ese pequeño planetoide azul, pues vivimos en el Dominio Astronómico, justo como en 1984, pero felices con nuestra ginebra de la Victoria y nuestro papel-de-culo-o-falsa-democracia que no irrita nuestros digestivos anos.
         »No habrá entonces muros ni cadenas — solamente aquellos que no se ven, que son más duros.
         »La verdad, al final, es que nada de eso importa, no mientras tengamos pelis y fútbol y música y comida basura y casera y sana y todas esas cosas que nos divierten y nos distraen, y así somos felices y eso me encanta de veras.
         »Porque la distracción es felicidad. Soy el conocido por el Distraído.
         »Ý así soy feliz cuando no entiendo lo que me dicen y tengo un libro y una cerveza y un amigo con otro libro y otra cerveza y no-hace-falta-tanta-plata.
         »No me queda apenas tiempo antes de mi regreso, y me preocupa si seguiré siendo un periodista de lo foráneo que no entiende una palabra. No me decido si en el buen sentido o no.

—Porque las banderas no son más que terceros apellidos—.

P. Village —Caledonian Chronicle
Estación London-JH.CMDN
24.08.34

29.8.12

El campo escondido I.


Susurran las verdes ramas
en la selva moderna creada.

Susurran con arañas marrones
y caballos de lima y pululan
blancas motas.

En la dorada sabana del cemento
y del acero y del cristal resplandeciente de
Narciso. En los ríos grises que rugen
enfurecidos con un aliento negro y ballenas
rojas y peces multicolor.

*      *      *


Quisiera ahora un lápiz de color azul y otro de color verde y otro de color amarillo y otro de color marrón para pintar en un papel esta mañana en Hyde Park, sagrado corazón primigenio de Londres. Quisiera pasar los días meditando a la sombra de este árbol gordo y viajar descalzo por ésta mi sesera. Quisiera ver también las estrellas negras y plateadas que se reflejan en la sonrisa añorada.

«Dejad que se vuelva un necio para que pueda volver
siendo un sabio»

Si se mira con los ojos adecuados,
se puede ver con los míos ahora
escuchando la paz y las
ambulancias lejanas.

21.6.12

La montaña de Pan.


Iba yo caminando por un verde prado cuando, tras unas cuantas vacas y un par de asturcones, me encontré con Pan tocando su flauta y bailando idílicamente en medio de un haz de luz entre un manto de mariposas blancas.
-¿Qué haces aquí? –le dije- ¿Tan lejos del mundo de los cuentos?
No contestó. Ni siquiera dejó de silbar su música silvana.
-¿Por qué ya no me cuentas cuentos? –imploré desde el cansancio- ¿Por qué no dejas de confundirme con amenas notas y me prestas un par de palabras?
Seguía soplando en su flauta sin apenas percatarse de mi presencia.
-¿Por qué ya no puedo escribir más que lamentos? –continué- ¿Por qué no puedo hacer más que mirar el suelo bajo mis pasos y pensar que ese suelo no existe?
Pan paró de tocar entonces. Sonrió. Se desvaneció en la hierba.
Continué mi ruta por el empinado sendero hasta llegar a la fuente del arcoíris. No era más que un pequeño arroyo de agua helada enmarcado por piedra labrada toscamente. Allí descansaba un feo personaje. Una suerte de oso pelón y maloliente de tez purpúrea.
-Buenos días –saludé tímidamente- ¿Ha visto usted por algún casual a Pan con su flauta?
-No es corrrecto molestarrr a los dioses –respondió con una voz ronca y afónica-, al señorrr Pan no le gusta que le molesten los morrrtales.
-Esta es una situación excepcional. Camino con mis dos pies y me atengo a lo que ellos me deparen.
Y continué la ascensión decidido. Como si Pan me debiera algo, como si lo justo fuese que yo recuperase mi gastada pluma.
Llegué a la loma de los buitres. Ahí un viejo y desvencijado cóndor gigante aguardaba mi llegada con ojos vidriosos y perspicaces.
-Ahí –dijo el viejo cóndor antes de que tomase aliento para emitir palabra alguna-, ahí, mira ahí –repitió-.
Me asomé al escarpado abismo y vi lo que el viejo cóndor mi indicaba, eran un pequeño gorrión y un negro gallo compartiendo nido en un alejado y retorcido árbol.
-¿¡Ves lo que ha hecho Pan con este país!? –gritó enfurecido, enarbolando sus enormes alas de hierro y plomo hacia el gris cielo- ¿Ves en qué ha convertido ese sucio y pervertido cabrón estas santas tierras?
Corrí cuesta arriba intentando ignorar los berrinches del viejo cóndor. Debía encontrar a Pan. Debía recuperar aquello que había perdido. Aquello que me había sido arrebatado de entre mis frágiles dedos dormidos.
Pan no estaba en aquella cima baldía. Pan no estaba. Me la había jugado otra vez. Como si nunca hubiera existido, como si nunca se hubiera desvanecido en la hierba, como si aún estuviera tocando su alegre canción bailando en un haz de luz bajo el arcoíris. Pan no estaba.
¿Cuántas montañas más tendré que ascender para encontrarle? ¿Cuántas cosas terribles más tendrán que soportar mis ojos? ¿Dónde está esa manzana a la que tengo que dar tres vueltas entre mis dedos?
Me acosté entre las rocas, abatido. Quizá no sea esta cima, pensé, tal vez esta no sea la montaña que estaba buscando.

15.6.12

El flautista a las puertas del alba VIII —El gnomo.


La otra noche me fui al pub para despejarme la cabeza de una semana dura de trabajo con una buena pinta tibia. El viejo Seamus estaba sentado al lado. Seamus era un viejo irlándes, un viejo charlatán de cabellos disparados en blancos mechones que antaño fueran como el joven óxido. Me miró fijamente con sus viejos ojos verde pálido y me dijo:

—Te voy a contar la historia de un hombre pequeño… si puedo… un gnomo llamado Grimble Crumble. Un jodido y pequeño enano cabrón. Se pasaba los días en mi jardín, comiendo mi comida y bebiendo mi vino. Se echaba la siesta en mi hierba y cagaba en mis rosales. Por la noche era peor, trajinaba con mis somnolientas ocas. El hijoputa llevaba una túnica escarlata y una capucha azul verde, algo sucias, pero parecían bastante buenas. Y el cabrón seguía comiendo y bebiendo y durmiendo en mi jardín, y cagando en los rosales y jodiendo con mis ocas, y yo no podía hacer nada ¿entiendes? ¡Es un gnomo! No podía hacer nada…

—¿Y qué pasó con aquel… gnomo? —pregunté tras un buen trago de mi pinta de stout.
—Pues que un buen día… ¡Hurra! El gnomo había desaparecido ¡Oomray! así dije, así es como dicen “¡hurra, qué bueno!” los gnomos ¡Oomray!
—¿Ah sí? —pregunté desinteresado en el relato del viejo.
—¡Sí! Me dije: ¡Mira al cielo, mira al río! ¿No son cosas buenas? ¡Oomray!
—Supongo que lo son —contesté con una sonrisa—, siempre y cuando no haya por ahí algún gnomo que se cague en tus rosales.
—¡Oomray!
—¡Oomray!

13.6.12

El flautista a las puertas del alba IX —Capítulo 24.


Camino por la oscura senda entre las alargadas sombras de guijarros iluminados por mi oxidada linterna. La gravilla cruje bajo el peso de mis pasos. Uno, dos. Mi aliento baila en vaho frente a mi rostro. Tres, cuatro. Los grillos agitan sus verdes violas ocultos en la retorcida hierba. Cinco, seis. Las estrellas guardan que la noche siga despierta en la cúpula de los dioses. Con el séptimo paso todo vuelve a empezar, y la fuente de agua sigue tibia. Nada cambia si nada cambia. La ruta que busco aparecerá si apago la linterna. La oscuridad de mi mano traerá la buena fortuna. Y la puesta de sol.

*  *  *

La nieve colma la cornisa de mi ventana de dulce blanco y calor. Observo la calle con mis manos entrelazadas alrededor de una cálida taza de café. Sería el momento perfecto ahora, justo antes del solsticio de invierno. Sería ahora mismo el momento perfecto para ver tu pálida tez abrigada por la lana de una bufanda gris. Así lo imagino. Tus perdidos ojos buscando mi ventana. Buscando un fugaz destello, un reflejo, un trueno que señale otro camino hacia ese cielo al que no sabemos llegar. Con la misma maleta raída y todas esas pequeñas cosas indestructibles que se albergan justo aquí, en el pecho.

*  *  *

Sonríe, una sonrisa tuya puede traer la buena fortuna. También la puesta de sol.


10.6.12

El flautista a las puertas del alba II —Lucifer Sam.


Las bolas de billar corrían por la mesa a la orden de tacos de cenizas de azur. Un blues rápido agitaba el humo que gobernaba la oscura sala. Mi cabeza se precipita frente a la barra, abatida. La ginebra de la victoria también lo está y no se presenta más que como triste espejo —¿Te he hablado ya del gato de mi amigo Sam, de Chesire? —le digo en un eructo al viejo vecino— Lucifer siempre estaba a su lado, siempre. Siempre estaba a su lado. Lucifer tenía algo extraño, algo raro, algo que no puedo explicar. Sí, algo que no puedo explicar. Su novia, no la de Lucifer, la de Sam. La novia de Sam era una auténtica bruja. No sé por qué, no puedo explicarlo. Tenía todo lo que tiene una novia. Tenía una bonita melena rubia o negra, unos ojos sinceros, unos ojos… verdes y sinceros. Pero ella, Ginger, así se llamaba, Ginger estaba en el lado izquierdo, en la cara oculta. Lucifer no, Lucifer estaba en el derecho. Lucifer estaba en el mar, tranquilo, como un gato-barco… como algo que no puedo explicar. No puedo explicarlo, pero también se esconde ahí, en el suelo, entre la arena… hablo de Lucifer, el gato, el gato de Sam ­—Mi viejo vecino pide otra ginebra de la victoria con sus ojos fijos en una servilleta mojada, no me importa si me escucha él o alguien, no me importa si mis palabras se pierden en la embriagada atmósfera— Cuando te acerques, viejo vecino —le digo, apuntándole con el dedo—, ese gato, Lucifer, ese que tiene algo que no puedo explicar, será encontrado, cuando estés cerca y puedas sentir su marino aliento, cuando tampoco tú puedas explicar qué tiene ese gato.

3.5.12

Otro ladrillo en el muro.


El muro es algo que no construimos sólo con nuestras manos, cada insulto, cada burla, así como cada caricia y cada mirada, son otro ladrillo más. El muro es lo que nos diferencia, es lo nuestro, y yo no quiero que los ladrillos de mi muro sean objetos. Roger Waters dijo todo lo que yo quisiera haber escrito. El niño creció. El sueño terminó. Y si cada momento es un tic-tac, de los que cada uno cuenta, tendré que seguir poniendo ladrillos, pues el último es el que mata. Porque no es lo que pienso cuando me levanto por la mañana, es lo que aún ronronea en mi cabeza cuando intento cerrar los ojos.

Dadme silencio. Silencio y una ventana desconocida, y puede que así consiga traer más palabras. No estoy seguro ahora, y mis bolsillos están vacíos.

Tengo un pequeño cuaderno de cartón donde guardo disueltas notas y aturdidas frases manchadas de alcohol y algún que otro rayo de sol. Tengo más de cien libros en mi estantería y ninguno lo he escrito yo. Tengo una maleta nueva y un par de botas con cordones, y creo que no necesito ningún sitio al que volar mientras me quede cielo.

No quiero seguir tachando días del calendario, y aún hay cosas que no entiendo. No quiero ver buitres de acero en este cielo. No quiero gris. Tampoco quiero un techo en mi muro.

—¿Hay alguien ahí dentro? —dicen, pero no les importa.
—¿Hay alguien ahí fuera? —digo yo, pero nadie contesta.
Sólo los gusanos podrán derribar mi muro.

Inspirado en Pink Floyd: The Wall

16.4.12

Lluvia y mirar por la ventana.


Llovía purga y catarsis, la fina lluvia de Bohemia en las tardes de café y mirar por la ventana mientras el suave vapor calentaba su rostro oculto en sombra de ojos y la vista perdida. El inquieto latido profetizaba la llegada inesperada de viejos abrigos empapados por las lágrimas de la añoranza amnésica.

La clara luz de la estación cercana empañaba el blanco alicatado de los servicios. Llovía en amor viejo y enfermo y resignado. Y cargó con su raída maleta de cartón, esa que tenía una pegatina del lado oscuro de la luna y el prisma que fracciona el haz de luz en un geométrico arcoíris, la que le acompañaría por los charcos de las calles aún pasadas estas páginas.

El interfono graznó vehemente, y sus dedos se estremecieron contra la taza humeante.

-Ho… hola.
-Pasa anda, estas empapado.

*Continúa en el siguiente vídeo:



Tengo un pequeño libro negro con mis poemas escritos. Tengo una bolsa con un cepillo de dientes y un peine dentro. Cuando soy un buen perro, algunas veces, me echan un hueso dentro. Tengo gomas elásticas sujetándome los zapatos. Tengo tristeza por esas manos hinchadas. Tengo trece canales de mierda para escoger en el televisor. Tengo luz eléctrica. Tengo sorprendentes poderes de observación y así es cómo sé, cuando trato de contactar contigo por teléfono, que no habrá nadie en casa. Tengo la obligación permanente de Hendrix y el inevitable ojo de aguja arde delante de mi camisa de satén favorita. Tengo manchas de nicotina en mis dedos. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un soberbio piano para colocar mis restos mortales. Tengo salvajes ojos penetrantes. Tengo un fuerte deseo de volar, pero no tengo a dónde volar. Ooooh pequeña, cuando cojo el teléfono sigue sin haber nadie en casa. Tengo un par de botas Gohills y tengo mis raices marchitas.
Roger Waters.

28.1.12

Eterno resplandor de un diamante perturbado.


Todo empezó así, con la cabeza llena de imágenes de musgo brotando a cámara rápida por todas partes, como una infancia de insectos en las ramas y madres orgullosas y agua templada… aprendiz de todo y maestro de nada… el patetismo de una persona sentada en el váter mientras se limpia el culo. Es gracioso, el Universo digo, ellos dicen que la vida se trata de empeñarse en morir o empeñarse en vivir, yo más bien veo la oscura silueta de un gran pez bañándose en la luna… como el coyote, así soy yo, intentando cazar esas historias imposibles. Tengo buenas ideas pero al final, aunque use bolígrafos y artilugios marca ACME, siempre acabo defenestrado por cualquier barranco de Arizona, esto también viene dibujado… bebíamos vino de una botella envuelta en papel marrón cuando me contó su historia, se despertó borracho un día y se dio cuenta de pronto de que estaba en casa de ella, justo al instante en el que ella entraba por la puerta. “Ella… ¿Qué hago aquí?” “Nada, te emborrachaste y decidiste venir a decirme algo” Se le pasaron por la cabeza mil cosas que podría haberle dicho, cosas que sentía por ella. “¿Qué te dije?” “Nada” “¡Dímelo! o… ¡seguro que lo anoté en mi cuaderno!” Abrió su cuaderno y vio una ebria nota con letras sinuosas, decía: Acabo de decirle a Ella que la quiero, y Ella me contestó que me querría para siempre si al despertar mañana yo me acordaba de todo esto…


Porque puedo coger cualquier cosa y destruirla, hacer mis propias reglas… al menos en esto que escribo… tinta roja, como sangre, y un oso de peluche gigante que esconde un cadáver, circos, ricos que son más pobres que los pobres, siendo poseedores únicamente de una vida de aburrimiento buscando estímulos inocuos y toda clase de mierdas, mierdas caras… llenarse de todo y comparecer indefenso bajo las incandescentes luces de una barra. Borracho sin rumbo que disfruta del camino… conversaciones insulsas, ahogo mis aullidos de aburrimiento en otro y otro trago, porque no sé moverme en una fiesta, yo sé mover los dedos y escribir cosas… creo… sí ¿no? no sé… estos putos acordes que creen hablar no me dicen nada o me importa una mierda. Cherokee o Sioux, me da igual, yo quiero ser un lobo y aullarle al nocturno cielo desnudo de nubes, fue otro en mi cabeza el que lo hizo… más cruces de caminos con el diablo ofreciéndome mil almas a cambio de uno de mis párrafos sobre Al Green… pero yo no soy escritor ni poeta, no a menos que un centenar de personas me convenzan de que quizá lo sea… ángeles con penes de alcayata y cinturones de seguridad que ponen orden en el amasijo de cadáveres que cubren el asfalto, como un jodido acuario de mejillones, como un par de páginas en blanco… de fondo un monólogo de rock como una losa en mi cabeza. Yo miraba una ventana iluminada entre sopor y noche y humo, cuando otro ángel, negro, despertaba de un sueño gris… hombres de las cavernas que ahora viven en sofás, satisfechos porque lo que no les mata les engorda más fuerte… así, todo esto… ¿cómo voy a tomarme la vida en serio?

2.1.12

Las luces de mañana.


La cabeza no me daba vueltas esta vez, debería hacerlo, pensé, pero estaba misteriosamente lúcido. Había dejado los gintonics y vuelto a la cerveza. La música no era más que un eco borroso, una mancha de ruido entre el humo que nos rodeaba a Johnny y a mí frente a la barra.

-¿Sabes?-le dije, riéndome-Llevo meándome como media hora y no me atrevo a ir por culpa de esas luces-Johnny empezó a soltar carcajadas-Esos bichos o son dragones o son plantas que dan miedo.

Un salto temporal me llevó directamente a mi rostro reflejado en el espejo del encharcado lavabo, mis ojos inyectados en sangre se miraban a sí mismos, al vacío del todo… la moraleja supongo que será que hay que dar ese paso aunque asuste. Tampoco es que yo sea quién para enseñar algo de la vida a cualquiera.

Y pasaban las horas en silencio mientras mi jarra se vaciaba de cerveza para llenarse luego otra vez, con mi mente desconocedora entonces de que Lorraine pasaba frío en algún banco cerca de la estación de autobuses. No, espera… eso fue mucho más tarde.

Quizás siga bebiendo, me dije, para despertar de repente en otro sitio sin saber cómo he llegado ¿Qué más da cómo siga cualquier historia? ¡Yo no me acuerdo!

Da igual, no importa. Pues siempre es mañana.


23.12.11

Un respiro entre las páginas.


Puede que parezca que he estado ausente, pero no es verdad, un poco sí, pero lo cierto es que he estado ocupado.
He estado escribiendo mi primera carta de amor, aunque aún no la he terminado, pero sé que lo voy a hacer.
También he estado pensando en si la vida es un sueño que parece demasiado real. A mí me gusta imaginármela como que ya conocemos todo, y rebuscamos con una mano invisible dentro de un enorme calcetín a rayas rojas y blancas. Dentro de él están todas las vivencias, lugares y personas; y las vamos sacando al azar. Luego nuestra mente nos engaña y mezcla todas estas cosas para que parezca que las vamos conociendo, cuando en el fondo ya lo sabíamos todo, porque todo es la misma cosa, todo es todo.
De momento también consigo hacer que se duerman el aguador de mis lagrimales, el monstruo verde, el apretar los puños y el chirriar los dientes; bajo el decreto de ¿ES DE VERDAD IMPORTANTE? todo así escrito.
Porque todo va a ir bien mientras tengamos unas pocas gotas de amor como las que llueven siempre sobre mi cabeza, hace tiempo que tiré el paraguas y dejo que me empapen bien.
Tan grande como es la mente humana… y el Universo capaz de albergar millones de ellas… para que haya quien sólo la ocupe en las uves dobles al final de las piernas y en cabrones de brazos verdes. Y me hablan de placer… Placer es observar el ascenso del humo mientras suena Breathe in the Air, Placer es saber que no necesito motivos para sonreír.
Porque la vida es como el bar, el bar no entiende de religiones ni de políticas, el bar está hecho para beber y pasarlo bien.
Con mi amnesia caótica, con mi algo en la mochila, mis etiquetas de Budweiser pegadas con saliva en esas botas… ¡Mira qué botas! ¡Qué guay!
Como los armadillos, que no son ni perros ni escarabajos, nosotros ninguno somos lo que creemos ser. Somos algo más. Y algo menos. Hemos nacido para ser siempre libres. Así que olvídate de este mundo. Tienes que crear otro.