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26.2.17

Ejercicios de Estilo: Notaciones.

En el Q, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años y sin agallas va pensando en peces. La gente alrededor está como ausente, sumergida en sus auriculares. Otro tipo, de tupido bigote, pliega entre sus dedos el boleto del ómnibus y se lo esconde en la manga. A continuación, estornuda estrepitosamente y un ojo se le sale de la cuenca. Después se arroja por la ventanilla de emergencia usando su cráneo para romper el cristal, en vez del martillo homologado.

                A unas trescientas catorce millas náuticas de allí, en el mismo instante de la eclosión, un anciano hierofante en la bañadera descubre que toda su vida se ha regido por suposiciones de terceros y se tira un prolongado pedo subacuático cuyas burbujas parecen exclamar «¡Eureka!» y entonces se desploma el edificio, dejando un cráter en el suelo y un montón de escombros.



3.7.16

Veinte mil leguas de todo alrededor.

Un ejército de silencio deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.

Me levanté de una voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y vacío de cuajo.

Si realmente hay algo que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco geográfico sin rumbo ni despedida.

Libis, disfrazado de dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el cuello de la camisa, sin darse cuenta.

Luego de un rato, lo ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin suelo.

—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.

Antes este chaflán no era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de los diarios.

Más tarde los vecinos se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.

Fue a ocupar su lugar un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la giba.

Éste se fue otro día, por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.

Después de la segunda fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.

A continuación, granizó.

Luego las pestes, aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras, el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo de la carismática prefectura lundonita.

La señora Levono disfrutaba de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas moldavas.

La señora Levono ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.

Pero nadie iba a la pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio genital de San Lundo.

Sin embargo, aquella noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.

Sin más remedio, volví a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan panoplias de decoro entre las amígdalas.


Me perdí en la geografía, tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño hombre absurdo que enciende y apaga un farol?


Vasili Kandinski

28.5.16

interludio a la siesta de pam.

abrí la puerta sin llamar y dejé la mochila junto a la silla de gigante donde fui a sentarme. me gusta esa silla porque no levanta dos palmos del suelo, y uno se siente enorme y formidable cuando se sienta en ella. pero ser más grande no es tan cómodo. yo es que soy curioso ¿no ves que me divierte? me enredé en el tubo vuelta y media y, en un santiamén, yacía tumbado en la cápsula sintética y, desde ahí, pues eso, el plástico y las nubes. pasó una con forma de cirro, sendos estratos sobre el zócalo. un cúmulo que parece un cúmulo, y una tormenta, como esa tormenta bajo tus ojos. abro una página al azar y leo: abro una página. la luna tiritó en su clinamen y me salieron raíces por entre las escápulas. sabe a arena, le diego, sabe a mierdra de mayo y el matojo por los sobacos. sabe a meselo, digo digo; y huele a que me va a doler de nuevo cuando me despierte. fruncí los trastes, esto es, para distraerme. baobab bob junto al farol bob bob y mi garganta gob glob mientras un quelonio hace chum chum y el cinocéfalo hace ha-ha y le gruñe a bob, y le ladra a chum, y le muerde a bang-bang! (es todo un espectáculo). dijo un tal (y tal, tal es) que mi sombra me perseguiría, siempre y cuando hubiera luz. así que me hice fósforo. y me encendí. y ya no sé qué fue después. abrí otro párpado y me escoció la primavera. los ojos como amapolas. sucedió un día tembloroso, agrietado, arrancando el techo a jirones. ocurrió de manera tan sutil que apenas lo percibí hasta ahora; recién lo escribí. y desde entonces visto las alegres ojeras del que sueña despierto, del que se da por dormido. estiré las piernas y agarré una rama, no muy alta, lo suficiente; y ya ves tú cómo me balanceo, que se me olvida qué hora es. hoy no puedo escribir los versos más alegres, ni retratarte lo abrasadora que es mi lámpara bajo el estático techo, tácito y sempiterno. nunca la quise, ella nunca me quiso. siento que la tengo. pienso que la he perdido. no son los versos más alegres, pero son los primeros que le escribo. busca una constelación con el dedo y ponle el nombre que te apetezca. palpa los muros; son pulpas. lo mono camina del revés; lo que viene nos llega por la nuca. lo que está, lo tenemos en los pies. lo que no está, no estará nunca. serví chai con moloco y piteamos en silencio y videamos las estrellas como quien lee en lengua ajena y se da por enterado. yo no sé. ni vacío, ni enterrado. soy un qué. partido entre el qué de acá y el qué que va a sentarse en la silla de gigante. mirando, desde una cofa alejada e imaginaria, los pliegues de sus dunas, cada recodo, cada duda. sorbí el chai (que me quemé) y volví a empezar. cada recodo, cada duna, cada sílaba de su saliva. el tintineo de las chaschas, el gorjeo de las golondrinas y todas esas pequeñas notas silenciosas que componen la sinfonía de lo absoluto con la última hora de la tarde. entonces recojo la mochila y, ya de pie, me vuelvo a hacer pequeño entre los resquicios. trepo montes y adoquines y cierro la puerta que cierra otro párpado que cierra la noche por la ventana.  

Picasso

19.10.15

Calabaza.

Tengo una bicicleta con una rueda rota en la esquina de mi pieza, junto al perchero y el armario. Es un armatoste naranja caramelo con las llantas de mostaza y se anuncia como la Calabaza de Orión, todo un escándalo.
Desde luego no es de mi talla, se ve como un juguete. Y si no fuera por la rueda y mi avería ahora mismo estaría pedaleando y no andando pedo y en calcetines, che, dónde hemos llegado.
La razón por la que te escribo esto es porque me he fijado en que me gusta que esté así, rota y bien rota. Y pensé que era importante que lo supieras.
Creo que la Calabaza de Orión tiene, al menos, tres marchas. Pero ya sabes que yo de eso no sé apenas y cojo el piñón de en medio y con las mismas subo o bajo a donde sea. Son cosas nuestras, no nos importa mucho.
De todas formas no sé si llegaré a llevarla al taller, porque antes tengo que comprar un acuario nuevo y mayor para la tortuga y también trasplantar esa rama que encontré, todo crece y, sabiéndome, va para rato.
Pero me paro a pensar y, espera, volvemos a la vieja ruda y pendeja rueda que encima está rota y que se ríe bajo el polvo del neumático dislocado. La veo por el rabillo y se me eriza la nuca y me molesta su sonrisa torcida y sus radios oxidados. Me asquea ese gesto encorvado con las pastillas de freno fruncidas y ese mirar de manillar por encima de la horquilla. ¡Vaya un velocípedo!
¿Cómo iba yo a cabalgar semejante rocín, tal artefacto? ¿Acaso no se ha convertido ya en un mero cartabón con sendos círculos en el bodegón que es mi pieza? ¿Y en qué me quedo yo, entonces, tornado simple pincel con cerdas por cabello y un herrete en el pescuezo?
¿Cómo iba a cabalgar siquiera, con este cuerpo que es de palo, tronco muerto, barnizado? ¿Cómo…? ¡Cómo!
Como comprenderás, todo este asunto quizá me desquició. La rueda rota y ese rollo. La Calabaza en mi pieza, bajo la ventana, en pleno Ochobre. En fin. Todo benne. Cebá el mate.



15.10.15

Está silbando la cafetera.

Está silbando la cafetera. Nahuel dormita en el sofá sobre un manto azul impregnado de elefantes. La estantería yace tranquila. Aquella bombilla descansa. Renton ronca en silencio en su cuarto envuelto en cables y mi pieza aguarda vacía a que alguno como yo vaya y la duerma. Es de noche, cualquier día, tal vez miércoles.

Se enciende una bengala. Respira. Soplan las torres del momento en la penumbra y se percibe un murmullo, un leve murmullo. Como el hueco  vacío y sordo que dejaran aquellas maletas tuyas en el polvo y todos los cachivaches y mamotretos que olvidaste. Como aquellas huellas que dejamos y que nunca volvimos a pisar. Como aquel qué, como este silencio.


Me olvido y vuelvo a empezar. Necesitamos, lo primero, una buena excusa. Después confiar en una aguda improvisación e ir desarrollando la estratagema bien poquito a poco. Sin precipitarse. Es importante llevar un buen corte del pelo  e ir debidamente aseado y afeitado. No problemo. 

Comienzo, pues, esperando el autobús. Está silbando la cafetera. Suelto chapas relucientes y me devuelven un papel grasiento. Ahora viajo.

Añoro las aves en el portaequipajes y los ceniceros colmados y las cintas de velcro en lugar de complejos cordones. Añoro los polos de Popeye y el no saber qué comió aquél ayer. Añoro guiñar un ojo y que al abrirlo aparezcas tú con un paisaje cualquiera y que seas tú. Y hasta aquí.


Cara B. No te encuentro. No me encuentro. Descansas bajo mi pupila aun cuando no te sueño y lo demás no es más que atmósfera. Pero a mí me arrolló la corriente y ya no sé ni a quién le escribo, reflejado en la luna reflejada en un charco.

Me apeo en la siguiente, lo prometo. Y pasa la estación, pasa la vida, pasan los letreros, los malos recuerdos, la buena onda, los viejos remordimientos, los reproches astillados. Esa flor brillaba, hoy es tarde, no la has visto. Cómo se va. ¿Cómo te va? Parada en curva, no se tropiece.

Es de noche. La luz de los faroles se esparce naranja por el asfalto. La basura retoza en su rincón y las sirenas cantan a unas manzanas con la garganta partida y suero y ruido de motor. La hora afilada en Metrópolis sin sombrilla ni chaleco: un desastre.

Aquí tengo que empalmar y el jodido bus no llega. Tengo dedos de mimbre y los monchis me hablan en otomano con queso de cabra y maldita sea la hora en la que me veo yo, aquí, otra vez.

Y pensé que sabría evitar la vieja claustrofobia cuando me encontrara en esas, pero entonces apareces, ahí, justo entre el lado de acá y lo de fuera, con los brazos extendidos, ay, y después de tanto tiempo, y estamos distintos y es lo mismo y ya me distraje otra vez, quién es tú, dónde estás yo.


Me olvido y vuelvo a empezar.

Es de noche. Está silbando la cafetera. Suelto chapas relucientes y me devuelven un papel grasiento. Ahora viajo. Por la ventanilla me veo a mí, refractado, y detrás los coches en estampida, las alcantarillas, los destellos de los semáforos. Me apeo en la siguiente, lo prometo. Hace calor y me sobra esta chaqueta y es de noche y ya no llego.

Y luego estás tú, cualquier día, y esa luna, y nada más.



31.1.15

Un toroide torcido.

—Lo que vengo a decir —dijo finalmente César tras una dilatada perorata cuyo origen hacía rato que ambos habíamos olvidado—, es que es imposible hallar una sola prueba que refute que nuestra memoria es fiable en el más mínimo de los casos. No importa que tengas en casa un puñado de  cintas VHS en las que salgas practicando windsurf en las playas del wild sur, eso no demuestra nada.
—¿Sigues empecinado en eso de las granjas de humanos y en todo ese rollo de que vivimos en Matrix, eh?
—No se trata de que yo me empecine o no. En serio, tío, no hay más que abrir los ojos un poco más y en seguida te das cuenta de que todo es absurdo hasta tal punto que sería de locos creerse que de verdad esto es la realidad.
—Bueno, hay quien dice que estamos tan acostumbrados a buscarle la lógica a todo que no es difícil que uno termine por volverse un chiflado. Al final, lo que tú mismo estás haciendo es dar una explicación lógica a todo esto, en vez de asumir que realmente todo es un absurdo así de grande y que más vale pasárselo por lo menos bien y no dejar que tanta paranoia te ablande el seso.
—Ya… tú piensa en lo que te he dicho, ya verás como al menos un par de veces al día descubres fallos de programación.
—Lo que tú digas. ¿Mañana a la misma hora?
—No, tío; mañana no puedo. ¿Te parece mejor mañana?
—Perfecto.
—Muy bien, pues mañana nos vemos entonces.
—¡Hasta luego!
—Cuídate, Juan.

         Pagué el café y me puse la bufanda para combatir los flemáticos soplos que Céfiro  ha tomado por costumbre exhalar en esta época del año. Anduve las nueve cuadras que separan el San Adolfo de mi pieza sin pensar en gran cosa cuando me encontré con mi viejo amigo Julio, cronopio desquiciado como los que ya no abundan, con un aspecto considerablemente más desaliñado que el habitual y con las córneas más bien inquietas en sus cuencas demostrando claros signos de nerviosismo.

—¡Coño, Juan, qué alegría verte, justo a ti te estaba buscando! —me saludó con los brazos extendidos, mostrando sin querer un pronunciado desgarrón en la axila de su trasnochada chaqueta de lana.
—¡Julio, cuánto tiempo! —exclamé yo— ¿Cómo te trata la vida?
—Bien, bien, pero eso no importa. Verás, esta noche he tenido un sueño increíble y, según me levanté de la cama, sentí que tenía que contártelo precisamente a ti. Me calcé a toda prisa y vine lo antes que pude.
—Pero si ya pasan de las cuatro de la tarde.
—Ya. ¿Quieres que te cuente el sueño o no?
—Hombre, la verdad es que ahora me pillas un poco liado.
—Vale. Pues bien: Estaba yo en un columpio, quiero decir en mi sueño. No sé muy bien si estaba sentado o de pie, ya sabes cómo me gusta a mi ponerme de pie en los columpios, pero seguro que me estaba balanceando. Los arcos que iba dibujando eran amplios, amplios, amplios, pero todo esto muy despacio, muy despacio. Tan despacio que más bien parecían diapositivas desperdigadas en mi retina, que entonces no estaba en mi ojo, sino en mi coco, y daba la sensación de que cada segundo era independiente de los demás segundos, que no tenían nada que ver entre sí. A todo esto debería añadir que yo no sueño nunca, o que nunca recuerdo lo que pasa cuando estoy dormido. Y nada, luego pasaban unas cuantas cosas, pero no sé explicarlas, y al final veía a un tipo raro, con barba descuidada y un vaso de moscatel junto al cenicero, haciendo tamborilear sus dedos sobre un teclado mientras en una pantalla se iba redactando todo lo que pasaba. Quiero decir todo lo que nos pasa a ti, a mí, a todos. Como si ese hombrecillo fuera Dios, o un secretario suyo, y en esa página de ordenador fuera escribiendo nuestras vidas y destinos. Me di cuenta entonces de que el mundo, lo que conocemos, no es más que una novela o tal vez un relato corto o un poema. Y de que nosotros somos los personajes.
—¿En serio? —respondí yo— ¿Y por qué te dio por venir a contármelo precisamente a mi?
—Pues porque a raíz de este secreto que he descubierto he estado analizando mi vida de cabo a rabo y me he dado cuenta de que nunca me ha pasado nada. Al menos nada que uno escribiría en un libro. Así que he supuesto que no soy más que un personaje secundario, tal vez un extra. Pensé que, si existo, es porque ahora mismo alguien está leyendo este texto y que el protagonista de la historia sería sin duda alguien a quien yo conozco, pues en caso contrario ni siquiera existiría.
—Y ese protagonista debo de ser yo.
 —No se me ocurrió nadie más. Mírate, tan entero y definido. Tú, Juan, eres uno. Yo no soy más que otro del montón.
—Tampoco te menosprecies, eres de las personas más curiosas que conozco. ¿No te apetece subir a casa a tomar algo de vino? Aún me queda una garrafa de cuando nos emborrachábamos en el Sándwich Eléctrico, antes de que se matara Manu con aquella piel de plátano.
—Claro, ¿por qué no?

         Preparé un par de vasos y un cuenco de anacardos para mascar y debatimos largo rato las cualidades del universo según las premisas marcadas por el sueño de Julio. Determinamos que tanto nuestra memoria pasada como nuestro futuro estaban ya escritos, y esto me devolvió a la conversación con César, aunque vista desde otro prisma un tanto más caleidoscópico. Nos enojamos al descubrir que nuestras vidas no eran más que un par de líneas perdidas como náufragos en un océano de párrafos, que todos nuestros sueños y aspiraciones eran  simples acotaciones estilísticas en el típico capítulo de relleno que no aporta nada. Nos preguntamos por la calidad del libro al que sin desearlo pertenecíamos, por cómo sería ese escritor y por qué nos había creado si no pensaba otorgarnos un minuto de gloria en el que nuestra mera existencia cobrara sentido.

—¿Sabes lo que creo? —dijo Julio mientras se llenaba la boca de frutos secos— Que si yo he tenido este sueño y estamos teniendo esta conversación es porque tal vez haya un fragmento en el que nosotros mismos seamos los protagonistas y se narra justamente lo que nos está pasando ahora mismo. No sé si esto está sucediendo porque está siendo escrito en este momento o un cualquiera lo está leyendo. En ese caso, si varias personas lo leen al mismo tiempo, estaríamos siendo duplicados con nimias variaciones y entonces no somos realmente personajes de un libro, sino proyecciones de ese mismo libro en la mente de un lector más o menos disparatado. ¿Te das cuenta del lío en el que nos hemos metido?
—En que nos has metido —apuntillé yo.
—Sí. ¿Y si es un libro de mierda de un escritorzuelo de pacotilla? ¿Qué me dices? Joder, Juan, estoy que no me lo saco de la cabeza. ¿Y si se trata de una novela policíaca y tú o yo o los dos somos víctimas de un asesinato? ¿Y si esto que vivimos no es más que el trasfondo de un prólogo aburrido que introduzca un contexto en el que realmente no ocurre nada? No sé si voy a ser capaz de dormir una noche más con todo este bullicio entre mis sienes. Y es que lo pienso y me doy cuenta de que, si todo esto es ciertamente un cuento, ni siquiera puedo decir que éstas de aquí sean mis sienes. ¿Qué tengo entonces? ¿Quién soy? ¿Qué?

         La pieza se había sumergido en una palpable penumbra y encendí una lámpara para remediarlo. El vino se había terminado hacía rato y, siendo domingo, no tenía solución para aquello. Mientras tanto, Julio seguía dándole la vuelta al mundo montado a lomos de sus propias cavilaciones.

—Si hasta se me quitan las ganas de seguir hablando —masculló—, pues no voy a decir nada que ese cabrón no haya escrito ya. Y encima el tío se lo tiene que estar pasando de puta madre escribiendo cómo me vuelvo loco.
—¿No habíamos quedado en que si estamos vivos ahora es porque alguien está leyendo el texto?
—No, Juan, eso era un supuesto, que no me escuchas.
—Entonces estamos siendo escritos ahora mismo.
—Exacto.
—Pues entonces es bien fácil, sólo tenemos que hacer algo que el escritor no se espere o no sea capaz de imaginar para salirnos del relato.

         En ese instante, con sendas pupilas rebosantes de un misterioso fuego fatuo, Julio se levantó de súbito y se arrojó por la ventana abierta sin mediar palabra.

—¿Qué haces? —le dije, asomándome por la misma.
—Lo que tú has dicho. Imaginé que no me pasaría nada si me tiraba por la ventana sin que estuviera previsto.
—Pues claro que no te ha pasado nada, ¡estamos en un bajo!
—Eso puede significar que el escritor ya planeaba defenestrarme por algún sitio resultando yo ileso como un superhéroe.
—Yo creo que lo que significa es que estás rematadamente loco y que no tienes remedio.
—Piensa lo que quieras, yo sé la verdad.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué te sirve?
—Pues… —empezó a decir mientras se frotaba una rodilla que se había raspado por la caída— Pues para que el autor bastardo se dé cuenta de que yo también existo, que estoy aquí y que no pienso ser un figurante más en su circo de sílabas.
—Entonces prueba otra cosa, porque me da a mí que esto no ha funcionado.

         Julio se quedó dubitativo, y le ayudé a volver al piso con cierto esfuerzo. Tenía los pantalones manchados de polvo y verlo así me inspiró lástima. Le recomendé que se diera una ducha y que comiera algo, que se tomara una siesta y que ya vería las cosas de otro modo al despertar. Que en cualquiera de los casos el asunto, digo el mundo, es así, es lo que hay y no hay más. Que nos parece raro todo porque lo único que no cambia es el perpetuo cambio al que estamos sometidos. Que cuando nos sentimos raros nosotros mismos es porque no estamos del todo sincronizados con nuestro alrededor y que en esos casos prácticamente lo único que uno puede hacer es esperar un rato y a ver qué pasa.

         Se fue cabizbajo, con la cabeza hecha un trompo a punto de desequilibrarse pero con cierta inercia aún. Julio era real en ese momento. Real de veras. Y yo también me sentí real entonces y fue como verse a uno mismo en un espejo inmaculado y además dentro del propio ojo y… no sé, es una sensación extraña harto difícil de explicar.

         Volví a mi escritorio y no podía concentrarme. Todo se había transfigurado en un revoltijo de impulsos eléctricos entre axones y dendritas. Me vi fuera de mí, pero consciente aun así de la sinergia por la que se van definiendo los acontecimientos que uno digiere día a día. La sincronía de ciertos instantes. Lo azaroso del devenir del tiempo.


         Me llegué a la tienda y compré una botella de moscatel para acompañar los cigarrillos. Iba atrasado en la crónica sobre el Derby de Sherry que tenía que escribir pero, aun así, me permití el lujo de garabatear unas cuantas páginas para mí mismo. Unas cuantas páginas acerca del viejo lunático que para mí es Julio. Sabiendo que nunca le confesaría que ese tarado que se dedicaba a jugar a ser dios decretando actos y destinos, pensamientos y decires, sentimientos y pasiones, triunfos y tragedias… era yo sin darme cuenta.


25.1.15

Un grillo en las bisagras.

Los cristales de las ventanas están sucios de polvo y marcas de dedos. No creo ser el primero que se percata, pero me pareció importante apuntarlo. La esquina del techo que señala hacia el norte luce una telaraña desahuciada, de esto me di cuenta cuando una mosca o una suerte de insecto molesto revoloteó a mi alrededor y yo sacudí una mano frente a mi cara con un aspaviento para zafarme.

Es pronto aún, y no hay nadie tras la barra. Aún así, a menudo vengo aquí cuando todos duermen para decir las cosas que nunca digo o para sencillamente sentarme en un rincón a pensar las cosas que siempre pienso con la pupila perdida en algún punto que se me haya quedado apolillado entre los pliegues.

Esta vez me senté junto a la ventana. Se ve opaca por la porquería y apenas adivino mi reflejo. Ante mí sujeto un vaso de vidrio desgastado por el uso, donde aprovecho para escupir de vez en cuando. Parece que nieva ahí fuera pero seguro que sólo es de noche. Por lo demás, todos duermen.

Se oye un crujido entonces y yo me incorporo de pronto. ¿He sido yo? ¿O lo he soñado? ¿Estaba durmiendo? Juraría que estaba dudando. No contentos con llevárselo casi todo, lo que dejan lo cambian de sitio; y así no hay quien cierre un párpado, maldita sea.

¡Otra vez! Deben de ser las humedades. Sucede continuamente con edificios como éste, que te descuidas y en seguida está todo lleno de moho hasta los cimientos y con un estornudo se viene todo abajo en un santiamén. Encima, con todas esas capas de pintura científica anunciada en televisión que ponen últimamente por todos lados, uno no es capaz de averiguar por dónde diantres van a salir y te quedas como un tonto palpando como un ciego cada ángulo y cada palmo.

Sospecho que se trata de un insólito híbrido entre duende casero común y un espíritu de los candados; con un solo ojo entre las orejas puntiagudas y un agujero purulento en su mano izquierda que relame todo el rato para impedir que coagule y cicatrice. Claro que esto es algo que digo ahora, cuando no  hay nadie. Supongo que por tranquilizarme. Porque imaginándomelo así me creo que no puede tocarme.

Pero no es el daño que pueda hacerme lo que temo. Es su presencia. Me atormenta entre las horas y,  cuando estoy haciendo algo y me distraigo un solo instante, cambia de escondrijo como un relámpago; y esto apenas se ve por el rabillo del ojo pero te deja en el cuerpo una sensación de como cuando te encuentras un botón perdido, tirado en medio de la calle, y al cogerlo te das cuenta de que no era más que una triste moneda.

Oigo pasos en la planta de arriba, y yo sigo mirando la mugre en la ventana. Afuera debe de estar todo lo demás, pero desde aquí apenas lo distingo. Todo está oscuro, pues otra vez olvidé encender las luces y ya me encuentro demasiado sentado como para levantarme. Allá, tras el cristal, uno se puede imaginar que está amaneciendo, o que lo hará pronto. Sin embargo es un fantasma, en el viejo faro, el que centellea mudo bajo las nubes.

Escupo otra vez en el vaso y busco en vano a la araña. Se habrá agazapado tras un marco, acurrucada. Tejiendo tejiendo la mortaja de todo aquello que elucubro como un tapiz de lo quimérico. Deshilándome con paciencia en mi propia vida ajena y colmando mis ojos hinchados de otros ojos que no son mis ojos y que nunca serán mis ojos y con los que nunca me veré.

Nadie ha bajado aún, así que miro el reloj, pero no funciona. De todas formas, cuando alguien llegue, yo ya estaré bien cansado y no querré hablar de nada, nada, nada, y seguiré escrutando la ventana sucia hasta que me entre el sueño y vea otra cosa.

Por aquí hay un sótano singular, digno de mención. Pues es en este sótano donde se amontonan todas las cosas que uno va perdiendo y por eso nadie quiere hablar de él, porque le recuerda a uno cada palabra que no ha sabido decir, cada beso que no ha sabido dar. Es un cuarto lleno de fantasmas, algo habitual en construcciones como ésta.

Supongo que ahora yo soy un fantasma también. Mirando esta ventana sucia. Que no soy mucho más que el polvo que se acumula. Que todos esos ruidos los hago yo mismo, sonriéndole a mis sollozos baldíos, desgajado como un trozo de madera con tanto silencio.

Entonces volvió el insecto y, con él, mi resquebrajado aroma se tornó soplo de aire y lo aparté de un manotazo como hago siempre que me doy cuenta de algo y esparcí el polvo del cristal hacia los bordes y miré hacia arriba, al óculo de la pecera, y después abajo, donde se posa la tierra; y me vi de nuevo, como tantas veces, dormido entre los juncos. Con una escafandra reluciente, pasada de moda y joroschó. Lubilubando  feliz con una farsa de sonrisa andrógina y  pupilas brillantes.  Respirando a través del cariño de lo ficticio y lo meramente grato y sosegado.

Mas, otra vez, fue el viejo engaño, al que uno nunca llega a acostumbrarse del todo. Un pellizco más de polvo para las ventanas que tiña el sol naciente de cada página con una pizca más de aislamiento y ostracismo.


Todos se fueron y no me di cuenta. No oí nada. El último en salir dejó la puerta abierta oscilando indecisa sobre sus goznes y chirría como una cigarra. Tal vez debería cerrarla y quedarme dentro, pero a ver si se han ido sin llaves. Quizá lo mejor sea dejarla abierta. Quizá, lo mejor, sea tirarme fuera.


13.5.14

La cofa y el búfalo.

La ventana vibró, supuse que algo se habría topado con ella; tal vez fuera una mariposa blanca o una suerte de lechuza con los ojos así de grandes. O quizá una nube del sur dejando esa estela de voces como baba va dejando el caracol.

Si afino el oído escucho algo. No sé el qué, pero me hace sonreír. Me viene de arriba. Me dice: «Cuando no seas más que una canica, procura lucir un ojo de gato bien sinuoso y colorido». No sé muy bien qué significa, así que he fabricado un muñeco de arcilla que soy yo. No es mayor que un teléfono móvil moderno, pero yo me imagino que es grande y elástico, y que lucha contra las sombras que me invento. Cuando gana me distraigo, y entonces soy grande y elástico y habito mi cuerpo. Cuando gana soy valiente.

El Príncipe en el almanaque paseaba como de costumbre por los jardines a lomos de un búfalo engalanado a juego con sus coloridos y decorados ropajes mientras enarbolaba sobre su cabeza un chhatraratna. Se detuvo junto a una roca y dijo: «Todo empezó con una piedra puesta en algún sitio». Siguió hasta la cascada y ahí dijo: «El agua viene de arriba». Vio un mosquerío sobre un remanso en el río y, ya cansado, dijo: «Dos moscas pueden estar encerradas en un armario y aún así no encontrarse nunca». Lo cierto es que el Príncipe en el almanaque no aprendió nada nuevo aquel día y sólo espera a que se caiga esta página. Como dice siempre: «Y todo cae».

Dejé la ventana un poco más abierta para respirar el fresco de la noche. Llevo años construyendo una cofa en la luna y casi la he terminado. Elegí el sitio por la luz y por las vistas. Y porque ahí puedo respirar como aquel loco de la escalera y silbar para que una mariposa blanca o una suerte de lechuza con los ojos así de grandes venga y se cuele por mi ventana.

14.2.14

el ahorcado.

     Je ne veux pas mourir sans avoir compris pourquoi j’avais vécu.


así pasó este suspiro que es la vida; siempre pendiente de seis cuerdas de mi a mi para acabar pendiendo de una sola soga que ahoga con un nudo que te deja mudo y vacuo bajo el larguero y sin rostro. al fin y al cabo cada gato negro teme la mala suerte más que cualquiera, pues cuando te repiten muchas veces que eres una cosa corres el riesgo de creértelo y terminar como uno de esos cerdos que no son más que boca y estómago sin seso. arder de vez en cuando es importante, también volverse líquido y desparramarse donde sea. has bebido suficiente, callan las paredes, mas todo eso no ye más que cuestión de proporciones.
*   *   *
desayuné un vistazo por la ventana sin levantarme de la cama y no me moví durante un buen rato. apenas podría asegurar si llegué a dormirme en algún momento o no, pero no hay duda de que soñé o que alguien que no vi se coló por algún pliegue de mi cerebro y me contó una patraña. estaba increíblemente sobrio entonces, con una mente tan clara y cristalina que efectivamente no distinguía nada entre los reflejos, y por eso no encuentro las palabras. también bien despierto me han contado mentiras aún mayores con la vieja mirada seria esperando que las crea y me he tumbado a dormir de la misma manera o a reír que es lo mismo.
*   *   *
la noche anterior no me acordaba ni de mi nombre y vagué haciendo eses preguntándole a la gente por si alguien me daba alguna pista. rasgué las desafinadas vibraciones entre mis dedos y otra vez no era más que un espejismo inventado. tanto tiempo y tan poco. tanta gente ¿y dónde está con quien quiera compartirlo? porque al final la luna se frota los ojos cansada mientras canta el camión de la basura y yo me encuentro aquí otra vez peleándome con cuatro palabras que luego no me dejan dormir. cada vez que me corto un hilo de la muñeca salen siete nuevos con sus siete cabezas de un solo ojo y nueve dedos retorcidos al final de sendos brazos como cordeles y ya no me atrevo a tocar nada más por si acaso. el viejo miedo anónimo lo llaman, y los que alguna vez lo han visto hace tiempo que lo han olvidado. con los nudillos de color púrpura y las pestañas colmadas de polvo y ceniza. así de cansado nos mira y espera con su paulatina ponzoña entre las espinas de los rosales para que no nos percatemos de su presencia. un amigo mío que no soy yo ni nadie que yo conozca se puso a rasgar también por esos derroteros y al final le salieron unos callos en los dedos que no le dejaban sentir nada ni dejarse llevar por esta articulación que además es un suspiro.



     (…) un hombre respiraba hasta no poder más, se sentía vivir hasta el delirio en el acto mismo de contemplar la confusión que lo rodeaba y preguntarse si algo de eso tenía sentido. Todo desorden se justificaba si tendía a salir de sí mismo, por la locura se podía acaso llegar a una razón que no fuera esa razón cuya falencia es la locura. —JULIO CORTÁZAR.

9.1.14

Trilogía de La Rueda —3.

Tuve otro sueño extraño, creo que sólo está en mi cabeza. Caminaba como un pato borracho por el alcantarillado durante toda la noche con unas cuantas cervezas y cuando me asomé por una de las tuberías encontré una antigua amante preguntándose quién había encendido las luces. Era un día normal y yo encendí un cigarrillo mientras caminaba y le decía sin mover los labios que jugásemos a ser Adán y Eva para empezarlo todo de nuevo, pero me dijo que estaba loco.

Pues me siento un poco triste y azul, tal vez sólo necesite a alguien con quien hablar, escuchar alguna voz. Porque van a ser las tres durante toda una hora y no me gusta ese tono del teléfono. Así que cuelgo.

Era un viejo sueño en el que después de la Guerra sólo quedaba yo, y el médico me dijo que también él había soñado con eso, pero que era él el último que quedaba, que no me había visto por ningún lado.

Creo que ahora todo el mundo está teniendo sueños. Todo el mundo se ve así. Caminando solo sin nadie alrededor. Y es difícil estar todos de acuerdo en algo. Yo le dije: Te dejaré estar en mis sueños si puedo estar yo en los tuyos.

Tengo un pájaro que silba y canta y aún así la vida no significa nada //
Gira la rueda bien deprisa y vuela desnuda por la ventana //
Hay una chica a mi lado que no me conoce y eso me encanta.

1.12.13

Joroschó.

         Todo parece tan obvio que no merece la pena cuestionarse esto y aquello como un simio preguntón y desorientado. Las manos en el suelo, con el delicioso samsara que nos mata de risa. Un tipo me dijo: ¿Sabes por qué me gusta tanto ir a mear? Porque son los únicos momentos en los que me siento relajado de veras y mi cuerpo se vacía. Y fue entonces cuando me percaté de que el tiempo también pasa para el resto.

         Jugando con las vocales un minino sonriente me preguntó que quién era yo. ¿Yo? Yo sólo sé quién quiero ser. Dicen que sólo con eso no vale, pero también que todo son etapas, y ahora mismo yo soy ésta. Mira a ese gato encaramado entre las ramas que se ve por mi ventana ¿Acaso no es un motivo de alegría tan justificado como un cumpleaños o algo así? Las suelas de nuestros zapatos brincan y hacen cabriolas sobre una loca roca preciosa que da vueltas en torno a una estrella cualquiera, ¿Cómo no nos vamos a reír?

Wassily Kansinsky.

9.10.13

Una pluma.

         La otra tarde estuve asomado a la ventana. Es una costumbre que adquirí hace poco en la tienda de baratijas. El caso es que, relativamente lejos, vi una pluma flotando en el aire, y recordé aquella broma que hacíamos (y, de hecho, la última que hicimos) de decir: “¡Por aquí pasó un ángel!” al ver alguna. La pluma subió tan ligera como sólo son las plumas y luego descendió haciendo tirabuzones. Yo pensé: Ojalá entre en mi salón. Y, en efecto, la pluma, suave y liviana, se fue adentrando con levedad en mi salón para irse a posar con el tacto de un beso de amor verdadero justamente en la palma de mi mano. Era una pluma grasienta y gris, pero yo sé de los ojos que brillan cuando pasan estas cosas locas y joroschó.


19.4.13

Capítulo XXII (Parte III).


         —¿Y OFRECE USTED TRABAJO A TODO EL QUE VENGA AQUÍ, SEÑOR MELQUÍADES? —pregunté en un grito, casi sin oír mi propia voz ni mis pensamientos.
         —Te voy a contar la historia del Teatro Mágico, Alonzo —conseguí entender—, aunque mejor mañana. Se te ve cansado, y sabias son las huellas que se dirigen al cubil. Ve y duerme un poco, mañana será un largo día.

         Acepté su propuesta sin dudar, pues aquel pitido se me había colado entre las sienes y sentía cómo mi seso se iba derritiendo en un jugo pegajoso, quedándoseme todo aquello en los párpados y haciendo que éstos se me fueran cerrando adormecidos. Sin más vueltas, Melquíades tenía razón, camino a la cama es el mejor camino.

         Arrastré los pies de vuelta a casa acompañado por los susurros de mis derrotados andares al frotarse con las húmedas callejuelas sembradas de charcos. Había empezado a llover inclinado y daba la sensación de que los edificios y las farolas y los árboles se iban tumbando para acostarse antes que yo. Ahí arriba, bien lejos, sobre mi cabeza, una gran nube negra que parecía el ojo de un cíclope colosal me dirigía una mirada entornada, como si me reconociera después de muchos años sin vernos. Puede que sean imaginaciones mías, pero tal vez yo mismo provocara aquella tormenta abanicándome el verano pasado o soplando las velas de cumpleaños. Por todo aquello del efecto mariposa y eso. Quién sabe.

         —Debería darme prisa —pensé, o dije, convencido de que en cualquier momento caería fulminado por el sueño o por un rayo, y aligeré el paso totalmente calado hasta los calzoncillos por toda aquella lluvia que arreciaba con virulencia y me golpeaba la cara con toda la furia del viejo aliento del cielo.

         Entré en el edificio tiritando, con la ropa empapada y los calcetines encharcados, mi gordo y sudoroso casero roncaba plácidamente en la butaca de orejas descomunales que había en la salita de la planta baja. Subí las escaleras pausadamente, atemorizado por el incesante repicar de un ejército de más de veintidós mil gotas de lluvia asediando las cuadrangulares murallas de cristal de las ventanas y la obscura    voz del viento que hacía que las puertas se estremecieran cobardemente sobre sus goznes.

         —Camino a la cama es el mejor camino —me dije mientras me desvestía y me acurrucaba bajo las arrugadas sábanas.

         Por la ventana vi el cielo gris oscuro y los ojos se me cerraron un rato. Hubo un destello, qué fastidio. Y ya era un naranja pálido o rosa pálido o cian oscuro o igual seguía dormido, porque también vi cilindros y tetraedros bien brillantes y lustrosos. Se dibujaron bucles y torbellinos y símbolos extraños, como matemáticos. Abrí un ojo y la habitación ya estaba oscura otra vez, la lluvia había amainado, pero el viento exhalaba incansable con sus eternos pulmones celestes y el ceño fruncido. Había un ojo negro ahí arriba, que se fue convirtiendo en un gigantesco dedo en espiral o en una cola de cerdo, acercándose más y más.

         La casa se revolvió sobre sus cimientos y, tras una sacudida, salió por los aires, ingrávida.

         —¡Qué sueño tan raro! —pensé yo— Si por aquí no hay ninguna zeta vaporosa…

         Lo que aconteció entonces, o al menos lo que yo percibí, fue un auténtico baile de edificios, coches, árboles, papeleras girando en medio de un torbellino filarmónico. Hasta juraría que vi un par de vacas blancas con grandes manchas geográficas como un vacamundi gimiendo muu-muu flotando en medio de todo aquello. Incluso me pareció ver también a niños saltando en una cama elástica voladora y a unos pescadores en su barca. Estagira se despegaba de la tierra como en un estornudo perpetuado en un lapso de tiempo joroschó danzando alrededor de una hoguera imaginaria y levantándose a más de cien metros del suelo, para posarse delicadamente, a su manera, de nuevo en el mismo sitio como si nunca se hubiera movido de ahí. Claro que todo esto lo vi mientras me frotaba los ojos, adormilado.

         Pero sospecho que de verdad había ocurrido. Las calles no mostraban el típico aspecto que tienen las calles después de haber sido devastadas por un tornado, incluso las farolas se habían vuelto a clavar en sus orificios correspondientes. Una vaca pasó lentamente por el paso de cebra, supongo que para camuflarse, y yo me volví a recostar en el colchón, convencido de que todo aquello había sido un sueño. Así son los sueños.

13.6.12

El flautista a las puertas del alba IX —Capítulo 24.


Camino por la oscura senda entre las alargadas sombras de guijarros iluminados por mi oxidada linterna. La gravilla cruje bajo el peso de mis pasos. Uno, dos. Mi aliento baila en vaho frente a mi rostro. Tres, cuatro. Los grillos agitan sus verdes violas ocultos en la retorcida hierba. Cinco, seis. Las estrellas guardan que la noche siga despierta en la cúpula de los dioses. Con el séptimo paso todo vuelve a empezar, y la fuente de agua sigue tibia. Nada cambia si nada cambia. La ruta que busco aparecerá si apago la linterna. La oscuridad de mi mano traerá la buena fortuna. Y la puesta de sol.

*  *  *

La nieve colma la cornisa de mi ventana de dulce blanco y calor. Observo la calle con mis manos entrelazadas alrededor de una cálida taza de café. Sería el momento perfecto ahora, justo antes del solsticio de invierno. Sería ahora mismo el momento perfecto para ver tu pálida tez abrigada por la lana de una bufanda gris. Así lo imagino. Tus perdidos ojos buscando mi ventana. Buscando un fugaz destello, un reflejo, un trueno que señale otro camino hacia ese cielo al que no sabemos llegar. Con la misma maleta raída y todas esas pequeñas cosas indestructibles que se albergan justo aquí, en el pecho.

*  *  *

Sonríe, una sonrisa tuya puede traer la buena fortuna. También la puesta de sol.


6.5.12

Bobby "Blue".


Sé que es muy tarde ahora, que tras la llama y su exhalar sólo quedará ceniza. Sé que sólo en la distancia encuentro las miradas que se van y yo aquí sentado en una esquina esperando y no sé a qué.

Los grandes enamorados al final gritan en sus camas por no saber no estar solos. Y aquel ruido blanco.

Una taza con café reseco en el fondo, eso queda. Los pegajosos posos de una ventana inclinada calentada por el sol de un día ocioso.

Papiroflexia con mis poemas entre sus dedos. Mi cabeza se aleja aunque la intente atar arañando mis costillas y olvidando los aplausos. El que sigue aquí en mi frente es el culo de Picasso y el que quiere ser un sucio Hank en un palacio borracho de sexo. Y la resaca con las sábanas empapadas en sudor y ginebra de la Victoria. Hojas secas. Tatuaré mi piel con cada palabra que escribo en vano. Me cortaré las uñas y afeitaré mis barbas y seguiré pareciéndome al tío del espejo.

No tengo una azotea en lo más alto de la ciudad nocturna ni estrellas que regalarte. No tengo sitio al que ir. No tengo sitio al que llevarte. Quizás sólo este estribillo y la verde alfombra. Ya sabes cómo somos, sólo sabemos cantarle a nuestras guitarras así que perdóname.

Tomos de Freud en su bolso y no consigo soñar nada. Y me despierto. La música de piedras corriendo ladera abajo. Y el olor de la vereda. Y lo a gusto que entre ensoñaciones descanso en el suave vergel para huir corriendo por si alguien me ve. Es tarde ya, pero procuro mantener la luz encendida. Mis manos no están gastadas aún pero ya han sabido hacer daño sin querer. También al corazón que les da de beber. No dejes de usarnos, me dicen cuando dudo, pero saben que no podría. Prestad atención, digo yo entonces, no me falléis vosotras, o tendré que escupir sobre mi muro por ser de nada y no como yo pensaba. Ahora, cierra la puerta, te hago un sitio, ven, mejor mira las paredes, haz como que no estoy, guarda silencio, déjame que piense… así esta no será mi última línea.

3.5.12

Otro ladrillo en el muro.


El muro es algo que no construimos sólo con nuestras manos, cada insulto, cada burla, así como cada caricia y cada mirada, son otro ladrillo más. El muro es lo que nos diferencia, es lo nuestro, y yo no quiero que los ladrillos de mi muro sean objetos. Roger Waters dijo todo lo que yo quisiera haber escrito. El niño creció. El sueño terminó. Y si cada momento es un tic-tac, de los que cada uno cuenta, tendré que seguir poniendo ladrillos, pues el último es el que mata. Porque no es lo que pienso cuando me levanto por la mañana, es lo que aún ronronea en mi cabeza cuando intento cerrar los ojos.

Dadme silencio. Silencio y una ventana desconocida, y puede que así consiga traer más palabras. No estoy seguro ahora, y mis bolsillos están vacíos.

Tengo un pequeño cuaderno de cartón donde guardo disueltas notas y aturdidas frases manchadas de alcohol y algún que otro rayo de sol. Tengo más de cien libros en mi estantería y ninguno lo he escrito yo. Tengo una maleta nueva y un par de botas con cordones, y creo que no necesito ningún sitio al que volar mientras me quede cielo.

No quiero seguir tachando días del calendario, y aún hay cosas que no entiendo. No quiero ver buitres de acero en este cielo. No quiero gris. Tampoco quiero un techo en mi muro.

—¿Hay alguien ahí dentro? —dicen, pero no les importa.
—¿Hay alguien ahí fuera? —digo yo, pero nadie contesta.
Sólo los gusanos podrán derribar mi muro.

Inspirado en Pink Floyd: The Wall

16.4.12

Lluvia y mirar por la ventana.


Llovía purga y catarsis, la fina lluvia de Bohemia en las tardes de café y mirar por la ventana mientras el suave vapor calentaba su rostro oculto en sombra de ojos y la vista perdida. El inquieto latido profetizaba la llegada inesperada de viejos abrigos empapados por las lágrimas de la añoranza amnésica.

La clara luz de la estación cercana empañaba el blanco alicatado de los servicios. Llovía en amor viejo y enfermo y resignado. Y cargó con su raída maleta de cartón, esa que tenía una pegatina del lado oscuro de la luna y el prisma que fracciona el haz de luz en un geométrico arcoíris, la que le acompañaría por los charcos de las calles aún pasadas estas páginas.

El interfono graznó vehemente, y sus dedos se estremecieron contra la taza humeante.

-Ho… hola.
-Pasa anda, estas empapado.

*Continúa en el siguiente vídeo:



Tengo un pequeño libro negro con mis poemas escritos. Tengo una bolsa con un cepillo de dientes y un peine dentro. Cuando soy un buen perro, algunas veces, me echan un hueso dentro. Tengo gomas elásticas sujetándome los zapatos. Tengo tristeza por esas manos hinchadas. Tengo trece canales de mierda para escoger en el televisor. Tengo luz eléctrica. Tengo sorprendentes poderes de observación y así es cómo sé, cuando trato de contactar contigo por teléfono, que no habrá nadie en casa. Tengo la obligación permanente de Hendrix y el inevitable ojo de aguja arde delante de mi camisa de satén favorita. Tengo manchas de nicotina en mis dedos. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un soberbio piano para colocar mis restos mortales. Tengo salvajes ojos penetrantes. Tengo un fuerte deseo de volar, pero no tengo a dónde volar. Ooooh pequeña, cuando cojo el teléfono sigue sin haber nadie en casa. Tengo un par de botas Gohills y tengo mis raices marchitas.
Roger Waters.

7.4.12

Los charcos sucios.


Tanto quiso nevar el cielo… y sólo para dejar charcos sucios en el frío asfalto. Como el cable que no me atrevo a cortar, se le ve distraído, ajeno al resto del mundo, aunque quizás porque es éste mundo el que ignora los globos de colores que apenas son manchas en la blanca cúpula de abril. El hielo se derrite, sube la marea y todo desaparece; pues hay que darse prisa entonces, prisa por conocer, por ver, por amar. Y son más fáciles de amar todas esas ilusiones que alumbran el techo de un cuarto vacío cuando aún no ha despuntado el día. Creo haber vivido tantas vidas… que sonrío complacido cuando pienso en que aún estoy en la primera, además de bien temprana. No te preocupes -me digo a menudo- todo llega con las cinco letras de un Sorri y con seguir caminando.

Me imagino ahora como un astronauta en órbita, desde arriba se ve todo, aunque con menos detalle; en esencia observo que no estoy solo, pero aún así… ¿sabes? como si en vez de oxígeno mi bombona estuviese llena de dudas e incertidumbre.

Pero de momento todo va bien, supongo, sí, me gusta pensar eso… lo cierto es que sólo pienso en que va a ir mejor, así me quito las legañas cada mañana en calcetines.

-Olvidaste el tercer acuerdo -me dijo el techo sobre mi cama-, te has dejado llevar por mareas siniestras que ni siquiera son de agua, sino de polvo, basta tan sólo un pequeño soplo para deshacerlas y tú ahí abajo, lamentándote bajo las sábanas.

Tal vez la nieve ha empañado mis ventanas y apenas alcanzo a ver lo que mi peor enemigo, yo mismo, se inventa y escupe como pestilentes fangos en mis oídos… pero bueno, cada mañana, en calcetines, me los limpio con sendos bastoncillos y se van con las legañas. Es por eso que pienso que habita un feo monstruo bajo mi cama. Aún no me he asomado para cerciorarme. No me atrevo.

Pues al final me olvidé el libro abierto sobre la mesilla durante toda la noche y crecieron toda clase de líquenes y trepadoras, como después de un largo verano colmado de días de sol y tormentas. Llenaré mi maleta de lo que sea y me iré descalzo a cualquier lugar, y tal vez así encuentre Paz.

15.1.12

Ha sido divertido (o Del último nudo de Francis Pomeray)


Algo curioso de la amistad es saber cuándo es verdadera y sublime. Yo pensaba que mi amistad con Jim era absoluta cuando nos vimos involucrados en un misterioso asesinato en el cual no habíamos jugado ningún papel pero nos tocó deshacernos de los restos. Aquel cadáver pesaba mucho y nos costó mucho esfuerzo y noches sin dormir el descuartizarlo y enterrar los trozos por ahí. Tuvimos problemas, por supuesto, pero todo salió bien y ninguno de los dos emitimos ninguna queja o palabras de desánimo, incluso creí que en un tiempo nos habríamos olvidado de tan perturbadora situación, pero no volvió a ser lo mismo, nuestra relación fue engendrando asperezas y ya apenas podíamos hablar sin enfadarnos por cualquier cosa, saltábamos a la mínima.
Lo último que supe de mi gran amigo Jim fue que puenteó un Volkswagen y atravesó los Pirineos en dirección a Rumanía. No espero ninguna postal.
Y ahora, seis años después de que el baño de mi casa se transformara en la trastienda de Satriale’s, acabo de terminar mi último nudo, y apuro las palabras de mi última carta. No lo hago por sentirme triste ni nada, es más, estoy extrañamente feliz y satisfecho. Supongo que me he aburrido de mirar por la ventana y ya apenas me quedan puertas por abrir.
Ha sido divertido, de verdad, unos buenos 27 años. Ha sido muy divertido.
Francis Pomeray, 3.5.53

19.6.10

Él, secreto.

1.


-Antes era un tipo muy callado… antes de que dejase de hablar de verdad, quiero decir.

-¿Quién?

-Ése de ahí, el que está en esa mesa, junto a la ventana.

-¿Le conoces?

-Le conocí, no mucho, pero sé algunas cosas de él. Empezamos la universidad en el mismo año, siempre se sentaba al fondo y miraba una hoja en blanco, creo que incluso la misma hoja todos los días. Nunca hablaba a menos que le preguntasen, y sus respuestas siempre dejaban desconcertado al que le preguntaba.