(…) y unos días después me telefoneó Bryan:
–murió Neal,
murió Neal.
–hostias, no.
Luego Bryan me
explicó algo más del asunto. Y nada más.
Sí, no había
duda.
Tantos viajes,
tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna
mexicana, solo, ¿comprendes? ¿ves los pequeños cactus miserables? México no es
un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio
simplemente. ¿ves cómo miran los animales del desierto? Las ranas, cornudas y
simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se
paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana. Reptiles, rumores de cosas,
contemplando a aquel tipo de allí en la arena con su camiseta blanca de manga
corta.
Neal, había
encontrado su movimiento, no hacía daño a nadie. El tipo duro de la cárcel,
allí tumbado junto a una vía férrea mexicana.
Esa única
noche que estuve con él le dije:
–Kerouac ha
escrito todos tus otros capítulos, yo he escrito ya tu último.
–Adelante
–dijo él–, escríbelo.
Punto y aparte.
Charles Bukowski
(Escritos de un viejo
indecente)
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