Un tigre
saltando por el aro de fuego y más allá hay un elefante haciendo equilibrios a
dos patas sobre una pelota gigante de goma. Un pirata bebe ron acostado en la
hamaca que hay en la terraza de bambú, con vistas al puerto donde ahora mismo
hay un galeón modernista con diez mil gárgolas sonrientes como salamandras por
banda. La expansiva región se ve silenciosa ahora como la escarcha
derritiéndose con quietud, y yo aquí tumbado panza arriba con esta vieja maleta
de un tal Juan Guillamón que encontré entre los nenúfares y que está algo raída
por dentro pero por fuera aún se la ve lustrosa a su manera. Las ocas patinan
sobre el hielo con su elegante torpeza mientras una araña espera en su
cristalina red tejiendo tejiendo la mortaja de seda para alguna mosquita con
sombrero que vaya con prisa y distracción a la caca del mediodía. Hay una carta
dentro de un buzón de ninguna parte, pero el barco de papel hecho de sobres y
sellos y facturas hace tiempo que se deshizo con la laguna Estigia empapada de
salitre y raspas de pescado. Escampó entonces, y las nubes cerraron un pacto
secreto con el horizonte fundiéndose por un breve instante en un beso para
desaparecer con los rayos de sol tiñendo sus esponjosas espaldas del color de
las piritas. Puse un zapato mirando hacia el oeste, y en cuanto Apolo aparcó su
carro por ahí detrás de la moneda, las polillas bíblicas se confundieron con
las jumdirillas estrellas revolcándose entre las luces y yo bebí cerveza con el
tumulto derretido y decidí que tal vez algún día debería cortarme el pelo para
que no se me enredaran los gavilanes morochos. El aire azota mi cabezota rota
que flota y rebota entre las notas y me digo: Has de ser siempre simple. Y lo
escribo. Y abro otra lata. Otra lata. Y ya.
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