14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

13.11.16

La Torre (Acto III; Escenas XII, XIII, XIV, XV).

ACTO TERCERO

ESCENA DUODÉCIMA

Un QUÍDAM embebido esculpe en el aire una cariátide dorada con el extremo de su protuberancia genital.

La sinfonía de orina, a la que conocemos humildemente como CHORRO MUSICAL, actúa como una falacia de oyente o receptor, cuando, de lo que en realidad se trata es, simplemente, de una secreción líquida desterrada por los riñones en forma de orín como resultado del jodido depurado de la sangre. Todo el mundo sabe que a un quídam cualquiera no le filtran las nefronas.

Habían toctoctocado la puerta.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Nadie responde.

QUÍDAM
¡Cuánta impertinencia! ¿Por dónde iba? La señora Levono sirvió sangría de sandía y una shisha de Shangri-La y le enseñé el palimpsesto. La botella la dejé en casa, de recuerdo, encima del televisor. La vieja se fue a otro lado a hacer puñetas y no carraspeó nada al respecto. Pensé: ¡Caramba, que maldita! Fumé cumulonimbos y me exasperé en mi ignorancia como una sabandija en salmuera. ¡Sacadme de esta puta isla! —grité para mí—. Y, para mí, que era justo eso lo que decía.
El CHORRO MUSICAL templa sus armónicos como preconizando una tempestad, mas no detiene su rubio caudal, y sigue manando sin pausa.

QUÍDAM
                ¿Y ahora qué pasa, eh?

Algo aporrea la puerta con un estrépito feroz.



ESCENA DECIMATERCIA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Y es por esa razón, que el revestimiento debe estar fabricado a prueba de llamaradas e insultos. Por supuesto, esta capa ignífuga y aséptica también irá por el interior, cubriéndolo todo. Una buena columna es esencial para mantenerse erguido. Pero hay que estar alerta. En una cofa de pantomima dispondré un muflón, con una flauta, que golpeará, no una, sino tres veces, una diminuta portezuela azur en cuanto divise cualquier zarigüeya o algún cinocéfalo papión que anduviera merodeando. Se izará entonces el pabellón de la gran panza y descuartizaremos a los enemigos a cañonazos.
PANMUPHLE es iluminado desde el nadir y luce como la sombra de un monolito. Enseguida la basa se arquea y se transfigura en sendas jambas satíricas. Las volutas del capitel se rizan sobre sí mismas como la grande Gidouille calcificada en cornadura, y en los párpados ojos de PANMUPHLE unas pálidas pupilas de alabastro.

Por megafonía, un ruido blanco.



ESCENA DECIMACUARTA

Una caja de fósforos de cerumen juega el papel de ómnibus amarillo pus sobre un mapa de carreteras. Ésta se ve amplificada por medio de una lente ciclópea y desproporcionada entre el koilon y la skené. La cajabús atraviesa el plano con una celeridad desquiciada y una trayectoria brownoidea dirigida por un filamento elástico y translúcido. A través de unas perforaciones en la lija, hechas a propósito para emular el ventanal, se puede observar un manojo de cerillas carbonizadas que otrora fueran sencillos pasajeros, y, en la proa, a BOSSE-DE-NAGE con un pie al timón, otro al pedal, otro a la ingle y otro al sobaco, eructando gas tóxico, y segregando una enjundia deletérea por los muñones de su abdomen a tercios pelado. Todo esto a escala.
En un punto topográfico azaroso, BOSSE-DE-NAGE detiene el bajel de cartón y se encarama a los hombros de un FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO, al que desfigura el rostro de acné con sus zarpas. Se sobreentiende que el mono papión, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, solamente busca una rama en la que dormitar para hacer la digestión.

BOSSE-DE-NAGE, bostezando
                ¡Ha ha!

Efectivamente, BOSSE-DE-NAGE se sumerge en una siesta de dieciséis horas, dieciséis, nada menos, y mecido por el viento. Acto seguido, se despereza gorjeando y, de un solo muerdo, engulle las bayas del FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO. Finalmente, embiste el cadáver con el ómnibus amarillo pus—caja de fósforos de cerumen, de catorce toneladas, dejando un amasijo sanguinolento, capón y aplanado bajo las huellas azabache de los neumáticos. El filamento translúcido se tensa entonces, y el autocarro acartonado sale despedido como un obús, furthur, fuera de marco, más allá del tablero.



ESCENA DECIMAQUINTA

POLICARPO rompe el silencio dejando una Poderosa ante las narices del DOCTOR ORANGJO, decaído y flemático.

POLICARPO
                Es la última. Luego a dormirla.

El DOCTOR ORANGJO sorbe un poco de cerveza con sus labios enjutos ocultos por la maraña cobriza de su rostro. Suspira y da otro trago corto. Se mira el regazo. ¿Qué hace?

DOCTOR ORANGJO
Siempre quise conducir el salchichamóvil de Oscar Mayer. Desde bien pequeño. Ahora soy viejo y gordo y nunca estoy de humor y me duele la cabeza y me apesta el aliento. Yo sólo quería dar un par de vueltas a la manzana montado en aquella Bratwurst de seiscientos caballos. ¿Y cuándo me torcí? ¡Ja! En algún lugar debí dejar una primera piedra olvidatada y desde entonces, como un Sísifo taheño y distraído, voy perdiendo guijarros por la pendiente y aquí están, todos ellos, acumulados como un mojón enhiesto en plena sesera.
POLICARPO
Deja de torturarte, Cenoura, y búscate una novia.
DOCTOR ORANGJO
Ay, mi querida Piletina, ¡cuánto la añoro!
POLICARPO
¿Murió?
DOCTOR ORANGJO
No; sólo éramos unos niños, en un palacio imaginario de mi cabeza.
POLICARPO retira la Poderosa vacía y la guarda bajo la barra, en un rincón reservado. Saca un paquete de Gamile de su delantal y ofrece un cancrillo al doctor. Los dos fuman en silencio y los cirros de tabaco forman turbulencias a merced del ventilador del techo. Al rato, el DOCTOR ORANGJO agarra su media chaqueta y se va, dejando una nube de humo tras de sí, y una obesa y reiterada cuenta a deber.

12.11.16

La Torre (Acto II, Escenas IX, X, XI).

ESCENA NOVENA

El CHORRO MUSICAL sigue manando ininterrumpidamente. Alguien golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Esto provoca un clinamen que desvía la trayectoria de la micción hasta más allá de los confines del urinario, resultando un resplandeciente charco de oropel en el suelo.

QUÍDAM
Como iba diciendo, yo no entiendo una palabra de otra lengua, ni qué decir de las mal escritas; si acaso, me manejo con algún dialecto endémico y un lontico de lundonita, poco más. Apenas comprendo a los que comparten mi idioma y me armo jaleos indecorosos hasta para pronunciar correctamente mi propio nombre; no te imaginas lo que me supone el pronunciarlo siquiera. Aquella nota no estaba compuesta más que por unas pocas palabras contadas. ¿Para qué? Digo yo, ¿qué clase de mente garabatea una frase en un pedazo de papel y la confía a los peces para que estos hagan la vez de heraldo? Me imaginé a esa suerte de náufrago, sentado en su banco de arena a la sombra de la única palmera que decidiera germinar tan lejos de todo, en medio de una laguna recóndita. Lo dibujé delgado y desgreñado, con los pantalones rasgados convertidos en un fantástico mini short, y sendos xilófonos de tuétano marcados en los costados. Atada con un cordel, detrás de las orejas, le puse la cara fea de mi antiguo profesor de historia, a quien siempre deseé una desgracia parecida, y, además, le imaginé también la compañía inconmensurable de su solitud. Discurrí largo y tendido acerca de lo que un personaje así podría dejar escrito en el fondo de una botella. Tal vez sólo quería despedirse, o quizá confesar un crimen que anduviera atormentándolo a cada pestañeo. A lo mejor escribía a su madre querida, o a una amante abandonada, sólo para decir que no se preocuparan, que estaba bien. O incluso podría tratarse de un mensaje para las algas, preguntando que qué tal, yo que sé; es increíble la de cosas que se le pueden ocurrir a uno cuando está lo suficientemente aburrido.  Así que, como no lograba descifrar aquella frase maldita, decidí llevársela a la señora Levono, para que me extirpara la intriga de entre detrás de las muelas.
Alguien golpea la puerta, no una, sino tres veces.



ESCENA DÉCIMA

BOSSE-DE-NAGE desciende planeando gracias a la piel de sus sobacos, dada de sí tras décadas rascándose las liendres. Aterriza sobre una anciana que, sencillamente, pasaba por allí, y le devora las dos rodillas de un solo bocado. Se sienta junto a la agonizante y se limpia los dientes con un ligamento mordisqueado mientras eructa esquirlas de menisco y jugo sinovial. Un ómnibus amarillo pus se detiene junto a ambos y de él se apea una estudiante de mirada triste, un mimo sin maquillar, un buzo de tez púrpura, un bol de boniato malvado en escabeche, medio alfabeto cirílico y el obispo de los ánades; todos en chancletas. BOSSE-DE-NAGE sube al vehículo y entrega dos monedas ensangrentadas al chófer: una por el boleto, y la otra por las molestias.

CHÓFER
¿Es que no has visto el cartel? Aquí no se admiten cercopitécidos de ninguna rama. Anda y lárgate con tu sucio dinero y agarra un taxi, que no tengo toda la tarde.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

De un tortazo, BOSSE-DE-NAGE le salta los dientes al chófer y lo arroja por la ventanilla, sustituyéndolo al volante y pisando el acelerador a fondo con la adherencia plana de su pie. A toda velocidad, los pasajeros gritan trivialidades como “¡Auxilio!”, “¡Socorro!” o “¡Qué alguien detenga a ese cinocéfalo enloquecido!”, mientras BOSSE-DE-NAGE ríe tautológicamente y un panel giroscópico al fondo muestra en bucle el mismo paisaje de frisonas paciendo en un campo verde perro.



ESCENA UNDÉCIMA

POLICARPO mantiene en silencio una conversación invisible con las manchas de su delantal beige. Apenas se aprecia, pero si uno se fija bien, percibe que ha perdido el botón de uno de los puños de su camisa, precisamente el izquierdo, el del sacacorchos. Tal vez esto pueda parecer una nimiedad y, ciertamente, lo es; pero, para POLICARPO, ese botón era su cosa. Y otra más que se va para no volver, dejándolo solo y atrofiado. No hay más que mirarlo, triste; se ve en sus ojos.
La puerta se abre, chirría, se queja el quicio. Bajo el dintel se aparece de nuevo el DOCTOR ORANGJO, con un aspecto aún más ebrio y desaliñado y, además, sangrando por los oídos.

DOCTOR ORANGJO
Definitivamente, eran demasiadas. Creo que voy a intentar un zigurat la próxima vez. Poli, hazme el favor, a partir de ahora, guarda las botellas vacías para que pueda levantar una cúpula con ellas donde nadie nos moleste ¡Maldita sea, esa es la solución! No la cúpula, olvida la cúpula, no hablo de eso ¡Una ballesta! Un dardo certero por la ranura; así despejaremos el puto baño. Tendremos que improvisar algo con lo que encontremos por aquí… ¿Tienes una goma elástica? Cualquier cosa servirá. Y si embadurnamos el proyectil en arak, neutralizaremos a ese meón acéfalo de una vez por todas. Al menos por un rato. Tú ve a por el anisado, que yo iré preparando las saetas.
POLICARPO
                En serio, doctor ¿Qué tiene?
DOCTOR ORANGJO
Me diagnostico mal gen y piuria. No doy con la panacea que revierta mi abulia en dulzona ataraxia. Ahora pretendo demoler esto que construí y desembocar en el pragmatismo más bruto. Soy un suicida estético.
POLICARPO
Más bien un beodo estático. Un dipsómano febril. No haces más que beber y quejarte. Planeas locas aventuras y tú mismo las desbaratas pidiendo otra cerveza que te aguante los lamentos. Eres un desgraciado, un borracho y un miserable. Y si te digo todo esto es porque estoy seguro de que mañana, cuando estés arrodillado frente al retrete, quitándote los restos de vómito de entre la barba, no recordarás ni una palabra. Y volverás aquí como un péndulo para pedirme otra cerveza más.

ORANGJO calla. La Poderosa, medio vacía, se yergue frente a él como un vértice geodésico distante. Una de sus pupilas, errabunda, indaga el dorso de su muñeca. La otra, volcada hacia el encéfalo, no insinúa más que lo que puedan sugerir los enrevesados surcos carmesí de la esclerótica. La luz artificial, entretanto, parpadea.

11.11.16

La Torre (Acto II; Escenas VI, VII, VIII).

ACTO SEGUNDO

ESCENA SEXTA

Un DOCTOR ORANGJO borracho y macilento concreta el culo de una Poderosa y aparta el casco junto a los demás, de número irrazonable. Lleva rato callado, sumido en ideas vagas que renquean por sus laderas lobulares mientras se atusa la barba ígnea con las uñas sucias y la mirada trasojada. POLICARPO le ofrece su perfil, ofuscado por la gelatinosa tirantez del silencio que los empapa.

DOCTOR ORANGJO
                 Sácame otra birra, Poli, quiero hacer una torre con todas esas botellas.
POLICARPO, sirve la Poderosa
Ya conoces las normas; nada de torres en mi local.
DOCTOR ORANGJO
                Vale, vale. La edificaré ahí afuera, a la intemperie, junto al frío.

El DOCTOR ORANGJO se aleja de la barra, torcido, y enfila sus entorpecidas rodillas hacia el retrete. Golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!
DOCTOR ORANGJO
¡Hay que ver! Juraría que fui el primero en llegar y no recuerdo ver a nadie más entrando en este antro.
POLICARPO
Es ese quídam bastardo, con su Chorro Musical. Lleva ahí encerrado desde el martes.
DOCTOR ORANGJO
                Pues habrá que hacer algo, vamos, digo yo.

POLICARPO calla. Hace años que calza un catéter en la uretra que se filtra directo al barril de cerveza para turistas y apenas recuerda el hedor de una letrina. Y, por lo que respecta al quídam, le desea en silencio la más malévola de las sífilis. Esta fantasía se ve representada sobre su quijotera pensante por medio de una marioneta anodina con forma de quídam siendo atormentada por serpentinas pálidas interpretando a las espiroquetas.



ESCENA SÉPTIMA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Una vez dentro, organizaré todos los documentos alrededor de la escalera logarítmica de mi invención por orden de irrelevancia y, en el fondo, un reloj de partículas que señale los ratos y los momentos. Colgando de lo alto, dispondré mi colección de crustáceos y únicamente permitiré la entrada de un rayo de sol durante el día y de otro rayo de luna por la noche; ambos por el mismo óculo horadado en el muro, cerca de la cima. Por ahí me asomaré cuando el cielo esté despejado para otear el panorama en busca de un derrotero por el que escapar. A la izquierda irán las plantas, los hongos y las algas marinas, a la otra izquierda irán los animales y los peces y algunos virus; y en medio de todo, incluso a la derecha, el resto de minerales y bacilos. Todo esto sobre unos cimientos giratorios que roten a razón de una revolución cada fin de semana y otras tres semifusas en lo que dura un hunyadi.



ESCENA OCTAVA

En una celda de la torre, BOSSE-DE-NAGE gimotea, amordazado con unas bragas de abuela y rodeado por seis bolas de plomo con cadenas ensartadas en sus tres pares de pezones. El TAXIDERMISTA le toma las medidas con un tendón de cervicabra mientras silbaturrea My favorite things con una mueca descompuesta en la mandíbula y un rubor homicida en la coroides.  

TAXIDERMISTA
Lo bueno de los papiones es que tenéis un trasero ideal para empezar a desollar. Apenas se aprecian luego los cortes, si se hace un buen trabajo. Y yo soy el mejor, ya lo creo que sí. Te despojaré de tu pellejo en un santiamén con dos o tres movimientos de escalpelo y no podrás evitar mirar cómo visto con él a ese montón de paja; porque no tendrás párpados que cerrar. Lo remendaré todo con una cremallera y a ti te dejaré que te mueras de hambre y sed ahí arriba, en la almena.
Profiere entonces una carcajada maléfica y, por increíble coincidencia, un relámpago ilumina la escena seguido de una atronadora pedorreta. BOSSE-DE-NAGE aprovecha la confusión para libertarse de sus cadenas sesgando sus pezones de cuajo. Se abalanza sobre el TAXIDERMISTA escupiendo un terrible y prolongado “¡Ha haaa!” y, de una dentellada transversal, le desgarra el cuello en dos espantosas heridas. Defeca en cada una de ellas, y en la boca de la cabeza autónoma y por las paredes, y huye despavorido saltando por la ventana mientras hemorragias en aspersión emanan de sus pezones desmembrados.

10.11.16

La Torre (Acto I; Escenas III, IV, V).

ESCENA TERCERA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) En cuanto reúna un enorme montón de piedras, las ataré a lo largo de cuerdas larguísimas que lleguen hasta más allá de aquel batracio con sombrero. Las piedras mayúsculas irán al final de cada cabo y, dispuestas en el piso, formando un círculo o cualquier suerte de polígono, que no tiene por qué ser perfecto, pero sí que se ciña, al menos, a los dictados de la moda en cuanto a geometría se refiere; al otro extremo irán las esferas de gas ligero que erigirán la estructura, debo hacer algunos cálculos. Luego esperaré a que el viento no sople ni lo más mínimo para que todo sea perpendicular al núcleo y entonces ¡BANG, BANG! Disparo a las bolas y ¡PFUUMM! se queda así, de pie y hermosa como una torre sobre sí misma. Una torre para mí solo. Primero cubriré la abertura de la cima con una pagoda de estilo sármata y luego cavaré un túnel secreto para acceder desde abajo y por el que sólo quepa yo, tal que estoy; desnudo y engrasado.



ESCENA CUARTA

Un QUÍDAM tácito y superestándar entra en el peor baño de Escocia, tal vez zozobrando ligeramente. Lleva una chapa de un smiley amarillo en la solapa y un cigarrillo del elefante en la oreja. Antaño le gustaba navegar; hoy es mera pieza en una cadena de montaje. Cuando no está en el tajo, o bien se emponzoña los hígados trasegando vino barato por las barras, o se anquilosa en el sofá rindiendo culto al sagrado tubo catódico. Ahora gime como una musaraña frente al mingitorio mientras se baja la bragueta con premura y saca de ella un pene de tamaño medio de cuyo meato emerge El CHORRO MUSICAL (que no deja de fluir hasta fin de escena).

QUÍDAM
¡Oh, dorado torrente! Tú calmas mi ansiedad y purgas el óxido de mi uretra. Evacúas mi vejiga con el soniquete de la percusión líquida contra la hierba, el muro o la porcelana. Empapas los zapatos de mis enemigos y alivias la comezón de los dípteros. En ti busco consejo. Mi horizonte, como bien sabes, se ve ancho y yermo como la línea que separa la carne del hueso. Hace años que no sueño, y este sol vehemente detuvo su marcha a la hora del mediodía, sólo para mí, dejándome lleno de sed. Vivo solo y me masca la indiferencia, y, de entre lo poco que tengo, mi bien más preferido eres tú, cálido y húmedo como un beso, que huyes de mí para brindarme el bálsamo de tu melodía. Como sabes, nunca me pasa nada de nada, pero el otro día, paseando por el alcantarillado, me encontré una botella vieja con una carta mugrienta en su interior. Te preguntarás qué demonios decía, y es curioso, porque yo no tengo ni idea de idiomas.
Alguien golpea la puerta, varias veces.



ESCENA QUINTA

BOSSE-DE-NAGE va flotando sobre un cesto de chatarra, arrastrado por la marea del asfalto como una suerte de Moisés con las nalgas por mejillas. Intenta remar con el esqueleto de un paraguas mohoso mientras mastica sus uñas tratando de encontrar algún islote. Sin embargo, al tercer día, se topó con un TAXIDERMISTA estupendo.

TAXIDERMISTA
¡Pero qué tenemos aquí! ¡Vaya una pieza buena! Fíjate en esos mofletes y en esas ancas de langosta, ¡qué delicia! Haría maravillas con esa testa fea y tengo un cajón lleno de canicas que, sin duda, se verán más brillantes que esas negras córneas insondables. Ven conmigo, gentil cinocéfalo, y deja aquí ese tinglado de hierros viejos.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

El TAXIDERMISTA se introduce a BOSSE-DE-NAGE en el diminuto bolsillo interior de su bluyín, no sin cierto esfuerzo, y atraviesa con premura el expedito tablado del escenario, saliendo por un lado y apareciendo por el otro instantáneamente. Sigue cruzando impávido hasta que alguien del público, perplejo y ofendido por el Cappio e Fuga, se largue tosiendo y farfullando.


Entonces, mediante un sistema de poleas, se activa un dispositivo opto-mecánico que proyecta una cegadora luz de alabastro por todo el campo de visión, excepto en el horizonte, bien lejos, un negro rectángulo negro y vertical claramente plagiado de Malévich sin el beneplácito de su espectro.

9.11.16

La Torre (Acto I; Escenas I, II).

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. No hay nadie en El Diapasón esta noche; todos lloran la muerte de BOSSE-DE-NAGE, irremediablemente decapitado por las aspas del ventilador del techo.

POLICARPO
                ¡Mierdra!



ESCENA SEGUNDA

El DOCTOR ORANGJO aparece a estribor, lleva media chaqueta colgando del codo y un maletín roído que deposita sobre la barra. Se mesa una desgañitada barba del centésimo sexagésimo quinto matiz del Barón Pantone y va a apoyarse en la barra frente a POLICARPO que, entretanto, había estado preparando una botella de La Poderosa para el doctor.

POLICARPO
                ¿Qué tiene, doctor?
DOCTOR ORANGJO
                Esta vida.
POLICARPO
No exageres, hombre, no será tan grave. Por esta barra han pasado toda clase de despojos y te aseguro que tú no eres de lo peor que he visto; tú, al menos, tienes una carrera.
DOCTOR ORANGJO
Sí, puede ser… no sé. ¿A dónde me ha llevado? Estoy como al principio. Quiero decir… Me ha crecido la barriga, hace semanas que no me afeito, y mira estas sienes, cómo empieza a empalidecérseme el pelo. He vuelto a fumar más veces de las que lo dejé, apenas leo, y mi pieza parece una pieza de un motel cualquiera, toda vacía de identidad y con esa sutil película de permamugre que no sale ni con los dientes, créeme, traté con todo.
POLICARPO
Podrías probar con gel de tilacino; con sólo un par de gotas, te limpia hasta los pecados. Yo lo usaba para quitar las heces corrosivas de Bosse-de-Nage de las paredes y, ya ves tú, apenas se aprecian los contornos. De todas formas, aquí nadie viene a fijarse en las paredes, más bien lo hacía por la peste, y por no convertir El Diapasón en una gruta de guano de cinocéfalo.
DOCTOR ORANGJO
Sí, ya decía yo que esto estaba muy silencioso. La verdad, nunca supe cómo podías soportar a ese macaco repugnante pululando por aquí noche y día, lanzando cacas en todas direcciones y jodiendo la cadencia de cada conversación con el hiato inmundo de su boca.

POLICARPO se da la vuelta, su rostro permanece impertérrito y hace como que hace otra cosa.

El DOCTOR ORANGJO ha estudiado, y también ha ejercido tantos años que ya son más de los que ha vivido. Ha escrito decenas de tesis y cientos de artículos publicados en revistas específicas. Ha tratado a más de tres mil pacientes y unos cuantos afirman haber sanado. El DOCTOR ORANGJO no sabe gran cosa acerca de nada.

12.8.16

De morirse.

Morirse, después de todo, es una faena. Más que nada, porque uno se muere sólo una vez, y ya está. Es una responsabilidad terrible el morirse. El episodio final, último capítulo, el estertor definitivo, fenecer, despedida y cierre.
Nacer, se nace y ya. Uno está tan tranquilo, en su útero, chupando de la placenta, tan a gusto y va, y nace. Pero morirse, o mejor: cómo morirse, casi siempre, puede depender de uno. Al menos tenemos cierto margen de acción consciente, o, incluso, si me apuras, uno puede elegir exactamente cómo y cuándo morir. Y de elegir, al fin y al cabo, es de lo que se trata eso que llaman vida.
                Por eso, cada muerte, la muerte propia digo, la de cada uno, ha de ser memorable. No sé, si tu destino irremediable es diñarla en la camilla de un hospital, procura que alguien se acuerde, aunque sea por unos días. Yo que sé, ve pensando un epitafio ingenioso.
                Yo conocí a un tipo que se murió por un palo santo que se dejó encendido en la mesilla durante toda la noche; intoxicado. El primo de la amiga de una exnovia que tuve, se resbaló con un pellejo de banana y se precipitó por la escalera, rompiéndose el cuello. Y un quídam con el que coincidía en la taberna, la diñó estornudando en la ducha y destrozándose el parietal derecho contra la alcachofa; al parecer, balbucearía sinsentidos, desangrándose ahí tirado, agonizando en el plato, haciendo aspavientos con este brazo, así, y los dedos retorcidos, y los ojos desorbitados: esa no es manera.
                Sueño a menudo que voy en zancos y me distraigo con una mariquita, que se me posa en la mano, y entonces me topo con un cable de alta tensión que me deja tieso y me despierto. Algunas veces me imagino paseando por la calle, tal vez silbando cualquier melodía pegadiza, y, de pronto, un piano cae defenestrado de una quinta planta, o incluso de una octava, y me deja liso y plano como un folio y bien planchado. Es una ilusión que llevo.
                No creo que yo quiera morir, simplemente espero tener una muerte elegante. Algo acorde con mi carácter aventurero y estético, silencioso y locuaz como la cáscara de una nuez o las pestañas pineales. De todas formas, nunca supe explicarme, así que de poco importa.
                Ya lo dije antes: Nacer, se nace, porque no hay otra. El crecer depende de cada uno, ya se prefiera a lo alto, a lo ancho, o a lo profundo. De reproducirse ya hay que tener, más que nada, suerte y ganas, y, de hecho, es opcional. Pero morirse… ¡Ay, morirse! Morirse es lo justo. Lo necesario. Morirse nos iguala a todos, la muerte es lo que compartimos. Eso que dicen.
Yo digo que no. Que uno puede ser recordado así por su vida como por su muerte. Hay, como en todo, ciertas categorías. Al cuñado de la exnovia de la que te hablaba, le recomendaron apio para calmar los nervios y, de sordo y de tonto, él entendió opio, y acabó de caballo hasta las cejas, tirado en una cuneta y con el chándal todo cagado, y meado, y hasta aquí de vómito, sin sonrisa y la mirada para allá. Una lástima. Y da igual que hubiera sido un neurocirujano reputadísimo o la puta Madre Teresa de Calcuta, que yo le recordaré siempre como ese yonqui apestado que la palmó de sobredosis.
A eso voy: Pon tanto ímpetu en tu morir como el que dices que pones en tu vivir. Carpe Mortem. Es casi el mismo juego, la ronda decisiva: Lo importante es irse con estilo.
Me cuento entre los que anhelan una vida tranquila, sin sobresaltos, dejándose mecer y estirada como un hilo; y a estos nosotros no les deseo, para nada, una muerte ajetreada. Por eso dije lo del epitafio, porque no requiere hacer gran cosa, más que nada, decir algo como “huevo”, o “atún”, o quizá “¡ay, caramba!”, o lo que se le ocurra al moribundo en cuestión en ese momento. Tal vez contar un chiste, aunque sea a medias, o empezar a revelar un secreto, guardado cautelosamente durante años y paños, para callarse en el momento clave y espirar el último hálito dejando a todos con la intriga.
Hay muertes de género, como pasa con el cine o la literatura. Hay muertes graciosas como aquel que se muere de la risa, y muertes tristes como la de Mufasa. Hay muertes misteriosas, desapariciones sin dejar rastro. Helter Skelter, holocausto, también tiernas con un beso al veneno de sus labios.
                Yo no me decido entre la muerte por kiki o la combustión espontánea en plena entrega de la Grande Gidouille de platino para el menda. Sin duda, la de paciente cero en un apocalipsis zombi tiene su qué, pero tampoco quiero perderme el rollo del jaleo y la supervivencia ulterior.
                Todo depende de los gustos de cada uno.
                Dicen que cuando uno la palma ve su vida ante sus ojos como en diapositivas. Recuerdos velados, sobreexpuestos, olvidados. Una retahíla de la rutina que es el transcurrir sigiloso de los días. ¿Con qué te quedas? ¿Con tu boda o con aquella vez que te bebiste diecisiete chupitos sin vomitar y encima ligaste con aquella princesa de Java? ¿El día de tu graduación o en plan zen, y te quedas con el compendio holístico de lo que fue tu tránsito por la tierra incluso antes y después del mismo, mientras porfías bonitos vocablos como “fluir”, “el ahora”, o “clinamen”?
                Yo me quedaré con el instante de mi muerte; porque va a ser lo último que recuerde, después de todo, lo último que me pase.

Y qué faena. 

5.8.16

Autorretrato de una ameba.

Mi oficio consiste en fagocitar microbios en el cultivo. En fagocitar lo más rápido posible. Es un oficio de amebas. Primero porque cuando está en el cultivo, la ameba tiene ganas de fagocitar, y luego porque cuando hay varias amebas en el cultivo, todas quieren fagocitar más rápido que las demás.
                Un oficio de protozoo.
                Soy una ameba.
                Tuvimos a las procariotas, tuvimos a los paramecios, tuvimos a las arqueas, tuvimos a los bacilos y ahora estoy yo. Este año voy a ser campeona del laboratorio y, en la próxima placa de Petri, me fagocitaré a todos los microogranismos.
                Soy el protozoo más equilibrado de la muestra, el más tranquilo, el más concentrado, y mi trabajo consiste en reproducirme por mitosis.
                Todos los grandes protozoos se reproducen por mitosis.
                Fagocitar más rápido es antes que nada fagocitar de otra manera; con el fin de sembrar la inquietud y la duda.
                Dar miedo. Fagocitar de tal forma que los demás estén convencidos de que no serás capaz de envolver nada más con tus seudópodos, hasta que una generación entera fagocite como tú.
                En una vida de ameba, no se puede inventar más que una mitosis genial, una y solo una.
                Los bacilos llegaron a los yogures con su fama de «lacto probióticos» y, dos cultivos después, los cincuenta mejores ameboides fagocitaban como ellos.
                Ahora estoy yo.
                Ser una gran ameba es una condición que exige una elongación absoluta de su citoplasma y una concentración total. Yo fagocito a tiempo completo. Fagocito cuando cruzo la platina con el endoplasma en pleno examen. Vivo con una vacuola contráctil en la membrana citoplasmática para regular la presión osmótica. Sonrío al agar y al moho mucilaginoso porque sé que me ayudan a fagocitar. Le doy palizas a las cristidiscoideas, que son unas inútiles, porque sé que eso me ayudará a fagocitar.
                Coged a dos amebas en igualdad de longitud y de material genético, en la misma platina, ponedlas una al lado de la otra, y siempre soy yo la que fagocita más rápido.
                Hago mil fagosomas por semana. Los lisosomas que brotan del aparato de Golgi, esos que degradan antígenos con enzimas proteolíticas, los hago yo todas las noches antes del examen. Me conozco al dedillo todas las platinas del laboratorio y, a ciento cuarenta micras por minuto, las veo pasar al ralentí.
                También me preparo para esos cultivos blandos e imprecisos que nos imponen los azares en la asignación de las placas de Petri. Esos cultivos retorcidos que permiten a un Amoeba Proteus, el eucariota, convertirse en campeón de fagocitosis.
                Todo cuenta en tu fagocitosis.
                Un día, la posición de tu seudópodo se convierte en lo esencial. Es el seudópodo lo que determina la fagocitosis. Has cepillado tu membrana plasmática, te has cambiado catorce veces la forma de tu ectoplasma, has montado en cólera y has perdido por dos orgánulos en la platina de un microbiólogo cualquiera porque al encenderse el foco te has preguntado en qué posición exacta tenías el seudópodo.
                Cuando duermo, fagocito, cuando fagocito, fagocito. Diseño mis glucosidasas, modelo mis fagosomas. Mi vácula y mi citoplasma son inquebrantables, tengo un linaje inconmensurable fruto de la cariocinesis.
                En cuanto el científico me libera en el vidrio del cultivo, libera toneladas de fagocitosis. Después queda una ameba en la platina que ya no tiene núcleo, ni vácula, ni membrana, y que se desliza para fagocitarse a toda célula que pille más rápido que las demás amebas.
                Es la regla.

                Y luego está ese momento que inevitablemente llega en una vida, el único momento de verdadero reposo, de reposo absoluto. El quiste.

                Has fagocitado todo microorganismo a la derecha y a la izquierda, entras en la placa de un científico inepto que comete ese minúsculo error de cálculo, ese pequeño fallo estúpido (que no es de distracción, porque los científicos ignoran la distracción) que te aparta de las condiciones ambientales favorables. Y ahí llega el verdadero reposo, la animación suspendida. Ya has perdido la flexibilidad de tu ectoplasma, luego enseguida tus seudópodos se encogen y se marchitan. Ya nada tiene importancia, ya no eres una ameba, tu núcleo se endurece, tu membrana se enquista, sabes que vas a ser fagocitado.

Joan Miró


*en respuesta al «Autorretrato del esquiador» de Paul Fournel

23.7.16

hamburguesa jamaica.

Esa noche, en vez de salir corriendo para casa inmediatamente después del trabajo, como solía hacerlo, me tendí en medio de la praça do ninho basura y entré en una profunda ensoñación. Hacía un calor de mil demonios y el vulturno nos llenaba la frente de sudor como si fuera el vaho de su tórrido aliento. Las pálidas sirenas gorjeaban afónicas y endebles más allá de la avenida y ni un pájaro se atrevía a agitar sus páginas de cera por el puro pavor de perderlas derretidas.
Medité un tiempo incógnito y decidí que lo más apropiado, dada semejante situación de desamparo termodinámico, era buscar y encontrar un buen sitio donde beberse una jarra bien fría de cerveza y sendas chaschas de cachaça.
Enfilé por la rúa sur de cerro queneau en dirección al puerto de san antonio con las chancletas colgando de los dedos y la pituitaria amarilla reseca y enrojecida. Miraba al suelo, cuidándome de las cagadas, y aburrido de las ventanas ciegas de persianas veladas. Así llegué al malecón, casi sin darme cuenta.
—Sanza —me llamaban—, ¡Sanza! —era Manu.
—Manu —dije yo—, ¡vaya un calor que hace!
—Ya te digo —dijo él—, tengo el culo como un pantano.
Eran cosas nuestras.
—¿Y qué me dices? —preguntó— ¿Cómo te va por la gasetta?
—Más fu que fa —respondí—, sentado en una silla hasta pasada la medianoche, escribiendo sandeces por cuatro golis y no me como ni un cartófilo.
     —Si es que aquí nunca pasa nada de nada —apuntilló—. Por cierto, ¿tienes fuego?
     Le ofrecí una caja de cerillas de rip van winkle y él encendió su pipa bajo una luna incandescente y abrasadora. A Manu le encantaba fumar así, era todo un romántico.
     —¿Sabes qué? —me preguntó.
     —No, ¿Yo? No —dije yo.
     —Lo que más me apetece en el mundo es una jarra bien fría de cerveza aún más fría y un par de chaschas de cachaça —aclaró.
     —¡Justo iba a decir eso! —respondí, contento y furioso.
     Resolvimos cruzar el malecón hasta más allá del faro, por la carretera de pequeña kingston, para refugiarnos en el patio trasero de al. El patio trasero de al era una cantina donde sólo se servía cerveza rubia, ron, y las genuinas hamburguesas de al.
     Este manjar era un placer reservado únicamente para los paladares de aquellos insomnes hombres de jengibre que anduvieran noctámbulos y sedientos entre las dos y las cuatro de la madrugada; a partir de entonces, al cerraba sus puertas, pero uno podía quedarse bebiendo y comiendo el tiempo que quisiera, pues el patio trasero también tenía una puerta trasera por la que salir.
     Por el camino, Manu se lamentó de que no hubiera cachaça, y en cambio sí pampero; pero se contentó con la posibilidad de inflarse a plátano con chile habanero bien frito y untado de maslo de maní.
     Yo opinaba lo mismo.
     —Te diré lo que voy a hacer —me advirtió—; cuando llegue al patio trasero de al, pienso quitarme estos calcetines sudados y apestosos y los voy a tirar al tejado de al, muncharé una hamburguesa de res de media libra con ensalada de col y cebolla verde y nuez moscada mientras piteo una cerveza helada y, cuando termine, beberé pampero sentado al piano de al con el ardor del habanero debajo de la lengua y marihuana por el gorlo hasta la golová.
     —Y mayonesa —le reté—, por cuatro tragos te canto una serenata.
     —Me diviertes —me espetó—; voy a beberme hasta los cráteres de esa luna de moloco que visto de naito por sombrero.
     —Eres todo un romántico —le confirmé.
     Atravesamos el trecho sin farolas de la carretera de pequeña kingston esperando no pisar ningún alacrán que anduviera distraído. Saludamos al viejo Louie al pasar por delante de su chabola desvencijada y nos devolvió un gesto con su muñón de estribor y un guiño de su ojo tuerto. Louie, dorogo filibustero de las antillas estándar, más viejo que el cagar y prestúpnico como él solo; apenas lo conocemos.
     Paramos en la esquina de crimson con melmac porque yo tenía que mear, y Manu aprovechó para recargar la pipa y consumir otra cerilla de rip van winkle con una bocanada de humo voluptuosa. Descargué entre unos matojos, obnubilado con el halo que se refractaba en rededor de la blanca pupila del glaso nocturno. Fue un alivio.
     Le dije a Manu que se adelantara, que debía pensar un asunto antes de sentarme. Y fui a ocultarme en la cydonia del otro lado del sendero. Canela y nuez moscada, respiré. El límpido rostro de cabello verde y ojo púrpura. Una suerte de díptero se puso a practicar sus bailoteos brownoideos a mi alrededor y al principio me sentí molesto. Pensé en esas curvas asintóticas que trazamos sin querer y entonces lo sentí por la mosca, por no saber tampoco a dónde ir, como yo, pero con alas de plástico y el uchasño zumbido que rasrecea el mosco y no le deja a uno ni dormir.
     Agarré un cancrillo y me lo llevé a los labios. Absorto aún por esa luna. Busqué a rip van winkle en el fondo de mis bolsillos sin hallar más que pelusa y restos de pañuelos descosidos. Apuré el paso entonces, acordándome de Manu, y me tropecé con una raíz reseca y mustia que asomaba como un asa de la tierra ya muy vieja y descuajeringada. No me torcí el tobillo por tutatix, y por estos reflejos felinos y afilados que no sé de dónde me vienen.
     Doblé el recodo con las rodillas renqueantes y fue entonces cuando me topé con el calcinado y humeante solar al que se había visto reducido el patio trasero de al. Un pedazo de carne chamuscada en medio de las brasas era todo lo que quedaba del pobre pobre viejo al, como un lúgubre homenaje a las piezas de res molida que, a pocos metros de donde yacía, él mismo cocinaba.
     Manu estaba sentado un tanto más allá, encogido y curvo como un coatí con la mirada desorbitada. Entre sus dedos temblorosos, rip van winkle dormitaba con una sonrisa torpe y joroschó, y la espiga de marzo ahí ensartada, y con orejas de liebre.

     Abandoné la gasetta a la mañana siguiente y agarré un avión a cabo plátanos, donde me albergué en el jardín de un dedón samantino y bolnoyo con una barba plateada que me ofreció cobijo y lectura hasta que me aburriera o se me secara el clinamen.
     Y desde entonces que no me he vuelto a quejar más que de un dolor de muelas que arrastro desde que universo garcía me sacudió con su minutero el día del hunyadi gras, y de estas cervicales agarrotadas de tener el codo en alto.
Ya no quedan ni las cenizas de al, y jamás he vuelto a probar un bocado de esa hamburguesa tan de esa época como era su hamburguesa jamaica; ni yo ni nadie, pues ya no hay chef que la ofrezca en su carta.
     Y de Manu, pues sólo sé que regresó al sándwich sin su pipa y con un perenne antojo de potasio y anacardos. No tengo la menor idea de qué intrigas se traerá entre manos, ese bribón de tez rubicunda; ni de qué hará allá, en su san lundo propio, con los pulmones transparentes como una pecera entre las costillas.

George Carlson


3.7.16

Veinte mil leguas de todo alrededor.

Un ejército de silencio deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.

Me levanté de una voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y vacío de cuajo.

Si realmente hay algo que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco geográfico sin rumbo ni despedida.

Libis, disfrazado de dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el cuello de la camisa, sin darse cuenta.

Luego de un rato, lo ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin suelo.

—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.

Antes este chaflán no era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de los diarios.

Más tarde los vecinos se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.

Fue a ocupar su lugar un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la giba.

Éste se fue otro día, por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.

Después de la segunda fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.

A continuación, granizó.

Luego las pestes, aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras, el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo de la carismática prefectura lundonita.

La señora Levono disfrutaba de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas moldavas.

La señora Levono ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.

Pero nadie iba a la pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio genital de San Lundo.

Sin embargo, aquella noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.

Sin más remedio, volví a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan panoplias de decoro entre las amígdalas.


Me perdí en la geografía, tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño hombre absurdo que enciende y apaga un farol?


Vasili Kandinski