12.8.16

De morirse.

Morirse, después de todo, es una faena. Más que nada, porque uno se muere sólo una vez, y ya está. Es una responsabilidad terrible el morirse. El episodio final, último capítulo, el estertor definitivo, fenecer, despedida y cierre.
Nacer, se nace y ya. Uno está tan tranquilo, en su útero, chupando de la placenta, tan a gusto y va, y nace. Pero morirse, o mejor: cómo morirse, casi siempre, puede depender de uno. Al menos tenemos cierto margen de acción consciente, o, incluso, si me apuras, uno puede elegir exactamente cómo y cuándo morir. Y de elegir, al fin y al cabo, es de lo que se trata eso que llaman vida.
                Por eso, cada muerte, la muerte propia digo, la de cada uno, ha de ser memorable. No sé, si tu destino irremediable es diñarla en la camilla de un hospital, procura que alguien se acuerde, aunque sea por unos días. Yo que sé, ve pensando un epitafio ingenioso.
                Yo conocí a un tipo que se murió por un palo santo que se dejó encendido en la mesilla durante toda la noche; intoxicado. El primo de la amiga de una exnovia que tuve, se resbaló con un pellejo de banana y se precipitó por la escalera, rompiéndose el cuello. Y un quídam con el que coincidía en la taberna, la diñó estornudando en la ducha y destrozándose el parietal derecho contra la alcachofa; al parecer, balbucearía sinsentidos, desangrándose ahí tirado, agonizando en el plato, haciendo aspavientos con este brazo, así, y los dedos retorcidos, y los ojos desorbitados: esa no es manera.
                Sueño a menudo que voy en zancos y me distraigo con una mariquita, que se me posa en la mano, y entonces me topo con un cable de alta tensión que me deja tieso y me despierto. Algunas veces me imagino paseando por la calle, tal vez silbando cualquier melodía pegadiza, y, de pronto, un piano cae defenestrado de una quinta planta, o incluso de una octava, y me deja liso y plano como un folio y bien planchado. Es una ilusión que llevo.
                No creo que yo quiera morir, simplemente espero tener una muerte elegante. Algo acorde con mi carácter aventurero y estético, silencioso y locuaz como la cáscara de una nuez o las pestañas pineales. De todas formas, nunca supe explicarme, así que de poco importa.
                Ya lo dije antes: Nacer, se nace, porque no hay otra. El crecer depende de cada uno, ya se prefiera a lo alto, a lo ancho, o a lo profundo. De reproducirse ya hay que tener, más que nada, suerte y ganas, y, de hecho, es opcional. Pero morirse… ¡Ay, morirse! Morirse es lo justo. Lo necesario. Morirse nos iguala a todos, la muerte es lo que compartimos. Eso que dicen.
Yo digo que no. Que uno puede ser recordado así por su vida como por su muerte. Hay, como en todo, ciertas categorías. Al cuñado de la exnovia de la que te hablaba, le recomendaron apio para calmar los nervios y, de sordo y de tonto, él entendió opio, y acabó de caballo hasta las cejas, tirado en una cuneta y con el chándal todo cagado, y meado, y hasta aquí de vómito, sin sonrisa y la mirada para allá. Una lástima. Y da igual que hubiera sido un neurocirujano reputadísimo o la puta Madre Teresa de Calcuta, que yo le recordaré siempre como ese yonqui apestado que la palmó de sobredosis.
A eso voy: Pon tanto ímpetu en tu morir como el que dices que pones en tu vivir. Carpe Mortem. Es casi el mismo juego, la ronda decisiva: Lo importante es irse con estilo.
Me cuento entre los que anhelan una vida tranquila, sin sobresaltos, dejándose mecer y estirada como un hilo; y a estos nosotros no les deseo, para nada, una muerte ajetreada. Por eso dije lo del epitafio, porque no requiere hacer gran cosa, más que nada, decir algo como “huevo”, o “atún”, o quizá “¡ay, caramba!”, o lo que se le ocurra al moribundo en cuestión en ese momento. Tal vez contar un chiste, aunque sea a medias, o empezar a revelar un secreto, guardado cautelosamente durante años y paños, para callarse en el momento clave y espirar el último hálito dejando a todos con la intriga.
Hay muertes de género, como pasa con el cine o la literatura. Hay muertes graciosas como aquel que se muere de la risa, y muertes tristes como la de Mufasa. Hay muertes misteriosas, desapariciones sin dejar rastro. Helter Skelter, holocausto, también tiernas con un beso al veneno de sus labios.
                Yo no me decido entre la muerte por kiki o la combustión espontánea en plena entrega de la Grande Gidouille de platino para el menda. Sin duda, la de paciente cero en un apocalipsis zombi tiene su qué, pero tampoco quiero perderme el rollo del jaleo y la supervivencia ulterior.
                Todo depende de los gustos de cada uno.
                Dicen que cuando uno la palma ve su vida ante sus ojos como en diapositivas. Recuerdos velados, sobreexpuestos, olvidados. Una retahíla de la rutina que es el transcurrir sigiloso de los días. ¿Con qué te quedas? ¿Con tu boda o con aquella vez que te bebiste diecisiete chupitos sin vomitar y encima ligaste con aquella princesa de Java? ¿El día de tu graduación o en plan zen, y te quedas con el compendio holístico de lo que fue tu tránsito por la tierra incluso antes y después del mismo, mientras porfías bonitos vocablos como “fluir”, “el ahora”, o “clinamen”?
                Yo me quedaré con el instante de mi muerte; porque va a ser lo último que recuerde, después de todo, lo último que me pase.

Y qué faena. 

5.8.16

Autorretrato de una ameba.

Mi oficio consiste en fagocitar microbios en el cultivo. En fagocitar lo más rápido posible. Es un oficio de amebas. Primero porque cuando está en el cultivo, la ameba tiene ganas de fagocitar, y luego porque cuando hay varias amebas en el cultivo, todas quieren fagocitar más rápido que las demás.
                Un oficio de protozoo.
                Soy una ameba.
                Tuvimos a las procariotas, tuvimos a los paramecios, tuvimos a las arqueas, tuvimos a los bacilos y ahora estoy yo. Este año voy a ser campeona del laboratorio y, en la próxima placa de Petri, me fagocitaré a todos los microogranismos.
                Soy el protozoo más equilibrado de la muestra, el más tranquilo, el más concentrado, y mi trabajo consiste en reproducirme por mitosis.
                Todos los grandes protozoos se reproducen por mitosis.
                Fagocitar más rápido es antes que nada fagocitar de otra manera; con el fin de sembrar la inquietud y la duda.
                Dar miedo. Fagocitar de tal forma que los demás estén convencidos de que no serás capaz de envolver nada más con tus seudópodos, hasta que una generación entera fagocite como tú.
                En una vida de ameba, no se puede inventar más que una mitosis genial, una y solo una.
                Los bacilos llegaron a los yogures con su fama de «lacto probióticos» y, dos cultivos después, los cincuenta mejores ameboides fagocitaban como ellos.
                Ahora estoy yo.
                Ser una gran ameba es una condición que exige una elongación absoluta de su citoplasma y una concentración total. Yo fagocito a tiempo completo. Fagocito cuando cruzo la platina con el endoplasma en pleno examen. Vivo con una vacuola contráctil en la membrana citoplasmática para regular la presión osmótica. Sonrío al agar y al moho mucilaginoso porque sé que me ayudan a fagocitar. Le doy palizas a las cristidiscoideas, que son unas inútiles, porque sé que eso me ayudará a fagocitar.
                Coged a dos amebas en igualdad de longitud y de material genético, en la misma platina, ponedlas una al lado de la otra, y siempre soy yo la que fagocita más rápido.
                Hago mil fagosomas por semana. Los lisosomas que brotan del aparato de Golgi, esos que degradan antígenos con enzimas proteolíticas, los hago yo todas las noches antes del examen. Me conozco al dedillo todas las platinas del laboratorio y, a ciento cuarenta micras por minuto, las veo pasar al ralentí.
                También me preparo para esos cultivos blandos e imprecisos que nos imponen los azares en la asignación de las placas de Petri. Esos cultivos retorcidos que permiten a un Amoeba Proteus, el eucariota, convertirse en campeón de fagocitosis.
                Todo cuenta en tu fagocitosis.
                Un día, la posición de tu seudópodo se convierte en lo esencial. Es el seudópodo lo que determina la fagocitosis. Has cepillado tu membrana plasmática, te has cambiado catorce veces la forma de tu ectoplasma, has montado en cólera y has perdido por dos orgánulos en la platina de un microbiólogo cualquiera porque al encenderse el foco te has preguntado en qué posición exacta tenías el seudópodo.
                Cuando duermo, fagocito, cuando fagocito, fagocito. Diseño mis glucosidasas, modelo mis fagosomas. Mi vácula y mi citoplasma son inquebrantables, tengo un linaje inconmensurable fruto de la cariocinesis.
                En cuanto el científico me libera en el vidrio del cultivo, libera toneladas de fagocitosis. Después queda una ameba en la platina que ya no tiene núcleo, ni vácula, ni membrana, y que se desliza para fagocitarse a toda célula que pille más rápido que las demás amebas.
                Es la regla.

                Y luego está ese momento que inevitablemente llega en una vida, el único momento de verdadero reposo, de reposo absoluto. El quiste.

                Has fagocitado todo microorganismo a la derecha y a la izquierda, entras en la placa de un científico inepto que comete ese minúsculo error de cálculo, ese pequeño fallo estúpido (que no es de distracción, porque los científicos ignoran la distracción) que te aparta de las condiciones ambientales favorables. Y ahí llega el verdadero reposo, la animación suspendida. Ya has perdido la flexibilidad de tu ectoplasma, luego enseguida tus seudópodos se encogen y se marchitan. Ya nada tiene importancia, ya no eres una ameba, tu núcleo se endurece, tu membrana se enquista, sabes que vas a ser fagocitado.

Joan Miró


*en respuesta al «Autorretrato del esquiador» de Paul Fournel

23.7.16

hamburguesa jamaica.

Esa noche, en vez de salir corriendo para casa inmediatamente después del trabajo, como solía hacerlo, me tendí en medio de la praça do ninho basura y entré en una profunda ensoñación. Hacía un calor de mil demonios y el vulturno nos llenaba la frente de sudor como si fuera el vaho de su tórrido aliento. Las pálidas sirenas gorjeaban afónicas y endebles más allá de la avenida y ni un pájaro se atrevía a agitar sus páginas de cera por el puro pavor de perderlas derretidas.
Medité un tiempo incógnito y decidí que lo más apropiado, dada semejante situación de desamparo termodinámico, era buscar y encontrar un buen sitio donde beberse una jarra bien fría de cerveza y sendas chaschas de cachaça.
Enfilé por la rúa sur de cerro queneau en dirección al puerto de san antonio con las chancletas colgando de los dedos y la pituitaria amarilla reseca y enrojecida. Miraba al suelo, cuidándome de las cagadas, y aburrido de las ventanas ciegas de persianas veladas. Así llegué al malecón, casi sin darme cuenta.
—Sanza —me llamaban—, ¡Sanza! —era Manu.
—Manu —dije yo—, ¡vaya un calor que hace!
—Ya te digo —dijo él—, tengo el culo como un pantano.
Eran cosas nuestras.
—¿Y qué me dices? —preguntó— ¿Cómo te va por la gasetta?
—Más fu que fa —respondí—, sentado en una silla hasta pasada la medianoche, escribiendo sandeces por cuatro golis y no me como ni un cartófilo.
     —Si es que aquí nunca pasa nada de nada —apuntilló—. Por cierto, ¿tienes fuego?
     Le ofrecí una caja de cerillas de rip van winkle y él encendió su pipa bajo una luna incandescente y abrasadora. A Manu le encantaba fumar así, era todo un romántico.
     —¿Sabes qué? —me preguntó.
     —No, ¿Yo? No —dije yo.
     —Lo que más me apetece en el mundo es una jarra bien fría de cerveza aún más fría y un par de chaschas de cachaça —aclaró.
     —¡Justo iba a decir eso! —respondí, contento y furioso.
     Resolvimos cruzar el malecón hasta más allá del faro, por la carretera de pequeña kingston, para refugiarnos en el patio trasero de al. El patio trasero de al era una cantina donde sólo se servía cerveza rubia, ron, y las genuinas hamburguesas de al.
     Este manjar era un placer reservado únicamente para los paladares de aquellos insomnes hombres de jengibre que anduvieran noctámbulos y sedientos entre las dos y las cuatro de la madrugada; a partir de entonces, al cerraba sus puertas, pero uno podía quedarse bebiendo y comiendo el tiempo que quisiera, pues el patio trasero también tenía una puerta trasera por la que salir.
     Por el camino, Manu se lamentó de que no hubiera cachaça, y en cambio sí pampero; pero se contentó con la posibilidad de inflarse a plátano con chile habanero bien frito y untado de maslo de maní.
     Yo opinaba lo mismo.
     —Te diré lo que voy a hacer —me advirtió—; cuando llegue al patio trasero de al, pienso quitarme estos calcetines sudados y apestosos y los voy a tirar al tejado de al, muncharé una hamburguesa de res de media libra con ensalada de col y cebolla verde y nuez moscada mientras piteo una cerveza helada y, cuando termine, beberé pampero sentado al piano de al con el ardor del habanero debajo de la lengua y marihuana por el gorlo hasta la golová.
     —Y mayonesa —le reté—, por cuatro tragos te canto una serenata.
     —Me diviertes —me espetó—; voy a beberme hasta los cráteres de esa luna de moloco que visto de naito por sombrero.
     —Eres todo un romántico —le confirmé.
     Atravesamos el trecho sin farolas de la carretera de pequeña kingston esperando no pisar ningún alacrán que anduviera distraído. Saludamos al viejo Louie al pasar por delante de su chabola desvencijada y nos devolvió un gesto con su muñón de estribor y un guiño de su ojo tuerto. Louie, dorogo filibustero de las antillas estándar, más viejo que el cagar y prestúpnico como él solo; apenas lo conocemos.
     Paramos en la esquina de crimson con melmac porque yo tenía que mear, y Manu aprovechó para recargar la pipa y consumir otra cerilla de rip van winkle con una bocanada de humo voluptuosa. Descargué entre unos matojos, obnubilado con el halo que se refractaba en rededor de la blanca pupila del glaso nocturno. Fue un alivio.
     Le dije a Manu que se adelantara, que debía pensar un asunto antes de sentarme. Y fui a ocultarme en la cydonia del otro lado del sendero. Canela y nuez moscada, respiré. El límpido rostro de cabello verde y ojo púrpura. Una suerte de díptero se puso a practicar sus bailoteos brownoideos a mi alrededor y al principio me sentí molesto. Pensé en esas curvas asintóticas que trazamos sin querer y entonces lo sentí por la mosca, por no saber tampoco a dónde ir, como yo, pero con alas de plástico y el uchasño zumbido que rasrecea el mosco y no le deja a uno ni dormir.
     Agarré un cancrillo y me lo llevé a los labios. Absorto aún por esa luna. Busqué a rip van winkle en el fondo de mis bolsillos sin hallar más que pelusa y restos de pañuelos descosidos. Apuré el paso entonces, acordándome de Manu, y me tropecé con una raíz reseca y mustia que asomaba como un asa de la tierra ya muy vieja y descuajeringada. No me torcí el tobillo por tutatix, y por estos reflejos felinos y afilados que no sé de dónde me vienen.
     Doblé el recodo con las rodillas renqueantes y fue entonces cuando me topé con el calcinado y humeante solar al que se había visto reducido el patio trasero de al. Un pedazo de carne chamuscada en medio de las brasas era todo lo que quedaba del pobre pobre viejo al, como un lúgubre homenaje a las piezas de res molida que, a pocos metros de donde yacía, él mismo cocinaba.
     Manu estaba sentado un tanto más allá, encogido y curvo como un coatí con la mirada desorbitada. Entre sus dedos temblorosos, rip van winkle dormitaba con una sonrisa torpe y joroschó, y la espiga de marzo ahí ensartada, y con orejas de liebre.

     Abandoné la gasetta a la mañana siguiente y agarré un avión a cabo plátanos, donde me albergué en el jardín de un dedón samantino y bolnoyo con una barba plateada que me ofreció cobijo y lectura hasta que me aburriera o se me secara el clinamen.
     Y desde entonces que no me he vuelto a quejar más que de un dolor de muelas que arrastro desde que universo garcía me sacudió con su minutero el día del hunyadi gras, y de estas cervicales agarrotadas de tener el codo en alto.
Ya no quedan ni las cenizas de al, y jamás he vuelto a probar un bocado de esa hamburguesa tan de esa época como era su hamburguesa jamaica; ni yo ni nadie, pues ya no hay chef que la ofrezca en su carta.
     Y de Manu, pues sólo sé que regresó al sándwich sin su pipa y con un perenne antojo de potasio y anacardos. No tengo la menor idea de qué intrigas se traerá entre manos, ese bribón de tez rubicunda; ni de qué hará allá, en su san lundo propio, con los pulmones transparentes como una pecera entre las costillas.

George Carlson


3.7.16

Veinte mil leguas de todo alrededor.

Un ejército de silencio deambulaba silbando alientos de noche por cada esquina. Las ventanas sordas humeaban cándidas y llenas de sueño. El pequeño hombre absurdo sigue la consigna entonces; esto es encender o apagar el farol según convenga.

Me levanté de una voltereta y me sacudí el sosiego con otro giro y sendos aspavientos. Se trata de mi primera noche en la pajarería, nada menos, y quiero llegar bien guapo y vacío de cuajo.

Si realmente hay algo que caracteriza al barrio de San Lundo, es que uno jamás pasa dos veces por el mismo pedrusco; como mucho uno puede zigzaguear como un alfil en manga corta para evitar andar en círculos, pero siempre se acaba virando a la deriva por el disco geográfico sin rumbo ni despedida.

Libis, disfrazado de dandy o de flâneur nocturno, sopla callado su copita de ajenjo y se mancha el cuello de la camisa, sin darse cuenta.

Luego de un rato, lo ves flotando, justo ahí, levitando delicado, deslizándose con los pies sin suelo.

—Toc, toc.
—¿Quién es?
—Yo, ¿y tú?
—Pues yo también.

Antes este chaflán no era más que un solar en penumbra con escombros acá y acullá y una peste a meados inquebrantable. Después vino el ladrillo y se instaló con él el gordo de Nerev, con sus cuchillos resplandecientes despedazando tripas y chacina a doscientos lembos la libra, envueltos en las sanguinolentas páginas sepia de los diarios.

Más tarde los vecinos se cansaron de la casquería y Nerev se marchó sin más. Era una tarde soleada.

Fue a ocupar su lugar un extraño como de otro mundo. Se hacía llamar Reaunoff y vendía cornucopias de latón y jarabe de membrillo. Pero la verdad es que, si acaso, le comprábamos sólo las estampas de correos cuando necesitábamos algo de cambio para llenar la giba.

Éste se fue otro día, por la mañana, dejando un rastro amarillo gallina hasta el cielo y un tacto como a serrín contra los tímpanos; un auténtico engorro.

Después de la segunda fermentación se produce una carbonatación natural, y llegaron los lunáticos de Ille di Gazy, y se defenestraron por el palomar dejándose las colillas encendidas y provocando el famoso incendio de Testudo del setenta y seis.

A continuación, granizó.

Luego las pestes, aquella plaga incómoda, los tres seísmos y sus respectivas réplicas, la huelga de peleteros, otra vez el solar en penumbra, los escombros, los meados, los etcéteras, el cisco de las pulgas y, por fin, la pajarería de la señora Levono, coincidiendo con la apertura del bulevar de Pachydermes; emblemático epiperímetro y tendón calcáneo de la carismática prefectura lundonita.

La señora Levono disfrutaba de su viudez y de una hidrocefalia congénita a partes iguales; placeres que sólo competían con una verdadera e imperturbable devoción por el fumar en sandía. Hábito que adquirió en su lejana juventud, allá en las medianas Antillas moldavas.

La señora Levono ofrecía a su clientela toda clase de paja y aprestos inútiles. Desde agujas hechas de hilo hasta volúmenes colosales repletos de datos irrelefantes. Se dice que inventó el caviar de beluga mediante técnicas científicas de pseudomitosis pluricelular, a partir de medio cetáceo y tres cuartos de barril de cangrejo de pantano y un pellejo de rana bermeja para la acrimonia. Cosas suyas. Se le atribuyen también un buen puñado de hallazgos patalquímicos de dudoso rigor, pero al menos lo intentaba. Y también sabía tejer gorritos de piscina con tu nombre, y todo ello con los codos en las piernas y en los brazos sendas rodillas.

Pero nadie iba a la pajarería de la señora Levono para adquirir nada de eso, ¡qué disparate! Ni siquiera íbamos para reírnos de su enorme cabezota, ni de su nariz en forma de barbilla, ni de su frente como una trompa de tapir; todo eso lo teníamos muy visto ya. La razón por la que la pajarería de la señora Levono era nuestro sitio más preferido del mundo era por el dulce fárrago que se respiraba con la parte de atrás del cerebelo y que nos despejaba los meselos dispersándonos en la atmósfera de escafandra con aroma a quife y aguamelón. Algo raro de explicar. Los lunes fuera de quicio, domingos bífidos; el genuino patrimonio genital de San Lundo.

Sin embargo, aquella noche no fue para nada lo que yo esperaba. Libis me zancadilleó los tobillos con sus tentáculos de anguila y me desvanecí más de lo debido. Me calcé un charco y una gotera por sombrero. Pisé una mierda, crucé en rojo, me salté la acera; todo esto sin querer. Y justo cuando me paré para intentar entenderlo, se me subió la cucurbitácea a la cabeza y me mordí una uña ese poquito más de más que supura rojo caldo y escuece y duele como una crinolina con rubeola. Todo un fiasco, un desastre, el culmen del fracaso impertérrito.

Sin más remedio, volví a mi pieza con un tercio de pólice descuajeringado. Así, en zigzag, tropezando por la rúa. Al fin y al cabo, San Lundo no es lugar para quien va escuchando el eco de sus propios pasos mientras mira el pavimento, ni para los que coleccionan panoplias de decoro entre las amígdalas.


Me perdí en la geografía, tras la ventana, con un pie desnudo por fuera de las sábanas y veinte mil leguas de todo alrededor. Después de todo, ¿qué es un sueño, sino un pequeño hombre absurdo que enciende y apaga un farol?


Vasili Kandinski

14.6.16

Un viaje a la ínsula de los cinocéfalos.


                Me froté los párpados hasta no ver más que un lucero refulgente y multicolor que centelleaba con el viejo zumbido chumchum indoloro entre el entrecejo. Se me derramó la noche entonces y, en esas, se observa todo como con un no-ojo desde el cenit.

                —¿Quién se ha muerto ahora? —masculló Abulio.
                —El bueno de Panmuphle; así, sin más —respondió un quídam cualquiera.
                —Tan molodo...
                —¿Qué le vas a hacer? Así funciona esto; espero que ahora visite sitios más interesantes.
                —Eso sí.

                Soñé desierto a la deriva. Dormí despierto con la marea del cemento en plano arrobado. Me vi como el que se ve que mengua. Cambió el viento al cabo de un rato, y fui a despertarme con los dedos llenos de arena, los ojos como hornos huecos en el fuego y un sabor como a óbolo o a dupondio bajo la lengua.

En la mano un membrillo dorado y piloso que debía regalar a quien yo más quisiera y en la mano raíces de cydonia, una amapola; la duda eterna como muelas del juicio.

—Recuerdo una vez —recordó un quídam cualquiera—, seguro que ya te lo habré contado, que cogimos un racimo de musa paradisiaca y nos quedamos con la gidouille mirando las nubes deslizarse por sendas escleróticas. Pan se vio envejecer en un segundo y al otro ya se trataba de un cráneo desnudo, no más. Y al tercero resultó ser un dodo de catorce kilos, después una cuchara, un lémur, un tambor, mero cúmulo, y así.
—Era un tipo curioso.

Ahí estaba. Desde fuera. Como un sórdido dios en la costa lúgubre. Por debajo, una larga barba desciende sucia y despeinada. Una mano que me agarra, una mano que me sostiene. Ahí estaba. Desde dentro. Como un ovillo descosido y enredado. Por encima, una negra e infinita noche se eleva infinita y negra hasta su mirada. Y luego, después, cuando miré, ya no estaba.

Entre dientes, decisiones. Elegir es nuestra suerte puñetera y yo estoy paralizado de hueso para arriba y por abajo estoy descalzo. El barquero fue a dejarme en la ínsula de los cinocéfalos y desde entonces visto un viso canino en las pupilas y el cinismo cinético esdrújulo de todos los años.

Regresé a mi orilla transitando por el fondo, donde todo cuanto pisas es un charco. Tras tropecientos tropiezos y traspiés, atravesé el transparente transcurrir del río, triste, transpuesto, hecho trizas.

—¡Oye tú, cabeza de perro! —oí que exclamaba un quídam cualquiera— ¡Levanta de ahí!
—Deja que duerma un poco —dijo Abulio—; se le ve contento con esa baba.
—Ahora estoy con vosotros —dijo Panmuphle—, que aún no decidí a quién le regalo este membrillo.
—¿Eso es todo?
—No; escuchad aún.

Amanecí con pies de quelonio y el estómago de un galápago preguntándome por la vertical y palpitando como el viejo parénklesis que nos mata de risa. A mi izquierda, así de cerca, una de mimbre y hecha a mano de las que a mí tanto me gustan. A mi derecha, un poco más allá, una hecha a mano toda de mimbre como aquella que soñé. Con la una me tiemblan las rodillas y con la otra el vértigo lo tengo aquí.

Prefiero no decir nada.

—¿Sigues vivo?
—Acércame el taburete.

Apreté el puño hasta empalidecer y aplasté el membrillo contra el fondo de la acera.

—Ya parece que refresca.

Me oprime el límpido triángulo en el brazo. Rechinan mis coronas como el viejo chirrido de pizarra y cal.

—¿Un poco de agua? Es del grifo.
—Me apetece más un cigarro.
—Y ni tan mal.

Con este cráneo de cemento y toda esta arena hasta las ramas lo único que de verdad deseo es dormir.

Aparté los caracoles hasta enmudecer y arrojé los restos lejos, bien lejos. Elijo sus ojos, los profundos; elijo lo recóndito y sencillo del sosegado silencio neumático. Dije: Elijo el pliegue de su mejilla, la esbelta línea de su espalda, cada una de las oblongas volutas de calma y tranquilidad que emana. La espiral en su sonrisa; quisiera no necesitarla.

—Huele a purpúrea mañana.
—¿Sabes? Algún día, todo esto será campo.

28.5.16

interludio a la siesta de pam.

abrí la puerta sin llamar y dejé la mochila junto a la silla de gigante donde fui a sentarme. me gusta esa silla porque no levanta dos palmos del suelo, y uno se siente enorme y formidable cuando se sienta en ella. pero ser más grande no es tan cómodo. yo es que soy curioso ¿no ves que me divierte? me enredé en el tubo vuelta y media y, en un santiamén, yacía tumbado en la cápsula sintética y, desde ahí, pues eso, el plástico y las nubes. pasó una con forma de cirro, sendos estratos sobre el zócalo. un cúmulo que parece un cúmulo, y una tormenta, como esa tormenta bajo tus ojos. abro una página al azar y leo: abro una página. la luna tiritó en su clinamen y me salieron raíces por entre las escápulas. sabe a arena, le diego, sabe a mierdra de mayo y el matojo por los sobacos. sabe a meselo, digo digo; y huele a que me va a doler de nuevo cuando me despierte. fruncí los trastes, esto es, para distraerme. baobab bob junto al farol bob bob y mi garganta gob glob mientras un quelonio hace chum chum y el cinocéfalo hace ha-ha y le gruñe a bob, y le ladra a chum, y le muerde a bang-bang! (es todo un espectáculo). dijo un tal (y tal, tal es) que mi sombra me perseguiría, siempre y cuando hubiera luz. así que me hice fósforo. y me encendí. y ya no sé qué fue después. abrí otro párpado y me escoció la primavera. los ojos como amapolas. sucedió un día tembloroso, agrietado, arrancando el techo a jirones. ocurrió de manera tan sutil que apenas lo percibí hasta ahora; recién lo escribí. y desde entonces visto las alegres ojeras del que sueña despierto, del que se da por dormido. estiré las piernas y agarré una rama, no muy alta, lo suficiente; y ya ves tú cómo me balanceo, que se me olvida qué hora es. hoy no puedo escribir los versos más alegres, ni retratarte lo abrasadora que es mi lámpara bajo el estático techo, tácito y sempiterno. nunca la quise, ella nunca me quiso. siento que la tengo. pienso que la he perdido. no son los versos más alegres, pero son los primeros que le escribo. busca una constelación con el dedo y ponle el nombre que te apetezca. palpa los muros; son pulpas. lo mono camina del revés; lo que viene nos llega por la nuca. lo que está, lo tenemos en los pies. lo que no está, no estará nunca. serví chai con moloco y piteamos en silencio y videamos las estrellas como quien lee en lengua ajena y se da por enterado. yo no sé. ni vacío, ni enterrado. soy un qué. partido entre el qué de acá y el qué que va a sentarse en la silla de gigante. mirando, desde una cofa alejada e imaginaria, los pliegues de sus dunas, cada recodo, cada duda. sorbí el chai (que me quemé) y volví a empezar. cada recodo, cada duna, cada sílaba de su saliva. el tintineo de las chaschas, el gorjeo de las golondrinas y todas esas pequeñas notas silenciosas que componen la sinfonía de lo absoluto con la última hora de la tarde. entonces recojo la mochila y, ya de pie, me vuelvo a hacer pequeño entre los resquicios. trepo montes y adoquines y cierro la puerta que cierra otro párpado que cierra la noche por la ventana.  

Picasso

18.4.16

Fugu.

                Me desperté con el rascaso de que los peces no saben que habitan un líquido. Son peces, y no se dejan engatusar por meselos ni simplezas. Sin embargo, yo, que me cuento diecinueve dedos y carezco de agallas, me tengo que soportar día sí y al otro también con la imbécil presunción de saberme más listo que el gobio o un atún. La petulancia de los bípedos, lo de siempre: el mono calvo que se señala hacedor de lluvia cuando cae agua del cielo y que en secreto envidia las escamas por verse más brillantes que este cuero desnudo y seco que se arruga con sólo mirarlo.

                Los peces dominarán la Tierra cuando descubran que están flotando entre basura; y, mientras tanto, se me enfría el café porque me preocupa que mi prosa no es todo lo porosa que yo quisiera. Escúchate: “Mi prosa”. Un pez te diría que glú y, con las mismas, se olvidaría del asunto y se iría nadando en un santiamén. Cantaría entre el coral, sin más. Poco más hay que hacer en el arrecife que comer y evitar que le coman a uno. Eso y el mecerse con la marea.

                Los bichos de secano también sufren este oscilar, las corrientes, los influjos; yo mismo, que no soy menos, y sin terminar de desayunarme siquiera. Apenas me despabilo y ya me traga el ómnibus y me desplaza, me despedaza, me desubica, me marea. Me pierdo buscando un punto neutral donde posar la vista cuando una treintena de idiotas, casi tan idiotas como yo, se entretienen con lo mismo. Como peces con los auriculares puestos, pero sin aletas ni caudal.

                Frente a mí, un tipo de tupido bigote, culmina el centésimo tercer pliegue de su boleto y se lo esconde en la manga. De la opuesta se saca un pañuelo y se prepara para un estornudo inaplazable. Coloca el culo hacia atrás en su asiento, hasta el recodo del respaldo, en previsión del inminente retroceso. Clava los talones en el piso del vehículo; es importante mantenerse firme en una situación como ésta. Y, con un delicado gesto, se acerca el pañuelo sujeto entre ambas manos a la cara y se cubre con él una nariz que recuerda a un pepino de mar.

                Observo expectante desde mi plaza y pienso entonces en si los peces llegan a estornudar en algún momento de sus vidas, por particular que sea. En si las burbujas que de tal acto reflejo resultaran serían también esféricas o, por el contrario, surgirían poliedros o paralelepípedos o algo por el estilo. Yo creo que no estornudan, pero también es verdad que, si acaso, me mojo cuando llueve y poco más.

                Se dispone a ejecutar el salto. Las aletas de la nariz reculan espasmódicamente y los párpados se debaten entre la ignorancia y el ser testigos. El mostacho se estremece arrastrado por las fosas y el labio inferior busca cobijo bajo el cielo de la boca. Se hace el silencio. Próxima estación: San Lundo.

                A partir de ahí todo se sucedió en ralentí, como sumergido en agua espesa. Un monzón de saliva y flema erupcionó del rostro del pobre pobre tipo de bigote tupido en todas direcciones, con tal virulencia que uno de sus ojos, seguramente su favorito, fue a saltársele de la órbita con el oblongo estallido de una pompa o una botella al descorcharla, practicando una bonita curva parabólica casi perfecta, para acabar colgando como un péndulo de cuatro sanguinolentos centímetros de nervio óptico palpitante.

                Nadie más se percató. El tipo miró a un lado, luego a otro, y, al mismo tiempo, con el ocelo escapista, su regazo salpicado de sangre y legañas. Me imagino que entonces pensaría algo como: ¿Y qué hago ahora? ¿Me habrán visto? ¡Qué vergüenza! ¿Debería ponérmelo de nuevo o mejor lo dejo así? ¡Quién fuera pez y no tuviera que preocuparse por que se le vaya a saltar un ojo en medio del autocarro!

                Se arrojó de cráneo por la ventana y se alejó corriendo por la perpendicular con el oscilante globo ocular enmarañándosele en los bigotes. Vaya un desastre. No sé qué habría hecho yo. Tal vez, si fuera pez, me lo hubiera comido. Pero así de seco y con estas membranas que dan risa… pues no sé; si fuera pez tampoco me preguntaría nada acerca de ningún líquido.


8.4.16

Clinamen.

Escribí un texto que dice esto:  


Yo estoy en varios sitios al mismo tiempo y puedo demostrarlo. Si me apuran, también podría afirmar que me encuentro, ahora mismo, en diferentes momentos simultáneos.  La vi saltando por debajo de la mesa, solamente para darme un abrazo. Un abrazo, a mí, que no soy más que un mero clinamen paralelo a tantos en la Grande Gidouille patacósmica. Y ahora mírame; dando vueltas del revés para volver a ese instante en el que la luna buscó cobijo, avergonzada entre las nubes, llorando por no ser ya más mi musa. A la primera pedalada. A la pérdida de la caracola de Estagira. Desde la última vez han caído cuatro gotas. Me doctoré en Ontología de la Ignorancia y pasé de estar entre comillas a volverme por las ramas. Salió el sol unos cuantos días, entre el frío y el río dando voces. Soñé despierto en duermevela y desde entonces, pues no me quejo. Me creció un baobab en la barriga del pez que hay en la pecera de mi barriga y, al mismo baobab, le salieron monocangrejos en las ranas y tubérculos en las cicatrices y, en el centro del tronco, otra pecera con un pez que es justo, justo, el centro de mi barriga. Así que bien. Conocí conocí a un tipo llamado Congo y que además era albino, que preparaba los mejores solomillos de este lado de ambos ríos. Conocí también a un pseudoenano, que en verdad era un tipo muy bajito, que disponía de un platillo de bronce por sombrero y se pinchaba en los corchos o en el ajo del enemigo; quiero decir que se clavaba como si fuera una chincheta, y así. Iluij, mientras todo esto sucede en bucles sincrónicos, se deja caer por las ventanas de Ljubljani, conoce conoce a un cinocéfalo al que llaman Okno, con orejas de perro, lomo de perro y ojos de persona, que se da garbeos a media tarde y sólo ladra en esloveno. ‘Pambl se toma una siesta; este asunto lo trataré en el interludio. ¿De qué estábamos hablando? Un tipo entra en un bar y le dice a otro que un tercero le ha hablado de un cuarto que comparte cuarto en un cuarto con la cuarta parte de un antropodólogo, y el otro le contesta que en el curro bien, que sólo le machacan, que no tiene queja. Como iba diciendo: El mundo por los aires y la gente peleándose por ser unos de helio y otros de hidrógeno. ¡Por todos mis globos! ¿Es que no queda ya nadie que se contente oyendo llover? Yo me veo como un plantígrado que evita preguntar qué hora es por si acaso se equivoca. Y tú, tan inmediata. Luego le respondí a mi propio eco que las ideas no se me ocurren, me suceden, y lo único que entonces depende de mí es que, al menos, no se me escurran. Cerveza Apache. Caviar de Lechuga. Cardúmenes de Cetáceos. Miel de Cebra. Queijo de Mapache. Una piedra. Queneau. Que no. Que nada vuelve a empezar porque no ha empezado nunca. Que siempre he estado disfrazado de Sísifo en mochila y que entre el llanto y la carcajada hay un parpadeo porque somos justamente ese mismo parpadeo. Atravesé la puerta de El Terraza. Crucé el umbral del Diapasón. Amanecí en el Sol Naciente. Parsimonia del Noche de Alegría. Gaupasa en el Sándwich Eléctrico. Y por allá que siempre me encontré otra vez con sus ojos. Todo lo que puedo decir, al fin y al cabo, es que tampoco yo entiendo muy bien cómo funciona cualquier cosa. Que si aprietas aquí y sale por allá, al final la palanca es un poco como apostar sobre seguro; y el ponerse a buscar la tuerca que sobra, para apretarla, es jugar a lo inútil y, en consecuencia, necesario. Que a mí no me oirás hablar de espárragos porque, de hecho, no me gustan nada de nada; pero, por lo demás, me cabe un montón de curiosidad entre las pestañas, y de ahí este brillo en sendas córneas. El rubor de la esclerótica ya es otra cosa. Fotosíntesis. Yo estoy en varios tiempos al mismo sitio porque tengo unas dendritas de escándalo y una cuerda larga laaarga y joroschó que venía anudada al ombligo que me regalaron cuando llegué y que voy sembrando de pinzas por si sopla el viento demasiado y se me vuela la sombra y el sombrero. Rara avis, cada cual, nadie es un número. Hubo una vez en que uno, Juan, se sintió así de Juan y desde entonces esa vez no ha hecho más que repetirse. Y mientras tanto pasa un pájaro pasa una nube pasa la tarde por la ventana. Y es que hay días amarillos y días que te dejan el pellejo hecho un alfajor. Y sin embargo es siempre el mismo jodido día, Janis dixit, pregúntenle a Phil. Es tirar de la cisterna y que quede el olor, que no por ello es una fatalidad o un monstruo en plan malo. Fíjate, vivo es todo aquello que cambia o crece. Resumiendo: Hubo un topo, más o menos así de grande, tal vez con púas o escamas, que salió de un agujero humeante y se arrastró por el bello guano porque no había nada mejor que hacer; y así hasta ahora, aunque a veces nos salga el aliento del lagarto y nos ofusquemos por sandeces. Aprendamos de la arena, que alcanza hasta dónde y no por grande, sino por compleja. Mo se encaramó a su farola como trepando por una escala invisible y desde arriba saludó a dos dodos imaginarios que jugaban a los dados de verdad y después ejecutó la danza de la panoplia, que consiste, básicamente, en quedarse quieto y no hacer nada. Al fin y al cabo, y como llevo intentando explicar todo el rato, se puede ir a cualquier parte sin moverse del sitio.


14.2.16

Escena 440 A.


INT. BAR EL DIAPASÓN – NOCHE

POLICARPO sacude un trapo polvoriento sobre las botellas del estante para envejecerlas. PEPE arma un solitario castillo de naipes una y otra y otra vez. GERALDINO corrompe los crucigramas inventando vocablos con tinta azul, negra y roja de nadsat. BOSSE-DE-NAGE escribe haikus en sánscrito con surcos de hez marrón verdoso trazados por el pólice oponible de su pie izquierdo.

GERALDINO
(sin levantar la vista del periódico)
Oye, Poli, ¿cuándo demonios vas a librarte de ese maldito cinocéfalo papión?

POLICARPO
(se lleva el trapo al hombro con un gesto brusco que levanta una polvareda)
     Cuando pagues los tragos que debes, pedazo de filibustero.

BOSSE-DE-NAGE
(apunta a Geraldino con el dedo manchado)
     ¡Ha ha!

GERALDINO
Ya sabes que me tienen congelado hasta que pase la sequía. Anda, sé dobo y convídame a algo de pitear. Un poco de fuegodoro, nada más. Que el grasño dengo no machuque esta vieja amistad.

POLICARPO
(llena un vaso de licor)
Esto corre por tu cuenta. Y más te vale que al primate no le falte la ginebra porque yo no respondo de lo que se le ocurra y vaya a pasarte a ti.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

ITIMANOK entra en el bar. CAMPANILLA DE PUERTA. Se tambalea y casi resbala antes de llegar al taburete.

GERALDINO
     ¡Vaya un malchico pianitso! Oye, tú, ¿tienes un cancrillo?

ITIMANOK
Me pasó algo. Me pasó algo. Oiga, señor, caballero, póngame una copa, haga el favor.

POLICARPO
(cubre el fondo de un vaso con hielo)
     ¿De qué lo empapo?

ITIMANOK
     Wiski.
(pausa)
Decidí emborracharme porque no le vi mucho sentido a esta vida, apenas nada. Y, bueno, ya sabéis, últimamente estoy mal.
(pausa)
Me metí en un templo obscuro y abovedado donde hacen poesía con las luces bajas. La gente tiene sus poemas, otros sólo dicen mentiras.
(bebe del vaso que le sirve Policarpo)
Me tomé dos wiskis, tres, cuatro… y decidí salir al escenario. Salí y les dije: Me tomé tres cervezas de más, me tomé cuatro tragos de más, y no es suficiente para olvidar la rabia que se me come por dentro.
(bebe otra vez)
Les hablé, les hablé hablándoles y les seguí hablando como pude. Me arranqué pedazos y se los arrojé salpicando sus caras de sangre y bilis. Me aplaudieron bajando del escenario. Poetas vinieron, escritores…
(bebe otra vez)
Me pidieron mi nombre.
(bebe otra vez)
Y me dijeron que ojalá volviera algún día. Me dijeron que les había inspirado.
(pausa)
Volví a salir y rabié y rabié y rabié y rabié. Estoy muy rabioso. Estoy MUY rabioso. Rabié. Rabié con toda la rabia que el alcohol te puede brindar un mierdcoles.
(bebe otra vez)
Y lo que me queda por beber, porque yo no me voy aún.
(bebe otra vez)
Me volvieron a felicitar.
(pausa)
¿Y cómo me felicitan? ¿Cómo, Pepe, me felicitan con todo el daño que llevo dentro?
(pausa)
No lo entiendo.
(pausa)
Pero allí estaban felicitándome. Todos ellos.
(bebe otra vez)
Allí estaban.

BOSSE-DE-NAGE
(alza su copa de ginebra)
     ¡Ha ha!


DISOLVENCIA A:
PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Nadie se mueve apenas, excepto Itimanok: bebe cuatro copas más mientras habla y después sale por la puerta.


DISOLVENCIA A:
Entran PAMBL y BAIJ. CAMPANILLA DE PUERTA. Solicitan un par de cervezas y se acomodan en la mesa del rincón.

PAMBL
(da un trago a la cerveza en RALENTÍ)
En fin, lo único que digo es que yo sólo miro con asco a los que miran con asco. Y no hay nada más que hablar del tema. Que al final hacemos loxodromos de cada piedra y acabamos sin saber adivinar la luna en nuestro cenit.

BAIJ
(da un trago a la cerveza en RALENTÍ)
Hablando de loxodromos, yo ayer percibí la vida en toda su planitud asintótica. Me senté en el retrete con el periódico en el regazo y le pinté bigote a todas las fotografías. A algunos les puse un parche en el ojo. A otros que sonreían les usurpé algunos dientes y a los que no poblé de un lustroso entrecejo los rematé con sendos cuernos como guinda del pastel.

GERALDINO
(levanta la vista del periódico)
¡Así que eres tú el de los bigotes!

PAMBL
(bebe)
Sí, las distracciones no son mal negocio, pero esta tristeza sigue aquí hablemos de lo que hablemos y, mientras se disipa el jiste, mis ideas se escabullen y ya oíste lo que dije: ¿Mi comida favorita? Pues tal vez la sopa, pero mejor digo lo que sea que esté munchando en ese momento, un lontico de manteca, una galleta, un puñado de alpiste… Tal vez sea lo peor que coma en mi vida, pero sin duda lo mejor que podré comer entonces. Es fácil: Río de tristeza porque lloro de la risa.

BAIJ
Sé de lo que hablas, yo me dejé crecer la barba para así amortiguar sus besos y mírame, con este abrigo ceniciento y esta cara mala, ¡Qué mala! ¡De espanto! Como esas noches sin luna, con la negra cúpula negra que refleja el negro de mis ojos así de negros por estar así, sin luna.

GERALDINO
(retórico)
¡Tócate los yarboclos! ¿Es que no puede uno venir aquí sin tener que slusar a un atajo de liudos perpetuando una interminable retahíla de sandeces?

BOSSE-DE-NAGE
     ¡Ha ha!


DISOLVENCIA A:
PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Cada cual bebe esporádicamente de sus copas. Bosse-de-Nage se desplaza intermitentemente por la estancia adoptando las más esperpénticas posturas. Pambl y Baij se van. Pepe culmina un nuevo castillo, lo desbarata, baraja, y vuelve a empezar.


DISOLVENCIA A:
Entra el DR. ORANGJO. CAMPANILLA DE PUERTA. Media chaqueta le cuelga del codo, deja un maletín viejo sobre la barra y se deja caer en un taburete.

POLICARPO
     ¿Qué va a ser?

DR. ORANGJO
     Una Poderosa, y un puñado de manís, por favor.

GERALDINO
(sarcástico)
¿Y a ti que te aflige, eh? ¿Qué chepuca, qué meselo scvata tu quijotera? ¡Adelante, cuéntanos qué rascasos te rasrecean el rasudoque!

BOSSE-DE-NAGE
(termina de dibujar una cabeza de caballo seccionada a todo detalle con el pólice oponible de su pie izquierdo y apunta con él al Dr. Orangjo)
     ¡Ha ha!

DR. ORANGJO
(mastica manís y bebe cerveza)
Voy a tratar… No sé. Voy a intentar explicar todos estos sentimientos para explicármelos a mí mismo. Toda esta ansiedad, remolinos, ventiscas, temblores. Este reflujo gástrico palpitando, este yo-qué-sé-qué, esta hipoventilación alveolar: Creo que estoy enamorado.
(mastica manís)
Hace un par de años ya que rompí con Amanda y las heridas, pues ya veis, siguen sangrando.
(bebe cerveza)
Sólo me tengo a mí mismo, me decía a menudo. Sólo yo tomo mis decisiones y asumo nada más que los riesgos que yo quiera. Y todo el daño que sufra, toda herida que me haga, toda llaga, será por mi propia mano.
(bebe cerveza)
Pero la encontré a ella. No la buscaba. Yo estaba conmigo mismo, tranquilo, con mis riesgos, mis decisiones, mi cepillo de dientes… Supongo que todos piensan que estar enamorado es algo así como flotar sobre un colchón de nubes bajo la templada lluvia de un arcoíris… Nada de eso: Estoy incómodo y la ansiedad me aprieta la tripa. Las mariposas se me salen todas por la glotis y apenas atino a vocabulizar lo que siento por ella.
(mastica manís)
Yo la quiero. La quiero como persona. Como individuo independiente y con su vida. Con su existir. La quiero a ella por ser, no por ser ella.
(bebe cerveza)
Pero, y esto es lo que me colma de desasosiego, ¿por qué este anhelo constante, esta espera inasumible? ¿Por qué he de necesitar de su atención para sentirme seguro de que ella siente algo parecido por mí?
(mastica manís)
Pero quiero, de veras, quererla sin más y que vuele libre y con ello ser también yo feliz… pero esto me lleva otra vez a que tal vez algún día desaparezca…
(bebe cerveza)
     Personalmente, todo esto me provoca un dilema, la verdad.

PEPE
     ¿Y ella qué opina de este rasdrás?

DR. ORANGJO
     Ella me regaló un te quiero un hermoso día.
(pausa)
     Y yo, mudo, sólo supe darle las gracias.

Geraldino recoge su bolígrafo y se despide de Policarpo con un gesto típico de lundonita, educadamente. Policarpo recoge su vaso y lo deja en el fregadero, marchito. El Dr. Orangjo termina el cuenco de manís, concreta la botella de Poderosa, se despide y se va. Bosse-de-Nage dormita sobre el parpadeo de la máquina de tabaco y masculla ha ha entre ronquidos. Pepe apura su vaso de fuegodoro, lo posa en la barra. RUIDO SORDO. Saca un arma. Se va por la puerta. CAMPANILLA DE PUERTA.

POLICARPO
     ¡Oye, Pepe! ¿Dónde vas con esa pistola?

PLANO GENERAL. TIME-LAPSE. Policarpo limpia la barra, barre el suelo y apaga las luces. AMANECE. Todo vuelve a empezar.


FUNDIDO A NEGRO.

22.1.16

'Odneiviv.

                “Todo aquello no fue más que chai con moloco; el viejo juego de caer lovetado en una merienda desnuda donde cada cual queda helado al descubrir lo que hay emparedado en su sándwich”.


                Al principio la novedad eran unos cascabeles de latón púrpura colgados de las orejas y una sonrisa hunyadi y joroschó garrapateada en la frente de sien a sien. Después esporas y vistazos y la imagen de dos caballos amarillos y descapotables levantando estelas de polvo bronceado con sendas amapolas por sombrero ornamentadas con espigas. Bajo nuestras cabezas una espiral logarítmica de pipas de girasol y sobre nuestros pies la remanencia de la tiza en el asfalto dibujando una rayuela. Y respirar, el respirar en casa otra vez; eso también estaba.

                Como siempre, llegué tarde, pero antes de que fuera nunca, así que… Y luego las farmacias apagaron sus cruces verdes y mi ventana se quedó encendida con el susurro del frío condensándosele en las mejillas. Pero no estoy aquí, es sólo un decorado. Estoy aquí, y a veces, roto en el suelo, con la cáscara derramándoseme y la duda éterna palpitándome el hipotálamo, solo, con este esguince de cerebelo y este tiritar ontológico, a veces, digo, me salgo y me olvido y me escucho hablándome de no sé qué relojes y cuando miro la hora ya pasó y me arranco un pelo marrón y se va el tren y ya no busco; me encuentro perdido.

                Ha habido un momento… y luego ocurrió otra cosa: Un silencio límpido y tranquilo, esa nota desnuda que despunta sobre el vano y que se oye con los ventrículos como el blanco de las páginas en las que escribo sobre ti. Y eso.

                Y La porcelana formaba un perfecto loxodromo elíptico y el agua al fondo reflectaba los tubos fosforescentes. Y pensé: “A pesar del permamoho de la esquina, ¡Qué buen baño para desmayarse!” Y así pasé media primavera varado en un bar con el fantasma de Patsy Cline revolcándose en el cáterin del Cabaret Lenin con extra de anchoas; un desastre.

                En fin, terminé con un hemisferio y un meselo a cada lado, y cada polo derretido y, en vez de palo, un cucurucho, y, con la macedonia más idónea en un bol, que era medio coco hueco, perdí la cabeza, es decir, perdí el sombrero, y ya me di por vencido.

                ¿Que cómo salí de aquella, me dices? ¡Que cómo entré! Y así sigo. Columpiándome con los pies colgando y las manos en los bolsillos. Culpándome de cada uno de esos vacíos. Armando barcos de papel que se hunden en los párrafos que nunca escribo. 'Odneiviv, le dicen, viviendo al revés. Yo qué sé. Y es que todos los días se parecen a todos los días y, por tanto, eadem mutata resurgo. No sé si premio o castigo.


                Apuro una cerilla hasta la yema y me curo con saliva. Aboclo la ceniza de mis calcetines. La luna se esconde detrás de los semáforos y se quiebra mi lápiz y estoy despierto, en un desierto, sin minas de grafito. Un desierto de todo, un desierto de… ¿qué es desierto? ¿Vacío de qué o repleto de arena? Un desierto de todo, lleno de todo, un desierto de. Despierto.