27.2.17

Semigersifloro García.

Semigersifloro García (fig.1) vino al mundo en algún lugar de la recóndita provincia de Batman, al sudeste de Anatolia, una húmeda y ruidosa tarde de febrero, a la edad de cincuenta y cuatro años. Debido a una curiosa enfermedad congénita, Semigersifloro nació carente de piernas de rodilla para abajo, lo que comprende peroné, tibia, tobillo y, por supuesto, también el pie.

Cierto día, un forastero llamó a la puerta de Semigersifloro, que por aquel entonces estaba en paro, y se presentó como el Doctor Atrópates, médico investigador armenio, célebre cirujano irrefutable, estudioso de las virtudes y bondades del arte protésico, y todo esto con una reverencia fingida y un evidente acento azerbaiyano. Le ofreció a Semigersifloro un novedoso tratamiento de injerto de piernas a un precio de risa, y Semigersifloro, que por aquel entonces no tenía nada que hacer, aceptó encandilado.

Practicaron la cirugía esa misma tarde, en la cocina de Semigersifloro. El Doctor Atrópates agarró una botella de esencia de matalahúva y se la embutió a Semigersifloro por el gaznate, dejándolo inconsciente. A continuación, sacó dos piernas de muerto de una neverita portátil y se las cosió a los muñones en un periquete. Después vació el frigorífico y se largó por la campana extractora.

Salvo por la resaca, la tez pálida y turquesa de sus nuevas pantorrillas, y a pesar de que ambos pies fueran izquierdos, Semigersifloro consideró que la operación había sido todo un éxito, y apenas le importó el tono ocre de las uñas, ni los juanetes, ni la peste a seta rancia que desprendía; y salió a celebrarlo dando saltos por las aceras.

Un tiempo después, Semigersifloro, que por aquel entonces había encontrado empleo preparando kebabs, se cortó accidentalmente la mano por la mitad, con tan mala fortuna que fue a empapársele la herida de salsa especiada y trazas de cordero. La salsa especiada, en cambio, se empapó de sangre y trazas de dedos, por lo que le despidieron.

El Doctor Atrópates no tardó en aparecer con su neverita portátil, esta vez llamó a la puerta. Ofertó a Semigersifloro cuatro dedos nuevecitos y media palma por nada y menos, y Semigersifloro, que por aquel entonces soñaba con tocar el piano, aceptó sin dudarlo.

La operación no fue nada bien: El Doctor Atrópates había olvidado la esencia de matalahúva y tuvo que anestesiar a Semigersifloro de un porrazo certero en toda la cocorota, a la altura de la hipófisis, lo que indudablemente asegura un certamen de pesadillas y el consecuente mal despertar. La media mano era de un ahogado con anisakis, que infectó inmediatamente el organismo del pobre Semigersifloro, provocándole gastroenteritis varias, metástasis, síndromes, síntomas, sífilis y demás. Y, al final, el Doctor Atrópates no tuvo más remedio que amputar de ombligo para arriba y apañar el resto, dejando a Semigersifloro hecho un par de piernas con pene, con el cerebro en una nalga y los demás órganos hechos un bulto anatómico en la otra. Con un tercio de la columna vertebral asomando por arriba como una antena ósea y el culo todo lleno de pelo. Un engendro incapaz de valerse por sí mismo, que sobrevive gracias a un medicamento especial, sintetizado por el propio Doctor Atrópates, que le inyectan cada semana con una jeringa en la ingle.

Desde entonces, Semigersifloro García imagina que coprotagoniza una serie televisiva de los noventa, con risas enlatadas, en la que interpreta a un bípedo sin tronco, ni brazos, ni cabeza, que habla con pedorretas que únicamente comprende su fiel compañero, Anastasio López; juntos resuelven crímenes conspiranoicos y misterios parapsicológicos en episodios autoconcluyentes.

Le gusta el esmalte rojo cereza para las uñas y caminar desnudo por la arena mojada. No le gustan las chinchetas ni la gente que te encuentras por la calle y te saluda despidiéndose.  

fig. 1

26.2.17

Ejercicios de Estilo: Pimiento, serrucho, imán.

                Los autobuses de mi ciudad son de un verde pimiento y además huelen a rancio y, con los adoquines, traquetean de lo lindo y uno piensa que todo el fuselaje está a medio giro de tuerca para venirse abajo y desperdigar a la tripulación por los arcenes, aún con los cascos puestos. A mí me gusta todo ese jaleo y mirar por la ventana; además, si uno está atento, cuando el semáforo se enciende rojo y el bus se detiene, casi puede escuchar cómo se coordinan los susurros de los auriculares en una sintonía como de hormiguero.

                Un día viajaba yo. Más que de pie, iba colgando de la manija y balanceándome por inercia en cada curva. Pensaba en todo esto y en los gobios, los atunes, las percas, en cómo sería ser muil, pez globo o incluso ese tiburón que tiene el hocico como un serrucho. Ya quedaba poco para mi parada, cuando el tipo de enfrente, sin saludarme siquiera, estornuda como jamás he visto a nadie y se le salta un ojo. Qué asco. Aquella bola ocular desorbitada era como un imán para mis pupilas y no pude evitar mirar, petrificado, sin saber qué puñetas hacer. Entonces el tipo se tiró de cabeza por la ventana y nadie se hubiera dado cuenta si no llega a ser por el frío de tardo otoño que penetró en el vehículo en ese instante.

                Más tarde, a eso de las nueve, regresé a la casa de mi viejo y loco tío abuelo, donde me hospedaba, y no encontré más que un socavón insondable en medio de la acera.



Ejercicios de Estilo: Notaciones.

En el Q, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años y sin agallas va pensando en peces. La gente alrededor está como ausente, sumergida en sus auriculares. Otro tipo, de tupido bigote, pliega entre sus dedos el boleto del ómnibus y se lo esconde en la manga. A continuación, estornuda estrepitosamente y un ojo se le sale de la cuenca. Después se arroja por la ventanilla de emergencia usando su cráneo para romper el cristal, en vez del martillo homologado.

                A unas trescientas catorce millas náuticas de allí, en el mismo instante de la eclosión, un anciano hierofante en la bañadera descubre que toda su vida se ha regido por suposiciones de terceros y se tira un prolongado pedo subacuático cuyas burbujas parecen exclamar «¡Eureka!» y entonces se desploma el edificio, dejando un cráter en el suelo y un montón de escombros.



16.1.17

Descerebramiento.

Hace un tiempo, me sometí una novedosa terapia de descerebramiento. No sé cuánto con certeza, porque de eso mismo se trata. Y funciona de maravilla; a mitad del proceso no podía recordar más que mi nombre y mi talla de alpargatas, poco más; y a duras penas conseguía balbucharlar silogismos con cierta coherencia, pues cualquiera de mis pupilas, indistintamente, se distraía con los carámbanos de saliva que pendían elásticos de entre los pelos de mi barbilla; y así perdía el hilo del discurso, oblongo y viscoso, como lianas de baba deslizándose por las plieguecomisuras de los belfos y con cara de bobalicón.
Durante aquel periodo no soñé nada, eso creo. Tampoco me preocupé. Sí lo hice después, al cabo de un rato, cuando empecé a soñar ovejas contando pablos. La primera noche pasaron treinta y cuatro mil ciento noventa y nueve pablos, coma uno. Y cada noche las ovejas, que eran un montón, pero no tengo ni idea de cuántas, continuaban rumiatando pablos, contando desde donde lo habían dejado la noche anterior, más dos pablos con setecientos diez milipablos como corrección para adaptarlo al calendario de los pestañeos. Y, de todas las ovejas que había, estoy casi seguro del todo de que ninguna era una oveja propiamente dicha; lo que tú o yo o incluso cualquiera tildaría de óvido. Para nada. Ni siquiera se acercaba a la definición más elemental de placentario ungulado. No eran ovejas de ninguna manera. Ni de lejos. Ni en un siglón de años. Qué va. De todas formas, así vistas, con el traspárpado granate y semiopaco, parecían ovejas de cualquier modo. Ovejas contando pablos. Cangrejos contando aguacates ¿Qué más da? Noche tras noche trasnochando. Nombres contando limas, números contando cifras y ovejas contando pablos ¿Y ahora qué, eh? Ahora somos un gúgol.
La técnica de descerebramiento es tan protosimple como nociva, si no se aplica en capas uniformes, como la crème patissière, y con un palustre flexible, pero no demasiado flexible. Primero se saja la epidermis con cualquier suerte de escalpelo por el ecuador del cráneo, o tal vez mejor por el trópico de cáncer, más o menos sobre la línea de las cejas, las marrones. Esto es para marcar el camino del corte ulterior, así que, en su lugar, también se puede utilizar un boli, o un rotu, o algo por el estilo, algo que pinte o cercene. A continuación, se procede a serrar el cráneo por el surco trazado. Antiguamente, los patacesores que oficiaban tales prácticas en lúgubres mazmorras del Prenacimiento, hacían uso de una humilde sierra de Gigli enrollada en torno a la testa para descapuchar al paciente en un santiamén relativo. Ahora, con los tiempos que corren, que resbalan, que vuelan, se secciona la cubierta de la cocorota con un puntero láser y ya sólo queda rascar un poco la corteza y extraer los lóbulos del relleno sin dejarse ni media meninge ni una miga de bulbo raquídeo. Apenas sin dolor, aunque, después de eso, como cualquiera puede comprender, uno se queda con el sistema límbico hecho un ascazo.
Desperté, como ya dije, con la pechera empapada de babazas y un par de tuercatornillos de mariposa en sendas sienes. Yacía en un panal reseco y mohíno que apestaba a espray ambientador, en lo alto de una araucaria. Pasé ocho días y tres noches atrapado en aquella puta conífera sin saber cómo bajar. Por estas latitudes el sol oscila raro. Y, al fin, en el crepúsculo vespertino del cuarto octavo día, pasó por mi lado una cigarra fumando celtas y comprendí que ese árbol no era tan alto ni tal, ni tampoco el panal, por cierto, si no que se trataba de un zarzal completo y una vejiga de rinoceronte mustia, respectivamente.  Le pregunté a la cigarra que qué tal, y le pedí ayuda para libertarme del matojo, que se me estaban clavando las espinas todas en el culo, le dije:
—¡Oye tú, cigarra! ¿Qué tal?
—Ni fu, ni fa —respondió, expeliendo una generosa bocanada de humo.
—Pues ayúdame entonces a salir de este punzarbusto, que se me están clavando las espinas todas en el culo.
                Se negó en rotundo, mencionó algo acerca de sus competencias, y algo más, no sé qué de unas hormigas, y que tenía cosas que hacer, dijo:
—Me niego en rotundo. Soy una cigarra ¿No lo ves? Lo único que tengo que hacer es estridular aquí y allá y rascarme bien la barriga. Por aquí pasa una formipista ¿No la ves? Enseguida desfilarán las hormigas por aquí mismo y yo estaré frotándome para ellas, a ver si, con suerte, me dejan un poco de grano o una pizquita de néctar que pitear.
—Pierdes el tiempo —le contesté, dando voces—. Todo el mundo sabe que los himenópteros no sueltan ni media.
 —Tú no me has oído estridular —me espetó
—No, eso es cierto —concedí.
—Pues te advierto —me advirtió— que yo estridulo como ninguna, pedazo de nalgaespín. Cuando yo estridulo la gente se marea y dice: “¡Uh, uh! ¿De dónde sale? ¡Uf, uf! ¡Nos tienen rodeados!” Y es que, cuando yo estridulo, no se oye nada más.
—¿Y crees que a las hormigas les gusta que les estridulen al oído mientras se desloman el tórax? ¡Eres una majadera!
—Pues ahí te quedas, cabeza de chorlito, con tu culopincho.
Y se fue zumbando a estridular a otro lado.
Otra semana después —ésta de sólo dos días, pero una noche que bien podría haberse titulado “Era básica y obscura”—, desperté acurrucado entre los marchitos restos del zarzal. Mi trasero estaba curado y las ovejas ya habían computado un gúgolplex de pablos y empezaba a temer quedarme sin espacio, aun con esta cabezota lesa y bien diáfana. Me aseguré de estar justo debajo de la vertical y, cuando estuve seguro, enfilé hacia adelante —que es, de hecho, la única dirección por la que sé caminar. Mí no ser un intelectual.
No tardé con encontrarme con alguien. Lo cierto es que venía escuchando desde lejos unos plañillantos desconsolados. Era un tipo gordesmirriado, de barriga esférica y piernecillas de jilguero. Digo que era un tipo, pero bien podría decir que se trataba más bien de siete octavos de tipo. Estaba ahí postrado, sobre un tocón bañado en sangre, con las rodillas hincadas en el barro. Gritaba de dolor y se sujetaba un medio antebrazo del que borbomanaba un chorro de sangre espesa como natillas. La cimitarra se mantenía clavada en la madera y, frente a las dislocadas encías del infeliz, su mano escindida y sanguinolenta parecía querer despedirse mediante un intrincado y macabro lenguaje digitado de espasmos y contracciones que ninguno de los presentes supimos descifrar.
—¡Qué es lo que has hecho, animal! —le grité.
—¡Justicia! —profirió orgulloroso.
—¿Justicia de qué? ¡Estás chiflado!
—¡Soy un ladrón! —exclamó— ¡Y de la peor calaña! —hizo una pausa dramática para gimotear y me miró a los ojos con semblante suspensivo y sobreactuado—. Y a los ladrones por aquí se les cortan las manos.
—Con que eres un ladrón, ¿eh? —solté una carcajada— ¡Já! ¿Y se puede saber qué es eso que has ladroneado para tener que muñonizarte?
—¡Ladroneé mi tiempo! ¡Lo confieso! —se derrumbó sobre el tocón— ¡Escatimé con los instantes, y los momentos los guardé para luego! ¡Escondí los ratos bajo llave y me usurpé hasta las estaciones! ¡Soy un vil ladrón y ahora que me hago viejo lo comprendo! —escrutó la espantosa y herida de su medio antebrazo, aún sangrietante— ¡Sólo me estaba ladroneando el tiempo a mí mismo! ¡Me ladroneé la vida sin darme cuenta! ¡Qué estúpido que soy! Fíjate si soy estúpido, que traté de ejecutar yo mismo mi castigo sin ser consciente de que, después de desprenderme de una mano, no podría librarme de la otra.
—Ya sabes lo que dicen: Una mano rebana la otra.
—Creo que no es así.
—En cualquier caso, puedo ayudarte. Si quieres, te siego la que te queda en un periquete.
—No funcionaría —musitó.
—¿Y por qué no, eh? —inquirí, ofendido— Me ofendes.
—Pues porque yo soy la víctima que ha de vengarse por todo el tiempo que le ha sido ladroneado —respondió, resoluto—, y porque, si tú me cortas la mano, yo tendría que cortarte a ti la correspondiente. No tienes ningún derecho a aparecer de la nada, cuando nadie te ha llamado, y pretender amputarme la única mano que me queda, demonios.
—Vale, vale —ejercité un aspaviento—. Sólo pretendía ayudar.
—Pues poco favor me haces.
—¿Sabes qué? Creo que ahora me has ladroneado el tiempo también a mí.
                Me cobré cuatro dedos por aquello, que guardé en mi bolsillo. Y me largué de allí, dejando al desgraciado con sólo un pulgar para dictaminar justicia. Me arrastré por un páramo, taciturno, como quien vaga cargando a cuestas su propio cadáver; así de mal. Y fui a toparme con una ringlera de hormigas. Una hormiga decía: “¿Os habéis enterado?”. Y las demás coreaban: “¿De qué, de qué?”. Y seguía la primera: “¡La cigarra se ha muerto! ¡Escarchangelada de frío durante el invierno!”. “¡Hurra, hurra!” gritaban unas, “¡Oé, oé!” clamaban otras, “¡Viva, viva! ¡Ya no joderá más con ese maldito chirrío!”. Y la cáfila se desantenizaba de la risa. La primera volvió a hablar: “¡Eso le pasa por no trabajar!”. “¡Por no trabajar!”, chascaturreban las demás. “¡Por no trabajar!”, repitió la anterior. “¡Por no trabajar!”, redundaron las otras.
—¡Basta, basta! —grité yo, tapándome los oídos— ¡La cigarra sólo intentaba amenizaros la brega estridulando para vosotras ¿Y así se lo pagáis? ¡Pues tomad caucho, canallas!
                Pisoteé hormigas andando como un funámbulo durante, lo menos, tres leguas, y, después, me detuve a descansar a la sombra de una araucaria. Claro está que, antes de eso, llevé a cabo las pesquisas pertinentes para tener la certidumbre de que, efectivamente, se tratara de una araucaria auténtica. Y así era, por el momento.

                Tras una elipsis imprevista, abrí un ojo en silencio, procurando no despertar al otro. Tenía sed, lo cual no es raro, yo suelo tener sed a menudo; pero se suponía que el descerebramiento era mano de Ubú con la potomanía. Miré mis manos y ya no eran eso; eran pezuñas. Y mi pellejo habíase cubierto como de una capa de fibra de algodón bastante cómoda y esponjada. Intenté balar, aterrorizado, y de mi hocico brotó un alarido simiesco, para nada digno de una oveja, y se despertó mi otro párpado, y así fue como descubrí que, después de todo, me la habían vuelto a jugar con la araucaria, y que, desde el principio —y esto lo explica todo—, estaba yo y mis gúgoles de pablos confinados en un batiscafo, sumergidos en medio del oceazul. Pablo le dijo a Pablo: “¡Haz algo, que nos hundimos!”. Y Pablo le contestó a Pablo: “¿Qué quieres que haga yo? ¡Esto es un batiscafo! ¡Se supone que tiene que estar hundido, es así como funciona!”. “¿Y a mí qué me cuentas, eh?”, respondió Pablo a Pablo, “Seguro que tú tampoco sabías qué diantres era un jodido batiscafo antes de todo esto!”. “Basta, basta, Pablos”, dijo ahora Pablo, “Dejad de discutir y atentos: Está pasando algo”. 

Daniel Johnston

14.11.16

La Torre (Acto III; Escena Última).

ESCENA ÚLTIMA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. Un moscardón redondo se pasea alrededor y únicamente se oye el fastidioso zumbido de éste y el rasgar de la escoba contra el piso. Una lágrima cae sobre el polvo, esto es apenas perceptible, y enseguida es apartada junto al resto de miasmas y deshechos. Al rato, un ruido de motor, de fondo, acalla el taciturno murmullo de las paredes.

POLICARPO
                ¡Mierdra!

El ómnibus amarillo pus, de dimensiones restituidas, irrumpe en El Diapasón con un estruendo terrible y se estrella contra la barra destrozando todo cuanto encuentra a su paso. BOSSE-DE-NAGE emerge colérico de entre las ruinas del fuselaje.

BOSSE-DE-NAGE
¡Ha ha!

El mandril, enajenado por el impacto y por costumbre, arrebata la escoba a POLICARPO de un zarpazo frenético y la ensarta en la glotis del tabernero, por el mango hasta las espigas, que asoman por la boca de éste, en una mueca grotesca. Las botellas del estante observan el suceso maravilladas, como las torres del momento. El macaco usurpa la ginebra y se la lleva a las fauces. Ríe de nuevo, y un terceto de coces retumba en rededor.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!

Oculto tras las barbacanas, PANMUPHLE acciona una palanca de hueso sintético y son disparados los cañones en el mismo instante en el que el DOCTOR ORANGJO, abombado y descolorido, aparece por la desgañitada puerta con semblante de circunstancia.

DOCTOR ORANGJO
                ¡Olvidé el maletín!

Un proyectil despedaza al doctor con un susurro, dejando sólo los zapatos humeantes. BOSSE-DE-NAGE se acicala el tupé del orificio con una de sus tumorosas garras y sonríe al auditorio mostrando una interminable y sarrosa hilera de colmillos ennegrecidos. A partir de entonces, la siguiente secuencia se representa a ralentí mediante un curioso medicamento que es emanado por el sistema de ventilación, preparado expresamente para cada función, cuyos efectos duran exactamente lo que dura dicha secuencia; dice así:

   El fétido macaco cinocéfalo papión emite un prolongado y gutural “¡Haaa haaa!”, todo hediondo y cubierto de una pasta ocre de lo más desagradable, y cruza el bar con las zancadas que uno daría si se diera un paseo por el planeta enano Ceres, esquivando los asteroides por medio de cabriolas y acrobacias dignas de los más agilísimos gibones de las junglas de Borneo. Tras el plomo rotundo que surca la atmósfera se dibujan estelas de carbón, azufre y nitrato de potasio, quasi comme un inferno, mas ninguna alcanza al primate; el cual era, al fin y al cabo, su único objetivo.

BOSSE-DE-NAGE se llega a la puerta del servicio y la aporrea ferozmente. Al envés, un QUÍDAM fastidiado de veras, responde con vehemencia que deje de molestar, que está ocupado. Más o menos en ese instante, con tremenda barahúnda, otra bala perdida abre un butrón en la puerta que no aniquila al fontanero, pero apenas por los pelos. Tampoco dañó al primate, por cierto, pues fue engendrado provisto de un octavo sentido arácnido. Enseguida, BOSSE-DE-NAGE golpea al QUÍDAM en el cráneo con la botella de ginebra, que no es de vidrio, sino de cuarzo, y suena un GONG y, al caer inconsciente el pusilánime, girando sobre sí mismo cual peonza, con un chichón con la figura de una banana lanuda en la cocorota, El CHORRO MUSICAL traza una parábola en diagonal que da de lleno en el hocico del cinocéfalo, con tal presión e impresión, que éste sale despedido por los aires para acabar hecho rodajas, atrapado por las aspas del ventilador del techo y, definitivamente, muriendo para siempre.


A modo de epílogo, el pis anega el tablado y las butacas se manchan con su giste. Entretanto, el telón granate mate desciende a trompicones, pero elegante, como una guillotina de terciopelo. Quien se fije, tal vez podrá ver a un tramoyista con osamenta de cabra, agazapado, manipulando en silencio las cuerdas con sus retorcidos dedos desde el torreón. El resto, en cambio, sólo verá el opaco y encarnado reverso de sus párpados, poco más.

13.11.16

La Torre (Acto III; Escenas XII, XIII, XIV, XV).

ACTO TERCERO

ESCENA DUODÉCIMA

Un QUÍDAM embebido esculpe en el aire una cariátide dorada con el extremo de su protuberancia genital.

La sinfonía de orina, a la que conocemos humildemente como CHORRO MUSICAL, actúa como una falacia de oyente o receptor, cuando, de lo que en realidad se trata es, simplemente, de una secreción líquida desterrada por los riñones en forma de orín como resultado del jodido depurado de la sangre. Todo el mundo sabe que a un quídam cualquiera no le filtran las nefronas.

Habían toctoctocado la puerta.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Nadie responde.

QUÍDAM
¡Cuánta impertinencia! ¿Por dónde iba? La señora Levono sirvió sangría de sandía y una shisha de Shangri-La y le enseñé el palimpsesto. La botella la dejé en casa, de recuerdo, encima del televisor. La vieja se fue a otro lado a hacer puñetas y no carraspeó nada al respecto. Pensé: ¡Caramba, que maldita! Fumé cumulonimbos y me exasperé en mi ignorancia como una sabandija en salmuera. ¡Sacadme de esta puta isla! —grité para mí—. Y, para mí, que era justo eso lo que decía.
El CHORRO MUSICAL templa sus armónicos como preconizando una tempestad, mas no detiene su rubio caudal, y sigue manando sin pausa.

QUÍDAM
                ¿Y ahora qué pasa, eh?

Algo aporrea la puerta con un estrépito feroz.



ESCENA DECIMATERCIA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Y es por esa razón, que el revestimiento debe estar fabricado a prueba de llamaradas e insultos. Por supuesto, esta capa ignífuga y aséptica también irá por el interior, cubriéndolo todo. Una buena columna es esencial para mantenerse erguido. Pero hay que estar alerta. En una cofa de pantomima dispondré un muflón, con una flauta, que golpeará, no una, sino tres veces, una diminuta portezuela azur en cuanto divise cualquier zarigüeya o algún cinocéfalo papión que anduviera merodeando. Se izará entonces el pabellón de la gran panza y descuartizaremos a los enemigos a cañonazos.
PANMUPHLE es iluminado desde el nadir y luce como la sombra de un monolito. Enseguida la basa se arquea y se transfigura en sendas jambas satíricas. Las volutas del capitel se rizan sobre sí mismas como la grande Gidouille calcificada en cornadura, y en los párpados ojos de PANMUPHLE unas pálidas pupilas de alabastro.

Por megafonía, un ruido blanco.



ESCENA DECIMACUARTA

Una caja de fósforos de cerumen juega el papel de ómnibus amarillo pus sobre un mapa de carreteras. Ésta se ve amplificada por medio de una lente ciclópea y desproporcionada entre el koilon y la skené. La cajabús atraviesa el plano con una celeridad desquiciada y una trayectoria brownoidea dirigida por un filamento elástico y translúcido. A través de unas perforaciones en la lija, hechas a propósito para emular el ventanal, se puede observar un manojo de cerillas carbonizadas que otrora fueran sencillos pasajeros, y, en la proa, a BOSSE-DE-NAGE con un pie al timón, otro al pedal, otro a la ingle y otro al sobaco, eructando gas tóxico, y segregando una enjundia deletérea por los muñones de su abdomen a tercios pelado. Todo esto a escala.
En un punto topográfico azaroso, BOSSE-DE-NAGE detiene el bajel de cartón y se encarama a los hombros de un FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO, al que desfigura el rostro de acné con sus zarpas. Se sobreentiende que el mono papión, menos cino que hidrocéfalo y menos inteligente, solamente busca una rama en la que dormitar para hacer la digestión.

BOSSE-DE-NAGE, bostezando
                ¡Ha ha!

Efectivamente, BOSSE-DE-NAGE se sumerge en una siesta de dieciséis horas, dieciséis, nada menos, y mecido por el viento. Acto seguido, se despereza gorjeando y, de un solo muerdo, engulle las bayas del FIGURANTE DISFRAZADO DE ARBUSTO. Finalmente, embiste el cadáver con el ómnibus amarillo pus—caja de fósforos de cerumen, de catorce toneladas, dejando un amasijo sanguinolento, capón y aplanado bajo las huellas azabache de los neumáticos. El filamento translúcido se tensa entonces, y el autocarro acartonado sale despedido como un obús, furthur, fuera de marco, más allá del tablero.



ESCENA DECIMAQUINTA

POLICARPO rompe el silencio dejando una Poderosa ante las narices del DOCTOR ORANGJO, decaído y flemático.

POLICARPO
                Es la última. Luego a dormirla.

El DOCTOR ORANGJO sorbe un poco de cerveza con sus labios enjutos ocultos por la maraña cobriza de su rostro. Suspira y da otro trago corto. Se mira el regazo. ¿Qué hace?

DOCTOR ORANGJO
Siempre quise conducir el salchichamóvil de Oscar Mayer. Desde bien pequeño. Ahora soy viejo y gordo y nunca estoy de humor y me duele la cabeza y me apesta el aliento. Yo sólo quería dar un par de vueltas a la manzana montado en aquella Bratwurst de seiscientos caballos. ¿Y cuándo me torcí? ¡Ja! En algún lugar debí dejar una primera piedra olvidatada y desde entonces, como un Sísifo taheño y distraído, voy perdiendo guijarros por la pendiente y aquí están, todos ellos, acumulados como un mojón enhiesto en plena sesera.
POLICARPO
Deja de torturarte, Cenoura, y búscate una novia.
DOCTOR ORANGJO
Ay, mi querida Piletina, ¡cuánto la añoro!
POLICARPO
¿Murió?
DOCTOR ORANGJO
No; sólo éramos unos niños, en un palacio imaginario de mi cabeza.
POLICARPO retira la Poderosa vacía y la guarda bajo la barra, en un rincón reservado. Saca un paquete de Gamile de su delantal y ofrece un cancrillo al doctor. Los dos fuman en silencio y los cirros de tabaco forman turbulencias a merced del ventilador del techo. Al rato, el DOCTOR ORANGJO agarra su media chaqueta y se va, dejando una nube de humo tras de sí, y una obesa y reiterada cuenta a deber.

12.11.16

La Torre (Acto II, Escenas IX, X, XI).

ESCENA NOVENA

El CHORRO MUSICAL sigue manando ininterrumpidamente. Alguien golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM
                ¡Ocupado!

Esto provoca un clinamen que desvía la trayectoria de la micción hasta más allá de los confines del urinario, resultando un resplandeciente charco de oropel en el suelo.

QUÍDAM
Como iba diciendo, yo no entiendo una palabra de otra lengua, ni qué decir de las mal escritas; si acaso, me manejo con algún dialecto endémico y un lontico de lundonita, poco más. Apenas comprendo a los que comparten mi idioma y me armo jaleos indecorosos hasta para pronunciar correctamente mi propio nombre; no te imaginas lo que me supone el pronunciarlo siquiera. Aquella nota no estaba compuesta más que por unas pocas palabras contadas. ¿Para qué? Digo yo, ¿qué clase de mente garabatea una frase en un pedazo de papel y la confía a los peces para que estos hagan la vez de heraldo? Me imaginé a esa suerte de náufrago, sentado en su banco de arena a la sombra de la única palmera que decidiera germinar tan lejos de todo, en medio de una laguna recóndita. Lo dibujé delgado y desgreñado, con los pantalones rasgados convertidos en un fantástico mini short, y sendos xilófonos de tuétano marcados en los costados. Atada con un cordel, detrás de las orejas, le puse la cara fea de mi antiguo profesor de historia, a quien siempre deseé una desgracia parecida, y, además, le imaginé también la compañía inconmensurable de su solitud. Discurrí largo y tendido acerca de lo que un personaje así podría dejar escrito en el fondo de una botella. Tal vez sólo quería despedirse, o quizá confesar un crimen que anduviera atormentándolo a cada pestañeo. A lo mejor escribía a su madre querida, o a una amante abandonada, sólo para decir que no se preocuparan, que estaba bien. O incluso podría tratarse de un mensaje para las algas, preguntando que qué tal, yo que sé; es increíble la de cosas que se le pueden ocurrir a uno cuando está lo suficientemente aburrido.  Así que, como no lograba descifrar aquella frase maldita, decidí llevársela a la señora Levono, para que me extirpara la intriga de entre detrás de las muelas.
Alguien golpea la puerta, no una, sino tres veces.



ESCENA DÉCIMA

BOSSE-DE-NAGE desciende planeando gracias a la piel de sus sobacos, dada de sí tras décadas rascándose las liendres. Aterriza sobre una anciana que, sencillamente, pasaba por allí, y le devora las dos rodillas de un solo bocado. Se sienta junto a la agonizante y se limpia los dientes con un ligamento mordisqueado mientras eructa esquirlas de menisco y jugo sinovial. Un ómnibus amarillo pus se detiene junto a ambos y de él se apea una estudiante de mirada triste, un mimo sin maquillar, un buzo de tez púrpura, un bol de boniato malvado en escabeche, medio alfabeto cirílico y el obispo de los ánades; todos en chancletas. BOSSE-DE-NAGE sube al vehículo y entrega dos monedas ensangrentadas al chófer: una por el boleto, y la otra por las molestias.

CHÓFER
¿Es que no has visto el cartel? Aquí no se admiten cercopitécidos de ninguna rama. Anda y lárgate con tu sucio dinero y agarra un taxi, que no tengo toda la tarde.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

De un tortazo, BOSSE-DE-NAGE le salta los dientes al chófer y lo arroja por la ventanilla, sustituyéndolo al volante y pisando el acelerador a fondo con la adherencia plana de su pie. A toda velocidad, los pasajeros gritan trivialidades como “¡Auxilio!”, “¡Socorro!” o “¡Qué alguien detenga a ese cinocéfalo enloquecido!”, mientras BOSSE-DE-NAGE ríe tautológicamente y un panel giroscópico al fondo muestra en bucle el mismo paisaje de frisonas paciendo en un campo verde perro.



ESCENA UNDÉCIMA

POLICARPO mantiene en silencio una conversación invisible con las manchas de su delantal beige. Apenas se aprecia, pero si uno se fija bien, percibe que ha perdido el botón de uno de los puños de su camisa, precisamente el izquierdo, el del sacacorchos. Tal vez esto pueda parecer una nimiedad y, ciertamente, lo es; pero, para POLICARPO, ese botón era su cosa. Y otra más que se va para no volver, dejándolo solo y atrofiado. No hay más que mirarlo, triste; se ve en sus ojos.
La puerta se abre, chirría, se queja el quicio. Bajo el dintel se aparece de nuevo el DOCTOR ORANGJO, con un aspecto aún más ebrio y desaliñado y, además, sangrando por los oídos.

DOCTOR ORANGJO
Definitivamente, eran demasiadas. Creo que voy a intentar un zigurat la próxima vez. Poli, hazme el favor, a partir de ahora, guarda las botellas vacías para que pueda levantar una cúpula con ellas donde nadie nos moleste ¡Maldita sea, esa es la solución! No la cúpula, olvida la cúpula, no hablo de eso ¡Una ballesta! Un dardo certero por la ranura; así despejaremos el puto baño. Tendremos que improvisar algo con lo que encontremos por aquí… ¿Tienes una goma elástica? Cualquier cosa servirá. Y si embadurnamos el proyectil en arak, neutralizaremos a ese meón acéfalo de una vez por todas. Al menos por un rato. Tú ve a por el anisado, que yo iré preparando las saetas.
POLICARPO
                En serio, doctor ¿Qué tiene?
DOCTOR ORANGJO
Me diagnostico mal gen y piuria. No doy con la panacea que revierta mi abulia en dulzona ataraxia. Ahora pretendo demoler esto que construí y desembocar en el pragmatismo más bruto. Soy un suicida estético.
POLICARPO
Más bien un beodo estático. Un dipsómano febril. No haces más que beber y quejarte. Planeas locas aventuras y tú mismo las desbaratas pidiendo otra cerveza que te aguante los lamentos. Eres un desgraciado, un borracho y un miserable. Y si te digo todo esto es porque estoy seguro de que mañana, cuando estés arrodillado frente al retrete, quitándote los restos de vómito de entre la barba, no recordarás ni una palabra. Y volverás aquí como un péndulo para pedirme otra cerveza más.

ORANGJO calla. La Poderosa, medio vacía, se yergue frente a él como un vértice geodésico distante. Una de sus pupilas, errabunda, indaga el dorso de su muñeca. La otra, volcada hacia el encéfalo, no insinúa más que lo que puedan sugerir los enrevesados surcos carmesí de la esclerótica. La luz artificial, entretanto, parpadea.

11.11.16

La Torre (Acto II; Escenas VI, VII, VIII).

ACTO SEGUNDO

ESCENA SEXTA

Un DOCTOR ORANGJO borracho y macilento concreta el culo de una Poderosa y aparta el casco junto a los demás, de número irrazonable. Lleva rato callado, sumido en ideas vagas que renquean por sus laderas lobulares mientras se atusa la barba ígnea con las uñas sucias y la mirada trasojada. POLICARPO le ofrece su perfil, ofuscado por la gelatinosa tirantez del silencio que los empapa.

DOCTOR ORANGJO
                 Sácame otra birra, Poli, quiero hacer una torre con todas esas botellas.
POLICARPO, sirve la Poderosa
Ya conoces las normas; nada de torres en mi local.
DOCTOR ORANGJO
                Vale, vale. La edificaré ahí afuera, a la intemperie, junto al frío.

El DOCTOR ORANGJO se aleja de la barra, torcido, y enfila sus entorpecidas rodillas hacia el retrete. Golpea la puerta, varias veces.

QUÍDAM, desde el otro lado
                ¡Ocupado!
DOCTOR ORANGJO
¡Hay que ver! Juraría que fui el primero en llegar y no recuerdo ver a nadie más entrando en este antro.
POLICARPO
Es ese quídam bastardo, con su Chorro Musical. Lleva ahí encerrado desde el martes.
DOCTOR ORANGJO
                Pues habrá que hacer algo, vamos, digo yo.

POLICARPO calla. Hace años que calza un catéter en la uretra que se filtra directo al barril de cerveza para turistas y apenas recuerda el hedor de una letrina. Y, por lo que respecta al quídam, le desea en silencio la más malévola de las sífilis. Esta fantasía se ve representada sobre su quijotera pensante por medio de una marioneta anodina con forma de quídam siendo atormentada por serpentinas pálidas interpretando a las espiroquetas.



ESCENA SÉPTIMA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) Una vez dentro, organizaré todos los documentos alrededor de la escalera logarítmica de mi invención por orden de irrelevancia y, en el fondo, un reloj de partículas que señale los ratos y los momentos. Colgando de lo alto, dispondré mi colección de crustáceos y únicamente permitiré la entrada de un rayo de sol durante el día y de otro rayo de luna por la noche; ambos por el mismo óculo horadado en el muro, cerca de la cima. Por ahí me asomaré cuando el cielo esté despejado para otear el panorama en busca de un derrotero por el que escapar. A la izquierda irán las plantas, los hongos y las algas marinas, a la otra izquierda irán los animales y los peces y algunos virus; y en medio de todo, incluso a la derecha, el resto de minerales y bacilos. Todo esto sobre unos cimientos giratorios que roten a razón de una revolución cada fin de semana y otras tres semifusas en lo que dura un hunyadi.



ESCENA OCTAVA

En una celda de la torre, BOSSE-DE-NAGE gimotea, amordazado con unas bragas de abuela y rodeado por seis bolas de plomo con cadenas ensartadas en sus tres pares de pezones. El TAXIDERMISTA le toma las medidas con un tendón de cervicabra mientras silbaturrea My favorite things con una mueca descompuesta en la mandíbula y un rubor homicida en la coroides.  

TAXIDERMISTA
Lo bueno de los papiones es que tenéis un trasero ideal para empezar a desollar. Apenas se aprecian luego los cortes, si se hace un buen trabajo. Y yo soy el mejor, ya lo creo que sí. Te despojaré de tu pellejo en un santiamén con dos o tres movimientos de escalpelo y no podrás evitar mirar cómo visto con él a ese montón de paja; porque no tendrás párpados que cerrar. Lo remendaré todo con una cremallera y a ti te dejaré que te mueras de hambre y sed ahí arriba, en la almena.
Profiere entonces una carcajada maléfica y, por increíble coincidencia, un relámpago ilumina la escena seguido de una atronadora pedorreta. BOSSE-DE-NAGE aprovecha la confusión para libertarse de sus cadenas sesgando sus pezones de cuajo. Se abalanza sobre el TAXIDERMISTA escupiendo un terrible y prolongado “¡Ha haaa!” y, de una dentellada transversal, le desgarra el cuello en dos espantosas heridas. Defeca en cada una de ellas, y en la boca de la cabeza autónoma y por las paredes, y huye despavorido saltando por la ventana mientras hemorragias en aspersión emanan de sus pezones desmembrados.

10.11.16

La Torre (Acto I; Escenas III, IV, V).

ESCENA TERCERA

PANMUPHLE, soliloquio
(…) En cuanto reúna un enorme montón de piedras, las ataré a lo largo de cuerdas larguísimas que lleguen hasta más allá de aquel batracio con sombrero. Las piedras mayúsculas irán al final de cada cabo y, dispuestas en el piso, formando un círculo o cualquier suerte de polígono, que no tiene por qué ser perfecto, pero sí que se ciña, al menos, a los dictados de la moda en cuanto a geometría se refiere; al otro extremo irán las esferas de gas ligero que erigirán la estructura, debo hacer algunos cálculos. Luego esperaré a que el viento no sople ni lo más mínimo para que todo sea perpendicular al núcleo y entonces ¡BANG, BANG! Disparo a las bolas y ¡PFUUMM! se queda así, de pie y hermosa como una torre sobre sí misma. Una torre para mí solo. Primero cubriré la abertura de la cima con una pagoda de estilo sármata y luego cavaré un túnel secreto para acceder desde abajo y por el que sólo quepa yo, tal que estoy; desnudo y engrasado.



ESCENA CUARTA

Un QUÍDAM tácito y superestándar entra en el peor baño de Escocia, tal vez zozobrando ligeramente. Lleva una chapa de un smiley amarillo en la solapa y un cigarrillo del elefante en la oreja. Antaño le gustaba navegar; hoy es mera pieza en una cadena de montaje. Cuando no está en el tajo, o bien se emponzoña los hígados trasegando vino barato por las barras, o se anquilosa en el sofá rindiendo culto al sagrado tubo catódico. Ahora gime como una musaraña frente al mingitorio mientras se baja la bragueta con premura y saca de ella un pene de tamaño medio de cuyo meato emerge El CHORRO MUSICAL (que no deja de fluir hasta fin de escena).

QUÍDAM
¡Oh, dorado torrente! Tú calmas mi ansiedad y purgas el óxido de mi uretra. Evacúas mi vejiga con el soniquete de la percusión líquida contra la hierba, el muro o la porcelana. Empapas los zapatos de mis enemigos y alivias la comezón de los dípteros. En ti busco consejo. Mi horizonte, como bien sabes, se ve ancho y yermo como la línea que separa la carne del hueso. Hace años que no sueño, y este sol vehemente detuvo su marcha a la hora del mediodía, sólo para mí, dejándome lleno de sed. Vivo solo y me masca la indiferencia, y, de entre lo poco que tengo, mi bien más preferido eres tú, cálido y húmedo como un beso, que huyes de mí para brindarme el bálsamo de tu melodía. Como sabes, nunca me pasa nada de nada, pero el otro día, paseando por el alcantarillado, me encontré una botella vieja con una carta mugrienta en su interior. Te preguntarás qué demonios decía, y es curioso, porque yo no tengo ni idea de idiomas.
Alguien golpea la puerta, varias veces.



ESCENA QUINTA

BOSSE-DE-NAGE va flotando sobre un cesto de chatarra, arrastrado por la marea del asfalto como una suerte de Moisés con las nalgas por mejillas. Intenta remar con el esqueleto de un paraguas mohoso mientras mastica sus uñas tratando de encontrar algún islote. Sin embargo, al tercer día, se topó con un TAXIDERMISTA estupendo.

TAXIDERMISTA
¡Pero qué tenemos aquí! ¡Vaya una pieza buena! Fíjate en esos mofletes y en esas ancas de langosta, ¡qué delicia! Haría maravillas con esa testa fea y tengo un cajón lleno de canicas que, sin duda, se verán más brillantes que esas negras córneas insondables. Ven conmigo, gentil cinocéfalo, y deja aquí ese tinglado de hierros viejos.
BOSSE-DE-NAGE
                ¡Ha ha!

El TAXIDERMISTA se introduce a BOSSE-DE-NAGE en el diminuto bolsillo interior de su bluyín, no sin cierto esfuerzo, y atraviesa con premura el expedito tablado del escenario, saliendo por un lado y apareciendo por el otro instantáneamente. Sigue cruzando impávido hasta que alguien del público, perplejo y ofendido por el Cappio e Fuga, se largue tosiendo y farfullando.


Entonces, mediante un sistema de poleas, se activa un dispositivo opto-mecánico que proyecta una cegadora luz de alabastro por todo el campo de visión, excepto en el horizonte, bien lejos, un negro rectángulo negro y vertical claramente plagiado de Malévich sin el beneplácito de su espectro.

9.11.16

La Torre (Acto I; Escenas I, II).

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

Hora crepuscular. POLICARPO barre ante sí, sin mirar al suelo. No hay nadie en El Diapasón esta noche; todos lloran la muerte de BOSSE-DE-NAGE, irremediablemente decapitado por las aspas del ventilador del techo.

POLICARPO
                ¡Mierdra!



ESCENA SEGUNDA

El DOCTOR ORANGJO aparece a estribor, lleva media chaqueta colgando del codo y un maletín roído que deposita sobre la barra. Se mesa una desgañitada barba del centésimo sexagésimo quinto matiz del Barón Pantone y va a apoyarse en la barra frente a POLICARPO que, entretanto, había estado preparando una botella de La Poderosa para el doctor.

POLICARPO
                ¿Qué tiene, doctor?
DOCTOR ORANGJO
                Esta vida.
POLICARPO
No exageres, hombre, no será tan grave. Por esta barra han pasado toda clase de despojos y te aseguro que tú no eres de lo peor que he visto; tú, al menos, tienes una carrera.
DOCTOR ORANGJO
Sí, puede ser… no sé. ¿A dónde me ha llevado? Estoy como al principio. Quiero decir… Me ha crecido la barriga, hace semanas que no me afeito, y mira estas sienes, cómo empieza a empalidecérseme el pelo. He vuelto a fumar más veces de las que lo dejé, apenas leo, y mi pieza parece una pieza de un motel cualquiera, toda vacía de identidad y con esa sutil película de permamugre que no sale ni con los dientes, créeme, traté con todo.
POLICARPO
Podrías probar con gel de tilacino; con sólo un par de gotas, te limpia hasta los pecados. Yo lo usaba para quitar las heces corrosivas de Bosse-de-Nage de las paredes y, ya ves tú, apenas se aprecian los contornos. De todas formas, aquí nadie viene a fijarse en las paredes, más bien lo hacía por la peste, y por no convertir El Diapasón en una gruta de guano de cinocéfalo.
DOCTOR ORANGJO
Sí, ya decía yo que esto estaba muy silencioso. La verdad, nunca supe cómo podías soportar a ese macaco repugnante pululando por aquí noche y día, lanzando cacas en todas direcciones y jodiendo la cadencia de cada conversación con el hiato inmundo de su boca.

POLICARPO se da la vuelta, su rostro permanece impertérrito y hace como que hace otra cosa.

El DOCTOR ORANGJO ha estudiado, y también ha ejercido tantos años que ya son más de los que ha vivido. Ha escrito decenas de tesis y cientos de artículos publicados en revistas específicas. Ha tratado a más de tres mil pacientes y unos cuantos afirman haber sanado. El DOCTOR ORANGJO no sabe gran cosa acerca de nada.