Tengo la cabeza colmada de recuerdos inventados y
calcetines. Había una vez otro tipo con lo mismo, pero no sé qué le pasó.
¿Cuánto puede pasarse uno sin mirarse al espejo? Yo, desde luego no tengo ni
idea, pero me suena que el rostro propio es lo que nos ata un poco a la
realidad. No sé si sé explicarlo, algo como las cicatrices y todo eso. Algo
así. Lo que me gusta es mirarme a un ojo solo y preguntarme cosas como: Si un
coche se me acerca a la velocidad del sonido pero está a, digamos, dos
kilómetros, ¿cuántas veces oigo el coche? Y se me ocurre que el coche toque el claxon
una vez para comprobarlo. Cosas así, no sé. Se fue la luz un día, y de momento
no ha vuelto a aparecer. Me prestaron unas velas que tengo en la salita chorreando
cera de colores. Para mi cuarto tengo mi linterna, y así, por la noche,
acurrucado en mi pupa, me retuerzo como una cobra pero sin encantador ni flauta
y me sumerjo entre los recuerdos inventados y los calcetines, y los palpo con
los dedos con levedad, como cuando acaricio las paredes de las casas de estas
callejas adoquinadas que tanto me gustan. Paseo mucho ahora, y veo que todo es
más silencioso ahora, casi se respira, casi se acaricia el halo de la luna
enorme, casi se sienten cosquillas en los pelillos de las oreyas con el inaudible tintineo de las estrellas. Así. Silencio. Y
aun recibiéndolo como el mejor de los regalos también trae consigo tantos
recuerdos inventados como calcetines. Aunque, pensándolo un rato, también me
gustan. No sé.
21.10.13
15.10.13
Poesía subterránea.
A veces, cuando me siento contento de veras, me gusta mirar
a la izquierda y saludar al tipo del espejo, que me devuelve la sonrisa con los
ojos morochos y joroschó, tras sendas rendijas.
Cada reloj en mi cuarto, que no son pocos, marca una hora
distinta. Pero no son de ningún sitio concreto, no sé.
Oí un grito de mariposa, o tal vez no era más que un aleteo
estridente. Todo alrededor, como siempre, esperando en el suelo a su manera.
También en el aire, o incluso cayendo con claridad cada día. Cayendo bien
abajo. O tan arriba que los señores con corbata han de quitarse el sombrero para
mirarlo. Cegados por el sol, como siempre, con esa luz tan radiante a su
manera. Entonces, todo acaba. Y vuelve a empezar. Y así. Y se apaga la luz. Y
se vuelve a encender. Como el único amigo al que hay que contarle todo hasta el
final. Y otro chirrido.
Mamá mató al pollo. Y ahora tenemos algo que cenar.
Pero se fue. Y yo lloré. Mas lamentarme no puedo, porque
amé. Y amo. Y eres tú. Y tú. Y tú.
Sonaban ecos de disparos bajo esos puentes. Como un bum.
Bum. Bum. Pero adormecido sobre el río. ¿Qué llevará? Me preguntan ¿Qué
llevará? Mucho fango, contesto así. Pero en verdad tampoco sé.
¿Y qué me decís de esa costa con el contorno de una mujer
preciosa de las que no se ven por el camino? Siempre en mi mente. Siempre en tu
mente. La sonrisa que se ve sólo a través. La sonrisa robada y esas cosas. Esos
colores en el cielo que el mismo arcoíris envidia. Esos. Esos que se ven y se
van. Todo el tiempo, sí, a todas horas, hace unos días y también mañana. Y aún
más, son los que quedan.
Aleteando y aleteando se llega a cualquier sitio, dicen.
Pero no sabemos a dónde volar. El viento se levanta y no tiene buen despertar.
Y sopla. Y sopla. Y sus consejos no siempre son buenos. Como todos, pero ¿qué
sé yo? Porque a veces llueve y no sabemos si mojarnos. O resguardarnos de la
lluvia. Pero siempre suena igual cuando llueve y todo cae. Y todo cae. Y si te
fijas va flotando. Hacia abajo, pero muy despacio. Y, como siempre, el momento
de tocar el suelo es muy lejano. Y se acerca. Y no sabemos qué pasa entonces.
Yo, por lo menos, no lo sé.
Todo en este mundo
tiene su frecuencia. Sólo hay que dar con el acorde adecuado.
Ahora suena el tren. Ya sabes, ¡chúuu-chúuu! Y hay que irse
otra vez. Pero yo lo sé. Me lo dijeron. Mi hogar está donde está mi trasero.
9.10.13
Una pluma.
La otra tarde
estuve asomado a la ventana. Es una costumbre que adquirí hace poco en la
tienda de baratijas. El caso es que, relativamente lejos, vi una pluma flotando
en el aire, y recordé aquella broma que hacíamos (y, de hecho, la última que
hicimos) de decir: “¡Por aquí pasó un ángel!” al ver alguna. La pluma subió tan
ligera como sólo son las plumas y luego descendió haciendo tirabuzones. Yo
pensé: Ojalá entre en mi salón. Y, en efecto, la pluma, suave y liviana, se fue
adentrando con levedad en mi salón para irse a posar con el tacto de un beso de
amor verdadero justamente en la palma de mi mano. Era una pluma grasienta y
gris, pero yo sé de los ojos que brillan cuando pasan estas cosas locas y
joroschó.
8.10.13
Texaco.
Noventa y seis kilómetros más al norte, por la mañana. El
viento es fresco como sólo lo sabe ser a esas horas y tú andas mirando los
adoquines con una vieja mochila rosa fabulosa y joroschó con los tupis y las llaves y el cuaderno y esas
cosas. Ese frío amable y madrugador.
* * *
Lo vi lo vi por vez primera en alguna carretera secundaria
del sur, junto a una parada de autobús de madera y con una sonrisa. Lo siento,
dijo Steven detrás de sus gafas de sol, no hay sitio. Repasamos el tracklist por segunda vez antes de
llegar a Clonakilty, donde quedamos atrapados junto al Texaco de la salida este, justo entre los niños fumadores y la
tienda de antigüedades cerrada. Tomamos café y chomp de la aventura, y canturreamos y bailoteamos y aullamos a la
luna con cabezas de lobos en las nubes mientras levantábamos el pulgar bajo el
indiferente índice de los conductores. Gareth apareció entre las sombras, con
su sonrisa, con una guitarra en su funda y la desgreñada melena balanceándose a
cada paso. ¡Hola!, nos dijo —pero en inglés—, ¿Os apetece un trago? Nos ofreció
un vino tinto de abadía delicioso, además de un Chardonnay que sacó del bolsillo interior de su chaqueta de tweed. Nos contó que venía de
Inglaterra, que hacía auto-stop por West Cork tocando en bares y cosas así. Se
marchó después de reír un rato con nosotros. Dijo que le gustaba caminar por la
noche, y que con una buena botella de vino el camino se hace mejor. Y así
desapareció más allá, por la carretera. Compramos enseguida una botella,
sardinas y algo de cheddar blanco y
buscamos un sitio donde cenar, felices de un modo que no sabría describir,
llenos de la alegría que, tal vez sin saberlo, Gareth nos había dejado. Pronto
encontramos un altar a la Virgen María
con pequeñas cascadas artificiales junto a un arrollo iluminado por velas.
Encendimos una, cagamos y cenamos. Bebimos vino. Leímos el capítulo de la oruga
y la paloma y Tiger Lily escribió un poema inspirado en la dorada tarde. Y después, sí, es cierto: con una buena botella de
vino el camino se hace mejor.
¿Qué tienen estas rayas pintadas en el asfalto que, aún
siendo blancas, me enseñan más de mí mismo que cualquier diario de tantos que
he garrapateado?
24.9.13
Jas y la escalera al suelo.
a Color:
Le llamaban
Jas el loco, por su sombrero de paja y la gigantesca escalera de mano que
construía tras el granero.
Era un viejo
anacoreta extranjero oculto por una larga y arrugada barba colmada de canas y
unas grandes orejas que asomaban con pesar por los lados, todo bajo la sombra
de su sombrero.
Jas, como le
llamaban en casa cuando era niño —porque ya hacía mucho que vivía solo—, en
efecto construía una escalera en sus ratos libres cuando no cuidaba de las
reses. Cabe decir que por supuesto no se trataba de una escalera normal, pues
esta era sin duda la más larga de todas las que se hayan fabricado. Ni mil
hombres bien robustos que extendiesen sus brazos la abarcarían por completo.
Claro que Jas no la fabricó de una sentada, sino a lo largo de muchos años de
los que siembran la frente y las manos de arrugas y callos.
Por las
noches, en el pub Harrington’s, era habitual hacer chistes y bromas acerca de
por qué extraña razón aquel viejo loco se dedicaba casi exclusivamente a esa
dichosa escalera.
Mientras, él,
en el fondo de su soledad alumbrada únicamente por el cálido rubor de la estufa
de hierro, lo único que buscaba era llegar a lo que de verdad es profundo —que
hasta el más idiota sabe que es el cielo, haciendo escala en la luna quizá, con
un sombrero de largas pajas sobre la escafandra—. Desde arriba podría verlo todo
así de pequeño, justo mirando a través de los dedos puestos en pinza, así.
Todo, visto desde tal distancia, pierde toda importancia y le dejan a uno con
la cabeza tan vacía como aquel que vive sin preocupaciones. Sólo así se puede
respirar bien profundo y después exhalar sosegadamente y decidir, entonces,
bajar de nuevo la escalera para empezar a vivir.
Glengarriff, co. Cork.
31.7.13
Perder el hilo.
Empezó tarareando algo así, y después silbó un estribillo
muy pegadizo. Ahora no recuerdo bien cómo era. Miró al horizonte entonces, más
allá de la arena y del blanco pentagrama que dibujaban las olas que rompían en
la orilla, más allá del azul.
—¿En qué piensas? —me dijo sin apartar la vista del océano.
—No lo sé —contesté—. Perdí el hilo.
Sin embargo, mi cabeza era como un gran ovillo pesado de
veras, con hebras de lana de todos los colores. Tantos había que me sentí
mareado y con un nudo en el estómago, tal vez de algún cordel que se me hubiera
colado detrás de la lengua por la garganta hasta la tripa.
Creo que alguien me ha cambiado la aguja de sitio o la he
perdido, y sin ella temo no ser capaz de enhebrar todo este
enredo en mi quijotera.
12.7.13
Dodo.
—Viejo, ponme
una jarra —dije mientras cerraba la puerta para que el bochorno no alterase la
fresca atmósfera que removían los desvencijados ventiladores del Noche de la
Alegría. Era una de esas noches de verano llenas de vulturno y mosquitos y yo
había pasado toda la tarde encaramado a mi ventana contemplando el ajetreo de
las golondrinas bajo el sosegado planeo de las cigüeñas.
—¿Un mal día?
—contestó el viejo al tiempo que limpiaba una jarra.
—¿Cómo lo
sabes? —pregunté.
—Últimamente
sólo vienes cuando tienes un mal día —aclaró, y me sirvió la cerveza fría.
Sorbí un par
de tragos, sediento y desanimado a partes iguales. Agarré unos cuantos palillos
y los deshice en astillas entre los dedos. Volví a beber.
—Bueno —dijo
finalmente el viejo, después de atender a Jerry bigotes— ¿Vas a quedarte ahí
sentado bebiendo o me vas a contar lo que te ocurre?
—Supongo que
ambas —respondí, y pegué otro trago para aclararme la garganta reseca por la
alergia o vete a saber qué—. Verás, llevo unas cuantas noches teniendo sueños
extraños, ya sabes, por el calor y eso. En estos sueños yo soy un dodo.
—¿Un dodo?
—interrumpió el viejo.
—Sí, un dodo.
Esas gallinas de veinte kilos del Índico, cerca de Madagascar. Seguro que te
suena si lo ves, ya te haré un dibujo después en una servilleta de ahí. El caso
es que me veo con ese pico enorme que pesa un quintal y esas alitas enanas y
deformes en un gran palacio de dodos hecho de excrementos de dodos y ramitas
secas pero no hay ningún otro dodo. Y es normal, pues se extinguieron hace
cuatrocientos años o algo así.
—¿Y qué pasa?
—preguntó el viejo, apoyado en su lado de la barra.
—¿Cómo que qué
pasa?
—¿Qué ocurre
en el sueño?
—Pues… —bebí
otro trago— No sé. Nada. Bastante duro es verte como un pollo extinto sin saber
volar.
—A lo mejor no
tienes por qué volar —respondió sabiamente el viejo—. Quizás, como dodo, no has
nacido para ello. Piensa en los avestruces.
—Ah, ya. No
pueden volar pero ponen huevos gigantes y corren rápido ¿no?
—¡No, hombre! Los
avestruces son bien grandes, pero esconden la cabeza bajo tierra cuando hay
algún peligro cerca. No soy un experto en esos dodos, pero no creo que también
lo hagan.
—¿Me estás
diciendo —apuré los restos de la jarra e hice un gesto al viejo para que me
sirviera otra— que soy valiente?
—No, coño.
¿Qué idea tengo yo de sueños y de pájaros?
—Ya —respondí,
y me volví a sumir en las doradas profundidades de mi cáliz como si de un
espumoso océano se tratara. Pensé en el dodo, y en qué demonios tenía que ver
conmigo. ¿Cuándo habrá sido la última vez que leí algo sobre ellos? Tal vez
mirando las nubes de camino a casa la otra semana.
—He estado
pensando en tu dodo —me dijo el viejo después de un rato, cuando me servía ya
el tercer océano cautivo en jarra—. Creo que sólo te sientes perdido, fuera de
lugar, de ahí que te veas sólo como un pajarraco desaparecido.
—Sí, puede que
sea eso —contesté asombrado— ¿Sabes? Últimamente no escribo apenas. No consigo
concentrarme. No dejo de ver dodos imaginarios que me distraen con sus cacareos
sordos.
—¿Seguro que
estamos hablando de pájaros? ¿Qué tal las cosas por casa?
—Ya sabes, las
mismas humedades de siempre.
—Amigo, si
algo sabe todo el mundo es que las humedades nunca son como siempre. No dejan
de crecer como bolas de nieve hasta estrellarse contra algún árbol o alguna
roca. O en este caso hacer una gran gotera e inundar la cocina de la abuela del
piso de debajo. O mejor dicho, una gotera en tu coco.
Sonreí hacia
mis adentros, el viejo había vuelto a pasarse con las copas de vino entre
comanda y comanda, los mofletes rollizos se le habían teñido de carmesí, el
color de la sabionda ebriedad y la sincera lengua desatada. Terminé la jarra de
un trago. De la radio empezó a emanar un penetrante lamento. Una trompeta ronca
y grave como el silencio del campo tras una batalla, profunda como los abismos
y los cantos de ballenas. Me sentí tranquilo entonces y me prometí que algún
día echaría un dodo a volar.
10.7.13
Moloch.
—Sólo digo que
el futuro, visto desde estos ojos guasones, es escalofriante de veras. En
serio, me da miedo. Pienso en todas esas cámaras de vigilancia y ordenadores y
en los móviles inteligentes y me viene a la cabeza un gran mapamundi
electrónico con lucecitas indicando la posición de cada consumidor u ovejita o
como quieras llamarlo. No hace falta más que ver la cantidad de coches y
máquinas que hay, y todas esas fábricas mastodónticas en las que nadie sabe qué
se fabrica más que humo ponzoñoso que hace que el aire se vuelva gris. Puede
que sea un loco catastrofista temeroso del apocalipsis. Desde luego que no lo
hago por gusto ni me hace lo más mínimamente feliz el tener todo esto en mi
sesera como serrín mojado esparcido por aquí en la nuca. Porque me duele la
cabeza. Y Me pone triste pensar en las ballenas y en los elefantes. Me pone
triste que se esté destripando la tierra para sacar el sagrado desperdicio de
la Creación y que no crezcamos como plantas al sol aprovechando cada gota de
agua sin mancillarla agitados por las brisas tontainas así como en un bailoteo
de verano. Me pone triste que se corten árboles para hacer billetes. Y me pongo
triste al pensar en toda aquella gente que no vive en paz ni libre ni feliz. Tampoco
digo que no queden cosas buenas. No pasa un día sin que vea una sonrisa, aunque
sea por el rabillo del ojo. Siempre queda amor. Lo que digo es que tengo miedo
de que todo lo bueno que hay por acá y más lejos, que es mucho, se vaya al
carajo por culpa del todopoderoso no-sé-quién que arruina cuanto toca.
¿Qué esfinge de cemento y aluminio abrió sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación? ¡Moloch! ¡Soledad! ¡Inmundicia! ¡Ceniceros y dólares inalcanzables! ¡Niños gritando bajo las escaleras! ¡Muchachos sollozando en ejércitos! ¡Ancianos llorando en los parques! ¡Moloch! ¡Moloch! ¡Pesadilla de Moloch! ¡Moloch el sin amor! ¡Moloch mental! ¡Moloch el pesado juez de los hombres! ¡Moloch la prisión incomprensible! ¡Moloch la desalmada cárcel de tibias cruzadas y congreso de tristezas! ¡Moloch cuyos edificios son juicio! ¡Moloch la vasta piedra de la guerra! ¡Moloch los pasmados gobiernos! ¡Moloch cuya mente es maquinaria pura! ¡Moloch cuya sangre es un torrente de dinero! ¡Moloch cuyos dedos son diez ejércitos! ¡Moloch cuyo pecho es un dínamo caníbal! ¡Moloch cuya oreja es una tumba humeante! ¡Moloch cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch cuyos rascacielos se yerguen en las largas calles como inacabables Jehovás! ¡Moloch cuyas fábricas sueñan y croan en la niebla! ¡Moloch cuyas chimeneas y antenas coronan las ciudades! ¡Moloch cuyo amor es aceite y piedra sin fin! ¡Moloch cuya alma es electricidad y bancos! ¡Moloch cuya pobreza es el espectro del genio! ¡Moloch cuyo destino es una nube de hidrógeno asexuado! ¡Moloch cuyo nombre es la mente! ¡Moloch en quien me asiento solitario! ¡Moloch en quien sueño ángeles! ¡Demente en Moloch! ¡Chupa vergas en Moloch! ¡Sin amor ni hombre en Moloch! ¡Moloch quien entró tempranamente en mi alma! ¡Moloch en quien soy una conciencia sin un cuerpo! ¡Moloch quien me ahuyentó de mi éxtasis natural! ¡Moloch a quien yo abandono! ¡Despierten en Moloch! ¡Luz chorreando del cielo! ¡Moloch! ¡Moloch! ¡Departamentos robots! ¡Suburbios invisibles! ¡Tesorerías esqueléticas! ¡Capitales ciegas! ¡Industrias demoníacas! ¡Naciones espectrales! ¡Invencibles manicomios! ¡Vergas de granito! ¡Bombas monstruosas! ¡Rompieron sus espaldas levantando a Moloch hasta el cielo! ¡Pavimentos, árboles, radios, toneladas! ¡Levantando la ciudad al cielo que existe y está alrededor nuestro! ¡Visiones! ¡Presagios! ¡Alucinaciones! ¡Milagros! ¡Éxtasis! ¡Arrastrados por el río americano! ¡Sueños! ¡Adoraciones! ¡Iluminaciones! ¡Religiones! ¡Todo el cargamento de mierda sensible! ¡Progresos! ¡Sobre el río! ¡Giros y crucifixiones! ¡Arrastrados por la corriente! ¡Epifanías! ¡Desesperaciones! ¡Diez años de gritos animales y suicidios! ¡Mentes! ¡Nuevos amores! ¡Generación demente! ¡Abajo sobre las rocas del tiempo! ¡Auténtica risa santa en el río! ¡Ellos lo vieron todo! ¡Los ojos salvajes! ¡Los santos gritos! ¡Dijeron hasta luego! ¡Saltaron del techo! ¡Hacia la soledad! ¡Despidiéndose! ¡Llevando flores! ¡Hacia el río! ¡Por la calle!
—Allen Ginsberg.
21.6.13
Saya.
Gilberto Saya tiene las manos grandes y desgastadas. De
niño, allá en Colombia, asistía a la escuela con una maestra, lo cual era
extraño por aquellos tiempos, y compartía el aula con los dos hijos de aquella.
Se portaban muy mal con él y ni su padre ni la maestra le escuchaban cuando se quejaba entre llantos y denunciaba los
maltratos. Un día, en la época de las lluvias, cuando el río corría
furiosamente arrastrando rocas y barro, Saya iba camino de la escuela cuando se
encontró con los hijos de la maestra y, antes de brindarles la oportunidad de
acosarle de nuevo, hizo uso de su fuerza aprovechando su centro de gravedad bajo
y sus anchas espaldas arrojándolos al fango manchando sus camisas. Porque el
peor enemigo es aquel que está prevenido. Después fue a clase y se sentó en su
pupitre.
—Gilberto —le dijo la maestra—, ¿Qué le ha hecho usted a mis
hijos?
—¿Yo? —respondió Saya con mirada tranquila— Nada.
—¿No les arrojó al río? —volvió a preguntar amenazadoramente.
Gilberto levantó la tabla del pupitre y cogió su cuaderno y
su lápiz y después salió por la puerta sin decir una palabra más. Así fue como
dejó la escuela. Tenía trece años.
El padre de Gilberto pasó toda su vida trabajando, una vida
muy dura que hizo mella en su carácter como una gran cicatriz encallecida
dentro del pecho. A Saya le gustaba mucho jugar al fútbol y, cuando se
lesionaba y decía que no podía ayudarle con el trabajo en el campo, su padre le
decía: Ah, ayer no le dolía, ¿verdad? Pues hoy usted va a trabajar.
Saya se fue de casa con dieciséis años y nada en el
bolsillo. A Venezuela. A veces conseguía algún empleo por jornadas o algo para
comer mendigando por ahí. La vida es muy dura, dice Saya, pero es así y hay que
vivirla porque no hay otra cosa.
Ahora Saya tiene los ojos enrojecidos por los años y trabaja
cocinando carne a la parrilla en el mesón del pueblo los fines de semana. El
resto del tiempo lo pasa en la taberna, bebiendo Ballantines con hielo y agua. Todos conocen a Saya por ahí con
buenos ojos, y aunque vive solo, nunca toma si no es con alguien. Le gusta
cantar con una sonrisa.
Saya me dijo que cuando quieres a alguien tienes que atarlo,
pero darle cuerda. Después canturreó algo mientras movía las caderas y se quedo
así, sonriendo, con la mirada perdida.
9.6.13
La cabeza vacía.
Anoche no pude encontrar el interruptor a oscuras y sin
querer rompí la hucha de cerdito que guardo desde hace años sin ahorrar un
centavo para mi viaje a la Pampa y de entre los fragmentos de arcilla
astillados emergió una cabeza vacía que no sabía ni su propio nombre ni tenía
más conciencia de sí misma que lo que confusamente le decían sus ojos empañados
de lágrimas de desconcierto al encenderse su pequeño hipotálamo entre los
lóbulos y la coagulante placenta.
Intentó decir algo, pero de sus labios resecos sólo salió un
goch-goch gutural y ronco. Le costó
un buen rato relajar los bruscos jadeos y cuando su respiración se volvió más
acompasada pestañeó plácidamente.
—He comprendido —susurró con una sonrisa joroschó— que las
fronteras de la materia no son más que una ilusión. Que todo se confunde. Que
las cosas son lo que fueron y serán y que siempre es de día en algún sitio.
También de noche. Y que siempre hay alguna nube por ahí arriba llena de tripas
y otras vesches.
Me miró pensativamente, y me aconsejó que recogiera los
pedazos del cerdito para no rasgarme los calcetines y me acostara, que era
tarde. Obedecí, por supuesto, mas no pude dormir en un buen rato, con la mirada
perdida en el oscurecido blanco del techo de cal que algunas veces fue la copa
de un árbol con una cascada y la lengua de una ballena. Después no soñé nada.
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