1.7.15

Recortes del Terraza.

Lo primero que pensamos al ver al Pony entrar sin zapatos fue qué coño habría hecho con ellos. —Se te ve muy ligero —dijo Pete, señalando los tobillos de éste con el dedo. —Sí, los zapatos, ya… —balbuceó el Pony mientras agarraba el whisky que le alcanzaba Teo— se los he vendido a un yonqui por un cartón de vino y tres cigarros; olvidé la cartera en casa, son cosas que pasan.

*   *   *

A la hora del cierre siempre hay un par que se quedan acá y acullá, desperdigados por la barra como las migas de otra, pero de pan, y sin olivo al que volver. Disimulan eructos con tos de pantomima y dan vueltas a sus vasos con los dedos esperando a que el hielo se derrita y les engañe la marea. Si acaso apartan los pies cuando pasa la escoba, incluso puede que se vayan pasado un rato. Pero siguen ahí siempre, junto al grifo, y esas gargantas no descansan.

*   *   *

—Yo estoy, por ejemplo, que no aguanto —mencionó—. Es un sinvivir, un tormento. Los días se me deslizan con el desasosiego del que no quiere ni mirar y sólo me sale quejarme. La culpa siempre es de los demás y en cuanto me paro un poco veo que tal vez, quizá, sea un poco mía y si me detengo del todo ya no puedo evitar culparme a mí, que no he hecho nada, y justo de eso se trata y al final, mira, no sé. Es como cuando… yo qué sé.

*   *   *

Melvin alcanzó el lavabo y cerró el pestillo soltando un resoplido. Casa, aquí nadie te mira. Se sentó sobre la taza sin mirar si estaba mojada y se apoyó de costado contra la pared con las pupilas perdidas en sí mismas. De fondo se percibía la música de las cañerías y el bullicio del bar en la sala contigua. Alguien meaba en el váter de al lado y otro más allá perdía la dignidad por la boca en el siguiente. Verás cómo vuelvo yo ahora, si no es haciendo zigzag por las esquinas y con la baba derretida en las mejillas. Verás cómo me encuentro justo con sus ojos y se me desconcha el yo al verme visto por ella. Verás cómo me olvido de todo y mañana me sonrío y me engaño y no me entero.

*   *   *

—Lo triste, después de todo —dijo con la voz rota, casi en un susurro— es que ni siquiera me acuerdo de la última vez que nos vimos, qué le dije, o cómo llevaba el pelo. No recuerdo si era de día o de noche ni si me importaba de algún modo. Ya sólo me acuerdo de mí tratando de recordarla y eso me pesa en los párpados y entonces me entra el sueño y me duermo y después nada, no los tengo.

*   *   *

Los martes y los jueves, cuando nos pilla entre semana, sacamos los trastes a pasear y las bolsas de plástico del chino repican como las campanas de San Miguel y el aire caliente del subterráneo nos embota el coco y háztelo tú, que yo tengo las manos sudadas.

*   *   *

Por detrás, bien al fondo, una oruga sin narguile hacía oes con un canuto y mascullaba entre sendas tenazas que no hay más fraude que uno mismo, cuando se sienta frente al espejo. Después el humo. Y se desvanece.

Ralph Steadman

26.6.15

Parábola del anzuelo.

Mordí el anzuelo y la encía me sangraba a borbotones toda descosida y ¡ay, la vieja dentera! Escupí flema y mala baba y me quedé así, con ese gusto a hierro en las pupilas y el paladar arenoso y un palpitar atrás, bajo la muela. Al tratar de decir algo, yo qué sé, o preguntar por qué coño qué, la mandíbula se me salía tal que así y con el mismo chasquido volvía al sitio y ¡ay, el rechinar quejumbroso de los dientes! Ni deambulando sin camino dejaba atrás mi desdicha, mi desgracia, mi oh, joder, vaya putada. Me tuve que dejar las uñas crecer para así poder hurgar en mi propio cerumen y sacarme las voces que se habían quedado ahí pegadas, volví a hacer pelotillas con la pelusa del ombligo sólo para tirárselas al vecino cuando anduviera distraído ¿Y qué carajo si tras tantas larvas me quedo mirando las lentejas que planté? Si después de lo que viene después uno sólo puede seguir o volver a otro principio. Es lo que pasa cuando te crías entre crustáceos, que acabas enredado entre las algas o bien crujiente y con el pecho lleno de sopa. Y te miras al espejo y en verdad te ves bien y esa sonrisa te sonríe y esas arrugas en las comisuras de los párpados ¿cómo podrían tratarse de un disfraz? Pero son esas ojeras, esa misma lobreguez velada en la mirada la que humilla al rostro y lo delata. La misma que también sonríe en la llana cara del cristal y se derrama líquida entre los síndromes y ya no sé qué devora a quién ni a qué hora se paró el reloj ni por qué me encuentro ahora como si no estuviera buscándome. Agarré, pues, una pieza de madera y lié en ella el sedal. La brisa enmudeció y una nube se deshizo al fondo, cerca del cielo. Una suerte de escarabajo vino a posarse en mi pie descalzo y moví los dedos para ver que hacía. Me distraje con un pestañeo y al volver, ya no estaba. Y agarré la última larva y la ensarté en el anzuelo. Y después volví a morderlo.


15.6.15

Togegoboge.

¿Dónde está el pez? Apesta bajo la mesa, pero no está ahí, ya he mirado. Huele a asesinato de un pedazo del ser, a mala suerte, a culpa. Hay una mosca en cada sopa y los lagartos escapan del terrario con la parsimonia de un grifo que gotea herrumbre y cal. Rostros de porcelana me miran así de pálidos y la urraca sobre la estantería parece haber sido disecada por un taxidermista daltónico. Había un retrato en la pared de un tipo de espaldas y aquello era porque el pintor no sabía dibujar narices debido a otro trauma de la infancia ¿Dónde está el pez, si de todas formas las nucas se le daban de fábula? Bajo la alfombra de piel de dálmata se aprecian quizá cúmulos de polvo, pero del pez ni idea, y hasta el ruido de los electrodomésticos está averiado y el silencio suena turbio y frío como el café derramado sobre el mantel. Los párpados de la ventana lucen aún las huellas de los dedos de un ancestro extraviado que un buen día empezó a arrancarse una costra en la rodilla y, cuando quiso darse cuenta, se había quedado sin cuatro capas de pellejo y con aún menos vergüenza. En esas no hay botón que te libre, como cuando te precipitas por el hueco del ascensor o te quedas sin semillas ¿Y el pez? Que cuando trato de encontrarlo, ahí mismo aparece otra cosa. La otra noche, sin ir más lejos, le hicieron la cesárea al gallo de la familia y le extrajeron una fiebre taciturna y tramposa con las manos húmedas y ladrillos en los bolsillos; después hicieron caldo con los restos y de ahí vienen las moscas. Pero más tarde, cuando se hizo pronto, el cirujano licuó un puñado de glándulas que tomé sin pan ni nada y aquello me quemó en la boca del estómago y la boca misma protestó mascullando que para qué. Y es que las propias tripas nuestras nos ven como fetichistas de los lazos en el cuello, que cuando no nos visten las corbatas nos subimos al cadalso. Que por la noche, antes de dormir, guardamos los globos oculares en tarros de aguardiente sin darnos cuenta de que es justo cuando más los necesitamos, que corremos las cortinas cuando amanece y apartamos las arañas de las esquinas sin saber que lo que hacían era tejer la bufanda que nos arroparía la tormenta del martes siguiente y así nos quedamos con los calcetines llenos de agujeros y desoyendo la voz que nos insta a que afinemos. A todo esto... ¿Dónde está el pez?

Ralph Steadman

7.6.15

Ahae.

Siento el corazón oprimido
por todas las cosas 
que no llego a entender.
—Rudyard Kipling


A veces echo un vistazo a lo que soy y me da vértigo. No por mí, sino por los demás, a los que veo como reflejos de lo que quisiera ser. Y me veo pequeño, en una butaca, mirando la obra en la que yo mismo soy protagonista, en el papel de mero espectador.

Y entonces pienso: ¿Por qué carajo cruzaría el pollo la carretera? Y una voz que está en mi cabeza, como todas pero de otro modo, me dice que estaba aburrido de ese lado. Y otra, que suena parecida, musita que tal vez escapaba; y otra ronca y rota masculla entre dientes algún sinsentido mientras las demás, aún con el vértigo del que observa, prefieren cerrar el pico.

Por eso nunca termino un poema y mis relojes tienen frío y tiritan haciendo tic tac tic tac y extraños ruidos y me observo en el espejo y son mis cicatrices las que se visten de mí y las que salen a la calle cada día con mis calcetines puestos y haciendo trampas con las horas.

Otra garganta eructa tres versos desnudos y éstos mismos se me enredan bajo las uñas como ese algo fantástico que uno ve mal y de lejos, que ni con gafas se distingue, y que después no sabe expresar. Pero, más que lo que dejo, es lo que escojo. Así que nada.

Cada vez que me detengo no me sale más que aire, ya sea complacido o resoplando, y pienso que eso justo es lo que hacen las plantas y en cómo de verde se me ha puesto la cara.

Y qué voy a saber yo, me pregunto, si cuento mis pies cuando camino y ni sé cuántos dedos tengo. Que más que la pecera soy el líquido, y que el pez nunca será mío, pero está por acá, bien dentro.

15.5.15

Trilogía de la caca (III).

         Apuré el vaso y pedí a Poli que lo rellenara mientras yo cambiaba el agua a la aceituna, la historia me había estimulado el esfínter y tenía que abrir la veda. Zozobraba intentando mear dentro y, con la mirada estrábica, perdida en el chorro que yo mismo había creado, me quedé pensando en Marco, reducido a un despojo de caca, sudor y lágrimas y solo en medio de una ciudad ciega y sorda que nada más que apunta con el dedo que nos duele y vi que el rollo de cartón ya no tenía papel, y pensé que jamás volvería a salir de casa sin uno.

         Tiré de la cadena de la que colgaba una etiqueta con la inscripción “fin del mundo” y me acerqué al lavabo un instante, aunque no me lavé las manos antes de salir.

         Cuando volví a ocupar el taburete junto a la barra, descubrí que había llegado otro parroquiano al Diapasón, un tipo calvo, que por cierto se llamaba Ruskin, y que bebía cerveza mientras contaba en voz alta cómo le había dejado su mujer.

         —Estaba yo, tranquilamente en mi sofá, viendo el combate, cuando viene Gloria, mi mujer, y me suelta: Ruskin (así me llamo), he visto una rata en el cuarto de baño. Esperé a que terminara el asalto mientras bebía mi cerveza, ya sabéis cuánto me gusta a mí beber cerveza mientras veo cosas, y cuando terminó, me levanté y cogí la escopeta para matar al bicho con la culata. Pues bien, entro en el baño, y descubro que la rata está agazapada sobre la taza, meando dentro del váter, y que justo después trepa hasta la cisterna y tira de ella. Imaginaos cómo nos quedamos Gloria y yo, Ruskin. Llamamos a la tele y hasta nos hicieron un vídeo reportaje y todo y luego empezaron a llamarnos para dar espectáculos en grandes teatros, incluso llegamos a vender los derechos de imagen de la rata para una telenovela de tres temporadas con película como colofón. Después llegaron las revistas de cotilleos y los paparazzi, no sé si recordaréis aquella dichosa rata.
         —Pues… no —dijimos todos a coro.
         —Total, pues que esa rata se ha ido con mi mujer. ¿Y sabéis que me dijo ella? ¡Que era porque el jodido roedor al menos no dejaba la tapa del váter levantada! ¡Já!
         —Eso es justo lo que suele pasar cuando uno descuida alguno de esos arbustos—musitó O’Mbl, para asombro de todos, tras despertarse con uno de sus ronquidos.
         —¿Qué quieres decir con eso?

         —Que deberías haber aplastado aquella rata cuando se trataba sólo de una simple rata.


14.5.15

Trilogía de la caca (II).

         Me até la uña en cabestrillo y me acerqué a la tasca para charlar con Policarpo el fructífero bajo las torres del momento. De camino miré a los viejos mirando los escaparates de los gimnasios donde muñecos hinchables vibraban con los electrodos aplicados en sus culos y sudaban sus sobacos, el polen me hizo estornudar y los ojos se me enrojecieron; y para cuando conseguí llegar al Diapasón, los mocos me colgaban de la barbilla y sorbía como un tapir rozando el vómito. —No quiero esta noche la botella blanca —balbucí al entrar—, dadme la botella negra de la ceguera—. Poli descorchó un litro del desasosiego y colmó dos vasos sobre la barra. A mi lado dormitaba un anciano llamado O’Mbl que además tenía la barba sucia de vino, y en la única mesa dos carcamales se repartían las fichas del dominó con palillos entre los dientes.

         —Si vieras a mi sobrino —decía uno de ellos—, el muy inútil… El otro día vino a casa mi hermana a traerme la comida, ya sabes, y me cuenta que su hijo, Marco, siempre va con la paranoia de que se ha cagado encima, o que no se ha limpiado bien el culo y lleva todo lleno de mierda. El tío viaja en el metro con la angustia de que la gente puede oler la peste y que saben que es él el que la lleva encima. Y siempre va pálido por ahí y con el viejo sudor frío por la espalda.
         —¡Qué me dices! —dice el otro.
         —Te lo digo. Y resulta que hacía tiempo que había olvidado ese asunto y solía ir más relajado cuando, la otra noche, sentado esperando el bus, sintió cómo una gota de meado serpenteaba por su uretra y se asomaba por el orificio. Se encogió de súbito, así, apretando los muslos, preguntándose de dónde carajo habría salido aquella gota, si no tenía ganas de mear. Miró alrededor, buscando sin éxito algo que le distrajera y le hiciera olvidar el dorado torrente que amenazaba con empapar su dignidad, ahogándole en la más profunda de las vergüenzas: Mearse encima.
         —Estás hecho todo un poeta.
         —Son estos tragos, que me divierten. En fin, llega el autobús, Marco se sube, y enseguida percibe las miradas clavándosele por los costados; vuelven los sudores, se pone a temblar. Lanza furtivos vistazos a las perneras de sus pantalones para cerciorarse de que no hay un charco bajo sus pies. No lo hay, y respira. Pero enseguida vuelve a mirar de reojo y palpa disimuladamente su pene intentando averiguar qué le está pasando.
         —¿Y qué le pasó al final?
         —A eso voy; el muy mamarracho se empieza a marear y se baja en la siguiente parada. Está como a tres cuartos de hora de su casa y a esas horas ya no tiene cómo regresar más que a pie. De repente, le da una punzada en el estómago que le llega hasta el ojete y salpica su calzoncillo con la pasta caliente y húmeda y se echa a llorar ahí mismo.
         —Joder, sólo faltaba que le lloviera.
         —También llovía. Y se había tumbado en un charco de meados.
         —¡Vaya nochecita!
         —Si yo te contara…

Roland Topor

13.5.15

Trilogía de la caca (I).

         Hay una grieta en el techo que me observa. La veo tumbada en el rincón, al otro lado de la pieza, como unos labios de alabastro. Enciendo un cigarro de estraperlo y trato de ahuyentarla con el humo como trazando un círculo de sal en el que no pueda agarrarme. Desde que me quedé cojo de una mano, hace un mes o así, me suelo descubrir distrayéndome con la alquimia del samsara o con un metrónomo, y no consigo concentrarme en la historia. Quiero decir que no sé qué quiero contar; y tampoco se me ocurre siquiera cómo empezar. Supongo que podría decir que todo comenzó una mañana en la que me dolía un punto del cráneo y no podía evitar pulsarme con el dedo para hacerme más daño. Apretaba un poco, torcía el gesto y el dolor se aliviaba en cuanto liberaba la presión; pero volvía a pulsar una y otra y otra vez, preguntándome por qué demonios me dolería tanto el coco.


         Al cabo de unas horas ya me había encontrado nuevos focos de dolor por todo el cuerpo. Por entre las costillas brotaron pequeños síndromes, crecióme una glándula junto al omóplato y en las plantas de los pies sendos traumas encallecidos; y no dejaba de apretar todo aquello con el dedo como practicando una sinfonía de dolencias, y me regocijaba en el malestar porque así palpaba mis vacíos. Así pasé prácticamente toda la tarde hasta que me dio por preguntarme por qué no me dolería también la muela y probé a pulsarla para descubrir que, lo que en realidad me dolía, después de todo, era el dedo.

Roland Topor

27.4.15

Gula.

Se trata de una bestia de una sola boca para ningún estómago, que yace recostada en la sexta grada con la mirada obtusa, ávida del próximo plato.

De sus escuálidos brazos cuelgan jirones de pellejo purulento y sucios de polvo, y con ellos sostiene sendas agujas de reloj con las que va despedazando la carne para llevársela a las fauces.

Resulta que se reclina ahí mismo cada día para ver cómo sueño en mi colchón, cómo me aseo y cómo me desplazo. Con esas migajas se hace una bola y la engulle sin un pestañeo. Observa cómo tecleo, cómo busco en cada estante, cómo saludo y me despido con el mismo gesto. Y esos momentos los mastica con sus doce filas de dientes y los traga esperando a que haga otra cosa.

Si se me ocurre una idea, eso es un bocado. Y si me tumbo a mirar las nubes pasajeras, me creo que la estoy matando. Pero ahí sigue, rumiando con el chasquido de un metrónomo que nunca se detiene. Y así todo devora. Y siempre tiene hambre.



23.4.15

Huevo.

Gómez irrumpió en la habitación con brusquedad. —¡Alguien se ha comido el último huevo! —vociferó— ¡Era mi cena y lo sabíais y de aquí no se va ningún menda hasta que el culpable se descubra!

Harry encendió el canuto que descansaba entre sus labios y Torpe alargó el brazo para que se lo pasara. Yo dije que no había tocado los huevos de nadie y seguí mirando la tele. Ponían un documental de lémures.

Gómez se interpuso entre Madagascar y nosotros y se cruzó de brazos con el ceño fruncido esperando una respuesta. Nadie movió un dedo, y al rato se fue a la cocina blasfemando entre dientes.

Torpe se levantó entonces para ir al baño, yo me llevé dos dedos a la boca mirando a Harry y éste me alcanzó el porro con un gruñido ahogado.

Respiramos.

—Harry.
—¿Eh?
—¿Qué piensas que se dicen los pájaros cuando cantan?
—¿Cómo?
—Yo creo que sólo hablan de comida. Ya sabes, bichos, gusanos y todo eso.
—Ah.

En eso, regresó Torpe, y nos preguntó si alguna vez, después de mear, no se nos había quedado una gota en la punta del pijo que nos mojara el calzoncillo. Apenas tuvimos tiempo de responder, cuando nos dimos cuenta de que el pantalón de chándal de Torpe estaba todo empapado de la bragueta a las rodillas, y claro, nos descojonamos hasta que Gómez olvidó sus pesquisas y se vino con nosotros.

Empezaron los anuncios; un viejo en una vieja ciudad en medio del desierto se pone una mano de visera y descubre en el horizonte un coche deportivo que se acerca a toda velocidad levantando una densa polvareda y que frena derrapando en plena plaza mayor. Una supermodelo sale del vehículo detrás de sus propias piernas piernas piernas y, sonriéndonos a nosotros, nos aconseja que nos enjabonemos el pelo tres veces al día con un champú hidratante de esencia de cacahuete y que abramos una cuenta de ahorro al nueve por ciento en un banco de las islas Tokelau y que para el estreñimiento no comamos kiwi, sino unos comprimidos.

Para mí la pantalla había empezado a perder interés y me quedé embobado con las cáscaras de pipas del cenicero. Me sumí en ese letargo durante toda la publicidad y el resto del programa, y, cuando quise darme cuenta, estaban dando el tiempo y por toda la geografía se habían dispuesto huevos bien fritos y relucientes y entonces Gómez se volvió a cruzar de brazos.

—¿Quién coño se comió mi huevo?

Accedí a ayudarle a investigar, pues de todas formas pretendía acercarme a la cocina para prepararme un sándwich. Lo primero que hice fue enchufar la destartalada tostadora y meter el pan entre chisporroteos. Luego le dije a Gómez algo como: “Lo primordial es buscar en la basura”. Miramos bajo el fregadero y el cubo estaba lleno a rebosar con las pieles de banana cayendo como lianas por los bordes, pero no vimos cáscaras de huevo.

Examinamos los elevados pilares de platos y ni rastro de clara, tanteamos con los dedos entre las cajas de pizza vacías y ni media yema. Le dije que buscara en la nevera, pero rechazó la idea alegando que ya había mirado.

Trasladamos las indagaciones al resto de la casa y, no dándonos por vencidos, nos aventuramos a buscar también por la calle.

Miramos en el parque y en el estanco, donde yo aproveché para comprar un mechero naranja, y después buscamos en un par de bares y en tantas botellas. Pero el huevo no aparecía.

Regresamos exhaustos y haciendo eses. Me acompañaban, al menos, tres Gómez, y todos parecían tan borrachos como yo. —Me meo por no llorar —dijo uno de ellos, y se sacó la chorra entre dos contenedores donde lo echó.

Yo me apoyé en una farola torcida y lancé la vista al final de la calle, a nuestro edificio, aquel edificio de ladrillo del que brotaba una nube negra y densa. Y así me quedé hipnotizado con las voluptuosidades de aquella nube, las llamaradas que se adivinaban en mi ventana y la música del chorro de Gómez sobre el asfalto.


Después cantaron las sirenas, y así fue como naufragamos.

Mariola Bogacki

18.4.15

Casiopea.

a Jerry García.


Pasaba los días acumulando sueños, inspirándome con mis propias aspiraciones, testigo del transcurrir con caparazón redondo y pies de quelonio.

Pulsé un botón que me sacudió levemente el índice de un chispazo y la pantalla se puso en standby, la tierra tragóseme, y desde entonces introduzco un boleto en el torniquete que la hace girar, y así voy y así vuelvo, cuando me escupe.

Por el camino vi cómo del teléfono de una muchacha salían unas garras negras y transparentes que se hincaban en su nuca y tiraban hacía sí de la cabeza solazada. Y pensé que algún día tendremos dos pares de pulgares y serán los aparatos los que jueguen con nosotros.

Se adivina la acera entre la basura, y entre los bosques de corbatas me percibo como un paria y me zambullo en una sonrisa que va flotando por encima de los semáforos, y las parabólicas y, entre comillas, estoy en casa.

Paladines de la tristeza visten ojeras por armadura, y el único paisaje que se vislumbra por la ventana es el propio reflejo del interior del tubo, y las pupilas se esquivan como polos idénticos. Y me disfrazo de un único grano de arena que en un desierto se vuelve nada.

Café y canhaba para las mañanas con el redondo rubio colándose a través de las cortinas. Yo sólo me entretengo intentando ver qué tengo en el tenedor y sólo sé que no estoy aquí para gustarte a ti, así que fluyo.

Me voy al traste y me encuentro entre las cuerdas, coma, las teclas, las letras, las notas, punto. Me acuerdo de las cosas por el olfato y con tanto humo no sé si fue ayer o será cuándo.

La vida se sucede y nos damos cuenta y nos anestesiamos y al final uno se encuentra cómodo siendo un punto en perfecta autocomplacencia, feliz ciega y sosegadamente. Y cuando toca salir a respirar, nos vemos maravillados por la luz de la superficie como si aquello no fuera lo real y se tratara más bien de un sueño.

Y es que la realidad no la dictan las palabras, sino los hechos. Y pensando de más, pasa lo de siempre, y lo demás lo traemos porque lo hemos cogido en el laberinto que construimos y ahí mismo nos perdimos por tener muy corto el hilo.

Olvidé los globos de colores, las burbujas, los olores. Olvidé los ronquidos de dragones, las piedras rebotando en el río, la leña ardiendo de noche, el zumbido de los mosquitos. Olvidé el dormir despierto y el soñar contigo.

Pero tengo una amapola, y un pez bajo el ombligo. Tengo también un colibrí que liba por mí y pulula en espiral por mis pupilas y entre los otros. Tengo que escribirlo. Traigo un rostro roto por cada nuevo descosido y está todo en garabatos en cuadernos y si lo leo me voy conmigo.


Suelto una lágrima y sonrío. Y me digo que nos hacemos viejos, amigo, que vamos por buen camino. Que el hogar está donde está el trasero, y que siempre nos tendremos, aunque el suelo no sea el mismo.

Brandon Dover